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LA MOLIENDA Y SU PICARESCA EN LOS MOLINOS DE AGUA

Piedras de molino francesas mostrando el rayado de la solera, en un molino de Cervera sobre el arroyo Marrupejo

En las cocinillas de los molinos, junto a sus chimeneas de campana, solía haber bancos corridos donde descansaban los clientes mientras se molía su grano. Algunos edificios estaban incluso dotados de dependencias habilitadas como dormitorios, sobre todo si los núcleos urbanos se encontraban muy alejados.

La larga espera de los moledores era proverbial y ha dado origen a numerosos refranes y dichos al respecto: “Más vale aceña parada que amigo molinero”, “En la aceña muele el que primero llega”, “Quien al molino ha de andar cúmplele madrugar” y otros similares[1].

Molino sobre el arroyo tributario del Guadyerbas

Esa espera era a menudo burlada si el molinero era amigo, si se estaba considerado como buen cliente o si se le daba una propina al peón del molino, que sacaba así un no despreciable complemento a su escaso jornal y a las “sisas”.

La molienda se realizaba a cualquier hora, más de noche que de día durante las épocas de prohibición. El sistema de iluminación era el de candiles y carburos que a veces se hacían también necesarios durante el día por la escasa entrada de luz que ocasionaba la compacta estructura de estos edificios que, para evitar inundaciones, reducían al máximo sus huecos, ya de por sí escasos en nuestra arquitectura popular. De todas formas era constante en todos los molinos la presencia de un ventanuco, muchas veces en forma de saetera, que se abría frente a la piedra justo encima de la salida del cárcavo y que tenía como finalidad iluminar las labores de molienda.

Perfecta sillería de granito de un cubo molinero del río Guadyerbas

El molinero se quedaba con frecuencia dormido sobre los costales. Si se acababa el cereal de la tolva, las piedras molían en vacío y esto podía “quemarlas” desgastándose el rayado de las mismas y haciendo necesario repicarlas. Para evitarlo se ingeniaba un sistema de aviso mediante unas chapitas colgadas de un cordel o simplemente una campanilla o changarrita que sonaba al moverse libremente dentro de la tolva por haberse quedado  vacía de grano.

En cuanto al ruido del molino, existen varios refranes e incluso adivinanzas que hacen alusión a él: ¿ Qué cosa tiene el molino, precisa y no necesaria, que no puede moler sin ella y no le sirve de nada?[2]. Se refiere precisamente al ruido que no sólo producían las piedras sino también el rechinar de ejes y correas y el no menos continuo de la chorrera de la presa y el agua saliendo del saetín.

En los molinos pequeños el grano se limpiaba ahechando mediante el cribado con un cedazo que eliminaba la tierra y las pajas. En artificios más modernos y en fábricas de harina se hacía pasar el cereal por máquinas limpiadoras y dechinadoras que se movilizaban por correas accionadas a su vez por los rodeznos del molino. Se les daba mediante ejes excéntricos un movimiento de vaivén apropiado para su función de cribado.

Molino sobre el arroyo Marrupejo

Una vez que el trigo se encontraba “libre de polvo y paja” se solía humedecer mediante el salpicado de una escobilla para después verterlo sobre la tolva. La “cibera” era la carga de trigo que iba abasteciendo a las muelas. Era característico el movimiento de vaivén que transmitía la tarabilla a la canaleja cuando era golpeada por la piedra, consiguiendo así la movilización del trigo en la tolva y su caída hacia el ojo de la muela. En El Quijote (TomoI,

cap. 4) se alude a ello cuando Cervantes escribe “comenzó a dar a don Quijote tantos palos que  a despecho de sus armas le molió como a cibera”.

Mediante el tipo de repicado de las piedras o según se accionara la barra de alivio, se podía adaptar la molienda al tipo de grano con el que se quisiera trabajar o a las características de humedad y grosor del mismo. Incluso se llegaban a moler en los molinos harineros otros productos no cerealísticos como el pimentón o las algarrobas, aunque estas últimas eran más frecuentemente trituradas en molinos caseros de mano.

Ya me he referido al pago maquilero de los servicios de molienda y a cómo la cuartilla enrasada o con copete era el precio más frecuente por el trabajo de moler una fanega de trigo, aunque dependía de los molinos, de los molineros y de la mayor o menor carestía de la vida en ese momento. Además de las truculencias empleadas con las medidas que ya hemos comentado, el molinero solía abusar de sus clientes de diversas maneras, por ejemplo, bajando el alivio al final de la molienda de forma que quedaran separadas las piedras por uno o dos centímetros, sustrayendo así la cantidad no despreciable de harina que permanecía entre las muelas. En otras ocasiones eran simples cambios y tejemanejes con los costales los que distraían la atención de los incautos cambiándose incluso sacos llenos por otros que no lo estaban tanto, o  sacos que contenían cereal de mejor calidad por otros de peor trigo o que estuviera más sucio.

Un ejemplo literario de estas sisas nos lo da “El Lazarillo”, personaje tan vinculado a tierras toledanas, cuando habla del padre del protagonista diciendo que “ tenía cargo de proveer una molienda de una aceña y se le castiga por una sangría mal hecha en los costales”. En El Quijote se cita a una “ramera hija de un honrado molinero” dicho lo de honrado con mucha ironía sin duda.

El refranero nos ilustra con numerosos ejemplos referidos a la fama de escasa honradez de los molineros: “No fíes de maquila de molinero ni de ración de despensero”, o el otro que aparece en La Pícara Justina y que asegura “ Cien sastres, cien molineros y cien tejedores, trescientos ladrones son”

Luis Martínez Kleiser en su “Refranero General Ideológico” recoge alguno más que también se refiere al lugar común del latrocinio en los molinos: “Molinero y sangrador algo parecido son, éste sangra a los mortales y aquél a los costales” o “ Quien te maquila ese te esquila”.

Preguntados los molineros sobre este tema, es curioso que ninguno niega la tópica falta de honradez de su oficio sino que, al contrario, añaden alguna triquiñuela de las que ellos mismos realizaban. Esos mismos molineros, sin embargo, dicen haber ayudado a los más necesitados en épocas de carestía favoreciéndoles en las maquilas o simplemente haciéndoles donativos desinteresados de harina o peces de sus cañales.

[1] Los refranes a los que se alude en este trabajo han sido recopilados en las entrevistas personales con molineros y campesinos pero además se han consultado obras como: MARTÍNEZ KLEISER, L. : Refranero General Ideológico Español, Ed. Hernando, Madrid, 1989.CAUDETE, F.: Los mejores refranes españoles. Ed. Mateos Madrid, 1988.

[2] GARFER , J.L. y FERNÁNDEZ, C. : Adivinancero culto español Ed. Taurus, Madrid, 1990.

UN PASEÍTO POR MONTEAGUDO, EN EL TIÉTAR

Máquinas de Monteagudo y puente sobre el Tiétar

Recorrido aproximado 7 kilómetros, 2 horas

 Como el conocimiento detenido del patrimonio de Oropesa nos llevará su tiempo, vamos hoy a dar simplemente un paseo por la zona conocida como Monteagudo, para lo que nos desplazaremos hasta el límite de provincia por la carretera que une Oropesa y Candeleda. En el camino cruzaremos por la pequeña población de la Corchuela, de la que ya hablamos en un capítulo de la Cañada Leonesa Occidental. Su entorno es muy hermoso por la vegetación que adorna al arroyo de Alcañizo. Seguir leyendo UN PASEÍTO POR MONTEAGUDO, EN EL TIÉTAR

LA VIDA DEL MOLINERO (2): Camino del molino

 

Molino de los capitanes en el Tajo, en término de Valdeverdeja

La maquila es “la medida que el molinero saca para sí del grano que se muele en su molino”. Este sistema de pago en especie ha sido mayoritariamente utilizado en nuestra provincia y, aunque se llamaban tradicionalmente molinos maquileros a los molinos de arroyo que utilizaban este sistema de cobro, se ha hecho extensiva la denominación a todos los demás pues eran escasos los pagos en metálico. Incluso en los últimos años de funcionamiento, en la postguerra, la escasez de cereales y el estraperlo aumentaron la demanda del pago en grano por su sobrevaloración real con respecto a los precios que pagaba el Servicio Nacional del Trigo

El sistema de pago por intercambio con otro tipo de mercancías o trueque era bastante infrecuente y solamente se acordaba en situaciones de penuria, casi siempre en condiciones ventajosas para el molinero.

Molino en el Guadyerbas, cerca del «puente romano»
de Navalcán

El transporte del grano lo realizaba el propio labrador, los arrieros del pueblo o bien se hacía a cuenta del molinero, ya fuera llevándolo él mismo o un peón acarreador asalariado. Cuando el transporte se hacía por cuenta del molinero se realizaba teóricamente sin cobro de ninguna comisión, aunque un molinero nos decía con sorna que “eso era lo que el cliente se creía”. En algunas poblaciones como Valdeverdeja, se recogía el cereal por las calles tras ir voceándolo el acarreador.

En los casos en que los pueblos tenían situados los molinos en el mismo casco urbano, la proximidad les daba una mayor afluencia de público y una mayor rentabilidad, excepción hecha de las épocas de contrabando y estraperlo en las que cuanto más aislado y peor comunicado estuviera un molino, más clientes recibía a causa de la menos efectiva vigilancia de las autoridades.

El llamado «molino Nuevo en Valdeverdeja, sobre el Tajo

Pero en la mayor parte de las ocasiones se debía transportar el grano a cierta distancia, hasta doce leguas en el caso de los pueblos manchegos más alejados de las corrientes fluviales. Este ir y venir al molino se hacía casi siempre en caballerías, pues lo más frecuente era que solamente se accediera a los molinos por caminos de herradura o caminos carreteros en mal estado.

El peso que habitualmente transportaban los jumentos era  de una carga, unidad tradicional equivalente a cuatro fanegas que se distribuían en tres costales de algo más de una fanega, dos cargados sobre los flancos y otro sobre el lomo del mulo o el borrico.

Recordemos también que un celemín es la doceava parte de una fanega, mientras que la cuarta parte de un celemín es una cuartilla, tomándose ésta como la unidad que más frecuentemente se utilizaba en el cobro maquilero. La cuartilla cobrada podría ser enrasada o con copete, según se pasara o no la tablilla-rasero sobre la cajita de madera que servía para medir esta cantidad de harina.

Molino de Peña en el Tiétar

Tenían los molineros otras formas de sisar a sus clientes que se relacionaban con las medidas de volumen y así lo describe en 1758 el Informe de la Ciudad de Toledo al Consejo de Castilla sobre la Igualación de Pesos y Medidas : “El entrar de golpe la Fanega, o Almud de madera en el montón, o echar  en ella el trigo blandamente a mano; el darla golpe para recalcarla o no, el diverso modo de correr el rasero ( fuera de la distinción clara de ser rasada o colmada) hace que de una misma cantidad de trigo se llene, y sobre de un modo de medir la fanega, y falte de otro” .[1]

Cuando los molinos eran más rentables o se encontraban más próximos a pueblos, puentes, barcas o vías de comunicación importantes, se preparaban mejores caminos carreteros, calzados incluso y con un mantenimiento más continuado. Esto nos da una idea del desembolso de capital que, en algunas ocasiones, podía suponer la construcción de una instalación molinera pues conllevaba inevitablemente el adecentamiento de un mínimo trazado de comunicaciones. Si a esto añadimos las costosas obras hidráulicas necesarias para la edificación de las grandes aceñas del Tajo, nos daremos cuenta de porqué estos grandes molinos más activos fueron en su mayoría propiedad de personas o de instituciones poderosas y de porqué se reaprovechaban una y otra vez a través de los siglos las instalaciones arruinadas.

Era la vigilancia de estos caminos y veredas molineras la que más interesaba a la Guardia Civil para conseguir el control, aunque solamente fuera parcial, del estraperlo, pues una inspección estricta del propio molino conllevaría el cierre efectivo del mismo, y no parece haber sido realmente éste el  verdadero objetivo de la administración en la época de postguerra.

En la toponimia es fácil encontrar referencias a las comunicaciones molineras y hallamos así por ejemplo caminos de tal o cual molino, vereda de moledores o camino de la aceña,. Aunque el lugar de asentamiento de las instalaciones molineras estaba condicionado por su accesibilidad, también ocurría el caso inverso y podía suceder que las barcas instaladas en los remansos de las presas facilitaran que un camino discurriera cerca de un molino. También los puentes construidos para dar servicio a un molino atraían hacia ellos el trasiego de las gentes consolidándose luego ese camino dentro de la red viaria local. Algunos ejemplos son las barcas de Aceca, Merillos, Ciscarros, los Sacristanes o Espejel en el Tajo. Puentes como los del molino Campanero en el Cedena, el molino del Puente en el Pusa y el de Rebollos o los Sacristanes en arroyos cercanos al Tajo.

Cuando los ríos disminuían de caudal, las presas eran utilizadas para un vadeo más fácil de la corriente. Por ejemplo, en Toledo capital, durante los tiempos de peste, era necesario vigilarlas para evitar que se violara la cuarentena[2]. En tiempos de asedio sucedía lo mismo y, por el contrario, la elevación del nivel de las aguas producido por esas presas mejoraba las defensas de las ciudades como Talavera, que vio cómo en los ataques de almohades y almorávides se destruyeron los azudes de los molinos de Abajo para así hacer descender la altura de las aguas que llenaban el foso y lamían sus murallas haciéndolas más inaccesibles.

Los caminos de los molinos eran transitados por mercancías tan valoradas como el trigo, la harina y las caballerías. No es de extrañar por ello que fueran frecuentados por bandidos, cuatreros y más tarde por el “maquis”. Varios ejemplos de asaltos en el entorno de las instalaciones molineras se nos relatan en las curiosas historias que podemos entresacar de las causas criminales de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera, institución de policía rural que, unida a la de Toledo, perseguía desde el siglo XIV el crimen en despoblado dentr del ámbito de nuestro estudio.

Los labradores y acarreadores que acudían al molino debían permanecer en ocasiones largas horas en él, llegando muchas veces a tener que pernoctar. Es por eso que en muchísimos de ellos, incluso en los más pequeños, se construían cuadras y pesebres para dar servicio a las caballerías que transportaban el cereal. Esto suponía un beneficio suplementario para el molinero al poder abastecerles del forraje o del pienso obtenido de molturar los granos de peor calidad.

[1] MARCOS BURRIEL A. Informe de la ciudad de Toledo al Consejo de Castilla sobre igualación de pesos y medidas. IPIET, Diputación Provincial de Toledo, Toledo 1991, p.335.

[2] DE PISA, F. : Apuntamientos para la segunda parte de la Historia de Toledo. Diputación Provincial, Toledo 1976.

LA VIDA DEL MOLINERO (1)

LA VIDA DEL MOLINERO (1)

Molino en el arroyo Pizarroso de Valdelacasa

Aunque no era el oficio de molinero un trabajo que tuviera muchos niveles de especialización, sí que podíamos hablar de peones molineros y de molineros propiamente dichos. Otro escalón superior era el de maestro molinero que ostentaban quienes no solamente sabían accionar adecuadamente la maquinaria molinera, sino que además estaban capacitados para las reparaciones, diseño y construcción de los artificios. En el Diccionario de Autoridades figura como oficio diferenciado el de aceñero, que es definido como “el que tiene arrendada la aceña o cuida de ella”[1].

Muchos molineros comenzaban a trabajar en el molino como simples peones acarreadores, llevando cargas de grano al molino o ajechando, palabra que definía el trabajo de limpiar manualmente el grano con un arnero. Auxiliaban además a su “amo en lo que fuera menester” para, en muchas ocasiones, llegar ellos mismos a convertirse con el tiempo en molineros.

Molino de arroyo en Valdeverdeja

Algunos molineros me relataban cómo empezaron a familiarizarse con el oficio en la postguerra, conformándose con el pobre pago de la comida, el alojamiento y “lo que sisaran”, que venía a ser entre medio y un celemín de grano diario.

Era frecuente la cría de cerdos o de gallinas con “lo que se barría” del suelo del molino, mezcla de harina y salvado de gran valor alimenticio para los animales. Precisamente las cochineras son dependencias algo separadas de la casa del molinero y del propio molino pero casi siempre presentes en su entorno.

Molino de agua en el río Jébalo cerca de Las Hunfrías

En La Jara se asociaba con cierta frecuencia la molinería con el cuidado de las colmenas en los agrestes parajes molineros siguiendo la tradicional cultura apícola jareña, pues debemos tener en cuenta que las abejas precisan de la cercanía del agua para un buen rendimiento. Menos frecuente es la presencia del palomar en el mismo molino o en dependencias anejas.

La horticultura y la pesca fueron actividades muy unidas a la molienda y  todavía he podido estudiar los restos de algún cañal, antiguo artilugio hecho de cañas y situado en un canal de obra o de madera mediante el que se pescaba en las chorreras cercanas al molino e incluso en su mismo cárcavo. Los animales abonaban con sus excrementos la huerta del molino que además se regaba fácilmente abriendo los vierteaguas del canal.

Molino de agua en el río Huso, cerca de Campillo

En otras ocasiones, la situación estratégica de determinados molinos junto a los puentes o a las  vías de comunicación, unida al trasiego continuo de clientes, hacía rentable la explotación de otros oficios y servicios que, dada la vinculación de la molinería con el transporte, resultaban rentables, como sucedía en el caso ya comentado de Puente del Arzobispo en cuyo molino se formó un complejo que daba servicio de carretería, herrería y herrador completando así los ingresos del dueño del molino.

[1] REAL ACADEMIA DE LA LENGUA : Diccionario de Autoridades Edición facsímil, Ed. Gredos. Madrid 1990.

EL MUSEO DE HERRERUELA, SU ARTESANÍA Y GASTRONOMÍA

EL MUSEO DE HERRERUELA, SU ARTESANÍA Y GASTRONOMÍA

Vista parcial del Museo de Herreruela

En Herreruela son amantes de sus tradiciones y con el impulso de José Castaño editan una magnífica revista etnográfica y sobre el patrimonio del Campo Arañuelo.

También cuentan con un buen museo con una peculiar e interesante muestra de pesos y medidas, único en España, que además muestra fotografías antiguas y otros muchos elementos culturales y etnográficos mantenido con el entusiasmos de unos pocos vecinos, a los que hay que felicitar y animar a seguir con su labor.

Jaula de corcho y palos, una de las curiosas piezas del Museo

 

En cuanto a la artesanía, sus mujeres realizan hermosos bordados de estilo lagarterano, sus viviendas nos sugieren el trabajo de buenos canteros y también ha sido tradicional la ejecución de objetos de arte pastoril en cuerda de diversos colores.

Museo de Herreruela con su impulsor José Castaño

Herreruela ha vivido tradicionalmente de la ganadería lanar y porcina y por ello no podía menos que tener un magnífico queso de leche de oveja y una gastronomía apoyada sobre todo en los productos del cerdo. Uno de los más típicos es el conocido como bondejo. Se elabora mediante el relleno del estómago del cerdo con las costillas adobadas, la cara y otros huesos aprovechables del animal. Es tradicional que los bondejos se abran el día de San Ildefonso, utilizándose principalmente para “alegrar” platos tradicionales como el cocido, las patatas y otros guisos domésticos. Este embutido tiene sus primos hermanos en el botillo del Bierzo o en el botelo gallego. Otros embutidos típicos de Herreruela son los “lomos entelaos” o el “chorizo maldito” y, para acabar tan suculentas sugerencias, hay que resaltar la repostería tradicional con las mangas, perrunillas, roscas, floretas etc.

Vecinos de Herreruela posan en una matanza con tripas y chorizos

Las fiestas se celebran los días 23 y 24 de Enero en honor de San Ildefonso, pero también se hace una fiesta veraniega en agosto el llamado “Día de la Amistad”.

Todo tipo de medidas y distribuidores comerciales de sólidos y líquidos podemos observar en el museo de Herreruela

RUTA DE LOS RIBEROS Y MOLINOS EN VALDEVERDEJA

RUTA DE LOS RIBEROS Y MOLINOS EN VALDEVERDEJA

 Recorrido aproximado trece kilómetros, 4 horas

 Se han indicado por el ayuntamiento varias rutas por las inmediaciones de Valdeverdeja. En el paseo que sugerimos hoy recorreremos en realidad dos de ellas. Y para ello primero nos dirigiremos a la llamada fábrica de la luz. Tomaremos el camino que discurre junto al cementerio viejo. Justo después de pasarlo se bifurca el camino y tomaremos el de la derecha y más tarde otro que sale hacia a la izquierda.

Riberos del Tajo en Valdeverdeja

Vemos un risco que domina el paisaje y a él nos subiremos. Primero por tener desde su cumbre unas vistas impresionantes sobre el Tajo, que en estos parajes hace honor a su nombre, y después porque es interesante curiosear los restos arqueológicos que en él se asientan, pues allí se hallan los restos de un antiguo poblado de la Edad de Hierro sobre una elevación coronada por dos cerretes, en uno de los cuales se ha labrado en la roca viva un curioso aljibe para almacenar el agua y resistir así los asedios de otros grupos humanos enemigos en aquella época. También se encuentran restos de cerámicas a hechas a mano y otras sigillatas de origen romano, además de algunas piedras trabajadas de poblamientos anteriores con algunos restos de murallas.

Pozo en el entorno de Valdeverdeja

Bajaremos después siguiendo el arroyo y pasando por los restos de un viejo puente hasta la central eléctrica de los años treinta que se asienta sobre las ruinas de los molinos de Los Sacristanes y unas aceñas anteriores, en un paraje escarpado realmente hermoso. En la orilla de enfrente se ve el molino de Tani.

Central eléctrica de Valdeverdeja

Volveremos después sobre nuestros pasos hasta la primera bifurcación del viejo cementerio y seguiremos el otro camino que también va hacia el Tajo. Bajamos hacia el río por una colada que discurre paralela a una granja al final del camino, hasta el arroyo del Pueblo o de Malezo. El arroyo se despeña después de un primer molinejo precedido de una presa por pequeñas cascadas y luego  junto a otro molinillo de arroyo en ruinas. Llegamos así siguiendo un camino molinero a la ribera del Tajo, que aquí presenta una vista espectacular, y visitamos el gran molino de los Capitanes, que nos impresiona por su sólida estructura y sus bóvedas y regolfos. Desde él parte otra senda que nos lleva aguas abajo hasta el molino Nuevo, en ocasiones semisumergido por el reculaje del embalse de Valdecañas y que, como su nombre indica, es más moderno, con restos de ejes y ruedas que movían lo que más bien era ya una pequeña fábrica de harinas movida por energía hidráulica.

Molino de los Capitanes en Valdeverdeja

Pero no acaban aquí los lugares de interés de Valdeverdeja. Junto a las escuelas del pueblo sale también una pista que nos lleva al lugar de La Facciosa, donde se ha adecentado la ribera con una zona verde y un restaurante. Es un lugar que se puede tomar como punto de partida para preciosas excursiones en piragua. Una de ellas puede consistir simplemente en cruzar el río para curiosear en el castillo de Espejel, fortaleza musulmana que se sitúa justo enfrente, en término ya de Valdelacasa de Tajo. Los molinos de Espejel, río arriba, se mantienen bajo el agua y solamente puede verse la casa de los molineros y de los frailes, ya que pertenecieron durante años al monasterio de Guadalupe.

Molino Nuevo de Valdeverdeja

En otras entradas conoceremos otras rutas molineras de este tramo del río Tajo.

Interior de uno de los grandes molinos de aldeverdeja

 LA VIDA DEL MOLINO

LA VIDA DEL MOLINO

Otro capítulo de mi libro «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo»

Molino Nuevo en Valdeverdeja, sobre el Tajo

En este capítulo comenzaremos a hablar de la vida de los edificios  de los molinos de agua, para hablar de la vida del molinero en otros sucesivos.

De las entrevistas que he podido realizar se deduce que no es el de  molinero un oficio especialmente hereditario. La propiedad del edificio sí que pasaba con más frecuencia de padres a hijos, aunque también era frecuente, sobre todo en molinejos de arroyo, que el peón, después de años de trabajo accediera a la adquisición de la máquina. En otras ocasiones, mediante la venta de un molino se conseguía la propiedad de otro de mayor envergadura y productividad.

Restos de un molino sobre el Tiétar en La Iglesuela

Lo cierto es que casi ningún molinero ejercía con exclusividad este oficio, salvo en las grandes instalaciones del Tajo. Aunque de todas formas el refranero y los dichos populares dan un halo de seguridad y rentabilidad al oficio: “A buen año o malo, molinero u hortelano”, “Ten molino o almazara o cosa que para”, “El loco al monte y el cuerdo al molino”, “Abejas, ovejas y piedra que trabaja, desea a su hijo la vieja”.

También hay refranes que nos hablan de la dureza del trabajo de molinero : “Espalda de molinero y puercos de panadera no se hallan donde quiera”. Otros nos sugieren la inseguridad que la escasez o abundancia de caudal daba a este oficio: “Mientras tiene agua el molino, el molinero bebe vino, que si agua no tuviera agua bebiera”.

Molino en el arroyo de San Vicente en La Jara

Parece que el molino de viento causaba a sus dueños menos sinsabores que el de agua y así nos lo atestigua el dicho “ De viento molinero poco trabajo y mucho dinero”

La dureza del trabajo y sobre todo la continuidad del mismo, que obligaba a la permanencia noche y día en el molino, conseguían que muchos molineros vendieran su artificio para volver a anteriores ocupaciones como la agricultura, la ganadería o a otros oficios artesanos que, en la mayoría de los casos, no habían abandonado totalmente simultaneándolos con el maquileo. Con el resultado de la venta compraban tierras o ganados subiendo así, generalmente, de estrato social. Constituía pues el molino un peldaño intermedio y no siempre definitivo en la escalada de mejores condiciones de vida o simplemente un complemento muy importante de la economía agropecuaria de algunos campesinos.

Interior de un molino arruinado con las piedras y la cabria. Garganta Torinas en Almendral de la Cañada

Esta falta de exclusividad en el desempeño del oficio de molinero se ve reflejada en el Catastro de Ensenada, donde se evidencia una clarísima falta de relación entre el número de molinos declarados y el número de personas que dicen vivir solamente del trabajo de molinero. Podemos citar como ejemplo el caso de un pueblo con tradición de molienda como es San Pablo de los Montes donde, aún existiendo nueve molinos de agua, no hay ni un solo vecino que declare ser molinero. Únicamente en Navahermosa y en Campillo de la Jara se puede observar cierta relación entre el número de molinos y el de molineros dedicados a su explotación. En otros lugares como Villanueva de Alcardete o Corral de Almaguer se registra un número muy inferior de molineros comparamos con el de los molinos en funcionamiento. En este catastro solamente son treinta los molineros que se declaran como tales en toda la provincia mientras que el número de artificios supera con mucho los dos centenares. En Puente del Arzobispo se da el único caso donde se alude directamente a la profesión que desempeña simultáneamente el molinero que declara dedicarse además a la confitería.

Molinosobre el arroyo Cubilar en Campillo de La Jara

Estos datos son facilitados por las respuestas generales de dicho catastro, pero si fijamos nuestra atención en las declaraciones individuales correspondientes a cada vecino de un pueblo determinado podremos obtener noticias sobre las profesiones que se asocian a la de molinero. Así por ejemplo, en un estudio sobre Castillo de Bayuela, vemos que de cinco molinos declarados cuatro de ellos son regentados por labradores y otro de ellos es propiedad de un cirujano del pueblo que además de sangrar a sus pacientes maneja el artilugio.[1]

Muchos de los trabajadores de los molinos fueron simples asalariados, por lo que la llamada “utilidad” o valor fiscal de su trabajo figura en el apartado correspondiente a “jornaleros” del catastro citado.

Cárcavo con el rodezno en un molino de la Sierra de San Vicente

Sucede algo similar con los molinos de mayor entidad situados en las orillas del Tajo de forma que, por ejemplo en Talavera, con dos grandes aceñas y tres molinos de arroyo, no figura como tal ni un solo molinero entre las profesiones de los habitantes de la ciudad.

Otra dificultad añadida para la localización de los molineros viene dada por el hecho de que lo que realmente da el valor fiscal impositivo es el edificio molinero tomando como referencia su producción, y no el oficio en sí como sucede en el caso de otros artesanos.

Este Catastro de Ensenada[2] anota en las declaraciones individuales las medidas del edificio, lo que aporta datos para comprobar si los restos actuales de los molinos coinciden en sus proporciones con las dimensiones de los artificios que ya molían en el siglo XVIII. Podemos así obtener consecuencias interesantes sobre la pervivencia actual y la evolución de la tecnología y arquitectura de nuestros molinos. Por mis impresiones personales y las medidas que de modo general he podido obtener, tengo el convencimiento de esa pervivencia de siglos en muchísimos de los edificios molineros que han sido reutilizados una y otra vez a lo largo de los siglos, en algunos casos incluso desde la Edad Media.

[1] DEZA AGÜERO, A. : Castillo de Bayuela a mediados del siglo XVIII, Madrid, 1986.

[2] A.H.P.T. Sección Catastro de Ensenada, Libros Maestros o Respuestas Particulares.

Molino sobre el arroyo Andilucha

LOS MOLINOS DE AGUA COMO REFERENCIA GEOGRÁFICA

LOS MOLINOS DE AGUA COMO REFERENCIA GEOGRÁFICA

Molino de rampa en Nuño Gómez

Además de su significación económica los molinos han tenido una gran importancia como lugares de referencia rural y han servido, dada la  antigüedad de muchos de ellos, como hitos en la determinación de las jurisdicciones de nuestros pueblos y en los amojonamientos de las dehesas. De hecho, el mayor número de las referencias a molinos que podemos encontrar en la documentación histórica, se halla en los expedientes de deslindes. Incluso las mismas piedras de molino han servido como mojones para delimitar los términos, como en el caso de Los Navalmorales en el siglo XVIII, cuando una muela señalaba la confluencia de cuatro municipios distintos.[1]

Molino en el arroyo Cubilar

Las mismas vías de comunicación se han visto a su vez condicionadas en ocasiones por las barcas que se instalaban en los remansos de las presas molineras o por los puentes que daban acceso a la industria molturadora.

Ya sabemos que el emplazamiento de los molinos dependía de muchos factores como las pendientes y caudales de los ríos, las comunicaciones, la propiedad de las tierras donde se asentaban o el régimen señorial bajo el que se encontraban, además de otros condicionantes económicos como era, sobre todo, la demanda de sus servicios derivada de la mayor o menor producción cerealista de la zona.

Molino de agua con horno adosado

Este último factor lo vemos reflejado por ejemplo en el hecho de que históricamente la zona con mayor cosecha de cereales ha sido la de Talavera[2], que aparece junto a Calera en tiempos de Felipe II produciendo trescientas fanegas por vecino, casi duplicando incluso en valores absolutos la cosecha de las siguientes comarcas cerealistas. Puede ser ésta una de las razones por las que las Tierras de Talavera, incluyendo a La Jara y la Sierra de San Vicente, cuentan con un número de molinos más elevado dentro del total del cómputo provincial, aunque también han influido en esta abundancia otros factores históricos y topográficos.

Menor importancia tuvieron otros condicionantes en el asentamiento de la molinería.Uno de ellos derivaba de las relaciones de vecindad pues el molino era una de esas actividades que hoy consideraríamos molesta. Así, aparecen en el refranero alusiones como “ Ni horno ni molino tengas por vecino” o “Guárdate de molino por confín ni de puerco por vecín”. Ruidos, trasiego de gentes y problemas con el uso del agua motivarían estas expresiones populares.

Aceñas del Conde en el Tajo

Pero quienes principalmente planteaban inconvenientes y constituían una permanente fuente de conflictos eran los hortelanos. Como es lógico, no eran muy amigos de que se utilizara el agua para otros fines que no fuera el regadío y por ello las disputas, que en muchas ocasiones acababan en procesos judiciales, entre molineros y hortelanos motivaron, ya desde los primeros códigos medievales, que las viejas normativas regularan la utilización del agua con unas prerrogativas determinadas y que el derecho de aguas sea uno de los más antiguos dentro de la legislación española.

Como ejemplo de estas antiguas reglamentaciones en materia de aprovechamiento de recursos hidráulicos, vamos a citar el caso de Huerta de Valdecarábanos donde hacia 1785 nos dice el párroco del lugar : “ Ai un arroio cuias aguas vienen encazadas y primero sirven a un batán… y después sirven para regar los cáñamos y otras sembrados. De estas aguas desde el sábado a las doce del día hasta el domingo siguiente, a la puesta de sol, es propia de esta villa y asciende su venta anualmente a diez mil reales. El martes es propia del señor de esta villa para regar dentro de sus veinticuatro horas sus posesiones. Los demás días se reparte según su orden entre los vecinos, a cuio efecto tienen sus veedores para avisar al dueño que le toca. El remanente, quando no se necesita, entra en la dehesa boyal y sólo en años de muchas aguas pasa a la vega y allí sirve para el molino que llaman de Dos Aguas”[3] .

Molino en las huertas de Alcaudete

Este caso en que el molinero es el último en el orden de preferencia para disfrutar el agua no suele ser frecuente sino que, por el contrario, los derechos de uso del agua para los molinos eran  generalmente más antiguos y solían prevalecer sobre los de los hortelanos, muchas veces a causa de haber sido miembros de la nobleza o de la iglesia sus propietarios en origen.

No sólo se disputaban los molineros el agua con los hortelanos, sino que también los ganaderos de zonas como la Sierra de San Vicente acostumbraban a regar sus prados mediante complicados sistemas de canales que llevaban el agua a sus praderas. Hay normativas locales donde se también establecen órdenes de preferencia en el aprovechamiento hídrico sobre pastizales y su relación con los canales y presas molineros, como es el caso de la  regulación de tradición popular que se puede consultar en el archivo municipal de Castillo de Bayuela, municipio situado en la zona con más tradición de regadío de pastos de la provincia, la Sierra de San Vicente.

[1] LORENZANA , Opus cit.

[2] SALOMON, N.: Opus cit. pp. 388- 391.

[3] LORENZANA, Opus cit. p.290.

Piedras de molino graníticas

LOS NOMBRES DE LOS MOLINOS DE AGUA

LOS NOMBRES DE LOS MOLINOS DE AGUA

Mo

Molino en el arroyo Cubilar

Entre nuestras villas y lugares se extienden grandes zonas despobladas en las que solamente se localizan fuentes, labranzas, granjas y molinos, como lugares que tienen cierta frecuentación humana.Es por ello que los molinos han dejado numerosas huellas en la toponimia. Podemos así localizar caminos de moledores, camino del molino, cuesta del molino, casa de la molinera, arroyo del cubo, arroyo del cubillo, arroyo Cubilar, camino de las aceñas, la aceñuela, el caz, arroyo de la presa, o del estanco, el molinillo, o la molineta, como términos que salpican con relativa frecuencia nuestra geografía.

Los nombres de los molinos tienen su origen en circunstancias muy variadas como por ejemplo el entorno vegetal (molino de los Olivos, del Álamo, de la Chopera, de los Rebollos), en la cercanía de determinados accidentes topográficos (de la Garganta, de la Chorrera, del Risco) o en la situación del edificio con respecto al núcleo urbano más próximo ( molino de Arriba, de Abajo o de Enmedio).

Otras veces es la profesión de alguno de los antiguos dueños del artificio la que condiciona su denominación y encontramos por ello molinos del Sastre, de los Capitanes, del Cirujano o de los Sacristanes. También los títulos nobiliarios o instituciones religiosas con propiedad molinera condicionaron el nombre de muchos artificios ( del Conde, de las Monjas, de Santa Catalina, de la Capellanía, de Calatravilla). También puede ser que lleven simplemente el mote o el nombre de su último propietario (molino del Cojo, del Tuerto, molino de tío Ceferino, de doña Sol, de Peña, de Montoya, del Andariego).

La proximidad de determinados edificios o de ciertas obras públicas  llevaron a asignar nombre a algunos molinos como los que se llaman del Puente, del Artificio, del Batán, del Barquillo etc. Las características de las construcciones molineras como el color, el tamaño o el tipo de receptor dieron origen a la denominación de molinos como los del Cubo, del Cubillo, Molinillo, Molineta, Aceñuela, molino Blanco y otros. La antigüedad de funcionamiento de unos ingenios con respecto a otros molinos cercanos se observa en nombres como el de molino Viejo, Nuevo, la Vieja.

Otros muchos ejemplares tomaban el nombre del paraje, de la finca o del mismo río sobre el que se asentaban ( Monteagudo, Corralejo, Bergonza, Estiviel, Espejel, Riolobos, Riofrío, de Uso)

Molino de agua en el arroyo Pedrillán, en término de Paredes de Escalona

No vamos a enumerar por su denominación concreta a todos y cada uno de los molinos, ya que muchos de ellos han recibido varios apelativos a lo largo de su historia o bien mantienen nombre simultáneos, como por ejemplo el del dueño actual y el nombre tradicional. También se da el caso, sobre todo en pequeños molinillos de arroyo, de que haya desaparecido ya el nombre del molino o se aplique genéricamente una denominación a todos los edificios molineros que se encuentran en un determinado paraje. Todo ello generaría confusión por lo que he preferido nombrarlos por la inicial que representa a ese río o arroyo y el número de orden en la cuenca comenzando por el ejemplar que se encuentra situado más aguas arriba de la corriente. Solamente señalo a los grandes molinos del Tajo con su nombre tradicional que, en general, por su significación histórica, se ha mantenido a lo largo de los años y hace difícil la confusión. Aún así, las plantas de los edificios sirven para identificar cada uno de los ejemplares y no confundirlos con los posibles ingenios que yo no haya localizado en este trabajo y puedan aparecer en estudios posteriores.

MOLINOS DEL RÍO CEDENA

MOLINOS DEL RÍO CEDENA

Molino de Enmedio cerca de Villarejo de Montalbán

El Cedena, como río fronterizo, sirvió también a las localidades de la parte más oriental de La Jara y Valdepusa. Tenemos referencias de sus molinos ya en el siglo XVI, cuando en las relaciones de los pueblos de Hontanares, Navahermosa y Puebla de Montalbán se alude a ellos. Durante el siglo XVIII se enumeran en las relaciones de Lorenzana cuatro molinos y un batán localizados en el tramo alto del Cedena, mientras que en el catastro de Ensenada se refieren a ocho artificios de los que cuatro son molinos situados en su arroyo afluente de Malamonedilla o Pasadero. Los dueños de todos estos ingenios eran vecinos de Navahermosa. Localizados ya en el tramo bajo del río se sitúan hoy día los mismos tres molinos que se documentaban históricamente en el término de Villarejo de Montalbán

Molino con horno en Mel arroyo de Malamonedilla

Los tres primeros ejemplares del arroyo de Malamonedilla (Mm 1), (Mm 2) y (Mm 3) tienen un receptor muy similar de cubo-rampa fabricado en buena sillería. El primero de ellos cuenta con un horno de pan adosado (Foto 55), el segundo y el tercero nos permiten observar las borriquetas de obra que sostenían la piedra, dejando pasar debajo de ella la correa que movía en el primer caso una rueda secundaria y en el otro la maquinaria auxiliar. El segundo molino (Mm 2) tiene también la peculiaridad de haber adaptado un lavadero de ropa a su canal y el tercero se construyó utilizando como sillares tres aras romanas.

El cuarto y último de estos molinos es de rampa pero apenas puede observarse por la maleza que la rodea. Varias cocinillas de hortelano se encuentran adosadas a su edificio (Mm 4).

Plantas de molinos del río Cedena

Ya en el propio Cedena y en las proximidades de las ruinas de Malamoneda, se han destruido recientemente dos ejemplares (Ce 1) y (Ce 2). Un gran cubo de sillería daba movimiento a dos piedras en otro molino(Ce 3) datado sobre un dintel con fecha de 1895. Seguimos descendiendo el Cedena y el cuarto ingenio que encontramos tiene también un cubo como receptor (Ce 4). Igual sistema tiene el quinto que, con una gran roca en el centro del edificio, es un curioso ejemplo de cómo las construcciones de molinos se adaptaban a todo tipo de circunstancias topográficas adversas en las riberas (Ce 5).

Molino tercero del río Cedena

El sistema receptor del sexto molino se encuentra modificado por la adaptación del edificio a vivienda de recreo. A juzgar por la envergadura que manifiesta tuvo que desarrollar una considerable potencia (Ce 6). Río abajo, dentro de la misma urbanización, se sitúa otro ejemplar con dos plantas como el anterior. La más baja servía para los trabajos de molienda y la primera hacía las veces de vivienda (Ce 7). Todos los cubos del Cedena tienen como característica común el estar fabricados con sillería bien rematada. El octavo molino se encuentra más alejado, es de cubo y está dotado de cocina, cuadra, habitación y zaguán.

Molinos de Cedena y afluentes

A continuación se encuentran los molinos de Villarejo de Montalbán. Fechado en el siglo XVII, como constata la inscripción de un dintel, aunque con referencias históricas anteriores, encontramos el noveno molino, el conocido como molino Campanero (C 9) (Foto56). Está situado en un paraje sumamente ameno con un puente construido exclusivamente para su servicio. En el siglo XVIII pertenecía a una cofradía de Malpica mientras que el molino siguiente o molino de Enmedio (C 10) era propiedad de una capellanía de Los Navalmorales.

Molino Campanero en el Cedena

Los tres molinos de Villarejo de Montalbán continuaban funcionando en 1845, así como los cuatro de Malamonedilla y otros dos en la zona alta del Cedena, ya dentro del ambito de Hontanar.

Molino junto al casco urbano de Villarejo de Montalbán

Merece la pena detenernos en el tercer molino de Villarejo que está situado junto al mismo casco urbano (fig. 71). En realidad se trata de dos ingenios, un molino tradicional de rampa por un lado y otro de cubo-rampa que, mediante su adaptación a una turbina, dio luz al pueblo y movilizó una pequeña fábrica de harinas. Conserva casi intacta la maquinaria y es una pequeña joya de arqueología industrial que debería conservarse.

Planta del molino de Villarejo de Montalbán

Una turbina corcho de cinco caballos movía una dinamo AEG de tres kilowatios que suministraba una corriente de 110 voltios. Con ella apenas se daba luz a unas pocas bombillas que eran todo el alumbrado público que tenía Villarejo. La turbina proporcionaba además la energía necesaria para el funcionamiento del molino que, en tiempos de escasez de caudal, se veía obligado a utilizar un motor de gasolina Dion Bouton para completar la insuficiente energía hidráulica.

A través de un sistema de correas, no sólo se movilizaban las piedras, sino también la dechinadora, la limpiadora, el cernedor y el sistema de sinfines que llevaba en cadena la harina y el cereal de una máquina a otra.