RELATO DE UN VIAJE A LAS HURDES

RELATO DE UN VIAJE A LAS HURDES

Estampa hurdana en Riomalo de Arriba

La lectura del diario de viaje de Marañón a Las Hurdes en compañía de Alfonso XIII despertó en mí una curiosidad que me impulsó a viajar a esta comarca llena de maravillas. Me llamaba especialmente la atención ese empeño de sabios y políticos por negar lo evidente históricamente hablando, que esta comarca había padecido una miseria que aunque no era excepcional en España ni mucho menos, se negaba siempre despachando la cuestión con un “eso es la leyenda negra de las Hurdes”. No era políticamente correcto recordar esos tiempos pasados aunque todavía cercanos y era curioso que saltando como un resorte todos negaban lo evidente.

Ya conocía ejemplos similares como en aquella ocasión, cuando elaborando el que esto escribe una guía sobre la vía abandonada que discurre entre Talavera de la Reina y Villanueva de la Serena para aprovecharla como recurso turístico, quise hacer ver a los políticos que el nombre que los vecinos de los pueblos cercanos daban a esa vía férrea era el de Vía del Hambre y que así es como yo creía que debía ser denominada. Se llamaba así porque en los años cincuenta había dado trabajo a muchos obreros de los pueblos por donde discurría pero los padres de la patria se negaron a que la vía llevara ese nombre, como si fuera un baldón, un oprobio para los vecinos. Finalmente se le puso el nombre de Vía Verde de La Jara, un nombre que sinceramente creo tiene mucho menos gancho para el turista.

Pero quizá no tenga mucha importancia porque en general quienes recorren hoy esas vías y rutas son en la mayor parte de los casos aprendices de vigoréxicos que se les da una higa que en su camino halla artesanía, pinturas rupestres o minas de oro en los que curiosear. Lo importante es el tiempo invertido en realizar el recorrido.

Una de las modestas casas hurdanas tradicionales

Así que quise ver con mis propios ojos lo que podía quedar de lo que describían Unamuno, Maurice Legendre o Antonio Ferres y me dirigí hacia Las Hurdes. Recorriendo los accesos hasta la comarca en sus pueblos más altos voy observando desde la cómoda aunque curvilínea carretera los preciosos senderos que, paralelos a los ríos y arroyos me recuerdan que Alfonso XIII llevaba guías en su expedición para adentrarse por aquellos vericuetos. Como aquel que cuando el ministro de la gobernación pidió café con leche, el “sherpa” real contestó que aunque no había en una distancia importante una sola vaca y siendo las pequeñas cabras hurdanas poco productoras del lácteo y ministerial capricho, él se lo conseguiría. Volvió al poco con la leche y cuando el jefe de todos los guardias y policías del solar patrio la degustaba fue sabedor por boca del guía de que la leche era de su propia mujer y el prócer comenzó a dar tales arcadas y hacer tales aspavientos que asustó a toda la comitiva real afeitándose luego sus largos mostachos que creía contaminados. Otro tabú más, pues al ser humano le produce más repugnancia la leche de mujer que la de cáprido por ejemplo.

Pizarra sobre pizarra fueron trazando año tras año, siglo tras siglo esos senderos encantadores que suben y bajan entre enebros y jarales. Dan ganas de recorrerlos todos aunque solo sea por prolongar el uso de algo que tantos afanes costó a aquellas gentes descalzas que aparecen en las conmovedoras fotos de los años veinte.

Rincón hurdano

Pendientes que sobrecogen y que hacen recordar al curioso cómo habían de trasponerlas los que iban a enterrar a sus difuntos, como recrea Buñuel en su Tierra sin Pan, o los que simplemente querían ver a un familiar o a la novia en otro valle.

Y  esas terrazas tan pintorescas que se elevan comiendo terreno las laderas de piedra, fertilizándola con idas y venidas para coger el humus de las madroñeras y hasta el último pedacito de materia orgánica que pueda enriquecerlo, como cuenta el antropólogo Legendre que tanto amó a esta tierra. Y algo queda todavía de aquella agricultura heroica porque al iniciar un camino hacia el río Hurdano veo como un abuelete encorvado recoge tres hojas de higuera ya caídas y las coloca con un poco de paja que corta de la cuneta con sumo cuidado y lo deposita todo junto al tallo de un solitario cerezo plantado en una minúscula terracilla de altos muros a la que se accede por una empinada y rústica escalinata de lanchas de pizarra.

Quedan todavía por aquí y por allá retazos de aquella vida al límite de unas gentes generosas. Busco a alguien que me venda unas cerezas, lo pregunto en un bar de El Gasco y uno de los paisanos que están en la barra sale aprisa del establecimiento, yo supongo que va a avisar a alguien que pueda vendérmelas, pero al cabo de unos momentos vuelve con una bolsa de la que asoman las hojas de las cerezas recién cogidas. Me las tiende con una sonrisa y cuando le pregunto qué le debo:

-Ná, lo que hace falta es que le gusten a usté.

Gran meandro del Alagón en Riomalo de Abajo

Lo mismo me sucedió cuando dos días después visité La Huetre, otra de las aldeas que mejor conservan el aire hurdano. Dos ancianas jubiladas conversan a la solana.

-Somos como hermanas. Siempre que pasa por aquí echa un vistazo para ver que no me he muerto. Pero no me saque retratos con la máquina, que a mí me da lo mismo, pero si le ve mi hijo se va a enfadar- le dice a uno de mis compañeros.

Comprendemos que los hurdanos están hartos de los turistas de la miseria que vienen todavía buscando unas Hurdes que ya no existen pero de las que sí quedan pistas y retazos, como la arquitectura popular, esas viviendas que eran calificadas como zahúrdas por los escritores de comienzos del siglo XX. Aquello conjuntos de viviendas primitivas que parecían caparazones de tortugas prehistóricas tendidas sobre las laderas todavía pueden verse en agrupaciones repartidas por algunos rincones de las aldeas. Observamos un grupo de ellas totalmente desprovistas de sus tejados de pizarra que enseñan sus vigas pudriéndose a la intemperie.

-¿Qué ha pasado con el techo de esas casas, con lo bonitas que son –pregunta mi compañero.

-Vino un señor que las compró muy baratas diciendo que iba a hacer unas casas rurales de esas. Vino un día con camiones y se llevó todas las pizarras y no volvimos a saber de él.

-¿Pero no dijeron nada las autoridades?

-Hubo quien protestó, pero ahí las tienen ustedes, echas una ruina.

– Con lo que habremos pasao en esos cuchitriles dice la otra mujeruca

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3 thoughts on “RELATO DE UN VIAJE A LAS HURDES”

  1. Hola Miguel.
    ¿Podrías indicarme que tipo de construcción es la que se puede ver en la primera imagen donde sale el burro?
    Gracias.
    Es que hace poco pude encontrar cerca de Talavera una construcción similar ya en ruinas y no llego a deducirlo.

    1. Es una casa hurdana tradicional aunque más grande que las antiguas que eran auténticos cuchitriles. es posible que te suene porque la arquitectura de pizarra tiene ciertas similitudes con la arqitectura popular de La Jara

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