UNAMUNO EN GREDOS

DON MIGUEL, EL VASCO ESPAÑOLAZO

Primer artículo de una nueva serie de Miguel Méndez-Cabeza, : “Viajes en busca de autor” en el que se relatan viajes por lugares vinculados a escritores que pasearon las españas. Adjunto texto completo del viaje incluido en “Andanzas y Visiones Españolas”.

Garganta de Bohoyo
Garganta de Bohoyo

Los viajeros han decidido comenzar a buscar al escritor por uno de los lugares que más le ponían, las cumbres de Gredos. Cuentan que cuando Blasco Ibáñez enseñaba París a Unamuno, al llegar a los Campos Elíseos, preguntó el valenciano al bilbaíno si había visto algo más hermoso y don Miguel respondió con total aplomo: ¡Sí, Gredos!.

Escribe en sus “Andanzas y visones españolas” cómo decide en compañía de sus amigos Eudoxio Castro y Marcelino Cagigal, director de la escuela industrial de Béjar, subir a las cumbres de la cordillera. Desde Salamanca se accede a la sierra por el valle del río Tormes que aguas abajo pasa más abajo a los pies de su cátedra.

Es el verano de 1911 y entonces se ascendía al macizo central de Gredos desde el pueblecito abulense de Bohoyo siguiendo la garganta del mismo nombre hasta el mismo Almanzor, en un recorrido largo pero accesible y que era el más utilizado antes de que se construyera la carretera que desde Hoyos del Espino sube hasta la llamada Plataforma para después trasponer los Barrerones en tumultuosa romería y llegar hasta la laguna Grande de Gredos. No hay mal que por bien no venga y como los invasores urbanos son gente bastante ovina han dejado esta vieja ruta olvidada de la garganta de Bohoyo para el goce y disfrute de quienes no quieren ir acompañados del dominguerismo rampante que todo lo ha invade.

En aquella época se había puesto de moda esta sierra por lo que la frecuentaba don Alfonso XIII en busca de las cabras monteses siguiendo la cinegética tradición borbónica. Tanto es así que se hizo desde Candeleda un camino sólo para que su majestad subiera a dar unos tiros a los cornudos caprinos, tradición también muy borbónica. El pueblo serrano “cedió” amable y voluntariamente su territorio para hacer un coto real, base de lo que hoy es el Parque de Gredos, otro bien que por mal ha venido.

Cuando los caminantes van ascendiendo comentan que don Miguel y sus amigos irían acompañados de su manobre y su caballo y se imaginan la comitiva en la que seguro que no eran los catedráticos los que iban a por el agua o hacían la comida para los distinguidos excursionistas. Incluso llegan a imaginar cómo tan serio y trágico profesor tiraría de pantalón entre los canchales.

Refugio en la garagnta de Bohoyo
Refugio de Las Becedas  en la garagnta de Bohoyo

Vallejones con gargantas que muestran restos de antiguas glaciaciones, bosque de robles solamente al principio, pues curiosamente es en la solana de la sierra donde abundan más los bosques, y sobre todo piornales y prados son recorrido con la sola compañía de las avileñas abandonadas a su suerte por los ganaderos que saben que los cuatreros no se pegarán una candanga de andar para robarles sus vacas, que además se han hecho alpinistas en su soledad y buscan las yerbas en los prados más altos. Y tanto es así que al final de nuestro recorrido las encontramos compartiendo hierba con las monteses a más de 2.300 metros de altura.

El paisaje se va haciendo más árido con berrocales inmensos y grandes lanchas que descubren el batolito granítico en un paisaje casi lunar por donde serpentean las chorreras, las pocas que van quedando ya a finales de agosto. Comentan los viajeros que hasta hace un par de décadas siempre quedaban neveros junto al Almanzor, pequeñas manchas de nieves perpetuas que se veían desde el valle y que con el cambio climático han desaparecido. Grandes fragmentos pétreos cada vez menos rodados van dando al paisaje un aspecto de desierto marciano que sugiere a los dos curiosos los relatos de Lovecraft y sus monstruos primordiales.

Allí comprenden los viajeros la impresión que le  produce al filósofo aquel paisaje hace que vea”el corazón de roca viva” de España, en el Ameal de Pablo ve el “ara gigante de Castilla”. Toda aquella grandeza le sugiere lo que a tantos autores ha sugerido la grandeza de la naturaleza, y pega mandobles a diestro y siniestro, a los “progresistas” y a los hombres de frac que brindan con champán y viven para el “decorum” y la falsedad, a los sociólogos y a los turistas coleccionadores de imágenes. Palabras que podría trasladarse a nuestra época, pasados ya más de cien años desde su periplo.

La Galana y el pico Almanzor desde el final de la garganta de Bohoyo
La Galana y el pico Almanzor desde el final de la garganta de Bohoyo

También a los viajeros les hace el entorno disfrutar de su frugal colación, como decían los curas que debía ser la comida antes de comulgar, y comulgan con don Miguel y sus amigos y también disfrutan de las cosas pequeñas que tanto se valoran cuando el hombre se encuentra lejos de la civilización. La fuente de Los Serranos, uno de sus objetivos está seca y la sed les acucia. Cuando finalmente encuentran una fuente que mana helada en el avanzado agosto casi saltan de alegría al beber de aquellas aguas que los pastores han protegido con piedras del pateo de las vacas.

Cabramontés pastando en la garganta de Bohoyo
Cabramontés pastando en la garganta de Bohoyo

Ya refrescados por el agua de los filtrados neveros de invierno suben los curiosos hacia  la laguna del corral para dar vistas al valle, ese valle habitado por la miseria de los humanos al que le cuesta volver a don Miguel, y allí se sorprenden por la presencia de dos centenares de buitres que levantan el vuelo sobre esa España que tanto le dolía a don Miguel y que ahora tanto les duele a los viajeros, esa España a la que entonces como ahora sobrevuelan los buitres de la avaricia, la envidia, la política mezquina y la incultura. Tal vez sean los mismos abantos. El Almanzor y el circo levantan sus crestas delante de los viajeros que reposan conmovidos delante de un espectáculo grandioso.

TEXTO COMPLETO DEL VIAJE EN “ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS”

DE VUELTA DE LA CUMBRE 

Un en un tiempo famoso profesor de Filosofía, de 
cuyo nombre no quiero ahora aquí hacer men- 
ción, solía empezar su curso coa esta pregunta: ¿qué ve- nimos a hacer? Y acabábase el curso sin que ni él ni sus discípulos supieran lo que habían hecho ni si es que habian hecho algo. Así yo también, al tomar hoy la pluma, en esta mañana del día primero de agosto, me pregunto filosóficamente: ¿qué vengo a hacer? 

La tarea parece fácil. He estado hace pocos días en los altos de la sierra de Gredos, espinazo de Castilla; he acampado dos noches a dos mil quinientos metros de altura, sobre la tierra y bajo el cielo; he trepado el montón de piedras que sustenta al risco de Almanzor, he descansado 
al pie de un ventisquero contemplando elimponente espectáculo del anfiteatro que ciñe a la laguna grande de Gredos, y viendo el Ameal de Pablo levantarse como el ara gigante de Castilla, he convivido un momento con el pastor de las cimas y he recorrido, al bajar, las tierras 
teresianas, pasando mi fatiga del viaje por entre los no- gales de Becedas, donde durante unos meses trató a la santa — a Santa Teresa de Jesús, ¡claro está! — una curandera. Traigo el alma llena de la visión de las cimas de silencio y de paz y de olvido, y, sin embargo, nada se me 
ccurre, lector, decirte de ello. 

Algunos relatos de viajes y excursiones llevo escritos ya, pero he de dejar tal vez en el silencio en que los recoji los sentimientos más hondos que de esas escapadas a la libertad del campo he logrado. No he escrito ni creo eScribiré jamás mis impresiones de Granada, y en Granada 
pasé una de mis quincenas más repletas de vida. Mien- tras viva reposará en el lecho de mi alma, por debajo de la corriente de las impresiones huideras, aquella santa caída de tarde que a principios del dulce mes de setiembre gocé en el Albaicin, todo blanco de recuerdos. Fué un como baño en algo etéreo. Las lágrimas me subían a 
los ojos y no eran lágrimas de pesar ni de alegría; éranlo de plenitud de vida silenciosa y oculta. 
Pero, ¿quién cuenta todo esto? El público, oh lector, quiere cosas concretas, noticias, datos, informaciones. Y yo cada día odio más la información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos allá en las alturas de Gredos, era carecer de diarios, no ¿recibir cartas. 
Hablábamos a la caída de la tarde, descansando al pie de un ventisquero, de cosas impertinentes a aquella grandiosidad que nos rodeaba, y al mentar uno de nosotros a Maura, un pastor que nos oía hubo de preguntarnos: ¿pero no han matado a ese señor? Sorprendidos por la pregunta y recelando no tuviese noticias más frescas que nosotros, le interrogamos y resultó que se refería al ateNtado de que dicho señor fué objeto en Barcelona hace 
más de un año. «Hace tres días que lo he leído en un periódico» — añadió el pastor. Y al despedirnos de él para bajar a los valles en que habitan los hombres con sus mujeres, encontramos !a explicación del caso, pues nos pidió los periódicos en que habíamos llevado envuelta nuestra merienda. Era lo que lela, y la noticia del atentado a 
Maura le llegó por un número de periódico que dejaron allá entre los riscos unos excursionistas. ¡Feliz mortal! Había de estallar una revolución a sus pies sin que él se enterase. 
£1 cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas y aumenta el número de glóbulos rojos, según nos dijo un catedrático de Medicina, pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres. 
¡Qué silenciosa oración allá, en la cumbre, al pie del Almanzor, llenando la vista con la visión dantesca del anfiteatro rocoso! Dábamos una voz y el eco la repetía dos veces entre las soledades. 
Pero hubo que bajar; hubo que bajar a estos valles y llanuras en que viven los hombres en sus pueblos, alimentándose de sus miserias y, sobre todo, de su incurable ramplonería. Bajé, llegué a mi casa y me encontré con el primer volumen de las obras completas de Gustavo Flaubert, que desde París me envía un amigo, rabioso flaubertiano. Contiene este primer volumen la correspondencia del gran hombre desde 1830 a 1850, es decir, desde sus nueve hasta sus veintinueve años. ¡Pobre Flaubert! ¡Qué aguda, qué dolorosamente sintió la estupidez humana! ¡Cómo se dolió el burgués, el buen burgués sa- 
tisfecho de si mismo, que cada mañana, mientras toma su café con leche y su pan con manteca, se informa de las noticias de la víspera! El y Máximo Du Camp, bajando el Nilo, divertíanse en representar el viejo señor inepto, rentero, considerado, en buena posición y de cierta edad, 
y se preguntaban uno a otro si habría sociedad en los pueblos por que pasaban o algún circulo en que se leyese diarios, si se dejaba sentir el movimiento ferroviario, si avanzaban las doctrinas socialistas, si había buen vino, si eran amables las damas, etc., etc. Y este hombre, en cuya alma repercutió más que en la de ningún otro la incurable tontería humana, acabó escribien 'o aquel inmenso libro que se Mama Bouvard et Pecuchet, la más amarga rechifla del progresismo. 
¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? 
Un buen señor que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se consuela pensando —¿pero es que piensa? — que el progreso traerá la felicidad .. ¿a quién? Y luego es tan vulgar... ¡tan vulgar!... 
¡Oh, en aquellas cumbres de Gredos, viendo la puesta del sol, la última novedad, la verdadera última novedad! «Nada hay nuevo bajo el sol», dijo Salomón, una especie de catedrático coronado y harto de leer libros. Pero el pastor de Gredos, si supiese expresarse, diría: «todo es nuevo bajo el sol». Todo es nuevo, si, y cada sol es un 
sol nuevo. 

En aquellas cumbres no recibe uno preguntas, quejas, amonestaciones, reproches. ¡Qué lejos allí del buen señor que no quiere que le digan sino lo que él piensa! 
¡Qué lejos, lector amigo, de esos lectores irritables y descontentadizos, que burlándose acaso de los dogmas llevan enqusstado en su mollera un dogma formidable! 
¿Cómo podría uno soportar esta terca lucha de un día tras otro y un mes y otro mes y uno y otro año, si no hiciera de cuando en cuando una escapada a las cumbres libres o a los abiertos campos? ¿Cómo aguantar a todos esos señores que se nos vienen dando consejos o disparándonos instikos, si no se recrease utio charlando con cabreros, mendigos, gañanes y toda laya^de gente sencilla y a la buena de Dios? 

Y luego en estas ascensiones a las cumbres, en estas escapadas por los campos, se desnuda uno del decorum ) de ese horrendo y estúpido decorum^ y se pone uno el alma en mangas de camisa. Hace anos ya, en un estudio que rae dedicó C O Bnnge, decía que flaqueo en el sentimiento del decorum. Y asi es, me carga eso que los an tiguos romanos llamaban decorum y que no se traduce del todo por nuestro correspondiente decoro. Nada hay más revolucionario que el ponerse el más alto magistrado de una nación a bailar el bolcio tocando las castañuelas. 
Mi mayor odio es al (rae y al sombrero de copa, y no sé cómo Sarmiento, a quien le valió el dictado de loco su poco respeto al decoro convencional, sentía tal superstición por aquella prenda. El decoro es la seriedad de los que están vacíos por dentro. 
Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas! 
Se cuenta cuentos ambiguos o grotescos simplemente sin sentido, se chapuza uno en la infancia. ¡Oh, estas sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. 
Trece volúmenes llevo ya publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis Recuerdos de niñez y de mocedad, donde en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el alma de la niñez. Acaso si a su titulo sencillo le hubiese 
añadido esto: «ensayo de psicología de la infancia», habría tenido algún mayor éxito ese mi pobre y más desventurado libro. Pero eso era profanarlo. Nada de psicoiogiquerias; nada de sociologiquerias, y eso que hay allí 
hasta asomos de sociología infantil. 
¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco», que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progresaras, todos los lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante sociologia. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del valle del Tiétar, Madrigal, Viilaoueva de 
la Vera... Unas montañas nos tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros. 
Y héteme otra vez aqiu después de haberme dado 
cuerda al corazón con el aire libre de las cumbres, héteme otra vez aquí, en la ciudad, en e! vaho de la ramplonería humana teniendo que soportar el que al lado mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de Marruecos o de las cojidas de Vicente Pastor. 
Otra vez a oír comentar durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y co lo será ya 
mañana». 
¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedaote, y añadid: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!» Y yo m¿ quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las distinguirá de las 
ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es !o que me decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro 
porque alguna frase, algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se me pega la música ..» Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto, pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector, me complazco en creer que no 
me pides noticias. Hay otros que te informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto, acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti 
mismo, me doy por pagado. 
Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de 
cultura encierre. Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el water-clos y llévate la cultura en el alma. La civilización no es más que una cáscara 
para proteger las pulpas, el meollo, que es la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería moderna puede muy bien hun- 
dirse ésta. 
Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espiútu, la ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. £1 señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio 
a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel. 
Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con a^ua cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido inventar el hombre enamorado del progreso. Y si 
el que brinda lo hace estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto, lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera reluciente 
y acaso un anillo en un dedo» con una copa de champaña en la diestra y brindando? 
A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, 
claro está, la fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo qoe llaman ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías. 
Figúrate, lector, que e&ta divagación fuese ilustrada con vistas de Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almaozor, el Aoaeal de Pablo, ia choza de un pastor, la laguna vista desde arriba, etc. ¡Cuánto do ganaría esto para los que quieren cosas! 
Y el recurso es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes m los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida, ante todo, del raeoú, y se pone, con una guia ai lado, a 
escribir su viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en que vivo, lucho y rabio. 
Basta ya. Dentro de unos día? me voy con unos amigos franceses a pasar algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida libre. 

MIGUEL DE UNAMUNO
Salamanca, agosto 1911.
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