ALBERCHE (17) EL LAZARILLO LLEGA A ESCALONA

Detalle de la ornamentación de la portada de la entrada palaciega del castillo de Escalona

Vamos a continuar el camino que siguió el Lazarillo con el ciego, y por ello nos acercaremos a la capital del señorío, a la gran villa de Escalona, donde hay un refrán que dice: Tres cosas tiene Escalona/ dignas de ver y admirar/ el castillo de don Álvaro,/ la iglesia y el hospital. Pues empecemos por el primero.

Probablemente estas elevaciones escarpadas sobre el Alberche han sido habitadas desde la prehistoria, aunque solamente se han hallado restos arqueológicos de la Edad del Cobre en el cercano paraje de Sambabilé, y de época visigoda en el ámbito de la propia fortaleza. Además, aseguran los viejos cronicones que la villa fue fundada por hebreos, basándose en la similitud del nombre de Escalona con la ciudad de Ascalon en Palestina, pues así se denominaba nuestra villa en tiempos de la reconquista. Los romanos dejaron un monumento o “aedícula” con un relieve que representa a dos personajes en el paraje de Piedraescrita, ya en término de Cenicientos. Otros autores han querido identificar a Escalona con la desconocida ciudad hispanomusulmana de Saktán.

Torres albarranas y murallas de Escalona

El castillo y la villa pertenecieron al rey desde su reconquista en 1085 para, desde 1283 hasta 1349, pasar a ser señorío de la familia de los Manuel, cuyo miembro más ilustre fue el conocido escritor don Juan Manuel. De esta época son las torres albarranas y parte de la muralla que las une. Estas altas torres con su elevado arco son similares a las de Talavera y Montalbán, las tres fortificaciones más características que presentan estos elementos defensivos.

Dragón en la decoración de la puerta del palacio de don Álvaro de Luna en el castillo de Escalona

Es en tiempo de don Álvaro de Luna, durante el siglo XV, cuando se acometen las obras de un soberbio palacio en el interior de la fortaleza, pero es arrasado por un incendio producido por un rayo en cuya extinción participan mil hombres. Fue reconstruido nuevamente con elementos y yeserías gótico-mudéjares de gran belleza que decoraban puertas y capillas, y con bellos artesonados, algunos de alerce y marfil con incrustaciones de oro. En sus salas celebró la nobleza con la presencia del rey Juan II, fiestas y bailes con todo el lujo de la corte de los años del Condestable, el hombre más poderoso de su tiempo hasta ser decapitado por orden del mismo rey que lo encumbró. En su patio de armas, de gran extensión, hubo juegos y torneos realizados con todo esplendor y su claustro era también grandioso, aunque apenas nos queden de él algunos capiteles reutilizados distribuidos en lugares de la villa, como los que podemos ver formando parte de las columnas de los soportales del ayuntamiento. La parte palaciega propiamente dicha, y en parte restaurada no muy adecuadamente en los años setenta, estaba compuesta por la torre del homenaje, de estructura cuadrada y otra torre cilíndrica en cuyo interior se alojaba la capilla de Santiago, ya que don Álvaro era maestre de esta orden militar. Es una obra de arte cuya cúpula está decorada con salmos escritos y falsas nervaduras. El acceso se hacía entre dos grandes parras labradas en piedra que confluían en el centro, donde también se había esculpido un escudo.

El Alberche a su paso por Escalona en los años 60

El castillo tenía un aljibe que en cierta ocasión, al ser desescombrado, descubrió en su interior dos cadáveres vestidos con su armadura. La nueva familia que se alojó en el castillo, los marqueses de Villena, parecen haber dejado únicamente reformas de tipo militar. En la Guerra de la Independencia el castillo es destruido en parte por los franceses que al mando del mariscal Soult utilizan sus vigas y artesonados para restaurar el puente, destruido por los españoles en vísperas de la Batalla de Talavera.

Puerta de la muralla de la villa de Escalona

También conserva la villa algunos tramos de la muralla que la circundaba y que contaba con dos portillos y cuatro puertas, de las que destacaremos por su monumentalidad y por mantenerse aún en pie la de San Miguel, al norte del casco, junto a la iglesia parroquial, y otra reconstruida en la zona oeste llamada de San Vicente, ambas de arco apuntado. La plaza mayor tuvo que ser realmente hermosa debido a sus soportales y a algunos edificios significativos, aunque hoy se encuentra muy modificada y no se mantienen antiguos elementos como la iglesia de San Martín, la cárcel o algunas viviendas pintorescas. Solamente permanece la Casa del Concejo, construcción reformada en el siglo XVIII con elementos reutilizados del castillo.

Detalle de los herrajes de la puerta de la iglesia de Escalona

Otro antiguo edificio fundado también por los marqueses de Villena y del que quedan restos que van a ser restaurados es el hospital de San Andrés. Del antiguo puente sobre el Alberche, aguas abajo del actual, solamente se mantienen visibles los cimientos de sus tajamares.

La alamedas que se han repoblado en las riberas del Alberche merecen un paseo contemplando las majestuosas vistas de las ruinas del castillo de Escalona, escenario de tanta historia y cultura, y vinculado a personajes como Santa Teresa que dicen que en él se inspiró para escribir su obra “Castillo de las Siete Moradas, ya que pernoctó aquí camino de Ávila a Toledo; Doña Juana Pimentel, llamada la Triste Condesa después de la ejecución de su marido don Álvaro de Luna, que resistió sola en el castillo el asedio de Juan II hasta que huyó al de Arenas, donde acabó sus días. O María de Padilla, la mujer del comunero, rechazada por su tío y señor de Escalona cuando huyendo del Emperador vestida de campesina quiso refugiarse aquí.

Iglesia de Escalona y puerta norte de la muralla

En cuanto a los edificios religiosos, hubo en Escalona cuatro iglesias de las que solamente queda en pie la de San Miguel, antigua colegiata que en principio tuvo estructura gótica y ha sido recientemente restaurada. Cuenta con tres naves paralelas y conserva la capilla del Rosario y el retablo mayor, barroco de calidad que en su centro muestra una pintura de la Inmaculada Concepción de la escuela madrileña del siglo XVIII. También debemos destacar una imagen gótica de gran tamaño labrada en alabastro y que representa a la Virgen con el Niño sosteniendo un pajarillo.

El convento de las concepcionistas se encuentra extramuros, frente a la puerta de San Miguel. Fueron cuatro beatas las que fundaron el cenobio pero más tarde fue dotado en el siglo XVI por los marqueses de Villena, para que en él pudieran profesar sus dos hijas. Está edificado en varios estilos, desde el gótico isabelino hasta el neoclásico, con elementos de tradición mudéjar en la arquería superior del claustro. La iglesia es de una sola nave y destaca su portada plateresca, sus bóvedas y algunas imágenes de interés, como un Cristo gótico o la Inmaculada Concepción situada en un retablo con unas curiosas pinturas sobre la simbología mariana, además de otra imagen gótica de alabastro y dos losas sepulcrales del siglo XVI bellamente labradas y que puede que pertenecieran a las dos hijas monjas de los marqueses de Villena que profesaron en el cenobio. También franciscano era otro convento en el camino de Nombela del que apenas quedan algunos restos de sus muros y el gran pino de su huerta.

Azulejos talaveranos que representan el episodio de El Lazarillo con el ciego en la plaza de Escalona

EL LAZARILLO SE DESHACE DEL CIEGO

 En la plaza mayor de Escalona, en alguna de las columnas de sus pórticos, es donde el autor de El Lazarillo sitúa el conocido pasaje en el que, en venganza por las muchas vejaciones del ciego, el muchacho hace que el viejo salte sobre un supuesto arroyo que ha crecido por la lluvia, y el ciego se da de cabeza contra la pétrea columna, huyendo el muchacho hacia Maqueda. El motivo por el que el ciego había golpeado a su pupilo es el de haber descubierto que el pícaro le había cambiado una jugosa salchicha por un escuálido nabo, por lo que no sólo lo maltrata sino que se burla de él delante de las gentes de Escalona cuando están curando sus heridas con vino, lo que humilla a Lázaro y hace que tome tan brutal venganza con su amo. La escena está representada en azulejo talaverano en el templete de música de la plaza.

TEXTO DE “EL LAZARILLO” A SU PASO POR ESCALONA:

Estábamos en Escalona, villa del duque de ella, en un mesón, y diome un pedazo de longaniza que le asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese, sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndoseme puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual, mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que, de ser cocido, por sus deméritos había escapado. Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza y, cuando vine, hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no haberlo tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo. Alteróse y dijo:

-¿Qué es esto, Lazarillo?

-¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis a mí echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí y por burlar haría esto.

-No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.

Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse a olerme. Y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz. La cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo; con el pico de la cual me llegó a la golilla.

Y con esto, y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago; y lo más principal: con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.

¡Oh gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego, que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no reírselas.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que la meitad del camino estaba andado; que con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y, con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y, no pareciendo ellas, pudiera negar la demanda. ¡Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así!

Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y, con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta. Sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

-Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año, que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.

Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.

-Yo te digo -dijo- que, si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.

Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante vuestra merced oirá.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y, como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue así que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos, mas como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:

-Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.

Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:

-Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho y, saltando, pasaremos a pie enjuto.

Parecióle buen consejo y dijo:

-Discreto eres, por esto te quiero bien; llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.

Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquéle de bajo de los portales y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dígole:

-Tío, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.

Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua, que encima de nos caía, y, lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme de él venganza), creyóse de mí, y dijo:

-Ponme bien derecho y salta tú el arroyo.

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele:

-¡Sus, saltad todo lo que podáis, porque deis de este cabo del agua!

Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la cabeza.

-¿Cómo, y olisteis la longaniza y no el poste? ¡Oled! ¡Oled! -le dije yo.

Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomo la puerta de la villa en los pies de un trote, y, antes de que la noche viniese, di comigo en Torrijos. No supe más lo que Dios de él hizo ni curé de saberlo.

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