LO QUE QUEDA DE LAS REALES FÁBRICAS DE SEDAS

LO QUE QUEDA DE LAS REALES FÁBRICAS DE SEDAS

El único edificio que todavía queda en pie del complejo de las Reales Fábricas, los llamados "molinos Nuevos" El único edificio que todavía queda en pie del complejo de las Reales Fábricas, los llamados “molinos Nuevos”

La Real Fábrica de Sedas de Talavera de la Reina languideció sin  su director y fundador Juan Rulière hasta su cierre definitivo en 1851, sufriendo el deterioro  sus instalaciones, especialmente durante la invasión de las tropas francesas y la famosa batalla de Talavera. El rey José Bonaparte, a su paso por la ciudad a la cabeza del ejército francés, se alojó durante tres días en la Casa del Director de las Reales Fábricas que también construyera Juan Rulière.

Fachada de la fundería de las Reales fábricas que hoy es portada del cuartel de la Guardia Civil
Fachada de la fundería de las Reales fábricas que hoy es portada del cuartel de la Guardia Civil

Después de la Guerra Civil, la Casa de la Hilanza fue utilizada como cárcel, donde se hacinaron más de tres mil presos republicanos. Hoy ocupa su solar un instituto de enseñanza secundaria.

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Escudo de las Reales Fábricas en el muro oriental de la ermita del Prado

La portada de la casa de la hilanza es actualmente la del Cuartel de la Guardia Civil y la casa de los molinos nuevos es el único edificio fabril que se mantiene en pie. En el exterior de la Basílica del Prado, en el muro de la cabecera se encuentra encastrado un blasón granítico de la fábrica, y en el interior se custodian mantos de la Virgen donados por ella, además de los tejidos que en palacios de toda España y especialmente de Madrid y Aranjuez son muestra de la perfección que llegaron a alcanzar las “telas ricas” de Talavera mientras don Juan Rulière dirigió las Reales Fábricas.

Casa del Tinte de la seda en el barrio de la Puerta de Cuartos Casa del Tinte de la seda en el barrio de la Puerta de Cuartos

A continuación podéis ver una serie de rótulos del callejero relacionados con las reales fábricas de Seda. Y en otra entrada mostraremos documentos gráficos de las antiguas Fábricas de Seda.

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UNA YEGUA DEMASIADO BARATA. otra causa criminal de la santa hermandad

UNA YEGUA DEMASIADO BARATA (1733)

Una nueva causa Criminal de la Santa Hermandad de Talavera que relata uno de los muchos delitos “famélicos”, delitos ocasionados por la pura miseria de los campesinos en el siglo XVIII

Rollo de La Puebla de Naciados, donde se desarrollan parte de los hechos Rollo de La Puebla de Naciados, donde se desarrollan parte de los hechos

Diego Pérez estaba cansado de rodar. Desde los ocho años andaba de lugar en lugar trabajando en lo que buenamente podía para subsistir. Salió de Carmena, el pueblo donde nació, y estuvo guardando viñas por tierra de Vallecas cuando comenzaba a tener uso de razón. Cuando su bigote era apenas una pelusa negruzca entró a servir al Rey en el Regimiento de Navarra  de donde, harto de ser soldado, se fugó.

Dando tumbos vino a servir a un hortelano de Pueblanueva que apenas sacaba para comer él y su familia, pero le dejaban dormir en el pajar y tenía un poco de pan y cebolla para ir tirando. Su siguiente destino fue La Puebla de Naciados, cerca de Caleruela. Era una villa que sólo tenía de villa el rollo que presidía la plazuela formada por las cuatro casas que quedaron cuando una plaga de termitas arruinó todos los tejados. Allí sirvió siete años al sacristán de un pueblo sin feligreses y a un jerónimo del monasterio de Yuste que vivía allí cuidando de sus propiedades. Luego se fue a Calzada de Oropesa y encontró una mujer que le quiso por lo poco que era y fueron sobreviviendo los dos trabajando en lo que salía. Al final resultaba que lo que mejor sabía hacer a sus cuarenta y cuatro años de vida era trocar caballerías y dedicarse al trato de cualquier clase de animal. Cuanto había rodado para acabar viviendo de un oficio que los gitanos dominaban como nadie.

Llanuras de campo Arañuelo con Gredos al fonde

Llanuras de campo Arañuelo con Gredos al fondo

Aquel día, volvía de Madrid de uno de esos trapicheos y se desvió un poco del camino a la altura de Cazalegas asomándose al valle del Alberche. Era diciembre y se resguardó de la brisa fría del atardecer sentándose detrás de un chaparro. Abajo, entre los álamos, pastaban las ovejas de la cabaña de los jesuitas de Segovia que todos los años bajaban para aprovechar las hierbas de invierno en la Dehesa de Cazalegas. El mayoral y dos rabadanes se esforzaban en sacar a dos ovejas que habían caído al río impidiéndolas volver a subir a la orilla unos zarzales. Diego pensó que era el momento, ya lo había hecho otras veces y no le había sucedido nada. ¿Porqué resignarse a tanta miseria?, a los jesuitas seguro que no les hacía falta esa yegua blanca apartada del resto de las caballerías y que además estaba preñada. Bajó entre los chaparros y los enebros de la barrera, ató al animal una cuerda por el pescuezo, montó a pelo y, cuando el sol se ponía detrás de Talavera, ya estaba lejos de los segovianos.

Pero una yegua blanca preñada y tan hermosa, aunque no tenía hierros ni cortes en las orejas, sería identificada con facilidad si se emprendía su persecución. Después de dejarla unos días en la dehesa de La Calzada, entre los alcornocales más apartados, pensó que sería más fácil deshacerse de ella alejándose de un lugar tan transitado por los serranos que iban y venían por la cañada. Tenía que venderla rápidamente, se alejaría hasta las sierras de Guadalupe

Esa tarde llegó a Castañar de Ibor, y pronto se dio cuenta de que una yegua era una mercancía demasiado valiosa para las humildes economías de aquellos cabreros y colmeneros. Había llegado a ofrecerla por un precio casi ridículo, por un burro, una lechona y cuarenta reales. No le gustaba cómo le había mirado aquel hombre que intentaba adivinar su rostro bajo el ala de la montera negra. Por eso no le extrañó cuando esa misma noche le hicieron preso en nombre de la Santa Hermandad, le pusieron una cadena y le encerraron en la cárcel del lugar.

Chozo de pastor en Castañar de Ibor

Su historia no había convencido, aunque añadió detalles que adobaban el cuento, como que la yegua era hermana de otra de un sacerdote de Herreruela que había perdido el juicio. Respondió al cuadrillero que la había cambiado por un caballo y veinticinco reales para, después, trocarla por dos burros que le venían aparentes para su trabajo de arriero. Los tiritones de frío le mantenían despierto en el cuartucho que hacía de cárcel en El Castañar de Ibor. Durante la noche pasada en vela pensó que había metido la pata, que preguntarían a los vecinos de Herreruela y sus embustes quedarían al descubierto. Así que, a grandes voces, llamó nervioso al carcelero para hacer una nueva declaración al cuadrillero de la Hermandad pero se trataba de otra de sus inconsistentes versiones. Dijo que la yegua había sido abandonada por unos trashumantes en la dehesa de La Calzada y, como había transcurrido mucho tiempo sin aparecer el dueño, el guarda se la regaló. Puesto que, según él, esta era la verdad, pedía que se le dejara libre y que la yegua se entregara al mostrenco, pues le correspondía al no haberse hallado el dueño. Visto que tampoco creyeron el nuevo relato de los hechos, esa noche, forzando el pedal de la cadena, se fugó.

El ladrón de ganado fue a refugiarse a una cabaña de pastores junto a Puebla de Naciados. La sola presencia de los cuadrilleros hizo quebrar de inmediato en los vecinos los más leves conatos de encubrimiento y su escondite fue descubierto al día siguiente de su fuga. Lo primero que hicieron fue embargar todas sus propiedades, una nueva confiscación de la miseria que en la enumeración de los modestos bienes iba pintado una vida sin alegrías:

El ladrón se ocultó en la dehesa de La Calzada

Cuatro morcillas, un poco de longaniza y su bondejo, una hoja de tocino, una sartén, una almohada con su lana, una manta vieja, una sábana más que demediada, unos fajones, una faja de paño y una camisa de lienzo. No le quedaría nada y debería dar gracias si no le condenaban a presidio, robar una yegua era un acto muy grave entonces. Un delito de gitanos, pensó él, pero un gitano jamás se hubiera dejado coger por el precipitado error de pedir un precio demasiado barato por una yegua blanca.

Causas Criminales de la Santa Hermandad. Archivo Municipal de Talavera

Miguel Méndez-Cabeza

LA GUERRA DE LOS TRES PUENTES

LA GUERRA DE LOS TRES PUENTES

Puente del Arzobispo Puente del Arzobispo

Rodrigo acompañaba a sus carretas que traían desde la sierra largos troncos de madera. Servirían para montar las cimbras del puente que el arzobispo Tenorio había ordenado construir sobre el Tajo. El camino había sido largo desde El Arenal y la cañada que habían seguido se había convertido en un auténtico barrizal más difícil de transitar según se aproximaban  a Alcolea. Los bueyes ya no podían más pero esta vez no tendrían que vadear el río con la crecida ni pasar en las frágiles barcazas. Todavía recordaba a su amigo Sancho, ahogado en el río cuando se espantaron los caballos y volcaron la barca en la corriente fría de febrero hacía siete años. Ahora el puente que se construía serviría para evitar tantos trabajos e infortunios y además ayudaría a los miles de peregrinos que acudían a visitar el lugar donde se había aparecido la Virgen, en la dehesa de los Guadalupes.

El puente de Pinos, un poco más arriba de Azután era de madera y las ,últimas riadas lo habían destrozado. El puente de Talavera estaba muy alejado y obligaba a los viajeros a transitar por los inseguros montes de La Jara, arriesgándose siempre a ser asaltados por los golfines y gentes de mal vivir que frecuentaban los desiertos del otro lado del río.

Plano del proyecto de navegación del Tajo de Carducci del siglo XVII . Aguas arriba se situaba el Puente de Pinos, próximo al muro del embalse del mismo nombre Plano del proyecto de navegación del Tajo de Carducci del siglo XVII . Aguas arriba se situaba el Puente de Pinos, próximo al muro del embalse del mismo nombre

Picapedreros, albañiles y caballerías se afanaban mientras, desde la otra orilla, los criados de las monjas de San Clemente de Toledo que vivían junto a la torre de Azután miraban la obra con cara de pocos amigos provocando a los obreros con gestos y risotadas. El monasterio estaba presionando en la corte para evitar que don Pedro Tenorio levantara el magnífico puente que ya tenía labrados de buena sillería todos los ojos menos el central. El ganado y los peregrinos ya no cruzarían por el frágil puente de Pinos y el convento dejaría de percibir los jugosos beneficios que le reportaba.

Rodrigo ordenó descargar los troncos y llevar a los bueyes a beber. Entre los álamos de la orilla comenzaron a encenderse las hogueras junto a las tiendas de los obreros. Al cabo de un rato empezó a sonar la música y a correr el vino. Mañana era domingo y podrían descansar después de una semana de trabajo duro. Un calderero se acercó al grupo en el que cantaban Rodrigo y sus hombres.

-¿Pueden vuesas mercedes darme un trago? Al pasar he oído las voces y he creído que era fiesta en alguna aldea pero, por el barro de sus vestidos, más creo que andan de faena.

-Siéntese, y celebre con nosotros que en unas jornadas acabaremos el arco mayor del puente del Arzobispo.

-Pero ¿Qué puente es ese? Muchas veces he cruzado en barca el río por este lugar para vender mis calderos en las aldeas de La Jara y nunca escuché hablar de puente alguno.

Un hombre desdentado y con nariz de borrachín se levantó con el vaso de madera de sauce en la mano y dijo:

-Pues yo he de contaros su historia pero habréis de alañarme una tinajilla donde guardo el vino y que no ha mucho se rajó.

-¡Sea! Contestó el forastero.

-Pues dicen que en cierta ocasión bajaban las aguas bravas. Tanto que se habían llevado con la crecida algunos ojos del puente de Talavera y los tablones del puente Pinos. El arzobispo tenía que cruzar sin falta el río para acudir a las granjerías que su madre le dejó en herencia por estas tierras. Esperó varios días pero las aguas seguían bajando altas. Al cruzar, un remolino hizo casi zozobrar la barca y, al sujetarse el prelado en la pértiga del  barquero para no caer al río, su anillo se hundió en las aguas. Era una joya magnífica con un rubí del tamaño de un huevo de gorrión que le habían regalado los judíos de Toledo. Tan disgustado quedó su eminencia por la pérdida, que ofreció una bolsa de monedas al mozo que consiguiera sacarlo del fondo del Tajo. Muchos lo intentaron en los días siguientes pero no consiguieron encontrarlo aunque ya sabéis que el agua de este río si no hay riada es como un cristal.

Cuando volvió el Arzobispo al cabo de unos meses y preguntó por su anillo. Unos pastores le dijeron que había sido imposible encontrarlo por más que hasta los zagales se sumergían en las pozas gritando  ¡A por el anillo del obispo!

Pues escuchad pastores -dijo el arzobispo Tenorio- Sed testigos de mi promesa: Si el anillo volviera a mí, he de construir un puente por el que ganados, peregrinos y viajeros crucen el río sin los trabajos con que ahora lo hacen.

Pasaron dos años y cuando el Arzobispo se disponía cierto día de primavera a comer en sus casas de Alcolea, ordenó le sirvieran uno de los grandes barbos del Tajo que tanto le gustaban y que se pescaban en el canal del molino de las monjas de Azután. Al abrir el pez las cocineras comenzaron a gritar y a reír pues entre las tripas brillaba el rubí. Conmovido por el hallazgo y considerándolo milagro de la Virgen de Guadalupe, esa misma noche ordenó que se comenzaran los trabajos para hacer un puente en el paraje donde había perdido su anillo.

¡Vive Dios!, que es hermosa la historia -dijo el calderero- pero mis viajes por toda España me han enseñado que ni nobles ni prelados levantan una paja del suelo si con ello no han de sacar para llenar de rubíes mil de mis calderos.

Puente de Talavera en el dibujo de Van der Wingaerde del siglo XVI Puente de Talavera en el dibujo de Van der Wingaerde del siglo XVI

Rodrigo soltó una sonora carcajada diciendo:

-Razón tenéis amigo que muchos maravedíes cruzan por encima de los puentes y ya mi abuelo me contó que desde Talavera vinieron en sus tiempos gentes del concejo para tirar a las monjas el suyo y hasta hubo sangre, pues muchos dineros perdía la villa. Ahora toman las reverendas madres la misma medicina con el puente del Arzobispo.

UN PASEO A LA FORTALEZA DE CASTROS

Un paseo a la Fortaleza de Castros

Puerta norte de la fortaleza de Castros Puerta norte de la fortaleza de Castros

Desde Puente del Arzobispo nos acercaremos en un agradable paseo ribereño hasta otro de los enclaves árabes que defendían la línea fronteriza del río Tajo. Menos conocido que la ciudad de Vascos pero situado en un lugar también muy pintoresco y con una población de menor entidad que ella y no amurallada como el famoso yacimiento del río Uso.

Se trata de la fortaleza musulmana de Castros que, aunque se encuentra en término del jareño pueblo de Villar del Pedroso, es más accesible desde aquí. Los lugareños conocen el paraje como “La Muralla” y para ir hasta allí tomaremos un camino que sale inmediatamente a la izquierda del propio puente del Arzobispo, discurriendo por la ribera del río.

Desde esta orilla tenemos una bonita vista de la villa con el puente, los molinos y el caserío. Después de andar unos dos kilómetros, tropezamos con la desembocadura del río Pedroso, que se despeña en cascada sobre el Tajo en un hermoso paraje. Una curiosa leyenda dice que una mora que vivía en el castillo que vamos a visitar, despechada por mal de amores, se arrojó desde estas alturas al río y todavía se la puede ver saltando y se escuchan sus lamentos en las noches de luna del día de San Juan.

Tajamares del puente árabe bajo la fortaleza de Castros Tajamares del puente árabe bajo la fortaleza de Castros

Justo en el codo que hace el río Pedroso antes de su desembocadura, se observan sobre el cauce los restos de un batán, con cuyos beneficios dejó también estipulado el arzobispo Tenorio que se financiaran los hospitales de Puente. Siguiendo el cauce del riachuelo nos encontramos con el bonito conjunto que forman un puente y un molinillo de ribera. En la elevación situada entre los dos ríos se sitúa la fortaleza que formaba, junto a las de Vascos, Espejel, Alija, Azután, Canturias o Talavera, una fuerte línea defensiva destinada a impedir que los cristianos atravesaran la frontera natural del Tajo en su avance hacia el sur.

En este caso nos encontramos ante una alcazaba con un poblado alrededor, sin contar en este caso con el amurallamiento que rodea al caserío en la Ciudad de Vascos pero que, como se deduce por sus características constructivas, también se levantó entre los siglos IX y XI por las aguerridas gentes bereberes con las que los árabes repoblaron estas orillas. La vista desde sus murallas es impresionante y vemos al río Tajo que discurre por terreno quebrado con su cauce cortado por las azudas o presas que llevaban agua a los molinos, como las aceñas del Conde de Oropesa, un gran edificio que se contempla algo más abajo de esta fortaleza Castros. Parece que este castillo tenía también como misión la defensa de un puente que se encuentra a sus pies y del que se mantienen todavía los tajamares. Río arriba se ven en la otra orilla los arruinados molinos de Calatravilla y más arriba aún, los molinos de Puente del Arzobispo y su presa.

Torre fuerte interior y murallas de la fortaleza de Castros Torre fuerte interior y murallas de la fortaleza de Castros

La puerta principal es la que da al norte y es la que mejor se conserva con sus dos torres de arquitectura califal que la flanquean. Hay también una arruinada torre fuerte central con una puerta y buena sillería y varios lienzos bien conservados de muralla con varias torres que lo refuerzan.

Sobre la misma loma del castillo pero más al este se ven restos de una atalaya  y algunas otras estructuras que reforzaban la defensa.

Molinos de Calatravilla, frente a la fortaleza de Castros

MUSEO DE LOS HORRORES: BLANCANIEVES Y EL PRÍNCIPE VALIENTE

MUSEO DE LOS HORRORES:

BLANCANIEVES Y EL PRÍNCIPE VALIENTE

Escultura dedicada a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan Escultura dedicada a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan 

Los políticos españoles y especialmente los de nuestra ciudad tienen entre sus muchas cualidades  la de ser omniscientes, saben de todo sin saber de nada y así nos va.

Y digo esto porque recientemente se ha plantificado una escultura que representa a Fernando de Rojas autor de La Celestina, segunda obra más universal de las letras españolas después de El Quijote.  Y la escultura en sí, de cuya ejecución no tengo nada que decir, parece más bien representar a un príncipe de las armas que a un príncipe de las

Una ilustración que representa a Fernando de Rojas como bachiller en una de las primeras ediciones de La Celestina Una ilustración que representa a Fernando de Rojas como bachiller en una de las primeras ediciones de La Celestina

letras, con sus botas de cosaco y su espadón pero vestido con una indumentaria más militar que de Bachiller, título por el que se conoce a nuestro alcalde, ilustre escritor y hombre de derecho. Tiene un parecido razonable con el dibujo moderno que representa a Rojas en la Wikipedia. Esta escultura no hubiera estado mal tal vez para representar a  algún conquistador como por ejemplo Francisco de Aguirre, pero no a Rojas

Si se hubieran documentado mínimamente habrían buscado vestiduras más apropiadas como lo hizo el ayuntamiento de La Puebla de Montalbán, localidad donde nació.

Monumento a Fernando de Rojas en La Puebla de Montalbán Monumento a Fernando de Rojas en La Puebla de Montalbán

Ambas representaciones son mucho más adecuadas que la escultura del príncipe valiente que se ha puesto sin pedestal en la Plaza del Pan.

Para justificar el petardo dicen sus defensores que debe ser muy bonita porque la gente se hace fotos junto al bronce. pero es que si ponen una escultura de un pitufo, los entusiastas viandantes se harían igualmente millones de instantáneas para la posteridad.

[Escultura que representa a la reina María de Portugal en la Puerta de Cuartos de talavera Escultura que representa a la reina María de Portugal en la Puerta de Cuartos de talavera

Y para que no digan que mis críticas van dirigidas solo a este equipo de gobierno, también traigo a esta reina María de Portugal que gobiernos municipales anteriores perpetraron en la Puerta de Cuartos, donde se representa una escultura hecha con lo que parece fibra de vidrio, y que con sus mofletes, su moderna y rizada melena y su corona descomunal, parece más bien un personaje de alguna película de Walt Disney, Blancanieves  o similar.

LAS PRESAS DE LOS MOLINOS DE AGUA (y2)

Segunda parte del capítulo referido a las presas molineras de mi libro agotado “Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo”

Desviación del agua hacia un canal molinero en el río Arbillas, en Gredos

La fábrica y reparación de estas grandes presas se realizaba durante el estiaje, hincando estacas de unos quince centímetros de diámetro en el fondo del cauce. Se dejaba entre ellas una distancia de entre veinticinco y cuarenta centímetros, a continuación se clavaban tablas de trabazón de estaca a estaca y se iban volcando piedras con carros y caballerías aguas arriba de esta armadura de madera. En otras ocasiones era la simple acumulación de bloques de piedra la que formaba el núcleo de la presa. En algunos grandes molinos del Tajo como el de los Rebollos en Valdeverdeja todavía se pueden observar en la misma orilla las canteras desde donde se dejaban caer los peñascos al río.

La capacidad de estos azudes varía entre los 0,1 y los 3 hectómetros cúbicos. Al encontrarse en grandes ríos se sitúan en disposición más o menos oblicua con respecto a la corriente para evitar mayores desbordamientos y los posibles daños ocasionados por las crecidas. La función de estas grandes presas es accionar las aceñas o los molinos de regolfo ya que los molinos de rodezno, situados en los pequeños arroyos, precisan de menor cubicaje, alrededor de 0,2 hectómetros cúbicos.

Presa o azud semiderruido por la corriente, que da servicio al molino de los Capitanes en el Tajo a su paso por Valdeverdeja

Como quiera que hay cierta confusión con la terminología que hace referencia a estas presas, diremos que su nombre es en realidad azud y que las palabras azuda, zuda o zua se refieren más bien a las ruedas elevadoras de agua aunque, por extensión, se denomine así también a las presas que las alimentan, tanto en el caso de que sirvan a esas ruedas como a otros artificios como molinos, batanes, lavaderos etc. Muchas de estas presas se destinaban desde la antigüedad a cañales de pesca y de ahí que al azud también se le conociera con el nombre de pesquera.

Plantas, sección y partes de una presa molinera según se explica en el texto Plantas, sección y partes de una presa molinera según se explica en el texto

Casi todas estas grandes presas han sido utilizadas y reutilizadas desde la Edad Media y muchas de ellas se han adaptado en la actualidad para abastecer a centrales eléctricas, tanto por ser obras de sólida factura , como por estar situadas en los lugares topográficamente adecuados. Es el caso de antiguas presas molineras como Valdajos, Cebolla, Puente Viejo de Talavera, Ciscarros, Sacristanes y varias de la ciudad de Toledo, entre otras.

También se ha dado el caso de que se adaptaran para movilizar las turbinas que durante el siglo pasado y comienzos de éste accionaron las fábricas harineras, por ejemplo las máquinas de Monteagudo sobre el Tiétar en Oropesa  o diferentes industrias impulsadas por energía hidráulica como la alpargatería situada junto a la presa de los molinos de Abajo en Talavera de la Reina.

Además de esta primera división en grandes y pequeñas presas podemos establecer otra tipología en función de su orientación respecto a la dirección de la corriente (fig. 8).

Perpendiculares: Son más frecuentes en pequeños caudales pues al ofrecer una mayor resistencia son de más fácil ruina.

Oblicuas: Adaptadas a corrientes caudalosas para no ocasionar en las crecidas reboses excesivos gracias a su mayor longitud, evitando así perjuicios a la obra de la presa e inundaciones al molino. Son con mucho las más frecuentes y las que más se corresponden con la denominación de azud.

Paralelas: Son muy raras y aprovechan un codo del arroyo para conducir la corriente por un canal que seguirá artificialmente la misma dirección que tiene el arroyo antes del codo natural (fig. 8d). Son ejemplo de este tipo las presas de algunos molinos de rodezno como Marrupejo 3, Bárrago 1 y Saucedoso 5.

Aún podemos hacer una última clasificación de las presas según su planta en presas rectas o de gravedad y curvas o en arco. Las primeras mantienen retenidas las aguas por el propio peso de la mampostería, mientras que las segundas, por su diseño curvo, hacen cargar las líneas de fuerza sobre pilares laterales de las orillas o sobre contrafuertes situados más o menos a mitad de su recorrido. Seguimos en esta tipología a Fernández Casado[1].

Las presas molineras con respecto a la dirección de la corriente como se explica en el texto Las presas molineras con respecto a la dirección de la corriente como se explica en el texto

En realidad la mayoría de las presas tienen estructura mixta gravedad-arco, gravedad-contrafuerte y arco-contrafuerte e incluso en otras ocasiones son de planta absolutamente irregular o quebrada por distintas readaptaciones o por la necesidad de anclaje en diferentes islotes, como en el caso, por ejemplo, de la presa de los molinos de Abajo de Talavera.

Puede también darse el caso de que no exista presa y que se aproveche íntegramente todo el caudal, previamente canalizado, de un determinado río cuyas aguas discurren bajo el edificio del molino que se apoya en ambas riberas (fig. 9A). Es el caso de la mayoría de los molinos manchegos de regolfo sobre los ríos Cigüela y Riansares.

La presa tampoco es absolutamente necesaria cuando se utiliza la desviación natural o artificial de una parte del caudal fluvial hacia un brazo de río que ha sido ocasionado por una isla que divide el cauce, aprovechándose casi siempre el ramal por el que la corriente es de menor cuantía.

En Talavera por ejemplo, se incrementa con la presa de Palomarejos la corriente que discurre al sur de la isla del Chamelo (fig. 9E). En Malpica, el molino de Corralejo se situaba junto a una isla similar. Cerca de Toledo, frente al paraje de San Bernardo, existen ruinas de un molino que también aprovechaba la corriente que circunda el islote pero con la presa situada a la misma altura del río que el propio edificio del molino (fig. 9D).

Otro tipo particular de presa es la del molino del Estanco en Riofrío (fig.9C) que se sitúa en la misma desembocadura de este afluente del río Uso y que aprovecha todo su caudal con dos cubos adosados al muro. La presa se ha construido perpendicular a la dirección de la corriente obstruyendo completamente el cauce del Riofrío antes de desaguar en el Uso.

Las presas ocasionaban continuos trabajos a los molineros por su encenagamiento, oclusión de compuertas y fracturas de la obra. Era muy  importante que se construyeran de forma que el remanso ocasionado no llegara a inundar el cárcavo y el socaz del anterior molino impidiendo así el correcto funcionamiento de los rodeznos. Tampoco podían perjudicarse las corrientes y caudales de los hortelanos ni las zonas de abrevadero del ganado. Referencias muy abundantes a todos los pleitos generados por estas circunstancias pueden encontrarse en la documentación histórica que alude a los molinos.

Era frecuente que el remanso producido por la presa molinera se aprovechara para la instalación de una barca que facilitaba el paso a los clientes del molino y a otros viajeros. Es por ejemplo el caso del molino del Barquillo en Valdeverdeja, el de Ciscarros en Aldeanueva de Barbarroya o el de Cebolla.

En los años de 1641, 1755 y 1828 se hicieron diferentes reconocimientos del río Tajo con motivo de estudiar la viabilidad de los correspondientes proyectos de navegación encargados por los regentes de la época a sus respectivos ingenieros Carducci, Simón Pontero y Cabanes. En estos proyectos se reflejan los accidentes del río que pueden obstaculizar el paso de las embarcaciones aportándonos datos preciosos sobre las presas y la molinería  en el trayecto fluvial comprendido entre Toledo y la frontera con Portugal[2]. Se señalan en el recorrido ochenta y seis presas de las que treinta y ocho estaban arruinadas. Cincuenta y tres del total pertenecían al tramo del río comprendido en la actual provincia de Toledo.

 

[1] FERNÁNDEZ CASADO, C.: Ingeniería Hidráulica Romana.. Madrid,1983.

 [2]  Corografía del río Tajo: Proyectos de navegación del río Tajo a que corresponden los reconocimientos puestos a continuación:

11.- Año de 1641, proyecto de Carduchi y reconocimiento de Martelli.

21.- Año de 1755, proyecto de Simón Pontero y reconocimiento de Briz -Simó.

31.- Año de 1828, proyecto de Cabanes y reconocimiento de Marco Artú

Cuadserno con la copia de los tres proyectos cedido para su consulta por la Excma Diputación de Toledo.

LAS PRESAS DE LOS MOLINOS DE AGUA (1)

III.- DESCRIPCIÓN DEL MOLINO DE AGUA

Ya hemos visto cómo lo que básicamente consigue un molino es aprovechar una determinada elevación del agua – mantenida por un canal – desde una presa río arriba, para que al caer el agua por la fuerza de la gravedad mueva la rueda de nuestro artificio (fig. 5).

Partimos de la estructura del molino de rueda horizontal o rodezno para explicar este mecanismo, ya que se trata del más frecuente con mucho en nuestros ríos y arroyos. Es además el modelo más sencillo a partir del cual explicaremos las peculiaridades de otros tipos de molino.

        

Presa de un molino de agua en el río Huso. Trazado muy irregular construido con pizarras y cuarcitas rodadas Presa de un molino de agua en el río Huso. Trazado muy irregular construido con pizarras y cuarcitas rodadas

LAS PRESAS

Lo primero que necesitamos en la construcción de una instalación molinera es retener el agua en un punto del cauce con una altura determinada y desviar ese agua hacia un canal cuya misión es mantener ese nivel hasta llegar al edificio del molino. Ambas cosas se consiguen mediante la presa que podemos definir por tanto como un obstáculo fijo, opuesto a la corriente y que embalsándola con elevación de nivel produce un remanso[1].

Se sitúan estas presas en lugares topográficamente favorables para su construcción como es el caso de estrechuras del cauce, elevaciones del fondo del río o lugares donde la existencia de rocas laterales o un fondo firme y berroqueño del río permitan un mejor anclaje de la estructura. Se buscan sobre todo pérdidas de nivel de la corriente lo más bruscas posible, de forma que consigan hacer ganar  desnivel al canal en un corto recorrido para ahorrar así esfuerzo en su excavación. Es el caso de los molinos situados junto a las cascadas y chorreras de los arroyos.

Para la construcción de presas se huye en general de los terrenos arenosos con gran filtración. También se intentan evitar los tramos de cauce fluvial muy anchos que hacen necesaria la construcción de presas de gran longitud, más frágiles ante las avenidas y que se colmatan de sedimentos más fácilmente. Se precisa además no trazar los azudes en perfiles topográficos de escasa pendiente porque conllevarían canales demasiado largos. Aunque hay excepciones, como es el caso de las zonas donde ese mismo canal se aprovecha para regadíos ribereños y la utilización para este fin hace más rentable su excavación.

Presa de los molinos de los Sacristanes reutilizada para una central eléctrica. Obsérvese la disposición de los bloques graníticos ajustados como granos de granada Presa de los molinos de los Sacristanes reutilizada para una central eléctrica. Obsérvese la disposición de los bloques graníticos ajustados como granos de granada.

Las presas se fabricaban con esmero aunque la pobreza de los antiguos materiales disponibles y la, generalmente, modesta condición económica de los molineros influía en la precariedad de estas construcciones, salvo en las más potentes aceñas y molinos del Tajo. A estas circunstancias se unía el régimen semitorrencial de muchos de nuestros arroyos y riachuelos serranos que presentaban en invierno avenidas importantes que ayudaban a su destrucción, obligando a frecuentes reparaciones de mantenimiento. En la actualidad quedan pocas de estas presas completas, existen numerosas referencias históricas a destrozos de las riadas y a las obras necesarias para su reparación, principalmente en la documentación existente sobre los molinos de Toledo y Talavera.

Otras presas que resistieron el embate de las aguas se han visto con el paso del tiempo anegadas por el arrastre de arenas y cienos. Para evitar esto se acudía en ocasiones al levantamiento aguas arriba de otra presa de peor factura que intentaba retener los materiales que anegaban la principal. Ese parece ser el objeto de una presa secundaria construida en el primer molino del arroyo de Piejachica en Valdeverdeja.

Las presas tienen dimensiones variables dependiendo de la entidad y características topográficas de la corriente sobre la que se construyan. Van desde los dos metros escasos de las presas de los molinos de Garganta Tejeda en el Real de San Vicente, hasta las presas o azudas del Tajo que sobrepasan los cien metros en algunas ocasiones. La altura y la anchura de los muros de las presas varían entre uno y diez metros.

Anclaje en la orilla de una presa en el río Huso que muestra las lanchas de pizarra reforzando el calicanto de la estructura Anclaje en la orilla de una presa en el río Huso que muestra las lanchas de pizarra reforzando el calicanto de la estructura

Las presas podían construirse sobre el lecho de la corriente sin ningún apoyo especial, pero a veces se anclaban en grandes rocas o en los tajamares de los puentes. También las orillas de los islotes que jalonaban los ríos servían a veces como apoyo para su edificación.

Las secciones pueden ser rectangulares, trapezoidales o escalonadas. Estas dos últimas formas intentan evitar que se socave el cauce y peligre la cimentación de la presa, ya que impiden que el agua caiga violentamente desde el rebosadero (fig. 7). Asociados a estos perfiles podemos encontrar contrafuertes de obra que intentan conseguir una mayor resistencia de la presa a las avenidas del río.

Los materiales empleados suelen ser la piedra de extracción local  y la argamasa. Las rocas más frecuentemente empleadas en nuestra geografía son el granito, las cuarcitas rodadas o no y la pizarra (Foto 1). El paramento se refuerza con esmerado ripio a presión que ajusta la estructura de sillarejo. En La Jara, sobre el arroyo Cubilar, se pueden ver algunas presas fabricadas con grandes lajas de pizarras clavadas oblicuamente en el cauce y reforzadas con acúmulo posterior de otros materiales. El ladrillo o el mero acúmulo de tierras son poco empleados en las presas aunque sí se utilizan en los canales.

Presa y arranque del canal en una presa de Riofrío

En los grandes ríos como el Tajo e incluso el Tiétar, las presas conllevan una obra de mucho mayor envergadura. Son generalmente de sección trapezoidal, su base es ancha y suelen estar formadas por grandes bloques graníticos que constituyen el núcleo de la obra. Posteriormente se enlosará con sillería más regular e incluso se rematará con un revocado  exterior.

A veces adopta el aparejo una curiosa disposición como en el caso de la presa de las Aceñas del Conde en término de El Torrico. En este gran azud del Tajo los bloque exteriores de la cubierta de la presa se han tallado con formas trocopiramidales similares a los granos de una granada, muy acuñados con ripio a presión y relleno de mampostería en el interior de la estructura.

El borde superior de las presas molineras se encuentra especialmente bien rematado, en general con acabados curvos que eviten la erosión, incluso en ocasiones puede construirse en sillería o con pizarras alineadas y unidas con argamasa. Las presas suelen tener también rebosaderos y compuertas que no sólo desaguan en el canal del molino sino que a veces sirven también para el abastecimiento de canales de riego y abrevaderos.

[1]  DIPUTACIÓN FORAL DE VIZCAYA: Bizkaiko Presoak, Presas de Vizcaya. Catálogo. Bilbao, Diputación Foral de Bizkaia, 1990, pp. 11-19.

EL CERDO DE PIEDRA, RELATO VETTÓN

EL CERDO DE PIEDRA

Detalle de la cabeza de un verraco de Torralba de Oropesa Detalle de la cabeza de un verraco de Torralba de Oropesa

Se deshace la escarcha sobre las piedras de la muralla cuando el sol se asoma tímido por entre las crestas de Gredos. Desde que aparecieron esos malditos romanos por el valle del Tajo, los ancianos del castro consideraron que debía doblarse la guardia.

El ganado había estado tranquilo durante la noche y, aunque Baraeco se había protegido del frío y la humedad con su capa de piel de ternero y el gran toro de piedra de la entrada del corral le había resguardado del frío de esa noche de finales de otoño, el joven vetón necesitaba calentarse, sacudirse las gotas heladas de su barba. Cuando llegó el relevo se saludaron con monosílabos y Baraeco se dirigió a casa de sus padres.

Cuando llegó, la puerta ya estaba abierta, sus hermanas habían ido a ordeñar y los pequeños estaban sentados en el banco, apoyados contra la pared esperando su desayuno. En el centro de la estancia, Trebaruna, su madre, se afanaba preparando unas gachas de bellotas junto al fuego.

-Ven hijo, caliéntate y descansa. El camino que emprenderás esta mañana es largo. Menos mal que irás con tu amigo Togo y dormiré tranquila durante vuestros tres días de camino hasta el castro del vado del Gran Río.

Sé que conocéis bien el camino por las muchas veces que habéis bajado por las cañadas con los ganados, pero las gentes de la tribu de Arecorata pueden asaltaros y los lobos y los osos bajan por las nevadas a buscar comida a zonas menos frías. Ya he preparado el macuto con las tortas y el queso. Incluso os he llenado un pellejo con la cerveza tan buena que hicimos con la cosecha del año pasado.

El castro de El Raso

El muchacho comió con avidez y, tomando su espada, su lanza de astil de fresno y el zurrón de piel donde guardaba las herramientas de su oficio, salió después de besar a su madre y prometerla que la traería una de esas cazuelas que tan bien fabricaban las tribus del valle del Gran Río.

Fue a buscar a su amigo Togo. El pueblo tenía a esas horas un aspecto triste y frío con el humo de los hogares saliendo entre los piornos de las techumbres. Daba la sensación de que todo el caserío iba a comenzar a arder y de que los cerdos avisaban con gritos agudos a sus dueños. Pasó junto al templo que había dado fama a su castro en todos los contornos. Ulaca era conocido en toda la Vettonia porque las ceremonias de sus sacerdotes se desarrollaban en aquellos altares labrados en la roca viva y por los baños de vapor con los que tantas veces Baraeco se había relajado después de sus ejercicios militares o de las cacerías a las que acudía con sus amigos.

Ofrenda en el altar de sacrificios del castro de Ulaca Ofrenda en el altar de sacrificios del castro de Ulaca

Los dos compañeros salieron entre las empalizadas que protegían la entrada del castro y se dirigieron a los puertos de Menga y del Pico. En tres días llegaron al castro del Vado del Gran Río sin desviarse de la cañada principal.

El paso del Tiétar fue dificultoso pues iba algo crecido. Afortunadamente, un gran aliso había sido derribado por el río en las últimas crecidas y el tramo más profundo pudieron cruzarlo sobre él. Dejaron los bosques de encinas y alcornoques y llegaron a las llanuras del Gran Río, esas buenas tierras para el cultivo que esos malditos romanos querían obligarles a desalojar.

Llegaron al castro del Vado del Gran Río y observaron las fuertes defensas que preparaban sus hermanos. Habían elevado la muralla de piedra y habían erizado de empalizadas y campos de piedras clavadas en el suelo que intentaban impedir el asalto de los extranjeros. Cuando los guardias vieron el sol de metal que pendía del cuello de Baraeco les permitieron pasar sin dificultad, sabían que se trataba de uno de los sacerdotes de la piedra. Los únicos facultados para labrar los cerdos y los toros de piedra que protegían sus ganados y marcaban las zonas de pastos.

El jefe de la tribu del Vado del Gran Río no se encontraba allí, había salido por la mañana hacia el castro vecino de Manzanas para cambiar cebada por cerdos y no regresaría hasta el atardecer. Mientras llegaba, los dos ulacos pasaron el rato bebiendo cerveza y observando las fatigas de los hermanos vettones de las sierras que pasaban el vado del Gran Río de islote en islote con grandes trabajos para sus ganados.

Cuando llegó el jefe del clan les agasajó invitándoles a su casa. Les contó cómo, en un ataque de los bandidos de los desiertos del sur del Gran Río, había muerto su sacerdote de la piedra. Las tribus vecinas habían intentado aprovecharse de los pastos de poniente y debían marcarlos con dos verracos sagrados que demostraran a quién pertenecían las hierbas y la bellota. No quería que las armas tuvieran que llegar a utilizarse contra tribus hermanas estando tan cerca los enemigos romanos.

Verraco en Castillo de Bayuela

Al día siguiente se pusieron manos a la obra. Acudieron a los berrocales cercanos con tres parejas de sus mejores bueyes. Baraeco buscó un buen bloque de piedra, ni tan duro que dificultase su trabajo hasta el punto de necesitar templar continuamente sus cortafríos y bujardas, ni tan blando que se deshiciera con las lluvias y los hielos. No en todas partes había buenos herreros como su amigo Arentio del castro de Cogotas, él sí sabía endurecer el hierro con el fuego del brezo. Después de elegir la piedra fue bendecida con las ceremonias y los rezos habituales y con gran esfuerzo se llevó arrastrándola mediante rulos de madera hasta el lugar donde el verraco debería ser erigido. Allí Baraeco tardó tres semanas en esculpirlo pero lo acabó como a él le gustaba rematar sus trabajos. Le insinuó el rabo retorcido, labró sobre el granito dos grandes colmillo que indicaran que se trataba de un buen macho y marcó los ojos, la boca, las pezuñas y hasta el bulto de una gran verga. Cuando llegara la siguiente luna, la tribu celebraría una gran fiesta porque los pastos que siempre habían sido suyos estarían protegidos y marcados por el hermoso cerdo de piedra de Baraeco.

EL TAMBORINO DE MONDAS (y 3)

EL TAMBORINO DE MONDAS (y 3)
DESDE LA TORRE

3ª PARTE

Novela corta en la que se desarrolla durante la celebración de la milenaria fiesta de Las Mondas en el siglo XVI. Fue el cuadernillo de Mondas editado en 2000    

Ofrenda de cera en el cortejo de Mondas
Ofrenda de cera en el cortejo de Mondas

Los toros que habían muerto en las plazas de las parroquias quedaron colgando y oreándose al fresco de la noche de Abril. Mientras tanto, el sacristán de cada iglesia daba las órdenes necesarias para que se comenzaran a preparar y adornar las carretas. Servirían para llevar a las reses muertas acompañando a la ofrenda de las mondas hasta la ermita del Prado en el desfile de la tarde del sábado.
Diego y su amigo han decidido pasear por todos los barrios. Saben que siempre cae algún dulce de los que tienen preparados los mayordomos de las iglesias, pues con ellos acompañan al vino y al baile que ameniza la tarea de preparar la que las parroquias quieren que sea la más hermosa y enramada de las ofrendas de la villa.

– Vamos hacia los arrabales- dice el tamborino-, todas las gentes que han venido a la fiesta andan llenas de alegría, que no cabe un alma por las calles.

– Iremos primero hacia San Miguel. Llevan muy adelantada su carreta y, cuando la terminen de engalanar, seguro que su sacristán es el primero de todos en tocar las campanas.

Al llegar a la plaza, observan con envidia que dos mozos están encaramados en la torre con una tablilla de lanzar cohetes cada uno. La carreta no puede estar más hermosa, toda adornada de flores, hasta las ruedas, con los radios de rosas rojas y blancas. Uno de los bueyes se está comiendo las trenzas de espadaña que coronan la cabeza de su compañero. Dos mozas se acercan a los animales con sendas coronas de flores que, al ser encajadas entre sus cuernos, dan por finalizada la obra de ornamentación. En ese mismo momento comienzan los de la torre a tirar cohetes y los monaguillos se cuelgan de las cuerdas repicando las campanas con la alegría y el orgullo de saber que su parroquia ha sido la primera en acabar la monda.

Diego y Agustín se acercan a una mujer gorda y colorada. Con zalamerías consiguen que les dé unas floretas que rebosan miel engulléndolas en un santiamén y corren en medio del bullicio  para atravesar el arroyo de La Portiña y dirigirse hacia San Andrés. Casi no se puede deambular por las callejuelas. De las tabernas y figones sale olor a tocino, a morcilla asada y a vino derramado. Los dos adolescentes se fijan en unas mujeres que asoman a la calle con las caras pintadas y llenas de polvos de arroz apurando una jarra entre risotadas.

– ¡ Venid aquí zagales, que os vamos a enseñar nuestra monda! ¿Tenéis dinero rapaces?

Una de ellas coge a Diego de la manga y lo atrae hacia sí. El muchacho nota una extraña sensación cuando le invade el empalagoso olor de la mujer que no para de reírse enseñando sus dientes negros y el pecho que sale blanco y rozagante entre su corpiño desatado.

-Vámonos- dice turbado el tamborino – que ya toca las campanas el sacristán de San Clemente. Acerquémonos para ver su carreta pues es mucha la gente que allí se dirige y puede que la música que ahora se escucha sea la de los comediantes. He oído que harán función esta noche.

Al pasar corriendo por la ventana de uno de los mesones, Diego ve a través de los cristales, acompañado de otros cazadores y colmeneros, a su tío Boni que bromea con una mujer  sentada sobre sus rodillas mientras la besa en el cuello. Ya sabe que su tío no se olvida nunca de visitarla cuando baja del monte y que la mejor carne de venado la guarda para regalársela a ella.

Sobre un tablado actuaban unos cómicos en la calle de la Lechuga con el concurso de todos los pícaros de la villa. La muchedumbre reía y alborotaba cuando, en el escenario, un hombre vestido con un camisón ridículo sacaba del interior de un baúl al amante de su mujer echándole encima las brasas del calentador de la cama.

Al cabo de un rato sonaban las campanas de Santa Leocadia y las de Santiago. Todas las parroquias habían terminado ya de adornar sus mondas y pronto amanecería. Cuando los dos muchachos se retiraron a dormir un rato, los caballeros se preparaban para ir a encerrar los toros de Jarama y las mujeres se levantaban y preparaban el desayuno para poder ir pronto a coger sitio en las ventanas desde donde contemplar el encierro más lucido de las fiestas.

Desde el más diestro de los caballeros hasta el más humilde arriero acudirán con sus monturas. Los toros de Jarama, aunque no son más bravos que los de la tierra, sí que son más a propósito para las suertes de varas que con tanta destreza saben ejecutar los talaveranos, y es conocido que en esta villa se hicieron por primera vez las lanzadas de espera, que fue novedad en todo el reino ver como los nobles aguardaban al toro, quietos sobre su montura, desviándose a un lado de su recorrido impetuoso mientras le mataban de una sola lanzada.

Diego y Agustín se levantaron temprano haciendo oídos sordos de las protestas de sus madres que les invitaban a permanecer algo más en la cama, pero ellos no habrían de perderse la entrada de los caballeros de librea en la plaza de Nuestra Señora. Salieron con el sol a buscar al primo de Agustín, el joven de Cebolla que quería ver los toros desde la torre de la Iglesia Mayor. Los tres subieron por la escalera saltando sobre los montones de palomina. Desde arriba se podía ver el Tajo y en sus orillas humeaban las fogatas de los ganaderos y curiosos visitantes que habían montado sus ranchos para dormir junto al río, pues en estos días no había en Talavera venta, doblado ni cuadra donde pudiera meterse un alfiler. Por la calle de los Siete Linajes comenzaban a llegar los carruajes de los nobles que tenían su lugar reservado en los balcones del palacio arzobispal, en los de los Meneses y Carvajales o en los del ayuntamiento. Acomodados en el tablado que se había montado junto la puerta de la Colegial, Diego señaló, situada delante de sus casas, a la familia del bachiller Fernando de Rojas, el caballero que fue alcalde de Talavera y que escribió la famosa tragicomedia de Calixto y Melibea. En el corral que siempre se armaba entre la torre y el ayuntamiento los muchachos observaban desde arriba con curiosidad cómo se revolvían los nueve toros que habían sido encerrados esa madrugada y de los cuales dos iban a correrse en la plaza inmediatamente.

En medio de la plaza, un apuesto caballero...
En medio de la plaza, un apuesto caballero…

Cuando los tres miraban y comentaban desde su posición privilegiada los escotes de las damas más exuberantes, aparecieron en la torre dos clérigos. Se trataba de un canónigo de la catedral de Toledo que también había subido a contemplar el espectáculo acompañado de fray Andrés, un agustino talaverano,.

– En verdad que es grande la afición de esta villa para correr y pelear con los toros, que no he visto mayor entusiasmo y destreza en los toreadores de toda España- dijo el canónigo.

– Las gentes que pueblan toda esta  tierra, han sido desde siempre muy aficionados, que habrá visto vuesa merced los toros de piedra repartidos por sus villas y despoblados y es grande la antigüedad de esas esculturas, que las pusieron los gentiles antes de que llegaran a Hispania los romanos. Talavera fue la Caesaróbriga de los antiguos que como habéis visto dejaron aquí señales de sus templos y murallas. Cómo no habían de dejar también los hijos de Roma su afición por los táuricos juegos de circo.

– Además, el mucho oficio y el ganarse la vida con el ganado de gran número de sus vecinos debe, por fuerza, haberlos inclinado aún más a estos juegos y lances. Pero, fray Andrés, también hay en esta tierra alguno de sus hijos que no es amigo de las crueldades y riesgos para la vida humana de estas fiestas, pues yo he escuchado en Toledo al padre Mariana, hombre sabio y versado en la historia y las leyes, atacar por poco cristianas a las fiestas de toros y recordar las bulas de Pío V y Gregorio XIII en las que se excomulgaba al cristiano que las practicara, y más a los clérigos, que en esta villa no hacen otra cosa que fomentarlas y participar de ellas con tanto o más entusiasmo que sus feligreses.

– Cierto es, pero está la costumbre tan arraigada en los corazones de los talaveranos y es tan santo su final que no creo yo, que los conozco bien pues llevo en este monasterio muchos años ya, que ni en un siglo ni en veinte dejen de correrse aquí los toros.

– Por cómo resplandece esta plaza y por el gozo que se puede ver en los que en ella se aprestan a disfrutar del espectáculo, tengo que aceptar que es cierto lo que decís fray Andrés. Pero atendamos a la fiesta, que ya se abren los toriles.

En medio de la plaza un apuesto caballero hace figuras y cabriolas con su caballo ante la admiración del público que, impaciente, exige ya a gritos que comience el espectáculo. El toro provoca en su salida el asombro de la gente por su fiereza y por su buena estampa. El toreador lo cita y se arranca persiguiéndole por el ruedo con los cuernos rozando las ancas de su caballo que resbala un quiebro y es alcanzado en el vientre por el toro, lo derriba y se ensaña con él quedando sus intestinos esparcidos sobre la arena mientras los lacayos intentan distraer al toro.

Diego y sus amigos contemplan asombrados el incidente desde la torre.

– Buenas hazañas promete la mañana – dice Agustín -, que el noble caballero es de la familia de los Duque de Estrada y no dejará esta afrenta sin respuesta, el lance de empeño está asegurado.

En efecto, todo caballero que es derribado de su montura debe, toreando a pie, dar cumplida respuesta a su enemigo para no quedar en mala situación ante la plaza y sobre todo ante las damas que lo observan y a las que seguramente ha brindado su actuación en el ruedo. Sólo con su espada y la ayuda de su capa deberá enfrentarse al fiero animal que todavía se encuentra fresco, descansado y sin haber sangrado.

LIBREAS, ATAMBALES Y ESTANDARTES

Toda la plaza se conmovió, sabían que la deshonra de un caballero descabalgado de su montura por un toro no podía quedar así, con mayor motivo si el caballo había muerto de una cornada.

-A lo que parece, el toreador es don Diego Duque de Estrada que es conocido en toda España por sus lances de espada a pie- dijo fray Andrés al canónigo toledano.

– Por fortuna, pues no es fácil matar el toro a pie con sólo la ayuda de los lacayos y la capa. A buen seguro que los Duque no dejarán que en las Mondas, las más grandes fiestas de su patria, quede su nombre mancillado. Y lo digo sabiendo de qué hablo pues en cierta ocasión vi a uno de los caballeros de su familia apearse del caballo y matar un toro de una cuchillada simplemente porque le había arrancado con los cuernos una de sus espuelas.

Los lacayos llevaron a capotazos al animal bajo el balcón del ayuntamiento, como les había ordenado su señor que se fue acercando lentamente al toro, distraído en ese momento con las burlas de unos mozos que le citaban desde el tablado mientras le echaban vino con un gran pellejo. Don Diego le llamó y su rápida acometida casi le atropella, pero con un movimiento de gran ligereza y precisión, el toreador giró clavando su espada en el cuello de la bestia que cayó muerto entre el clamor de los espectadores, sobre todo los panaderos que habían costeado el toro que tan gallardamente había sucumbido a la destreza del noble talaverano. A continuación se corrió el toro de los carpinteros y de los albañiles y con él se hicieron toda clase de lances y adornos con las garruchas.

Cuando murieron estos dos toros, encerrados de madrugada con los otros siete, comenzaron a escucharse  desde la plaza lejanos atabales y chirimías que llamaban a los caballeros para concentrarse en casa del regidor torero. Todos se habían vestido con sus magníficas libreas de azul y blanco cruzadas por bandoleras de plata y oro, con turbante de terciopelo azul, manga, lanza y banderola en los hierros.

– Fue hace más de sesenta años cuando se decidió llevar esta librea porque no fuera cada caballero según su gusto y capricho, que los ricos lucían sus sedas y brocados y los pobres no tenían que poner. Además, fue ésta una prudente determinación pues son esos los colores de la Virgen Santísima a quien se hacen estas fiestas en sus santos desposorios – explicó el fraile al canónigo cuando éste le mostró su curiosidad por el uniforme de los caballeros que se disponían a correr en la plaza -. Aunque otros sabios han visto en estos vestidos la tradición de los moros cuando fueron señores de Talavera, pues ha de conocer vuesa merced que, hasta que Alfonso el Sexto los arrojó de sus murallas, los hijos de Mahoma permitieron a sus vecinos cristianos mantener el culto y devoción a Nuestra Señora en su ermita, porque así lo pusieron como condición cuando rindieron la villa a los soldados de Tariq.

Mientras tanto, los hermanos de la cofradía de la Virgen del Prado, los justicias y alguaciles se disponen para acudir con los caballeros de la villa hasta la ermita donde el capellán les dirá una misa. A continuación vuelven hacia la plaza del Pan. Destaca a la cabeza del cortejo el Hermano Mayor con el gran estandarte de damasco blanco con estrellas de seda azul y la imagen bordada de la Concepción. Al pasar por delante del convento de la Trinidad se detienen ante los monjes que esperan en la calle y uno de ellos, vestido con capa pluvial, les echa agua bendita diciendo unas oraciones. Entra después la comitiva a la villa por la Puerta de Toledo y los franciscanos rinden el mismo homenaje.

Durante el tiempo de espera hasta la entrada de los caballeros en la plaza, el tamborino y sus amigos recorren el doblado de la iglesia mayor donde se almacenan en desorden cuadros húmedos, fragmentos de retablos desmontados y santos apolillados. Todo lo curiosean mientras roban los huevos de los nidos de las palomas.

El redoble de los atabales les avisa que va a comenzar el espectácular desfile de los caballeros y hermanos por la plaza. El Hermano Mayor va abriendo el paso. Los alguaciles todavía están despejando la arena y una carreta bellamente enramada con dos grandes cubas de madera va regando el coso que se ha preparado con más de cien cargas de arenas traídas de Los Arenales. Es grande la animación y mucho lo que hay que ver, tanto en la hermosura de los rostros como en la gracia y bizarría de los aderezos de las personas.

El ruido acompasado de los tambores y atabales, redoblando acompañados de las chirimías, anuncian la llegada de los caballeros de librea que, siempre emparejados, dan dos vueltas al coso. A continuación, dejan sus lanzas y vuelven recorrer otras dos veces el perímetro de la larga plaza de la Iglesia Mayor. Al acabar de sonar la música se dividen los jinetes en dos bandos, salen en tropel por las calles laterales y vuelven en algarada para enfrentarse entre sí jugando a cañas entre las apuestas de las gentes de la villa y las de todas sus aldeas que se ponen de parte de uno u otro bando. Terminado el juego hacen todos los caballeros un caracol demostrando la destreza de los que aquí nacieron, tan naturalmente inclinados a las fiestas de toros y a las monturas.

Acabada la ceremonia ecuestre, algunos caballeros visten de rejón para continuar toreando a los siete toros que aún se guardan en los corrales de la plaza. Por la mañana se han corrido el toro del Ayuntamiento y el de la Mesa Capitular, esta tarde saldrán a la plaza en primer lugar el del Mayordomo de propios y el del Abastecimiento de Carnes pero, a continuación, se lidiarán el de molineros, el de las fraguas, el de panaderos, carpinteros y albañiles, el de los mercaderes y el de los pescadores.

El último ha sido encohetado este año para susto de damas y divertimento de todos y se le permite salir hacia el convento de Santa Catalina echando chispas de sus cuernos y resbalando sobre el barro de las calles. Aunque se lo ha prohibido su madre, el tamborino y sus amigos corren gritando detrás del animal que se revuelve junto a una talanquera. Solamente con el amago consigue que los tres chavales se suban como gatos hasta un balcón que sirve como secadero de pimientos, quedando los tres escondidos detrás de las rojas guirnaldas entre las burlas de los espectadores.

Agustín decide parar en San Pedro cuando oye la música y el bullicio que sale de su interior, entran y el espectáculo no puede ser más alegre, todos bailan, mozos y ancianos, mendigos y caballeros, damas y lavanderas todos unidos con las gentes de las aldeas, pues cada lugar de su tierra tiene una parroquia en Talavera. Diego distingue a Mariana entre la muchedumbre, está apoyada con una amiga sobre la pila bautismal cuchicheando tímidamente sobre los trajes y la destreza en el baile de unos y otros. El primo cebollano de Agustín pregunta por las dos muchachas que hoy lucen su esplendor recatado de adolescentes con el guardapiés nuevo y el corpiño labrado.

– Ni las mires, que una es novia de Diego y la salvó de un toro escapado, o es que no has oído contar su hazaña –dice Agustín socarrón.

El tamborino miró a su amigo con la cara colorada y una mueca de rencor amable mientras se acercan hacia las dos muchachas.

– Baila con mi amiga- le pide bruscamente Mariana a Diego -. Me dice que eres muy gentil.

– Yo sólo bailaré si eres tú la que bailas conmigo- contesta el tamborino.

– ¡Pues a bailar!  – grita Agustín mientras los empuja al corro de gentes que gira y gira con las manos levantadas, danzando alrededor de la monda.

– No seremos menos nosotros – responde el cebollano cogiendo a Agustín y a la otra muchacha del brazo y lanzándose también a dar vueltas con gestos exagerados.

Tambores, flautas y panderos marcan el paso caótico de los parroquianos de San Pedro que saltan, se agachan y se levantan girando alrededor de la monda mientras redoblan las campanas y de todas las gargantas salen canciones de loor a la Virgen del Prado, al santo de la parroquia y a Talavera.

Después de bailar la monda deberá salir la procesión que con la misma alegría llevará la ofrenda hasta la ermita. Por tradición es siempre San Pedro la primera iglesia en enviar su comitiva. El sacristán y el mayordomo intentan poner orden desgañitándose para ordenar los coros de mujeres armadas de grandes panderos que acompañarán con sus cantos el desfile.

Durante el baile Diego ha disfrutado del calor dulce de la mano de Mariana. Comienza a sentir otra vez esa extraña sensación de bienestar que experimenta cuando está a su lado.

– Vámonos  todos al desfile- dice el cebollano- por nada del mundo me perdería las carretas enramadas de los toros. Prometisteis mostrarme todos los prodigios de estas fiestas, que ya voy conociendo la causa de ser tan famosas.

TODOS A LA ERMITA

– Diego no puede ir a ver el desfile- dice Agustín-. Va de tamborino con los de su parroquia, allí le escucharemos redoblar.

– Es verdad, ya me tengo que ir pues empieza a desfilar la comitiva de San Pedro, luego va la de Santa Leocadia y después saldrá mi parroquia, la de Santiago. Mi madre debe ya estar impaciente esperándome con los vestidos que me ha preparado para el desfile.

Agustín y su primo cebollano se separaron de su amigo y se dirigieron corriendo hacia el Prado. Toda la calle de Zapaterías hervía desbordada por el gentío y los tenderetes que vendían dulces, frutas escarchadas, máscaras y berenjenas de Almagro. Encontraron a Mariana comprando paloduz con una amiga y las invitaron a ir con ellos a la ermita para ver la ofrenda de Mondas. La muchacha no pudo disimular su contento cuando le recordaron que desfilaría Diego tocando el tamborino.

– Subiremos a este álamo- dijo el cebollano mientras, acostumbrado a encaramarse a las higueras de su pueblo para coger sus frutos tan apreciados, escalaba el tronco con seguridad.

Desde arriba dio la mano a las dos mozas que se subieron sobre la espalda de Agustín para poder alcanzarla. A lo lejos se escuchaba el ruido de la música que anunciaban la llegada a El Prado de la primera comitiva, la de San Pedro.

...un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos...
…un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos…

En primer lugar iba el pendón de la iglesia y detrás doce parejas de feligreses bailando una danza de espadas acompañados de flautas y tambores. A continuación, cubiertos de sus mejores vestiduras, iban el cura, el beneficiado y los capellanes. La monda desfilaba en medio de un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos y dirigidas por la santera de la iglesia. Detrás, niños engalanados montados en pollinos con un pequeño pendón cada uno y seguidos de otros borricos cargados con serones llenos de panecillos. Toda la gente de San Pedro entró en la ermita a ofrecer la monda que fue recibida por el capellán entre los rezos y los cantos de todos los presentes. Después fue colgada sobre la reja del altar mayor con cuerdas que descendían desde el techo.

Apenas habían salido del templo las gentes de San Pedro cuando ya llegaba a la ermita la monda de la parroquia de Santa Leocadia. No era menos lucido el cortejo, pero llevaba además tres carretas enramadas con los toros que se habían toreado la tarde anterior en su plaza. Los animales estaban desollados, limpios, abiertos en canal y cubiertos con el pellejo. En una de las carretas iba subido un hombre con una azada muy serio y altivo simbolizando que el toro al que acompañaba era el de los cavadores; sobre otro de los carros, un mozo con un leño indicaba que el animal desollado a sus pies había sido el Toro del Leño y, por último, el toro de los tenderos iba acompañado por un hombre con una balanza.

Los cuatro muchachos esperaban la llegada de la comitiva de la parroquia de Santiago para poder así ver a Diego con sus galas de tamborino. El recorrido se había iniciado, como era norma, cuando repicaron las campanas de Santa Leocadia indicando que su monda llegaba en ese momento a la plaza. El tamborino iba al frente, junto al pendón, y en la carreta se había subido su tío Boni con una ballesta y su virote para señalar que ése era el toro de los cazadores. En el otro carro, un hombre vestido de hortelano daba grandes voces diciendo a paisanos y forasteros cual era su oficio. La madre de Diego y otras mujeres del barrio habían labrado unos trajes llenos de colorido para los danzantes de las espadas que en esta comitiva llegaban a quince parejas.

Atravesaban El Prado cuando Diego escuchó los gritos agudos y alegres de Mariana y de su amigo Agustín que movían las manos sujetando las raíces de paloduz para llamar su atención. El tamborino sonrió satisfecho de la presencia en momento tan importante de su joven enamorada y redobló su tambor de tal modo que el mayordomo tuvo que llamarle al orden.

Debajo del álamo se habían detenido a contemplar la alegre procesión dos regidores de la ciudad de Toledo invitados por el concejo talaverano.

– Sí que son vistosas estas fiestas de Mondas y es grande el regocijo de las muchas gentes que a ellas acuden – comentó uno de ellos -, pero la ceremonia del Corpus de Toledo no tiene la tosquedad de estos ritos de gentes rústicas que se ganan el pan con las manos.

Cuando se disponía su compañero a responderle, una cigüeña que volvía a la espadaña de la ermita voló sobre sus cabezas y dejó caer sobre los dos regidores toledanos todo el líquido pestilente que contenía su cloaca bañándolos por completo de sus heces.

– Ranas podridas deben haber comido esta mañana las picudas, que han vaciado el vientre en los nobles caballeros- dijo socarrón un colmenero de La Estrella cuando los curiosos que contemplaban la procesión, y que a duras penas soportaban ya los comentarios despectivos de los regidores, rompieron en carcajadas mientras, corridos y humillados, los dos olorosos espectadores marcharon avergonzados mientras sus criados apartaban a la gente.

Los muchachos perdieron de vista a Diego cuando entró en la ermita pero permanecieron en el árbol para ver pasar todas las mondas de las demás parroquias. La siguiente comitiva fue la de San Miguel con el toro de los pescadores, enramado y adornado su carro con redes, aparejos y encañados. Por último la de El Salvador también con sus toros y los hombres que sobre los carros figuraban al gremio que los había pagado, los escribanos, los mesoneros, los tejedores y los quinteros.

Acabados las ofrendas, volvieron las parroquias hacia la villa en desfile tras de haber presentado sus mondas que quedaron suspendidas luciendo los dibujos multicolores de sus celdillas de cera. El interior del templo resplandecía a la luz de los cientos de velas y cirios que siempre iluminaban a la reina de las ermitas en estos días.

Las mujeres bailaban con más desenfado que a la venida y los párrocos apenas podían contener la alegría desbordante que era acompañada por el paloteado de las danzas de espadas y la música. Diego participaba de esa explosión de alegría colectiva y casi se olvidó de Mariana, hasta que despertó al sentir el dolor producido en las muñecas por el repique entusiasta de su tambor.

Alguno de los borriquillos que montaban los niños corrieron desbocados con el susto consiguiente de sus padres, mientras que otros pollinos se negaban a dar un paso más por mucho que insistiera el cortejo. La gente comenzó a tirarles del rabo para conseguir moverlos y empezaron a correr los pellejos de vino antes incluso de que el cortejo llegara con su pendón de vuelta a la iglesia.

Diego volvió hasta Santiago acompañado por sus amigos que fueron bailando a su lado. En el camino pasaron por la calle de Mesones donde fueron viendo todas las bodegas y tabernas repletas de gentes que cantaban con las jarras de vino en la mano. Al acabar la ceremonia y deshacerse la comitiva, Diego se abrazó a sus amigos y les propuso volver otra vez a la ermita.

-Vamos a ver como despiezan los toros. Uno de los matachines es mi tío Boni, luego nos dejará llevar a los conventos los pedazos de carne que les tocan. Siempre tienen algún dulce de albricias para los portadores del presente de Mondas.

Cuando llegan, un capellán está bendiciendo la carne y Boni, lleno de sangre hasta las cejas, bebe agua y se lava las manos en un cubo. Un escribano y un caballero a cuyo cargo está la carne vigilan que el despiece y el reparto sean los adecuados. El suelo ha sido barrido antes y la carne está dispuesta sobre retama verde para que todo se haga con limpieza. Primero se aparta la mayor parte para los pobres que acudan a la ermita que también les abastecerá ese día de pan y vino. Otra porción abundante irá a los hospitales y se repartirá el resto entre los monasterios, el cabildo, el clero y el concejo. Si todavía sobra se dará a los vecinos que lo pidan distribuyéndose en borricos por las calles.

– Corred a llevar estos dos serones al convento de San Agustín, ya he dicho yo a fray Basilio de Alcaudete que se porte bien con vosotros- ordena Boni a los chicos.

Diego coge un asa con cada mano y sus compañeros las otras dos y pasando junto al alcázar llegan al monasterio donde obtienen una perrunilla por traer la carne bendecida que se ha toreado en honor de la Virgen. Los tres devoran su premio en un momento y en el camino se cruzan con parejas de hombres con pollinos que reparten porciones a los vecinos por las calles sin que ningún pobre de la villa quede sin su ración. Muchos incluso piensan que la carne de los toros curará sus calenturas, que son muchos los que en la villa las padecen por estar el río muy detenido con las presas de los molinos.

SE ACABÓ LA FIESTA

Habían transcurrido dos semanas de fiesta y el cansancio hacía ya mella hasta en la exultante juventud de Diego. Hoy es Domingo de Mondas, la última jornada, ya pasaron los toros y será un día religioso de procesiones y resaca festiva. Un día en el que el tamborino va a desfilar redoblando su tambor delante de la comitiva de la tradicional procesión del pendón de Santiago y no va a poder por ello disfrutar toda la jornada junto a Mariana. Pero esta mañana irán juntos a ver la monda de la Colegial. Por primera vez van a estar solos, sin la compañía de Agustín y su primo el cebollano.

Mariana vive junto al río y hacia allí se dirige Diego con la emoción del adolescente que se adentra en la misteriosa selva del conocimiento del otro sexo. Al pasar junto al cementerio de San Clemente se detiene junto a un boquete de la muralla desde el que se pueden ver dos barcazas con armas y pertrechos que descienden río abajo hacia Portugal  custodiadas por una guarnición de soldados. En otras ocasiones se ha acercado al Tajo con otros chicos del barrio para observar las complicadas maniobras de los marineros de agua dulce cuando intentan descender la presa de los molinos de Abajo.

Mariana le espera sentada en un tajo de corcho a la puerta de su casa mientras se entretiene hilando lino. Cuando ve al muchacho deja en un cesto la rueca y corre a su encuentro. Juntos se dirigen hacia la plaza del Pan donde empiezan a llegar los caballeros vestidos con sus libreas y las damas con sus más elegantes vestiduras. Desde hace ya algunos años la monda de la Iglesia Mayor no se lleva el sábado a la ermita, sino que es el domingo por la mañana cuando se baila y es ofrecida por la nobleza con el concurso de toda la villa que no quiere perderse la ceremonia más lujosa de todas las fiestas.

La monda se encuentra en el interior del templo, es de madera con forma de custodia ochavada y en su interior se ven las dos imágenes pequeñas de los Desposados a quien se dedican estas fiestas.

– Mira que lindo va San José vestido con la librea de los caballeros talaveranos- dice el tamborino a su compañera.

– Es cierto, pero también lucen bien galanes todos los señores caballeros con sus libreas blancas y azules. Hasta el menos diestro bailará hoy la monda de Nuestra Señora pero la verdad es que cuando danzan a su alrededor, por más empeño que ponen algunos de ellos, no dejan de parecer gallinas alborotadas por el zorro, aunque lo hagan con mucha gravedad- respondió Mariana.

Azulejería de J Arroyo 1970 que representa a los niños acompañando el carrito de Mondas

El espectáculo no deja de ser curioso pues se baila sin música, ni siquiera de tamborinos. Los más ricos hombres de la villa dan vueltas sin concierto alrededor de la monda, lanzando vivas a los Desposados y a la Virgen del Prado. Las gentes humildes de Talavera sienten verdadera curiosidad por contemplar los movimientos a veces un poco ridículos de los más poderosos. Apenas pueden contener la risa al ver a don Agustín Suárez de Carvajal mover sus muchas arrobas de peso embutidas en su lujosa librea, o a don Beltrán de Meneses bailando con su hermosa mujer que no hace sino mirar descaradamente a don Gonzalo de Loaysa, con el que toda la villa sabe que se reúne para yacer en una huerta cercana al Prado del Arca. Todos comentan el embarazo de doña Blanca de Ayala que se ha casado demasiado rápidamente con don Miguel de Bazán. El pueblo disfruta con las debilidades de aquellos que durante el resto del año les harán sudar sobre los surcos.

Aunque el baile de la monda se ha hecho sin música, las chirimías, las trompetas, los atabales y los musicantores se van situando junto al Hospital de la Misericordia para comenzar la procesión con toda la pompa que requiere el alarde de los poderosos. Los caballeros van con sus velas de dos en dos y, detrás, es llevada la monda por cuatro clerizones sobre andas doradas con el deán de la Colegial acompañado de todos los curas y beneficiados. Después desfilan el corregidor y casi todos los vecinos de la villa. Al llegar el cortejo al convento de San Francisco les esperan los frailes con la cruz y un altar bien aderezado de flores y tapices. Es tanta la concurrencia que cuando la multitud está todavía en la plaza del Comercio, la cabecera de la procesión sale ya por la Puerta de Toledo.

La ermita está a rebosar y mucha gente debe permanecer fuera del templo durante la ceremonia. Los caballeros ofrecen sus velas al capellán y comienza el sermón para el que se ha traído a un clérigo muy afamado predicador de la Universidad de Alcalá. Habla de las grandezas de la villa y de la nobleza de sus caballeros, de la antigüedad y de la fama de la fiesta y de la devoción de los talaveranos por la Virgen del Prado.

Todos se llenan de júbilo cuando, al acabar la misa, varios hombres comienzan a salir de la sacristía con unos costales bordados con el símbolo de María en el que se han guardado cientos de panecillos. Todo el mundo espera recibir el suyo, marcado con un sello en el que aparece la Virgen con el Niño, esperando sus beneficios protectores igual que los gentiles los esperaban de las cenizas de los toros sacrificados a los dioses paganos. Hasta veinte fanegas de panecillos se lanzan al pueblo desde una ventana de la iglesia.

Todos vuelven en procesión a la Iglesia Mayor para después ir a comer a sus casas, donde desde el más pobre al más rico ha preparado lo mejor que tiene para alegrar el estómago en día tan señalado. Diego y Mariana se retrasan en llegar porque el tamborino quiere quedarse en la capilla bautismal. Allí se reunirán todos los jóvenes nobles para repartirse en las cuadrillas que por la tarde pelearán en los juegos de cañas. Cómo le gustaría a ser uno de ellos.

– Si yo pudiera jugar a cañas llevaría en mi adarga grabada tu inicial y tú me darías un pañuelo que anudaría en mi manga sarracena para que todos vieran que eres mi dama- dijo tímido el tamborino.

– Yo labraría el mejor de los bordados en ese pañuelo, que ni las labranderas de Lagartera lo harían mejor- contestó ruborizada Mariana.

– Tú me verías desde el tablado salir con mi cuadrilla seguido de los lacayos llevando los cestos de las cañas. Tocarían los atabales y yo rompería en astillas cien cañas contra mi enemigo haciendo que después se inclinara mi caballo delante de ti.

– Anda calla y vamos a comer, que si llego tarde no permitirá mi madre que vaya a verte a la procesión del pendón de Santiago.

Después de vísperas el redoble enloquecido de las campanas de Santiago llama a los caballeros para que acudan de librea y a caballo a recibir el pendón de la iglesia del patrón de España. Allí esperan los parroquianos con el cura que se lo entrega a los jinetes para que lo lleven en procesión a la ermita. Diego con su tamborino abre la comitiva que va recorriendo la villa. Va por la calle de Mesones hasta la plaza, baja la Corredera y pasa delante del Salvador de los Caballeros saliendo por la puerta de la Miel. Recorre el camino junto a La Portiña donde las gentes humildes de los arrabales salen de sus casas para ver el cortejo. Entre ellos está Mariana que sonríe orgullosa al ver pasar a Diego. Entran por la puerta de Mérida y por San Pedro van a la puerta de Toledo y de allí a la ermita, y cuando van pasando por las torres y las puertas de la muralla, por los palacios y por las iglesias, Diego comprende porqué el predicador hablaba de las grandezas de Talavera de la Reina, de su antigüedad, de su nobleza y de su abundancia en todo género de frutos, de su virtud, de sus letras y de sus armas. Diego se siente un talaverano al que invade la ansiedad por degustar todo lo hermoso que le pueda ofrecer la vida a sus quince años.

Miguel Méndez-Cabeza Fuentes

Año 2000

FIESTA DE SAN ANTÓN. NAVALMORALEJO

SAN ANTONIO ABAD

Panel de azulejos representando a San Antonio Abad procedente de su antiguo hospital, hoy en la ermita de El Prado. Siglo XVI Panel de azulejos representando a San Antonio Abad procedente de su antiguo hospital, hoy en la ermita de El Prado. Siglo XVI

Nació san Antón en el Alto Egipto en el siglo III, retirándose al desierto y siendo el primer anacoreta y fundador de la vida eremítica en el desierto de Tebas, lugar poblado de viejas tumbas y cuevas donde se comenzaron a retirar devotos deseosos de soledad espiritual. cuenta su leyenda que el demonio le sometió a numerosas tentaciones que supo soslayar y que se representan en variadas escenas de su vida que comentaremos en otra ocasión.

Fueron tantos los discípulos que acudieron a compartir con él su vida de retiro que construyó en aquel desierto numerosos monasterios e incluso emperadores o padres de la Iglesia como San Atanasio fueron a pedirle consejo. Fue tanta su fama que al morir con ciento cinco años le pusieron el apodo de “El Grande”.

En los monasterios de los monjes antonianos y en sus hospitales, además de otras enfermedades se trataba principalmente el ignis sacer o fuego sagrado, llamado así por producir un enrojecimiento de la piel producida por la intoxicación denominada ergotismo. Estaba originado por el envenenamiento con el pan contaminado por el cornezuelo del centeno, muy habitual en la antigüedad y en la Edad Media, un hongo que también producía alucinaciones por ser uno de sus componentes el ácido lisérgico, el moderno LSD o “acido”de la psicodelia de los años 60. Algunos autores han aventurado la posibilidad de que alucinaciones colectivas y episodios de supuesta brujería de la Edad media tuvieran que ver con intoxicaciones masivas con este hongo.

Detalle del panel anterior donde aparecen los animales, de los que el santo es protector Detalle del panel anterior donde aparecen los animales, de los que el santo es protector

También ha estado vinculada a San Antón la curación de los animales y todavía el día de su fiesta el 17 de Enero se hacen bendiciones y desfiles con animales que en Talavera por su proximidad al antiguo hospital del santo se han venido celebrando principalmente en la parroquia de San Andrés. Los monjes tenían el privilegio de criar cerdos en los robledales y encinares. Durante todo el año campaba libremente en muchos pueblos el “guarro de San Antón”, que era alimentado por todo el vecindario y que se sacrificaba el día de la fiesta, por eso aparece en muchas de las representaciones del santo. Durante el siglo XVII los cerdos de sus Hospitales gozaban de derechos especiales de pasto y ya se les reconocía por la campanilla. Para algunos es en realidad la representación del diablo que tentó a san Antonio en tantas ocasiones, y para otros aparece como símbolo de la grasa que se utilizaba para fabricar los remedios que servían para tratar el ignis sacer. Otra versión dice que el demonio se le apareció en forma de jabalí y Antonio le venció y domesticó. Uno de los atributos del santo es la campanilla que lleva el lechón y que para algunos servía para ahuyentar a los malos espíritus por alusión a las tentaciones de san Antonio.

Procesión de San Antón en Navalmoralejo Procesión de San Antón en Navalmoralejo

Aparece siempre el santo como un anciano vestido con el hábito de San Antonio de sayal oscuro con capuchón. Sostiene frecuentemente un bastón terminado en forma de T. También aparece en muchas ocasiones la letra egipcia tau como símbolo del santo y de su orden. Es frecuente que se dibuje en las escenas una ermita que simboliza la vocación eremítica del santo tebano, como sucede en su representación en los azulejos de la Basílica de El Prado.

Los romanos celebraban también en Enero unas fiestas llamadas consualias en las que se pretendía librar del mal a los animales. Se coronaba a los asnos delante del altar de Júpiter y no debemos olvidar que en algunas localidades de España entre las que destaca Madrid se coronaba un rey de porqueros y un rey de los puercos.

Los animales que aparecen con más frecuencia en sus rituales y simbología son los cerdos y los equinos y hoy día todavía muchos de sus festejos cuentan con la presencia de caballos y de hogueras que a veces se saltan con ellos.

Tirándose por la "peña fariza" en Navalmoralejo el día de San Antón Tirándose por la “peña fariza” en Navalmoralejo el día de San Antón

La victoria sobre demonios y espíritus malignos es otro de los elementos característicos de este santo como justifica su hagiografía y en un santo agrario tan antiguo como éste no es raro que se invoque su protección tanto para pedir buenas cosechas y cría de ganados y para los humanos. En este sentido contamos en la comarca con un curioso ritual en el pueblecito jareño de Navalmoralejo. Sus gentes celebran la misa, bendicen a los animales y hacen procesión con el santo. Comparten después una comida y los vecinos se dirigen a un paraje cercano al pueblo donde se la gente se desliza por una piedra granítica a modo de tobogán para que el año siguiente les sea favorable en todos los sentidos. Cuando visité el pueblo me decían para poner en valor la costumbre que antiguamente se tiraba por la “Peña Fariza” hasta el médico y la guardia civil. En el lenguaje de la comarca “fariza” es tanto como “resbalosa” y farizarse o esfararse es resbalarse. El santo era también protector de varias enfermedades como la peste y la rabia.

Otros elementos comunes a esta fiesta son las hogueras que algunos interpretan como culto al sol y no hay que olvidarse que el santo y sus monjes llevaban la letra o cruz de tau símbolo de la divinidad solar egipcia y de la orden.  Aquí también hay que reseñar que San Antón protegía del rayo.

Otro día hablaremos de la abundante iconografía del santo en cerámica de Talavera procedente en su mayoría del desaparecido hospital que tuvo la orden en el barrio de San Andrés como hemos comentado ya.

Página Talavera y su Tierra de Miguel Méndez-Cabeza Fuentes

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