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LOS MOLINOS DE AGUA POR COMARCAS: LA CAMPANA DE OROPESA I

DESCRIPCIÓN DE LOS MOLINOS DE LA PROVINCIA DE TOLEDO POR COMARCAS.

Aceñas del Conde de Oropesa en El Torrico

Este trabajo ha sido realizado sin ninguna ayuda institucional por lo que no es todo lo exhaustivo que hubiera deseado el autor, aun así se ha dibujado a mano alzada la planta de todos los ejemplares que se han podido localizar y se ha fotografiado el alzado y los detalles que se han considerado de interés, estableciendo con los datos obtenidos en el trabajo de campo y los aportados por las entrevistas a molineros y vecinos, la tipología que a continuación se desarrolla.

Para encontrar el mayor número posible de molinos se han utilizado los planos 1/ 50.000 del Instituto Geográfico Nacional y del Instituto Geográfico del Ejército. Se han examinado también las ediciones antiguas de esas mismas hojas en la cartoteca del I.G.N. completándose los datos con el hallazgo de ejemplares hoy desaparecidos o de los que apenas quedan ruinas. La minuciosidad en señalar los datos es variable de unos planos a otros pero las entrevistas con lugareños, pastores o guardas jurados y el recorrido completo del trayecto de las corrientes más importantes me han llevado a completar el estudio. Los planos de escala 1/2.000 y 1/10.000 de la Diputación Provincial aportaron datos referentes sobre todo a los artificios localizados en el casco urbano de los pueblos toledanos.

La documentación histórica ha facilitado también la labor de búsqueda molinera. A partir de las Relaciones de Felipe II[1], las del Cardenal Lorenzana[2] y el Catastro del Marqués de la Ensenada[3] conseguí rellenar algunas lagunas. Han sido de gran utilidad los diccionarios de los pueblos de la provincia de Toledo de Jiménez de Gregorio[4] y de Moreno Nieto[5] que describen nuestras villas y lugares en el siglo XVIII y mediados del XX respectivamente.

La toponimia también me orientó en algunos casos en los que no había referencia histórica o cartográfica alguna. Para ello hube de inspeccionar y recorrer arroyos llamados «del Molinillo», «del Cubo» o del «Cubillo»; hube de estudiar donde conducían caminos que todavía se denominaban «de Moledores», «de la Presa» o «de la Aceñuela» para poder así localizar restos a veces casi inidentificables de artificios molineros.

Aunque la mayor parte de los croquis y plantas han sido realizados a mano alzada, he querido en todos estos esquemas reflejar la situación de la piedra y su proporción aproximada con las dimensiones del edificio de forma que el lector se haga una idea, aunque no sea matemáticamente exacta, de sus medidas. Para ello debemos tener en cuenta que las piedras de molino miden aproximadamente un metro treinta centímetros.

Algunos de los esquemas sin embargo sí que se han realizado a escala reflejándose la misma en los planos. Muchos  de ellos se midieron con motivo del Inventario Etnológico de la Provincia de Toledo elaborado por la Diputación Provincial con mi colaboración y que afecta a los molinos de la Campana de Oropesa. En otros casos ha sido el interés de un determinado ejemplar como modelo tipológico el que me ha llevado a representarlo a escala.

Aceñas del Conde fotografiadas aguas arriba de las mismas

El abandono, las zarzas, la ruina, la inaccesibilidad, la inundación por embalses o la reutilización del edificio para otros menesteres son obstáculos que han dificultado, cuando no impedido, la ejecución de algunos planos. De todas formas creo que con este trabajo se puede obtener una idea global de la molinería toledana que sirva de apoyo y referencia a los investigadores que quieran estudiar o profundizar en casos y temas concretos.

Las fotografías nos darán una idea de determinados aspectos de la arquitectura popular y el alzado de los molinos. Tienen el inconveniente de que en algunos casos hube de adaptarme a las condiciones de luz del momento en que accedí al molino, que podía coincidir con una inadecuada orientación y climatología y es por ello que algunas no tienen la calidad deseable.

Excusadas algunas de las deficiencias de este trabajo, paso a describir los molinos agrupados por comarcas en función de diversas circunstancias geográficas, históricas, tipológicas y de arquitectura popular.

El Tajo sirve de médula espinal molinera y geográfica a la provincia por lo que iré incluyendo sus molinos en las diferentes comarcas por las que discurre sin que específicamente haga un apartado para los molinos del gran río  salvo en el caso de Toledo capital.

Los esquemas intentan reflejar los muros que en muchas ocasiones se dibujan sólo en su trazado aproximado por la ruina total en que se encuentran que no permite más que vislumbrar su trayecto original sin que a veces sea ni siquiera posible adivinar donde se abrían sus puertas y ventanas.

Dado que los molinos han recibido diferentes nombres a lo largo de la historia he considerado más operativo numerarlos por orden, comenzando desde los que se encuentran en la cabecera de los ríos y arroyos. Considero que salvo pequeños molinos de ribera no documentados históricamente se reflejan en este trabajo un número de ejemplares que se acerca al 95 % de los molinos que han existido en la provincia de Toledo.

Las diferentes piezas que componen el edificio molinero se han señalado con iniciales que nos ayudan a identificarlas en los esquemas de las plantas: SM es la sala del molino donde se desarrollaba la molienda, H es habitación o dormitorio, Co representa la cocinilla, Z es el zaguán y Cu es la cuadra donde muchas veces se dibuja la situación de los pesebres.

Molinos de Puente del Arzobispo

COMARCA NOROESTE

CAMPANA DE OROPESA

Agrupa este primer apartado la Campana de Oropesa con los pueblos de Velada y Calera y Chozas. Comprende la zona oeste de la provincia limitada al norte por el río Tiétar y al sur por el Tajo.

Surcan las llanuras centrales de esta comarca arroyos de escasísima pendiente como el de Alcañizo o el de la Pontezuela, muy arenosos y por tanto poco apropiados para la instalación de molinos hidráulicos debido a las fugas de caudal que conllevarían sus largos canales. Es por esto que tenemos referencias de molinos de viento en Oropesa y Lagartera e incluso quedan restos del edificio en Torralba de Oropesa y en Velada.

En las pequeñas sierrecillas graníticas, como las del sur de Oropesa, o las de Navalcán, Parrillas y Velada, encontramos molinos de agua con escasa entidad que solamente molían en épocas lluviosas, aunque estos molinejos no tenían la suficiente entidad como para moler los cereales que antiguamente producían estas llanuras hoy adehesadas y dedicadas mayoritariamente a la ganadería. Esa capacidad molturadora se consiguió con las grandes paradas molineras que se construyeron a orillas del Tajo y alguna otra sobre el Tiétar.

El señorío de Oropesa fue tal vez la casa nobiliaria más beneficiada por instalaciones molineras de su propiedad. No sólo contaban con dos paradas en «Las Aceñas del Conde» ,sobre el Tajo al sur de su estado, sino que además los Álvarez de Toledo poseían los mayores molinos del Tiétar que más tarde se convertirían en  ALas Máquinas de Monteagudo» (Foto 16), nombre popular de una fábrica de harinas movida por turbina hidráulica[1]. También en el Tajo era dueña esta casa de los molinos de Silos, en el actual término de Calera y Chozas, y de los molinos de Cebolla que tenían una gran potencia molturadora. El escudo de su familia todavía se conserva hoy labrado en piedra en el pasillo de compuertas de las Aceñas del Conde en término de El Torrico (fig. 35).

Molino de Peña en Navalcán sobre el río Tiétar

Tanto los molinillos de arroyo como los de viento proporcionaban escasa potencia de molienda y es por ello que, desde Navalcán, Parrillas, Ventas de San Julián y La Corchuela,  iban a moler sus habitantes al  río Tiétar e incluso a las gargantas de la Sierra de Gredos. Las villas y lugares con una situación más céntrica en la comarca, como Oropesa, Calzada, Lagartera, Herreruela y Torralba, acudían tanto al Tiétar como al Tajo. Sin embargo, los núcleos de población situados al sur de la zona como Valdeverdeja, Torrico y Puente del Arzobispo no sólo contaban con las grandes aceñas y molinos de regolfo sobre el Tajo sino que también molían en más de una docena de pequeños molinos de muy diversa tipología situados en los arroyuelos cercanos.

Ya hemos aludido a los molinos cuya propiedad estaba en manos de la casa de Oropesa, pero también la Iglesia contaba con las grandes aceñas de «rueda mayor»[2], es decir de rueda vertical, que se encuentran situadas junto al casco urbano de Puente del Arzobispo y que financiaban y estaban administradas por el Hospital de Santa Catalina, instituido en esta villa por el fundador del pueblo, el arzobispo Tenorio (fig. 36). La rueda que simboliza a la santa se puede todavía ver sobre el dintel de la puerta de entrada de estas aceñas.

Los molinos del arroyo de Corralejo fueron propiedad del convento de la Purísima Concepción de Oropesa. El poderoso convento de San Clemente de Toledo era dueño de  los molinos de Azután[3]. Ya en el siglo XIV la Orden de Calatrava tenía los molinos de Calatravilla[4]cerca de la ciudad musulmana de Castros.

Cárcavos del molino de Peña en el Tiétar

Esta comarca cuenta con dos importantes molinos en el Tiétar, el molino de Peña en término de Navalcán ( Ti 4 ) tiene un regolfo en el exterior del edificio, al aire libre, y un cárcavo con otras dos cubas de regolfo separadas por un muro y no situadas cada una en su cárcavo como es habitual (Foto17). De estos dos regolfos el más cercano al río recibía desde la canal del otro un aporte suplementario de caudal a través de un saetín abierto en la pared. Por la existencia de orificios en el suelo puede deducirse la existencia de ejes suplementarios que probablemente habrían movido la maquinaria auxiliar. Es uno de los escasos ejemplos de molinos de regolfo no situados en el Tajo o en los ríos manchegos. Su arquitectura popular es granítica y abovedada como en el caso de las grandes paradas del Tajo.

Tanto este artificio como el molino de Montoya situado aguas arriba, en la orilla abulense, aprovechaban sus reculajes para la instalación de sendas barcas que facilitaran el paso de los clientes y viajeros desde las dos orillas.

Aguas abajo y casi en el límite de provincia se encuentra el molino de Monteagudo ( Ti 5 ). Es de dos piedras y de aspecto vetusto con el receptor ya cegado, aunque los cárcavos parecen haber alojado rodeznos. Como los otros ejemplares del mismo río es de arquitectura popular de sillarejo granítico. Junto a este molino se encuentra la fábrica de harinas a la que hemos hecho referencia más arriba, casi destruida en su interior por un incendio, sigue presentando el compacto aspecto de las construcciones protoindustriales del siglo pasado. Está servida por una presa oblicua de grandes dimensiones, que captaba íntegro el caudal del Tiétar para dirigirlo hacia la turbina que movía la maquinaria distribuida en cuatro niveles diferentes, uno en cada piso.

Fábrica de harinas movida por energía hidráulica en término de Oropesa sobre el Tiétar

En la pared ribereña del canal de esta fábrica aparece una curiosa salida lateral que alimentaba probablemente un rodezno complementario de la turbina. También junto al canal, encontramos un muro escalonado y una construcción circular casi metida en el cauce de la que desconocemos su función (Ti6).La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es escanear0026-1024x669.jpg

[1] GARCÍA GIL,O. y  FERNANDEZ ARROYO, A.: Oropesa, Señorío y Condado, pp 23- 56. VIÑAS, C. Y PAZ, R. : Opus cit. Ver AOropesa@.

[2] JIMÉNEZ DE GREGORIO, F.: Opus cit. Historia de la Villafranca….p.80.

[3] JIMENEZ DE GREGORIO, F.: Opus cit, Los pueblos de Toledo… ver A Azután@

[4] JIMENEZ DE GREGORIO, F.: Opus cit, Historia de la Villafranca...p. 80. JIMÉNEZ DE GREGORIO, F. : opus. cit. Los Pueblos de …ver APuente del Arzobispo@

[1] VIÑAS,C. y PAZ, R. : Opus cit.

[2] PORRES DE MATEO,J., RODRIGUEZ, H. y SANCHEZ, R. : Descripciones del Cardenal Lorenzana. Toledo, Diputación Provincial, 1986. En esta encuesta realizada a los párrocos del siglo XVIII, en su cuarta pregunta, aparecen los datos referentes a molinería en el capítulo dedicado a cada uno de los pueblos.

[3] ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE TOLEDO. Sección Catastro de Ensenada, Libros Maestros o Respuestas particulares de cada uno de los pueblos  de la provincia.

[4] MORENO NIETO, L. : La provincia de Toledo. Diputación Provincial de Toledo, Toledo 1960. Esta obra está organizada como un diccionario en el que los pueblos de la provincia aparecen por orden alfabético. En el apartado que se refiere a AIndustria, Comercio y Artesanía@ es donde aparecen los datos sobre molinería de cada localidad.

[5] JIMENEZ DE GREGORIO, F. : Los Pueblos de Toledo hasta finalizar el siglo XVIII. Publicados en tres tomos por orden alfabético en Toledo en los años 1962 (A-M), 1966 (N-S), y 1970 ( S-Y) respectivamente en Biblioteca Toledo.

Molino de arroyo en Valdeverdeja

LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

Nuevo capítulo de mi obra agotada «Los Molinos de Agua en la Provincia de Toledo» en el que se trata sobre su historia del siglo XV hasta el XIX

Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi
Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi

A través de las Relaciones de Felipe II conocemos algunos datos sobre la propiedad molinera en el siglo XVI. El rey es dueño todavía de tres grandes paradas sobre el Tajo ( Aceca, Alhóndiga y Aranjuez ) y los señores laicos son dueños de los molinos de su jurisdicción como es el caso del duque de Maqueda, el conde de La Puebla de Montalbán, el señor de Malpica o el señor de Higares (fig. 32). Algunas casas nobiliarias poseen varias paradas molineras, como por ejemplo el conde de Oropesa al que pertenecen los molinos de Silos, Cebolla y las Aceñas del Conde en el Torrico. El conde de Cifuentes tiene también tres paradas, en Velilla, Bergonza y Cifuentes.

Otros integrantes de la nobleza menor conservaban también intereses molineros. Los Loaysa, hidalgos talaveranos que eran propietarios de los molinos de Merillos cerca de Cebolla, o los Meneses que ya hemos visto cómo contaban con dos paradas en Alcaudete. En Toledo, el mariscal D. Juan de Rivadeneyra era propietario de molinos en el Guadarrama.

Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla

En las Relaciones de Felipe II encontramos además referencias a mayorazgos o a determinadas personas con autoridad de ámbito local, como un regidor de Villamiel o un comendador en el Viso, que eran dueñas de molinos.

La Iglesia era dueña y señora de un gran número de las paradas más importantes. Constatamos así cómo las monjas de San Clemente de Talavera son propietarias de los molinos de Cabañuelas, los jerónimos tienen los molinos de Abajo cerca de Talavera, los jerónimos de Guadalupe cuentan con los de Espejel y los de la Sisla son propietarios de varias paradas. Los hospitales de Puente del Arzobispo (fig. 33) se financiaban con dos molinos próximos a esta villa donados por el Arzobispo Tenorio en el siglo XIV. Las monjas de la Madre de Dios de Toledo poseían un molino en el Guadarrama y una capellanía se financiaba con los beneficios de un molino en La Puebla de Almoradiel.

Muchos artificios manchegos pertenecían a encomiendas de la orden militar señora de esos territorios. Por ejemplo la Bailía Prioral de San Juan de Jerusalén arrendaba o concedía molinos, mediante censos perpetuos, en  construcción y aprovechamiento.[1]

Si seguimos analizando pueblo a pueblo la Relaciones de Felipe II, observamos que, ya en el siglo XVI, el número de los pequeños molinos de arroyo dispersos por las sierras toledanas es considerable e incluso, en corrientes como las de Fresnedoso, Sangrera, Andilucha o Guadarrama, el número de estos ingenios es mayor que el que aparece en catastros y relaciones de finales del siglo XVIII. Los datos son, sin embargo, algo parciales ya que gran parte de las poblaciones  de la sierra de San Vicente y de la Campana de Oropesa no aparecen en las Relaciones del siglo XVI publicadas pues pertenecían a la ciudad de Ávila en aquel entonces.

Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI
Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI

En el siglo XVI la molinería continuaba siendo una rentable inversión para la nobleza y por ejemplo, la dozaba parte de los molinos de Daicán en Toledo es comprada por catorce mil maravedís, años más tarde es arrendada esta misma parte por tiempo de «tres vidas», la del comprador y la de sus dos hijos, por ochocientos dieciséis maravedís en «cada un año», con las siguientes condiciones que reproducimos por su interés:

1)A- La paga debería efectuarse por los tercios de cada año, la primera paga a finales del mes de Abril, la segunda a finales de Agosto y la tercera en Navidad.

2)– En el precio fijado no se podría realizar descuento alguno, teniendo además el arrendatario la obligación de tener siempre en buen estado la rueda del molino y todo lo demás que fuera menester.

3)– Ni el arrendatario ni sus hijos podrían vender ni traspasar ni empeñar dicha rueda, ni a caballero, ni a clérigo ni tampoco a ningún convento, iglesia o monasterio.

4)En el caso de que aquellos se viesen obligados a vender o a traspasar el molino en el tiempo de las tres vidas, lo harían saber al arrendador por si éste lo quisiera tomar, y por la cantidad que por ello les fuera a dar otra cualquier persona; y en el caso de que el arrendador no lo quisiere y lo traspasasen a otro, deberían entregar a aquel la décima parte del precio que le diera por ello, en reconocimiento del dominio que sobre ello tenía, y si pasasen dos años consecutivos sin pagar el tributo correspondiente, el arrendatario  caería en la pena de comiso y por tanto lo perdería.

     Este molino rentó en un año treinta y cuatro mil maravedís, siendo como hemos visto el alquiler de ochocientos dieciséis. Es evidente  que ya en esa época eran mucho más valoradas las rentas del trabajo del molinero que el inmueble del molino en sí.

En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales
En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales

El señor de Layos, dueño de la anterior parada, arrendaba otros molinos de arroyo por veinte maravedís y cuatro gallinas o por treinta maravedís y seis gallinas. Alguno incluso se arrendaba en especies, como en el caso de un molinillo en los montes de Toledo que se alquila por cuatro gallinas, cuatro capones, dos cabritos y dos fanegas de harina. Otros molinillos cercanos pagaron ya en el siglo XVII hasta un máximo de seiscientos maravedís . Estos datos nos dan una idea de la gran diferencia existente entre la rentabilidad de los grandes molinos del Tajo y la de los molinillos de arroyo[2].

Las rentas anuales que percibía el propietario del molino nos aclaran también la diferencia que existía entre los beneficios de una gran parada en el Tajo con 400 a 1300 fanegas de trigo, comparados con los de pequeños molinos de arroyo que percibían en general menos de cincuenta fanegas y que en algunos molinillos como los de Espinoso llegan a tener una rentabilidad de tan sólo dos fanegas en el siglo XVI[3]

La decadencia económica del siglo XVII[4] parece afectar también a la industria molturadora ya que muchas paradas del Tajo que aparecen en las Relaciones de Felipe II como «corrientes y molientes»- forma tradicional para decir que un molino está en funcionamiento- figuran en el proyecto de navegación del Tajo de Carducci de 1641 como perdidos, parados o arruinados. Es el caso de uno de los molinos del Conde de Oropesa en Valdeverdeja, los de Corralejo en Malpica, los de Bergonza y los de las Monjas de Torrijos en el Carpio de Tajo. Encontramos además la referencia a muchas presas arruinadas que no sabemos si servían a molinos o a otros ingenios como cañales, lavaderos o azudas.

En el trayecto entre Toledo y el límite de provincia actual siguen moliendo las paradas de Azumel, Estiviel, Calaña, Torralba, Puebla de Montalbán, Gramosilla, Cebolla, Talavera, Silos y Ciscarros. Desde este último hasta la actual provincia de Cáceres nos encontramos arruinados a los de Calatravilla y a una de las paradas del conde de Oropesa, se ha perdido un molino de un tal Ramos que tal vez se corresponda con el de Los Rebollos, pero continúan moliendo todavía los de Puente del Arzobispo, los molinos de Meneses en Valdeverdeja y los de Espejel junto al castillo musulmán del mismo nombre. En este tramo no podemos establecer comparaciones con el siglo XVI por no haber datos en las Relaciones de Felipe II que podamos cotejar con los proyectos de navegación (fig. 34).

La propiedad de estas grandes paradas molineras persiste en su mayoría en manos de señores laicos o religiosos aunque, al igual que los modestos molinos de arroyo en los siglos anteriores, comienza a diversificarse por la venta de la totalidad o de una parte de esos molinos a particulares. También se da el caso de arriendos que con los años se convierten en ventas y que ponen en manos de otros estratos sociales esa propiedad.

Muchos molinos de ribera son alquilados y así por ejemplo el Conde Mora alquila ocho de estos molinillos del arroyo de San Martín del Castañar a particulares[5]. En La Estrella de la Jara ya en el siglo XVI los molinillos de ribera se encuentran en manos de vecinos particulares según nos describen sus Relaciones Topográficas.

Parece que en el siglo XVIII no mejora la situación de los grandes molinos del Tajo como lo demuestra el proyecto de navegación de Simón Pontero realizado en 1755  donde, entre Toledo y Talavera, se dibujan hasta siete paradas perdidas o arruinadas.[6]

Mediante el Catastro de Ensenada de finales del siglo XVIII puede comprobarse que tanto los molinos de arroyo como las paradas del Tajo, coinciden de manera sorprendente en su localización, descripción y dimensiones con los ingenios de los que en la actualidad se conservan restos de sus edificios. Por ello se confirma que los lugares más propicios para su construcción han sido reutilizados una y otra vez durante siglos[7].

[1] AGUIRRE, D. : Opus cit.

[2] LOPEZ PITA, P.: Layos, origen y desarrollo del señorío de los Condes de Mora. Caja de Ahorros de Toledo, Toledo, 1988, pp. 242 y 243.

[3] F. ARROYO ILERA, Los Molinos del Tajo en el siglo XVI según las Relaciones Topográficas de Felipe II. pp. 266.

[4] MARTÍNEZ GIL, F.: Toledo y la crisis de Castilla 1677-1686., Ayuntamiento de Toledo, Talavera-Toledo 1987, pp. 63-80.

[5]LÓPEZ PITA P. : Layos, origen y desarrollo de un señorío nobiliario. Toledo, 1988, Caja de Ahorros de Toledo, pp. 243.

[6]COROGRAFÍA DEL TAJO: Opus cit. planos del proyecto de Simón Pontero

 [7]ENSENADA : Catastro. Muchos de los datos referentes a este catastro se han obtenido de la obra de  Fernando Jiménez de Gregorio, Los Pueblos de Toledo hasta finalizar el siglo XVIII. Para más información pueden consultarse los originales de las denominadas Declaraciones Individuales de dicho catastro en el Archivo Histórico Provincial de Toledo.

Molino en Alcaudete, sobre el río Jébalo

LAS PIEDRAS DE MOLINO

LAS PIEDRAS DE MOLINO

Nuevo capítulo de mi libro sobre los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo, ya agotado y que nos habla de las piedras molederas y algún otro elemento del interior del molino.

Interior de uno de los grandes molinos del Tajo. En primer plano el rayado de una piedra solera, detrás varios conjuntos de muela solera y volaera
Interior de uno de los grandes molinos del Tajo. En primer plano el rayado de una piedra solera, detrás varios conjuntos de muela solera y volaera

Las muelas o piedras de molino son dos, la solera y la corredera o volaera. Esta última se sitúa en posición superior y es la piedra móvil a la que el rodezno imprime su movimiento rotatorio. En nuestra provincia, sobre todo en los molinos de arroyo, las piedras preferidas por nuestros molineros eran las de granito. Se llamaban también piedras morenas o españolas (Foto 12) en contraposición con las blancas o francesas de las que más tarde hablaremos.

Con frecuencia eran talladas por el mismo molinero en las afloraciones berroqueñas próximas o bien se encargaban a los canteros locales. Las cualidades de las piedras de algunos de nuestros pueblos eran conocidas desde antiguo, tal es el caso de Valdeverdeja, que aparece reflejado en las relaciones de Felipe II, o el de Aldeanueva de Barbarroya que se cita en las Relaciones del Cardenal Lorenzana del siglo XVIII.

Llama la atención, en muchos lugares de gran inaccesibilidad, la dificultad que deberían vencer los molineros para el transporte de las muelas a los molinos. A algunos de ellos solamente se podía llegar a través de caminos de herradura y por testimonios de los propios molineros sabemos que estos problemas se solventaban mediante la utilización de rulos, palancas, cuñas y el tiro experto de las narrias por las caballerías.

Piedras morenas o españolas de granito que muestran los rayones y la lavija
Piedras morenas o españolas de granito que muestran los rayones y la lavija

Algunos molineros preferían labrar las dos piedras al mismo tiempo, mientras que otros tallaban solamente la solera que cuando sufría el desgaste suficiente se colocaba de corredera, encargándose entonces al picapedrero una nueva solera. Muchas veces se labraban las piedras de afloraciones graníticas próximas y todavía hoy se pueden observar los huecos circulares dejados por la extracción de las muelas.

Ya sabemos que el trigo, para ser convenientemente molido sin quemarse y para no molturarse de forma incompleta, debe discurrir adecuadamente desde el interior de las piedras hasta el exterior. Para conseguir este efecto y el del tronzado del grano se realizaba una labor muy característica de los molineros, la del repicado de las muelas. La piedra se divide desde su interior hacia fuera en varias partes, el ojo, el pecho, el antepecho y el moliente como podemos observar en la figura 27 donde aparecen también los modelos de repicado más frecuentes. En nuestro ámbito geográfico la parte de la piedra más cercana al ojo o pecho se llama entrada, y la parte externa o moliente se conoce como mordiente o afinadero.

Rayado o repicado de las piedras con sus partes diferentes
Rayado o repicado de las piedras con sus partes diferentes

Las dos caras molederas de ambas piedras presentan un repicado, característico por la forma de su dibujo en bajorelieve conocido como de rayones, que son líneas radiales pero excéntricas dispuestas en forma de abanico.

Aunque tradicionalmente se han descrito complejas tipologías para la picadura de las piedras, en nuestra zona, tal vez por la mayor utilización de la piedra granítica que es poco apta para la filigrana en el repicado[1], las muelas suelen tener un dibujo sencillo y bastante similar en todos los molinos. De hecho, simplemente presentan unas picaduras radiales principales más o menos excéntricas o rayones y, entre estos, otras  líneas de picadura más fina conocidas como abanicos, los trazos son rectos en algunas ocasiones y curvos en otras, aunque sin mayores complicaciones en  diseño y composición del rayado.

Herramientas de repicado y cabria de un molino harinero
Herramientas de repicado y cabria de un molino harinero

Las piedras graníticas o españolas tenían repicado un número de  rayones muy variable, entre cuatro y cuarenta, mientras que las francesas solían mostrar en su dibujo entre diez y catorce líneas principales. La picadura puede disponerse en sentido dextrógiro o levógiro, pero si la piedra solera está picada hacia la izquierda, la corredera deberá estarlo siempre hacia la derecha y viceversa. Con esto se consigue el efecto de tijera necesario para que el tronzado del grano rompa la cascarilla.

En la piedra corredera debe hacerse la picadura coincidiendo su sentido con el de giro del rodezno, que a su vez dependerá del lado de la rueda sobre el que incida el chorro de agua cuando sale del saetín.

Las herramientas utilizadas para el repicado son: la pica que tiene el borde de percusión lineal, la piquetilla, parecida pero con hojas metálicas intercambiables, y el pico, de percusión puntiforme. Con estos útiles, después de haber pasado una regla con mazarrón u otro colorante que resaltara las desigualdades de la piedra, se labraban primero las estrías principales, después se esbastaban, es decir, se quitaban las  mayores irregularidades y a continuación se picaba el cordoncillo o trazo más fino que formaba los abanicos.

Piedra francesa que como se ve está compuesta de varias partes unidas por un zuncho circular
Piedra francesa que como se ve está compuesta de varias partes unidas por un zuncho circular

Las piedras francesas son menos frecuentes en los molinos toledanos aunque es más fácil encontrarlas en los molinos de mayor envergadura, en los mejor comunicados y en los más modernos o de transición a fábricas de harina.

Estas piedras se componen de varias piezas en forma de sector circular o Aporción de queso@ que se unen con cemento y cinchos metálicos. Procedían de varias fábricas en Francia, como las de La Ferté, Lhor y Dordogne y eran adquiridas por los molineros en los comercios concesionarios de Toledo, Talavera o Madrid (Foto 13). Se introdujeron en España a partir del siglo XIX y tenían la ventaja de necesitar repicarse con una frecuencia diez veces menor que las graníticas, según el testimonio de los propios molineros. Ya en el siglo XVI se describen también muelas similares que se consideran indicadas para los lugares en que la escasez de piedra o la inaccesibilidad del molino desaconsejen las piedras enterizas.[2]

Piedra francesa
Piedra francesa de La Ferté

El grosor de las piedras de molino varía entre los veinte y los cincuenta centímetros, aunque he observado muelas todavía sin desgastar de sólo nueve centímetros de grueso. A veces se encuentran también pequeñas piedras con tan solo un metro y diez centímetros de diámetro, cuando lo habitual es que midan entre uno treinta y uno cuarenta. Puede que estas pequeñas piedras estén hasta cierto punto relacionadas con la terminología de molinillo o de molineta tan frecuentes en la toponimia de los pequeños arroyos. Tal vez se refieran estas palabras en concreto a molinos de menor potencia o rendimiento aunque no puede asegurarse, ya que en ocasiones se pueden encontrar muelas pequeñas en molinos grandes o en corrientes de mayor caudal y por el contrario, en artificios de pequeños arroyuelos, encontramos obras de mayor envergadura y con capacidad para movilizar grandes piedras.

Otros elementos molineros descritos en el texto según Los Veintiún libros de Juanelo
Otros elementos molineros descritos en el texto según Los Veintiún libros de Juanelo

Como hemos visto anteriormente, el diámetro habitual de las piedras oscila entre 1,30 y 1,40 metros, aunque algunas llegan a medir hasta 1,60. La anchura habitual es de unos treinta centímetros, pero el grosor de la solera puede llegar hasta los sesenta. El ojo u orificio central de la muela viene midiendo entre 15 y 30 centímetros. El peso oscila entre media y dos toneladas, siendo recomendable un peso elevado si las piedras se destinan a moler cebada.

Lo más frecuente es que  las piedras tengan sus dos caras paralelas aunque se puede encontrar algún ejemplar levemente troncocónico con las caras molederas algo inclinadas hacia afuera.

El tiempo entre dos repicados varía en función del tipo de piedra y del tiempo de molienda. La clase de piedra también influye, ya que en las graníticas el repicado puede llegar a ser necesario cada dos días, mientras que en las francesas el tiempo de repicado podía dilatarse hasta dos meses. El tipo de granito también es muy variable e igualmente cambia su duración dependiendo del grano, composición mineralógica y grado de degradación de la roca.

La picadura podía llegar a suponer una considerable pérdida de tiempo y trabajo en el transcurso del trabajo del molinero, sobre todo en aquellos molinos situados en corrientes de escaso caudal donde la molienda solamente era posible en contado número de meses e incluso de unas pocas semanas durante el año.

Hay que señalar que para picar las muelas era necesario levantar esos dos mil kilos de piedra y darles la vuelta para que mostraran su cara moliente. Se utilizaba para esta operación una barra que levantaba solamente unos centímetros la piedra para, a continuación, ir introduciendo unas cuñas que facilitaban la colocación bajo la muela de unos rodillos sobre los que se deslizaba con facilidad. Entonces se metía un palo o lobilla por el ojo y haciendo palanca se volcaba la piedra apoyándose en otro madero o torno.

El sistema de palancas antes descrito era sumamente engorroso, lento y no exento de peligros para el molinero hasta que, a mediados del siglo pasado, se dota a muchos molinos del sistema de cabrias (fig. 28A). Consistía en dos semilunas metálicas partidas y sujetas a un tornillo también metálico que sube y baja la piedra. Las semilunas tienen en su extremo un pivote cada una para introducirlo en sendos huecos laterales de la piedra que servirán de anclaje. Con este cómodo sistema la muela puede levantarse, girarse y apoyarse mucho más fácilmente que con el viejo método de las palancas. Estas pequeñas grúas apoyan frecuentemente por su extremo superior el madero vertical sobre una de las alfangías del techo, mientras que el inferior se sostiene en el suelo y así puede pivotar el brazo horizontal. De él cuelgan las dos semilunas metálicas sujetas por el tornillo de elevación mediante el que ascienden o descienden las piedras.

Al objeto de que la harina no pueda esparcirse saliendo por la junta de ambas piedras se coloca, abrazando toda la circunferencia de las mismas un redor de esparto como sistema más simple para impedirlo. En otras ocasiones se dota al sistema de un tambor o guardapolvo que es un mueble de madera octogonal o circular que envuelve al conjunto de las dos muelas impidiendo que se derrame la harina, recogiéndola y dirigiéndola hacia un orificio o pitera que a su vez desemboca en el harinal o harinero, lugar donde se almacena la harina.

Estos depósitos son a veces simples costales colocados bajo la pitera, en otras ocasiones se trata de troncos vaciados, como en algún molino de Riofrío, o sencillamente un cajón de madera. En la mayoría de los molinos el harinal es un hueco rectangular situado en el suelo junto a las piedras, un depósito fabricado de obra o mediante la colocación de tres lajas de granito o de pizarra.

Desde el harinal, con el cogedor y la paleta del molinero, se va almacenando la harina en sacos para su posterior cernido. En los molinos más avanzados tecnológicamente en lugar de este sistema manual de transporte se empleaban cintas elevadoras de cacillos o los tornillos de Arquímedes que llevaban la harina hasta la cernedora (fig. 25).

Este artefacto forma parte de la maquinaria aneja que podemos encontrar en muchos de nuestros molinos. Es bastante frecuente tropezarnos con sus restos descomponiéndose de los molinos de ribera, dentro de la sala de moler o en dependencias anejas. La función de la cernedora es la de separar la harina del salvado o cascarilla del grano. Se logra mediante cilindros cernedores en los que una tela de cedazo envuelve una estructura prismática o cilíndrica hecha con armadura de listones de madera. Esta estructura gira con una correa transmisora conectada al eje del rodezno principal o a otro rodezno accesorio. En los pequeños molinos es frecuente encontrar cernedoras movidas manualmente mediante una manivela.

Con el sistema de las cernedoras ha coexistido hasta nuestros días el más sencillo método de hacer este trabajo a mano mediante cribas o cedazos que se movían sobre una artesa en la que se recogía la harina.

En las fábricas de harina el cernido es más complejo, consiguiéndose una limpieza mucho más efectiva mediante artilugios mecánicos que juegan con los diversos diámetros de los orificios que tienen las telas de los cedazos, generalmente elaborados con seda.

 

[1] ILLA, A. Opus cit.  pp. .95-103. En esta obra ni siquiera nombra el autor a las piedras de granito que considera deben ser erradicas de la molinería. Aun así persiste en España su utilización hasta que dejan de funcionar los molinos maquileros en los años sesenta

[2] LOS VEINTIÚN LIBROS…: Opus cit. p. 351, fig 204.

LAS MOLINERAS, SUS TÓPICOS, Y OTRAS COSILLAS DEL AMBIENTE DE LOS MOLINOS

 

Escenario para la representación de El Sombrero de tres Picos diseñado por Picasso

Otro de los más antiguos tópicos que se refieren al mundo del molino, es el de la ligereza del comportamiento sexual de la molinera. Ya en La Celestina, las mujeres acuden a moler al río junto a las tenerías, zona envuelta en un halo de sospecha. Fernando de Rojas conoció los molinos de La Puebla de Montalbán y cerca de ellos jugaría en su infancia, más tarde en Talavera, siendo su alcalde, conoció los problemas y discusiones que generó en el consistorio el aprovechamiento por uno de los regidores del primer ojo del puente para instalar un molino. Seguir leyendo LAS MOLINERAS, SUS TÓPICOS, Y OTRAS COSILLAS DEL AMBIENTE DE LOS MOLINOS

LA MOLIENDA Y SU PICARESCA EN LOS MOLINOS DE AGUA

Piedras de molino francesas mostrando el rayado de la solera, en un molino de Cervera sobre el arroyo Marrupejo

En las cocinillas de los molinos, junto a sus chimeneas de campana, solía haber bancos corridos donde descansaban los clientes mientras se molía su grano. Algunos edificios estaban incluso dotados de dependencias habilitadas como dormitorios, sobre todo si los núcleos urbanos se encontraban muy alejados.

La larga espera de los moledores era proverbial y ha dado origen a numerosos refranes y dichos al respecto: “Más vale aceña parada que amigo molinero”, “En la aceña muele el que primero llega”, “Quien al molino ha de andar cúmplele madrugar” y otros similares[1]. Seguir leyendo LA MOLIENDA Y SU PICARESCA EN LOS MOLINOS DE AGUA

LA VIDA DEL MOLINERO (2): Camino del molino

 

Molino de los capitanes en el Tajo, en término de Valdeverdeja

La maquila es “la medida que el molinero saca para sí del grano que se muele en su molino”. Este sistema de pago en especie ha sido mayoritariamente utilizado en nuestra provincia y, aunque se llamaban tradicionalmente molinos maquileros a los molinos de arroyo que utilizaban este sistema de cobro, se ha hecho extensiva la denominación a todos los demás pues eran escasos los pagos en metálico. Incluso en los últimos años de funcionamiento, en la postguerra, la escasez de cereales y el estraperlo aumentaron la demanda del pago en grano por su sobrevaloración real con respecto a los precios que pagaba el Servicio Nacional del Trigo Seguir leyendo LA VIDA DEL MOLINERO (2): Camino del molino

 LA VIDA DEL MOLINO

LA VIDA DEL MOLINO

Otro capítulo de mi libro «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo»

Molino Nuevo en Valdeverdeja, sobre el Tajo

En este capítulo comenzaremos a hablar de la vida de los edificios  de los molinos de agua, para hablar de la vida del molinero en otros sucesivos.

De las entrevistas que he podido realizar se deduce que no es el de  molinero un oficio especialmente hereditario. La propiedad del edificio sí que pasaba con más frecuencia de padres a hijos, aunque también era frecuente, sobre todo en molinejos de arroyo, que el peón, después de años de trabajo accediera a la adquisición de la máquina. En otras ocasiones, mediante la venta de un molino se conseguía la propiedad de otro de mayor envergadura y productividad. Seguir leyendo  LA VIDA DEL MOLINO

LOS NOMBRES DE LOS MOLINOS DE AGUA

LOS NOMBRES DE LOS MOLINOS DE AGUA

Molino en el río Cubilar

Entre nuestras villas y lugares se extienden grandes zonas despobladas en las que solamente se localizan fuentes, labranzas, granjas y molinos, como lugares que tienen cierta frecuentación humana.

Es por ello que los molinos han dejado numerosas huellas en la toponimia. Podemos así localizar caminos de moledores, camino del molino, cuesta del molino, casa de la molinera, arroyo del cubo, arroyo del cubillo, arroyo Cubilar, camino de las aceñas, la aceñuela, el caz, arroyo de la presa, o del estanco, el molinillo, o la molineta, como términos que salpican con relativa frecuencia nuestra geografía. Seguir leyendo LOS NOMBRES DE LOS MOLINOS DE AGUA

MOLINOS DEL RÍO CEDENA

MOLINOS DEL RÍO CEDENA

Molino de Enmedio cerca de Villarejo de Montalbán

El Cedena, como río fronterizo, sirvió también a las localidades de la parte más oriental de La Jara y Valdepusa. Tenemos referencias de sus molinos ya en el siglo XVI, cuando en las relaciones de los pueblos de Hontanares, Navahermosa y Puebla de Montalbán se alude a ellos. Durante el siglo XVIII se enumeran en las relaciones de Lorenzana cuatro molinos y un batán localizados en el tramo alto del Cedena, mientras que en el catastro de Ensenada se refieren a ocho artificios de los que cuatro son molinos situados en su arroyo afluente de Malamonedilla o Pasadero. Los dueños de todos estos ingenios eran vecinos de Navahermosa. Localizados ya en el tramo bajo del río se sitúan hoy día los mismos tres molinos que se documentaban históricamente en el término de Villarejo de Montalbán Seguir leyendo MOLINOS DEL RÍO CEDENA

MOLINOS DE LA JARA OCCIDENTAL

MOLINOS DE LA JARA OCCIDENTAL

Molino del arroyo de San Vicente

Pasaremos ahora a estudiar las peculiaridades de los numerosos molinos de La Jara y para ello comenzaremos el recorrido desde el oeste de la provincia. Dejaremos para otra ocasión los molinos que se encuentran en la actual provincia de Cáceres pero que pertenecieron a La Jara como territorio histórico talaverano.

En las orillas del arroyo de San Vicente molía un artificio de típica presa jareña en arco invertido de grandes dimensiones. En un edificio anejo se instaló un motor auxiliar de gasoil que precisó del depósito de agua habitual en estos casos para su refrigeración (Sv 1) (Foto 40). Seguir leyendo MOLINOS DE LA JARA OCCIDENTAL