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EL»GUSANO» GIGANTE DE LA JARA

EL»GUSANO» GIGANTE DE LA JARA, MI HALLAZGO DE UN INTERESANTE FÓSIL  EN LA CUMBRE DE LAS MORADAS

El autor junto al "gusano" de Las Moradas
El autor junto al «gusano» de Las Moradas

Mi hallazgo:

Hace unos años subí con mis amigos de La Enramá a las cumbres de las Moradas o “Las Morás”, la segunda elevación de La Jara después del pico Rocigalgo. Nos llamaba la atención el lugar por los numerosos topónimos como Atalayón o Castillazo que pueden sugerir yacimientos arqueológicos en aquellas alturas de la Sierra de La Hiruela, en término del municipio de Robledo del Mazo y en el ámbito de las aldeas de Piedraescrita y Navaltoril.

La flecha señala el lugar aproximado de la ubicación del «gusano»

El topónimo de Las Moradas, elevación de 1378 metros de altura, es también sugerente desde el punto de vista arqueológico porque “moradas” es el nombre que se daba históricamente a los lejanos refugios en los que se escondían de las razzias de cristianos y musulmanes los habitantes de aquellas tierras de nadie que eran los territorios de La Jara en la Edad Media, y también es término al que hace referencia Santa Teresa en su obra como lugar aislado de retiro.

Simulación del paso del trilobites dejando su huella (Foto CSIC)
Simulación del paso del trilobites dejando su huella (Foto CSIC)
Detalle de la huella del trilobites en el fósil de Las Moradas
Detalle de la huella del trilobites en el fósil de Las Moradas

Como en otros muchos puntos de las sierras jareñas, se encuentran fósiles en las cuarcitas y pizarras por aquí y por allá, especialmente los llamados “crucianas”, testigos que nos hablan de la existencia de un mar en estos lugares hace 475 millones de años.

En aquellos tiempos del período llamado Ordovícico toda esta zona estaba situada sobre la plataforma continental de un antiguo y enorme continente llamado Gondwana por los geólogos. El eje de rotación de la tierra no era entonces el mismo y este lugar se encontraba en aguas frías pues se situaba cerca del polo sur.

Recorriendo aquellas cumbres donde las vistas sobre La Jara son impresionantes, nos tropezamos en el extremo oriental de la cumbre de Las Moradas con una gran superficie de cuarcita en la que aparece un curioso trazado, un dibujo sinuoso de unos 7 metros de longitud, aunque su recorrido extendido podría ser de unos 11, y tiene también 2 metros de anchura máxima y diez centímetros de grosor en el trazo. Los rigores climáticos de estas alturas han hecho que algunos de los trazos se interrumpan o estén quebrados.

Visión de conjunto del gusano de Las Moradas
Visión de conjunto del gusano de Las Moradas

Recientemente volvimos a visitar el yacimiento paleontológico y vimos que se trataba de algo mucho realmente antiguo; el trazado que había dejado en esos fondos marinos un trilobites, pues se ven claramente en todo su recorrido las marcas paralelas de los dos abultamientos que tenía en el abdomen esa curiosa criatura prehistórica.

Tenemos muy cerca de allí los antecedentes de un enorme gusano cuyo recorrido bajo los limos y arenas depositados en aquel antiguo mar se ha estudiado en profundidad en el parque de Cabañeros por científicos del CSIC y que se considera el fósil de mayor antigüedad en el mundo con un recorrido de unos 6,8 metros. De él se hizo un molde de silicona que pesó 100 kilos y se ha clasificado como un ejemplar de la especie Paleophycus Tubularis.

Científicos del Instituto Geológico y Minero y profesores de geología portugueses han estudiado allí también otro abigarrado yacimiento con crucianas, marcas de trilobites, y madrigueras de gusanos con siete especies diferentes de fósiles, concretamente en el valle del Estena, también situado en el parque de Cabañeros.

Crucianas del Las Moradas
Crucianas del Las Moradas

En nuestro caso de Las Moradas, no se trata propiamente de un gusano sino que nos encontramos ante un ejemplo claro de la huella de un trilobites en aquellos fondos marinos, huella que fue elevada y petrificada por las grandes presiones y temperaturas del devenir geológico. La impronta en las arenas es la de uno de aquellos curiosos seres que desaparecieron de la tierra hace 250 millones de años y que conocemos solo en su parte dorsal, lo que es su duro caparazón petrificado, porque la parte blanda inferior del abdomen desapareció aunque nos quedó su marca.

Estas huellas son precisamente las que se denominan Cruzianas  y se interpretan como pistas fósiles debidas a la locomoción y la alimentación de trilobites en el fondo arenoso de aquel arcaico océano jareño, e incluye, dada la gran diversidad de estos animalejos, numerosas especies. Son pistas longitudinales que en relieve aparecen formadas por dos surcos que dejan una cresta central, en ocasiones con otros dos surcos más pequeños laterales, aunque es más frecuente y conocido el aspecto de las crucianas como contramoldes del recorrido del animal en forma de tubo, y de ellas también encontramos ejemplos en esta cumbre de Las Moradas.

Nos encontramos por tanto ante un importante hallazgo paleontológico con una huella de trilobites de grandes dimensiones que complementa los hallazgos del cercano parque de Cabañeros. Yacimiento que espero sea estudiado por los especialistas y sirva como uno más de los muchos recursos turísticos de La Jara tan desaprovechados por las diferentes administraciones que venimos sufriendo.

Muy cerca de este geositio, que junto con los de Cabañeros sería de rango internacional, podemos admirar unos impresionantes ejemplares de tejo, ese árbol antiquísimo, las cascadas y loreras del arroyo de las Lanchas, las minas de oro de Buenasbodas, las de plata y plomo de Sevilleja o Anchuras, la ermita de Piedraescrita etc…etc…y todos ellos son recursos que se deberían explotar para el desarrollo turístico, o el olvido y el abandono de esta hermosa tierra acabarán por dejarla tan despoblada como en el Ordovícico.

 

Un relato breve: COLMENEROS, 1486

Colmenas de corcho en La Jara
Colmenas de corcho en La Jara

COLMENEROS, 1486

Marcela se acercó hasta la entrada del muro de piedra que circundaba la posada de colmenas y permaneció allí, quieta. Con un movimiento de cabeza llamó a su hijo Bartolomé. Ella sabía bien que una mujer mientras estuviera con su flor no debía acercarse a las abejas. Ni siquiera cuando hubiera comido ajos o cebollas, pues eran animalias muy delicadas a las que también molestaban los malos olores.

El muchacho se acercó a ella y tomó la cantarilla de vino, la hogaza y el pedazo de queso  que les había traído para el almuerzo. Su marido dejó de encalar el poyete de pizarra cogida con barro que acababa de levantar para dar asiento a las colmenas.

Imagen medieval que representa un huerto con colmenas

Imagen medieval que representa un huerto con colmenasDespues de comer se lavó cuidadosamente las manos en el arroyo del Endrino. Sabía que las abejas debían ser tratadas con mucha limpieza y que un colmenero no podía jamás ser sucio ni borracho. Así se lo enseñó en cierta ocasión el beneficiado de la parroquia de San Miguel, don Gabriel Alonso de Herrera. Incluso le dijo que debía ser casto, pues ya los antiguos aseguraban que la diosa de la castidad tenía a su cargo las abejas. Además, si ellas son castas y limpias, es razón que las trate persona casta y limpia.

Pasó aquel día un buen rato con don Gabriel, respondiendo a las muchas preguntas que el cura le hizo sobre la granjería de la miel. Se hizo su amigo y siempre que iba por la villa le llevaba un cirio de la cera de sus abejas para alumbrar a la Quinta Angustia.

El olor de la jara, tan dulce que a veces podía casi paladearse, lo invadía todo. Bartolomé se acercó a orinar a unas junqueras y, de pronto, se agachó, levantando orgulloso una gran culebra a la que desnucó con un brusco movimiento de muñeca. Bien sabía por las enseñanzas de su padre que los lagartos, las culebras y escuerzos sólo hacían daño en la posada. El padre se levantó y fue cojeando otra vez hacia el caldero de la cal para acabar su tarea.

Colmeneros en el pueblo jareño de Carrascalejo

A veces, cuando Bartolomé veía a su padre renqueando, sentía un escalofrío y, al mismo tiempo, una extraña sensación de orgullo. Recordaba cómo siendo niño acompañaba una mañana a su padre a visitar las colmenas más lejanas de su casa, en la sierra del Atalayón.

Tal vez por el ruido del río que venía crecido o debido al fuerte viento en contra, se dieron de bruces con un oso al entrar en el colmenar. Andaba golosineando con los panales. Los había sacado de los corchos que habían rodado de un zarpazo despedazados por el suelo. Con un salto de sus patas traseras el enorme animal se abalanzó sobre el colmenero, mientras su hijo se ocultaba llorando detrás de la pared. No pudo Bartolomé ver la pelea de la bestia con su padre hasta que, herido, se acercó hasta él arrastrándose y gimiendo. El animal, antes de morir de una certera cuchillada en el cuello, le había desgarrado la pantorrilla de un zarpazo.

Paisaje jareño típico. Los colmeneros fueron los primeros en repoblarlo

Costó curar la herida, pero su vecino el hortelano, que había ido a vender unos canastos de priscos a Talavera, llevó la cabeza y las garras del oso hasta la cárcel de la Santa Hermandad cobrando la recompensa. La Santa Hermandad se fundó para vigilar los yermos y despoblados y defender de bandidos a los colmeneros. Ellos premiaban a los que acababan con sus enemigos y uno muy importante era el oso.

Y cuando más tarde fue toda la familia a la feria, todavía estaban clavados los despojos en la puerta y, debajo, un pliego con el nombre de su padre que los viandantes miraban con curiosidad. Desde entonces, Bartolomé decidió que él también sería colmenero algún día.

La estancia donde iban a ser instaladas las colmenas ya estaba preparada, el muro tenía más de dos varas de alto para dificultar el paso a los osos. El viento del norte no dañaría a las colmenas pues se había instalado en una buena solana.

El agua limpia del arroyo corría muy cerca y el suelo estaba bien saneado. La pizarra afloraba inclinada como dientes de perro y el agua de la lluvia correría sin pudrir los corchos. Bartolomé recibió la orden de limpiar el monte cercano. Su padre no quería que volviera a suceder como cuando, dos años antes, el fuego que prendieron unos pastores para aumentar el pasto quemó sus dos mejores posadas.

Símbolos de de la Santa Hermandad entre los que se encuentra una colmena en recuerdo de que la institución comenzó siendo una hermandad de colmeneros. También aparece un jabalí y el yugo y las flechas de los Reyes Católicos, por ser hermandad real-

Todo estaba preparado. Hasta habían guiado dos acebuches junto a la pared para que así anidaran en ellos los enjambres que se salieran de los corchos. Pero había que atraer a las abejas, y Bartolomé ya sabía que debería untar las ramas de los árboles con un poco de aguamiel.

Las colmenas habían sido fabricadas en las largas noches de invierno, a la luz de las velas que ellos mismos hacían con la cera más sucia de sus panales, que las buenas ya las teníanapalabradas en Guadalupe. Habían escogido las mejores cañas de corcho del alcornocal del Puerto, que no tuvieran hendiduras ni resquebrajamientos, y las habían clavado con virus de jara afilados y endurecidos al fuego. En Piedraescrita  consiguieron una carga de estiercol de becerro que, mezclado con barro, sellaría las colmenas salvándolas del frío y de las sabandijas.Con unos palos de encina atados en forma de portera cerraron en la corraliza los corchos que esperaban sus enjambres.

Bartolomé pensó que, al fin y al cabo, este no era un mal oficio. Solamente el silencio del monte, con el aullido del lobo acompañándole muchas noches, le producía cierto sobresalto. Pero no era el miedo lo que le más le angustiaba. Solamente le turbaba la posibilidad de que a Blanca, la muchacha que le estuvo mirando en la fiesta del pueblo, no le gustara vivir en la soledad de la alquería.

Aunque, cuando contempló que la temprana primavera ya teñía los cerros de enfrente con sus cantuesos de color morado, y que la jara, el cantueso, el tomillo y el romero llenaban de olores el aire pensó que la cosecha sería buena. Podría comprarle a Blanca ese pañuelo que miraba con tanta atención cuando se lo ofreció el buhonero después de la romería.

ALBERCHE (20) HACIA LA DESEMBOCADURA

 

Las barranquillas de la orilla norte del embalse de Cazalegas

HACIA LA DESEMBOCADURA

La localidad de Cazalegas cuenta con numerosas huellas del paso de los romanos, que incluso puede que dejaran el nombre de Cazalia al lugar. Daremos una vuelta por su caserío contemplando algunas de sus viviendas que tienen una curiosa decoración en sus revocos con esgrafiados, técnica de tradición segoviana que es única en la comarca. La orden de Calatrava tuvo aquí casas y una torre y también hubo algunos palacios como el de los condes de Aguilafuente.  San Vicente Mártir es la advocación de la iglesia parroquial construida en ladrillo, y en su honor se hacen las fiestas con gran hoguera en la plaza.

Embalse de Cazalegas

Volvemos a descender hacia el río donde se encuentra el mayor atractivo de Cazalegas, la presa del Alberche, que sirve como azud para desviar el agua por el canal construido a finales de los años cuarenta para extender el regadío a la vega talaverana. Las obras de los canales y el embalse fueron en su mayor parte realizados por los presos forzados republicanos de la Penitenciaría de Santa Apolonia en Talavera. La orilla izquierda del embalse está ocupada por una urbanización, pero en la orilla derecha hay un camping y fue durante los años setenta una verdadera playa en la que acampaban cientos de familias que provenían en gran parte de Madrid y que disfrutaban del baño y del embarcadero, donde se podían hacer viajes en una barcaza de recreo. Hoy se quiere reactivar el turismo, que también puede disfrutar de los agradables parajes del vivero de Obras Públicas que se extiende por esa misma orilla. En la orilla de enfrente, aguas arriba de la urbanización, el paisaje es diferente, una gran dehesa con pequeñas barrancas en la ribera.

Patio de Las Torres de Salinas

Desde el embalse el río continúa descendiendo y pasa por el antiguo vado de la Cabra, por donde cruzaban gentes y ganados si había estiaje. Cerca se encuentra la finca de Salinas donde se encuentra una pequeña laguna salada que en tiempos fue explotada para extraer la sal, como la del arroyo de la Sal que discurre cerca, camino del Alberche. Desde aquí hasta la desembocadura en el Tajo pasamos por una zona que tanto en la Batalla de Talavera en 1809, como durante la Guerra Civil formó parte de la línea del frente entre los dos bandos. Los franceses vadearon el río por sorpresa en cierta ocasión y lord Wellington que mandaba las tropas inglesas fue cogido por sorpresa en la labranza de La Torre y hubo de salir precipitadamente para salvar su vida. Junto al puente del Alberche se conservan varios búnkers que fueron construidos por las tropas nacionales para batir el puente e impedir los intentos de recuperar el terreno por los republicanos.

El embalse de Cazalegas con la sierra de San Vicente al fondo

Las inmediaciones del puente por el que atraviesa la vía del tren fueron utilizadas por el rey Alfonso XIII en cierta ocasión en que pasando hacia Extremadura paró a merendar con toda su comitiva. El siguiente puente es el que actualmente da servicio a la nacional V y se construyó en los años cuarenta. Junto a él se encuentra el viejo puente que desde los romanos, según atestiguan los restos de algunos de sus tajamares, sirve para cruzar el Alberche. En la orilla izquierda, estaba la Venta del Alberche, hoy completamente arruinada. Junto a ella se cobraban pontazgos y el impuesto de la asadura, que percibía la Santa Hermandad en concepto de protección por esta institución de policía rural a los ganados trashumantes que cruzaban las tierras de Talavera.

zulejo de Ruiz de Luna como muchos de los rótulos de los canales del Alberche

Siempre fue lugar de paso, frecuentado por ganaderos, soldados, prostitutas, pícaros y jugadores. La comarca que se encuentra entre el Tajo y el Alberche fue tierra de Talavera que se llamaba el Horcajo, debido a la horca o “Y” formada por los dos ríos. La zona más próxima a la desembocadura es el Soto de Entrambosríos. En la zona se han hallado tres verracos  que atestiguan la presencia vetona. Cuando el Alberche va crecido por lluvias y deshielos y el Tajo también lleva elevado caudal, el agua inunda Talavera corriendo a través de la vieja cañada, como nos explica el dicho: “Si el Alberche y el Tajo se amistan, Talavera Dios te asista”.

Podemos volver a Cazalegas por el antiguo cordel que sigue el trayecto indicado.

LA EXCURSIÓN

 El embalse a  la desembocadura

 Después de disfrutar de las riberas del embalse de Cazalegas seguiremos bajando por la orilla norte y recorriendo las riberas del Alberche hasta el puente de la antigua Nacional V, donde podremos observar los búnkers que defendían el paso en la Guerra Civil, el viejo puente tantas veces derruido por las avenidas del Alberche pero en el que podemos ver las bases de los tajamares de probable origen romano y, ya derruida, la antigua venta que tantos viajeros vio pasar. Seguiremos hasta la desembocadura del Alberche en el Tajo y volveremos al pueblo por el cordel tal como se indica en el texto.

 

Recorrido aproximado 15 kilómetros. 3 horas y media

ALBERCHE (19), POR EL BAJO ALBERCHE

BAJO ALBERCHE

Detalle del rollo de Cardiel de los Montes

Vamos a seguir descendiendo el río por el último tramo, el más llano, arenoso y plácido que, aunque está sitiado por urbanizaciones abusivas, mantiene un bosque de ribera que sorprende por su gran belleza. Densas alamedas naturales o repobladas, alisedas y fresnedas que se prolongan por los arroyos tributarios y saucedas que festonean el cauce hacen muy agradable el paseo por la zona contemplando las arboledas y las viñas silvestres y el lúpulo y las hiedras que trepan por sus troncos y ramas. Incluso hay algunas zonas pantanosas con pequeñas pozas en la zona de El Casar. En la orilla izquierda discurrimos por el término de Nombela, y otros pueblos ya en el ámbito de la Sierra de San Vicente de los que hablaremos en otros capítulos. En la orilla derecha se encuentran otras dos poblaciones que pertenecieron al señorío de Escalona.

Paisaje del bajo Alberche

Hormigos es una pequeña aldea del señorío de Escalona cuya iglesia es del siglo XVII, construida en ladrillo pero con una parte granítica con restos de una espadaña de mayor antigüedad. Encontramos en un paseo por el casco algunas casas de arquitectura tradicional de interés.

En algunas zonas del bajo Alberche podemos ver el lúpulo subiendo por las ramas del arbolado.

Río abajo nos encontramos con El Casar de Escalona que antiguamente se llamó El Casar de Alberche. Los lugares hoy despoblados de El Bravo al sur, y Hortúm Sancho, junto al río, estuvieron en el término de El Casar, que cuenta con poco patrimonio histórico en su casco urbano. Su iglesia parroquial está construida en ladrillo y canto rodado, destacando la torre y los aleros de ladrillo aplantillado del ábside y el crucero. También tiene cierto encanto la ermita de San Roque a las afueras del pueblo.

Arenales del Vado de San Benito en el Alberche

Podemos recorrer las riberas por un camino paralelo al río hasta llegar al reculaje del embalse de Cazalegas. Muy cerca se encuentra la pequeña localidad de Cardiel de los Montes, cuyo nombre han relacionado unos eruditos con los cardos y otros con los jilgueros (“carduelis” en latín). Es lugar que se sitúa junto a un antiguo vado del Alberche al que protegía la atalaya que da nombre a una urbanización cercana. En esta zona el río se remansa y es agradable navegar en piragua entre sus saucedas y carrizos. Perteneció el lugar al marqués de Navamorcuende hasta que se independizó judicialmente con el privilegio de villazgo que es simbolizado por el magnífico rollo erigido en la plaza.

Cormoranes en las choperas del Alberche

En las relaciones de Felipe II se dice que los vecinos consideraba a Cardiel el pueblo más antiguo de la zona y que había un despoblado con ruinas de una iglesia en el lugar llamado Casas del Bispo. En ese mismo documento se describe así nuestro río: “Que cerca de dicha villa pasa un río que tiene por nombre Alberche, el cual de invierno es muy caudaloso y de verano tiene poco agua, el cual no tiene frutales en las riberas, ni árboles algunos, ni otro aprovechamiento que el abrevadero de ganados, porque la dicha ribera son grandes barrancos. El río por la parte de la villa no tiene puente ninguno sino una barca que es del señor don Enrique, en el que llaman puerto de Atacón. En dicho río se crían bogas, y barbos y peces más pequeños que se pescan con mangas y cestos y, en tiempos de desovadero, con atarrayas para la rexaca”.

La tupida vegetación ribereña del Alberche forma verdaderos manglares en algunas zonas

En el lugar ribereño de El Rincón hay un paraje en el que las praderas llegan hasta el río y las gentes acuden a disfrutar de un buen día en el campo. También hay en el pueblo dos viejas fuentes, la del Arco y la Fuentona.

La iglesia se construye en varias fases que comienzan en el siglo XIV y conserva tallas de antiguas como las de Santa Brígida, San Gregorio o San Benito

Lavanderas en el Alberche a su paso por El Casar

LA EXCURSIÓN

El recorrido que planteamos para conocer estos pueblos y los parajes de su entorno parte del puente de la carretera que une la Nacional V con Cardiel de los Montes cuando cruza el Alberche. Un poco antes de llegar al río sale un camino que nos llevará paralelamente al cauce, aunque nos podemos acercar al mismo por caminos trasversales que a veces se dirigen a antiguos vados.

Es el caso del vado de San Benito por el que si el río no lleva mucho caudal podremos cruzar a la otra orilla con facilidad para dirigirnos hacia Cardiel a través de un paisaje de hermosas dehesas y sotillos de fresnos que festonean los arroyos.

Desde Cardiel podremos bajar de nuevo hasta el Alberche por la carretera o por un camino paralelo a la misma que nos lleva hasta el reculaje del embalse de Cazalegas. Allí cerca podremos visitar el paraje de El Rincón.

Si no podemos cruzar el Alberche la alternativa es subir hasta El Casar de Escalona para después volver por los caminos y cordeles indicados hasta nuestro punto de partida, aunque este es un recorrido mayor, recomendable en bicicleta o todoterreno pues son unos 30 kilómetros.

 Recorrido aproximado primera parte 15 kilómetros, 4 horas. Segunda parte treinta kilómetros.

DOS PUEBLOS Y DOS PEÑAS EN EL VALLE DEL ALBERCHE

Monumento a los canteros de cadalso de los Vidrios

Vamos hoy a visitar dos pueblos del valle del Alberche que se encuentran en la provincia de Madrid. Se trata de Cadalso de los Vidrios y de Cenicientos, dos localidades vinculadas cada una de ellas a una elevación granítica dominante.

En el caso de Cadalso de los Vidrios el cerro que domina sobre el caserío es la llamada peña Muñana.

Fachada del palacio de don Álvaro de Luna en cadalso de los Vidrios

CADALSO es pueblo que algunos relacionan con la antigua colonia judía  de Cadalfarum, ya en época romana, pero en esto de la toponimia hay que poner casi todo en cuarentena por ser disciplina muy dada a la fantasía, y por eso pensamos más bien que el nombre puede venir de la situación elevada y dominante del balcón pétreo sobre el que se asienta el pueblo. El apellido “de los Vidrios” parece derivar de la existencia en los siglos XVI y XVII de fábricas de vidrio en las que se hacían objetos que adornaban y formaban parte del ajuar de los palacios. De época musulmana son los restos que se encuentran en la cumbre de peña Muñana.

Detalle de una portada del palacio de don Álvaro de Luna

En el siglo XV, don Álvaro de Luna inició la construcción de un palacio que al ser ejecutado el valido pasó a los marqueses de Villena que continuaron con su edificación. La parte más occidental es la que se levantó en el siglo XV con su aspecto más fortificado. Luego vemos la portada y las dependencias y claustros interiores que fueron construidos en el siglo XVI, como se observa en su trazado renacentista. La parte más oriental tiene aspecto más moderno con una hermosa galería en su muro del este y parece en su totalidad o en parte construcción del siglo XVIII aunque con reformas posteriores.

Actualmente es propiedad privada pero parte de sus jardines sí son visitables, pues son parque público, y en ellos lo más destacables es el estanque de grandes dimensiones que se ha restaurado y en el que se construyeron en sillería granítica pequeños recintos cuadrangulares en las esquinas de estilo renacentista, además de otros en la mitad de cada lado donde hay asientos para solaz  de los nobles que disfrutaron del palacio. Ya en la calle, justo enfrente de la entrada del palacio, se encuentra una bonita fuente llamada de los Álamos cubierta por bóveda de piedra, y en las afueras del pueblo otra conocida como fuente de la Peluquera de gran antigüedad.

Magnífic fuente granítica de Cadalso de los Vidrios

Un recorrido por las calles del pueblo nos permitirá observar elementos de arquitectura popular con buenas casas de piedra, como no podía ser de otra manera en el pueblo de los canteros, que también tienen un monumento a este oficio a la entrada de la localidad. Muchas de las viviendas tienen labrados en sus portadas escudos nobiliarios y otros símbolos y de todas ellas la más llamativa es la Casa de Los Salvajes, llamada así por presentar en su fachada dos hombres cubiertos de pelo y con garrote que es motivo frecuente en la arquitectura renacentista. En el caserío hay varias cuevas con la típica leyenda de comunicación con lugares antiguos como en este caso la Peña Muñana

También la iglesia muestra en sus bóvedas y en sus muros la magnífica cantería de Cadalso, aunque parece que se utilizaron sillares de la desaparecida muralla para su construcción. Es una iglesia a la que sus dimensiones y los desnudos muros de piedra con sus capillas también graníticas dan un aire de sobriedad de gran efecto estético. Se conserva así mismo el arco de la portada de la ermita de Santa Ana.

Las fiestas patronales se celebran el día 13 y 14 de septiembre en honor del Cristo del Humilladero. También es curioso el carnaval, con una soldadesca o hermandad de ánimas que desfilan con sus insignias tradicionales y hacen el “revoloteo” de la bandera.

Antes de irnos debemos comprar alguno de los buenos caldos que se guardan en sus bodegas.

Ermita de la Virgen del Roble de Cenicientos

CENICIENTOS

Este pueblo está también unido paisajísticamente a la Peña que lleva su mismo nombre, aunque más bien es una dominante elevación en cuya cumbre se encuentra la pintoresca peña en sí.

Parece que la población más antigua conocida en la zona es una población tardorromana-visigoda con una necrópolis en torno al paraje de Piedraescrita llamado así por la existencia de una piedra de unos seis metros de altura en la que hay grabada una inscripción a la diosa romana de la caza, Diana. También hay una necrópolis visigoda en las inmediaciones con sepulcros labrados en la piedra, y el llamado puente romano, perteneció como Cadalso a la villa y tierra de Escalona. Cuenta también con una leyenda pintoresca para explicar el nombre del pueblo y es la respuesta que dieron en época medieval al rey cuando pidió cien lanzas al lugar y respondieron sus vecinos que aportarían “cien y ciento”.

Iglesia parroquial de Cadalso de los Vidrios

Una vuelta por el pueblo nos mostrará su iglesia granítica también de grandes dimensiones y con una buena portada. La ermita de la Virgen del Roble y algunos edificios de arquitectura popular vernácula de interés. También cuenta con un monumento que en este caso está dedicado al toro y en su término se encuentra la llamada Casa del Minero que perteneció al gran historiador abulense Claudio Sánchez Albornoz. Es pueblo en el que hubo varios molinos de agua en su arroyo, que aunque en ruinas, también podemos visitar.

Cruz en Cenicientos

El domingo siguiente al de Resurrección es el día de la Nava y se hace romería, en agosto son las fiestas patronales en honor de la Virgen del Roble y la primera semana de octubre es la Fiesta de la Vendimia.

ALBERCHE (15) EL PUEBLO DE LA MALQUERIDA Y OTROS RIBEREÑOS

Escultura zoomorfa en la iglesia de Paredes de Escalona

Vamos a conocer otros tres pueblos que se encuentran en la orilla derecha del Alberche. En primer lugar nos dirigiremos hacia Paredes de Escalona que es un pequeño pueblecito que conserva algunos rincones de arquitectura popular granítica, así como el ayuntamiento y el rollo o picota, ambos del siglo XVIII. La iglesia parroquial merece una visita pues cuenta con varios elementos de interés. Seguir leyendo ALBERCHE (15) EL PUEBLO DE LA MALQUERIDA Y OTROS RIBEREÑOS

ALBERCHE (18) EL LAZARILLO EN MAQUEDA

Puerta árabe de arte califal que formaba parte del recinto fortificado. Siglo XI

Seguimos el camino que hizo el Lazarillo hacia Toledo y llegamos a Maqueda. Villa antigua que nos recibe con el rollo jurisdiccional que lo atestigua.

Rollo jurisdiccional de Maqueda

La importancia estratégica del lugar en el camino de Extremadura y el que unía Toledo con Ávila y Salamanca hicieron que en la zona hubiera población ya en tiempos prerromanos y que se construyera en la Edad Media el castillo que domina con su mole sobre el caserío.

Castillo de Maqueda

Se trata de una fortaleza de origen musulmán, aunque la mayor parte de los restos son de época cristiana. Tiene planta cuadrada con torres circulares en sus cuatro esquinas y en la mitad tres de los lienzos de su muralla, pues en el cuarto se sitúa la portada con detalles isabelinos de decoración, sobre el que campa el escudo de los Cárdenas y una cruz de Santiago.

Torre de la vVela en Maqueda, resto de la antigua fortificación de la villa

La mayor parte de la obra fue levantada en el siglo XV y su potencia defensiva se completaba con la muralla que circundaba a la localidad y de la que quedan pocos restos salvo la estructura que precede a la puerta de la iglesia y la llamada torre de la Vela que es una estructura con uno de los lados redondeados y aparejo mudéjar con ladrillo y mampostería y con dos órdenes de ventanas rematadas con arcos de medio punto.

Detalle de la puerta del castillo de Maqueda

Esta iglesia parroquial no fue la única del pueblo, pues quedan todavía los restos de Santo Domingo, otro templo del que solamente nos queda la espadaña.

Restos de la espadaña de Santo Domingo

Es la iglesia de Santa María de los Alcázares y su nombre es debido a que se levanta en el entorno de la antigua entrada principal a la fortaleza con su puerta califal.

Capitel romano en la iglesia de Maqueda

En su interior podemos ver varios paneles de cerámica talaverana del siglo XVI, un retablo con pinturas de la misma centuria y un capitel corintio de probable origen romano. La capilla bautismal está cubierta por artesonado mudéjar.

EL LAZARILLO Y EL CLÉRIGO

En este pueblo se desarrolla todo el tratado segundo del Lazarillo de Tormes, que escapó del trueno y dio en el relámpago, según el mismo dice, pues fue a ponerse al servicio de un clérigo que era aún más ruin que el ciego. Con él suceden algunos episodios más en el que siempre está presente el fino humor de esta obra magistral. Cuando le daba una humilde cebolla le decía que no hacía “sino golosinar”, y cuando le ofrecía una cabeza de carnero de la que solamente quedaban los huesos, le reprochaba al infeliz muchacho que tenía mejor vida que el Papa. Consigue Lázaro una llave para abrir el arca donde guardaba el cura los panes o bodigos y los roe diciendo que es un ratón quien se los come. Lázaro llega a devorar de pura hambre hasta las cortezas de queso que el clérigo pone en la ratonera. Pero un vecino dice que más bien debe ser una culebra, y cuando el pobre chaval duerme con la llave escondida en la boca provoca un silbido al respirar que le hace creer al amo que el ruido proviene de la culebra que le roba su pan, y descarga un fuerte garrotazo sobre el desgraciado Lazarillo que, después de recuperarse, es despedido emprendiendo nuevamente viaje a Toledo.

El Lazarillo comiendo los bodigos del lérigo de Maqueda

Texto completo del tratado segundo que nos relata la estancia de Lazarillo en Maqueda:

Tratado segundo
Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una de ellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me recibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más, sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía.

Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que, aunque de ello no me aprovechara, con la vista de ello me consolara.

Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave, en una cámara en lo alto de la casa. De éstas tenía yo de ración una para cada cuatro días, y, cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo:

-Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar.

Como si debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre.

Pues ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía conmigo del caldo, que de la carne ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara!

El clérigo repara el baúl de los bodigos

Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una, que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía, y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo:

-Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el papa.

«¡Tal te la dé Dios!» -decía yo paso entre mí.

A cabo de tres semanas que estuve con él vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto. Y, aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al que Dios perdone (si de aquella calabazada feneció), que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido, no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.

Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta, y, acabado el ofrecer, luego me quitaba la concha y la ponía sobre el altar.

No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví, o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana

Y por ocultar su gran mezquindad, decíame:

-Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.

Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces. Y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.

Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo; y el que se moría, otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que allí estuve, que serían casi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque, viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía, remedio no hallaba; que, si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana hambre, más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí, como para los otros deseaba algunas veces; mas no la veía, aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de éste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?». Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines. Y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.

Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar.

«En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco, si me remediásedes» -dije paso, que no me oyó.

Mas, como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo, le dije:

-Tío, una llave de este arcaz he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.

Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz, y, abierto, díjele:

-Yo no tengo dineros que daros por la llave; mas tomad de ahí el pago.

Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y, dándome mi llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.

Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y, aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.

Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo y en dos credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso; mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha. Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: «¡San Juan y ciégale!»

Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:

-Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve quedan y un pedazo.

«¡Nuevas malas te dé Dios!» -dije yo entre mí.

Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa. Yo, por consolarme, abro el arca y, como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos mil besos, y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.

Mas, como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto, que otra cosa no hacía, en viéndome solo, sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trajo a mi memoria un pequeño remedio, que, considerando entre mí, dije: «Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre».

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban, y tomo uno y dejo otro, de manera que, en cada cual, de tres o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma gragea, lo comí y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

-¡Lázaro, mira, mira, qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!

Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.

-¿Qué ha de ser? -dijo él-. Ratones, que no dejan cosa a vida.

Pusímosnos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien: que me cupo más pan que la lacería que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:

-Cómete eso, que el ratón cosa limpia es.

Y así, aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.

Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.

«¡Oh Señor mío -dije yo entonces-, a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi lacería, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquélla carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos».

Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero, con muchos clavos y tablillas, dio fin a sus obras, diciendo:

-Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa mala medra tenéis.

De que salió de su casa, voy a ver la obra, y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por donde le pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y de ellos todavía saqué alguna lacería, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgrimidor diestro. Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.

Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito, y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y, por do había mirado tener menos defensa, le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno de él usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y consintió en su costado, por mi remedio, un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca, y, al tiento, del pan que hallé partido, hice según de yuso está escrito. Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y así sería, porque cierto, en aquel tiempo, no me debían de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.

Otro día fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos los ratones y decir:

-¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa, sino agora!

Y sin duda debía de decir verdad, porque, si casa había de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquélla de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas a atapárselos. Venida la noche y su reposo, luego yo era puesto en pie con mi aparejo y, cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche.

En tal manera fue y tal prisa nos dimos, que sin duda por esto se debió decir: «donde una puerta se cierra, otra se abre». Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues, cuanto él tejía de día rompía yo de noche. Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma que, quien quisiera propiamente de ella hablar, más corazas viejas de otro tiempo, que no arcaz, la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.

De que vio no aprovecharle nada su remedio, dijo:

-Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha: armaré por de dentro a estos ratones malditos.

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio, porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.

Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el ratón, y hallar caída la trampilla del gato.

Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:

-En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe de ser sin duda. Y lleva razón, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo, y, aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase a salir.

Cuadró a todos lo que aquél dijo y alteró mucho a mi amo, y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roía el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir. Íbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo; porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aún mordellas y hacerles peligrar.

Yo las más veces hacía del dormido, y en la mañana, decíame él:

-¿Esta noche, mozo, no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.

-¡Plega a Dios que no me muerda -decía yo-, que harto miedo le tengo!

De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra (o culebro por mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar, hacía mis saltos. Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave, que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca, porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbase el comer, porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.

Pues, así como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es diligencia. Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que, una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera y postura que el aire y resoplo, que yo durmiendo echaba, salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parecer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y, al tiento y sonido de la culebra, se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra. Y, como cerca se vio, pensó que allí en las pajas, do yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme. Mas, como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho. Y con mucha prisa fue a buscar lumbre y, llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego a proballa, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: «El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado».

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena, mas, de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos, y, espantado, dije:

-¿Qué es esto?

Respondióme el cruel sacerdote:

-A fe que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado.

Y miré por mí, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal.

A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos. Y comiénzanme a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y, como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:

-Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.

Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron demediar. Y así, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro (mas no sin hambre) y medio sano.

Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:

-Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.

Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta.

ALBERCHE (16) POR LA RUTA DEL LAZARILLO, EN ALMOROX

Pinares de Almorox

En esta ruta vamos a recorrer los pueblos en los que el autor de El Lazarillo de Tormes sitúa la acción de su obra inmortal. Por una parte recorreremos las tres localidades por el viejo camino que habría recorrido el protagonista cuando se dirigía hacia Toledo, que no coincide con la carretera actual que une las tres localidades, pues va más al este. Haremos una descripción del patrimonio de Almorox, Escalona y Maqueda y un breve resumen de la acción de la novela que trascurre en cada uno de los pueblos, aunque es más recomendable releer los tratados 1 y 2 del libro. Por otra parte, ya en Maqueda describiremos también una pequeña excursión hasta el castillo de San Silvestre.

Púlpito de la iglesia parroquial de Almorox

Viniendo de Salamanca, el Lazarillo pasa con su amo por Almorox camino de Toledo. Este pueblo cuenta con un magnífico pinar que desde antiguo perteneció al estado de Escalona y los vecinos cuidaban de él por ser de donde obtenían todos los pueblos del señorío las vigas para sus viviendas y construcciones. Es un pinar cuidado con ejemplares de pino autóctono de gran envergadura, aunque se han construido algunas urbanizaciones que deterioran el entorno.

Detalle de la decoració renacentista de la iglesia de Almorox

Almorox es palabra árabe que quiere decir “el prado”, aunque puede que estuviera ya poblado en época romana como demuestra para algunos el viejo puente de Barguillas. La villa de Almorox cuenta con uno de los mejores rollos de la provincia, que simboliza el momento en que se independiza de la cabeza del ducado de Escalona en 1566, fecha que aparece inscrita en este rollo, que cuenta además con una grada de cinco escalones, una columna toscana rematada con cuatro leones orientados a los cuatro puntos cardinales y un templete formado por cuatro columnillas jónicas que sostienen el remate con pináculos. Se encuentra en la plaza del ayuntamiento, edificio que es construcción de finales del siglo XVIII.

Rollo jurisdiccional de Almorox

La iglesia parroquial merece una detenida visita, pues cuenta con algunos elementos de interés, como la preciosa portada sur, que es renacentista con decoración de grutescos, roleos y putis, flanqueada por dos columnas rematadas con pináculos y una gran concha en la parte superior. En su interior hay retablos y pinturas de interés, alguna de Pedro Berruguete, y un púlpito gótico labrado muy bello con escudo, además de otro púlpito de hierro forjado. También podemos señalar la particularidad de la presencia de un antiguo pozo en el interior del templo, así como un órgano del siglo XVIII. El edificio tiene elementos góticos y renacentistas y es de sillería granítica de grandes proporciones con contrafuertes y con la torre decorada por balaustradas en el remate y los huecos del campanario.

Cúpula de la ermita de Almorox

La ermita de la Virgen de la Piedad cuenta con la imagen de su advocación y la del Cristo del mismo nombre. Se encuentra en la parte más elevada del pueblo y desde ella se pueden contemplar unas hermosas vistas de la zona. Es construcción barroca del siglo XVII en aparejo toledano y está rematada con espadaña. En su interior destacaremos el retablo y la decoración pintada de la cúpula con nubes y angelotes.
Ya hemos comentado que hasta Almorox llegaba desde Madrid una vía ferroviaria que dejó de dar servicio en 1965 y que debería, según el proyecto inicial, haber llegado hasta Talavera.

LAZARILLO EN ALMOROX

En Almorox les regalan a Lazarillo y su amo un racimo de uvas y el ciego quiere tener con el muchacho la “liberalidad” de compartirlo con él. Quedan en comer solamente una uva cada vez para repartirlas equitativamente, pero al acabar, el ciego pregunta a Lazarillo porqué ha comido las uvas de tres en tres. El chaval se sorprende de que lo haya adivinado, porque en efecto así ha sido, y su patrón le contesta que lo ha sabido porque él las había comido de dos en dos y Lazarillo no había protestado, lo que demostraba que el muchacho estaba comiendo más que él. Este es el texto completo:

«Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo de ellas en limosna. Y como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para echarlo en el fardel, tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no poder llevarlo, como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:

-Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partillo hemos de esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.

Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó propósito, y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano, y, meneando la cabeza, dijo:

-Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.

-No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

Respondió el sagacísimo ciego:

-¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.

A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos así por debajo de unos soportales, en Escalona adonde a la sazón estábamos, en casa de un zapatero había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen, y parte de ellas dieron a mi amo en la cabeza. El cual, alzando la mano, tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:

-Anda presto, muchacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.»

Las hermosas bóvedas de la iglesia de Almorox

ALBERCHE (14) POR EL CASTILLO DE ALAMÍN

Los danzantes de Ménrida junto al escudo de la villa

UN CASTILLO EN EL ALBERCHE

Tanto la localidad madrileña de Villa del Prado como la toledana de Méntrida tienen su origen en el poblamiento que alrededor del castillo de Alamín se asentó ya desde la época musulmana. El viajero al Edrisi pasa por ella en el siglo XI y habla de la fortaleza y también la villa, que describe como bien poblada, abastecida de comercios, calles y edificios notables, dos mezquitas, murallas y un fuerte castillo. A partir de la conquista de Toledo por Alfonso VI, pasa a forma parte de las propiedades del Rey, que impulsa su repoblación. También desde el punto de vista eclesiástico dependieron de la villa de Alamín esas localidades, y otras de la zona hoy desaparecidas. Durante las épocas inseguras de la reconquista el castillo sufre las razzias de los musulmanes e incluso en una de ellas es muerto Gutierre Hermenegildez, alcaide de Toledo.

En 1180 el rey otorga el castillo de Alamín y su territorio a los arzobispos toledanos para que lo repueblen. Hubo durante la Edad Media algunos conflictos fronterizos con la ciudad de Segovia, ya que su señorío lindaba al sur con las tierras de Alamín.

Iglesia parroquial de Méntrida

Desde 1436 hasta 1484, perteneció a don Álvaro de Luna y doña Juana de Pimentel, llamada la Triste Condesa tras la decapitación de su marido. La Torre de Esteban Hambrán también pasa a su poder por compra que hace de este pueblo el condestable. Por matrimonio pasó después Alamín al Duque del Infantado, que con su esposa doña María de Luna hace villa a los pueblos citados, para que tengan su propia jurisdicción y no soporten las molestias que supone acudir al castillo de Alamín. Como símbolo de esa jurisdicción propia se levantaron las picotas de los pueblos, como la de Méntrida, derribada en la Guerra Civil pero que se ha reconstruido con las dos únicas piedras que quedaron.

Esta cruz preside una plazoletade Méntrida

Poco nos queda hoy del viejo castillo de Alamín, que se encuentra en el término actual de Santa Cruz de Retamar. Pedro el Cruel ordenó destruirlo en 1357, pero el arzobispo Tenorio, el prelado constructor que tantas obras públicas promovió en su señorío, hizo reconstruirlo y edificar un puente de quince pilares para comunicar las dos orillas del Alberche junto a la fortaleza y mejorar las comunicaciones entre Toledo y Castilla la Vieja. Más tarde se despobló y ya ni siquiera vivía en él su alcaide y como además se convirtió en refugio de bandidos y salteadores, los habitantes de las villas cercanas lo derribaron hasta los cimientos. En 1700 se construyó un palacio sobre sus ruinas, de las que solamente quedaban algunas bóvedas, aunque todavía se percibe la línea de sus murallas y las torres que la jalonaban.
En el ámbito de Méntrida se encuentra otro paraje que estuvo poblado desde época romana, como demuestran las cerámicas y epigrafía encontradas allí. Se trata de Berciana, lugar donde se venera a la Virgen del mismo nombre, patrona de la villa. Un pastor llamado Pablo Tardío encontró según nos cuenta la tradición una imagen de la Virgen que habría sido escondida por los visigodos ante el avance de los musulmanes en su conquista. El día 25 de Abril se hace una romería en la que se conduce la imagen desde la parroquia hasta la ermita de Berciana, siendo precedida la imagen por los pintorescos danzantes y sargentos que además hacen una muestra de sus bailes y evoluciones acompañadas de sus tradicionales “dichos”.

Detalle del convento de La Torre de Esteban Hambrán

El pueblo cuenta con otra ermita del siglo XVII de grandes proporciones con la advocación de Nuestra Señora de la Natividad, y en la plaza otra ermita u oratorio de principios del siglo XX.
La iglesia parroquial es un edificio situado en la zona más elevada del pueblo y está declarada Monumento Histórico Artístico. A destacar la magnífica torre rematada en capitel y el artesonado mudéjar de grandes dimensiones, además del órgano barroco y retablos e imágenes de interés.
La plaza es un conjunto con varios edificios de interés, pero hay otros rincones pintorescos como la plazuela de la Iglesia o el cerro del Castillejo con sus cuevas destinadas a bodegas.

Torre de la iglesia de La Torre de Esteban Hambrán

La otra localidad de este tramo del Alberche, también situada junto a su orilla izquierda es La Torre de Esteban Hambrán, cuyo nombre puede proceder de una antigua torre o atalaya de observación musulmana que se comunicaría por señales, generalmente de humo, con el castillo de Alamín. Esteban Hambrán puede que fuera un mozárabe o un repoblador dueño de dicha torre. Don Álvaro de Luna compra la población a Pero López de Ayala en el siglo XV.
En un paseo por el pueblo no debemos dejar de visitar su iglesia parroquial, que conserva un curioso catafalco de la Cofradía de Ánimas, recién restaurado en sus dorados y pinturas y que es ejemplar único. La iglesia es gótico renacentista y es edificio de buenas proporciones con escalinata de entrada.

Arquitectura neomudejarista en La Torre de Esteban Hambrán

También cuenta La Torre con las ermitas de San Roque y Santa Ana y el convento franciscano de san Juan Evangelista, recién restaurado, además de algunos rincones de arquitectura tradicional de interés, entre cuyos edificios destaca en la plaza una casa palaciega del siglo XVIII.

Casa palaciega del siglo XVIII en La Torre de Esteban Hambrán

ALBERCHE (13) SALIMOS DE LA COMUNIDAD MADRILEÑA

Ventana de la iglesia parroquial de Villa del Prado

Después del embalse de Picadas, el Alberche describe un gran meandro junto al pueblo de Aldea del Fresno, donde podemos visitar el Safari Park, con animales de todo el mundo repartidos por una extensa finca donde campan a sus anchas. Se basó la iniciativa de estas instalaciones en un proyecto de Rodríguez de la Fuente por lo que, además de las especies africanas, podemos visitar un reptilario y una exhibición de aves rapaces.

Restos de la noria árabe de Aldea del Fresno

El entorno de este pueblo cuenta con una ermita junto al arroyo de perales rodeada de una zona de recreo y también podemos ver la torre de la iglesia del siglo XVIII, pues el resto del edificio es de nueva construcción. Por debajo de ella y junto a la ribera sur se hallan los restos de una antigua noria árabe que también podemos visitar. En la llamada Granja del Santo, propiedad particular, se halla una ermita y restos de un antiguo despoblado datados entre los siglos XIV y XVIII. También en el casco urbano pueden verse algunas casonas de interés.

Niveles alcanzados por diversas inundaciones del Alberche en la ermita de la Poveda

Por el camino que recorre esta vía se puede llegar hasta la carretera que nos conduce a la ermita de la Virgen de la Poveda, palabra que nos define perfectamente el paisaje del lugar, ya que pobeda significa alameda, concretamente de álamo blanco, especie que junto a los sauces, los alisos y los fresnos forman el bosque de ribera de este sector del río que ya comienza a discurrir por una vega más fértil y mucho menos abrupta que el tramo serrano, aunque las inundaciones han sido frecuentes, como demuestran las placas de cerámica que señalan el nivel alcanzado por el río en diferentes avenidas, lo que hace que sus retablos barrocos estén bastante elevados respecto al suelo.

Fuente en Villa del Prado

No debemos dejar de visitar la magnífica iglesia de Villa del Prado con sus dos magníficas portadas góticas, su torre de grandes dimensiones y la espadaña de aspecto fortificado que nos habla de su mayor antigüedad.

Portada de la iglesia de Villa del Prado

Una fuente del siglo XIX y el ayuntamiento, además de algunas casonas y dos ermitas junto al caserío, forman también parte del patrimonio de este pueblo, desde el que despedimos a la región madrileña para adentrarnos en tierras toledanas, concretamente en aquellas que como Villa del Prado se repoblaron en torno a un castillo ribereño del Alberche, el castillo de Alamín.

Ermita de la Poveda en Aldea del Fresno