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VIOLACIÓN EN LA PORTIÑA (y 2)

VIOLACIÓN EN LA PORTIÑA (y 2)

Puerta de Zamora y a la izquierda las columnas de la portada de la Santa Hermandad
Puerta de Zamora y a la izquierda las columnas de la portada de la Santa Hermandad

Después de haber sido violada en el Valle de las Doncellas, y disimulando el verdadero alcance de la agresión de que había sido objeto ante los testigos cercanos que habían oído sus voces, Tomasa Rodrigo llega a Segurilla, su pueblo.

Ya en su casa la moza ultrajada cuenta la verdad.Su padre Juan “Elías”, mancillada su honra y arrebatado el rostro de ira y dolor, baja corriendo los cerros de Segurilla hacia la Portiña, acortando por el monte, saltando entre los chaparros. Trata de averiguar disimuladamente quien es el autor de la vejación, guiado por las señas de las que la azorada muchacha le ha dado cuenta:

– Era de estatura baja, moreno, pecoso de viruelas, ni demasiado delgado ni grueso, llevaba una montera de paño pardo como de la hechura de los que usan los de Gamonal y Velada, coleto, mangas de paño pardo, de los calzones no puedo dar razón y si que tenía botillas de paño pardo y calcetas, con costal al hombro. Parecía ganadero –Pudo contar aún temblorosa.

Coinciden estas señas con las de un zagal y un mayoral(1) cuidadores de cerdos que por aquellos lugares ejercían su custodia. Hacia ellos encamina su pesquisa. El primero es Sebastian Colilla, natural y vecino de Velada, casado, de 26 años que servía en el ganado de cerda de D. Pedro de Villarroel, al que encuentra, acompañado de su mayoral, pastoreando la piara. Intenta con cautela ganar su confianza, comentando incluso cómo en cierta ocasión comieron juntos un cerdo que había muerto de una mala capadura. Más tarde, ya sin tantos rodeos, directamente le inculpa directamente del asalto de su hija, refiriéndose al episodio como si solamente se hubiera tratado de un robo. El azorado zagal se defiende diciendo.

-Yo no seré, que yo no se lo habría de quitar.

-¡Ello se habrá de averiguar!

Exclama amenazante “Elías”.

Cuadrillero de la Santa Hermandad del siglo XVIII
Cuadrillero de la Santa Hermandad del siglo XVIII

El otro sospechoso, Gregorio Sánchez,es natural y vecino de Mejorada, soltero, de 30 años, mayoral del ganado de cerda de Esteban Tobías, es localizado por el despechado padre más abajo. Se aproxima a observarlo sin imputarle directamente ninguna acusación.

-¿Viste bajar un buey por el arroyo? 

El ganadero respondió que nada había visto, ajeno a la intención indagadora  de su interlocutor y aún le pregunta que de donde se había escapado la res. A ello responde con desgana el de Segurilla mientras se aleja:

-De una arada que tengo allá arriba.(2)

Sin conseguir ningún indicio más que le pueda llevar a conocer la identidad del violador, el padre denuncia los hechos y a los posibles sospechosos ante el Tribunal de la Santa Hermandad en su casa y cárcel.

Se inicia el proceso. Comienza con la declaración de Tomasa Rodrigo que describe puntualmente los hechos que ya conocemos. El reconocimiento de la víctima es encomendado a Juana Munío, comadre y partera en la villa, que tras reconocer con el mayor cuidado y atención a Tomasa“no se la ofrece duda a su leal saber y entender”.

-Se haya rota y conocida de varón.(3)

El cuadrillero mayor (4) Francisco Sánchez de Mingo detiene a los sospechosos poniéndolos a buen recaudo en la cárcel de la Santa Hermandad, junto a la Puerta de Zamora.

Para la correcta identificación de los presuntos culpables se dispone que se ponga a los reos en rueda de reconocimiento. Se organiza la misma en el patio de la cárcel, allí se sitúan cinco hombres, de los que sólo uno de ellos es uno de los presos sospechosos.

Desde dentro y a través de un ventanuco, Tomasa Rodrigo, “habiéndolos examinado con mucha reflexión, se retiró y espuso que ninguno de ellos era el agresor”. Se siguen varias ruedas de reconocimiento. El cuadrillero cambia de lugar a los hombres, varias veces, sin ningún resultado. E incluso invita a Tomasa Rodrigo a salir al patio y así poder reconocerlos más de cerca. La muchacha se niega convencida de no equivocarse.

Idéntico resultado se obtiene en la rueda de reconocimiento con el segundo acusado. Pero aunque no han sido reconocidos por Tomasa ninguno de los dos, ambos siguen  en prisión.

Los acusados presentan sus coartadas y sus testigos a los que el Alcalde de la Santa Hermandad (5) comienza a interrogar. En primer lugar Antonio de Sosa, el músico, más tarde a los segadores gallegos, vecinos de dos aldeas de Muro, arzobispado de Santiago. También a Juan García Galán, Antonio Merino, Andrés Florido y Martín Gómez. Ninguna pista o dato nuevo  añaden a lo que ya conocemos en lo que se refiere al asalto. Pero sí confirman, sin embargo, las coartadas  de los encartados.

Sebastián Colilla, el zagal “velaíno” había dormido con su mayoral, tumbados ambos en un barbecho por encima de la Labranza de Pedro Gordillo. De allí salieron con su ganado, al romper el día, hacia Valdefuentes. Cuando ya el sol estaba alto (8 ó 9 de la mañana) bajaron a sestear a un olivar próximo a los molinillos de la Portiña.

Mientras, Gregorio Sánchez, el mayoral de Mejorada, había descansado con su zagal en el pajar de la labranza de Pedro Gordillo, desde donde se dirigió a las rastrojeras de la labranza de Cervines y más tarde, mientras su zagal con la caballería, subía a Mejorada a vestirse y avituallarse de alimentos, él se encaminó a los olivares de la Portiña.

Allí se encuentra con sus colegas y juntos disponen su almuerzo con tocino, gazpacho y queso que trasegaron con frecuentes tientos a una bota de excelente vino de Mejorada y compartieron en charla con Gregorio Sánchez y Antonio Merino, suegro de Sebastián, que había subido buscando a su yerno para que le ayudara a coger hoja de morera. Terminada la colación, bien pasadas las 10, Sebastián y Antonio se dirigieron arroyo abajo hacia las moreras de Narciso Ezquerra, cargados con un saco de lienzo, un costal de jerga blanco, la destraleja y el garabato, mientras Juan y Gregorio se disponían a echarse la siesta, protegidos del calor canicular de junio por la sombra de una encina.

Aquellos, permanecieron en el moreral hasta las 12, aplicados en su tarea de llenar el saco, hasta ellos se acercó la mujer de Martín “el Podador” para llevarles un poco de agua que aliviara su sed. A pesar de la invitación de comer en la villa que le sugiere su suegro, Sebastián regresa a su ganado, aposentándose al lado de sus compañeros dormidos. Todos despiertan alrededor de las tres cuando el ganado comienza a levantarse y es necesario pastorearlo. Aderezan gazpacho(6) para merendar y después cada cual se ocupa de su piara.

En este caso como en otros muchos de la Santa Hermandad, no llegamos a conocer si el culpable es o no juzgado y castigado, por no haberse hallado el delincuente o por haberse perdido el final de la causa o diligencias posteriores.

El violador vemos como le dice a su víctima durante la comisión del delito, que si es soltera se casaría con ella. No es cinismo del asaltante sino una forma de guardarse las espaldas ya que, en la época en que se desarrollan los hechos, ciertos delitos, incluso de sangre, podían mediante acuerdo entre  los particulares, no ir más adelante y quedar sin castigo el delincuente siempre que resarciera a la víctima.

… Y el tres de julio ambos son puestos en libertad.

 

 

(1)Zagal: Pastor mozo, Mayoral: Jefe principal de los pastores, y que cuida de una cabaña de ganado.

(2)Por entonces los bueyes eran todavía utilizados como principal fuerza de tiro en los trabajos agrícolas, lo que se ha venido haciendo en la comarca hasta hace unas décadas, quedan todavía en las trojes de nuestros pueblos los yugos para uncir a los bueyes, diferentes a los de las caballerías

(3)Obsérvese el meticuloso procedimiento de la justicia de la Santa Hermandad, con pruebas periciales como la aquí aludida de la comadrona, y con fórmulas todavía utilizadas en la justicia actual como la de ” a su leal saber y entender”

(4) El Cuadrillero Mayor era en la Santa Hermandad, la máxima autoridad de la fuerza ejecutiva de la misma, a su mando directo estaban los cuadrilleros y sobre él solamente los dos alcaldes y los dos regidores. Era un cargo remunerado.

(5) La cabeza jerárquica de la Santa Hermandad eran dos Alcaldes que asumían la autoridad ejecutiva y la judicial.

(6)El gazpacho era comida habitual entre los ganaderos y también los agricultores que por ejemplo en la siega formaba parte importantísima de su dieta. En Velada, de donde es original el Zagal sospechoso se sirve y elabora el gazpacho en un cuenco de  corcho llamado “cuzarro” que además de mantener mejor el sabor , en el cuerno del gazpacho, muchas veces decorado por los pastores, se llevaba el condimento y otro cuerno cortado servía como vaso.

Cuzarros para el gazpacho, el tercero se ha adaptado como cenicero.

VIOLACIÓN EN LA PORTIÑA (1)

VIOLACIÓN EN LA PORTIÑA  (1ª Parte)

Uno de los procesos  reunidos por el “Colectivo La Enramá” (Miguel Méndez-Cabeza, Rafael Gómez y Angel Monterrubio” para su libro “Causas Criminales de la Santa Hermandad”

Dibujo de 1909 que representa el paraje de Los Molinillos de la Portiña al que se alude en el texto
Dibujo de 1909 que representa el paraje de Los Molinillos de la Portiña al que se alude en el texto

Corría el año de 1770, esa misma noche fresca de junio comenzaba el verano. Tomasa Rodrigo se había levantado con el gallo.Vistió sus veinte años con la camisa y el jubón, un guardapiés de bayeta verde adornado de ribetes encarnados, con su delantal, la mantilla de paño pardo y el pañuelo blanco al cuello, protegió su cabeza con una pobre montera descolorida y calzó sus viejos zapatos atados con majoleras.

Resplandeciente, con las modestas galas de una hija de labradores de Segurilla, se encontraba feliz. Iba a Talavera para visitar a su hermana que había entrado a servir con un señor de esa villa.

Aparejó su borrica y su padre, Juan “Elías”, cargó sobre la bestia dos haces de leña cortados en los chaparros de los berrocales de Segurilla.

El pobre animal, tan cargado, trastabilleaba mientras descendía por el irregular empedrado del camino. A la derecha quedaba la todavia borrosa silueta de la Atalaya y abajo serpenteaba el arroyo de la Portiña mientras, al fondo, asomaban las torres de las iglesias de Talavera.

Era ya una hermosa mañana soleada  cuando Tomasa atravesaba el puente de la Villa sobre el arroyo de la Portiña, para adentrarse en el caserío por la puerta de las Alcantarillas Nuevas.[1]

Después de conseguir vender su pobre carga, tomó los dos reales obtenidos asegurándolos conveniente y discretamente, en el fondo de su faltriquera, para dirigirse a continuación a visitar a su hermana Alfonsa. Había ésta entrado a servir como criada del comerciante Fernando Martín de Agüero en su casa y tienda de la calle Cerería. A cuenta del exiguo salario de la sirvienta tomó del comercio un poco de bayeta verde para hacerla un guardapiés y compró de paso unos garbanzos y un poco de queso. Tras intercambiar noticias y confidencias se despiden las dos mozas entre risas, encaminándose Tomasa de vuelta a Segurilla.

Serían ya las diez y media de la mañana cuando sale por la concurrida Puerta de María[2] para tomar el camino Ancho que la devolvería a su pueblo. El campo en esta época era en Talavera un hervidero de gentes afanadas en las labores más diversas. La moza avanzaba distraída por el camino pensando en la traza del guardapiés tan hermoso que iba a labrar a su hermana.

Al salir del callejón que dicen de los Alcornoquillos[3] vió cómo desde la Portiña un hombre se incorporaba al camino y, siguiendo sus pasos, pronto la adelantaba.

-¡Ave María! ¡Buenos días tenga usted!

Saludó la moza, y como no obtuvo respuesta pensó Tomasa:

-¡Será sordo!

A la orilla del camino, entre unos olivos, Antonio de Sosa, músico de la Iglesia Colegial[4] y Ándrés Florido, tejedor de telas ricas en las Reales Fábricas de Seda, parecen disimular. Mientras, la muchacha, observando con curiosidad la escena, piensa que andan buscando nidos de tórtolas cuando, en realidad, tratan de completar la deficiente dieta alimenticia que les permiten sus escasos ingresos con el hurto de unas miserables matas de garbanzos.

A la altura de la labranza de Pedro Gordillo   dos segadores gallegos mientras mascan su tabaco requiebran con sus chanzas a la muchacha. Cerca del tejar del monasterio de San Benito dos mujeres acercan con sus garabatos las ramas más frondosas de las moreras[5] cortando algunas con sus destralejas, después introducen las hojas en sus sacos de lienzo blanco y cerca de ellas un hombre trabaja su melonar.

Arroyo de La Portiña, al fondo a la derecha se habría producido la violación de la que habla la causa criminal.
Arroyo de La Portiña, al fondo a la derecha se habría producido la violación de la que habla la causa criminal.

Al llegar al reguero y hondonada que está al pie de la cuesta desde donde se da vista a los molinillos de la Portiña, en el sitio que llaman Valle de la Doncellas[6], se volvió el hombre que la había adelantado y tomando con fuerza el ramal de la borrica exclamó.

¡Más vale hurtar que pedir!

Asustada Tomasa grito.

¡Ay, Virgen Santísima!

A lo que respondió encolerizado.

¡Virgen de todos los demonios!

Pensando la pobre moza que sólo se trataba de uno de los numerosos asaltos con intención de robar en los tan inseguros caminos de entonces, le ofreció, sin resistencia, que tomase la bayeta y todo lo que llevaba en el delantal,  así como los dos reales en que había vendido la carga de leña. Pero agarrándola por el pañuelo el hombre consigue derribar a la moza al suelo. Con ésto, ella intuye que son otras sus intenciones y presa del pánico no duda en ofrecerle de rodillas la borrica y todo lo demás.

¡Ni por la Virgen de todos los demonios te dejaría! Gritó el hombre.

En ese momento el miedo hace que la muchacha intente, volviendo atrás, pedir auxilio a los segadores gallegos[7]. Pero cuando solamente avanza tres o cuatro pasos, el individuo la atrapa y asiéndola de los brazos, la lleva a lo más hondo del reguero arrastrándola por el suelo.

Allí la vuelve los brazos atrás, la ata con destreza por las muñecas ,ientras en el forcejeo se desgarra el delantal y el desgastado jubón de paño de ala de cuervo, y trata de liberarse aferrada al cinturón de su agresor.

¡Virgen Santísima valedme y a mi honra!

Cínico el asaltante le pregunta

¿Eres casada o soltera?

Tomasa no contesta, sólo intenta con sus gritos llamar la atención de los segadores, intentando eludir el zafio abrazo del desconocido.

Agotada en su lucha inútil, todavía tuvo que escuchar su voz babeante

¡Si eres soltera me casaré contigo!

Con rabia la moza contesta

¡Primero me metería un cuchillo!

Viéndola ya tendida y rendida, el violador levanto las faldas de la mujer y la puso en lapostura de mayor deshonestidad y consiguió conocerla carnalmente y desflorar su virginidad”. Saciado y viendo que la muchacha no cesaba de exclamar a María Santísima con grandes voces, tiró la lazada del cordel con que la tenía atadas las muñecas[8],  se levantó y corriendo, echó por el reguero abajo, subiendo por la cuesta de los Molinillos.

Tambaleante, Tomasa se levantó y fue gritando hacia donde estaban los segadores que, al haber oído las voces, ya se acercaban corriendo. Cuando llega cerca de ellos, tropieza y cae al suelo, los gallegos se acercan a ella tratando de socorrerla y preguntando qué es lo que la ocurre. Nada responde, sólo entrecortadamente les pide que sigan y cojan al pícaro que a lo lejos ascendía presuroso la cuesta del Molinillo junto a las colmenas.mujergoya
Intentan alcanzarle pero la ventaja es mucha y desisten de su empeño, volviendo donde se encontraba la muchacha que “asustada, revolcada y desmelenada”, solicitaba temblorosa que los hombres la acompañaran. Ellos se limitan a señalarle la cercana presencia de una cuadrilla de segadores de su pueblo, Segurilla, que pueden hacerse cargo de la infeliz, por no saber a ciencia cierta a que venía tanto sobresalto.

Entre lágrimas, agarrotada por el susto y el sentimiento de su honra perdida, apoyada en su borrica trata de encaminarse a su casa. A su espalda, en plena carrera, el músico robagarbanzos, grita y gesticula tratando de darle alcance, ella aún temerosa no se detiene, sintiendo miedo de ser víctima de un nuevo asalto. Junto al pajar de Valdefuentes, Onofre del Pino, Polonia Montero, vecinos de Segurilla y Antonio se Sosa hacen corrillo ante la desafortunada que apenas puede relatar lo sucedido, su pudor le impide reconocerlo abiertamente, ocultando a sus paisanos el verdadero alcance de la agresión y respondiendo que simplemente se había espantado la borrica y caído de ella.   (Continuará)

[1] Esta puerta del segundo recinto amurallado se encontraba  al final de la calle Cerería, en su confluencia con la Cañada de Alfares. Se conocía también como puerta de la Villa.

[2] Puede tratarse de una de las puertas hoy desaparecidas del tercer recinto amurallado.

[3]“Callejón” tiene aquí el sentido de “camino entre vallados”

y el topónimo Alcornoquillos nos recuerda la abundancia de estos árboles antes del aprovechamiento masivo de la tierra para cultivos, en zonas marginales todavía se puede ver algún ejemplar

[4]Hasta la Desamortización, La Colegial estuvo dotada de una importante capilla musical  con numerosos cantores, pertiguero, ministriles, salmeadores y un maestro de ceremonias, todos a las órdenes directas del Chantre.

[5]La Real Fábrica de Sedas, a pleno rendimiento en esos años, había hecho necesaria la plantación de decenas de miles de moreras en Talavera y toda la comarca para aumentar la producción de gusano, era la actividad de recoger la hoja un complemento económico para muchas familias.

[6] Pequeño regato junto al muro de la presa de La Portiña, por debajo del depósito de agua. En la orilla opuesta todavía se perciben los restos del molinillo.

[7]Eran numerosas las cuadrillas de gallegos que durante el verano bajaban a segar en Talavera, que por aquel entonces tenía mayores extensiones cerealistas. Algunos acababan asentándose aquí formando una colonia tan numerosa que hasta pagaban un toro en las fiestas de las Mondas.

[8]La facilidad con que el violador ata y desata a la muchacha nos hace pensar el probable oficio de ganadero del individuo  que la maneja como a un ternerillo.

EL RATERO ARREPENTIDO

EL RATERO ARREPENTIDO

Nueva causa criminal de la Santa hermandad de Talavera que se custodia en el archivo municipal y que se desarrolla en el extremo occidental de las Tierras de Talavera.

Paisaje en la zona de Los Guadarranques, cerca de Navatrasierra
Paisaje en la zona de Los Guadarranques, cerca de Navatrasierra

Retiró la perdiz que todavía se movía atrapada por la percha. El lazo trenzado con cerdas de caballo había cumplido con su cometido y, una vez más, podría Tiburcio llevar algo de comer a su mujer y a sus tres hijos. En un canchal cercano se oyeron rodar algunas piedras y el cazador se agachó ocultándose tras unos chaparros. Era una falsa alarma, un corzo había cruzado la pedrera. Podía seguir buscando entre los jarales y barbechos el fruto de sus artes prohibidas de caza.

Trabajosamente ascendió desde los Guadarranques hasta la alquería de Navatrasierra. Era casi de noche y los vecinos se habían retirado ya a sus chozas. Al pasar por un corral pudo observar que dos lienzos se curaban al oreo de la brisa que venía desde las sierras del Hospital del Obispo. Por un momento dudó, su mujer le había suplicado, llorando en su camastro, que dejara de una vez las raterías que le habían llevado a trabajar durante dos años, como preso forzado, en los jardines del Prado en Madrid y en un gran edificio donde los capataces decían que se iban a guardar valiosas pinturas.

No pensaba que fuera a ser descubierto en esta ocasión, al fin y al cabo nadie le había visto en todo el día. Pero tener que dar explicaciones a su mujer por los dos lienzos era difícil. Debería soportar durante días ese machaqueo permanente con el que el sexo femenino consigue conducir a su pareja por el camino adecuado. No era una perspectiva agradable. Además, ya se sospechaba de él por la desaparición de un macho cabrío de una machada en Guadarranquejo. En esta ocasión sí que había testigos. Unos porqueros vieron al perchero merodear por la zona y, además, se había ido de la lengua con un conocido  diciéndole que en su casa podrían comer mejores tajadas que en la taberna. El dueño de la res se había presentado en su casa encontrando un cuarto del animal colgado de la pared de su dormitorio. Había dado la excusa habitual, que había encontrado esos despojos en la sierra y que, probablemente, habían sido despedazados por algún lobo de los que abundaban en aquellos parajes.

Pena de vergüenza pública pasando la comitiva por la cárcel de la Santa Hermandad. De una publicación del IPIET de la Diputación de Toledo.

Si le cogían otra vez se arriesgaba a pasar seis años en presidio, así que decidió guardar los lienzos bajo una lancha de piedra. Continuó su camino hacia el pueblo y cuando se cruzó con un pastor de Navatrasierra le dijo que sabía donde se encontraban dos lienzos de lino, que si algún vecino los había echado en falta podría preguntar por ellos en Puerto de San Vicente, en casa de Tiburcio.

Puerto de San Vicente desde la cueva de la Fuentesanta
Puerto de San Vicente desde la cueva de la Fuentesanta

Cuando al día siguiente, después de colocar unos lazos, llegó a su pueblo, ya le estaban esperando el matrimonio dueño de los lienzos, el alcalde del pueblo y un comisionado de la Santa Hermandad de Talavera que andaba persiguiendo gentes de mal vivir por aquellos apartados lugares de La Jara. Este comisionado era un cuadrillero rústico, ni siquiera el Cuadrillero Mayor, ese tipo de hombre que cuando se le inviste de autoridad puede llegar a ser el más cruel de los humanos si se trata de juzgar a los de su misma clase.

No lo dudó un momento, aunque era el mismo Tiburcio el que se había autoinculpado, arrepentido de su acción, decidió enviarle sin contemplaciones a la cárcel de la Santa Hermandad en Talavera. El ratero se arrepintió mil veces de haberse delatado cuando comenzaron otra vez los interrogatorios. El fiscal, como reincidente que era, no estaba dispuesto a tener el más mínimo rasgo de piedad y, en la petición de pena que hacía al juez, hablaba, con palabras terribles para el perchero, de su mala inclinación y envejecido hábito de hurtar y usurpar lo ajeno. Repetía una vez más los delitos que habían llevado al infeliz a su anterior condena y Tiburcio los recordaba como algo muy lejano. El fiscal iba desgranando algunos de los pequeños hurtos que había cometido el acusado, pero nunca aludía a la precariedad, al hambre siempre amenazante que había acompañado a cada uno de los minutos de la miserable vida del cazador. Tenía que volver a escuchar sus pequeños robos de ganado y cómo, cuando fue sorprendido en cierta ocasión, intentó compensar a una de sus víctimas con una capa que a su vez había sido robada pero que, aseguraba, se había encontrado en un pajar. Unos serranos que pasaban hacia los pastos de Extremadura notaron la pérdida de una oveja coja y unos esquilones que también fueron encontrados en su poder. Hasta el hurto de seis haces de centeno de un barbecho se le restregaba por su conciencia. Pero lo que más le dolió fue el recuerdo del robo a su cuñado de una fanega de trigo y centeno que tenía en la troje. Cuántas veces había tenido que oír los gritos de su mujer reprochándole que  había hecho víctima de sus raterías hasta a su propio hermano.

Afortunadamente otros vecinos se apiadaron de él y no habían echado más leña al fuego, sabían de su situación y habían tenido compasión de Jerónima, su mujer, y sus tres hijos que, ahora que estaba nuevamente en la cárcel, andaban mendigando por las calles de Talavera.

En aquella primera ocasión habían cambiado su pena de seis años de presidio por otra más liviana de dos años de trabajos forzados en El Prado de Madrid. Incluso habían remitido la pena de doscientos azotes que acompañaba a la sentencia. Pero ahora no tendrían piedad. Estaba desesperado. Solamente le consolaba ver que su abogado defensor era un hombre sabio y que, a lo mejor, pensaba un truco para salvarlo.

Cuando ceía que ya todo estaba perdido, el licenciado encontró algunos fallos en el procedimiento del rústico comisionado de la Santa Hermandad. Esto, unido a la presencia de su miserable familia en la puerta de la prisión, consiguió que el juez tuviera un poco de compasión. Solamente le condenaron a seis años de destierro a diez leguas en contorno de Puerto de San Vicente y seis en contorno de la villa de Talavera. Por ahora se había salvado, pero ¿Qué haría él sin sus valles de Guadarranque, sin sus lazos y sus perdices?  La miseria seguía su ciclo inexorable.

(Causas Criminales de la Santa Hermandad de Talavera Sig. 41/12. Archivo Municipal )

TRES MUCHACHOS EN UNA CUEVA

TRES MUCHACHOS EN UNA CUEVA

Septiembre del 306

Cueva de los Santos Mártires en el Cerro de San Vicente o Monte de Venus
Cueva de los Santos Mártires en el Cerro de San Vicente o Monte de Venus

Entre la grieta que dejan dos grandes moles de granito se asoman los ojos asustados de un joven mientras el viento agita su túnica. Desde la cumbre del Monte de Venus mira como el Tajo se acuesta en el valle. Al fondo, angustiado, vislumbra los tejados de los templos de la ciudad de Ébora. Vincencio ha recogido unas bellotas que lleva envueltas en un pedazo de lienzo. Vuelve sobre sus pasos hasta le entrada casi oculta de una cueva por la que desciende hasta su interior. Con las espaldas apoyadas sobre la piedra dos muchachas esperan aterradas, pero sonríen aliviadas al verle mientras le interrogan con su mirada.

– No se ven soldados. El día ha salido despejado y debemos continuar – dice entre imperativo y cariñoso su hermano.

Los Santos Mártires Vicente Sabina y Cristeta representados en azulejería de Ruiz de Luna en la iglesia de Castillo de Bayuela
Los Santos Mártires Vicente Sabina y Cristeta representados en azulejería de Ruiz de Luna en la iglesia de Castillo de Bayuela

Aunque las hace estremecer el aire que azota la cumbre esa mañana, al salir de su refugio, la luz y el tibio sol de otoño las reconfortan. Con un poco agua de un fontarrón cercano lavan las heridas de sus pies defendidos de una caminata de nueve horas bajo la lluvia tan sólo por unas pobres sandalias. Antes de descender hacia el Piélago, el muchacho mira desconfiado hacia atrás y recuerda las historias que le contaba su abuelo. Aquí mismo se había fortificado el famoso guerrero Viriato y tuvo en jaque a los romanos desde estas alturas. Pero el lusitano al menos tenía armas. Vincencio, sin embargo, sólo tiene la certeza que empapaba todas sus vísceras de que la religión del judío crucificado, la que dice que los pobres heredarán la tierra, era la religión verdadera. Tan seguro estaba que hacía dos días, delante de Dacio, el gobernador que había encerrado a la piadosa Leocadia en las mazmorras de Toledo, había renegado de los viejos dioses asegurando que cuando los romanos los adoraban era como si veneraran a un montón de piedras y palos. Vincencio no lo creía, pero oyó decir a los soldados que le custodiaban que, en la piedra sobre la que descansaba cuando compareció ante el gobernador, quedaron marcados, como si la roca fuera de cera, sus pies y el báculo que le sostenía.

Capilla del eremitoriode la cueva de los Santos Mártires
Capilla del eremitoriode la cueva de los Santos Mártires

Esos mismos soldados le liberaron esa noche y con sus hermanas Sabina y Cristeta había huido entre encinas y enebros hasta el Monte de Venus. No podía permitir que el empecinamiento que Dacio achacaba sólo al fanatismo de los cristianos afectara a sus hermanas. Pero ellas, tanto y con tanta vehemencia habían escuchado hablar a su hermano sobre la nueva religión, que ya le acompañaban en lo que para unos era delirio y para otros eran convicciones profundas. Estaban ya dispuestas a morir con él sin renunciar al nuevo Dios que los emperadores perseguían con tanta saña.

Caminando entre los robles habían llegado al otro extremo de aquellos montes y podían ver frente a ellos la alta sierra de Gredos que deberían cruzar si querían ponerse a salvo. Unos pastores que los encontraron comiendo moras junto al río Tiétar les dieron refugio esa noche. No subieron por el puerto del Pico pues, junto a la calzada, siempre había soldados que controlaban el paso del ganado y de las mercancías. La senda por la que les condujo uno de los cabreros era empinada pero más segura. Después de alimentarse de carne seca durante cuatro días llegaron, tras atravesar los piornales y las praderas de las cumbres, hasta la ciudad de Ávila. Uno de los pastores, interrogado por los soldados, delató a los hermanos y cuando llegaron a la ciudad de los fríos inviernos estaban esperando para apresarles.

Otra vez los ofrecimientos de renuncia, otra vez mantenerse en esa curiosa fe que a Daciano, en realidad, le parecía tan falsa como la suya propia, una forma más de someter a los que debían someterse. Los desnudaron y los sacaron fuera de la ciudad y después les azotaron hasta la extenuación. En el tormento que llaman hecúleo descoyuntaron sus miembros sobre una cruz en aspa. Como no acababan con sus vidas apretaron las cabezas de los tres hermanos en una prensa formada por dos tablones poniéndoles, en fin, grandes losas de piedra y golpeando sobre ellas con grandes mazos hasta que sus sesos quedaron desparramados.

Después de muertos los arrojaron  a una cueva que llaman de la Soterraña. Y dicen las gentes de Ávila que, como no permitieran los soldados que nadie enterrase los cuerpos, una gran serpiente salió de las profundidades levantada la cerviz y dando temerosos silbidos. Cuentan que un judío miraba sus cuerpos con poca reverencia y la culebra se enroscó en su cuerpo casi asfixiándole hasta que prometió, convirtiéndose al cristianismo, levantar un templo que custodiara los cuerpos de los tres muchachos de Ébora.

LOS SANTOS MÁRTIRES HUYEN DE TALAVERA. DETALLE DEL CENOTAFIO DE LOS SANTOS MÁRTIRES EN LA BASÍLICA DE SAN VICENTE DE ÁVILA

FELIPE II VISITA TALAVERA

FELIPE II VISITA TALAVERA

(Marzo de 1580)

Arcabuceros en la azulejería del siglo XVI de la ermita de Nuestra Señora del Prado en Talavera
Arcabuceros en la azulejería del siglo XVI de la ermita de Nuestra Señora del Prado en Talavera

La Venta del Alberche era un hervidero de viajeros, pastores, furcias y bribones que, ante la presencia inusitada del concejo, los nobles y el cabildo de la Colegial, se mantenían en un extraño silencio. Un calderero llegó corriendo con su borrica y, entre el ruido de sus cobres, podían apenas oírse las grandes voces que daba anunciando la llegada de la comitiva real. Uno de los caballos de los cuadrilleros de la Santa Hermandad se desbocó y casi da en el río con el jinete que, con una ballesta en la mano y las riendas en otra, intentaba mantener el equilibrio.

Frente a la labranza de Entrambosrríos asomaban ya los primeros soldados y criados reales. Los alcaldes, nerviosos, se colocaron la indumentaria de gala mientras daban órdenes apresuradas a la comitiva que había acudido desde la Villa a recibir al rey Felipe. El carruaje paró, su majestad dejó a un lado los papeles que iba despachando con uno de sus secretarios y bajó junto al pescante del coche donde recibió el homenaje de las autoridades y el clero talaveranos. La Santa Hermandad Real y Vieja extendió su estandarte precediendo a la comitiva que continuó su recorrido hacia Talavera. Al pasar junto al arroyo de las Parras, el cortejo observó dos grandes palos clavados junto al camino real donde todavía picoteaban las urracas los despojos del último bandido ejecutado por la Hermandad.

Detalle de la decoración renacentista de la fachada sur del monasterio jerónimo de Santa Catalina

En otro carro iba la reina Anna, la adorada esposa del rey, y detrás más de trescientas personas entre soldados, sirvientes, escribanos, secretarios y nobles cortesanos. La primavera estaba ya despuntando en las ramas de los fresnos y los álamos que crecían junto al cordel. Al fondo se podían ver los tejados de la ermita de la Virgen del Prado, la que el mismo rey había bautizado en un viaje anterior como la Reina de las Ermitas. Su majestad ordenó parar y en compañía del cabildo municipal y el de la Colegial entró en el templo mientras repicaban las campanas de su espadaña. Permaneció unos minutos orando y a continuación se reanudó la marcha hasta llegar a la villa, en cuyo recinto la comitiva real penetró por la Puerta de Toledo.

Felipe II fue el rey que declaró a la cerámica de Talavera como la oficial del Imperio español con la sevillana. Horno representado en la azulejería del siglo XVI de la ermita.
Felipe II fue el rey que declaró a la  cerámica de Talavera como la “oficial” del Imperio español con la sevillana. Horno representado en la azulejería del siglo XVI de la ermita del Prado.

Fuera de este segundo muro de barro, muy deteriorado por el paso del tiempo, quedaban en la Cañada de los Alfares los hornos humeantes donde, por encargo del rey, tantos miles de azulejos se habían cocido para sus reales alcázares, sus palacios de caza y para su monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Juan Floris y Juan Fernández, sus alfareros predilectos, habían acudido a las audiencias que el rey concedió en sus anteriores estancias en Talavera, interesándose por la marcha de sus trabajos. Desde la Puerta de Toledo, que lucía su renovado aspecto por la restauración del Cardenal Tavera, se dirigieron después hacia el interior del caserío por la calle de Zapaterías pasando bajo los arcos triunfales de flores y follaje que adornaban las calles. Los hermosos palacios de la nobleza talaverana y las más modestas casas de ladrillo y tapial lucían colchas y gallardetes para saludar la presencia del monarca.

Todos los viajeros quedaron impresionados por las esbeltas torres albarranas que hacían más fuerte aún la muralla que dejaron los hijos de Alá. Después siguieron entre el griterío de la concurrencia hasta el monasterio jerónimo de Santa Catalina, donde el rey dormiría como en las dos anteriores ocasiones que pernoctó en Talavera. Era la de estos frailes su orden favorita, a quien había encomendado el gran monasterio del Escorial. Siempre se había encontrado cómodo entre los jerónimos. El prior rindió homenaje al monarca a la entrada del convento y el rey Felipe, tras las formalidades de rigor, quiso saber si su arquitecto Juan de Herrera había ayudado a la comunidad talaverana a resolver la amenaza de ruina de la capilla mayor de la iglesia, agrietada cuando iba a cerrarse la media naranja de la cúpula por el gran peso de la misma y de los muros. El fraile señaló el gran machón que Herrera había hecho construir pegado a la cabecera para evitar el derrumbe; la grieta era alarmante pero el arquitecto había asegurado a los monjes que el templo ya no correría peligro.

Abside mudéjar del Hospital de la orden de Santiago (Santiaguito), donde se hayaban los restos de pelayo Correas que visitó Felipe II
Abside mudéjar del Hospital de la orden de Santiago (Santiaguito), donde se hayaban los restos de pelayo Correas que visitó Felipe II

Por la mañana fueron recibidos en audiencia el concejo y los nobles talaveranos. A petición de uno de ellos, don Antonio Meneses y Padilla, el rey visitó el sepulcro de Pelayo Pérez Correa en la antigua iglesia del hospital de Santiago, llamada por el pueblo el Cristo Santiaguito. Este monje guerrero allí sepultado había sido Maestre de la Orden de Santiago, librando famosas batallas en la reconquista de Aldalucía. Una creencia muy arraigada en las gentes relataba cómo, durante uno de sus enfrentamientos con los moros, había recibido la ayuda de la Virgen que había detenido el sol a su puesta para que las huestes cristianas pudieran acabar felizmente la batalla. Murió en 1275 y fue enterrado en este hospital que la orden militar tenía en Talavera hasta que, en 1510, su cuerpo fue trasladado a la iglesia de Nuestra Señora de Tudia en Badajoz. El rey, minucioso como siempre, mandó poner “aquí yació” donde figuraba “aquí yace” sobre su sepultura ya vacía.

Era la tercera vez que Felipe II visitaba Talavera. En la primera ocasión se dirigía a Guadalupe para agradecer a la Virgen que don Juan de Austria hubiera sofocado el levantamiento de los moriscos. En su segundo viaje también se dirigía al santuario de las Villuercas para entrevistarse con su sobrino D. Sebastián, rey de Portugal, e intentar convencerle, sin conseguirlo, de que no emprendiera la suicida campaña africana donde el portugués perdió la vida en la batalla de Alcazarquivir. En ese encuentro, la comida fue servida a los dos monarcas en una hermosa vajilla de Talavera con el escudo de Portugal.

Ahora el rey se dirigía al reino vecino para hacerse cargo de él. Partió el cortejo de Talavera acompañándole las autoridades hasta el arroyo Bárrago. La reina Anna volvería a pasar por aquí siete meses más tarde pero ya sin vida pues había fallecido en Badajoz. El talaverano García de Loaysa oficiaría su entierro en el Escorial.

LOS RECEPTORES HIDRÁULICOS EN LOS MOLINOS DE AGUA (1) EL CUBO

Molino de cubo en Riofrío
Molino de cubo en Riofrío

LOS RECEPTORES HIDRÁULICOS EN LOS MOLINOS DE AGUA

Nuevo capítulo de mi libro agotado “Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo”.

Los receptores son aquellos dispositivos que, en sus diferentes modalidades, acogen el agua transformando su fuerza viva en la energía rotatoria que moverá la muela o piedra de molino.

Los tres tipos más frecuentes de receptores hidráulicos
Los tres tipos más frecuentes de receptores hidráulicos

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EL SOLDADO CUATRERO

EL SOLDADO CUATRERO

Causa criminal de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera

1711

Desertores de la Guerra de Sucesión por la que se entronizó a Felipe V son los protagonistas de esta causa criminal
Desertores de la Guerra de Sucesión por la que se entronizó a Felipe V son los protagonistas de esta causa criminal

Por el puerto de Plasencia ascienden al atardecer cuatro arrieros con sus fuertes y relucientes caballerías. Algunos otros paisanos se han unido a la comitiva pues no son seguros los caminos en estos días. Los soldados que han luchado en la Guerra de Sucesión deambulan por los caminos de una España agotada de sequías y batallas. Un saco de trigo es un tesoro que despierta la codicia más que una bolsa con mil ducados.

Cuatro hombres vestidos de militar, pero con el desaliño de los desertores y soldados licenciados, saltan al camino y, colocándose delante de los viajeros, gritan: Seguir leyendo EL SOLDADO CUATRERO

“EL ENCUENTRO”, RELATO SOBRE EL ENCUENTRO DE TARIK Y MUZA EN TALAVERA

EL ENCUENTRO

AÑO 713, 94 de la héjira

Representación decimonónica de Tarik
Representación decimonónica de Tarik

Las aguas transparentes del Tajo hacen remolinos entre los tajamares arruinados del viejo puente romano. Jóvenes mujeres bereberes con sus trajes multicolores lavan las vendas de los heridos en la orilla, mientras sus padres y maridos esperan en formación río abajo, junto a la plaza de Caesaróbriga, la villa que más tarde ellos llamarán Talabaira.

Tarik, el gobernador de Tánger que ha conquistado Hispania, va a pasar revista a sus tropas berberiscas. Muza, su señor, se acerca desde Emérita Augusta y la recepción debe ser magnífica. El general ha sabido que el gobernador de Ifriquiya viene furioso por la desobediencia de su liberto, aunque sus batallas le hayan proporcionado un magnífico botín. Seguir leyendo “EL ENCUENTRO”, RELATO SOBRE EL ENCUENTRO DE TARIK Y MUZA EN TALAVERA

LOS CANALES DE LOS MOLINOS DE AGUA

LOS CANALES DE LOS MOLINOS DE AGUA

Nuevo capítulo de mi libro ya “Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo” que iremos publicando en sucesivas entregas.

EL CANAL (fig. 10)

Esquema de los elementos de un canal molinero
Esquema de los elementos de un canal molinero

Las presas desaguan en su canal a través de una compuerta lateral, situada generalmente sobre la ladera del cauce del río (fig. 5). Los canales pueden estar excavados en el talud natural de la ribera o hacerse de fábrica más o menos elaborada en mampostería, ladrillo e incluso sillería. Otras veces el molinero se ha visto obligado a tallar canales en la roca, casi siempre en pequeños tramos.

Lo más frecuente era que se combinaran diversos aparejos de construcción adaptándose a la modestia del molino o a las dificultades del terreno y así, por ejemplo, en terrenos impermeables como los arcillosos suelos de La Jara se hallan canales simplemente excavados en la tierra, algo que sería absolutamente ineficaz en las arenosas tierras del valle del río Guadyerbas o del Alberche pues se perdería la mayor parte del caudal.

En un molino de Malamoneda, sobre el río Cedena, en una zona de grandes bloques graníticos, o en algunos molinos del Pusa, sobre terrenos de cuarcita o pizarra, se ha llegado incluso a perforar  la roca con un túnel de 2,5 metros de largo por 1 de ancho para conseguir así la continuidad del canal sin perder altura. A veces se ha llegado a tallar el canal en la roca viva durante algunos metros. En La Jara se llegan a extraer enormes lajas de pizarra para conseguir esa continuidad.canalmol2
Es frecuente que el canal salve regatos y arroyos afluentes del río mediante pequeños acueductos y puentecillos de obra, troncos vaciados e incluso bidones cortados. Estos afluentes perpendiculares al canal deben ser evitados porque más que aportar caudal, pueden encenagar e incluso destruir con su arrastre de materiales la obra de canalización.

Cuando el terreno es muy permeable o el canal se ha construido con deficientes materiales, se suele revocar el suelo o el interior del canal en su totalidad para evitar fugas de agua. En La Jara se utilizan con frecuencia las lanchas de pizarra para enlosar los canales y proteger las paredes de la erosión de la corriente en los tramos curvos de su recorrido. En los Montes de Toledo o en la Sierra de San Vicente se emplea el granito en forma de empedrado o de lanchas que por su gran tamaño dan aspecto casi megalítico a algunos de estos canales. Este es el caso de un molino en el arroyo Navajata, en término de los Navalmorales (Foto 2).

Por razones topográficas, algunos canales no se han construido sobre el talud del cauce pero han conseguido mantener el desnivel necesario mediante elevación, bien sobre una obra maciza de mampostería, como el molino de Villapalos 2, o bien sobre acueductos de uno o varios arcos de piedra o ladrillo. Sobre Riofrío, en La Nava de Ricomalillo, se conservan algunos ejemplos de estos pequeños acueductos.

escorrentíasifónLa estructura del canal suele reforzarse mediante cajeros arriostrados con losas de piedra, tirantes metálicos e incluso con troncos de madera que unen entre sí las dos paredes laterales del canal.

En las zonas de la Campana de Oropesa y Velada se encuentran varios ejemplares que carecen de canal por lo que les denominaremos como molinos de Apresa de acceso directo@ (fig. 9B). Se caracterizan porque el edificio se levantaba adosado al mismo muro de la presa y en medio del cauce, a modo de contrafuerte de la misma presa (fig. 11). El saetillo recibía el agua directamente de la presa a través de un orificio situado en la parte media inferior de la misma. Estos molinos se localizan en arroyos de escaso caudal, donde la ausencia de avenidas importantes permite la conservación de las presas que, por otra parte, tienen bastante cubicaje para compensar la escasez de agua. Son ejemplos de molinos de presa de acceso directo los de arroyo de la Pradera 3 y arroyo de Malezo 1 en Valdeverdeja, el molino de Tarrara en el Torrico y el de arroyo del Molinillo en Velada. Este tipo de molino ya es descrito en el siglo XVIII por Villareal y Berriz y curiosamente coincide con esta cronología la fecha de construcción inscrita en los muros de dos de estos ejemplos (Foto 3).

presadirectaOtro tipo de molino que también carece de canal propiamente dicho es el de las aceñas y grandes molinos de regolfo del Tajo. Puede crearse cierta confusión con lo que en estos artificios se conoce como A la canal A en femenino y que consiste en la estructura de obra en forma de túnel cuadrado que, formando parte del edificio molinero, discurre bajo el suelo del mismo conduciendo el agua hasta el cárcavo donde se aloja el rodete del regolfo como más tarde describiremos. En los tratados clásicos como el de Turriano, a estas canales se las denomina Abombas@[1].

La sección adecuada para los canales viene dada por el caudal que deberán acoger y por la velocidad del mismo. Ésta no deberá ser demasiado lenta porque ocasionaría la obstrucción por sedimentación, ni excesivamente rápida porque provocaría la erosión y rotura de los canales que ya sabemos suelen ser de precaria construcción. En general interesan valores mínimos de velocidad puesto que así se ocasionará menos pérdida de pendiente al precisar el canal de una menor inclinación[2].

Canal molinero en su desembocadura en el cubo
Canal molinero en su desembocadura en el cubo

Las aguas arenosas deberán llevar algo más de velocidad para evitar su depósito y consiguiente obstrucción. En concreto la velocidad media necesaria para el funcionamiento adecuado de los artificios molineros se ha calculado entre 0,25 y 0,50 metros por segundo y las pendientes habrán de ser del 0,0004 al 0,0005.

El perfil de la sección del canal habrá también que ser tenido en cuenta y, si es rectangular, deberá medir al menos el doble de anchura que de altura. En las secciones trapezoidales los taludes tendrán una inclinación correspondiente al doble de la base respecto a la altura si están excavados y hasta  0,5-0,20 por 1 si se trata de obras de albañilería.

La longitud de los canales depende fundamentalmente de la pendiente del terreno y de la altura de caída del agua que se quiera conseguir en el molino, aunque para el diseño del canal siempre se tendrá en cuenta que el remanso de la presa no debe anegar los molinos  que se encuentran río arriba, como antes se dijo.

Se da el caso en algunas corrientes fluviales, como el arroyo de Los Molinos o de Saucedoso en Castillo de Bayuela y Riofrío en La Jara, de que en ellos es aprovechada casi toda la pendiente porque cada canal parte del socaz del molino anterior, captando las aguas inmediatamente después de haber movido el rodezno, muchas veces directamente sin ser necesaria ni siquiera la presa pues el canal parte del mismo cárcavo del molino anterior.

Canal molinero labrado en la pizarra
Canal molinero labrado en la pizarra

Es fácil encontrar canales con una longitud de pocos metros y otros que llegan a medir más de un kilómetro. Son ejemplos del primer caso algunos molinos situados en tramos de cascadas con pérdida brusca de nivel, como el arroyo de Malezo o Piejachica 2 que capta con un pequeño canal el agua del anterior molino situado sólo unos metros por encima de él, pero con un considerable desnivel ya que se halla junto a un despeñadero ( ver su planta ).

Los molinos de La Mancha por el contrario, dada la escasa pendiente del terreno, suelen tener largos canales si se trata de molinos de rodezno. Los molinos de regolfo precisan más bien de un mayor caudal pues se adaptan a una escasa pendiente y aprovechan la energía centrífuga del agua más que la gravitatoria, como más tarde veremos.

Canales muy cortos, e incluso inexistentes, se pueden también encontrar en casos como el de los molinos de Garganta Tejeda en el Real de San Vicente, donde el agua tras salir del cárcavo de un molino se encuentra con la balsa del siguiente. Estos ingenios se disponen en un corto trayecto de corrientes con bastante pendiente en cuyas riberas se excavan las balsas de almacenamiento del agua.

Los canales suelen estar dotados de aliviaderos (fig. 9) que sirven para regular el caudal, impedir el rebosamiento del cubo o dar agua a los huertos y prados del molinero. Estas explotaciones complementarias se sitúan en los aterrazamientos ribereños paralelos al canal, entre él y el río, en la zona que se conoce como la Aisla@ del molino. Otra utilidad de los aliviaderos es la de desviar el caudal necesario para que abreven los muchos animales que rondan el molino ( mulas de acarreo, cerdos, gallinas, etc.) y que forman una parte importante del aprovechamiento global del molino.

El canal cuenta para su servicio con escaleras o simples lajas embutidas en el muro que facilitan el acceso para solucionar obstrucciones, para accionar las compuertas o  para facilitar las reparaciones necesarias de grietas y fugas de agua.

La inaccesibilidad del terreno ribereño obligaba al molinero en ocasiones a ingeniárselas con pequeñas obras hidráulicas. Así ocurre en el quinto molino del arroyo del Pilón en término de El Torrico donde, para facilitar el paso subterráneo del agua y permitir el acceso de las caballerías, se construyó un rústico sifón (fig. 12) similar al utilizado en los canales actuales de regadío para salvar los caminos.

Hay canales que se ensanchan antes de la entrada al cubo del molino permitiendo así el represamiento del agua. Estas pequeñas represas, que no debemos confundir con las construidas para desviar el caudal del río, son denominadas en nuestro ámbito Abalsas@y se asocian a muchos molinos de escaso caudal, sobre todo en Los Montes de Toledo.

En el arroyo de la Pradera y en el arroyo del Pilón, ambos en las cercanías del molinero pueblo de Valdeverdeja, encontramos dos artificios de los denominados como Ade escorrentía@ (fig. 13). En  ellos el canal solamente cuenta con uno de los muros que va circundando la ladera y va recogiendo el agua de regatos, vaguadas y fuentes, intentando así aprovechar todos los recursos hídricos que puedan caer sobre las lomas que recorre. No son éstos dos molinos de escorrentía puros, ya que se ayudan de una presa en los arroyuelos mencionados para conseguir algo más de caudal. Tienen por tanto un sistema mixto de captación, de presa y de escorrentía.

Un caso similar se da en los molinos de la cabecera del río Guadyerbas en Navamorcuende, donde además de una importante fuente que ha sido canalizada hasta ellos, se toma agua de la escorrentía a través de canales que cortan la ladera y que desembocan en una balsa de almacenamiento desde donde parte el canal que alimenta a los molinos.

En la desembocadura del arroyo Cubilar sobre el río Uso se sitúa el molino del Álamo (fig. 14) dotado de un doble sistema de canal que recoge el caudal de las dos respectivas presas situadas en cada una de las corrientes confluentes. Este sería un molino de Adoble canal@.

Ya hemos llegado al final del canal donde una rejilla impide la caída de cuerpos extraños al receptor, evitando así la obstrucción del saetín

[1] LOS VEINTIÚN LIBROS…:Opus cit, p. 327

[2] De IGUAL, J.: Opus cit. pp. 44-49.

UN DÍA CORRIENTE Y MOLIENTE

UN DÍA CORRIENTE Y MOLIENTE

Molino de Riofrío en Sevilleja de la jara
Molino de Riofrío en Sevilleja de la jara

Salvador había nacido en el molino. Su madre casi le parió cuando se agachaba para abrir uno de los aliviaderos del canal. Su padre tuvo que correr con la mula hasta llegar al pueblo para traerse a Juana, la comadrona, hasta la ribera. Lo primero que escuchó al nacer fueron los tres ruidos molineros: el agua al salir del saetín para mover el rodezno, las piedras en su roce benéfico pero atronador y la tarabilla golpeando sobre las muelas. Seguir leyendo UN DÍA CORRIENTE Y MOLIENTE