PEDAZOS MENUDOS DE CARNE

PEDAZOS MENUDOS DE CARNE

Relato sobre el asesinato del General San Juan en Talavera durante la guerra de la Independencia

Dibujo que representa la batalla de Talavera
Dibujo que representa la batalla de Talavera

El criado miraba a su señor. Nunca le había visto tan triste e inseguro. Cabizbajo, no había ni siquiera probado el plato con la carne del cerdo sacrificado esa misma mañana para impedir que sirviera de alimento a las alimañas francesas.

Había ordenado que cerraran las ventanas y apagaran las velas, como si así fueran a impedir que los dragones y cazadores del mariscal Víctor, irrumpieran en su casa. Miraba al fuego con el ceño fruncido y el criado creyó ver en su rostro, iluminado por las llamas, el de uno de esos santos tan acongojados que observaba aburrido cuando acompañaba a la señora los domingos a la misa en la Colegial.

Don Manuel Espejel, regidor de Talavera, miraba al fuego sin verlo y pensaba en el sufrimiento que habían causado las tropas de Napoleón a todos sus paisanos en los últimos meses. Como miembro de la Municipalidad, había sabido desde el primer momento del engaño francés, y todavía se le encogía el estómago cuando recordaba la llegada de un veredero desde Móstoles con el mensaje de su alcalde llamando a salvar Madrid de los gabachos, que leyeron todos los regidores con alarma.

A finales de agosto, las iglesias se llenaron de una multitud de gentes para asistir a las acciones deogracias al Todopoderoso por la huida vergonzosa de los enemigos hasta más allá del Ebro. Tres meses después volvieron a estar repletas por los sufragios a los soldados españoles muertos en el campo de batalla el 29 y 30 de noviembre, cuando luchaban fieramente en la sierra de Madrid para que las tropas extranjeras no entraran de nuevo en la capital.

Grabado que representa los campos de Talavera tras la Batalla de Talavera
Grabado que representa los campos de Talavera tras la Batalla de Talavera

Recordaba con agrado el momento en que su amigo y paisano el coronel Genaro Rezábal había creado el regimiento de Voluntarios de Fernando VII con gentes entusiastas de Talavera y sus pueblos. Parece que estaba viendo a los reclutas sudar en los calurosos días de agosto mientras recibían la instrucción militar cerca de la Ermita del Prado. Todavía guardaba impresa en sus retinas la imagen de las madres saliendo a despedir a sus muchachos hasta el arroyo de Bárrago en su camino hacia Badajoz, donde se agruparían con otras fuerzas para hacer frente al francés, que ya se acercaba a Talavera.

Pero antes de que llegaran los gabachos contempló el discurrir por las calles de la villa de una interminable caravana con las gentes que desde la capital venían huyendo. Largas hileras de hombres y mujeres descompuestos entre los que se mezclaban monjas y frailes de las comunidades religiosas de la capital, prelados eclesiásticos y grandes títulos que portaban las pocas pertenencias que habían tenido tiempo de recoger, pero también iban patéticos empleados de la monarquía y multitud de familias desoladas que a su paso eran acogidas por el vecindario.

Entre esta multitud errante venía la Junta Central que, tras pernoctar en Talavera, siguió su camino hacia Badajoz donde organizaría la resistencia contra el invasor en los meses siguientes. Después de la derrota de Somosierra, las fuerzas españolas se dispersaron hacia el sur y el oeste de Madrid, viniendo a parar a Talavera los restos de un cuerpo de tropas.

Don Manuel había conocido a su general, se llamaba Benito San Juan e incluso le había invitado a comer en una ocasión, acudiendo en compañía de su lugarteniente Heredia. Había quedado su mujer impresionada por la caballerosidad y corrección del militar que les había relatado historias pavorosas sobre las injurias que los franceses habían ocasionado a los madrileños. ¡Cuánto dolor! y ¡Cuánta confusión!

Don Manuel tuvo que apartarse cuando un fraile con un espadón colgado en bandolera avanzaba por la Corredera en dirección al convento de los jesuitas, gritando a varias docenas de soldados que el general San Juan era un traidor y animándoles a tomar venganza. Él no pudo verlo, pero le dijo uno de los padres agustinos, confesor de sus hijas, que el militar se encontraba refugiado en la celda prioral y que peleó bravamente contra sus propios soldados antes de arrojarse a la desesperada por una ventana. Herido, recibió en la calle una descarga de fusilería que acabó con él.

Su cadáver fue arrastrado chorreando sangre por las calles de la villa. Los talaveranos no tomaron parte en semejante brutalidad e incluso habían intentado avisar a la Junta Central para evitar el triste desenlace. Heredia había sido ayudado a cruzar el río huyendo así de una muerte segura.

Iglesia de los jesuitas, ocupado actualmente por el teatro Palenque y el mercado de Abastos
Iglesia de los jesuitas, donde se ocultó el general San Juan ocupado actualmente por el teatro Palenque y el mercado de Abastos

La rabia contra la ocupación francesa fue descargada sobre el cuerpo del general al que colgaron de uno de los añosos álamos del paseo del Prado. Cuantos soldados venían por el camino real de Madrid fueron disparando sus fusiles contra los despojos del militar, de manera que sus carnes divididas en menudos pedazos quedaron esparcidas por el suelo sirviendo de alimento a los perros y a las aves.

Don Manuel no pudo evitar un escalofrío al recordar estos hechos mientras se llevaba un vaso de vino a los labios. ¿Hasta cuándo duraría esto? El horror de la guerra no había hecho nada más que comenzar y la sangre seguiría corriendo, el labrador no sabía porqué pero presentía que su pueblo todavía debería soportar mucho sufrimiento.

Cuando la angustia le oprimía el pecho, dos culatazos en la puerta le despertaron de su ensimismamiento.

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