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ARQUITECTURA POPULAR IV: BARRO, ADOBE Y TAPIAL

ARQUITECTURA POPULAR IV: BARRO, ADOBE Y TAPIAL

Materiales de construcción con el adobe y el tapial
Materiales de construcción con el adobe y el tapial

EL BARRO:

El barro se empleaba apisonado como suelo de las viviendas más pobres y primitivas, o en cuadras y dependencias secundarias. También se utilizaba mezclado con paja en el enlucido de paredes de tapial, adobe o mampostería.

Para la formación de pequeños tabiques recubriendo un armazón de cañas unidas con cuerdas de esparto. Se utilizaban no solo para la separación de dependencias sino también en falsos techos o en los paños que formaban las campanas de las chimeneas y algunas dependencias de almacenamiento.

EL ADOBE:

Muro de adobes en Nuño Gómez
Muro de adobes en Nuño Gómez

“El adobe es un ladrillo de tierra cruda o cocida solamente al sol, y mezclado con algo de paja para que se una y consolide», según definición del Diccionario de Autoridades.

Aunque podemos encontrar construcciones de adobe en toda la zona que nos ocupa, es en los valles fluviales y tierras bajas donde la escasez de piedra hace más frecuente su utilización, encontrándonos no solo los doblados y las edificaciones secundarias hechas de este material sino también las viviendas completas. Este es el caso de pueblos como Alcolea, Azután y Alcañizo, que se encuentran en terrenos de poca abundancia de piedra, aunque ésta no es la regla absoluta y hay localidades, como por ejemplo Nuño Gómez, que, aún teniendo granitos cercanos, utilizan con profusión el adobe en sus construcciones.

En otros muchos pueblos es frecuente encontrar fabricada en mampostería la primera planta y que el doblado sea de adobe o tapial. Los muros sin carga, medianerías y todo tipo do construcciones secundarias y de almacén estén también en muchas ocasiones, construidas de este material.

Campana de chimenea hecha con palos y cañizo entre ellos enlucido con barro
Campana de chimenea hecha con palos y cañizo entre ellos enlucido con barro

La elaboración del adobe era más frecuente en primavera para evitar el excesivo calor que los resquebrajaba ocasionalmente también se fabricaban a finales del verano o comienzos de la otoñada, época en que también el clima era lo suficientemente suave.

El barro se extraía de lugares apropiados de composición arcillosa y preferentemente del tipo llamado “blanco gredoso” aunque debía tener algo de arena para no ser excesivamente pastoso y no quebrarse con facilidad ante los cambios bruscos de temperatura.

Después do amasarse se mezclaba con paja y se extendía sobre una era donde previamente se había esparcido también paja que impedía que el barro se pegara al suelo. Era conveniente que el barro así elaborado se oreara a la intemperie al menos un mes, volteándolo en repetidas ocasiones.

El paso siguiente era introducir el barro en unos moldes adecuados o “gradillas” pasando una tablilla o rasero que eliminara las rebabas. Después de secarse durante dos días se colocaban sobre un lado para que se airearan ambas caras y a continuación se apilaban los adobes dejando espacios intermedios para su secado definitivo. Una forma de conservación de los adobes hasta su utilización era cubrirlos de paja para evitar las inclemencias del tiempo.

El adobero era un artesano que solía tener otros medios de subsistencia, cobrando los adobes generalmente por unidad.

Muro de tapial con enlucido de barro y machones de adobe
Muro de tapial con enlucido de barro y machones de adobe

EL TAPIAL:

Una tapia es un trecho de pared de determinada medida que se hace en una horma y se seca al aire. Covarrubias, citando al padre Guadix dice que es de origen arábigo.

La horma o molde es lo que propiamente se llama tapial y está formado de dos tablazones paralelas, clavadas con listones y aseguradas con clavijas de palo y cuerdas, que junto a dos tableros más pequeños o cabezales dan forma a uno de los segmentos de tapia.

En la “tapia real” se mezcla la tierra con algo de cal, al menos en la cara externa de la pared para darle una mayor consistencia. Después se prepara la tierra de manera similar a como se hacía con los adobes, y mezclada o no con paja, se vierte dentro del molde de tablas antes descrito apisonándola con los pies o con pisones de madera.

Estructura de madera para dar forma a los muros de tapial
Estructura de madera para dar forma a los muros de tapial

Como quiera que la humedad ascendente acabaría rápidamente con los muros de tapial o de adobes necesario que ambos se construyan sobre una cimentación con un zócalo o murete de piedra de al menos treinta centímetros de altura.

Las dimensiones de las tapias variaban en su anchura entre veinticinco y sesenta centímetros, siendo la longitud de cada tramo de unos dos metros y medio y su altura de unos ochenta y cinco centímetros (una vara).

LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

Nuevo capítulo de mi obra agotada «Los Molinos de Agua en la Provincia de Toledo» en el que se trata sobre su historia del siglo XV hasta el XIX

Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi
Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi

A través de las Relaciones de Felipe II conocemos algunos datos sobre la propiedad molinera en el siglo XVI. El rey es dueño todavía de tres grandes paradas sobre el Tajo ( Aceca, Alhóndiga y Aranjuez ) y los señores laicos son dueños de los molinos de su jurisdicción como es el caso del duque de Maqueda, el conde de La Puebla de Montalbán, el señor de Malpica o el señor de Higares (fig. 32). Algunas casas nobiliarias poseen varias paradas molineras, como por ejemplo el conde de Oropesa al que pertenecen los molinos de Silos, Cebolla y las Aceñas del Conde en el Torrico. El conde de Cifuentes tiene también tres paradas, en Velilla, Bergonza y Cifuentes.

Otros integrantes de la nobleza menor conservaban también intereses molineros. Los Loaysa, hidalgos talaveranos que eran propietarios de los molinos de Merillos cerca de Cebolla, o los Meneses que ya hemos visto cómo contaban con dos paradas en Alcaudete. En Toledo, el mariscal D. Juan de Rivadeneyra era propietario de molinos en el Guadarrama.

Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla

En las Relaciones de Felipe II encontramos además referencias a mayorazgos o a determinadas personas con autoridad de ámbito local, como un regidor de Villamiel o un comendador en el Viso, que eran dueñas de molinos.

La Iglesia era dueña y señora de un gran número de las paradas más importantes. Constatamos así cómo las monjas de San Clemente de Talavera son propietarias de los molinos de Cabañuelas, los jerónimos tienen los molinos de Abajo cerca de Talavera, los jerónimos de Guadalupe cuentan con los de Espejel y los de la Sisla son propietarios de varias paradas. Los hospitales de Puente del Arzobispo (fig. 33) se financiaban con dos molinos próximos a esta villa donados por el Arzobispo Tenorio en el siglo XIV. Las monjas de la Madre de Dios de Toledo poseían un molino en el Guadarrama y una capellanía se financiaba con los beneficios de un molino en La Puebla de Almoradiel.

Muchos artificios manchegos pertenecían a encomiendas de la orden militar señora de esos territorios. Por ejemplo la Bailía Prioral de San Juan de Jerusalén arrendaba o concedía molinos, mediante censos perpetuos, en  construcción y aprovechamiento.[1]

Si seguimos analizando pueblo a pueblo la Relaciones de Felipe II, observamos que, ya en el siglo XVI, el número de los pequeños molinos de arroyo dispersos por las sierras toledanas es considerable e incluso, en corrientes como las de Fresnedoso, Sangrera, Andilucha o Guadarrama, el número de estos ingenios es mayor que el que aparece en catastros y relaciones de finales del siglo XVIII. Los datos son, sin embargo, algo parciales ya que gran parte de las poblaciones  de la sierra de San Vicente y de la Campana de Oropesa no aparecen en las Relaciones del siglo XVI publicadas pues pertenecían a la ciudad de Ávila en aquel entonces.

Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI
Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI

En el siglo XVI la molinería continuaba siendo una rentable inversión para la nobleza y por ejemplo, la dozaba parte de los molinos de Daicán en Toledo es comprada por catorce mil maravedís, años más tarde es arrendada esta misma parte por tiempo de «tres vidas», la del comprador y la de sus dos hijos, por ochocientos dieciséis maravedís en «cada un año», con las siguientes condiciones que reproducimos por su interés:

1)A- La paga debería efectuarse por los tercios de cada año, la primera paga a finales del mes de Abril, la segunda a finales de Agosto y la tercera en Navidad.

2)– En el precio fijado no se podría realizar descuento alguno, teniendo además el arrendatario la obligación de tener siempre en buen estado la rueda del molino y todo lo demás que fuera menester.

3)– Ni el arrendatario ni sus hijos podrían vender ni traspasar ni empeñar dicha rueda, ni a caballero, ni a clérigo ni tampoco a ningún convento, iglesia o monasterio.

4)En el caso de que aquellos se viesen obligados a vender o a traspasar el molino en el tiempo de las tres vidas, lo harían saber al arrendador por si éste lo quisiera tomar, y por la cantidad que por ello les fuera a dar otra cualquier persona; y en el caso de que el arrendador no lo quisiere y lo traspasasen a otro, deberían entregar a aquel la décima parte del precio que le diera por ello, en reconocimiento del dominio que sobre ello tenía, y si pasasen dos años consecutivos sin pagar el tributo correspondiente, el arrendatario  caería en la pena de comiso y por tanto lo perdería.

     Este molino rentó en un año treinta y cuatro mil maravedís, siendo como hemos visto el alquiler de ochocientos dieciséis. Es evidente  que ya en esa época eran mucho más valoradas las rentas del trabajo del molinero que el inmueble del molino en sí.

En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales
En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales

El señor de Layos, dueño de la anterior parada, arrendaba otros molinos de arroyo por veinte maravedís y cuatro gallinas o por treinta maravedís y seis gallinas. Alguno incluso se arrendaba en especies, como en el caso de un molinillo en los montes de Toledo que se alquila por cuatro gallinas, cuatro capones, dos cabritos y dos fanegas de harina. Otros molinillos cercanos pagaron ya en el siglo XVII hasta un máximo de seiscientos maravedís . Estos datos nos dan una idea de la gran diferencia existente entre la rentabilidad de los grandes molinos del Tajo y la de los molinillos de arroyo[2].

Las rentas anuales que percibía el propietario del molino nos aclaran también la diferencia que existía entre los beneficios de una gran parada en el Tajo con 400 a 1300 fanegas de trigo, comparados con los de pequeños molinos de arroyo que percibían en general menos de cincuenta fanegas y que en algunos molinillos como los de Espinoso llegan a tener una rentabilidad de tan sólo dos fanegas en el siglo XVI[3]

La decadencia económica del siglo XVII[4] parece afectar también a la industria molturadora ya que muchas paradas del Tajo que aparecen en las Relaciones de Felipe II como «corrientes y molientes»- forma tradicional para decir que un molino está en funcionamiento- figuran en el proyecto de navegación del Tajo de Carducci de 1641 como perdidos, parados o arruinados. Es el caso de uno de los molinos del Conde de Oropesa en Valdeverdeja, los de Corralejo en Malpica, los de Bergonza y los de las Monjas de Torrijos en el Carpio de Tajo. Encontramos además la referencia a muchas presas arruinadas que no sabemos si servían a molinos o a otros ingenios como cañales, lavaderos o azudas.

En el trayecto entre Toledo y el límite de provincia actual siguen moliendo las paradas de Azumel, Estiviel, Calaña, Torralba, Puebla de Montalbán, Gramosilla, Cebolla, Talavera, Silos y Ciscarros. Desde este último hasta la actual provincia de Cáceres nos encontramos arruinados a los de Calatravilla y a una de las paradas del conde de Oropesa, se ha perdido un molino de un tal Ramos que tal vez se corresponda con el de Los Rebollos, pero continúan moliendo todavía los de Puente del Arzobispo, los molinos de Meneses en Valdeverdeja y los de Espejel junto al castillo musulmán del mismo nombre. En este tramo no podemos establecer comparaciones con el siglo XVI por no haber datos en las Relaciones de Felipe II que podamos cotejar con los proyectos de navegación (fig. 34).

La propiedad de estas grandes paradas molineras persiste en su mayoría en manos de señores laicos o religiosos aunque, al igual que los modestos molinos de arroyo en los siglos anteriores, comienza a diversificarse por la venta de la totalidad o de una parte de esos molinos a particulares. También se da el caso de arriendos que con los años se convierten en ventas y que ponen en manos de otros estratos sociales esa propiedad.

Muchos molinos de ribera son alquilados y así por ejemplo el Conde Mora alquila ocho de estos molinillos del arroyo de San Martín del Castañar a particulares[5]. En La Estrella de la Jara ya en el siglo XVI los molinillos de ribera se encuentran en manos de vecinos particulares según nos describen sus Relaciones Topográficas.

Parece que en el siglo XVIII no mejora la situación de los grandes molinos del Tajo como lo demuestra el proyecto de navegación de Simón Pontero realizado en 1755  donde, entre Toledo y Talavera, se dibujan hasta siete paradas perdidas o arruinadas.[6]

Mediante el Catastro de Ensenada de finales del siglo XVIII puede comprobarse que tanto los molinos de arroyo como las paradas del Tajo, coinciden de manera sorprendente en su localización, descripción y dimensiones con los ingenios de los que en la actualidad se conservan restos de sus edificios. Por ello se confirma que los lugares más propicios para su construcción han sido reutilizados una y otra vez durante siglos[7].

[1] AGUIRRE, D. : Opus cit.

[2] LOPEZ PITA, P.: Layos, origen y desarrollo del señorío de los Condes de Mora. Caja de Ahorros de Toledo, Toledo, 1988, pp. 242 y 243.

[3] F. ARROYO ILERA, Los Molinos del Tajo en el siglo XVI según las Relaciones Topográficas de Felipe II. pp. 266.

[4] MARTÍNEZ GIL, F.: Toledo y la crisis de Castilla 1677-1686., Ayuntamiento de Toledo, Talavera-Toledo 1987, pp. 63-80.

[5]LÓPEZ PITA P. : Layos, origen y desarrollo de un señorío nobiliario. Toledo, 1988, Caja de Ahorros de Toledo, pp. 243.

[6]COROGRAFÍA DEL TAJO: Opus cit. planos del proyecto de Simón Pontero

 [7]ENSENADA : Catastro. Muchos de los datos referentes a este catastro se han obtenido de la obra de  Fernando Jiménez de Gregorio, Los Pueblos de Toledo hasta finalizar el siglo XVIII. Para más información pueden consultarse los originales de las denominadas Declaraciones Individuales de dicho catastro en el Archivo Histórico Provincial de Toledo.

Molino en Alcaudete, sobre el río Jébalo

LOS MOLINOS DE AGUA EN LA EDAD MEDIA

LOS MOLINOS DE AGUA EN LA EDAD MEDIA

Una nueva entrada  de mi libro agotado «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo». Describiremos su historia desde la reconquista cristiana hasta el siglo XV

Molinos de Puente del Arzobispo , fundados por el mismo arzobispo Tenorio en el siglo XIV para financiar los hospitales de la villa
Molinos de Puente del Arzobispo , fundados por el mismo arzobispo Tenorio en el siglo XIV para financiar los hospitales de la villa

Podemos pensar que estas primeras instalaciones molineras en territorio recién conquistado serían de propiedad real y que más tarde los monarcas las ceden total o parcialmente a órdenes y jerarquías religiosas o a los señoríos laicos que les habían sido fieles como frecuente reconocimiento a sus servicios de armas. Ejemplo del primer caso es la donación de Alfonso VII de los molinos de Alportel en Toledo al Obispo de Osma, estos mismos molinos en 1143 son propiedad de la catedral[1]. Otro ejemplo también ilustrativo, podemos encontrarlo en el libro de M Jesús Suárez Álvarez » La Villa de Talavera en La Edad Media», cuando recoge la donación de unos molinos por Alfonso VIII en esta ciudad, hacia el año 1207, al monasterio de Santa María de las Huelgas en Burgos[2]. Este mismo monasterio es dueño de los molinos de Ciscarros próximos a la dehesa de su propiedad en El Bercial, donde su cabaña de cuarenta mil ovejas aprovechaba los  pastos invernales.

Los frailes de Calatrava y las monjas de San Clemente de Toledo poseían tres aceñas «so el Alcaçar de Talavera, cerca del muro». Este poderoso convento también era dueño de unas aceñas en Azután, villa de su dominio.

Con los señoríos laicos vemos aparecer molinos que sirven a sus dueños no sólo como fuente de ingresos sino que además, mediante un control monopolístico de la molienda en sus territorios, conseguían una inmejorable fuente de información y control sobre la producción cerealística de sus vasallos y la carga tributaria a aplicar a los labradores de sus tierras. Vemos las primeras referencias a este tipo de dominio en los siglos XIII y XIV con los molinos de los señores de Malpica (fig. 30)[3], Oropesa o Mejorada.

A partir del siglo XIII comienzan en Europa a construirse nuevos  molinos y a dispersarse por todos los ríos y arroyos. Las noticias que nos llegan de ellos son relativas sobre todo a documentos de donaciones reales y a las acotaciones de señoríos, donde en muchos casos aparecen como verdaderos mojones de deslinde. Estos nuevos ejemplares comienzan a situarse no sólo en corrientes principales sino también en arroyos secundarios, como es el caso de los molinos de Riolobos que aparecen en la delimitación del señorío de Mejorada que hace Sancho IV al segregarlo de Talavera en 1288.[4]

Los molinos de Riofrío en Sevilleja ya aparecen en documentación del siglo XV
Los molinos de Riofrío en Sevilleja ya aparecen en documentación del siglo XV

Los medievalistas han hallado referencias a estos pequeños molinos de ribera que ya tienen una menor dependencia señorial y que por ello se conocen como «molinos bastardos».[5] Los señores, en parte obligados por las necesidades que los nuevos núcleos de repoblación tienen de una molienda más cercana a sus lugares, van concediendo permiso para la construcción y beneficio de molinos a algunos de sus vasallos y comienza así el retroceso del monopolio de la molinería. Estas prerrogativas eran de todas formas un signo de señorío, y por ejemplo la villa de Talavera entabla un pleito con el vecino señor feudal de Belvis de Monroy porque éste ha concedido permiso a uno de sus vasallos para la construcción de un molino en el río Ibor[6], entonces comprendido en las Tierras de Talavera

Durante el siglo XIV, las pocas referencias a la propiedad de los molinos siguen señalando como dueños a la Iglesia o a la nobleza, disminuyendo por ventas, permutas o cesiones los privilegios reales sobre la molienda. De esta forma doña Inés de Ayala y su esposo don Diego López de Toledo, alcalde mayor de esta ciudad, son propietarios de los molinos de Malpica y de los de Adabaquín en Toledo. En 1383 D. Diego cede su parte al cabildo catedralicio que se convierte así en su único propietario[7].

Un caso de cesión real es el de doña María de Portugal, que al renunciar a sus privilegios sobre la dehesa talaverana de Cabañuelas, incluye «las ruedas, pesquerías y canales» (fig. 31)[8].

Planta de los molinos de cabañuelas. Autor Rafael Gómez
Planta de los molinos de cabañuelas. Autor Rafael Gómez

Hacia mediados del siglo XV, señores e instituciones religiosas mantienen mayoritariamente la propiedad de los molinos, la Catedral de Toledo es dueña de los de Saelices y doña Guiomar de Meneses deja al Hospital de la Misericordia los molinos de la Solanilla en Toledo[9]. Los concejos van accediendo también a la explotación molinera y por ejemplo el concejo talaverano cuenta entre sus propios con una aceña[10].

Pero continúa, aunque lentamente, diversificándose la propiedad de estos artificios, primero por ser objeto de ventas, donaciones y arrendamientos, y en segundo lugar porque, dada la expansión de la agricultura que acompaña a  la repoblación y nuevos rozamientos de los territorios de Toledo y Talavera, con la correspondiente formación de las alquerías y primeros núcleos estables en los Montes de Toledo y La Jara , se va creando la necesidad, condicionada por las largas distancias y el mal estado de las comunicaciones, de construir molinos pequeños en corrientes secundarias, menos rentables pero más accesibles para los nuevos pobladores.

Comienza a haber referencias al trabajo de los molineros en las relaciones de oficios de villas y lugares. La legislación de la época incide sobre los fraudes que los molineros puedan cometer en el desempeño de su labor. Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, aprueba ordenanzas al respecto para sus vasallos de Talavera en el año 1489[11].

Siguen aumentando las referencias a molinos en manos privadas y así en 1454, dos regidores talaveranos solicitan el primer ojo del puente para la construcción de unas aceñas. También van aumentando los artificios que caen en manos de entidades eclesiásticas menores como capellanías, cabildo colegial y hospitales. Estas instituciones comienzan a su vez a negociar con los molinos o con una parte de los mismos – tenemos noticias sobre la venta de hasta un dozabo o doceaba parte de un molino – pasando a manos de la nobleza menor o de algún hacendado. En otras ocasiones, el dominio eclesiástico, más flexible en sus privilegios señoriales, concede cierta independencia administrativa a sus tierras y los molinos pasan a ser de propiedad concejil como en el caso ya referido de Talavera[12]. En el siglo XVI, once molinos de la Puebla de Almoradiel, por ejemplo, pagan un cuarto de sus beneficios al comendador de la villa y otros tres a la encomienda de Mirabel[13].

Los molinillos bastardos se extienden por el territorio. Molino en el río estenilla, en la localidad jareña de Anchuras
Los molinillos bastardos se extienden por el territorio. Molino en el río estenilla, en la localidad jareña de Anchuras

Los pequeños molinos periféricos de menor entidad, los antiguos molinos bastardos, tienen en ocasiones propietarios situados en los estratos superiores de la sociedad del siglo XVI. En Alcaudete de la Jara, un molino del Gévalo es de las monjas de San Benito de Talavera y otro pertenece al convento de La Madre de Dios; dos molinos más son propiedad de una familia de la nobleza talaverana, los Meneses, y el quinto es de los Duque de Estrada. En el arroyo de Villamocén, el regidor de Toledo Ruy Gómez es propietario también de dos molinillos.[14]

[1] PORRES MARTIN -CLETO, J. Opus cit. Las Calles...p. 200.

[2] SUAREZ ALVAREZ, M1. J. : Opus Cit. p. 335.

[3] A PALOMEQUE  TORRES, APueblas y Gobierno del Señorío de Valdepusa durante los siglos XV, XVI y XVII@, Cuadernos de Historia de España, (Buenos Aires, 1948), pp 73-103;  y A El Señorío de Valdepusa y la Concesión de un Privilegio de Villazgo al lugar de Navalmoral de Pusa en 1635@  A.H.D.E. XVII, 1946.

[4] A. FRANCO SILVA, ALa Fundación de pueblas en tierras situadas al noroeste de la provincia de Toledo@ , Historia, Instituciones y Documentos, Sevilla, Universidad, 1990, pp. 31-53.

[5] ESCALERA, J. y VILLEGAS, A. : Opus cit. p.36.

[6]SUAREZ ALVAREZ M. J. Opus cit. p. 89.

[7] PORRES MARTÍN -CLETO, J.: Opus cit. p. 1040.

[8] SUAREZ ALVAREZ, M. J.: Opus cit. p. 401.

[9] PORRES MARTÍN-CLETO, J.: Opus cit. p. 326

[10] SUAREZ ALVAREZ, M. J.: Opus cit. p. 203.

[11] Ibidem. p. 184.

[12] Ibidem.  p. 184.

[13]AGUIRRE, D.: El gran priorato de San Juan de Jerusalén, Toledo, Diputación Provincial, 1973.

[14] VIÑAS, C. Y PAZ, R.: Relaciones histórico-geográfico- estadísticas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II , Madrid, Instituto Balmes de Sociología, Instituto J. S. Elcano, C.S.I.C., 1951. En las notas que aluden  a estas Relaciones nos referiremos a la encuesta del pueblo en cuestión y las cuestiones 20, 21 y 22 que se refieren a los ríos y molinos de cada término municipal.

MOLINOS ÁRABES Y ROMANOS DEL TAJO

IV.- INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LOS MOLINOS DE AGUA DE LA PROVINCIA DE TOLEDO

Comenzamos un nuevo capítulo de mi libro agotado «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo». Describiremos su historia desde los romanos hasta los árabes

Molinos que para algunos son probablemente romanos en el arroyo del Cubillo de Carranque
Molinos que para algunos son probablemente romanos en el arroyo del Cubillo de Carranque

1.-Hasta los árabes

¿Hubo molinos de agua en el valle del Tajo durante la época romana? Puede que la arqueología nos dé algún día una respuesta. Hoy solamente podemos aventurar conjeturas, ya que sí se ha constatado la existencia de presas como la del arroyo de Comeleches (Foto 14)  junto a la villa romana de Carranque y la del molino del arroyo del Cubillo, también próxima a una zona rica en restos arqueológicos como es la de la iglesia visigoda de Melque; ambas presas por su aspecto y contexto pudieran haber sido romanas

Es lógico pensar que si el Fuero Juzgo de los godos hace algunas referencias a la legislación molinera, en Toledo, que fue capital de la Hispania Visigoda, hubiera existido alguno de estos artificios[1].

Ya hemos comentado las referencias de Al- Idrisi, viajero árabe del siglo XI, a los molinos de Talavera. Sus crónicas están basadas según algunos autores en otras de viajeros de épocas anteriores a la suya y por tanto puede que esas alusiones haya que datarlas en realidad  en época tan temprana  como es el siglo IX[2].

En sus obras «Historia de Tulaytula»[3] y «Las Calles de Toledo=[4], Julio Porres nos hace referencia a determinadas citas de fechas inmediatas al año 1085, cuando se reconquista Toledo, en las que aparecen molinos toledanos como los de Azumel (Assomail), molinos de Daicán (Dar Axam) y los de Arsagrazu (Afagraza) que, por sus nombres y antigüedad bien pudieran haber funcionado en época musulmana.

Aceñasa en la Vista de Toledo de El Greco que habrían estado aguas abajo de la actual estación de autobuses
Aceñas de Arzagrazu  en la Vista de Toledo de El Greco que habrían estado aguas abajo de la actual estación de autobuses

El término «aceña», como tantas otras palabras relacionadas con la molinería y la tecnología del agua, es de origen árabe y tanto los restos visibles todavía hoy en día de los molinos de Daicán como los de Arsagrazu (o de Río Llano) que se pueden observar en el cuadro del Greco «Paisaje de Toledo» (fig. 29), presentan por sus característicos tajamares el aspecto de haber sido aceñas, es decir molinos de rueda vertical, los más arcaicos de estos ingenios.[5]

Restos de los molinos de daicán sobre el Tajo en Toledo
Restos de los molinos de daicán sobre el Tajo en Toledo

J.C. Gómez Menor, en su «Historia de la Antigua Tierra de Talavera», sugiere que el término Marrupe, nombre de un pequeño municipio de la Sierra de San Vicente, puede derivar de «Mazarupet» o «Másar ar rubait», traducido como molino de la pequeña rápita. Al respecto solamente podemos decir que en el arroyo Marrupejo existen restos de seis molinos con aspecto y referencias de considerable antigüedad.[6]

En el arroyo de Riolobos, íntimamente relacionados con yacimientos arqueológicos de datación tardorromana y con alusiones a su existencia ya desde el siglo XIII[7], encontramos hoy los restos de dos molinos, siendo uno de ellos muy interesante por su cubo arruinado con aparejo en sus muros de aspecto vetusto aunque de difícil asignación cronológica a simple vista.

Molino de Riolobos. en Velada¿Fue romanos?
Molino de Riolobos. en Velada¿Fue romanos?

Tras la reconquista en el año 1085, los cristianos aprovechan la mayoría de los azudes y los edificios de molinos que los árabes abandonan sobre el Tajo. Así, los molinos de la Reina que en 1142 son cedidos por Alfonso VIII a la Orden de Calatrava,[8] no son otros que los molinos de Daicán . La misma orden posee otros molinos conocidos como de «Calatravilla» (fig. 22 A) junto al puente y fortaleza musulmana de Castros en el término actual de El Torrico pero cercanos a Puente del Arzobispo. Existen tempranas referencias a esta parada molinera ya en el siglo XIII[9] (Foto 15).

Molinos de Calatravilla. Son antiguas aceñas de rueda vertical y las flechas señalan los soportes de la misma
Molinos de Calatravilla. Son antiguas aceñas de rueda vertical y las flechas señalan los soportes de la misma

Bury al Sultan era la Torre del Sultán que fue cedida en 1135 por Alfonso VII a Miguel Midiz para su repoblación con azudas, canales y molinos[10]. Este lugar no es otro que Azután, que más tarde pasaría a las monjas de San Clemente de Toledo que además serían dueñas de sus molinos.

También son muy cercanas a la ocupación árabe las referencias a los molinos de Uso, junto a la ciudad de Vascos[11]. Jiménez de Gregorio recoge alusiones históricas medievales a tres azudes sobre el río Tajo en el entorno de esta ciudad hispano musulmana.[12]

[1] SAENZ DE SANTA MARÍA, A.: Molinos Hidráulicos en el Valle del Ebro. Vitoria, Diputación Foral de Alava, 1985, pp. 127-133.

[2] GARCÍA MERCADAL, J.: Opus cit. p. 45.

[3] PORRES MARTIN- CLETO,  J. : Historia de Tulaytula, Diputación Provincial,Toledo,  plano de la p. 89.

[4] PORRES MARTÍN CLETO, J. : Historia de las Calles de Toledo, véanse los epígrafes correspondientes «Molinos de Daicán» y «Molinos de Azumel» y las láminas 281-284.

[5] GLICK, T.F. : Cristianos y Musulmanes en la España Medieval , 711-1250. Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 66-69. La visión del mundo musulmán en la península, como una red de ciudades abastecido por sus huertas periféricas, frente al más ruralizado mundo cristiano, nos hace pensar en una concentración molinera junto a las ciudades árabes como Talavera o Toledo donde molerían aceñas de mayor envergadura mientras que el mundo cristiano habría estado más relacionado con el rústico molino de rodezno construido sobre pequeñas corrientes.

[6] GÓMEZ MENOR, J.C. : La Antigua Tierra de Talavera. Toledo, Ayuntamiento de Talavera de la Reina, 1965, p. 9.

[7] SUAREZ ALVAREZ, M. J. : La Villa de Talavera en la Edad Media. Oviedo, Universidad de Oviedo y Diputación Provincial de Toledo, 1982, p. 67.

[8] PORRES MARTÍN CLETO, J. : Opus cit. Historia de las calles … p. 423.

[9] JIMENEZ DE GREGORIO, F. : Historia de la Villafranca de la  Puente del Arzobispo. Toledo, Diputación Provincial, 1989, p. 80.

[10] RODRÍGUEZ -PICAVEA MATILLA, E.: La Villa de Talavera en plena Edad Media. Excmo. Ayto de Talavera,Talavera, 1996, p.67.

 [11] ALFONSO XI. : Libro de la Montería. Universidad de Granada, Granada 1992. p. 564.

 [12] FERNANDO JIMÉNEZ DE GREGORIO. A Tres puentes sobre el Tajo en el Medievo@, Hispania n1 LV, C.S.I.C. Instituto Jerónimo Zurita, Madrid, 1954, pp. 18-20.

LAS PIEDRAS DE MOLINO

LAS PIEDRAS DE MOLINO

Nuevo capítulo de mi libro sobre los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo, ya agotado y que nos habla de las piedras molederas y algún otro elemento del interior del molino.

Interior de uno de los grandes molinos del Tajo. En primer plano el rayado de una piedra solera, detrás varios conjuntos de muela solera y volaera
Interior de uno de los grandes molinos del Tajo. En primer plano el rayado de una piedra solera, detrás varios conjuntos de muela solera y volaera

Las muelas o piedras de molino son dos, la solera y la corredera o volaera. Esta última se sitúa en posición superior y es la piedra móvil a la que el rodezno imprime su movimiento rotatorio. En nuestra provincia, sobre todo en los molinos de arroyo, las piedras preferidas por nuestros molineros eran las de granito. Se llamaban también piedras morenas o españolas (Foto 12) en contraposición con las blancas o francesas de las que más tarde hablaremos.

Con frecuencia eran talladas por el mismo molinero en las afloraciones berroqueñas próximas o bien se encargaban a los canteros locales. Las cualidades de las piedras de algunos de nuestros pueblos eran conocidas desde antiguo, tal es el caso de Valdeverdeja, que aparece reflejado en las relaciones de Felipe II, o el de Aldeanueva de Barbarroya que se cita en las Relaciones del Cardenal Lorenzana del siglo XVIII.

Llama la atención, en muchos lugares de gran inaccesibilidad, la dificultad que deberían vencer los molineros para el transporte de las muelas a los molinos. A algunos de ellos solamente se podía llegar a través de caminos de herradura y por testimonios de los propios molineros sabemos que estos problemas se solventaban mediante la utilización de rulos, palancas, cuñas y el tiro experto de las narrias por las caballerías.

Piedras morenas o españolas de granito que muestran los rayones y la lavija
Piedras morenas o españolas de granito que muestran los rayones y la lavija

Algunos molineros preferían labrar las dos piedras al mismo tiempo, mientras que otros tallaban solamente la solera que cuando sufría el desgaste suficiente se colocaba de corredera, encargándose entonces al picapedrero una nueva solera. Muchas veces se labraban las piedras de afloraciones graníticas próximas y todavía hoy se pueden observar los huecos circulares dejados por la extracción de las muelas.

Ya sabemos que el trigo, para ser convenientemente molido sin quemarse y para no molturarse de forma incompleta, debe discurrir adecuadamente desde el interior de las piedras hasta el exterior. Para conseguir este efecto y el del tronzado del grano se realizaba una labor muy característica de los molineros, la del repicado de las muelas. La piedra se divide desde su interior hacia fuera en varias partes, el ojo, el pecho, el antepecho y el moliente como podemos observar en la figura 27 donde aparecen también los modelos de repicado más frecuentes. En nuestro ámbito geográfico la parte de la piedra más cercana al ojo o pecho se llama entrada, y la parte externa o moliente se conoce como mordiente o afinadero.

Rayado o repicado de las piedras con sus partes diferentes
Rayado o repicado de las piedras con sus partes diferentes

Las dos caras molederas de ambas piedras presentan un repicado, característico por la forma de su dibujo en bajorelieve conocido como de rayones, que son líneas radiales pero excéntricas dispuestas en forma de abanico.

Aunque tradicionalmente se han descrito complejas tipologías para la picadura de las piedras, en nuestra zona, tal vez por la mayor utilización de la piedra granítica que es poco apta para la filigrana en el repicado[1], las muelas suelen tener un dibujo sencillo y bastante similar en todos los molinos. De hecho, simplemente presentan unas picaduras radiales principales más o menos excéntricas o rayones y, entre estos, otras  líneas de picadura más fina conocidas como abanicos, los trazos son rectos en algunas ocasiones y curvos en otras, aunque sin mayores complicaciones en  diseño y composición del rayado.

Herramientas de repicado y cabria de un molino harinero
Herramientas de repicado y cabria de un molino harinero

Las piedras graníticas o españolas tenían repicado un número de  rayones muy variable, entre cuatro y cuarenta, mientras que las francesas solían mostrar en su dibujo entre diez y catorce líneas principales. La picadura puede disponerse en sentido dextrógiro o levógiro, pero si la piedra solera está picada hacia la izquierda, la corredera deberá estarlo siempre hacia la derecha y viceversa. Con esto se consigue el efecto de tijera necesario para que el tronzado del grano rompa la cascarilla.

En la piedra corredera debe hacerse la picadura coincidiendo su sentido con el de giro del rodezno, que a su vez dependerá del lado de la rueda sobre el que incida el chorro de agua cuando sale del saetín.

Las herramientas utilizadas para el repicado son: la pica que tiene el borde de percusión lineal, la piquetilla, parecida pero con hojas metálicas intercambiables, y el pico, de percusión puntiforme. Con estos útiles, después de haber pasado una regla con mazarrón u otro colorante que resaltara las desigualdades de la piedra, se labraban primero las estrías principales, después se esbastaban, es decir, se quitaban las  mayores irregularidades y a continuación se picaba el cordoncillo o trazo más fino que formaba los abanicos.

Piedra francesa que como se ve está compuesta de varias partes unidas por un zuncho circular
Piedra francesa que como se ve está compuesta de varias partes unidas por un zuncho circular

Las piedras francesas son menos frecuentes en los molinos toledanos aunque es más fácil encontrarlas en los molinos de mayor envergadura, en los mejor comunicados y en los más modernos o de transición a fábricas de harina.

Estas piedras se componen de varias piezas en forma de sector circular o Aporción de queso@ que se unen con cemento y cinchos metálicos. Procedían de varias fábricas en Francia, como las de La Ferté, Lhor y Dordogne y eran adquiridas por los molineros en los comercios concesionarios de Toledo, Talavera o Madrid (Foto 13). Se introdujeron en España a partir del siglo XIX y tenían la ventaja de necesitar repicarse con una frecuencia diez veces menor que las graníticas, según el testimonio de los propios molineros. Ya en el siglo XVI se describen también muelas similares que se consideran indicadas para los lugares en que la escasez de piedra o la inaccesibilidad del molino desaconsejen las piedras enterizas.[2]

Piedra francesa
Piedra francesa de La Ferté

El grosor de las piedras de molino varía entre los veinte y los cincuenta centímetros, aunque he observado muelas todavía sin desgastar de sólo nueve centímetros de grueso. A veces se encuentran también pequeñas piedras con tan solo un metro y diez centímetros de diámetro, cuando lo habitual es que midan entre uno treinta y uno cuarenta. Puede que estas pequeñas piedras estén hasta cierto punto relacionadas con la terminología de molinillo o de molineta tan frecuentes en la toponimia de los pequeños arroyos. Tal vez se refieran estas palabras en concreto a molinos de menor potencia o rendimiento aunque no puede asegurarse, ya que en ocasiones se pueden encontrar muelas pequeñas en molinos grandes o en corrientes de mayor caudal y por el contrario, en artificios de pequeños arroyuelos, encontramos obras de mayor envergadura y con capacidad para movilizar grandes piedras.

Otros elementos molineros descritos en el texto según Los Veintiún libros de Juanelo
Otros elementos molineros descritos en el texto según Los Veintiún libros de Juanelo

Como hemos visto anteriormente, el diámetro habitual de las piedras oscila entre 1,30 y 1,40 metros, aunque algunas llegan a medir hasta 1,60. La anchura habitual es de unos treinta centímetros, pero el grosor de la solera puede llegar hasta los sesenta. El ojo u orificio central de la muela viene midiendo entre 15 y 30 centímetros. El peso oscila entre media y dos toneladas, siendo recomendable un peso elevado si las piedras se destinan a moler cebada.

Lo más frecuente es que  las piedras tengan sus dos caras paralelas aunque se puede encontrar algún ejemplar levemente troncocónico con las caras molederas algo inclinadas hacia afuera.

El tiempo entre dos repicados varía en función del tipo de piedra y del tiempo de molienda. La clase de piedra también influye, ya que en las graníticas el repicado puede llegar a ser necesario cada dos días, mientras que en las francesas el tiempo de repicado podía dilatarse hasta dos meses. El tipo de granito también es muy variable e igualmente cambia su duración dependiendo del grano, composición mineralógica y grado de degradación de la roca.

La picadura podía llegar a suponer una considerable pérdida de tiempo y trabajo en el transcurso del trabajo del molinero, sobre todo en aquellos molinos situados en corrientes de escaso caudal donde la molienda solamente era posible en contado número de meses e incluso de unas pocas semanas durante el año.

Hay que señalar que para picar las muelas era necesario levantar esos dos mil kilos de piedra y darles la vuelta para que mostraran su cara moliente. Se utilizaba para esta operación una barra que levantaba solamente unos centímetros la piedra para, a continuación, ir introduciendo unas cuñas que facilitaban la colocación bajo la muela de unos rodillos sobre los que se deslizaba con facilidad. Entonces se metía un palo o lobilla por el ojo y haciendo palanca se volcaba la piedra apoyándose en otro madero o torno.

El sistema de palancas antes descrito era sumamente engorroso, lento y no exento de peligros para el molinero hasta que, a mediados del siglo pasado, se dota a muchos molinos del sistema de cabrias (fig. 28A). Consistía en dos semilunas metálicas partidas y sujetas a un tornillo también metálico que sube y baja la piedra. Las semilunas tienen en su extremo un pivote cada una para introducirlo en sendos huecos laterales de la piedra que servirán de anclaje. Con este cómodo sistema la muela puede levantarse, girarse y apoyarse mucho más fácilmente que con el viejo método de las palancas. Estas pequeñas grúas apoyan frecuentemente por su extremo superior el madero vertical sobre una de las alfangías del techo, mientras que el inferior se sostiene en el suelo y así puede pivotar el brazo horizontal. De él cuelgan las dos semilunas metálicas sujetas por el tornillo de elevación mediante el que ascienden o descienden las piedras.

Al objeto de que la harina no pueda esparcirse saliendo por la junta de ambas piedras se coloca, abrazando toda la circunferencia de las mismas un redor de esparto como sistema más simple para impedirlo. En otras ocasiones se dota al sistema de un tambor o guardapolvo que es un mueble de madera octogonal o circular que envuelve al conjunto de las dos muelas impidiendo que se derrame la harina, recogiéndola y dirigiéndola hacia un orificio o pitera que a su vez desemboca en el harinal o harinero, lugar donde se almacena la harina.

Estos depósitos son a veces simples costales colocados bajo la pitera, en otras ocasiones se trata de troncos vaciados, como en algún molino de Riofrío, o sencillamente un cajón de madera. En la mayoría de los molinos el harinal es un hueco rectangular situado en el suelo junto a las piedras, un depósito fabricado de obra o mediante la colocación de tres lajas de granito o de pizarra.

Desde el harinal, con el cogedor y la paleta del molinero, se va almacenando la harina en sacos para su posterior cernido. En los molinos más avanzados tecnológicamente en lugar de este sistema manual de transporte se empleaban cintas elevadoras de cacillos o los tornillos de Arquímedes que llevaban la harina hasta la cernedora (fig. 25).

Este artefacto forma parte de la maquinaria aneja que podemos encontrar en muchos de nuestros molinos. Es bastante frecuente tropezarnos con sus restos descomponiéndose de los molinos de ribera, dentro de la sala de moler o en dependencias anejas. La función de la cernedora es la de separar la harina del salvado o cascarilla del grano. Se logra mediante cilindros cernedores en los que una tela de cedazo envuelve una estructura prismática o cilíndrica hecha con armadura de listones de madera. Esta estructura gira con una correa transmisora conectada al eje del rodezno principal o a otro rodezno accesorio. En los pequeños molinos es frecuente encontrar cernedoras movidas manualmente mediante una manivela.

Con el sistema de las cernedoras ha coexistido hasta nuestros días el más sencillo método de hacer este trabajo a mano mediante cribas o cedazos que se movían sobre una artesa en la que se recogía la harina.

En las fábricas de harina el cernido es más complejo, consiguiéndose una limpieza mucho más efectiva mediante artilugios mecánicos que juegan con los diversos diámetros de los orificios que tienen las telas de los cedazos, generalmente elaborados con seda.

 

[1] ILLA, A. Opus cit.  pp. .95-103. En esta obra ni siquiera nombra el autor a las piedras de granito que considera deben ser erradicas de la molinería. Aun así persiste en España su utilización hasta que dejan de funcionar los molinos maquileros en los años sesenta

[2] LOS VEINTIÚN LIBROS…: Opus cit. p. 351, fig 204.

LAS FUENTES DE LA SIERRA DE SAN VICENTE

LAS FUENTES DE LA SIERRA DE SAN VICENTE

Manantial y fuente en Cervera
Manantial y fuente en Cervera

Desde el paleolítico, el hombre ha asociado el agua con el renacer de la vida y la fertilidad de la tierra. El conjunto luna-agua-mujer ha sido asumido por diferentes culturas como el círculo antropocósmico de la fecundidad. Nuestra civilización greco-romana es una de las muchas en las que su cosmogonía, sus religiones, afirman que al principio solo existía el agua y que de ella surgió la vida.

Los pueblos vetones, que habitaban nuestra sierra hace dos mil años también veneraban a dioses acuáticos que moraban en las aguas. En nuestro ámbito, en un yacimiento arqueológico cercano como es el del Castro de El Raso se encontró un exvoto de bronce arrojado a la corriente de la garganta de Alardos. En el poblado vettón de Ulaca, en Ávila, se ha descrito un complejo labrado en el granito con depósitos y escalinatas que podría estar relacionado con ritos de agua y sangre de este pueblo que, además, como pueblo céltico que era, consideraba entre sus lugares sagrados a las fuentes y los ríos.

Los romanos, tal vez como herencia de divinidades locales anteriores, han dejado en la epigrafía de la villa de Saucedo en Talavera, entre otras, la referencia a las ninfas en un ara votiva. Entre todas las ninfas, las náyades eran las que habitaban en las fuentes de agua. El rito iniciático de la religión cristiana, el bautismo, está directamente relacionado con el agua y es lógico que fuentes a las que probablemente se asociaron cultos antiguos hayan acabado convirtiéndose en “fuentes santas» como la de La Iglesuela.

Fuente de la ermita de la Virgen de Fuentesanta en La Iglesuela
Fuente de la ermita de la Virgen de Fuentesanta en La Iglesuela

Las fuentes siempre estuvieron vinculadas a esos lugares frescos, amenos y en plena naturaleza donde en la Edad Media se localizaban siempre las apariciones marianas, el “locus amoenus” que frecuentemente aparece en los relatos de Gonzalo de Berceo. Esta amenidad convierte a las fuentes en uno de esos hitos naturales, siempre agradables, en el recorrido del viajero por los parajes más atractivos de nuestra Sierra de San Vicente. Es lo que sorprendió, por ejemplo, al padre Juan de Mariana, precursor de las ciencias históricas en España, cuando vino aquí para escribir el libro que pretendía ser el manual de instrucción de Felipe lll y que por las avanzadas ideas que propugnaba para su época llegó a costarle la cárcel. En el prólogo de su tratado “Del Rey y la Institución Real» nuestro ilustre paisano dice acerca de EI Piélago: Brotan de todas partes las más frescas aguas, corren acá y acullá fuentes cristalinas, cosas todas por lasque no sin razón fue aquel lugar llamado Piélago. Piélago se define como el lugar del mar que dista mucho de la tierra pero, por extensión, podríamos asimilarlo a un Iugar de aguas abundantes. Tan abundantes que un cronista del siglo dieciocho llegaba a decir que en la Sierra había contado más de mil fuentes.

Fuente de Hinojosa de San Vicente
Fuente de Hinojosa de San Vicente

Fuentes de muy diversa categoría. Desde el manantial que ha sido algo excavado y delimitado mediante algunas lanchas de granito en la tierra de su naciente hasta las, casi monumentales, fuentes que servían de abrevadero o lavadero en las cañadas o en los ejidos de los pueblos serranos. Las fuentes siempre han representado la imagen cíclica de la vida, el agua cae del cielo en forma de don de los dioses, penetra en la tierra y vuelve a aflorar en las fuentes, es el enlace entre el mundo alto y el bajo, entre las divinidades celestes y los poderes ctónicos.

Pozos, manantiales y fuentes

Cuando el agua no mana directamente del terreno el hombre ha sabido desde antiguo que es necesario cavar para conseguir el preciado líquido y por ello ha excavado los pozos. En la sierra de San Vicente podemos encontrar muchos de ellos que intentan utilizar los acuíferos superficiales que apenas permiten aprovechar los duros e impermeables suelos graníticos de la zona. Son numerosísimos estos pocillos y tienen un especial encanto por su rústica arquitectura. Encontramos, en primer lugar, pozos con el brocal formado simplemente por lanchas de granito hincadas en el suelo sin ni siquiera argamasa que las una. Este tipo es muy numeroso, por ejemplo, en el arroyo de los Pozos de Marrupe.

Pozo y pila graníticos en la Sierra de San Vicente
Pozo y pila graníticos en la Sierra de San Vicente

El hueco subterráneo del pozo suele, en general, estar fabricado de mampostería granítica con un par de lanchas horizontales que tapan parcialmente la boca del mismo. El brocal puede estar construido de grandes sillares rectangulares bien trabajados y engranados entre sí con grapas de hierro.

Un tercer tipo se construye utilizando mampostería y argamasa con la típica forma cilíndrica de los pozos y no con planta cuadrada o poligonal, que es más frecuente en los anteriores. Por último, aunque no son abundantes, también podemos encontrar algunos ejemplares en los cuales el brocal ha sido fabricado de una sola pieza, labrando y perforando un gran bloque de granito.

La palabra manantial se define como “el nacimiento del agua” y generalmente se entiende por tal el lugar donde la humedad es suficiente como para aflorar a la superficie y así, con una pequeña excavación se consigue el acúmulo de agua suficiente para que puedan beber el ganado o las personas.

Estos manantiales eran conocidos sobre todo por los pastores que realizaban una labor de mantenimiento sobre las vetas acuíferas superficiales. En la actualidad, la disminución del pastoreo ha causado la pérdida de no pocos de estos manantiales. Alrededor de la afloración del agua se colocaban unas sencillas lanchas de piedra y, a veces, una teja, una caña o un pedazo de corcho que dirigía el pequeño chorro y hacía más fácil beber o recoger el agua en un recipiente. Por ello es frecuente encontrar en la toponimia fuentes con nombres como fuente de la Teja o fuente del Corchito, por ejemplo.

Cuernos de pastor para beber en las fuentes o llevar los ingredientes del gazpacho
Cuernos de pastor para beber en las fuentes o llevar los ingredientes del gazpacho

El recipiente tradicionalmente más utilizado por los pastores era un cuerno con asa de cuero o sin ella y decorado muchas veces con motivos de arte pastoril como la efigie del dueño y sus iniciales, motivos vegetales o animales y un curioso motivo de un ser mitad pez y mitad mujer que para algunos etnólogos no es sino la representación tradicional de las ninfas de las fuentes, y no de las sirenas marinas, poco conocidas como motivo mitológico por nuestras rústicas gentes castellanas.

La fuente es el siguiente escalón después del pozo y el manantial. Es frecuente que se excave una tarjea de captación. Se rellena de cantos rodados de manera que sirva para recoger los caudales subterráneos y hacerlos desembocar en la fuente propiamente dicha. En la Sierra encontramos varios tipos de fuentes y uno de los más peculiares es el que se localiza principalmente en los términos de La lglesuela y Almendral de la Cañada, aunque también se reparten otros ejemplares por toda la geografía serrana. Se trata de una construcción formada por una bóveda de sillares de granito que sirve para cubrir a un pozo-fuente con el brocal elaborado con grandes sillares planos y rectangulares. Son fuentes estéticamente acabadas y que deberían conservarse como patrimonio peculiar de estos pueblos. En Almendral una de ellas se ha reinstalado junto al monumento a la santa Ana de San Bartolomé y en La lglesuela son realmente numerosas acercándose a la decena el número de las mismas.

Fuente abovedada en Almendral de la Cañada
Fuente abovedada en Almendral de la Cañada

Pero, ya que nos encontramos en estas dos localidades de la sierra norte, debemos reseñar la importancia de las dos magníficas fuentes con las que cuentan ambos pueblos. En el ejido de La lglesuela un magnifico ejemplar en granito con un largo abrevadero para el ganado, pilones y un lavadero. En Pelahustán existe también otra fuente con esa misma triple finalidad. En la misma cañada de Almendral se sitúa otro ejemplar con pilón labrado en granito y rematado con pináculos ornamentales. Dentro de las fuentes urbanas más acabadas, contamos en Navamorcuende con la situada delante del atrio de la iglesia y que esta datada en el siglo XVIl. Como no podía ser menos, también esta labrada en granito con un cuerpo esférico tallado con una inscripción. En San Román de los Montes se restauró hace unos años la fuente que se encuentra a la entrada del pueblo con sus pilas de lavar. Curiosamente una de ellas parece haberse labrado en un bloque granítico que puede haber formado parte de algún monumento megalítico, como un dolmen o un menhir, ya que está repleta de cazoletas, o pequeñas oquedades semiesféricas donde los hombres de la edad del cobre podrían, según algunos autores, haber realizado rituales relacionados con el agua. También junto al cordel cuenta Marrupe con dos magníficas fuentes rematadas en un tímpano tallado en granito.

Fuente en un camino de La Iglesuela
Fuente en un camino de La Iglesuela

Repartidas por toda la geografía serrana se localizan numerosas fuentes adosadas directamente a muros de contención o a los mismos terraplenes del terreno. Suelen servir sobre todo de abrevadero y fuente de abastecimiento público con varias pilas unidas en línea o un gran pilón corrido. Ejemplo característico es la fuente que se halla a la salida de El Real de San Vicente hacia Sotillo de la Adrada.

El valor simbólico de las fuentes se observa en detalles como el de Buenaventura, donde se halla representado sobre la fuente el santo que da nombre al pueblo. Son muchos así mismo los aspectos mágicos que se dejan entrever en las descripciones que el pueblo hace de las fuentes; por ejemplo, cuando en el diccionario de Madoz se dice de la fuente de Ia Julara que es muy abundante y sale de entre unos peñascos, o en Almendral, donde se cuenta que en una fuente vive una serpiente que si se toca se convierte en un hilo de oro. A otras fuentes, sin embargo, se les atribuyen efectos curativos o benéficos sobre los que beben de ellas y por eso en ocasiones se cristianizan, como en el caso de la fuente adosada a la misma ermita de la Virgen de la Fuensanta en La lglesuela.

Fuente con abrevadero y lavadero en Pelahustán
Fuente con abrevadero y lavadero en Pelahustán

Aguas con nombre

Las propiedades físicas del agua sirven para clasificarlas en dos grandes grupos según el saber popular: las de aguas “finas» o “delgadas», concepto que podíamos asimilar al de aguas con pocas sales y minerales en disolución y las de aguas gruesas o zarcas, que tienen más concentración de solutos y por tanto suelen mostrar un color más turbio y blanquecino.

No son, sin embargo, los de la Sierra terrenos que den aguas sulfurosas o ferruginosas como es el caso de las fuentes de la cercana comarca de La Jara. En Pelahustán dice el párroco en el siglo XVIII que la fuente del Terrero es medicinal y “que manda el cirujano que traigan de ella para que se refresquen los enfermos… y abre además las ganas de comer». En este aspecto debemos resallar la fuente de los Baños de la Pólvora que alivian las dolencias reumáticas de aquellos que acuden a ellos. Los topónimos de las fuentes serranas están relacionados en muchos casos con los de árboles u otros vegetales que crecen en sus inmediaciones. Es el caso de las fuentes del Espino, el Castaño, el Rubisco, el Majuelo o la Perijona, por ejemplo. Otras llevan el nombre de alguna persona vinculada a la fuente o al paraje como las fuentes de Pero Muñoz o de Mari Muñoz. Los accidentes geográficos o las vías de comunicación cercanas marcan otros topónimos como es el caso de las fuentes del Carrilejo del Barranco o del Prado de la Encina.

Fuente de la cañada en Almendral
Fuente de la cañada en Almendral

Pero todas las fuentes tienen algo en común, que han formado parte de la vida de las gentes que desde hace miles de años han trabajado sus campos, que han servido para aliviar su sed, para deleitarse junto a ellas con un gazpacho elaborado con sus aguas frescas en el cuerno o en el cucharro, o simplemente para descansar de las duras tareas agrícolas regalando a sus habitantes algún momento de placidez en sus vidas afanosas. Merecen por tanto el respeto como elemento cultural y que se tomen las medidas necesarias para conservar estos elementos del patrimonio etnográfico fundamentales para el desarrollo del senderismo y el turismo rural.

TALAVERA Y LA TRASHUMANCIA

La Cañada Leonesa Oriental a su paso por el Baldío de Velada

TALAVERA Y LA TRASHUMANCIA

Artículo publicado en el programa de la fiesta de 1994 de la Hermandad de San Isidro de Talavera sobre la relación de Talavera y su Tierra con la trashumancia en sus aspectos generales que ampliaremos en otras entradas

Esquileo de ovejas
Esquileo de ovejas

Es de todos conocida la vinculación de nuestras Tierras de Talavera con el mundo de la ganadería en todos sus aspectos. Su mercado de ganados, con referencias históricas desde el siglo XIII, la abundancia de pastizales, en tierras poco propicias para la agricultura como La Jara y la Sierra de San Vicente; o los pastos ribereños de las numerosas corrientes fluviales que surcan nuestra comarca son algunos de los factores que unieron desde antiguo a sus habitantes con el mundo pecuario.

Pero otra actividad casi olvidada condicionó en gran manera las formas de vida de nuestras gentes vinculándonos al mundo pastoril, y es la importancia que tuvo Talavera como nudo de comunicaciones de esa red de cañadas y cordeles por donde un incesante trasiego de ganados, sobre todo de oveja merina, constituyó desde la Edad Media una de las actividades económicas más importantes de España hasta el siglo XIX, la trashumancia.

Curiosa coincidencia entre el trazado de las cañadas y los monumentos megalíticos de la comarca
Curiosa coincidencia entre el trazado de las cañadas y los monumentos megalíticos de la comarca

Talavera es una ciudad que se formó en torno a un vado del Tajo, antes incluso de que se construyera el puente romano, cruzarían por nuestro río ‘ganados y personas a través de ese tramo del cauce rico en islotes y arenales  más facfilmente vadeble que otros trayectos del Tajo con fondos más profundos y orillas más ásperas. Su situación geográfica en el camino natural que desciende desde el puerto del Pico, aumentó su importancia estratégica junto al hecho de trascurrir también por nuestras tierras otra vía romana que unía Toletum con Emérita Augusta.

Las  cañadas ganaderas han sido consideradas por muchos autores como caminos prerromanos y en nuestra comarca es curioso constatar cómo los monumentos megalíticos con hasta 4.500 años de antigüedad que se han encontrado en ella se sitúan muy próximos a estos caminos pecuarios, es el caso de los dólmenes de Azután y La Estrella, el menhir de Velada y el de Parrillas, los dólmenes de Navalcán, y de Almendral de la Cañada, que como veis, lleva la trashumancia hasta en el nombre. Algunos van más lejos e incluso consideran que en parte eran las vías migratorias de las manadas salvajes, como todavía sucede en África

Demos ahora un salto en el tiempo, y nos encontramos 2000 años después con que esta zona se encuentra poblada por un pueblo eminentemente ganadero y que al parecer llevaba con sus ganados una vida poco sedentaria, me refiero a los vettones, ese pueblo que dejó salpicada la comarca con sus esculturas graníticas que representan a sus animales, cerdos o toros, y que todos conocemos como “verracos”, de los que entre los más conocidos y accesibles podemos enumerar el de Castillo de Bayuela, los deTorralba de Oropesa, los gemelos de El Bercial, o el de la Torre del Polvorín, en Talavera y más conocido como la Cabeza del Moro.

Fuente de Almendral situada en la misma Cañada Leonesa Oriental
Fuente de Almendral situada en la misma Cañada Leonesa Oriental

Ya hemos visto la importancia de las vías romanas para las comunicaciones ganaderas denuestra comarca. La conquista musulmana hace que para proteger la zona en las épocas de conflictos e inseguridad se repueble “Talvira” y su entorno con aguerridos pueblos pastoriles y guerreros bereberes que defenderán su importancia estratégica.

En Talavera se producía una de las lanas más finas de oveja merina de toda España, e incluso algunos autores han querido ver el origen de la palabra “merina” en las ovejas que trajeron consigo las tribus norteafrícanas de los Beni-Merines.

Conquistada la orilla norte del Tajo en 1065 por Alfonso VI queda entre este río y el Guadiana una zona despoblada y peligrosa por las razzias frecuentes de ambos bandos, tierra de nadie. Nos referimos a La Jara, y esta inseguridad condicionó en gran medida una mayor actividad ganadera en la zona ya que la movilidad del ganado permitía ponerlo a salvo en caso de peligro. Esto era mucho más difícil hacerlo con las cosechas, que tenían muchas probabilidades de acabar quemadas.

La palabra berebere “mechta” designa los campamentos invernales de los ganaderos nóma-das argelinos, y es en el reinado de Alfonso X el Sabio cuando se funda el Honrado Concejo de la Mesta que reconoce la activídad de la trashumancia, la regula y pone bajo la proteccíon del monarca a lo que se conocía como “la Cabaña Real” que agrupaba a todos los ganados del reino.

Consolidadas las fronteras con los árabes en los siglos XIII, XIV y XV tras el avance de la Reconquista, la actividad ganadera tanto estante como trashumante se sigue desarrollando en las tierras de Talavera constituyendo ya en la Baja Edad Media un sector económco de peso considerable.

Carnero merino
Carnero merino

De las tierras de Soria, Sigüenza, El Escorial etc…  venían los ganados por la Cañada Segoviana a parar a Escalona y desde aquí se dirigían pasando el puente del Alberche a los pastos de invierno de Talavera y Guadalupe. De tierras algo mas occidentales venían los rebaños que accedían a Talavera a través de la cañada leonesa oriental que pasa por Navamorcuende, cruzando el Tajo. En Alcaudete  confluían los ganados que habían atravesado el río en la Puebla de Montalbân.  La Cañada Leonesa Occidental discurría por Velada y por tierras de Oropesa hacia Puente del Arzobíspo encontrándose con los ganados que procedían de Alcaudete en el Puerto de San Vicente. Un entramado de cordeles y veredas formaban una tupida red que, observándola hoy en un plano, nos da idea de esa importancia de la trashumancia en la vida de nuestros paisanos en siglos pasados.

Pisode un puente de la Mesta sobre el Huso

El trasiego ganadero producía ciertos beneficios al fisco local, como era la llamada “’oveja del Verde”, impuesto que se cobraba al ganado trashumante por utilizar los entonces muy abundantes pastos comunales de Talavera. Los puentes daban también beneficios considerables por el derecho de pontazgo, que ocasionó graves disputas, incluso muertos, por la competencia  originada entre el puente de Talavera y el de Azután, perteneciente al poderoso convento de San Clemente de Toledo y, más tarde, conflictos de las monjas señoras de Azután con el Arzobispo Tenorio por la construcción del puente que da nombre a la villa de Puente del Arzobispo.

Por otro lado los cuadrilleros de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera cobraban otro impuesto, “la asadura”, a cambio de la protección de esta policía rural en los montes y despoblados de La Jara donde bandidos, golfines y cuatreros amargaban el viaje a los trashumantes. Durante el reinado de los Reyes Católicos, alcanza el Horrado Concejo de la Mesta un esplendor no ajeno a la protección real, desde el siglo XVI son numerosos los documentos históricos que nos hablan del alquiler de los pastos en muchas localidades de nuestro entorno.

Un lento declinar acabará con el Honrado Concejo a principios del siglo XIX, aunque incluso hoy día vemos descender algunas vacadas por el Puerto del Pico para dirigirse a los pastos de Extremadura. La Mesta tuvo en varias ocasiones a Talavera como sede de sus juntas anuales, donde acudían ganaderos de toda España. Diremos por últirno que la patrona del Honrado Concejo de la Mesta es una virgen aparecida en las antiguas tierras de Talavera, la Virgen de Guadalupe a la que se encomendaban los pastores de la que fue “principal sustancia de estos reinos”, la ganadería trashumante.

Miguel Méndez-Cabeza

Puente de la mesta y el concejo de Talavera sobre el río Huso cerca de Aldeanueva de Barbarroya

LOS MOLINOS DEL TAJO EN TIEMPOS DE FELIPE II

LOS MOLINOS DEL TAJO EN TIEMPOS DE FELIPE II

Molinos de Silos en fotografía de ARDEIDAS cuando bajó el embalse de azután hace unos años
Molinos de Silos en fotografía de ARDEIDAS cuando bajó el embalse de azután hace unos años

En este capítulo de de la serie «Ríos de Historia» quqemos apuntar algunos datos sobre molinos en tiempos de Felipe II, aunque dedicaremos un artículo más extenso a los grandes molinos y aceñas del Tajo.

Si consideramos la comarca de talavera desde la desembocadura del río Cedena constatamos que los primeros grandes molinos son del señor de Malpica, son  los molinos de Corralejo, que le rentan novecientas fanegas de trigo al año. Los molinos que se sitúan a continuación en el cauce son los de Cebolla, que pertenecían entonces al Conde de Oropesa.

El siguiente molino, del que tampoco quedan apenas restos es el de Merillos o Mirillos donde iban a moler desde Cazalegas. En las relaciones de Pueblanueva s nos dan algunas noticias de interés como que los molinos de Merillos son de don Luis de Loaysa, noble talaverano que en las relaciones de Villanueva del Horcajo nos informan de que era señor de la “villa de Guerta”  (Huerta de Valdecarábanos). En la relación de Talavera aparece que rentan 400 ducados al al año.

Molinos del primer ojo del puente Viejo en el dibujo del siglo XVI de Van der Wingaerde
Molinos del primer ojo del puente Viejo en el dibujo del siglo XVI de Van der Wingaerde

De los molinos de Talavera ya hemos hablado pero las relaciones de Felipe II nos aportan los datos siguientes: Los molinos del Puente son de la villa y dan una rentabilidad de mil fanegas de trigo anuales. Suponemos que hablan de los del primer ojo del puente que pertenecían al concejo pero los otros situados en medio del puente no parecen moler en la época. También se nombran los molinos de abajo, pertenecientes a los Jerónimos y se arriendan por otras mil fanegas de trigo.

En las relaciones de El Casar se nos informa de que los molinos de Cabañuelas cercanos a Talavera y de que eran propiedad de los jerónimos de Talavera y las monjas de San Clemente de Toledo. En las relaciones de Talavera nos informan de que pertenecen también a las monjas de la Madre de Dios de Talavera, algunos particulares y de las monjas de Torrijos. Se arrendaban por mil maravedís y de ellos solamente nos quedan algunas ruinas cubiertas de vegetación cercanas a la finca del mismo nombre.

Entrada del agua a los regolfos en el llamado molino Nuevo de Valdeverdeja
Entrada del agua a los regolfos en el llamado molino Nuevo de Valdeverdeja

La siguiente estación molinera es la de los molinos de Silos en el paraje del mismo nombre cerca de Calera  en cuyo despoblado de Cobisa  se nos informa de que los molinos de Silos son del Conde de Oropesa o según se informa en las relaciones de Talavera, de la condesa de Deleitosa, de la misma familia y tienen dos piedras a cada lado del río. Se arriendan en cuatrocientos ducados.

En Belvís  van a moler a los molinos de Silos del Tajo cuando se seca el Jébalo  y también en Alcaudete van a moler a las aceñas del Tajo cuando se seca el Jébalo. Frente a Aldeanueva de Barbarroya, el Monasterio de El Bercial el propietario de las aceñas o molinos del Tajo que, por estar a media legua del pueblo, deben corresponderse con los de Ciscarros. La siguiente estación molinera es la de Azután, propiedad de las monjas de San Clemente de Toledo.

Interior del molino de los Capitanes en Valdeverdeja donde se ven algunas de sus piedras de moler
Interior del molino de los Capitanes en Valdeverdeja donde se ven algunas de sus piedras de moler

También podemos saber por las relaciones de Talavera que los molinos de Espejel en las riberas de Valdelacasa pertenecía a los frailes de Guadalupe y rentaban cuatrocientos ducados.

Los potentes molinos de Puente del Arzobispo financiaban el Hospital de la villa de Puente, del que eran propiedad. También hay una azuda arruinada llamada de Calatravilla que servía a otros molinos que hoy día mantienen en pie el edificio frente a la fortaleza de Castros. Aguas abajo se nos dice que hay otros molinos propiedad de un tal Oliva, que se podrían corresponder con el actual molino de los Rebollos o las llamadas aceñas del Conde.

OLIVARES DE LA JARA

OLIVARES DE LA JARA

Artículo aparecido en 1998 en el que se recrea la vida en los pueblos de La jara en la época de la recogida de aceituna. Fue escrito hace casi veinte años y algunas cosas han cambiado, como la creciente despoblación o la presencia de inmigrantes cogiendo la aceituna

Olivares en La Jara, La Nava de Ricomalillo
Olivares en La Jara, La Nava de Ricomalillo

El invierno ha cubierto de escarcha las rañas y las barreras, los pueblos cada vez más desiertos de La Jara adquieren una animación inusual, “pa la aceituna” vuelven incluso los hijos del pueblo que marcharon a Madrid o a Barcelona para así ayudar en las faenas del olivar y poder sacar un dinerillo que viene bien a sus ajustadas economías. A veces basta con sacar aceite “ pal gasto” de la casa y poder así recordar a su tierra cuando se aliñen la “ensalá” o se frían un huevo de esos de corral  que les han guardado los abuelos .

Es tiempo de recogida, vuelve la vida a La Jara, por los caminos de piedra y tierra “colorá” van saliendo los jareños hacia los olivares. Unos llevan con mucho cuidado el utilitario que la emigración les permitió comprar y con el que pueden volver al pueblo en las fiestas y algún fin de semana, otros, que consiguieron permanecer en esta tierra dura, han conservado el borriquillo o la mula que les siguen haciendo “buen apaño” para “ la poca labor”  que todavía mantienen.  Los cascos de las caballerías van rompiendo el hielo de los charcos y pisoteando los trampales las gentes adormiladas se dispersan por los olivares “ pa sacarse los cuatro jornalillos” que da la aceituna y que todavía pueden a duras penas mantener en los pueblos a sus habitantes. Mire usted, si no fuera por las olivas ya no quedaban aqui na más que los viejos. Los viejos tractores llevan a los aceituneros en los remolques, las mujeres hablando y riendo, algunos de los jóvenes van adormilados intentando despejarse de “ los medios” que se tomaron la noche anterior. Uno de ellos incluso se ha quedado dormido “arregostao” en las mantas y las varas.

Este año hay buena cosecha, ha llovido a su tiempo y ni los aires ni los pedriscos “han tirao” la aceituna. Pero habrá que trabajar duro, la abundancia de fruto ha bajado los precios y tendrán que llenar muchos sacos para conseguir el dinerillo que ayude a ir tirando un año más arraigados a la tierra que hasta se permite en estas fechas atraer trabajadores de otras latitudes, como las cuadrillas de gitanos que en sus grandes furgonetas llegan en invierno para sacarse unos jornales duros pero libres, o para ir “al rebusco” del fruto que quedó en el suelo.

Aceitunas de los olivares jareños
Aceitunas de los olivares jareños

El olivo es un árbol noble, sagrado para algunas civilizaciones que prohibían cortarlos. Durante la Guerra de la Independencia una de las actitudes de los franceses que más odio provocó entre nuestras gentes fue la tala brutal del olivar que entonces rodeaba a Talavera. Durante la represión de los gabachos en nuestra ciudad rompieron tantas zafras y tinajas que el aceite corría por las calles dejando durante semanas al caserío invadido por  su olor característico.

El olivo ofrece mucho y pide muy poco a cambio. Después de la recogida de la aceituna habrá que podar las olivas, miles de pequeñas columnas de humo se levantaran en los limpios y azules cielos invernales de La Jara cuando se queme “el ramón” para que el barrenillo no encuentre en las muertas ramas lugar donde multiplicarse. También habrá que limpiar y labrar las empinadas barreras donde las mulas o los tractores deben desafiar a la gravedad provocando no pocos accidentes por el vuelco de las máquinas.

Las cooperativas con su moderna maquinaria han sustituido a los antiguos lagares de rulo o de viga. Al menos ya no se llevan los italianos la mayor parte del beneficio vendiendo el aceite jareño como si se tratara de aceite siciliano.

Al atardecer, largas colas de olivareros con los sacos de pienso o de abono repletos de aceituna esperan a la puerta de las almazaras para pesar y entregar su fruto saliendo después sonrientes con un papelito que da fe de los kilos de aceituna recogidos que luego serán molturados para dar ese magnífico aceite que desgraciadamente llevará la denominación de “Montes de Toledo”, una denominación vergonzosa para nuestra tierra y que vuelve a olvidar la propia identidad de La Jara.

Olivares de Belvís

Tanta es la aceituna molida que los arroyos se teñían de negro todos los inviernos por  el «alperchín»  que corría por ellos, hasta que se excavaron balsas de sedimentación que lo almacenara para no perjudicar así los ecosistemas fluviales de los riachuelos jareños. No quiere el olivo manchar ese suelo que él mismo retiene con sus raíces impidiendo la desertización. El olivo lucha contra el desierto porque no se vaya el suelo, porque no se vayan las gentes que producen ese delicioso aceite que a duras penas mantiene con vida a estos pueblos, ese verde fluido que hoy por hoy es la sangre de La Jara.

EL MOLINO DE MUROS ADENTRO

EL MOLINO DE MUROS ADENTRO

Nuevo capítulo de mi libro agotado»Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo» en el que comenzamos a conocer la maquinaria de los molinos

Interior de un molino en Almendral de la cañada sobre la garganta Torinas
Interior de un molino en Almendral de la cañada sobre la garganta Torinas

Hasta ahora hemos ido conociendo la tipología molinera en función de las presas, los canales y los receptores hidráulicos pero, ya en el interior del molino, los elementos básicos son comunes a todas las formas descritas, con la excepción ya comentada de los engranajes necesarios para transformar en horizontal el movimiento vertical en el caso de las aceñas y en el de las ruedas gravitatorias. Vamos a referirnos a los molinos de agua tradicionales, ya que si nos introducimos en el mundo de las fábricas de harina, la complejidad tecnológica de las maquinarias nos haría entrar en el campo de la arqueología industrial más que en el de la etnografía (Foto 11). Seguir leyendo EL MOLINO DE MUROS ADENTRO