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PEQUEÑA CRÓNICA DE UN PASEO A LOS BAÑOS DEL HORCAJO Y DE LA GUARRA

PEQUEÑA CRÓNICA DE UN PASEO A LOS BAÑOS DEL HORCAJO Y DE LA GUARRA

Alcornocales de las dehesas de Velada
Alcornocales de las dehesas de Velada

(Enero  2016)

Para disfrutar de este invierno de almendros en flor, mariposas tempranas y hasta alguna culebra tomando el sol, y para alejarnos de la bulla de corruptos y cantamañanas, mi amigo Rafael, el Archivero, y un servidor hemos decidido recorrer las dehesas inmensas y desconocidas que se extienden entre Velada y Oropesa,

Y como siempre nos ponemos un objetivo en nuestros periplos, decidimos acercarnos hasta los Baños de El Horcajo, uno de esos charcos en los que las gentes de la comarca encontraban alivio a sus males reumáticos o «carranclas», que dicen los pacientes lugareños.

Baños del Horcajo en Alcañizo

Baños de la guarra en Torralba,

 

Vamos viendo rótulos de sonoros topónimos  Cornocosillo, que lleva los alcornoques y las encinas en el nombre; Cerro Dávila apellido de guerrero, repoblador y noble abulense cuya familia dio origen a las casas nobles de Velada y Navamorcuende, dos de los primeros señoríos de Castilla;  Quejigoso otra especie de quercus más querenciosa de humedad que sus hermanos la encina y el alcornoque de estas dehesas; arroyo de Mangas de Cuero de misterioso nombre, como El Arenal del Lobo

Sólo algunos rebaños de ovejas aprovechan  los pastos donde pacen algunas grullas, y nos sorprenden en su cercanía con su enorme tamaño de pajarraco elegante y gritador.

Y cruzamos arroyos arenosos arañuelos con su ribete de fresnos deshojados pero que muestran algunas yemas en esta primavera prematura, y bosquetes de espinos aguardando a blanquear con sus flores estos sotobosques mediterráneos.

Unos guarros negros salen tropezando de una charca con su paso presuroso. Allí gozaban tranquilos hasta que nosotros, tal vez los únicos humanos que han visto en todo el día, les sorprendemos.

Soledad, encinas y más soledad y por fin llegamos a nuestro objetivo.

Charca de los baños de El Horcajo en Alcañizo
Charca de los baños de la Guarra en Torralba

Se trata de un arroyo que se ensancha en un paraje donde afloran algunas peñas de granito y que dada la escasez de la piedra en estos parajes ha sido utilizada como cantera. Y allí está el charco de los baños, pero resulta que estos son otros baños ya en término de Torralba. Lo distinguimos por unas estacas a modo de barandilla para quienes se quieran adentrar en la poza rodeada de juncales. Hay unas construcciones cercanas pero dan la sensación de ser ganaderas, no parece que haya precarias instalaciones balnearias. Sólo parece haber sido un revolcadero como tantos baños de «la guarra» que hay en la comarca, especialmente en La Jara y que tienen similar leyenda de descubrimiento. Una guarra o una jabalina, no sé porqué son siempre hembras, que estando tullidas y enfermas curaron al revolcarse en el charco y eso dio una pista a los humanos para seguir esa línea terapéutica para sus achaques.

Sentados, disfrutamos de un atardecer en que sólo se oye a las grullas volar sobre nosotros con el trompeteo característico, su canto peculiar de tenores llegados de Suecia o Finlandia, en ruta hacia sus dormideros del embalse del Guadyerbas o de Rosarito después de bellotear bajo las copas de las viejas encinas.

En nuestro deambular por estas dehesas podemos encontrarnos con rebaños de venados como estos

Intentamos localizar los baños de El Horcajo, pero parece que queda poco de ellos por la construcción de una presa en el arroyo.

Y recuerdo que, preguntando por ellos, un pastor me dijo en una visita anterior  que su padre vio llegar a una señora montada en una tartana que hubieron de acercar al charco por su imposibilidad para moverse, y que al poco de tomar las aguas salió la señora andando tan campante, que no le hizo falta ayuda ni para subir al carrillo Y además se comió medio queso con pan.

Pero su canto a las virtudes de aquellas aguas me sorprendió todavía más cuando me explicó hecho un Hipócrates, mientras se hurgaba la mellada dentadura con una aguja de espino, que a quien de verdad le sentaban bien aquellos baños era a los veratos. Y quedé pensativo sobre los curiosos mecanismos de la herencia genética y la fisiología que hacían a los habitantes de La Vera  merecedores de los favores de las ninfas y náyades arañuelas que sin duda habitan en el fondo del charco de los baños.

LA ERMITA DE CHILLA Y SU LEYENDA

LA ERMITA DE CHILLA Y SU LEYENDA
Erimta de la Virgen de Chilla en Candeleda
Erimta de la Virgen de Chilla en Candeleda
En un espléndido entorno se encuentra la ermita de la Virgen de Chilla, patrona de Candeleda, pero también muy vinculada a lugares tan lejanos como Calera y Chozas o Mejorada. Cuenta la leyenda que un pastor llamado Finardo, natural de Calera, cuidando sus ganados en el entorno de su pueblo, vio como se le aparecía la Virgen en dos lugares distintos del término de esa localidad.

Piedra sobre la que es tradición se le pareció la Virgen de Chilla (o de la Vega) a Finardo en Calera y Chozas

Uno de ellos se encuentra en las inmediaciones de la Vía Verde de la Jara, y en el lugar se ha construido una nueva ermita dedicada a la Virgen, aunque se ha cambiado el nombre de Virgen de Chilla por el Virgen de la Vega.
Aparición de la Virgen de Chilla al pastor Finardo
En la anterior capillita que existía en el lugar se puede ver una piedra con una curiosa inscripción  de difícil interpretación sobre la que es tradición tuvo lugar la aparición. Los caleranos, cuenta la leyenda, que en principio no hicieron caso al pastor, considerando que lo que contaba sólo eran fantasías, pero cuando éste se encontraba con su rebaño en las inmediaciones de la garganta de Chilla, tuvo lugar una nueva aparición en la que la Virgen curó una de sus cabras, lo que en este caso sí fue creído por las gentes de Candeleda porque María le estampó al pastor dos dedos en su rostro, y por ello erigieron una ermita en el lugar.

Azulejos de talavera de la casa del santero de la Virgen de Chilla

Azulejos de talavera de la casa del santero de la Virgen de ChillaEsa ermita de estilo herreriano ha tenido después diferentes reformas, especialmente en el siglo XVIII, que han ido conformando el estado actual del edificio. Junto a él se encuentra también la casa del santero levantada con la pintoresca arquitectura de entramado de la zona y un merendero con un pequeño refugio de peregrinos. Bajo las copas de grandes árboles, con una fuente generosa se encuentra un agradable paraje en el que también se ha instalado un altar donde se dicen las misas en las celebraciones religiosas.

Cuadro de la ermita de Chilla en el que se representa el milagro de la salvación de marinos de mejorada que se encomendaron a ella en una batalla naval.
Cuadro de la ermita de Chilla en el que se representa el milagro de la salvación de marinos de mejorada que se encomendaron a ella en una batalla naval.

Dentro de la ermita se encuentra la imagen de la Virgen y cuadros que refieren algunos milagros, como aquel en el que salvó a una joven de un toro que la atacaba y otro que nos explica la vinculación con el pueblo de Mejorada, pues parece ser que en el siglo XVI, cuando iban en un navío de guerra español un capitán llamado Juan Briceño con soldados de esta población, se encomendaron a la Virgen de Chilla en una situación de enfrentamiento desigual con dos barcos turcos y uno holandés y la Virgen candeledana les favoreció salvándoles de una situación de verdadero riesgo para sus vidas. Las gentes de Mejorada han tenido una gran devoción a la imagen de Chilla y siguen acudiendo en romería todos los años por un camino utilizado para ello desde hace siglos.

Otro de los milagros de la Virgen de Chilla representados en un cuadro de la ermita

LA CERÁMICA FUNERARIA POPULAR

Placa funeraria del cementerio viejo de Oropesa
Placa funeraria del cementerio viejo de Oropesa

La cerámica de Talavera es conocida sobre todo por la preciosa azulejería y las magníficas piezas del siglo XVI y XVII que hicieron de esta manifestación del noble oficio del barro la preferida de Felipe II, que la puso de moda entre los poderosos de la época y concedió a sus alfares el privilegio de exportación a su inmenso imperio. Pero hay otras producciones de la cerámica talaverana menos conocidas y de elaboración más tardía y popular que, no por menos llamativas desde el punto de vista estético, carecen de interés como expresión artesanal y llena de contenido antropológico, sobre todo en cuanto al estudio de la mentalidad popular referida a un tema como es la muerte, con el que, según Quevedo,  tanto teníamos que ver los médicos. Se trata de la cerámica popular funeraria que se puede observar en casi todos los cementerios públicos situados en torno a Talavera y Puente del Arzobispo.

Muchos de los camposantos fueron trasladados desde las céntricas iglesias de los pueblos hasta su más higiénica periferia por la normativa  promulgada el siglo pasado. Es por ello difícil saber si durante los siglo XVI y XVII se produjo esta manifestación cerámica funeraria y de hecho los ejemplares más antiguos que he podido encontrar se datan a finales del siglo XVIII. Posteriormente hay una verdadera explosión  en la segunda mitad del siglo XIX y vuelve a reavivarse cuando se produce el renacimiento de la cerámica talaverana con Ruiz de Luna.

Las abundantes piezas del pasado siglo son monocromáticas, en tonos marrones o sepia y con una gran sencillez en la decoración, sin embargo, tienen una gran expresividad en cuanto a la lírica popular de sus epitafios se refiere. Una excepción a este modelo son algunas placas de Puente del Arzobispo que adaptan a ciprés su tradicional motivo del “pino” con sus hermosas tonalidades verdes.

Placa funeraria en cerámica en color del taller de Ruiz de Luna
Placa funeraria en cerámica en color del taller de Ruiz de Luna

Ruiz de Luna redescubre la cerámica de Talavera en la primera mitad del presente siglo y encontramos  curiosas manifestaciones de su arte en las placas de cementerio que ejecuta, algunas de ellas en relieve y de las que reproducimos algún ejemplar. A las nuevas generaciones de esta familia de ceramistas les toca vivir la posguerra y producen una serie de monumentos o paneles de azulejos referentes a los caídos del bando nacional durante la confrontación , todo un género cerámico funerario que requeriría un estudio aparte ya que, sin entrar a considerar su contenido ideológico, no están exentas de belleza.

Pero aparte de consideraciones estéticas sobre el soporte cerámico hay que resaltar la riqueza de los epitafios que se escriben sobre estas modestas lápidas de barro cocido. Epitafio significa en griego “sobre sepultura” y desde la antigüedad se ha venido expresando esta última vanidad humana que es el “mensaje postrero” que en forma de monólogo, diálogo o poema dejamos a las generaciones futuras. Los romanos repartieron su epigrafía por toda nuestra península y es ésta una de las principales fuentes para el estudio de su historia. Los más modestos de ellos se enterraban bajo algunas grandes tejas, esas “tégulas” que a veces tenían grabada alguna inicial o pequeña inscripción.

Placa funeraria cerámica de Puente en Aldeanovita

En los cementerios de Los Navalmorales y en Espinoso, he hallado algunas grandes baldosas muy similares con una modesta inscripción realizada  ya en nuestro siglo con un punzón cuando el barro aún estaba fresco. Es la más modesta expresión funeraria, probablemente, sobre la tumba de algún humilde peón agrícola.

Los motivos ornamentales de esta cerámica funeraria son los tradicionales: la cruz, el túmulo, los cipreses, diferentes y sencillos adornos vegetales y algunos geométricos en  las cenefas. En las placas de los niños es frecuente la presencia de ángeles más o menos afortunados en la ejecución de su dibujo.

Hay algunas alusiones a la enfermedad que provocó la muerte y a si fue repentino el desenlace o bien se produjo “ tras larga enfermedad”:

Padre nuestro que estás en los cielos / por el alma de Jacinta va / que bastante ha sufrido / con los años de su enfermedad.

En ocasiones se dejan entrever las arcaicas etiologías que el pueblo considera causa del deceso:

La muerte te sorprendió /  dejándonos sin consuelo / Petronilo ruega a Dios  / por tus padres  en el cielo. / Tu fuiste la mejor rosa  / del jardín de Jericó / y cuando más fresca estabas / Mal aire te desojó.

Otras veces se teatraliza el final de la vida pues, hasta en las mentes más sencillas, hay deseos de trascender no sin cierto histrionismo:

La muerte me separó / de los seres tan queridos  / y para mayor dolor / me dejó dos angelitos / Un ataque me separó / de Ulalio y de Ulalita  / y al volver un poco en sí / por los dos yo preguntaba.

Los recursos poéticos tienen a veces cierto aire de haber sido extraídos de sermones, por ejemplo en alguna de las muchas despedidas en primera persona del difunto a sus deudos se dice:

Adiós hermanos queridos / Bien me podéis perdonar  / de cuanto os haya ofendido / Adiós, Hasta Josafat.

Placa de cerámica funeraria del cementerio viejo de Oropesa
Placa de cerámica funeraria del cementerio viejo de Oropesa

La rima pura y dura es la que con frecuencia busca el anónimo autor :

Adiós, madre, dulce encanto /yo sé que estás en la gloria /Gozando de Dios ,¡ Qué llanto / derrama por ti Gregoria !

O este otro ejemplo de rima más traída por los pelos:

 Emilia de mi corazón/ para qué quiero vivir / si ya no tengo ilusión / desde que te vi morir / tu triste esposo afligido / Reomualdo Rodríguez Lozano / se quedará en la vida / sin tú cariño ni amparo.

Los recursos poéticos están a veces impregnados de los lugares comunes del estilo literario vigente en la época que, no  lo olvidemos, coincidía en muchos casos con el romanticismo:

El cuerpo descansa aquí / de la virtuosa Petra / pero su alma penetra / la gloria porque está allí / de este mundo baladí / salió y ha subido al cielo /  rápidamente en un vuelo / dejando a su esposo e hijos / entre dolores prolijos / en el mayor desconsuelo.

Todavía se escriben las mismas llamadas que hacían los romanos a que el viajero se detuviera junto a las tumbas del camino y, así  por ejemplo, dice una de ellas : Pasajero que a la postre / de este mundo al otro vas / rézame un Ave María / que Dios te lo pagará.

Toda esta cerámica funeraria es, no lo olvidemos, el último pequeño lujo que gentes muy humildes daban a sus seres queridos y por eso no debemos esperar que se canten las glorias y honores que glosaban los antiguos epitafios. Lo más que se puede encontrar es un “ fue alumno del instituto de Toledo”, “fue cura ecónomo de Piedraescrita” o “fue uno de los devotos que más se distinguieron en cooperar con sus limosnas para la construcción de este templo de Navaltoril”. No son, desde luego, grandes hechos heroicos los que aquí se reflejan.

Otro tipo de epitafio dentro del género es el que podríamos clasificar como “ tétrico”, el típico epitafio de calaveras y espanto.

¿Qué es de tu talle? Pues si considero / y contemplo despacio tu figura / has quedado tan feo que yo infiero / que si alguno amara tu hermosura / y viese un retrato de tu rostro fiero / No quisiera mirarla ni en pintura.

Desgraciadamente, las flores de plástico, los mármoles y todo un elenco de elementos kitch han sustituido en los cementerios actuales a estas bonitas placas de cerámica llenas de contenido y cultura popular.

LAS MINAS DE ORO DE SIERRA JAEÑA

Fotografía antigua en la que se ven las instalaciones mineras de Sierra Jaeña tras una nevada
Fotografía antigua en la que se ven las instalaciones mineras de Sierra Jaeña tras una nevada
Fotografía antigua con las instalaciones de la mina de oro llamada Pilar en 1945
Fotografía antigua con las instalaciones de la mina de oro llamada Pilar en 1945

Fueron las de mayor producción aurífera de la península durante el siglo XVIII, aunque se tiene constancia de su explotación desde el tiempo de los romanos hasta el pasado siglo. De sus vetas se extraía el oro finísimo con el que se fabricaban durante el siglo XVI las monedas conocidas como “doblas jaeñas”.

Vagoneta minera a la entrada del centro de interpretación de la minería jareña en Buenasbodas

En el año 1731 fueron arrasadas sus instalaciones por el alcaide mayor de Talavera obedeciendo una orden real por un problema de concesiones, al haber enfermado el corregidor de Oropesa al que se le había encomendado en principio.  Se destruyeron sus dependencias y se quemaron las chozas de los mineros.: «llegaron a las minas con escolta de caballería, atemorizaron sus gentes, se apoderaron de las llaves de ella, de los materiales y pertrechos, quemaron las casas de los trabajadores e hicieron otras vejaciones, hasta que consiguieron el intento de que se dejase la mina desierta»

En su última etapa se conocieron con el nombre de “La Oriental” y hasta hace poco se conservaban en Buenasbodas algunas de las viejas cajas blindadas con fuertes herrajes para guardar el polvo de oro extraído.

Bocamina de La Oriental. mina de oro de Sierra Jaeña
Bocamina de La Oriental. mina de oro de Sierra Jaeña

Hoy apenas se mantienen en pie los restos de los muros de los edificios donde se procesaba el mineral con los almacenes, canalizaciones, túneles y hornos en los que se producía el proceso. Puede entrarse con iluminación y mucha precaución a la bocamina principal y observar en sus galerías las vetas de cuarzos auríferos.

Galería de la mina de oro La Oriental en Sierra Jaeña
Galería de la mina de oro La Oriental en Sierra Jaeña

Es curiosa la descripción de los hechos comentados por los que el Rey ordena coger muestras de la piedra del mineral que hubiera en la mina «puesta en costales y serones cerrados y sellados para que se traigan a esta ciudad, donde su majestad ha resuelto se hagan ensayos de ella…para ver si tiene cuenta beneficiarla o no».

Después la benefició don Juan Portalegre en nombre de la real hacienda hasta 1736, año en que se volvieron a cerrar por su muerte y se entregaron sus llaves a un regidor «vecino de dicho lugar», quien luego le entregó los enseres a Francisco Portalegre, hijo del anterior que hizo otros trabajos y fundiciones y ordenó mandar 5 arrobas del material a la corte.

Cofre reforzado para guardar el oro de la mina en el aula de interpretación de Buenasbodas

Un inventario decía que los enseres que pertenecían a la real hacienda eran «nueve azadas de hierro, cuatro montones de cal como de tres mil fanegas, y otro montón de ciento ochenta, dos casas con noventa pies de largo cada una en las que había mucha porción de mineral.

En el alquería, otra casa concluida con diferentes departamentos, había cuatro hornos de distintos tamaños y hechuras, una tahona, un mortero y otra casa con provisiones para el beneficio de la mina que sería molesto referir»

En 1748 se hace otro inventario y solamente hay dos molinos de piedra, dos cajones de piedra y beta, una bigornia de hierro, una cazuela de hierro y una tahona» porque otros materiales se habían entregado por deudas de la explotación al tal Joseph Álarez.

Instalaciones en ruinas de las minas de oro de sierra Jaeña

 

 LAS ENFERMEDADES DEL MOLINO

Molino arruinado sobre la garganta Torina en Sartajada

Traemos hoy un nuevo capítulo en el que se tratan las enfermedades del molino y los incidentes que afectaban al edificio, y próximamente acabaremos con otra entrada sobre las enfermedades del molinero mi libro «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo».

“Lo que el agua trae el agua lo lleva”, este refrán ilustra lo que muchas veces sucedía con los molinos, que al estar en su mayoría muy cerca del cauce corrían el riesgo de ser arrastrados por las crecidas, sobre todo los más rentables que se surtían de las aguas del Tajo. Hay dichos que hacen referencia a esa mayor seguridad de los molinos de arroyo, como el que dice: “Heredad por heredad molino de pan en arroyo y no en caudal”.

Molino en la confluencia de los arroyos de Saucedoso y El Batán, en Garciotún

Era tan frecuente la inundación anual de los molinos y aceñas del Tajo que en algunos casos -como sucedía en las aceñas del Conde, molino de Rebollos, molino Nuevo y en los de Puente del Arzobispo- se construyeron molinos de creciente o de invierno. Se levantaban estos edificios en localización más elevada sobre la ladera del cauce, para poder así dar servicio en caso de inundación de las piedras más bajas, situación ésta no muy frecuente ni continuada en el tiempo; por ello se decía “molino de creciente poco moliente” refiriéndose a estos edificios que precisaban de lluvias muy abundantes para funcionar.

Molinos de Espejel en el Tajo, en término de Valdelacasa, inundados y colmatados de limo en la actualidad

Los arreglos de los desperfectos causados por las avenidas eran muchas veces motivo de disputa entre dueños y arrendatarios de los molinos, como ejemplo citaré el que nos relata Jiménez de Gregorio[1] al transcribirnos las actas del ayuntamiento talaverano en el siglo XVIII cuando en una de ellas se dispensa al arrendatario de los molinos del Puente de pagar las obras de reparación por haber acometido a sus expensas otras anteriores en el “alfacén” (interesante término que define al canal del molino), en la azuda o presa y en los “matazones” que parecen ser según el Diccionario de Autoridades “el dique que mantiene seco al molino para proceder a  su reparación”.

La humedad hacía pudrirse con facilidad todos los componentes de madera de la maquinaria que se encontraban en contacto con el agua, aunque también facilitaba la destrucción del resto del maderamen del edificio que además, al estar repleto de harina y cereales, era visitado con frecuencia por insectos, parásitos y roedores que contribuían a esa destrucción. La abundancia de roedores se intentaba combatir con diferentes artificios sonoros conectados al movimiento de las piedras.

Molino de agua arruinado en Navaltoril, sobre el Jébalo

La abundancia de madera, grano y paja hacía que no fueran infrecuentes los incendios; el refrán: “Por una paja se pega fuego al molino” nos lo recuerda. En los grandes molinos del Tajo he comprobado la dificultad de adaptar chimeneas a las abovedadas y compactas estructuras de sus grandes edificios al estar situadas excesivamente próximas a la zona de trabajo, lo que, unido al trasiego continuo dentro de la sala, podía facilitar estos incendios.

[1] JIMÉNEZ DE GREGORIO, F. : “Temas Talaveranos (LXXXVII)  en LaVoz del Tajo, 19-9-1992.

LOS MOLINOS, LOS MAQUIS Y LOS BANDOLEROS

Molino de Saucedoso entre Bayuela y Garciotún

Los molinos eran por tanto lugares de referencia en medio de la naturaleza en todos los sentidos y a ellos acudían gentes con intenciones de robo o de ocultamiento llegando por ello a los molinos bandidos y prófugos que ocasionaban no pocos sustos a sus moradores.

Ejemplos y anécdotas de este tipo aparecen en los archivos de la Santa Hermandad  Real y Vieja de Talavera entre los que he escogido un caso ilustrativo. En el siglo XVII tienen lugar los acontecimientos, cuando tres vecinos de Valdeverdeja roban dos costales de trigo en el pósito de Torrecilla de la Jara mediante el sistema del butrón. Se les identifica por sus vestidos “a lo lagarterano” y sin ni siquiera perseguirles les esperan los cuadrilleros hermandinos en los molinos de Ciscarros, junto a Aldeanueva de Barbarroya. En este pueblo tienen un cómplice en cuya casa se refugian y limpian el trigo ahechándolo. Acuden luego al molino donde se les captura “in fraganti”, en plena molienda. Es curioso que en el proceso se cuenta cómo se realiza una prueba pericial en toda regla que demuestra que el aspecto y características físicas del grano robado coinciden con el intervenido a los ladrones que, por otra parte declaran a un testigo no haber delinquido nada más que por hambre. Ayudados por varios paisanos suyos consiguen escapar de la cárcel de Alcaudete de la Jara.

Molino en Los Alares

Muchas son las aventuras de maquis, “los de la sierra” como suelen llamarles las gentes del campo, que he podido escuchar en boca de los molineros que muchas veces se vieron entre la espada y la pared, teniendo que actuar con exquisita discreción para no ganarse la animadversión “de los unos ni de los otros”, la Guardia Civil.

En una ocasión me contaba un molinero cómo había tenido simultáneamente a los maquis en el doblado y a la Guardia Civil en la sala de su molino. Había sido presionado para ayudar a ambos grupos pero optó por callar la presencia de los de la troje, evitando así un tiroteo de imprevisibles consecuencias.

Molino de Peña en el Tiétar

En una batida de la “contrapartida”, es decir de los guardias vestidos con los monos que habitualmente vestían los milicianos de la resistencia guerrillera, otro molinero identificó a uno de estos guardias que había nacido en su pueblo. Cuando se marchaban se le escapó al buen hombre un “adiós mi cabo” que delató el disfraz de los guardias. La falta de dos de sus dientes quedó como testigo del indiscreto lapsus del molinero.

Muchas noches de miedo pasaron los molineros de las zonas serranas durante aquella época,  presionados para obtener alimentos e información por ambos bandos, aunque la entrega de algún que otro costal de trigo suavizó el trato por ambas partes.

Molino en el río Pusa en término de Los Navalucillos

EL BALNEARIO POPULAR DE LA RETORTILLA EN LA JARA

Palomar de los baños de la Retortilla junto a la Vía verde de La Jara. Término de Aldeanueva de Barbarroya
Palomar de los baños de la Retortilla junto a la Vía verde de La Jara. Término de Aldeanueva de Barbarroya

Baños de la Retortilla. Sus edificios se encuentran casi arruinados pero, deambulando con precaución entre sus restos, todavía podemos observar las dependencias que servían como cocina de campana con su rústico fregadero y el hueco para las tinajas de agua y aceite, las habitaciones en las que se alojaban desde el siglo pasado las personas que aquí acudían en mulas para buscar alivio a sus dolencias reumáticas; la cantina, los almacenes con sus alacenas, el palomar, que es una curiosa construcción circular en pizarra donde se criaban los pichones, considerados por creencia popular como alimento beneficioso para enfermos y embarazadas. Incluso dos naves más modernas en las que vivían los trabajadores de la vía que luego sería la Vía Verde de La Jara Seguir leyendo EL BALNEARIO POPULAR DE LA RETORTILLA EN LA JARA

LAS ENFERMEDADES DE LOS MOLINEROS

Molino de Alcaudete sobre el río Jébalo

Las enfermedades de los molineros venían siendo condicionadas por una serie de circunstancias y factores ambientales que facilitaban un determinado tipo de patología ocasionada por la dureza física de este trabajo, su nocturnidad, humedad, ambiente pulvurulento, ruido intenso, manejo de cargas pesadas como costales y piedras, etc.

Las roturas y obstrucciones de presas y canales obligaban a nuestros molineros a sumergirse en el agua de noche y en épocas frías, y así nos relataba un molinero de Robledo de Mazo cómo “estuvo a la muerte” por haberse visto obligado a desatascar un saetín en el mes de enero, situación de la que le sobrevino una pulmonía.

Molino en el arroyo de San Silvestre cerca de Maqueda

Ramazzini, un médico italiano que a mediados del siglo XVIII escribió un tratado sobre las enfermedades de los artesanos [1] nos cuenta que “ el polvillo volandero de los cereales molidos en flor de harina sutilísima, llena todo el ámbito de la molienda por lo que tales artesanos llevan rociados de harina la boca, la nariz, los ojos, los oídos y todo el cuerpo; por eso he comprobado que no pocos de ellos se tornan asmáticos y finalmente hidrópicos.

También se ven aquejados de estrangulación de hernia al transportar a hombros sacas de trigo y de harina, rompiéndoseles y dilatándoseles el peritoneo. Como consecuencia de permanecer día y noche entre el estrépito de las ruedas y  de las muelas, así como de las aguas caídas en cascada, son todos por lo general duros de oído, al ser herido su tímpano incesantemente por un objeto más fuerte que el adecuado y al ser desplazado de su tonalidad.

Molino sobre el río Estenilla en Anchuras

Es digno de notarse que los molenderos se ven por lo general afectados por pitiriasis, esto es una enfermedad pedicular, hasta el punto de que el vulgo en broma llama a los piojos pulgas blancas de molineros. Esto sucede porque tales artesanos casi siempre van embadurnados de suciedad y es rara la vez que se desnudan para dormir, o bien porque la mezcla de harina con la suciedad favorece en gran manera la cría de estos animales, es una cuestión que no está suficientemente clara; lo que si es cierto es que casi todos los molineros suelen ir armados y acompañados de tales satélites”.

Esta sabrosísima descripción de las enfermedades de los molineros, aunque se escribió hace doscientos años no adolece de cientifismo y agudo sentido  de la observación, ya que tanto la bronquitis crónica como la alveolitis producida por procesos irritativos y alérgicos ocasionados por el ambiente pulvurulento debieron ser muy frecuentes entre estos trabajadores; muchos de estos procesos asmáticos con el tiempo pueden producir una insuficiencia cardiaca unida a la respiratoria, que es lo que el autor diagnostica como “hidropesía”.

Molino sobre el Riofrío en Sevilleja de la Jara

Un refrán nos recuerda la tendencia a la sordera de estos artesanos cuando dice: “Por demás es la cítola (tarabilla) si el molinero es sordo”.

Además de las hernias que nos describe Ramazzini, debieron ser muy frecuentes los traumatismos y contracturas musculares, sobre todo al levantar las muelas para repicarlas. Esta operación ocasionaría con toda seguridad heridas en los ojos al saltar esquirlas de piedra, aunque algunos molineros se protegían con gafas fabricadas con red metálica en esta operación de repicado.

[1] RAMAZZINI : Tratado de las enfermedades de los artesanos . Madrid, Edición INSALUD, 1982, pp. 193-198.

El aceite de La Jara

EL ACEITE DE LA JARA

Olivares de La Jara y Valdepusa desde la ermita de San Sebastián en Los Navalmorales
Olivares de La Jara y Valdepusa desde la ermita de San Sebastián en Los Navalmorales

En el siglo XVI, Gabriel Alonso de Herrera, autor del primer tratado español de agricultura, decía sobre el olivo que “son tantas las excelencias deste árbol que antes es cierto que para las poder decir bien y declarar me faltarán más palabras que materia. ¿Qué provisión o despensa es buena sin aceite?, tanto que en el Psalmo es puesto por una de las tres principales que son pan, vino y aceite; otras provisiones son para abundancia, pero el aceite es de necesidad”.

El que esto aseguraba era un sabio clérigo de una ciudad castellana, Talavera de la Reina. Desde ella se repobló después de la reconquista un enorme territorio antes desierto por las continuas escaramuzas de moros y cristianos que por hallarse despoblado se llamó La Jara.

Cuando hace cuatro mil años, los primeros agricultores jareños construían monumentos megalíticos como el dólmen de Azután, a miles de kilómetros, en el oriente medio se comenzaba a injertar el olivo silvestre para conseguir su mejor aprovechamiento en la obtención del aceite.

Ese olivo silvestre se conoce como acebuche,  nombre que procede de la lengua berebere que los habitantes del norte de África trajeron hasta la Jara cuando los árabes la habitaron sirviéndose de esos bravos guerreros magrebíes que fundaron lugares como la misteriosa Ciudad de Vascos, cuyos alrededores, como tantos otros lugares de La Jara, están  repletos de los acebuches que nacen espontáneamente en esta tierra donde, como dice también Alonso de Herrera, “este árbol es de mucha vida, que cuasi es sempiterno, y aunque muchos años le dexen sin labrar no peresce…y en retornando sobre él, él retorna sobre sí, y de viejo se hace nuevo, de enfermo sano, de estéril frutífero, de seco verde”.

Casilla de olivar en Belvís

Justifica también este primer ingeniero agrónomo español, autor de cabecera de muchos agricultores biológicos, la bondad de estas tierras para el cultivo de olivares porque “quieren tierras algo airosas” como las rañas y barreras de La Jara. Asegura también que nuestro venerable árbol precisa de “aires templados, que en lo muy caliente en demasía no se hacen, ni tampoco en lo muy frío  mas, con todo, más sufren algo de calor que de frío”.

Nos aconseja además Alonso de Herrera que la buena tierra para el olivar sea la de “guija y barro” que no es otra cosa que el suelo de rojas arcillas y abundantes cuarcitas terciarias de estas tierras jareñas que son ideales como vemos por su clima y edafología para el cultivo del olivar  y así “ muy presto se hagan aquí las olivas y muy presto hagan el más singular aceite que nunca vi”

Rulos y maquinaria de una almazara en un monumento de Belvís de La Jara
Rulos y maquinaria de una almazara en un monumento de Belvís de La Jara

Un cultivo que nos vino por el mediterráneo y que es componente fundamental de la más saludable dieta del mundo, la dieta mediterránea, que no es cuestión de modas pues el autor que nos va guiando decía ya en tiempos del Renacimiento castellano que “ el aceite es ponzoña contra las ponzoña, tanto las comidas como las exteriores”. ¿Intuiría ya con estas palabras nuestro estudioso autor los benéficos efectos del aceite de oliva sobre el metabolismo de los lípidos ?  Se referiría intuitivamente al colesterol como ponzoña, como veneno que tantas riesgos acarrea para las enfermedades cardiovasculares?

El aceite de La Jara nace de un limpio entorno natural ideal para su producción. Pero además es mimado en cada uno de los procesos que lo llevará  desde el árbol a la mesa. El olivo es la principal fuente de riqueza de estas gentes jareñas, sobrias pero acogedoras, que miman el árbol desde que con ilusión plantan la estaca, abonan y preparan esos suelos tan duros de trabajar, talan y limpian sus troncos de los chupones con esmero, casi con cariño,  vareando con sistemas tradicionales las olivas, ya que al ser muchas plantaciones de difícil acceso no admiten el empleo de medios mecánicos. Llevan sus aceitunas a las modernas instalaciones de las cooperativas que han sustituido a las almazaras tradicionales de rulo y viga que sirvieron para exprimir la aceituna desde hace siglos. Obtienen así un producto elaborado con la calidad humana de las gentes de la Jara que llevará a su mesa el sabor y la calidad de vida de un producto natural, saludable y exquisito.

Olivo en La Jara

Pero habremos de detenernos en nuestro viaje jareño para llenar la andorga, para saborear los platos, los muchos guisos y asados que tienen en el aceite de oliva el ingrediente fundamental para una cocina sana pero sabrosa.

Siempre fueron los clérigos amantes de la buena mesa y pues con uno comenzamos, con otro terminaremos, el párroco de Mohedas de la Jara que a finales del siglo XVIII le informaba a su Obispo de que: “ Según de los nuevos plantíos que se van haciendo y se hallan nuevamente hechos, cuidándolos y reservándolos…fuera este terreno abundantísimo de estos  frutos, pues crían las olivas que aquí hay un aceite especialísimo, claro como agua y bello sabor, lo comparo al aceite de almendras dulces”.

Un aceite pues, éste de La Jara que constituye un producto con historia,  natural y de gran de calidad.

Chozo de olivar en Mohedas de La Jara

La saca del corcho en Velada

LA SACA DEL CORCHO

Saca del corcho en Velada

El alcornoque es una especie arbórea que precisa de algo más humedad que la encina y de terrenos preferentemente silíceos. Es por ello que en nuestra región se puede encontrar en las zonas donde el clima extremado continental mesetario se suaviza por la influencia atlántica como es el caso de nuestra comarca.

Casi 20.000 hectáreas se dedican a su aprovechamiento con una producción importante que podrían ser mucho mayores si, como sucede con muchas otras de nuestras materias primas, las plusvalías generadas por su manufacturación no se quedaran en otras regiones. En efecto, las industrias corcheras de Talavera o Velada por ejemplo, se limitan a seleccionar, cortar, cocer y embalar las planchas de corcho para que sea en Cataluña, en la mayor parte de los casos, donde se transforman en la industria taponera, de aislantes o de las nuevas artesanías industriales del corcho, que fabrican desde carteras hasta faldas de este material natural y cada día con mayor demanda.

Un material de gran calidad con infinitas posibilidades pero que ya fue conocido por nuestros artesanos que lo trabajaron desde un punto de vista principalmente utilitario pero también estético en los casos de artesanía pastoril que luego comentaremos.

Alcornocal con el corcho recién extraído

Cuando llegaba la canícula en las dehesas de Velada y Oropesa, en las umbrías de la Sierra de San Vicente o la Jara Alta, las cuadrillas salían
a la saca del corcho, labor por la que se despega la corteza del alcornoque. Se hacía el trabajo durante las horas más calurosas del día y los meses más calurosos, «desde San Pedro», que era el tiempo más adecuado para esta actividad, y de hecho, era necesaria la presencia de un trabajador exclusivamente dedicado a suministrar agua para evitar la deshidratación de los operarios, el aguador, que a veces también ayudaba al ranchero, que era el corchero al que se encomendaba el aprovisionamiento de leña, manteniendo el fuego y los pucheros individuales de las más de veinte personas que componían estas cuadrillas, además de cuidar de la intendencia general del campamento encargando a un ordinario que se acercara al pueblo a por los encargos y suministros.

Asientos o "tajos" elaborados con planchas de corcho y virus de jara
Asientos o «tajos» elaborados con planchas de corcho y virus de jara

Los corcheros dormían en las mismas dehesas en los campamentos que en forma cónica se hacían con palos y ramaje alrededor de un alcornoque, aunque a veces dormían en media caña de corcho colgada de una rama a modo de litera. No descansaban ni siquiera los domingos y solamente acudían al pueblo en la Virgen de agosto, San Roque, Santiago y Santa Ana. El jabón casero, un peine, la navaja, una manta y algunas viandas era el modesto ajuar del corchero.

El accidente de trabajo más frecuente era la picadura de los escorpiones que se escondían en los recovecos de la corteza, y se utilizaba para aliviar el dolor un curioso remedio» homeopático» el aceite de alacranes, que se obtenía de freír casi hasta la carbonización un número impar de escorpiones en aceite de oliva, para luego utilizar este mejunje masajeando la zona afectada.

Pila de lavar o cuzarro en Velada

Ser taponero era sinónimo de ser corchero «de fábrica». Utilizaban el cuchillo curvo de corchero para recortar las piezas y deben su nombre a que completaban sus jornales con la elaboración casera a destajo de tapones. El escogedor elegía y agrupaba las piezas según su calidad y características que sería largo de describir aquí.