EL TAMBORINO DE MONDAS, UN CUENTO PARA ENTENDER UNA FIESTA BIMILENARIA (1)

EL TAMBORINO DE MONDAS

Novela corta que se desarrolla durante la celebración de la milenaria fiesta de Las Mondas en el siglo XVI. Fue el cuadernillo de Mondas editado en 2000    

PRIMERA PARTE DE TRES

 

Carro de Mondas tde Gamonal tirado por carneros en el cortejo Carro de Mondas de Gamonal tirado por carneros en el cortejo de Mondas

ABRIL 1578

La misa del Domingo de Pascua transcurría lentamente. Uno de los niños del coro tarareaba los latines automáticamente. Las muchas misas cantadas habían grabado el ritual completo en su inquieto cerebro. Pero hoy su imaginación bullía todavía más. Iba a salir tocando el tamborino con la comitiva que, como para comenzar todas las fiestas de Mondas, se dirigiría al monte para recoger la leña de Nuestra Señora Santa María del Prado.

Cuando ya se acercaba el final de la misa se produjo un hecho que no por esperado dejaba todos los años de sobrecoger a los parroquianos. El canónigo don Gonçalo Gutierres de Olmedo se levantó solemnemente y se dirigió con paso lento y hierático hacia el regidor Diego de Meneses que le aguardaba con gesto también severo junto a su banco. Un lego se adelantó al canónigo y dirigiéndose al caballero dijo:

-Señor, el canónigo me manda a preguntar si seríais servido de pedir con él a los vecinos de esta villa las bestias y carretas en que ha de traerse la leña de Nuestra Señora.

El regidor con un leve movimiento de cabeza que dejó iniciada una reverencia respondió:

-Me honraré de hacerlo.

En ese momento un murmullo de júbilo recorrió la Iglesia Colegial. La fiesta más grande de esta tierra, celebración famosa en toda Castilla, acababa de empezar. Los dos hombres acompañados de un escribano se dirigieron a los primeros bancos donde nobles y fijosdalgos ofrecían en voz alta dos, tres, hasta cinco carretas. Una dama viuda joven y hermosa ofreció seis carros. Mercaderes y artesanos competían con los nobles. El escribano iba anotando con parsimonia todos los nombres y el número de ruedas. El monaguillo cantor aprovechó para escabullirse hacia los bancos traseros donde se sentaba su tía, la costurera que le había hecho con unas telas usadas el pendón que llevó montado en su borriquillo durante las mondas del año anterior. Sus padres no estaban allí pues, como hortelanos que eran, habían oído misa con los demás de su oficio en Santiago El Nuevo y debían estar allí presentes cuando el cura y otro regidor pidieran también los carros a sus parroquianos.

La gente salió contenta, comenzaban las Fiestas de Toros y toda Talavera era un hervidero de paisanos de toda su tierra y aún de Ávila, Toledo y la Extremadura que se mezclaban con las gentes de La Jara, los veratos, los serranos, los vecinos de El Berrocal o los vasallos del señor de Oropesa que acudían con sus trajes tan vistosos. También venían peregrinos, ganaderos trashumantes, viajeros de paso y algunos nobles curiosos que se llegaban en sus lujosos carros de viaje desde toda España para solazarse con los lances de toros que se podían disfrutar en las muchas corridas que se celebrarían en la villa.

El muchacho se dirigió con su tía hacia su barrio. Al pasar por la puerta de San Pedro se entretuvieron mirando las piruetas de unos cómicos que se habían acercado a Talavera al calor de la fiesta. Un mesonero sacó una jarra de vino y se la ofreció recibiéndola los titiriteros con muecas y cabriolas que hicieron reír a la concurrencia.

A la mañana siguiente la plazuela de Santiago estaba ya repleta de carretas pues  le correspondía este año ser la iglesia diputada para traer la leña de la Virgen. El mayordomo daba las órdenes necesarias para que las apreturas de los bueyes no causaran un accidente. Se le veía nervioso y excitado. Había tenido que preparar el pan, el vino y los carneros necesarios para la comida de los leñadores que saldrían a la dehesa y los alijares de la villa para cortar la leña.

Desde la puerta de Zamora se acercaba un clérigo a caballo con dos ayudantes y una mula cargada con un arca de madera. El mayordomo suspiró aliviado pues al fin venía el capellán de la ermita. Era hombre meticuloso y estaba seguro de que no habría olvidado nada de lo necesario para decir en el campo la misa de los leñadores. Él por su parte ya tenía previsto el lugar donde se instalaría la mesa con manteles alemaniscos que haría las veces de altar.

La mañana era hermosa y todos trajinaban con buen humor. De pronto, los comentarios se dirigieron hacia tres jóvenes personajes que aparecieron por la calle del Hospital. Se trataba de los tamborinos graciosamente vestidos y un poco corridos por los comentarios de la concurrencia. Diego y otro compañero irían con los leñadores al monte, mientras que el tercer muchacho precedería a la solemne comitiva de jinetes con los pendones de las parroquias que saldrían a recibir a su vuelta a las carretas cargadas de leña para después acompañarlas en procesión hasta la ermita de Nuestra Señora del Prado.

LEÑA FLORIDA

La comitiva partió desde la plazuela de Santiago con el mayordomo y el capellán de la ermita a la cabeza. El cura había entonado una breve oración para encomendar la expedición a la Virgen del Prado. Inmediatamente se habían comenzado a oír los gritos de los carreteros a sus bueyes y el rechinar de las maderas de los carros y de sus ruedas sobre el empedrado de la calle. Desde las ventanas de los mesones y las ventas que abundaban cerca de la Puerta de Zamora, se asomaban los huéspedes curiosos sorprendidos desde la madrugada por el bullicio. La larga fila de carretas que llegaba hasta la Corredera y comenzó a salir por la cañada donde ya humeaban los alfares que cocían los azulejos destinados a los reales sitios de su majestad Felipe II. A la puerta de algunos de los hornos esperaban gentes humildes, hombres, mujeres y niños, algunos descalzos, que querían vender a los alfareros los haces de jara y retama que habían recogido en el monte. Por su pobreza ellos no estaban obligados a aportar su trabajo para comprar el Toro del Leño, el que daban en la fiesta de la Mondas todos los oficios relacionados con la corta de madera pero, de todas formas, muchos de ellos subirían a echar una mano en la tala de la leña florida que se llevaría en ofrenda al hospital de la ermita.

Las canciones y los pellejos de vino corrían de carreta en carreta y Diego tocaba su tamborino al principio de la fila. Sonreía satisfecho cuando se cruzaba con alguno de los muchachos de su barrio que, al verle, se ponían a su lado imitando sus gestos y redobles. Al pasar por La Portiña, las lavanderas se levantaban agitando la ropa. Los leñadores bromeaban con las mujeres diciéndolas chistes procaces que eran respondidos por ellas con ingenio.

El cura llevó a un aparte al mayordomo y le indicó la conveniencia de llamar la atención a un carretero que llevaba con él a dos mujeres de mala vida para que, al menos, las advirtiera de que no escandalizaran con sus voces y sus gestos obscenos.  Una mujer salió a la puerta de su casa y dio a los leñadores un dulce y una copa de aguardiente  mientras les exigía:

– Miren vuesas mercedes cómo yo soy gentil, séanlo ustedes y traigan bien colmadas las carretas con la leña de Nuestra Señora.

La comitiva tomó por el camino de la Peña del Cuervo y llegó al monte después de cruzar el Bárrago y las ruinas del convento de San Antolín, el primer lugar- como dijo el cura con voz engolada- donde se establecieron las monjas de San Clemente antes de que la villa fuera reconquistada al infiel por don Alfonso el sexto. La expedición situó el rancho en un prado, bajo dos grandes alcornoques, y las carretas se dispersaron por el Berrocal buscando la leña. Comenzaron a sacarse las sierras, los destrales y las destralejas y rápidamente se acometió la tarea. Los más jóvenes y las mujeres ataban los haces de ramón y los hombres se aplicaban en cortar las ramas del grosor que permitían las férreas normas del concejo, que también les había permitido talar algunas encinas, álamos y enebros secos y puntisecos.

El día transcurrió alegremente, el invierno había sido lluvioso y los arroyos bajaban desde el Berrocal formando pequeñas cascadas, ribeteados en su recorrido de borujos y ranúnculos que hacían más amenas las orillas. Las canciones de los leñadores eran respondidas por los pastores tocando sus rabeles acompañados por el sonido lejano de los gruñidos de los cerdos que hozaban entre por las muchas parideras del monte y con el ruido de las esquilas de las ovejas. Al fondo humeaban las chozas de la Peña del Cuervo y la cigüeña de la espadaña de Santa Apolonia observaba con curiosidad el concurso poco habitual de tantas gentes en aquel paraje.

Los rancheros fueron a una de las carretas y tomaron los calderos para guisar los carneros que había provisto el mayordomo de Santiago el Nuevo.

– ¿Serán carneros bien capados los que nos traen este año? – dijo un carbonero borrachín-. Que en Las Mondas pasadas, más parecían cabrones viejos que carneros talaveranos.

Todos rieron al carbonero mientras recogían sus herramientas y ayudaban a cargar los últimos haces en los carros. Ya estaba la carne casi cocida y el aroma de las hierbas que matarían su rudo sabor invadía el rancho. Los hombres pidieron que corriera de una vez el vino y se sacaron los pellejos y los canastos del pan que comenzaron a repartir los jefes de cuadrilla. Casi toda la noche duraron  los bailes y las danzas y, cuando se acostó el cura, muchas fueron las parejas que se perdieron por entre los berrocales.

Diego y su amigo, el otro tamborino, se acercaron a uno de los molinos de Bárrago y se asomaron al cárcavo para ver como giraba el rodezno con el chorro que salía del saetín. Siempre le parecieron a Diego cosas de encantamiento las máquinas de los molinos. Por eso, cuando los dos muchachos empezaron a escuchar unos gritos apagados que venían del interior, echaron a correr como alma que lleva el diablo cayéndose al arroyo. Los dos llegaron empapados y tuvieron que explicar su aventura a la concurrencia mientras tiritaban desnudos junto al fuego. Al decir la causa de su espanto, todos rompieron a reír a carcajadas mientras un zapatero de la calle del Contador decía:

-¡ Vive Dios que es brava la molinera! Cuando se junta con Martín el arriero llega el ruido de sus amores hasta el puerto del Pico.

Diego entendió en ese momento el origen de los gritos de la molinera y quedó corrido en el centro del círculo, mientras los leñadores tiraban palos y mendrugos de pan al muchacho que sonreía con una mueca enrojecido de vergüenza. La fiesta siguió hasta la madrugada y, apenas habían dormido una hora, cuando les despertó a todos la campanilla del sacristán de Santiago anunciando el comienzo inmediato de la misa que se celebraba siempre en el campo el día en que se iba a buscar la leña florida.

Escultura romana de la Diosa Ceres en Cáceres

LA MAÑANA DE LAS CAMPANAS

Justo al acabar la misa de los leñadores, el mayordomo de la parroquia de Santiago mandó llamar Claudio, uno de sus feligreses famoso por ser el cojo más veloz de Talavera, y le dice:

-Apúrate hijo, corre a la iglesia mayor y avisa al deán que en dos horas y media estaremos en la villa con la leña de Nuestra Señora. Pero no pares en la venta que te he de moler las costillas.

El hombre inició su carrera con el bamboleo que le provocaba una herida recibida luchando en el sitio de la ciudad de Hárlem, cuando servía en Flandes con el capitán Verdugo. Ni cuando desfilaba con los tercios victoria tras victoria se había sentido Claudio tan orgulloso como esa mañana, corriendo entre los olivares y las viñas para avisar al deán, aunque le fuera quemando la metralla que tenía todavía incrustada en la pantorrilla.

Diego está un poco triste porque sus vestidos han quedado sucios y arrugados por el chapuzón de la noche anterior. Pero, cuando se coloca en cabeza de la comitiva con su tamborino y piensa en la entrada triunfal que hará en Talavera, olvida su aspecto y las burlas. Las carretas están cargadas de leña y han sido adornadas con flores, cantuesos y lías de juncos. La comitiva comienza su ordenada marcha con cada cual ocupando su lugar y con Diego y su compañero redoblando al frente.

Cuando pasan el Bárrago, escuchan a lo lejos el repicar de la campana mayor de la Iglesia Mayor que, sonando a la salida de misa mayor, llama a todas las parroquias para que acudan a recibir la leña. Los sacristanes y maestros han pedido a las madres que vistan como mejor puedan a los niños para que marchen con sus pendoncillos y su algarabía delante de los bien labrados pendones de todas las parroquias que se reunirán en la plaza mayor.

La muchedumbre llena la plaza, los niños observan con admiración a los caballeros con sus monturas enjaezadas y sus espadas y tahalíes repujados. Destacan por su bizarría los que han servido con las armas al rey vestidos con sus atuendos militares de gala. El corregidor y el deán presiden el cortejo en el que desfilan los canónigos, con sus mulas espléndidas de pelo brillante y sus largas capas junto a los gentilhombres que caracolean en sus caballos. Los curas y beneficiados, los regidores y todos los caballeros de la villa van en la cabeza de la comitiva que inicia la marcha para recoger el pendón de la iglesia de Santiago. En el camino, las gentes se asoman a los balcones dando vivas a Talavera y a la Virgen del Prado.

El desfile sale como es costumbre por la puerta de la Miel, donde algunos aldeanos despistados esperan, sin saber que en estas fechas se celebra la fiesta de Mondas, para que les pesen los costales que traen al repeso de la harina y, sorprendidos, miran a tantos caballeros y prelados precedidos por la música de los atabales, trompetas y chirimías. Las carretas ya han llegado a la plazuela de San Andrés.

Una de las lavanderas que esperan a la orilla de la Portiña es la madre de Diego y grita:

– Allí viene la leña, y ¿saben vuesas mercedes quien es el tamborino del pelo bermejo?. Pues es mi Diego, el más guapo mozo de esta tierra.

El muchacho al oír a su madre se ruboriza sin escuchar las voces del párroco que le ordenan que se detenga hasta que un tirón de mangas del otro tamborino interrumpe su repique.

El mayordomo de Santiago se adelanta a la comitiva y, dirigiéndose al corregidor y al deán, dice solemnemente:

– Señores, aquí está la leña de Nuestra Señora la Virgen del Prado, con el trabajo de los fieles y la ayuda de Dios este año será abundante, no pasarán frío los pobres y peregrinos que se acogen bajo su manto.

– Bien servido estará su hospital y ella os lo agradecerá con su favor. Pasemos pues a su santa ermita- responde el deán.

Los aplausos y los gritos de júbilo hacen sonreír a Diego que se siente con su tamborino foco de todas las miradas a los pies del caballo del Corregidor. De nuevo se emprende la marcha que se adentra en la villa por la puerta de Mérida, pasando después delante del convento de San Benito. En su interior, las monjas trabajan el huerto y detienen su labor, alegres al escuchar la muchedumbre que acompaña a la leña florida. Por la calle de los Siete Linajes llega la comitiva a la Iglesia Mayor y en ese momento comienzan todas las campanas de su torre a repicar. Las cigüeñas vuelan asustadas hacia el Tajo y una nube de palomas oscurece el cielo cuando sobrevuela la plaza. En ese momento, todas las campanas de las iglesias y los conventos talaveranos comienzan también a repicar atronando el cielo castellano. Todo el pueblo se dirige ahora hacia la puerta de las Cebollas, donde los hortelanos colocan sus tenderetes apoyados en la muralla. Repican las campanas de la iglesia de El Salvador de los Caballeros y las del convento de monjas que ha fundado Alonso de Orozco. Los carros siguen por la Corredera y los mercaderes detienen su negocio para unirse a la general algazara. Algunos de ellos han cerrado sus tiendas pues no son pocos los pícaros que acuden a la villa para aprovechar el barullo de las Mondas.

– Bien hacéis en cerrar – dice un afilador a un calderero- que el año pasado, un cacharrero de Puente vio hacerse añicos sus platos y sus ollas cuando el vendedor de cordobanes perseguía a un ladrón.

Al pasar por el convento de San Francisco, todos los frailes han salido y ofrecen vino a la concurrencia haciendo colación. Pasa después la leña por la puerta de Toledo y, justo en ese momento, los carreteros aguijonean a sus bueyes en una pesada carrera que hace las delicias de los forasteros. Uno de los carros más grandes, el de la familia Ayala, ha hundido una rueda en los albañales que bajan del monasterio de la Trinidad. Los vecinos se acercan y casi en volandas sacan entre todos la carreta del lodazal. Los más rápidos llegan a la ermita entre los aplausos de la gente y el sonido de las campanas que en ese momento comienzan también a repicar con las demás de la villa en un estruendo que resuena en toda la vega, desde el Berrocal al Cerro Negro, desde el Alberche hasta el Casar del Ciego.

El Hermano Mayor de la Reina de las Ermitas, como gusta llamarla su majestad el rey Felipe II, espera con los pobres del hospital alineados junto a la puerta. Los peregrinos a Guadalupe que vienen desde toda España, y aún de otros reinos, quedan sorprendidos por fiesta tan lucida.

– Y habréis de saber- dice uno de ellos- que, además, en esta villa, a todos los que nos dirigimos a Guadalupe se nos reconforta con dátiles o duraznos, como dejó mandado una devota señora a la cofradía de esta antiquísima ermita.

La leña es bendecida y se deposita en los corrales del hospital. Todos los jinetes vuelven de dos en dos haciendo figuras y carreras, galanteando a las damas que regresan a la villa coqueteando bajo los álamos de El Prado en esta mañana de abril, en esta mañana de Mondas.

Gentes de toda la comarca venían a las Mondas, como este parrillano[

UNA TIERRA EN FIESTAS

Diego abrió los ojos, le había despertado el griterío de un grupo de mozas aldeanas que cantaban canciones picantes junto a su ventana. Colgado de la puerta de su cuarto percibió adormilado el bulto de su tamborino y recordó los momentos y emociones del día anterior. Todo el barrio le había felicitado por su galanura y por lo bien que había repicado su tambor el día de la leña florida. Más de doscientos carros se habían cargado en la villa y hoy, martes de Pascua, llegarían muchos más desde todas las aldeas de Talavera. Mientras devoraba el plato colmado de gachas que su madre le había puesto sobre la mesa, escuchaba a su hermana contando lo magnífica que había resultado la petición de dineros para la leña que, con toda pompa, habían hecho los caballeros con sus bandejas de plata y sus vestiduras de gala recorriendo todas las calles. Muchos habían sido los maravedíes que se habían colectado en todas las colaciones de la villa.

Hoy, tercer día de Pascua, es otra jornada de ilusión para el tamborino. Ha venido a buscarle su tío Bonifacio, el cazador, y juntos van a acudir a esperar el cortejo de todas las aldeas de Talavera que vienen a traer sus cirios y mondas a la ermita junto con la leña florida que han cargado en sus montes y alijares.

– Diego, iremos primero al puente para ver llegar a las gentes de La Jara- dice Boni mientras revuelve con la mano el pelo rojo y rizado de su sobrino.

– Vale, pero me habrás de comprar una de esas manzanas que los veratos venden en la corredera- contesta el muchacho mientras se deshace de la caricia de su tío; él ya es un mozo de quince años y las carantoñas son para los niños.

Las calles comienzan a poblarse de curiosos y, al pasar por una casa que preside un hermoso blasón, Boni comenta a su sobrino:

– Debes saber sobrino que son muchos los paisanos que pelean en las Indias por engrandecer estos reinos. Esta casa pertenece a la familia del capitán don Juan Salcedo, que sirvió con las armas junto a don Hernán Cortés en la conquista de la Nueva España. Aunque son muchos más los paisanos que detrás del océano han alcanzado la gloria, como Diego Pacheco, que fundó la ciudad de Nuestra Señora de Talavera y fue gobernador de Tucumán; Francisco de Aguirre, a quien el rey, que Dios guarde, nombró gobernador de Chile y que además pobló Santiago del Estero; o Juan Bazán que pobló la ciudad de Talavera de Madrid, y Pablo Meneses, corregidor de La Plata, y tantos otros que no han vuelto porque allí se asentaron o porque han muerto por las flechas, los mosquitos o las serpientes.

Bonifacio había estado en Potosí cuando el puenteño Diego de Villaroel encontró las minas de Plata y solía contar a Diego una infinidad de historias ocurridas en su aventura  que el muchacho escuchaba boquiabierto.

– Además – terminó diciendo el cazador- fray Hernando de Talavera, confesor de la reina católica, y el doctor Maldonado, también paisano nuestro, dieron buenos consejos a su majestad para que don Cristóbal Colón emprendiera su primer viaje.

El viejo puente, lleno de remiendos hechos de tablones y viejas vigas de madera, había sido reparado tras las últimas inundaciones. Pero aquel día aparecía hermoso y lleno de colorido, animado por el trasiego de vecinos de las aldeas de La Jara que llegaban cantando, aunque algunos llevaran dos y tres días andando por los caminos. Delante de cada una de las expediciones venía el cura del pueblo con sobrepelliz, cruz, manga y pendón acompañado del sacristán. A continuación, los oficiales del concejo de cada lugar con el alcalde a la cabeza llevando vara alta, que es gentil privilegio que les concede la villa. Los acompañan muchos vecinos de los pueblos que en estos días de Mondas quedan muchas veces casi desiertos. Tocando adufes y tamboriles traen su cirio bien adornado y un rótulo donde va escrito el nombre de la aldea.

Cuando pasaban los vecinos de Torrecilla, Boni llamó a grandes voces a uno de ellos:

– ¡Grandísimo pícaro! ¿Cuantos jabalíes habéis atravesado este año con vuestra ballesta?

El hombre se volvió y al ver al tío de Diego sonrió y gritó:

– Menos serán que los ciervos muertos por vos, el mayor furtivo desde el Tiétar al Guadiana ¡Grandísimo bribón!.

-Hoy  vendrás a comer a mi casa esos barbos escabechados que tanto te gustan pero habrás de llevar ese áspero vino tuyo de La Jara que me alegra el seso y el estómago- dijo Bonifacio mientras daba un aparatoso abrazo al torrecillano.

La comitiva siguió hasta la ermita entonando letanías y al entrar todos cantaron la Salve, mientras el alcalde y el cura ofrecían a la Virgen del Prado el cirio que fue recibido por el capellán. Otros pueblos vienen detrás y, para dejarlos el sitio, sale la comitiva por la puerta norte de la ermita donde ya se concentra una multitud abigarrada y multicolor. Aquí les reciben las chirimías y clarines de Talavera que hacen la salva mientras los rústicos alcaldes son saludados por los nobles y regidores de la villa. Después todos los gentilhombres acuden hasta el cercano humilladero para recibir a otros pueblos llegados desde El Horcajo y El Berrocal.

-Mira Diego- dice el cazador señalando a un grupo de vecinos- esos son de Mejorada, y a su lado los de Segurilla, se distinguen porque, con los de Cazalegas, traen monda en vez de cirio. Y ¡Pardiez! Que están bien airosas y adornadas las mondas este año con sus cintas y sus celdillas de cera de colores.

El recibimiento de las aldeas dura hasta mediodía y por todo el Prado se reparten las gentes del alfoz que bailan y comen sentadas en la hierba gastando bromas y lanzándose puyas de pueblo a pueblo. Se pasan los pellejos de vino y unos y otros se invitan a probar las comidas sencillas que han traído desde sus lugares, compartiéndolo todo delante del templo que ha sido símbolo de la unión de esta tierra desde el tiempo de los gentiles. En medio de un gran corro, don Esteban de Loaysa, aunque es cabeza de una de las casas más nobles de la villa, salta y baila con las labradoras dando vivas a la Virgen del Prado y recitando poesías y jaculatorias.

Diego va de corro en corro. Su tío ha cazado en todos las tierras de Talavera y es bien conocido en sus montes y lugares. Ya un poco cargados de vino deciden ir a comer:

– Vamos torrecillano, que nos esperan los barbos y un corcillo que encontré en una trampa para zorras. Seguro que daremos buena cuenta de él.

– Sea, pero esta tarde me llevarás a la iglesia de San Andrés y a la ermita de San Juan que he oído forman baile en sus templos al son del arpa y la vigüela antes de llevar las ofrendas a la ermita.

– Yo te llevaré, y podrás admirar sus hermosos carros que llevan un cirio de dieciséis arrobas vestido de reales de a ocho. Que es cosa de maravilla ver sus bueyes con las testas y las astas adornadas con ricas cintas y el carro lleno de cascabeles y campanillas de plata. Delante van muchos corderos y detrás las cargas de leña bien enramadas de ramos floridos y olorosos. A buen seguro que gozarás de ello.

Primero fue fiesta de gentiles Primero fue fiesta de gentiles. Dibujo de Jesús Morales

PRIMERO FUERON LOS GENTILES

Diego el Tamborino tenía la edad en que todo es posible, la edad en que la vida y el mundo son de colores. Estas fiestas de Mondas, aunque había participado en ellas desde que aprendió a andar de la mano de su madre, estaban abriendo para él un mundo que hasta entonces no había descubierto, el de las complicadas costumbres de los mayores que, al final, resultaba que se divertían igual que niños pero con mucha más vanidad en cada uno de sus gestos y de sus rituales.

Hoy es jueves y deberá pasar una semana hasta que siga la fiesta. Diego aguarda impaciente el jueves siguiente para acudir a las alamedas que se extienden desde la ermita hasta el río y presenciar cómo los torileros de las iglesias apartan y compran los toros que habrán de correrse en los días grandes de Las Mondas. Pero hoy le espera su tío Boni para ir a visitar a su amigo fray Pedro en el monasterio jerónimo de Santa Catalina. El cazador ha llegado a casa de Diego como siempre, alborotando todo el patio del antiguo palacio que ocupan ahora una docena de familias humildes repartidas por todo el edificio. Entra lanzando motes a las mujeres que cosen entre las columnas y chapoteando con sus botas de cuero sobre el albañal del lavadero. El tamborino está cortando un poco de leña para su madre y salta asustado cuando su tío le pone en las narices una gran zarpa de oso que ha sacado del zurrón.

– Mira el regalo que te traigo pequeño cobarde. ¿Y tú quieres venir a matar lobos conmigo a los Xebalillos?. Quedarás servido si te dejo cazar los langostos de los barbechos. ¡Venga! Que iremos a ver a mi amigo fray Pedro.

Cuando llegan al monasterio, una hilera de rústicos personajes, entre los que por sus atuendos se puede distinguir a las gentes venidas de la sierra o de La Vera, esperan junto a una de las puertas de Santa Catalina. En el interior se despachan todos los ungüentos y los bebedizos de su farmacia famosos en todo el reino. Cuando entran, un fraile se encuentra sentado delante de un gran armario repleto de albarelos decorados con el escudo del monasterio mientras atiende a un hombre con la cara llena de vejigas. Al ver a Boni deja la balanza con la que está pesando unos polvos amarillentos y le dice:

– Si buscáis a fray Pedro debéis ir al molino del puente, que anda componiendo una de las ruedas de las aceñas y va a adornar con los molineros la carreta que llevará el toro pagado por los de su oficio en la ofrenda a la ermita.

Cuando llegan, fray Pedro da un abrazo al cazador y cuenta al muchacho con grandes aspavientos cómo su tío había ahuyentado a tres bandidos que le quisieron asaltar en los Guadarranques cuando iba a dirigir la fábrica de la presa que llevaría el agua al martinete de los frailes de Guadalupe. Se dobla riendo con la sotana arremangada cuando relata los aullidos de uno de los asaltantes que huía con una de las saetas de la ballesta de Boni clavada en las posaderas.

– Buen momento has elegido para venir, perillán, que son las fiestas de los Desposorios de Nuestra Señora. Pero a buen seguro que no vendrás tú por devoción, sino para disfrutar de todos los gentiles placeres y pecados.

– El monte es solitario y también necesitamos las humanales personas ver gente y beber vino. Además, bien me enseñó este frailón que Las Mondas fueron fiesta de gentiles antes que cristianas, así que, con cumplir con nuestros gentiles vicios, no hacemos sino recordar a aquellos que tuvieron hace siglos la gentil invención de tan buena función.

– Calla salvaje, que en algo tienes razón, aunque salga de boca tan sucia. Has de saber muchacho que antes de levantarse en el Prado la ermita a Nuestra Señora, tenían allí un templo los gentiles donde adoraban a la diosa Ceres que para ellos era, en su vana creencia, la que fertilizaba los campos. La ofrecían cestas adornadas con flores y espigas que contenían panecillos, como los que se reparten ahora el día de las fiestas de los Desposorios de la Virgen con San Joseph a las que, según algunos sabios, se dio esta vocación porque los antiguos celebraban en estos días las nupcias de Ceres y Plutón, dándose entonces a nefandas deshonestidades que solamente merecen el silencio y nada tienen que ver con la piadosa devoción de estas tierras por su Virgen. A esa diosa pagana, que los gentiles creyeron había enseñado a los hombres la agricultura, celebraban los romanos las fiestas de la cerealia, que también fueron fiestas eleusinas de misterios prohibidos para los no iniciados. Llevaban además en aquellos festejos antiguos una becerra con el coro de iniciados alrededor de las mieses con grandes danzas y regocijos. Las vírgenes iban ataviadas de limpias vestiduras blancas y coronadas de pámpanos y hojas de encina, como todavía adornan hoy su pelo las mujeres cuando vienen de coger la leña florida o cuando acompañan a la ofrenda de los toros a Nuestra Señora. Y otra similar costumbre en la fiesta de Mondas en nuestro tiempo es la de hacer los caballeros carreras con sus mejores monturas, como ya lo hacían los antiguos durante los juegos de circo con que acompañaban a las fiestas de Ceres Eleusina.

Diego miraba al fraile embobado, sin comprender casi nada, y cuando acabó su discurso le preguntó:

– Pero fray Pedro, vuesa merced todavía no me ha contado qué es una monda y porqué se llaman así estas fiestas de los Desposorios de la Virgen.

El monje, después de dar órdenes a unos hombres para que arrojaran sacos de arena a uno de los canales del molino para así dejarlo seco y poder reparar la rueda, respondió:

– Los antiguos ofrecían a la diosa Ceres sus vanos presentes de panales de cera pero, como habrás visto, hoy se ofrece a la Virgen del Prado un a modo de columna redonda y hueca de madera, tres cuartas de larga y dos de ancha, con sus remates dorados y pintados. Por fuera van adornados estos cilindros, como dicen los matemáticos, de unas celdillas hechas de cera de colores y dispuestas como los vasillos de un panal formando figuras de santos y otros religiosos motivos.

-Cierto es, que yo he visto cómo las fabrica Bartolomé, el herrero que vive frente a mi casa y que es tan diestro con los pinceles. Tiene escudillas con cera caliente de colores y con  un palito va colocando sobre la monda las celdillas, y a fe que quedan bien dispuestas, que estas mondas que hace mi vecino para la parroquia de San Miguel son las más bellas de todas las iglesias – dice el muchacho en el momento en que por el puente aparece un carro tirado por bueyes.

Todos los presentes van acercándose precedidos por maese Gregorio, el maestro de molineros que gobierna las aceñas del monasterio y que espeta con sorna al carretero:

– Menos mal que esta vez no habéis traído el carro lleno de estiércol, que el año pasado nos costó dejarnos las uñas en limpiarle para que quedara digno para llevar la ofrenda con el toro de molineros a Nuestra Señora. Este año hemos de enjalbejarle con la cal más fina que he podido comprar a los caleros de Montesclaros y, a fe mía, que habrá de quedar más blanco que la harina que molemos.

Los peones molineros, llenos de harina hasta las cejas, se llevan el carro y comienzan a frotarle con trapos y cepillos mientras uno de ellos anima el trabajo:

– ¡Vamos! Que este año serán más de ochenta los molinos de la tierra de   Talavera que pechen para comprar el toro y debe ser nuestro carro el que mejor represente a todos los oficios que acudan a la ermita.

– Sí – responde a voces Bonifacio- que el año anterior fuimos los cazadores los que llevamos el carro mejor engalanado. Ya lo visteis, aforrado con las pieles de conejos, gamos, venados y jabalíes, y colgando de sus palos las gavillas de palomas, perdices, tordos, zorzales y grullas. Además, el más apuesto de entre todos los que figuraban hacer oficios sobre las carretas enramadas no negaréis que era nuestro cazador, con su vestido de cuero y su ballesta. Aunque  he de reconocer que vuestro atrevimiento de llevar sobre el carro las piedras con el molinero picándolas también fue de mérito y muy aplaudido por la concurrencia, a pesar de que os hicieron falta seis bueyes para tirar de tanto peso.

Diego se entretiene curiosear en el interior del molino. Molestando por entre las piedras que giran a una velocidad endiablada a los molineros que se afanan llenando las tolvas con el trigo y recogiendo la harina en los costales, hasta que su tío se asoma a la puerta gritando entre el estruendo de las muelas:

– Apúrate muchacho, que tenemos que comer. Obedece o el domingo no irás a ver la soldadesca de los gallegos.

La jornada termina dando buena cuenta de una liebre que ha traído Boni y que él mismo ha preparado en su sangre, como lo hacen en los montes de La Jara.

El Domingo in Albis, Diego y sus amigos del barrio han ido a ver la procesión de los gallegos. Esperan en la Puerta de Toledo y notan que se aproximan cuando comienzan a escucharse las gaitas y los tamborinos que acompañan a su soldadesca vestida con grandes y lucidas galas en sus trajes militares. Llevan sobre uno de los carros un cirio de dieciséis arrobas de cera y en otros dos generosas ofrendas de todo lo más necesario para la ermita. Detrás desfilan más de veinte carretas colmadas de leña para el hospital.

Al pasar la comitiva Diego sonríe a una muchacha que ha visto cantar en su parroquia y que va con los otros gallegos bailando sus alegres pero extrañas danzas.

Uno de los caballeros que presencian el desfile comenta a las damas que le acompañan:

– Los gallegos son muchos en Talavera y, aunque ganan el pan en su mayor parte con el sudor de su frente, segando y con otros trabajos y fatigas, podéis contemplar cómo en este día son los más ricos de la villa por sus vestidos y por las ofrendas que llevan a la ermita.

La sonrisa de la muchacha ha conseguido que Diego se proponga venir sin falta a la otra ofrenda que harán los gallegos esa tarde, cuando desfilan con una vela en la mano cada uno, con nuevos presentes y no menos vistosamente engalanados.

CONTINUARÁ MAÑANA