NI LOS GORRIONES: EL DESIERTO RURAL

NI LOS GORRIONES: EL DESIERTO RURAL

Primero se fue el veterinario, ya no quedaban en el pueblo animales de tiro y las pocas cabras y ovejas eran careadas por viejos pastores que  se iban muriendo. Ni siquiera vivía ya el herrador, esa especie de ATS de los albéitares.

Los maestros venían en un coche desde la pequeña ciudad y cuando se acababa la jornada se volvían a marchar sin saber casi como se llamaba el pueblo, ya nadie se acordaba de aquellos viejos profesores, de aquellas maestras que organizaban teatros o acompañaban a los chavales por el campo a enseñarles cosas de la naturaleza, la historia o la literatura. Las cuatro reglas, pero bien enseñadas.

Cuando hicieron el centro de salud en el pueblo de al lado las pobres gentes creían que allí les “echarían los rayos” y se podrían hacer el «analís», pero solo consiguieron quedarse sin el médico o el enfermero que antes vivían en el pueblo y sabían casi a qué hora se levantaba cada vecino. Muchos echaron de menos aquel decimonónico sistema de las igualas que compensaba a los sanitarios por permanecer en el pueblo «de contino». Pronto los guardias civiles hicieron lo mismo y ya ponían también un cartelito en la puerta del vacío cuartelillo con un teléfono al que dar los avisos.

El secretario también vivía en la pequeña ciudad y solo venía de vez en cuando. Uno de esos secretarios con tanto poder en otras épocas, pero que conocían bien los entresijos de la modesta administración de los pequeños pueblos. El alguacil se cambió por un policía local sin corneta pero con un uniforme muy bonito, aunque tampoco se quedaba a dormir en el pequeño lugar. Y el cura sudamericano tenía un montón de pueblos a su cargo y apenas conocía a sus feligreses.

Las gentes con posibles y algunos abuelos compraron con sus ahorros un piso en la pequeña ciudad donde tal vez sus hijos y nietos vivirían un día para encontrar trabajo más fácilmente que en aquellos páramos despoblados. Y ya, desde las últimas elecciones, hasta el alcalde y los de otros pueblos cercanos ni siquiera vivían allí. Iban y venían a los plenos desde la cercana ciudad donde residían en un bonito adosado.

Si había que recoger la aceituna lo hacían casi siempre los rumanos y en las labranzas ya solo se hacían cargo del ganado inmigrantes marroquíes. Apenas quedaban en el pueblo algún que otro tractorista y los guardas de la caza de esas fincazas tan bonitas que se habían comprado y acondicionado “a tó confor” los empresarios del ladrillo, cortando los caminos públicos con total impunidad.

Solo las asociaciones de mujeres organizaban actividades para intentar conservar la cultura de sus mayores, aunque ya casi todas se dedicaban a sus labores o a coser manteles de Lagartera, porque habían cerrado los dos pequeños talleres de confección. Los pocos jóvenes se sentaban junto a la iglesia sin otra cosa que hacer que mirar sus aparatitos cibernéticos, pero sin saber siquiera distinguir una encina de un alcornoque. El bar ya solo se veía animado cuando después de una jornada de caza se daban las judías a los italianos que venían a disparar como posesos contra los zorzales.

Este año no se ven apenas gorriones y ni siquiera han anidado los vencejos bajo el puente de un río que ya no lleva agua. Y mientras, los que se fueron del pueblo, deambulan fantasmales entre las tiendas y las escaleras mecánicas de las grandes superficies comerciales de la ciudad sin un duro en el bolsillo.

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3 comentarios sobre “NI LOS GORRIONES: EL DESIERTO RURAL”

  1. Miguel, bien sabes aquel dicho de «la visita del médico» como algo rápido y conciso, ahora todas las visitas a los pueblos desgracidamente son como las del médico, nadie se queda.
    Llevamos décadas demonizando lo rural; el tonto del pueblo, el cateto, el paleto, el de la boina, el destripaterrones, pastorazo, etc. Ahora que tanto se habla de leguaje inclusivo, ¿para cuando un lenguaje inclusivo de lo rural? Vida, naturaleza, productos naturales, salud, calidad de vida, tranquilidad, tiempo… mucho tiempo.
    Nosotros quizás no lo vivamos, pero nuestros hijos y nietos echarán en falta el conocimiento que se perderá con la desaparición de la ruralidad, un conocimiento de viene de siglos de lo que ahora los gurú de las escualas de negocio llaman «prueba-error, prueba-error» que no es otra cosa que la experiencia de nuestros antepasados.
    Un abrazo.

    1. De acuerdo contigo. Las palabras digamos rústicas, que introduzco en el artículo están incluidas con todo el cariño. Considero además que muchas de ellas son en realidad arcaísmos más que vulgarismos. «Velahí», por ejemplo, no es otra cosa que el «Voilà» francés

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