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EL FRAILE QUE ARRODILLÓ A LA REINA

El FRAILE QUE ARRODILLÓ A LA REINA

Monumento a Fray Hernando de Talavera
Monumento a Fray Hernando de Talavera

Un fraile jerónimo de cuerpo delgado y rostro alargado permanecía sentado en la gran sala abovedada que daba entrada a las dependencias del Santo Oficio. La expresión de su nariz aguileña y sus ojos, tan vivos a pesar de su edad, causaban al joven clérigo que le acompañaba una sensación de serenidad que ninguna otra persona había conseguido transmitirle. Dos criados que cruzaron las frías dependencias, al pasar junto a él, murmuraron  sorprendidos que el modesto fraile que ahora esperaba sentado para ser interrogado por  el Inquisidor de Córdoba, Diego Rodríguez Lucero, era nada menos que el arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera.

Siempre había sido un hombre modesto y con humildad aceptaba la que él consideraba una dura prueba impuesta por Dios. Lucero, al que el pueblo conocía como Ael hombre de las hogueras@ se había cebado con él y con su familia. Había conseguido que unas mujeres recompensadas con unas monedas acusaran al arzobispo y a su familia de prácticas de brujería en las que sus sobrinas se entregaban embriagadas a bacanales y ritos satánicos, montando a la grupa de machos cabríos y recorriendo España para buscar prosélitos para el judaísmo.

Fray Hernando de Talavera yMaldonado, el Doctor Talavera entre otros en la exposición de Colón de su proyecto de navegación a Indias

Miraba el fraile a la pared de piedra de enfrente como si fuera a obtener de ella alguna respuesta. Se acordó de su madre, la hermosa judía que el señor de Oropesa don Fernando Álvarez de Toledo quiso tener por amante y, aunque pasó algún tiempo de su niñez en Oropesa, sus primeros recuerdos venían de Talavera de los alrededores de la calle del Contador, del patio de la casa donde sus tíos Pedro Suárez y Diego López de Ayala habían instalado a su madre para alejarla de la condesa.

Empezó a notar frío, el mismo frío húmedo de iglesia que desde los cinco años se había acostumbrado a sentir cuando cantaba en la Colegial de Talavera, mientras aprendía a leer y escribir entre el ir y venir de los canónigos. Desde entonces no había dejado de oler a cera e incienso en toda su vida. Recordaba sus visitas al monasterio de Santa Catalina donde su pariente Fray Alonso de Oropesa, más tarde General de la Orden de los jerónimos, había sido elegido en plena juventud prior del poderoso convento talaverano. Allí  pensó por primera vez en hacerse monje. En realidad, pensó, hubiera deseado permanecer toda su vida en el monasterio del Prado donde fue prior, entre sus libros y sus frailes.

Placa en la casa natal de fray Hernando de Talavera
Placa en la casa natal de fray Hernando de Talavera

En ese momento, dos dominicos cruzaron la sala mirándole de reojo sin ni siquiera saludarle, él volvió a sus pensamientos y recordó el día en que con toda su ilusión ofreció a su padre la traducción de un libro de Petrarca en la magnífica caligrafía que había aprendido en Barcelona. Asaltaban su mente imágenes de los días felices de bachiller en Salamanca, aunque la penuria económica del hijo bastardo de un noble le obligaba a tomar pupilos en su casa a los que además daba clase para poder sobrevivir. Cuando podía, se escapaba al monasterio jerónimo de San Leonardo en Alba de Tormes donde acabó ingresando como novicio. El nunca dejó de ser un fraile e incluso siendo arzobispo de Granada organizó su casa como si de un convento se tratara, imbuido de la modestia que él quiso volver a introducir en la vida religiosa de los monasterios con el impulso que sus amigos llamaban A la reforma talaverana , la que él mismo aplicó siendo prior del monasterio del Prado en Valladolid.

No tenía miedo a la muerte, pero en ese momento se acordó de las humillaciones que el Santo Tribunal había hecho pasar a su familia y un escalofrío de indignación le recorrió la espalda. Al fin y al cabo era un pobre hombre hijo de judía y ya no vivía su gran valedora, su señora la Reina Católica. Jamás se hubieran atrevido a tocarle un pelo si ella viviera. No pudo evitar recordar de nuevo la primera confesión con la reina Isabel. Siempre había dudado si en aquella ocasión había actuado tal vez con cierta soberbia cuando la reina le indicó que se arrodillara junto a ella para confesarla y él respondió: ANo señora, yo he de estar sentado y vuestra alteza de rodillas porque este es el tribunal de Dios, y aquí hago sus veces@. Pero desde entonces la reina hizo de su persona el  consejero más fiel. Hasta cuando con su amigo y paisano Maldonado, el doctor Talavera, analizaron el proyecto de Colón para viajar a las indias aconsejando a la reina que apoyara la empresa.

Casa donde es tradición que nació Fray Hernando de Talavera
Casa donde es tradición que nació Fray Hernando de Talavera

Por la insistencia de Isabel aceptó Hernando abandonar su vida monacal y hacerse obispo de Ávila. Pero no gustaba de ser un prelado al viejo estilo, un obispo cuyo fin es mandar y enseñorearse de los menores, ser temido, reverenciado, servido, regalado. No tratar sino de sus contentos y descansos, comidas espléndidas, camas blandas, número de pajes y criados, caballos, mulas aparadores y vajillas ricas, teniendo delante de sus ojos una infinidad de pobres feligreses muertos de hambre, desnudos, enfermos y lastimados. Hernando de Talavera no sería uno de ellos, pero eso le costaría las primeras enemistades de los poderosos los primeros roces con los que siempre querían que todo siguiera igual, los que decían que el fraile se dedicara a decir misa, que no se distrajera con tantos y difíciles negocios de Estado.

Pero la reina siguió confiando en su humilde persona y le hizo arzobispo del último pedazo de España que había estado en manos de los hijos de Alá, el reino de Granada. También allí quiso acercar su iglesia a los más desfavorecidos, a los vencidos, a los moriscos y a los conversos, pero intentó aproximarse a ellos sin la espada, en su misma lengua, respetando sus costumbres y hasta permitiendo su música y sus canciones en las iglesias. Pero los grandes, como siempre, como había sucedido durante siglos, no cesaban en su gula de sangre y riqueza, y ahora le tocaba a este pequeño fraile ser molido en las inmensas piedras del poder.

ROMANCE Y LEYENDA DEL CABALLERO CORNUDO

LEYENDA DEL CABALLERO CORNUDO

Estos ripios son el texto del Romance del Caballero Cornudo que sirvió como guión del primer romance de ciego editado por la Asociación de Vecinos de San Jerónimo. Se basa en una leyenda medieval que, aunque tiene varias versiones, parece que tuvo algo de verdad.

La alcazaba de Talavera en el siglo XVI. En ella se desarrollan parte de los hechos.
La alcazaba de Talavera en el siglo XVI. En ella se desarrollan parte de los hechos.

Hace ya casi mil años

esta historia comenzó.

En Ávila la bien cercada

un caballero vivió

que se llamaba Nalvillos

bravo guerrero se armó

luchaba contra los moros

multitud de ellos mató

Su mujer era muy bella,

verán lo que la ocurrió:

El día de San Lorenzo

cuando iba de procesión

el moro de Talavera

prisionera la cogió,

la trajo para esta villa

En su alcázar la encerró

Pasó gran dolor esos días

y Nalvillos decidió

ir a salvar a su hembra,

a sus caballeros llamó

con cincuenta de ellos vino,

en la atalaya paró,

ocultar a los caballos

y esconderse les mandó

Atalaya de Segurilla, donde quedaron enmascarados los hombres de Nalvillos
Atalaya de Segurilla, donde quedaron enmascarados los hombres de Nalvillos

Si oyerais mi bocina

acudid en mi favor

Se viste de campesino

y a Talavera marchó

cortando un poco de hierba

venderla bien simuló

pasando así la muralla

y al alcázar se llegó

Su mujer por la ventana

muy pronto le divisó

y le hizo subir luego

al palacio con temor

podría llegar pronto el moro

y causarle gran dolor

¡Ay¡ ya gritan en la guardia

que llega el gobernador

La mujer del gran Nalvillos

le manda muy azorada

que se esconda en un baúl.

Entra el moro y la casada

en el lecho con él yace,

él la goza  muy turbada

pues Nalvillos les escucha

mientras ella  es bien amada

por ese perro traidor

Después de la cabalgada

ella queda muy ardiente

muy vencida y entregada

y en voz baja va y le dice

Mohamed toma tu espada

pues yo te voy a entregar

al que antes de la alborada

seguro vas a matar,

Que se trata de Nalvillos

Tu enemigo más mortal

Si me cubres de riquezas

yo te lo he de entregar

que se esconde en ese cofre

pues me vino a rescatar

Si es cierto, responde el moro,

yo te habré de regalar

y la mitad del tesoro

El jeque llama a la guardia, preso Nalvillos ya está
El jeque llama a la guardia, preso Nalvillos ya está

de Talabira tendrás

El jeque llama a la guardia

Preso Nalvillos ya está

y al jeque que le pregunta

cómo cree que morirá

Nalvillos bien le responde

lo que ahora escucharás:

Si en su misma tesitura

él se hubiera de encontrar

que en la montaña más alta

y cercana a la ciudad

él le habría de matar

quemándole muy bien luego

en una hoguera infernal

Tienes razón dice el moro

y así lo haré sin tardar

vayamos a la atalaya

y acabemos esto ya

Tocando las chirimías

Suben los moros gozosos

Pero al llegar a la cumbre

Ya no están tan jubilosos

Nalvillos tocó la bocina

y los cristianos  furiosos

salieron de su escondite

Y a los moros temerosos

hicieron gran mortandad

yendo luego victoriosos

A conquistar Talabira

Mil tesoros muy hermosos

como botín se llevaron

y al árabe presuntuoso

junto a su amante traidora

el Nalvillos muy celoso

vivos los mandó quemar

Vosotros que esto escucháis,

aprended bien la lección:

Cuernos a nadie perdonan

Ni al noble ni al pobretón

y sólo entran por las puertas

de lado, de frente no

pues se lo impiden las astas,

este cuento se acabó.

Miguel Méndez-Cabeza Fuentes

INGE MORATH, LA ESPOSA DE ARTHUR MILLER QUE FOTOGRAFIÓ UNA BODA EN NAVALCÁN

INGE MORATH, LA ESPOSA DE ARTHUR MILLER QUE FOTOGRAFIÓ UNA BODA EN NAVALCÁN

En un artículo reciente de Manuel Hidalgo en El Mundo sobre la fotógrafa Inge Morath se pone en valor su figura pero no se hace referencia a la maravillosa colección de fotos que tienen por tema una boda en Navalcán a mediados de los años 50.

Traemos aquí algunas de esas fotos y artículos en los que se describe el homenaje que se hizo en el pueblo a la fotógrafa con la visita de dos Nobel de literatura a este pueblo de nuestra comarca.

MANUEL HIDALGO

«La fiesta más perfecta». Eso dijo Inge Morath sobre los Sanfermines. La fotógrafa estuvo en Pamplona, por primera vez, en 1954, en compañía del editor Robert Delpire y la escritora Dominique Aubier, ambos franceses, y el resultado de su estancia fue Guerre à la tristesse (1955).

Guerra a la tristeza. No es una mala definición de las fiestas pamplonesas, por entonces cuajadas de curas con tejas, monjas con hábito, aldeanos con boina y gitanas con niños. Y paisanos de andar errático. Y toros, claro. Y el torero Antonio Ordóñez, vistiéndose para matar. El libro, como tal, nunca se publicó en España, pero Lola Garrido, coleccionista de fotografías y amiga personal de Morath, hizo una edición y una exposición en Pamplona en 1997, que contó con la presencia de la artista austríaca, muy apreciada en la ciudad, que hasta le ha dado una calle.

Morath ya había estado en España años antes, acompañando a Henri Cartier-Bresson, de quien fue asistente. Recorrió varias regiones e hizo, sobre todo, muchas fotos de mujeres del campo. Todavía no era miembro de pleno derecho -y primera mujer- de la Agencia Magnum, donde empezó, en París, haciendo tareas de secretariado y producción a iniciativa de Robert Capa.

Morath comenzó a hacer fotos con intención en 1951, durante un viaje a Venecia. Antes se había dedicado al periodismo escrito. Y nunca dejó de escribir. La exposición de Fundación Telefónica de Madrid recoge el trabajo de su viaje, antes de ir a Pamplona, a lo largo del Danubio, fotografías de signo documental y hálito poético, contrastadas en un nuevo viaje -tantos años y cambios después- en 1993.

Ingeborg Morath nació en 1923 en Graz (Austria), y tuvo una infancia peregrina -por la profesión de científicos, vinculados a empresas y laboratorios, de sus padres- hasta que, más o menos, volvió a Berlín en 1938. Estudió Filología Románica, siguió viajando, aprendió un montón de idiomas y sufrió los avatares del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial -huida como refugiada- hasta instalarse en Viena y encontrarse con el periodismo y la literatura. Fue amiga, en ese momento, de otra Ingeborg, Bachmann, la poetisa, amante que fue, nada menos, de Paul Celan,Max Frisch y -creo- Thomas Bernhard.

Morath -que había aprendido mucho con el fotógrafo y también pintor austríacoErnst Haas– completó su formación en Londres en la agencia de Simon Guttman, paso decisivo para entrar en Magnum, de nuevo en París, con todas las bendiciones, regularizar sus viajes profesionales y publicar sus reportajes en Life,Vogue, París-Match y tantas revistas. En los años británicos, tuvo un primer matrimonio con el periodista Lionel Birch e hizo amistad con John Huston.

Acogida por este cineasta, trabajó en los rodajes de Moulin Rouge (1952) y Los que no perdonan (1960), camino que le llevaría a Nevada, a la filmación de Vidas rebeldes (1962), en la que Magnum colocó en exclusiva a nueve de sus fotógrafos, dispuestos a no perderse un gesto de tres estrellas rutilantes que enfilaban su recta final: Marilyn Monroe, Clark Gable y Montgomery Clift.

En ese rodaje estaba el dramaturgo Arthur Miller, guionista de la película y marido de Marilyn, que, por supuesto, ya era una celebridad mundial después deMuerte de un viajante, Las brujas de Salem y Panorama desde el puente.

La relación entre Miller y Marilyn estaba virtualmente rota, y el escritor y la fotógrafa iniciaron un romance que, tras el divorcio de M y M, les llevó a casarse inmediatamente. Primero nació su hija, Rebecca Miller, que es una importante escritora y directora de cine -recordemos Las vidas privadas de Pippa Lee– y está casada con el actor Daniel Day-Lewis. Y después, en 1966, nació Daniel.

Daniel nació con síndrome de Down, y Arthur Miller tomó una tremenda decisión: ingresarlo rápidamente en una institución. La oposición de Morath no sirvió de nada. A diferencia de su mujer, Miller nunca fue a visitar a su hijo, y ambos ocultaron públicamente su existencia misma. Sólo en los últimos años de su vida, Miller llegó a encontrarse con su hijo Daniel, ya adulto, y lo incluyó en su testamento.

Al tiempo que seguían sus respectivas carreras, Morath y Miller viajaron mucho por todo el mundo y colaboraron -fotos de ella, textos de él- en al menos tres libros: In Russia (1969), In the Country (1977) y Chinese Encounters (1979)-. Además de por Rusia, China, Estados Unidos y España, Morath viajó por México, Francia, Italia, Irlanda e Irán, realizando reportajes en todos esos países.

Morath fotografió igualmente diversos montajes teatrales y adaptaciones televisivas y cinematográficas de obras de Miller y fue una destacada retratista, con especial predilección por las figuras de la cultura. Ante su cámara posaron Jean Arp, Alberto Giacometti, Pablo Picasso, Philip Roth, Joan Miró, Jean Cocteau y varios otros artistas de primer orden.

Fotógrafa, sobre todo, en blanco y negro, los comentaristas (Margit Zuckriegl, por ejemplo) han señalado la huella en sus imágenes de su maestro Cartier-Bresson y un componente humanista que le llevaba a no mostrar lo más dramático. Morath salió a las calles de Nueva York, cuando los atentados del 11-S, pero evitó fotografiar a las víctimas y se centró en los improvisados memoriales y homenajes.

La misma comentarista -autora, por cierto, de un libro sobre Ernst Haas– señala que en la mentalidad de Morath, y como herencia de Magnum, siempre estaba presente la adecuación de sus imágenes a los medios impresos.

En la exposición de Fundación Telefónica (Tras los pasos de Inge Morath. Miradas sobre el Danubio), junto a 60 copias originales de la austríaca, se exhiben los trabajos de ocho fotógrafas actuales que recorrieron el mismo itinerario por el gran río europeo en 2014.

Cuando Arthur Miller estuvo en octubre de 2002 en Oviedo para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Inge Morath ya no pudo acompañarle. Había fallecido en Nueva York en enero de ese mismo año a causa de un linfoma. Miller murió tres años más tarde.

Hasta aquí el artículo de Manuel Hidalgo en el Mundo, pero es a continuación donde reproducimos el relato de «CIRCARQ» sobre la historia de la serie de fotografías que hizo la autora de una boda en Navalcán;

Inge Morath (1923-2002)

Navalcán, 1954

Es 1954, están preparando una boda y todo el pueblo está implicado, es una celebración importante dentro de una realidad marcada por el trabajo, la pobreza y hambre, mucha hambre. La fotógrafa, es invitada a quedarse a la fiesta e Inge Morath inmortaliza los preparativos de la víspera de la boda y el día de la boda. «La ceremonia del intercambio de los anillos se celebró a las ocho de la mañana fuera de la iglesia. Yo había llegado lo suficientemente temprano para poder captar el cortejo nupcial en marcha hacia la iglesia. Todos iban vestidos de negro; la novia llevaba un pequeño sombrero de paja negro y su madre una mantilla. Nadie me prestó la más mínima atención, siendo mi presencia aceptada con la misma generosidad que reinó durante todo aquel día».La relación a tres bandas entre Morath, Miller y España tiene ubicación geográfica: Navalcán, Toledo, Castilla-La Mancha. En julio de 1997, el matrimonio Miller-Morath acompañado por el Premio Nobel de Literatura 1992, el sudafricano Derek Walcott, acuden a esta localidad toledana para recordar un viaje hecho cincuenta años atrás. Inge Morath, fotógrafa de la agencia Mágnum, fotografía la España después de una guerra, la España del hambre, la España de los que perdieron. Aquellas carreteras y caminos de tierra de 1954 le llevan, azares del destino, hasta un pequeño pueblo de Toledo, Navalcán. No todo era destino, Inge Morath estaba buscando los famosos bordados de Navalcán y las manos de las que salían. La propia Inge Morath en el prólogo a estas fotografías escribe estas palabras: «En días normales, mujeres y niñas se sientan junto a los portales a bordar incansablemente manteles y servilletas de lino con los intrincados y hermosos diseños de la región. Estos son luego llevados por sus maridos a Madrid, donde tratan de venderlos de puerta en puerta. Una de las mujeres, a quien compré, a un precio que parecía satisfacerla plenamente unas cuantas de sus piezas bordadas me dijo que había una gran fiesta en el pueblo la semana que viene: una boda a la que todos estaban invitados y en la cual vestían sus preciosos trajes típicos».

En sus instantáneas aparecen la encargada del guiso de bodas, los niños, con hambre, alrededor de la sarten, las mujeres bordando en las calles, los labradores tras un duro día de faena en campos valdíos, las mozas que van a buscar a la madrina, la salida de la moza-madrina, la novia, el novio, el baile de la manzana, la recorría… «Ya en la Iglesia, hubo una solemne misa, con los novios y sus familiares arrodillados en primera fila. En las naves laterales había otras mujeres de negro que vienen aquí durante todo un año, después de la muerte del marido o de un hijo, a rezar enfrente de enormes velas que deben permanecer encendidas durante toda la misa».

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Morath sigue narrando las sensaciones que va captando a través de su cámara «llega entonces la hora en que la novia, las madrinas de la boda y las otras mujeres invitadas a la fiesta vuelven a sus casas, visten sus trajes y se hacen luego el peinado tradicional que consiste en una complicada moña sostenida por unos alfileres de plata. Las madres y las abuelas se responsabilizan directamente de todo, bien sea mojando o cepillando pelo, ayudando a poner blusas de lino, apretando corpiños o, finalmente, poniendo y ajustando grandes faldas plisadas y multicolores».Todo queda inmortalizado en la cámara de Inge Morath, «mientras tanto, en el gran recinto vacío donde se celebran los bailes del pueblo, se ha preparado un desayuno con chocolate y arroz con mucho aceite. Todo, inclusive el vino, está en unas enormes vasijas colocadas sobre grandes mesas, y es servido por mujeres que llevan pañuelos negros y que han estado cocinando en los fogones de piedra del patio. Los músicos comienzan a tocar y no pararán hasta el final de la jornada. La pareja nupcial, agarrados estrechamente el uno al otro, toman su turno para bailar. Cerca de las tres de la tarde, se sirve de comida conejo estofado y más vino»

La boda sigue su curso, y la fotógrafa de la Agencia Magnum se siente cada vez más partícipe de la gran fiesta «el punto culminante de una boda campesina castellana es el «Baile de la Manzana». Está ya anocheciendo y gentes de otros pueblos cercanos han venido como espectadores. Se distribuyen tazones con comida que ha sobrado a los que no han comido. El novio, con el padrino de boda, va a buscar a la novia y a las madrinas y las conducen luego en procesión hasta la plaza del pueblo. Allí, los músicos están ya preparados y cerca de una docena de muchachas están listas para empezar el baile. El traje de la novia es idéntico al de ellas, pero la novia lleva decorados más suntuosos y en su cabeza, como señal de pureza, una corona de cintas sobre una guirnalda de flores blancas. Algunas novias, me dicen, han tenido que arreglárselas sin la corona».

El ritual del «Baile de la Manzana» pieza única del folklore navalqueño y afortunadamente conservado por la tradición es narrado por Morath, «cada bailarina sostiene un cuchillo con una manzana clavada en la punta y, a medida que van danzando rítmicamente al son de la música, los invitados se van acercando y van clavando billetes en las manzanas, ayudando de este forma a reunir la dote de la novia y ganando el derecho a bailar con ella. Los billetes son luego quitados de las manzanas y colocados en una caja de metal que la madre de la novia, sentado con otros invitados en un semicírculo alrededor de las bailarinas, sostiene firmemente sobre sus rodillas…»

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Reencuentro en 1997

En aquella visita, Miller y Morath, pudieron sentir el cariño «palpable» de los navalqueños, no hubo boda pero si un encuentro con aquellos a los que ella retrató, los novios, ya abuelos, la moza-madrina, también abuela, y aquellos niños hambrunos, ya adultos. Si hubo además baile de la manzana, y recorría, y dulces en abundancia, más que en aquella primera visita. Todo esto hizó llorar a un Nobel de Literatura, Derek Walcott, que acompañaba al matrimonio en este viaje, fue él quien aseguró a Miller «que en su vida había vista algo tan bonito». La visita del matrimonio Miller-Morath se repite el cuatro de octubre de 1998, cuando acuden a la invitación cursada por el Ayuntamiento de la localidad para inaugurar una calle dedicada a la famosa fotógrafa. Y es ahora, cuatro años después cuando de nuevo Navalcán, Miller y en la memoria Inge Morath vuelven a unir sus destinos. El Consistorio de la localidad ya ha cursado una invitación formal al dramaturgo norteamericano para que visite de nuevo esta villa y en la página web de la localidad, www.navalcan.com son muchos los que se acercan hasta el foro para dejar su mensaje sincero de agradecimiento a alguien que siendo extranjero ha sabido llevar por todo el mundo el nombre y el espíritu de las gentes de estas localidad castellano-manchega.La casualidad quiso que el arquitecto municipal de la localidad, Francisco García Herguedas, descubre en una exposición esas instantáneas que Inge Morath realizó en 1954 en Navalcán. En colaboración con la familia Cuevas, natural de este pueblo e instalada en Estados Unidos, se consigue localizar a Inge Morath y en julio de 1997 se realiza la primera exposición de aquellas fotografías. Se exponen cerca de 50 fotografías, la mayor parte de ellas dedicadas a los preparativos de la boda y su celebración. Es entonces cuando tiene lugar el reencuentro de la fotógrafa y de los navalqueños, aquellos que cincuenta años atrás, en una boda en 1954 «no me prestaron la más mínima atención» siendo recibida, igual que sucediera medio siglo atrás «con la misma generosidad».

El recibimiento.

El grupo ‘La Revolvedera’ recibió a Morath y a sus dos ilustres acompañantes a la entrada del municipio para mostrar esos bailes folclóricos que cautivaron a la fotógrafa austriaca unas décadas antes. «Estaba toda la calle llena de gente», recuerda Telesforo de aquella actuación extraordinaria para una formación de un pueblo pequeño de Toledo. Y todavía quedaba el nombramiento de Hija Predilecta y la designación de una calle con el nombre de la protagonista, que se hospedó entonces en la casa de un navalqueño arraigado en Estados Unidos.
Y faltaban todavía los ramilletes de flores, los vasos de vino y los besos a los bebés. «El cariño de sus caras era palpable. Por casualidad, miré hacia Walcott y vi lágrimas en sus ojos. ‘En mi vida he visto algo tan bonito’, dijo. El momento culminante de la visita fue la presentación a Inge por parte del alcalde de una nueva placa que decía ‘Calle Inge Morath’. Iban a cambiar el nombre de una calle en su honor», decía fascinado el autor de ‘Muerte de un viajante’.
El discurso pronunciado por Arthur Miller durante la entrega de los premios en Oviedo sigue describiendo el interés de Inge Morath por Navalcán y también por el resto de España:«A comienzos de los años 50, cuando España despertaba poco interés en el mundo de la cultura, hacía fotografías del medio siglo con un amor y un respeto manifiestos por el alma de la gente, el verdadero tema de su obra ante su dominio absoluto del idioma, de las costumbres y de la historia de España. Yo no podía más que observarla maravillado».
Probablemente, los cerca de 2.500 vecinos de Navalcán continúen viendo reflejada su alma colectiva en esas instantáneas colgadas desde hace años en el Museo municipal, que un día consiguieron reunir en esta localidad a dos premios Nobel de Literatura y a una fotógrafa de prestigio mundial.

Palabras de Arthur Miller en referencia a Navalcán en el discurso de agradecimiento al premio Príncipe de Asturias que se otorgó al ya premio Nobel de literatura.
«Más reciente, Inge Morath me relevó otra faceta muy diferente de España, la España que ella había llegado a querer, el país donde creo que más a gusto se encontraba. Era el país de grandes pintores y de su amigo Balenciaga, pero también de campesinos y de gente del pueblo y toreros, a quienes le encantaba fotografiar. Veía el carácter español cierta aspiración a la nobleza que yo creo que reflejaba la que ella misma tenía. A comienzo de los años cincuenta, cuando España despertaba poco interés en el mundo de la cultura, hacía fotografías del medio siglo con un amor y un respeto manifiestos por el alma de la gente, el verdadero tema de su obra ante su dominio absoluto del idioma, de las costumbres y de la historia de España, yo no podía más que observarla maravillado.

 Nuestra vivencia española llegó a su punto culminante hace aproximadamente año y medio cuando la acompañé en una visita al pueblo de Navalcán. Había en aquel momento una exposición de sus fotografías en Madrid, entre ellas, una serie que había sacado en los años cincuenta, en un pueblo entonces remoto y apenas visitado. Ahora cincuenta años más tarde, había llegado a Navalcán la noticia de que el pueblo había adquirido cierta fama. Un autocar lleno de gente fue a Madrid para ver por sí misma el aspecto que tenían hace tanto tiempo. Estaba en la galería, gente ya de mediana edad, supervivientes observándose, jóvenes y lozanos en sus cumpleaños, bodas, sus campos y sus casas, rodeados de amigos, ya ancianos o fallecidos. Volvieron a Navalcán e hicieron llegar a Inge una invitación, insistiéndose para que volviera a visitarlo, viajamos con nuestro amigo Derek Walcott, poeta laureado con el Nobel y un hombre de mundo con experiencia. Seguramente había salido a la calle más de un millar de personas para saludar a Inge y celebrar su vuelta. La policía y los bomberos enviaron a sus representantes y se sirvió una comida en el ayuntamiento para sesenta personas. Walcott nos acompañaba en medio de la muchedumbre, que no cesaba de regalar a Inge ramilletes de flores, de ofrecerle con insistencia vasos de vino y bebés para besar, a la vez que recordaban a veces su visita de hace medio siglo. Ella no había hecho más que apreciarlos en un momento dado, y había otorgado un reconocimiento y un recuerdo público a sus vidas sencillas. El cariño de sus caras era palpable. Por casualidad miré hacia Walcott y vi lagrimas en sus ojos. «En mi vida he visto algo tan bonito», dijo. El momento culminante de la visita fue la presentación a Inge por parte del alcalde de una nueva placa que decía «Calle Inge Morath». Iban a cambiar el nombre de una calle en su honor.

Por lo tanto, no vengo a ustedes y a la España moderna y democrática con las manos vacías, sino con mis recuerdos personales, unos trágicos, otros felices. En este el mismo espíritu con el cual quiero darles las gracias por su reconocimiento y este gran premio.»

OTROS PERSONAJES DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA ( y 2)

IMPRESIONES Y DIBUJOS DE BOOTHBY

( y 2)

Tipos talaveranos dibujados por el teniente Boothby durante su convalecencia en Talavera
Tipos talaveranos dibujados por el teniente Boothby durante su convalecencia en Talavera. El texto inferior dice ;«Gorros de este tipo los llevan los paisanos adinerados, alcaldes y gente así. Son de tela marrón, rígidos por la parte de arriba, y van decorados con cintas negras y borlas.»

 

En una entrada anterior mostrábamos algunos personajes talaveranos dibujados por el teniente Bootby, inglés que queda herido y convaleciente en nuestra ciudad como otros mil quienientos soldados, distribuidos en su mayoría por los conventos talaveranos.

Ante la posibilidad de que el mariscal Soult llegue desde Plasencia con fuerzas francesas parte de los cinco mil heridos se retiran hacia Mérida cruzando por el Puente del Arzobispo para llegar luego la comitiva hasta Deleitosa pasando por Valdelacasa. Llevan siete galeras o carretones donde meten a unos pocos heridos y luego consiguen hasta cuarenta carretas de bueyes en tan lamentable estado que solamente llegan una docena.

Bothby, aunque tiene caballos y soldados que le asisten prefiere quedarse en Talavera dibujando a los personajes del capítulo anterior. Acumula alimentos que compra a un precio elevado y describe la angustia de nuestros paisanos cuando se enteran de que el ejército gabacho entra de nuevo por sus calles:

«Entre las ocho y las nueve  se oyó el galope de caballos en la calle. las mujeres corrieron  a las ventanas y se retiraron al instante pálidas como la muerte, cada una con un dedo en los labios en señal de silencio. ¡Los demonios! murmuraron, tienen las pistolas y las espadas preparadas»

Carromato para llevar a los heridos en el que trasportaron al teniente Bootby desde Talavera a Madrid
Carromato para llevar a los heridos en el que trasportaron al teniente Bootby desde Talavera a Madrid

El cirujano jefe Higgins que ha amputado la pierna del teniente sale a la búsqueda de la vanguardia de los franceses con las esperanza de que todos los heridos sean respetados ya que él ha tratado a todos por igual, pero los españoles han huido en su mayoría de Talavera echándose al monte ante los rumores de la ciudad va a ser saqueada, como así resultó después.

Así describe Boothby su martirio de calor y moscas:

«Estaba todavía sufriendo, todavía inmóvil, oprimido por el excesivo calor y atormentado por las innumerables moscas que oscurecían las cercanías de mi cama.  opio, paciencia y limonada suavizaban algunos de estos males. «

Sin embargo valora muy positivamente el carácter de los talaveranos que le acogen y el trato entre las distintas clases sociales, tan diferente de las estiradas costumbres inglesas:

«Aunque ya he hablado de las mujeres españolas, quizá no he introducido al lector a todos los habitantes de la casa, cada uno de los cuales, en mayor o menor medida contribuyeron a mi bienestar y se relacionaron conmigo. para nosotros, que trazamos una línea entre nuestra sociedad y la de nuestros criados, no se puede concebir fácilmente la libertad con la que las dos clases se asocian entre la clase media española. Todos los individuos bajo el mismo tejado son tratados como seres de la misma naturaleza»

Reproducimos también el dibujo del carromato en el que llevaron amontonado con su equipaje a Boothby y otros heridos desde Talavera a Madrid. Aunque a partir de madrid alquilaron un calesín donde fue más cómodo.

 

Portada de la novela de Paul Feval, «El Capitán Fantasma en Talavera de la Reina». Una novela francesa sobre la batalla de Talavera

PERSONAJES DIBUJADOS POR UN TENIENTE INGLÉS TRAS LA BATALLA DE TALAVERA

PERSONAJES DIBUJADOS POR UN TENIENTE INGLÉS

TRAS LA BATALLA DE TALAVERA

El libro de Carlos Santacara «La Guerra de la Independencia vista por los británicos.1808-1814» nos ofrece unos curiosos datos y dibujos sobre personajes talaveranos que hizo el teniente inglés herido Boothby. 

Mujeres talaveranas dibujadas por el teniente Boothby. Eran las sirvientas de la casa que le acogió
Tres mujeres talaveranas dibujadas por Boothby en 1809. Es de interés su atuendo y dos de ellas se encuentran hilando

Tras la batalla de Talavera los franceses se retiraron, pero volvieron después a ocupar la ciudad cometiendo toda clase de saqueos y tropelías.

En una de las viviendas talaveranas había quedado convaleciente un teniente inglés llamado Boothby al que le había sido amputada una pierna por las heridas que le hicieron en la Batalla de Talavera.

Le llama la atención lo bien que le tratan las paisanas que le han acogido pero observa el terror que va invadiendo a todos ante la inminente entrada de los franceses. Él piensa que ésta es una guerra entre caballeros y aunque es un oficial enemigo cree que será respetado. Pero todos temen a algún soldado borracho o ambicioso que les asalte.

La tía Polonia propablemente Apolonia, la anfitriona del teniente Boothby
La tía Polonia, propablemente Apolonia, la anfitriona del teniente Boothby

Se admira también de que la dueña de la casa acoge a todos los que puede para darles refugio y se ríe con una pobre mujeruca que carga a sus espaldas sus colchones y enseres con tan gran volumen del bagaje que apenas puede mantenerse en pie entre gemidos de miedo.

Sirvientas de la casa que acogió al teniente Boothby en Talavera.
Sirvientas de la casa que acogió al teniente Boothby en Talavera.

Catalina es el ama de llaves, de unos cuarenta años, ,tez morena, alta, de ojos azabaches y especialista en darle el toque a la «olla»

Manuela es la moza de la casa «una animada, simple y trabajadora muchacha. Era sencilla, sana y robusta, y capaz de castigar con sus puños a cualquier joven que se pusiera impertinente»

El inglés se sorprende de que la tía María y la tía Pepa sea llamadas tías, «aunque sus hermanos y hermanas no tengan hijos»

Al teniente le hace una pata de palo un carpintero vecino llamado Agustín y nos habla de sus dos hijas Marta y María Dolores. Un tal don Antonio es inquilino de la casa «muy respetado,…callado, sensible y agradable»

RENTABILIZAR LA HISTORIA

RENTABILIZAR LA HISTORIA

Estatua de Juan de mariana en un artículo de Blanco y negro de los años 60
Estatua de Juan de mariana en un artículo de Blanco y Negro de los años 60

En cierta ocasión pude visitar en el hermoso pueblo manchego de Villanueva de los Infantes el convento donde murió don Francisco de Quevedo. Se invitaba al turista a conocer la celda donde pasó sus últimos días y murió el gran genio español. Pasé a la estancia entre japoneses y un grupo de profesores universitarios interesados por conocer lugar tan culturalmente señalado. Por supuesto que estos visitantes comieron y compraron productos típicos en Villanueva dejándose allí algún dinerillo.

Unos meses más tarde supe que la celda en cuestión había sido redecorada con viejos muebles que nunca estuvieron en contacto con las posaderas del malhumorado escritor y que, con un poquito de imaginación y la ayuda de vecinos y chamarileros, se había ambientado adecuadamente la estancia. En la plaza adyacente al convento se puede además contemplar un monumento dedicado al autor del Buscón. Es absolutamente lógico que se explote la imagen de tan ilustre vecino aunque sea con pequeñas dosis de “turismo –ficción”, pues parece además que los restos que se veneran como los del tullido insigne son los de un mocetón bien formado de robusta osamenta, según estudio realizado hace un siglo.

Escultura que representa a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan
Escultura que representa a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan

Hace unos días visitaba Salamanca y podía pasear por el jardín de Melibea y en Valladolid pude también conocer la casa de Cervantes, con buena decoración de época pero utilizando objetos que nunca coexistieron con don Miguel, entre ellos, por cierto, buena cerámica de Talavera.  Ávila con Santa Teresa es otro ejemplo de cómo algunas ciudades saben rentabilizar su historia y sus personajes ilustres para hacer que el turista se acerque a ellas.

Cenotafio de García de Loaisa, confesor de Carlos V y fundador del convento de Santo Domingo en Talavera

Si queremos quitar a Talavera su aire y fama de ciudad un tanto rústica, mezclados con su aspecto de ciudad dormitorio, y darnos así un poquito de “caché”, sin renunciar por supuesto a los vínculos que desde siempre hemos tenido con el mundo agropecuario, sería interesante potenciar el reconocimiento de los muchos personajes históricos que nacieron o vivieron aquí.

Boceto de monumento a la Batalla de Talavera que no se llegó a realizar
Boceto de monumento a la Batalla de Talavera que no se llegó a realizar

Porque resulta, por ejemplo, que por nuestras calles corrieron de niños Fray Hernando de Talavera  y Rodrigo Arias Maldonado, el “Doctor Talavera”, dos hombres influyentes ante Isabel la Católica que contribuyeron en gran medida a que se iniciara la empresa americana. Pues bien, la casa natal de fray Hernando estuvo a punto de derrumbarse aunque ha sido felizmente recuperada. Podemos aprovechar el tirón que tanto su figura como la de Maldonado o Francisco de Aguirre tendrían para el turismo y para el prestigio de nuestro pueblo.

Fray Hernando cuenta ya con un monumento en la ciudad como lo tiene, aunque no muy apropiado, Fernando de Rojas. Se ha erigido uno más bien modesto a la Celestina. Pero digo yo que el autor de la considerada como segunda obra más universal de nuestra literatura podría dar mucho más de sí en cuanto a dar a Talavera la pátina cultural que tanto necesita. Una ruta digna de La Celestina y del que fue alcalde de nuestra ciudad debería instalarse sin importar que se hayan de hacer nuevas placas cerámicas que sirvan de guía por los lugares vinculados con él y su obra, y por su puesto el acceso al claustro de la Colegial, donde se encuentran sus restos, debería estar garantizado. La figura del arcipreste de Talavera, otro literato de gran talla, tampoco ha sido resaltada en modo alguno como personaje vinculado a nuestra ciudad.

Para llamar la atención sobre el aspecto histórico de Talavera, qué mejor símbolo que el Padre Juan de Mariana, al que se refería Benito Pérez Galdós en el centenario de la Batalla de Talavera declarando que “Talavera es la patria de la Historia por haber sido la patria de Mariana”. Creo que el centenario de su figura debería haber merecido algo más que el paripé académico que se celebró.

Otras disciplinas podrían tener también como patrones a algunos de nuestros más ilustres personajes. Por ejemplo a Gabriel Alonso de Herrera, primer estudioso nacional de la agricultura y la ganadería. El campo y el medio ambiente tendrían en él un magnífico patrón de prestigio para haber instaurado en Talavera estudios universitarios de Medio Ambiente, pero claro, tuvieron que ponerlos en Toledo donde se deben estudiar los selváticos bosques de la Sagra, o las agrestes llanuras manchegas.

Portada de la edición italiana del Libro de Agricultura de gabriel Alonso de herrera
Portada de la edición italiana del Libro de Agricultura de gabriel Alonso de herrera

Hagamos que estos y otros muchos paisanos ilustres estén más presentes en calles y eventos culturales, vamos a querernos un poquito más y no olvidemos a los mejores de nuestros paisanos.

DOS HISTORIAS DE AMOR EN EL PALACIO DE VELADA

UN BORBÓN DE LUNA DE MIEL EN VELADA

La familia del infante Don Luis, retratada por Goya, que residió en el palacio de Velada La familia del infante Don Luis, retratada por Goya, que residió en el palacio de Velada

Don Luis de Borbón fue hijo de Felipe V y hermano de Carlos III. Debido a las presiones de la madre de ambos, Isabel de Farnesio, fue destinado a ser arzobispo de Toledo y Sevilla y cardenal, cargos para los que no tenía vocación y que le llevaban a insistir ante su hermano el rey en su intención de casarse, renunciando finalmente a los arzobispados. Pero Carlos III temía que los descendientes de Luis, que era en realidad el verdadero heredero de la corona, pudieran quitársela a sus hijos que, al ser nacidos en Nápoles, no podían por tanto ser herederos legítimos a causa de la Ley Sálica. Pero Carlos III consigue que se nombre como heredero a su hijo Carlos IV y es entonces cuando, más tranquilo, consiente el matrimonio de su hermano, un hombre por otra parte débil de espíritu y un tanto obsesionado con la experiencia sexual. Seguir leyendo DOS HISTORIAS DE AMOR EN EL PALACIO DE VELADA

EL BORBONEO SECULAR

EL BORBONEO  SECULAR

Caricatura que muestra a Isabel II practicando su deporte favorito Caricatura que muestra a Isabel II practicando su deporte favorito

De la tierra de l´amour, Emmanuelle, El Último Tango y el Marqués de Sade pasando por Perpignán nos vino la dinastía reinante hoy en España. Y llegaron el primer año del siglo de las luces, que llevaría a finales de la centuria a la explosión de la liberté, del placer y del rodar cabezas.

Y Felipe V, primer Borbón, parece que mezcló una parte de la psicalipsis de su patria de origen con la pasión exacerbada de los súbditos que le tocaba gobernar, y así llegó a permanecer días y noches en el real catre retozando con la reina y cayendo alternativamente en el más profundo arrepentimiento y la lascivia más patológica, que le hacía pasar de la oración al ardor pudendo sin cesar, del flagelo al zurriago sin parar.

Algunos de los borbones a los que alude el texto Algunos de los borbones a los que alude el texto

Abdicó Felipe en su hijo Luis I, aunque la corte seguía en La Granja en manos de su madrastra  la reina Isabel de Farnesio. Luisito sólo tiene quince años cuando le casan y su mujer Luisa Isabel de Orleáns es caprichosa, sucia y extravagante, hasta el punto de jugar desnuda por los jardines de palacio, por lo que el joven rey, que también padece de “melancolía” como su padre, se dedica a sus fiestas y correrías nocturnas por Madrid, aunque poco puede divertirse, pues muere de viruelas a los ocho meses de reinado.

Fernando VI también tiene una obsesión enfermiza con su mujer Bárbara de Braganza, portuguesa poco agraciada y bien entrada en carnes pero que al rey le ponía cantidad. Y quiere yacer con ella sin cesar, hasta el punto de que cuando ella está ya agonizante, no se resiste a entrar con ella en la cama por el mucho apetito sexual que le despierta su real persona. Cuando muere la reina y no puede “hacer uso del matrimonio”, Fernando VI se vuelve loco y acaba encerrado en el caserón de Villaviciosa de Odón lanzando sus propios excrementos a ministros, cortesanos y prelados que acuden a visitarle.

Carlos III es rey más cazador que fornicador, las dos pasiones dinásticas, prefiriendo cobrar conejos en el monte y no en la corte, aunque llega a ser rey por los apaños de Isabel de Farnesio, que tiene una buena excusa para relegar al que habría tenido en realidad mayor derecho a reinar, el infante Luis de Borbón. La excusa es que don Luis no piensa en otra cosa que en el sexo y tanto es así que para evitar escándalos le casan con una mujer casi plebeya, para que calme así su fogosidad. Con esa excusa se le destierra de la corte y viene a Velada, al palacio del marqués, con su corte, acompañado de Goya y Bocherini entre otros artistas, mientras le construyen el palacio de Arenas.

El tontaina de Carlos IV ve como la reina más fea que vieron los siglos bebe los vientos por Godoy. Fernando VII aparte de su conocida bajeza de carácter padecía macrosomía genital y hasta tal punto eran grandes sus atributos sexuales que le tuvieron que fabricar una almohadilla en forma de donut para yacer con su señora sin dañarla. Su viuda Maria Cristina, que decía que su marido el Rey yacía con ella con “lujuria de animal”, tuvo al enviudar varios hijos con un guardia de corps de nombre Muñoz.

Del amor de Isabel II por los militares de todo el escalafón, desde sargentos hasta el “general bonito”, mucho se ha escrito, mientras que de su marido Francisco de Asís de Borbón, que paseó sus cuernos con gran dignidad, dijo ella que qué se podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más puntillas y encajes que ella misma.

Alfonso XII gustaba de las actrices y a Alfonso XIII también, aunque a este último le valía cualquier cosa sin ser nada selectivo en sus fornicios y ……

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MUSEO DE LOS HORRORES: BLANCANIEVES Y EL PRÍNCIPE VALIENTE

MUSEO DE LOS HORRORES:

BLANCANIEVES Y EL PRÍNCIPE VALIENTE

Escultura dedicada a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan Escultura dedicada a Fernando de Rojas en la Plaza del Pan 

Los políticos españoles y especialmente los de nuestra ciudad tienen entre sus muchas cualidades  la de ser omniscientes, saben de todo sin saber de nada y así nos va.

Y digo esto porque recientemente se ha plantificado una escultura que representa a Fernando de Rojas autor de La Celestina, segunda obra más universal de las letras españolas después de El Quijote.  Y la escultura en sí, de cuya ejecución no tengo nada que decir, parece más bien representar a un príncipe de las armas que a un príncipe de las

Una ilustración que representa a Fernando de Rojas como bachiller en una de las primeras ediciones de La Celestina Una ilustración que representa a Fernando de Rojas como bachiller en una de las primeras ediciones de La Celestina

letras, con sus botas de cosaco y su espadón pero vestido con una indumentaria más militar que de Bachiller, título por el que se conoce a nuestro alcalde, ilustre escritor y hombre de derecho. Tiene un parecido razonable con el dibujo moderno que representa a Rojas en la Wikipedia. Esta escultura no hubiera estado mal tal vez para representar a  algún conquistador como por ejemplo Francisco de Aguirre, pero no a Rojas

Si se hubieran documentado mínimamente habrían buscado vestiduras más apropiadas como lo hizo el ayuntamiento de La Puebla de Montalbán, localidad donde nació.

Monumento a Fernando de Rojas en La Puebla de Montalbán Monumento a Fernando de Rojas en La Puebla de Montalbán

Ambas representaciones son mucho más adecuadas que la escultura del príncipe valiente que se ha puesto sin pedestal en la Plaza del Pan.

Para justificar el petardo dicen sus defensores que debe ser muy bonita porque la gente se hace fotos junto al bronce. pero es que si ponen una escultura de un pitufo, los entusiastas viandantes se harían igualmente millones de instantáneas para la posteridad.

[Escultura que representa a la reina María de Portugal en la Puerta de Cuartos de talavera Escultura que representa a la reina María de Portugal en la Puerta de Cuartos de talavera

Y para que no digan que mis críticas van dirigidas solo a este equipo de gobierno, también traigo a esta reina María de Portugal que gobiernos municipales anteriores perpetraron en la Puerta de Cuartos, donde se representa una escultura hecha con lo que parece fibra de vidrio, y que con sus mofletes, su moderna y rizada melena y su corona descomunal, parece más bien un personaje de alguna película de Walt Disney, Blancanieves  o similar.

HISTORIA DEL HALLAZGO DE LOS RESTOS DE FERNANDO DE ROJAS

HISTORIA DEL HALLAZGO DE LOS RESTOS DE FERNANDO DE ROJAS

Restos de Fernando de Rojas al ser halla-dos por las excavaciones de Careaga Restos de Fernando de Rojas al ser halla-dos por las excavaciones de Careaga aparecido en ABC

Esta historia comienza en los años treinta y en un lugar lejano, Nueva Orleáns. En esta ciudad norteamericana, que tiene curiosamente los rótulos de las calles elaborados con cerámica talaverana, desempeñaba sus funciones como diplomático don Luis Careaga. Llevaba el cónsul varios años trabajando sobre la figura de Fernando de Rojas, ilustre alcalde de Talavera e inmortal autor de La Celestina, cuando llegó a sus manos la copia de un documento propiedad de Fernando del Valle Lerchundi, descendiente del famoso Bachiller. Esos papeles eran nada menos que su testamento, donde con fecha de 3 de Abril de 1541 expresaba el escritor su última voluntad “viéndose enfermo del cuerpo y sano de la memoria”.

Deseaba que sus restos fueran enterrados en la iglesia del monasterio de la Madre de Dios. Este convento, hoy desaparecido, se había establecido primero en la plazuela de San Miguel, trasladándose después junto a la plaza de El Salvador, en la actual calle Fernando de Rojas. En el año 1110, doña mayor Fernández con otras señoras y familiares decidieron vivir en hábito de beatas en una casa que se encontraba junto a la torre de la iglesia de San Miguel y se comunicaba con ella por un pasadizo sobre un arco. En 1404 se hacen franciscanas y en 1518 se trasladan a su ubicación definitiva en el lugar donde más tarde pediría ser enterrado Fernando de Rojas. El convento de las monjas, que vestían curiosamente de los colores simbólicos de Talavera, el blanco y el azul, fue decayendo hasta que por su extrema pobreza se vieron obligadas a abandonarlo. Actualmente sólo nos queda de él un bonito panel de azulejería del siglo XVI que presidía su entrada principal y hoy se se puede ver en el museo Ruiz de Luna. Luis Careaga viene a buscar los restos de Fernando de Rojas en 1936, dos años después de ser abandonado el convento. Habla a su llegada con el párroco de Santiago, bajo cuya custodia se encontraba el edificio, y pregunta a otras personas y eruditos, pero nadie sabe nada del enterramiento del insigne escritor. Tampoco quedaban inscripciones ni documentos que pudieran orientar al respecto, aunque por el testamento sabía el cónsul que el enterramiento se debía encontrar en el presbiterio, junto al altar. Así que se puso manos a la obra, pidió permiso al arzobispo y a las autoridades culturales de la época y con el auxilio entusiasta del talaverano José García Verdugo, además de otros especialistas en antropología y medicina legal, comenzó las excavaciones.

El suelo de la iglesia estaba entarimado y debajo solamente había tierra, sin ninguna lápida. En la excavación se encontraron primero los restos casi deshechos de un cadáver en el lado del Evangelio y dos días más tarde, en la zona central de la capilla, se hallaron los huesos de otro enterramiento que fue descubierto minuciosamente a base de brochas. Se identificaron pequeños pedazos de tela gruesa de color pardo y Careaga recordó que Fernando de Rojas había dado orden de ser enterrado con el hábito franciscano. El difunto no podía además ser un clérigo por encontrarse con los pies hacia el altar y no hacia los feligreses. También se encontraron los restos de una cajita de madera cubierta de tela y adornada con un alfiler de oro y una hilera de lentejuelas, junto a pobres vestigios de un almohadón adornado con galones.

Fernnando de Rojas en la edición valenciana de La Celestina Fernando de Rojasen la edición valenciana de La Celestina

 Fotografía del desaparecido convento de la Madre de Dios, donde fue enterrado Fernando de Rojas
Fotografía del desaparecido convento de la Madre de Dios, donde fue enterrado Fernando de Rojas. Estuvo en la esquina suroeste de la Plaza de El Salvador.

Pero lo que más llamó la atención a Careaga, lo que le resultó más sugerente y evocador es que el cuerpo se había depositado sobre su lado izquierdo y apoyando la cabeza sobre la mano del mismo lado, como nos recuerda García Verdugo en un artículo de Blanco y Negro de 1936. El talaverano se emociona al recordar cómo Careaga relaciona con esa postura las palabras de Rojas en la carta “a un su amigo” que precede al texto de La Celestina: “ asaz veces retraído en mi cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por ventores y mi juicio a volar, me venía a la memoria no sólo la necesidad que nuestra común patria tiene de la presente obra…”. Parecía como si el autor hubiera sido enterrado en su postura favorita.

También se encontraron los huesos de otra persona más, pero bien conservados y medio metro más arriba, lo que hacía pensar en un fallecido mucho más reciente. El cadáver situado en el lado del Evangelio era de una mujer y además de ser más reciente, pertenecía a un adolescente.

El relato se interrumpe cuando se van a investigar los restos hallados, pues nos encontramos tres meses antes de la Guerra Civil. El propio García Verdugo muere fusilado en Madrid y será en 1966 cuando el periodista de “La Gaceta Ilustrada”, Federico Villagrán, retome la investigación cuando Del Valle Lerchundi, el descendiente de Fernando de Rojas, viene a Talavera y al entrar en el ya arruinado convento se encuentra con la sorpresa de que un grupo de jóvenes de la organización juvenil católica HOAC se disponen a montar un teatrillo precisamente en la zona del presbiterio en la que Careaga volvió a enterrar posiblemente una caja con los restos hallados antes de la Guerra Civil. Del Valle Lerchundi habla con el alcalde y con la Dirección de Bellas Artes que detiene las obras inmediatamente.

Como no tienen la seguridad de que los restos se encuentren allí, Villagrán se entrevista con algunos de los obreros que estuvieron presentes. Algún testimonio asegura que la caja está en El Escorial, pero el hijo del médico talaverano presente en la exhumación don José Fernández Sanguino, el también médico Luis Fernández Sanguino, asegura que sin lugar a dudas los restos volvieron a ser enterrados en el solar del convento, aunque otro testigo siembra la duda cuando dice que el señor Careaga había tenido la idea de llevarse los huesos a Nueva Orleáns y levantar allí un monumento. Por fin consiguen asegurarse cuando obtienen el texto de una conferencia impartida por el cónsul en la universidad neoyorquina de Columbia en 1937, y en la que decía literalmente: “Se colocaron, por último, cristianamente, los restos hallados en sus lugares respectivos, encerrados en tres cajas de cobre debidamente protegidas de la tierra por obras de mampostería con las tapas grabadas con letras góticas…La caja mayor, colocada en el centro del presbiterio, envuelta en lirios y ramos de cipreses contenía en la inscripción de la tapa el nombre del bachiller Fernando de Rojas, que fue nacido en la Puebla de Montalbán y muerto en Talavera de la Reina en 1541”.

Testamento de Fernando de Rojas en poder de la familia Lerchundi
Testamento de Fernando de Rojas en poder de la familia Lerchundi

Pero habrán de pasar dos años más hasta que en 1968 el mismo del Valle Lerchundi sea nombrado abogado de la Dirección de Bellas Artes y pueda acometerse mediante su influencia una nueva excavación, encontrándose bajo una losa de cemento la caja con los restos de Fernando de Rojas. Por fin obtienen fruto las muchas investigaciones y viajes que había realizado para hallar los restos de su ilustre antepasado.

Recuerda cuando comenzó sus conversaciones con el cónsul Careaga y cómo Menéndez Pidal. Ortega y Gasset y Américo Castro le animaron en su empeño desde que leyó en sus documentos familiares cómo Juan, el biznieto de Fernando de Rojas escribía: “Fueron mis bisabuelos el bachiller Fernando de Rojas que compuso La Celestina, y Leonor Álvarez. Están enterrados en el convento de la Madre de Dios de la Villa de Talavera, junto al altar de Nuestra Señora, donde están con un letrero que dice: Aquí yace el bachiller Fernando de Rojas”.

Durante diez años permanecieron los restos en el despacho del alcalde de Talavera, desde donde siendo primer edil don Pablo Tello se llevaron solemnemente al claustro de la iglesia Colegial, lugar donde reposan actualmente. Salvo algunos restos óseos que fueron cedidos a La Pueba de Montalbán