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EMBOSCADA Y MUERTE DE JEFES MAQUIS EN TALAVERA

Los cadáveres de “Carlos” y “Lyón” después de suicidarse
Los cadáveres de “Carlos” y “Lyón” después de suicidarse
entre los maizales ante el acoso de la policía.

Corría el año 1946, cuando dos pagadores que llevaban el salario de los trabajadores que construían en Madrid el estadio de Chamartín para la empresa Huarte y Compañía fueron atracados por hombres armados. Al intentar huir, los dos empleados mueren tiroteados y se desencadena una persecución de los militantes comunistas a quienes la policía achaca la acción. En las investigaciones se interroga a la madre de uno de ellos, Jose Antonio Llerandi alias “Julián” y se le encuentra una carta de su hijo en la que se dice que ha de reunirse con unos compañeros activistas en la huerta del “tío Matapulgas” en Talavera.

El movimiento guerrillero de resistencia antifranquista se halla en ese momento en franca decadencia. Cunde la desmoralización entre “los de la sierra” porque el final de la Guerra Mundial no ha hecho que las potencias extranjeras derriben el régimen de Franco.

Guerrilleros antifranquistas se despliegan en tierras extremeñas
Guerrilleros antifranquistas se despliegan en tierras extremeñas

 

Nuestra ciudad se haya enclavada en un lugar estratégico donde acuden a contactar los grupos de hombres armados que, como las partidas de los famosos Quincoces, vecino de Aldeanovita y Chaquetalarga, de Fuenlabrada de los Montes, mantienen su lucha en la zona de La Jara y Las Villuercas, o los grupos de guerrilleros de la sierra de Gredos.

La unión de todas estas partidas se llamaba en conjunto Ejército Guerrillero del Centro y Extremadura.

La policía de Madrid, al conocer la existencia de esta reunión y ante las posibilidades de dar un golpe mortal a la resistencia armada antifranquista, decide desplazarse a Talavera para practicar las detenciones pertinentes, pero quieren llevarse sólo ellos el mérito del operativo e imprudentemente vienen sólo cuatro agentes sin avisar del operativo a las fuerzas de Talavera.

Los guerrilleros «Carlos» y «Lyón» fotografiados en vida

La huerta del “tío Matapulgas” se encuentra junto a la estación de ferrocarril, donde los maquis tienen un fácil acceso cuando viajan entre Madrid y Talavera, ya que el guerrillero conocido como “El Maquinista”, por ser conductor de la línea entre la capital y Lisboa, transporta en el ténder a los guerrilleros y al armamento destinados a la lucha en la sierra, aunque a veces también los llevaba hasta Navalmoral de la Mata, donde “Colorín” el kioskero de la estación, les servía de enlace. Cuando Llega la policía a la huerta de Matapulgas no se encuentran allí a los protagonistas de la reunión, pero tras un duro interrogatorio a la hija del “tío Matapulgas”, confiesa a los agentes de la Brigada Central de Información que los maquis se encuentran escondidos en otra huerta cercana conocida como el establo de los Gregorio. Cuando los agentes se dirigen hacia allí e intentan detenerlos se entabla un tiroteo y se dan cuenta de que los guerrilleros antifranquistas se les pueden escapar, por lo que dan aviso a la Guardia Civil y a la policía local de Talavera, que acuden en su ayuda tan apresuradamente que uno de los guardias va con el mono de trabajo y casi es abatido por los propios guardias al confundirlo con uno de los guerrilleros.

Una de las labranzas donde en su huida se refugiaron los guerrilleros

Dos de los maquis siguen en la refriega hasta que se dan cuenta de que es inútil su resistencia y, para no sufrir nuevas torturas ni interrogatorios que les hagan delatar a sus compañeros, deciden suicidarse de un tiro en la sien, y no caen, como dicen entonces las autoridades, bajo los disparos de la Guardia Civil sino bajo los de sus propias pistolas. según investigación de Benito Díaz.

Mapa de la Agrupación del Centro de la resistencia antifranquista
Mapa de la Agrupación del Centro de la resistencia antifranquista con sus tres zonas

Uno de los fallecidos es Jesús Bayón González alias “Carlos”, asturiano huido de un campo de concentración en el que esperaba que se ejecutara su sentencia de muerte y a quien se encomendó por el PCE la misión de aglutinar a los guerrilleros de la zona centro y Extremadura, venciendo la resistencia de los activistas socialistas y anarquistas, más reacios a dejarse manipular por el Partido Comunista. Precisamente en esa reunión iba a ser destituido “Carlos” de su cargo de jefe guerrillero para ser sustituido por “Lyon”, apodo de Manuel Tabernero Antón, también conocido como el “Practicante” o “Robert”, y que al parecer era médico y natural de Béjar. Un tercer guerrillero llamado

El guerrillero «Julián» fusilado tras ser detenido en Talavera

“Julián”,precisamente del que la policía obtuvo las pistas para la operación, es arrestado en la casa del “tío Matapulgas” donde se refugia del tiroteo, y más tarde es fusilado tras un consejo de guerra. El cuarto guerrillero que acudía a la reunión era conocido como “José” y era hermano de “El Maquinista”. Huye a pie siguiendo la vía y consigue escapar cogiendo un tren hacia Madrid en el apeadero que había junto al puente de la vía sobre el río Alberche.

Se producen con estos hechos varias caídas en cadena de otros miembros significados del Partido Comunista, entre ellos la de estudiantes universitarios y el impresor de “La Estrella Roja”. Cae también casi toda la organización de Talavera que se reunían en la Taberna de “Patro”, en la Portiña de San Miguel, y en otra taberna de la calle Delgadillo. También se desactiva la célula que imprimía propaganda en la casa de “tío Quintín” en la finca de La Calera, cerca de Montesclaros, lugar desde donde los cuatro maquis habían llegado a Talavera a lomos de caballerías sin saber que iban a tener tan funesto encuentro.

CUEVAS, TESOROS Y LEYENDAS DEL BANDIDO MORALEDA

CUEVAS, TESOROS Y LEYENDAS DEL BANDIDO MORALEDA

Cañón del río Pusa. En la orilla izquierda junto al río se encuentra una de las cuevas de Moraleda
Cañón del río Pusa. En la orilla izquierda junto al río se encuentra una de las cuevas de Moraleda

Aunque Moraleda se mueve más bien en el territorio de los Montes de Toledo, por toda la comarca de La Jara han quedado también las huellas de este último bandolero.

Se ha sabido de su presencia en Navalucillos, pueblo muy cercano también a las localidades del actual Parque de Cabañeros que fueron el principal escenario del bandido. Se dice que tuvo una novia en este pueblo de profesión alfarera y en el año 1981 todavía me comentaron en Torrecilla de la Jara que una de las familias allí residentes descendían en línea directa de Moraleda. En todos los pueblos de la Jara Alta queda el halo legendario de Bernardo.

Muestra de esa leyenda consolidada son varias cuevas distribuidas por territorio jareño en las que los vecinos sitúan al bandido. Una de ellas se sitúa cerca de Santa Ana de Pusa, en el lugar donde finaliza el cañón del río que se abre paso en un desfiladero de granito. Otra de ellas se sitúa en las cercanías del paso de Guadarranques, en las buitreras de Peña Amarilla cerca de Puerto de San Vicente y otra más frente al cerro de “Las Tres Provincias” en el embalse de Cijara, Hay también referencias a otras dos más en el valle de Valtravieso o en Malamoneda, cerca de Hontanar pueblo en el que se le achaca la muerte de un hombre.

Uno de sus compinches fue el jareño “Parrachatas” del pueblo jareño de Valdelacasa y durante mucho tiempo se escondió por la zona del Rocigalgo y Las Becerras a caballo de los nacientes del Pusa, el Estena y el Cedena

Castillo de Prim en Retuerta de Bullaque
Castillo de Prim en Retuerta de Bullaque

Su figura se hizo muy popular adoptando un tinte de “bandido generoso”, al que también contribuye su relación con una bella hija de un cabrero como cantaba una copla sobre Moraleda.:

“Cuando yo era criminal

en los Montes de Toledo

lo primero que robé

fueron unos ojos negros

que tenía una mujer…

Ignacio Fernández Ollero ha recogido en Sevilleja de la Jara otra anécdota legendaria que relata cuando el bandido sorprendió a otra mujer llamada Valentina por la zona de Horcajo de los Montes y le dio un pañuelo con sus iniciales y la silueta del mapa de España bordados como salvoconducto, sin hacerle mal alguno y dejándola marchar.

 -Mire usted señor bandolero, estos son los únicos cuartos que llevo a Ciudad Real. Allí voy a estudiar con las ganancias de mi padre, que no dan para mucho. Si me los roba tendré que volver a Sevilleja para quedarme allí el resto de mis días.

-Está bien, tome este pañuelo y enséñeselo a todos los que se crucen en su camino. Dígales que va de parte de Bernardo Moraleda.

También nos cuenta este mismo autor que en la cueva de Moraleda de Cijara soñó un vecino de Madrid  que allí se encontraba el tesoro del bandolero bajo un poyo sobre el que dormía una cabra negra. También soñó con el tesoro una mujer de La Mina de Santa Quiteria y el alcalde pedáneo promovió una excavación exhaustiva del lugar con varios hombres para hallarlo.

Una de las cuevas en las quese dice se refuió Moraleda, en este caso en los Montes de Toledo, no en Santa Ana de Pusa

El mismo autor de Sevilleja de la Jara nos relata en una interesante entrevista el testimonio de una vecina, Jesusa:

Mi abuelo José vino de Zamora a trabajar a Los Navalucillos. Entonces se empleó allí con un comerciante que se llamaba Ramos, Narciso Ramos. Mi abuelo estuvo allí trabajando y el jefe le mandaba todas las semanas a llevar una carga de víveres al campo a cierto señor.

Entonces el señor éste salía; y yo le entregaba cecina, queso, lo que llevara, latas de conserva, sardinas, que sería lo que había entonces, vino… en fin, una carga de género. El señor éste se lo pagaba, mi abuelo volvía a los Navalucillos y así una semana tras otra.

Moraleda cera considerado como un gran amante de los niños. Foto de un artículo de Estampa

Y llegó un buen día que mi abuelo se iba a casar. Había venido a Sevilleja con una mula vendiendo por los pueblos; vino por aquí, se enamoró de mi abuela y ya se iba a casar.

Y le dijo a aquel hombre: “Mire usted, señor, es el último día que vengo a traerle esto porque me voy a casar”.

— ¡Ah! y ¿dónde te casas?

—En Sevilleja de la Jara, con una chica, que me he enamorao y tal…

—Ah bueno, que seas muy feliz. Mira, hoy en vez de pagártelo enseguida, si quieres, de las cosas que traes lo vamos a celebrar, lo de tu boda, y vamos a comer juntos.

—Bueno, pues estoy de acuerdo.

Se sentaron, estuvieron comiendo, y cuando terminó le dio la mano y dijo:

-Bueno pues, enhorabuena, que sepas que este señor a quien has venido a traer los víveres, se llama Moraleda.

Moraleda tenía fama de bandido; mi abuelo se alteró. Y entonces le dijo:

-No te preocupes; tú has visto que yo soy un hombre honrado. Es sólo cuestión de ideas. Me persiguen por cuestiones políticas, y entonces por esto no me puedo insertar en la sociedad, pero la verdad es que, que esto es así.”

Ficha y foto carcelarias de Bernardo Moraleda

Otra anécdota relatada por la misma Jesusa nos ilustra sobre los aspectos humorísticos con los que a veces la gente adorna las leyendas de bandoleros como personajes con atractivo popular.

-Entonces la Guardia Civil le perseguía mucho y con un afán muy grande de apuntarse un tanto, de que le habían logrado coger. Porque, claro, a otros cogían, pero a él no. Era un hombre muy hábil, muy sagaz, muy diplomático. En una ocasión había un señor (debía ser en Campillo o La Estrella, que es donde había puestos de la Guardia Civil), que se llamaba el cabo López, y este señor tenía muchas ganas de cazar a Moraleda, y andaban por allí, cerca de los Guadarranques.

Y entonces él, sabiendo que estaban los guardias en cierta majada, pidió la ropa a un pastor y se disfrazó con lo de él y le pidió un llaro que es como un cencerro sin agujero por abajo. Y entonces le llenó de leche y se fue a saludar a los guardias.

Bernardo Moraleda ya retirado en el reportaje de Estampa

-“¡Hola!” –dijo haciéndose el campesino- ¿Qué tal? ¿Qué tal están ustedes?”

—Pues bien, bien, y ¿usted qué dice?

—Nada, que estaba ahí con las cabras y he dicho: les voy a llevar un llaro de leche.

—Aquí andamos, buscando a Moraleda.

—Pues falta hace. Falta hace que le den un buen castigo porque nos está siempre atemorizando, pidiéndonos y haciéndonos la vida imposible. Yo nunca le doy nada, pero ustedes a ver si le cazan de una vez y nos dejan libres que eso es una pena, aquí por la comarca, que es un terror…

Bueno, total que se fue. Y con otro pastor le mandó una nota que decía: “Señor cabo López, procure usted tener cuidado a quién saluda, porque el señor que les llevó el llaro de leche es Moraleda. Y se cosa usted el tercer botón de la polaina izquierda, que le falta.”

Más curioso aún es que Jesusa la anécdota probablemente falsa sobre Moraleda y el hijo del general Prim la sitúa en una cacería que da en Herrera del Duque el propio duque y es su hijo el que se pierde para ser encontrado por Moraleda. Un caso éste muy ilustrativo junto a las numerosas cuevas y tesoros de Moraleda que nos dan una idea de cómo funciona la mentalidad y la fantasía popular en estos casos.

EL BANDIDO MORALEDA, PERSONAJE LEGENDARIO (1)

EL BANDIDO MORALEDA, UN PERSONAJE LEGENDARIO

El Bandido Moraleda
Bernardo Moraleda en foto de la revista Estampa de 1936

El siglo XIX fue el del bandolerismo más típico y tópico que dejó personajes que todavía se mueven entre la historia y la leyenda y que el pueblo ha ido magnificando, idealizando y fantaseando sobre los hechos reales o imaginarios de sus vidas. Hoy conoceremos a uno de ellos y mañana veremos diferentes aspectos de la vinculación del Bandido Moraledacon nuestra comarca y sus aspectos legendarios.

Bernardo Moraleda Ruiz parece que nació en Navas de Estena a mitad de la centuria, aunque se trasladó a Fuente del Fresno, localidad también ciudadrealeña que contaba con varios de sus vecinos dedicados al bandolerismo formando partidas tan famosas como las de dos parejas de hermanos, los “Purgaciones” y los “Juanillones”.

Muchos de estos bandoleros están a caballo entre las partidas carlistas con cierta ideología y el estricto bandidaje. Algunas fuentes los sitúan en las partidas carlistas del apodado “Merendón” y otras aseguran que Moraleda cabalgó junto al párroco de Alcabón, Lucio Dueñas, uno de aquellos curas trabucaires ultraconservadores que asolaron con sus partidas el territorio de La Mancha, los Montes de Toledo, La Jara y Extremadura, justo el mismo ámbito que antes había sido el refugio de los golfines provocando la formación de la Santa Hermandad de Toledo, la de Talavera y la de Ciudad Real, y también la misma zona que tras la Guerra Civil sería refugio de los maquis o guerrilleros antifranquistas.

Frecuentemente el oficio primero que tuvieron fue el de cabrero como es el caso de los “Juanillones” y del propio Moraleda, aunque parece que de niño fue recadero. Con ellos se echa al monte tras la segunda guerra carlista y a partir de 1873 son famosas sus correrías por los Montes de Toledo y la zona de La Jara más próxima a Navalucillos y Robledo del Mazo.

No se sabe a ciencia cierta cuál fue la causa por la que Moraleda comenzó su carrera delictiva. Para algunos fue una discusión con derramamiento de sangre con el patrón y dueño de las cabras que pastoreaba, aunque otros hablan de que mató a su mujer a los cuatro días de casarse o que fue desertor del ejército justo antes de partir con las tropas españolas hacia Filipinas. También se le acusa de haber asesinado a un pastor que lo había denunciado y a un capitán de voluntarios que lo perseguía con inquina.

El hecho de ser cabrero hace que se adapte perfectamente al terreno y que les sea a guardias civiles y otras fuerzas de la época muy difícil capturarle. En una ocasión en que se encuentra rodeado desarma a un guarda y disfrazado con su traje de escopetero consigue burlar el cerco lo que incrementa su leyenda.

También sabe comprar silencios y voluntades con sus monedas de cinco duros, de las que dicen tiene guardado un tesoro en un lugar de los montes de Retuerta del Bullaque, junto con un catalejo y sus armas, aunque cuando años más tarde, al salir de presidio, quiso recuperarlo  no lo encontró, o alguien lo había hallado antes.

Los delitos que las crónicas de la época nos relatan son el despojo de recuas de arrieros, atracos de recaudadores o secuestros y robos a propietarios o al alcalde de Fuente del Fresno, pueblo que llegan a asaltar cometiendo varios atracos. Se les acusó también de algunos asesinatos de civiles como el de un carretero, o de guardias y escopeteros, aunque forman también parte de la leyenda algunos comportamientos algo más cercanos al concepto romántico de bandido generoso. El más conocido de estos episodios tiene relación con uno de los personajes más importantes de la época, el general Prim.

Castillo de Prim, finca en Retuerta del Bullaque
Castillo de Prim, finca en Retuerta del Bullaque

Parece que en una de esas cacerías que daba el héroe de la batalla de Castillejos en su finca de los montes de Toledo con políticos y autoridades de la época, el hijo del general se perdió entre los jarales y dio la casualidad que cuando pedía auxilio se encontró con Moraleda que, llevándolo incluso a hombros por estar desfallecido, lo dejó junto al castillo de Prim, una casona almenada de su propiedad. Cuando el muchacho lo invitó a entrar para que su padre le recompensara, su salvador le dijo que era Moraleda, que estaba huido de la justicia y que por tanto no podía acompañarle al castillo.

Después de numerosos delitos las autoridades les siguen de cerca y les tienden una emboscada cuando se disponen a asaltar el tren en Villacañas, que pretendían previamente hacer descarrilar. Antes habían tenido éxito soltando el último vagón para desvalijarlo en Venta de Cárdenas secuestrando antes al jefe de estación y a otros ferroviarios.

De resultas de estas detenciones en Villacañas los dos “purgaciones” y un “juanillón” son detenidos, juzgados y ejecutados en Toledo en 1882 pero Moraleda huye saltando por una ventana en compañía del otro “juanillón” hasta Portugal. Parece que escapan por la Senda de los Contrabandistas que discurre a lo largo de las cumbres de las sierras oretanas sin tocar pueblo alguno entre Lisboa y Valencia.

Con el fruto de los robos se establecen cerca de la frontera poniendo un comercio de ultramarinos, pero son tantas las cartas que el compañero de Moraleda envía imprudentemente a su mujer que son descubiertos y detenidos. Son extraditados por el país vecino con la condición de que no sean ejecutados aunque se les achacan veintidós asesinatos, treinta tantos robos y tres secuestros.

Son condenados sin embargo a largas penas de presidio, casi ciento quince años, y enviados a Ceuta, donde el Juanillón muere por un proceso respiratorio. Bernardo Moraleda pasa muchos años todavía allí pasando penalidades y con los grilletes puestos lo que le ocasiona úlceras infectadas.  Su encarcelamiento sucede en 1882 y permanece allí hasta 1911, año en que es trasladado a Santoña para ser liberado en 1923 con 71 años.

Los hermanos Juanillones, compañeros de fechorías de Moraleda
Los hermanos Juanillones, compañeros de fechorías de Moraleda, El de la izquierda fue ejecutado y el de la derecha murió cuando estaba con Moraleda en el penal de Ceuta.

Como un mendigo camina hasta Retuerta de Bullaque donde intenta encontrar su botín escondido de cinco mil duros sin conseguirlo. Aunque al pueblo le atemorizaba su presencia, hasta el punto de que un antiguo delator abandonó el lugar, ya solo era un anciano artrítico y sin fuerzas.

Fue a pedir auxilio a la finca de Prim donde el administrador le puso al cargo de la bodega, pues no se olvidaba en la casa cómo había salvado al marqués de Castillejos, hijo del general. Muere en 1936 en el asilo de Ciudad Real, poco antes de que otra guerra civil eche al monte a otros españoles.

LA CANTANTE ROSAMIL

Rosamil vestida de talaverana
Rosamil vestida de talaverana

https://www.youtube.com/watch?v=0MkyGiXBswY

https://www.youtube.com/watch?v=Z06A8ymv1cg

Adjuntamos arriba dos enlaces de youtube con canciones de Rosamil, cantante talaverana de los años 60 que llegó a grabar diez EPs de cuatro temas cada uno, según nos cuenta el gran Luis Martín de «Lobos Negros» en su historia de la música pop y rock de la ciudad.

Su estilo es más cercano a la copla y para los entendidos tenía una buena voz para ese género, aunque grabó algunas canciones más cercanas a lo que podríamos llamar pop o canción española.

Portada de disco de Rosamil
Portada de disco de Rosamil

 

A continuación reproducimos el texto de la web «El Arte de Vivir el Flamenco» sobre la cantante

ROSA MARÍA ROCHA, cantante, más conocida en la historia del arte de la canción con el nombre artístico de  ROSAMIL, nació en Talavera de la Reina, comenzó a cantar muy joven, desde los nueve años. Se dio a conocer en el primer festival de la Canción del Tajo en 1961 organizado por Helio Casarrubios. Como la normativa era entonces muy rígida, los menores no podían cantar profesionalmente y en ocasiones hubo de mostrar una documentación en la que aparecía con 16 años cuando contaba sólo con 14.

Participó en numerosos festivales donde obtuvo varios galardones de los que el más importante fue tal vez el del programa “Salto a la Fama” de Televisión Española, año 1964, donde obtuvo el primer premio. También consiguió nada menos que tres premios: interpretación, canción española y canción moderna en el festival de Las Palmas de Gran Canaria. Algunos de sus temas fueron escritos por maestros famosos en la época como Gordillo, Quiroga y Solano. Llegó a actuar en La Granja ante el entonces jefe del estado General Franco. Firma un contrato en exclusiva con la discográfica Columbia llegando a grabar su primer disco en 1965 en el que contaba con catorce años

Así, publica también en 1965 otros dos EPs: el primero de ellos con coplas como «Fiesta en Punta Umbría», «Camino adelante», «Dime que me quieres» y «Compañerita» y el otro con los títulos «Y sin culpa», «Deseo», «Paseo del Prado» y «Despedida en azul» (editado por Iberia). Desde ese momento, su producción discográfica es prolija y tan sólo en 1966 lanza al mercado cuatro discos más. De ellos destacan las coplas «Zapaterito fullero», «Una copla y una flor», «Por mi calle», «Flor de Talavera», «Campanita del jardín» o «La que se llama Dolores» y el tango «Silbando melodías» o la cumbia «Bobito, bobo». Asimismo, intercala estas grabaciones con su participación en programas televisivos como Musical catorce cero cinco de TVE.

El 11 de diciembre de 1966 participó en el festival España canta en paz celebrado en el Palacio de los Deportes de Madrid y organizado por la Radio y Prensa del Movimiento. Contó con la participación de una importante orquesta dirigida por Rafael Ibarbia y numerosos artistas de prestigio como Carmen Morell, Imperio de Triana, Rosita Ferrer, Manolo Escobar, Víctor Manuel o Conchita Bautista. Otra fecha importante dentro de su trayectoria fue abril de 1967 cuando Rosamil forma parte del elenco de artistas del espectáculo ¡Llegan los ídolos! encabezado por Gracia Montes y Antonio Molina que supuso un rotundo éxito en el Circo Price de Madrid. Ese mismo año publica otros tres discos más con títulos como «¡Pero era un hombre casao!», «En la plaza de Santa Ana», «Esperanza y Macarena», «Rosario la de Baeza», «¡Qué bonitas son las flores!» o la guaracha «Motomoka».

Desde ese momento, su actividad profesional es todo un misterio. Su nombre desaparece dejando como único testigo el recuerdo de su voz.

LA GUERRA CARLISTA COMENZÓ EN TALAVERA

Foto de la plaza del Reloj a principios de siglo. Con un aspecto no muy diferente del que tendría durante el pronunciamiento carlista
Foto de la plaza del Reloj de Talavera de la Reina a principios del siglo 20. Con un aspecto no muy diferente del que tendría durante el pronunciamiento carlista del siglo XIX

UNA GUERRA CIVIL COMIENZA EN TALAVERA

1833. Cuatro hombres se abrazan y sonríen mientras los soldados cierran los portones de la prisión madrileña. Los barrotes, la humedad, el frío y los gritos de los carceleros no han conseguido que se movieran ni una pulgada de sus convicciones. Manuel María González, el jefe de correos de Talavera, se apoya en el hombro de sus compañeros y, mirándoles con fiereza, besa un enorme escapulario que cuelga de su pecho y dice: Dios, la Patria y el Rey legítimo de España premiarán y reconocerán nuestra lucha. ¡Viva el rey Carlos!. Dos de sus compañeros del batallón de Reales Voluntarios Realistas de Talavera, hoy destituidos por el gobierno liberal, han llevado caballos frescos a su comandante y todos juntos toman el camino de Extremadura.

Semanas más tarde, ya en Talavera, se empiezan a agrupar algunos jinetes en la plaza del reloj que acaba de dar ocho campanadas, Bajo sus capotes, apenas disimulan las armas. Los mercaderes de la plaza Real ya han recogido los géneros de los soportales y van cerrando sus tenderetes. Los caballistas, con las bestias tan nerviosas como ellos y armados hasta los dientes, se concentran en el lugar mientras que algunos de ellos, obedeciendo la voz de su jefe, se dirigen a cada una de las puertas de la muralla de la ciudad cerrando el paso.

Escena costumbrista en la Plaza del Reloj recreada por Enrique Reaño sobre una foto antigua
Escena costumbrista en la Plaza del Reloj recreada por Enrique Reaño sobre una foto antigua

Un zapatero comenta con su vecino el espartero que el hombre que parece mandar la tropa es comandante de los Voluntarios Realistas Manuel María González quien, en ese momento, saca un pliego de una de sus cartucheras y comienza a leerlo en voz alta ante la sorpresa de los vecinos. El caballo gira haciendo que salten chispas del empedrado sin que deje de leer su manifiesto. Los vecinos escuchan estupefactos que Manuel María, el manchego que dirigía correos, está proclamando rey de España al infante don Carlos María Isidro, exigiendo volver al orden tradicional y a la sucesión masculina al trono. Los talaveranos, que son llamados a unirse a la sublevación, comienzan a darse cuenta de la gravedad de los hechos que están presenciando y se encierran en sus casas. La plaza queda desierta.

Placa de una asociación carlista en la Plaza del Reloj de Talavera

Pasa el tiempo y los rebeldes comprueban que nadie se une a ellos, ni siquiera los correligionarios que daban por seguro que iban a sumarse al pronunciamiento. Irritados, se dirigen al ayuntamiento y retienen al alcalde y a algunos concejales. Dos de los carlistas se dirigen al domicilio del general Antonio María de Rojas y le conducen a la plaza del Pan arrestándole junto a la corporación. El cabecilla decide reponer a los regidores de 1832 y destituir a estos que él denomina hatajo de liberales y traidores. Pero los antiguos concejales se niegan a salir de sus casas y los sublevados se ven obligados golpear a alguno de ellos mientras otros son llevados de la pechera hasta el ayuntamiento. Nadie quiere implicarse en una causa que nunca tuvo arraigo en la ciudad y que de antemano se da por perdida.

Exaltados y nerviosos, los revolucionarios encierran a sus rehenes en el claustro de los jerónimos. Mientras pasan la noche en vela, se engañan a sí mismos pensando que a la mañana siguiente una multitud se unirá a su causa. Pero, sin embargo, varios vecinos liberales se apostan en las calles cercanas y se oyen algunos disparos contra los sublevados.

Soldados carlistas

Manuel María no sale de su asombro, es hombre de convicciones profundas y había pensado muchas veces en cómo, al llegar este momento, sus paisanos se revelarían contra el sindiós en que se estaba convirtiendo España. Se da cuenta de que mantenerse en Talavera es encerrarse en una ratonera. No se resigna y vuelve a intentarlo con otra proclama a la mañana siguiente. Únicamente obtiene el silencio sepulcral de la ciudad roto tan solo por algunos adversarios que comienzan a sacar sus caballos y a situarse en las calles vecinas. Una masacre o un enfrentamiento no conducirían a nada y Manuel María, que es al fin y al cabo un hombre religioso, decide retirarse hacia Calera.

Requisan todos los caballos que pueden y se apoderan de los fondos públicos, ciento veinte mil reales. Disparando al aire, el grupo sale a galope por la puerta de Mérida y se dirige hacia el oeste. Hay que acercarse a Portugal, allí se han refugiado don Carlos y los suyos. Las sierras de Guadalupe les darán el amparo que siempre ofrecieron a los que se echaron al monte por estas tierras. Llegan a Calera y en la plaza otra vez proclaman a su rey, y otra vez predican en el desierto, sólo silencio.

Desde Talavera una fuerza armada ha partido ya en su persecución y va pisándoles los talones. Al llegar a Puente del Arzobispo están esperándoles sus habitantes armados y comienza el tiroteo. Seis hombres se entregan y salvarán así sus vidas pero otros seis son apresados. Entre ellos se encuentra un hijo de Manuel María que, como sus compañeros, es fusilado en Talavera, junto al Calvario, y enterrado en el cementerio de Santa Leocadia.

Torre de la iglesia de Santa Leocadia donde fueron enterrados los rebeldes carlistas tras su ejecución

A finales de Octubre el resto de la partida es apresada en Villanueva de la Serena y sus miembros son fusilados .

Los pronunciamientos salpican todo el territorio nacional. Acaba de comenzar otra guerra entre españoles.

 

ALBERCHE (18) EL LAZARILLO EN MAQUEDA

Puerta árabe de arte califal que formaba parte del recinto fortificado. Siglo XI

Seguimos el camino que hizo el Lazarillo hacia Toledo y llegamos a Maqueda. Villa antigua que nos recibe con el rollo jurisdiccional que lo atestigua.

Rollo jurisdiccional de Maqueda

La importancia estratégica del lugar en el camino de Extremadura y el que unía Toledo con Ávila y Salamanca hicieron que en la zona hubiera población ya en tiempos prerromanos y que se construyera en la Edad Media el castillo que domina con su mole sobre el caserío.

Castillo de Maqueda

Se trata de una fortaleza de origen musulmán, aunque la mayor parte de los restos son de época cristiana. Tiene planta cuadrada con torres circulares en sus cuatro esquinas y en la mitad tres de los lienzos de su muralla, pues en el cuarto se sitúa la portada con detalles isabelinos de decoración, sobre el que campa el escudo de los Cárdenas y una cruz de Santiago.

Torre de la vVela en Maqueda, resto de la antigua fortificación de la villa

La mayor parte de la obra fue levantada en el siglo XV y su potencia defensiva se completaba con la muralla que circundaba a la localidad y de la que quedan pocos restos salvo la estructura que precede a la puerta de la iglesia y la llamada torre de la Vela que es una estructura con uno de los lados redondeados y aparejo mudéjar con ladrillo y mampostería y con dos órdenes de ventanas rematadas con arcos de medio punto.

Detalle de la puerta del castillo de Maqueda

Esta iglesia parroquial no fue la única del pueblo, pues quedan todavía los restos de Santo Domingo, otro templo del que solamente nos queda la espadaña.

Restos de la espadaña de Santo Domingo

Es la iglesia de Santa María de los Alcázares y su nombre es debido a que se levanta en el entorno de la antigua entrada principal a la fortaleza con su puerta califal.

Capitel romano en la iglesia de Maqueda

En su interior podemos ver varios paneles de cerámica talaverana del siglo XVI, un retablo con pinturas de la misma centuria y un capitel corintio de probable origen romano. La capilla bautismal está cubierta por artesonado mudéjar.

EL LAZARILLO Y EL CLÉRIGO

En este pueblo se desarrolla todo el tratado segundo del Lazarillo de Tormes, que escapó del trueno y dio en el relámpago, según el mismo dice, pues fue a ponerse al servicio de un clérigo que era aún más ruin que el ciego. Con él suceden algunos episodios más en el que siempre está presente el fino humor de esta obra magistral. Cuando le daba una humilde cebolla le decía que no hacía “sino golosinar”, y cuando le ofrecía una cabeza de carnero de la que solamente quedaban los huesos, le reprochaba al infeliz muchacho que tenía mejor vida que el Papa. Consigue Lázaro una llave para abrir el arca donde guardaba el cura los panes o bodigos y los roe diciendo que es un ratón quien se los come. Lázaro llega a devorar de pura hambre hasta las cortezas de queso que el clérigo pone en la ratonera. Pero un vecino dice que más bien debe ser una culebra, y cuando el pobre chaval duerme con la llave escondida en la boca provoca un silbido al respirar que le hace creer al amo que el ruido proviene de la culebra que le roba su pan, y descarga un fuerte garrotazo sobre el desgraciado Lazarillo que, después de recuperarse, es despedido emprendiendo nuevamente viaje a Toledo.

El Lazarillo comiendo los bodigos del lérigo de Maqueda

Texto completo del tratado segundo que nos relata la estancia de Lazarillo en Maqueda:

Tratado segundo
Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó

Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una de ellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me recibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado. No digo más, sino que toda la lacería del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía.

Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque. Y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que, aunque de ello no me aprovechara, con la vista de ello me consolara.

Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave, en una cámara en lo alto de la casa. De éstas tenía yo de ración una para cada cuatro días, y, cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopeto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo:

-Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar.

Como si debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre.

Pues ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía conmigo del caldo, que de la carne ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara!

El clérigo repara el baúl de los bodigos

Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una, que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía, y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo:

-Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el papa.

«¡Tal te la dé Dios!» -decía yo paso entre mí.

A cabo de tres semanas que estuve con él vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto. Y, aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacía al que Dios perdone (si de aquella calabazada feneció), que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido, no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.

Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta, y, acabado el ofrecer, luego me quitaba la concha y la ponía sobre el altar.

No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví, o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana

Y por ocultar su gran mezquindad, decíame:

-Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.

Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces. Y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.

Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo; y el que se moría, otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que allí estuve, que serían casi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque, viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía, remedio no hallaba; que, si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana hambre, más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí, como para los otros deseaba algunas veces; mas no la veía, aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de éste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?». Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines. Y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.

Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito. Preguntóme si tenía algo que adobar.

«En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco, si me remediásedes» -dije paso, que no me oyó.

Mas, como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el Espíritu Santo, le dije:

-Tío, una llave de este arcaz he perdido, y temo mi señor me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna que le haga, que yo os lo pagaré.

Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz, y, abierto, díjele:

-Yo no tengo dineros que daros por la llave; mas tomad de ahí el pago.

Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y, dándome mi llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.

Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y, aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.

Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo y en dos credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso; mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha. Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: «¡San Juan y ciégale!»

Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:

-Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve quedan y un pedazo.

«¡Nuevas malas te dé Dios!» -dije yo entre mí.

Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa. Yo, por consolarme, abro el arca y, como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo. Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos mil besos, y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.

Mas, como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte; tanto, que otra cosa no hacía, en viéndome solo, sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trajo a mi memoria un pequeño remedio, que, considerando entre mí, dije: «Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones, entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre».

Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que allí estaban, y tomo uno y dejo otro, de manera que, en cada cual, de tres o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma gragea, lo comí y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y abriese el arca, vio el mal pesar y sin duda creyó ser ratones los que el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole ciertos agujeros por do sospechaba habían entrado. Llamóme, diciendo:

-¡Lázaro, mira, mira, qué persecución ha venido aquesta noche por nuestro pan!

Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.

-¿Qué ha de ser? -dijo él-. Ratones, que no dejan cosa a vida.

Pusímosnos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien: que me cupo más pan que la lacería que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:

-Cómete eso, que el ratón cosa limpia es.

Y así, aquel día, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.

Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.

«¡Oh Señor mío -dije yo entonces-, a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi lacería, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquélla carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos».

Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero, con muchos clavos y tablillas, dio fin a sus obras, diciendo:

-Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar propósito, que en esta casa mala medra tenéis.

De que salió de su casa, voy a ver la obra, y hallé que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por donde le pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y de ellos todavía saqué alguna lacería, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgrimidor diestro. Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta siempre, noche y día estaba pensando la manera que tendría en sustentar el vivir. Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.

Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando cómo me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito, y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y, por do había mirado tener menos defensa, le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno de él usé. Y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió y consintió en su costado, por mi remedio, un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca, y, al tiento, del pan que hallé partido, hice según de yuso está escrito. Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer. Y así sería, porque cierto, en aquel tiempo, no me debían de quitar el sueño los cuidados del rey de Francia.

Otro día fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos los ratones y decir:

-¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa, sino agora!

Y sin duda debía de decir verdad, porque, si casa había de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquélla de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas a atapárselos. Venida la noche y su reposo, luego yo era puesto en pie con mi aparejo y, cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche.

En tal manera fue y tal prisa nos dimos, que sin duda por esto se debió decir: «donde una puerta se cierra, otra se abre». Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues, cuanto él tejía de día rompía yo de noche. Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma que, quien quisiera propiamente de ella hablar, más corazas viejas de otro tiempo, que no arcaz, la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.

De que vio no aprovecharle nada su remedio, dijo:

-Este arcaz está tan maltratado y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda. Y aun lo peor, que, aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de tres o cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha: armaré por de dentro a estos ratones malditos.

Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca. Lo cual era para mí singular auxilio, porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.

Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar dentro el ratón, y hallar caída la trampilla del gato.

Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un vecino:

-En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una culebra, y ésta debe de ser sin duda. Y lleva razón, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo, y, aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase a salir.

Cuadró a todos lo que aquél dijo y alteró mucho a mi amo, y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roía el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabecera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir. Íbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo; porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas, y aún mordellas y hacerles peligrar.

Yo las más veces hacía del dormido, y en la mañana, decíame él:

-¿Esta noche, mozo, no sentiste nada? Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.

-¡Plega a Dios que no me muerda -decía yo-, que harto miedo le tengo!

De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que, mi fe, la culebra (o culebro por mejor decir) no osaba roer de noche ni levantarse al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia o por el lugar, hacía mis saltos. Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo.

Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave, que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca, porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbase el comer, porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.

Pues, así como digo, metía cada noche la llave en la boca y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando la desdicha ha de venir, por demás es diligencia. Quisieron mis hados, o por mejor decir mis pecados, que, una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debía tener, de tal manera y postura que el aire y resoplo, que yo durmiendo echaba, salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era, y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la culebra, y cierto lo debía parecer.

Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y, al tiento y sonido de la culebra, se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra. Y, como cerca se vio, pensó que allí en las pajas, do yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.

Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y, dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme. Mas, como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho. Y con mucha prisa fue a buscar lumbre y, llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.

Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego a proballa, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: «El ratón y culebra que me daban guerra y me comían mi hacienda he hallado».

De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena, mas, de cómo esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el cual a cuantos allí venían lo contaba por extenso.

A cabo de tres días yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos, y, espantado, dije:

-¿Qué es esto?

Respondióme el cruel sacerdote:

-A fe que los ratones y culebras que me destruían ya los he cazado.

Y miré por mí, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal.

A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los vecinos. Y comiénzanme a quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo. Y, como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho y dijeron:

-Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.

Ahí tornaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo, pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron demediar. Y así, de poco en poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro (mas no sin hambre) y medio sano.

Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera y, puesto en la calle, díjome:

-Lázaro, de hoy más eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.

Y santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta.

ALBERCHE (17) EL LAZARILLO LLEGA A ESCALONA

Detalle de la ornamentación de la portada de la entrada palaciega del castillo de Escalona

Vamos a continuar el camino que siguió el Lazarillo con el ciego, y por ello nos acercaremos a la capital del señorío, a la gran villa de Escalona, donde hay un refrán que dice: Tres cosas tiene Escalona/ dignas de ver y admirar/ el castillo de don Álvaro,/ la iglesia y el hospital. Pues empecemos por el primero.

Probablemente estas elevaciones escarpadas sobre el Alberche han sido habitadas desde la prehistoria, aunque solamente se han hallado restos arqueológicos de la Edad del Cobre en el cercano paraje de Sambabilé, y de época visigoda en el ámbito de la propia fortaleza. Además, aseguran los viejos cronicones que la villa fue fundada por hebreos, basándose en la similitud del nombre de Escalona con la ciudad de Ascalon en Palestina, pues así se denominaba nuestra villa en tiempos de la reconquista. Los romanos dejaron un monumento o “aedícula” con un relieve que representa a dos personajes en el paraje de Piedraescrita, ya en término de Cenicientos. Otros autores han querido identificar a Escalona con la desconocida ciudad hispanomusulmana de Saktán. Seguir leyendo ALBERCHE (17) EL LAZARILLO LLEGA A ESCALONA

ALBERCHE (16) POR LA RUTA DEL LAZARILLO, EN ALMOROX

Pinares de Almorox

En esta ruta vamos a recorrer los pueblos en los que el autor de El Lazarillo de Tormes sitúa la acción de su obra inmortal. Por una parte recorreremos las tres localidades por el viejo camino que habría recorrido el protagonista cuando se dirigía hacia Toledo, que no coincide con la carretera actual que une las tres localidades, pues va más al este. Haremos una descripción del patrimonio de Almorox, Escalona y Maqueda y un breve resumen de la acción de la novela que trascurre en cada uno de los pueblos, aunque es más recomendable releer los tratados 1 y 2 del libro. Por otra parte, ya en Maqueda describiremos también una pequeña excursión hasta el castillo de San Silvestre.

Púlpito de la iglesia parroquial de Almorox

Viniendo de Salamanca, el Lazarillo pasa con su amo por Almorox camino de Toledo. Este pueblo cuenta con un magnífico pinar que desde antiguo perteneció al estado de Escalona y los vecinos cuidaban de él por ser de donde obtenían todos los pueblos del señorío las vigas para sus viviendas y construcciones. Es un pinar cuidado con ejemplares de pino autóctono de gran envergadura, aunque se han construido algunas urbanizaciones que deterioran el entorno.

Detalle de la decoració renacentista de la iglesia de Almorox

Almorox es palabra árabe que quiere decir “el prado”, aunque puede que estuviera ya poblado en época romana como demuestra para algunos el viejo puente de Barguillas. La villa de Almorox cuenta con uno de los mejores rollos de la provincia, que simboliza el momento en que se independiza de la cabeza del ducado de Escalona en 1566, fecha que aparece inscrita en este rollo, que cuenta además con una grada de cinco escalones, una columna toscana rematada con cuatro leones orientados a los cuatro puntos cardinales y un templete formado por cuatro columnillas jónicas que sostienen el remate con pináculos. Se encuentra en la plaza del ayuntamiento, edificio que es construcción de finales del siglo XVIII.

Rollo jurisdiccional de Almorox

La iglesia parroquial merece una detenida visita, pues cuenta con algunos elementos de interés, como la preciosa portada sur, que es renacentista con decoración de grutescos, roleos y putis, flanqueada por dos columnas rematadas con pináculos y una gran concha en la parte superior. En su interior hay retablos y pinturas de interés, alguna de Pedro Berruguete, y un púlpito gótico labrado muy bello con escudo, además de otro púlpito de hierro forjado. También podemos señalar la particularidad de la presencia de un antiguo pozo en el interior del templo, así como un órgano del siglo XVIII. El edificio tiene elementos góticos y renacentistas y es de sillería granítica de grandes proporciones con contrafuertes y con la torre decorada por balaustradas en el remate y los huecos del campanario.

Cúpula de la ermita de Almorox

La ermita de la Virgen de la Piedad cuenta con la imagen de su advocación y la del Cristo del mismo nombre. Se encuentra en la parte más elevada del pueblo y desde ella se pueden contemplar unas hermosas vistas de la zona. Es construcción barroca del siglo XVII en aparejo toledano y está rematada con espadaña. En su interior destacaremos el retablo y la decoración pintada de la cúpula con nubes y angelotes.
Ya hemos comentado que hasta Almorox llegaba desde Madrid una vía ferroviaria que dejó de dar servicio en 1965 y que debería, según el proyecto inicial, haber llegado hasta Talavera.

LAZARILLO EN ALMOROX

En Almorox les regalan a Lazarillo y su amo un racimo de uvas y el ciego quiere tener con el muchacho la “liberalidad” de compartirlo con él. Quedan en comer solamente una uva cada vez para repartirlas equitativamente, pero al acabar, el ciego pregunta a Lazarillo porqué ha comido las uvas de tres en tres. El chaval se sorprende de que lo haya adivinado, porque en efecto así ha sido, y su patrón le contesta que lo ha sabido porque él las había comido de dos en dos y Lazarillo no había protestado, lo que demostraba que el muchacho estaba comiendo más que él. Este es el texto completo:

«Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo de ellas en limosna. Y como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para echarlo en el fardel, tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no poder llevarlo, como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo:

-Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas de él tanta parte como yo. Partillo hemos de esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.

Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó propósito, y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debería hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aún pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano, y, meneando la cabeza, dijo:

-Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.

-No comí -dije yo-; mas ¿por qué sospecháis eso?

Respondió el sagacísimo ciego:

-¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.

A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos así por debajo de unos soportales, en Escalona adonde a la sazón estábamos, en casa de un zapatero había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen, y parte de ellas dieron a mi amo en la cabeza. El cual, alzando la mano, tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:

-Anda presto, muchacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.»

Las hermosas bóvedas de la iglesia de Almorox

UNA CARTA DE CELA A LOS MÉDICOS TALAVERANOS

UNA PALABRA PARA LOS MÉDICOS TALAVERANOS

Camilo José Cela en su juventud recorriendo los caminos en alguno de sus libros de viajes.
Camilo José Cela en su juventud recorriendo los caminos en alguno de sus libros de viajes.

Este artículo se publicó en 1989, al cumplirse quince años de la inauguración del hospital de Talavera y a petición del amigo del escritor y ceramista talaverano Emilio Niveiro, que aparece en el escrito con su nombre completo Emilio Ernesto. Como todo lo de Cela este curioso artículo rezuma el característico humor del Nobel. 

Siempre fui amigo de arrieros y médicos y, sin declararme enemigo, siempre huí de curas y enterradores; aquellos le llevan a uno de un lado para otro y aveces aciertas con el sendero y éstos, en cambio, al menor descuido le mandan a uno para el otro mundo, el cielo luminoso, el infierno ardoroso, el purgatorio cauteloso o el confuso limbo, o lo sepultan bajo dos palmos de tierra bien pisada (en la que nacen las amapolas, mean los perros y se enguilan a muy cadencioso compás los irreverentes cochinos jóvenes verriondos).

También me llevé siempre mejor con los alfareros que magrean el barro que con los guardias que sacuden estopa al personal, y con los marineros que pelean con el bacalao que con los recaudadores de contribuciones que esquilman al contribuyente, aunque quién sabe si mis querencias y mis ausencias no serán más que manías.

Este tiempo atrás anduve en manos de médicos y libré porque Dios así lo dispuso y porque, según es bien sabido, matar un gallego es muy difícil. Guardo muy serena gratitud hacia don Alfonso que fue el que me denunció, y hacia don Miguel, que fue el que me trinchó, y declaro con toda solemnidad y convencimiento, esto es, con tanto énfasis como certeza, que si no me hubieran tendido el puente por el que me escapé, me hubiera ahogado irremisiblemente en el vado traidor en el que ni sabía ni podía nadar.

Don Emilio Ernesto y yo, según el declara desde su río Tajo el último día de Santa María Salomé, somos amigos desde hace mil años, más o menos desde las calendas en que Almanzor tomó Compostela, y uno, que es agradecido de naturaleza, lo tiene por cónsul general de la amistad desde entonces y donde se hallare; aludo a esta circunstancia lo tiene por cónsul general de la amistad desde entonces y donde se hallare aludo a la circunstancia de los 10 siglos tras declarar que al amigo no se le desobedece, para entender mejor lo que sigo diciendo.

Los médicos talaveranos, a través de don Emilio Ernesto, me piden que les dirija una palabra, pienso que de buena voluntad porque las otras ya las gasté cuando aún luchaba por sobrevivir y pasar a la historia, ese incesante volver a empezar (Tucídides), esa filosofía en ejemplos (Dionisio de Halicarnaso) y esa merienda de negros desteñidos en la que, al decir de Goethe, todos los gatos son pardos y lo mejor que le debemos es el desmelenado entusiasmo que nos inspira.

Un viejo refrán español advierte que por el son se conoce la campana y al hombre la palabra. Barrunto que, para no alarmar a nadie, y para no asustarme yo tampoco, la palabra que he de decir a los médicos de Talavera debe ajustarse al mandato de Esquilo cuando nos predica que la palabra es el médico del ánimo enfermo.

Mi ánimo está sano, gracias sean dadas a Nuestro Señor Santiago y a los clementes dioses que protegen a los escritores de buena voluntad y, a buen ánimo, la palabra que más le gusta es: salud.

Para Homero la salud se identifica con el espíritu sano en el cuerpo sano, y para Marcial la vida no es vivir sino tener salud.

A mis amigos los médicos talaveranos les brindo y les deseo salud para que regalen a espuertas a quienes la necesitaren.

Un médico se salva del fuego perdurable si acierta a devolver un día de salud a un solo enfermo.

El cuerpo sano, decía Francis Bacon, es el hospedaje del alma; el cuerpo enfermo, su prisión.

Camilo José Cela

LA LEYENDA DE NALVILLOS, EL CABALLERO CORNUDO

 

Postal de los años 70 donde aparecen los restos de la alcazaba, escenario de parte de la leyenda de Nalvillos
Postal de los años 70 donde aparecen los restos de la alcazaba, escenario de parte de la leyenda de Nalvillos

Vamos a conocer una leyenda que se basa en hechos históricos y que tiene como escenario la alcazaba de Talavera, situada antiguamente en lo que hoy conocemos como Huerto de San Agustín. Se trata de la Leyenda de Nalvillos, el caballero cornudo.

Nos encontramos a comienzos del siglo XI. Ximén Blazquez es uno de los caballeros cristianos con mayor protagonismo en la reconquista y repoblación de las tierras de la ciudad de Ávila, cuyo territorio limitaba por su extremo sur con la entonces musulmana ciudad de Talavera con la que guerreaban continuamente.

De la estirpe de este noble saldría la familia de los Dávila, con viejas ramas nobiliarias como el marquesado de Velada y el condado de Navamorcuende, territorios cercanos a Talavera que les fueron concedidos a nobles abulenses precisamente por intervenir en la conquista de los mismos a los árabes. Un hijo de Ximén Blazquez se llamaba Nalvillos y su mujer fue raptada en las cercanías de la ciudad del Adaja cuando iba de romería el día de San Lorenzo, durante una algarada que los moros talaveranos.

El joven marido, considerado también un valiente caballero famoso por sus hechos de guerra, ante el agravio infligido por los moros solicitó del concejo abulense que fuesen con él en cabalgada contra Talavera. Así lo hicieron, dejando que cincuenta caballeros acompañaran a Nalvillos y, como dice la crónica, «Quando llegaron a las atalayas çerca de Talavera, metió los cavalleros todos en una çelada, e rogoles e mandóles que no saliesen de allí mientras que no le oyesen a él tañer su bocina».

Una vez dejó a sus compañeros de armas ocultos probablemete junto a la que hoy conocemos como atalaya de Segurilla, Nalvillos se cambió de ropa, cortó hierba, entró en la villa simulando querer venderla y llegó hasta la alcazaba donde su mujer permanecía después de haberla tomado el gobernador militar árabe como esposa. Estando asomada a una ventana, la mujer le reconoció e hizo que pasara al interior, donde le advirtió del peligro de muerte que corría si era descubierto. Pero el joven caballero le insistió en el gran amor que la profesaba y penetró en el interior del palacio.

Pero estando en éstas, «entrava el moro por el alcaçar e mandol ella a Nalvillos esconderse en cavo del palacio. E el moro echose en la cama con ella. E faziendo sus deportes olvidó el amor del Enalviello».

y Nalvillo fue apresado….

Curiosa manera ésta del deporte para llamar en la Edad Media a las actividades eróticas que tan bien debía ejercitar el jefe árabe, a quien ella, arrobada de placer, le preguntó después de yacer juntos sobre el premio que daría a la persona que le entregase a Nalvillos, su mayor enemigo cristiano en el campo de batalla. A lo que el gobernador contestó que le otorgaría la mitad de las tierras y riquezas de su señorío.

Atraída por la oferta y tal vez por los “deportes” que practicaba con el moro, la cristiana traicionó a su marido y lo entregó. Una vez apresado, el gobernador preguntó a Nalvillos qué tipo de muerte daría a su mayor enemigo si, como era el caso, le tuviese en su poder, y el caballero de Ávila respondió que lo quemaría en el lugar más elevado de la ciudad con la concurrencia de todo el mundo después de pregonarlo.

“…y llevaron preso a Nalvillos para ejecu-tarlo en el lugar más alto cercano a la villa…”

Esto mismo ordenó hacer el gobernador árabe. Llevaron leña a Las Atalayuelas, paraje que como ya hemos dicho pudiera tratarse de la atalaya de Segurilla, como lugar de mayor altitud, o bien del primitivo despoblado de Velada conocido como Las Atalayuelas en la finca El Barrero. Cuando le ofrecieron a Nalvillos pedir un último deseo antes de morir, El valiente caballero manifestó que quería tocar la bocina mientras era ejecutado. Pero al hacerlo aparecieron los cristianos abulenses que se encontraban emboscados y causaron gran mortandad entre los desprevenidos musulmanes, quemando vivo al gobernador en la misma pira que tenía preparada para Nalvillos. Entraron después los caballeros de Ávila en Talavera por sorpresa, matando y cautivando a cuantos encontraron y llevándose un gran botín. La mujer de Nalvillos no tuvo mejor suerte que su amante el gobernador, ya que fue también quemada por los cristianos en un paraje que en la crónica se denomina La Alvacoba, lugar que pudiera tratarse del antiguo asentamiento vettón, romano y luego granja de los jerónimos de La Alcoba, cerca de “Talaverilla”.

Antes de embarcarse en esta aventura Nalvillos consultó los augurios de las aves, pues al parecer era un gran escrutador del destino mediante la observación de las vísceras de los animales o el vuelo de los pájaros, por lo que una vez seguro de su éxito se decidió a emprender camino a Talavera con sus huestes para tomar v