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LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

LOS MOLINOS DEL TAJO HASTA LA INDUSTRIALIZACIÓN

Nuevo capítulo de mi obra agotada «Los Molinos de Agua en la Provincia de Toledo» en el que se trata sobre su historia del siglo XV hasta el XIX

Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi
Malpica y los molinos de Corralejo en el plan de navegación de Carduchi

A través de las Relaciones de Felipe II conocemos algunos datos sobre la propiedad molinera en el siglo XVI. El rey es dueño todavía de tres grandes paradas sobre el Tajo ( Aceca, Alhóndiga y Aranjuez ) y los señores laicos son dueños de los molinos de su jurisdicción como es el caso del duque de Maqueda, el conde de La Puebla de Montalbán, el señor de Malpica o el señor de Higares (fig. 32). Algunas casas nobiliarias poseen varias paradas molineras, como por ejemplo el conde de Oropesa al que pertenecen los molinos de Silos, Cebolla y las Aceñas del Conde en el Torrico. El conde de Cifuentes tiene también tres paradas, en Velilla, Bergonza y Cifuentes.

Otros integrantes de la nobleza menor conservaban también intereses molineros. Los Loaysa, hidalgos talaveranos que eran propietarios de los molinos de Merillos cerca de Cebolla, o los Meneses que ya hemos visto cómo contaban con dos paradas en Alcaudete. En Toledo, el mariscal D. Juan de Rivadeneyra era propietario de molinos en el Guadarrama.

Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Las centrales eléctricas aprovecharon los antiguos molinos para sus instalaciones, como en estos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla
Grandes bóvedas de ladrillo en los edificios de los antiguos molinos de Cebolla

En las Relaciones de Felipe II encontramos además referencias a mayorazgos o a determinadas personas con autoridad de ámbito local, como un regidor de Villamiel o un comendador en el Viso, que eran dueñas de molinos.

La Iglesia era dueña y señora de un gran número de las paradas más importantes. Constatamos así cómo las monjas de San Clemente de Talavera son propietarias de los molinos de Cabañuelas, los jerónimos tienen los molinos de Abajo cerca de Talavera, los jerónimos de Guadalupe cuentan con los de Espejel y los de la Sisla son propietarios de varias paradas. Los hospitales de Puente del Arzobispo (fig. 33) se financiaban con dos molinos próximos a esta villa donados por el Arzobispo Tenorio en el siglo XIV. Las monjas de la Madre de Dios de Toledo poseían un molino en el Guadarrama y una capellanía se financiaba con los beneficios de un molino en La Puebla de Almoradiel.

Muchos artificios manchegos pertenecían a encomiendas de la orden militar señora de esos territorios. Por ejemplo la Bailía Prioral de San Juan de Jerusalén arrendaba o concedía molinos, mediante censos perpetuos, en  construcción y aprovechamiento.[1]

Si seguimos analizando pueblo a pueblo la Relaciones de Felipe II, observamos que, ya en el siglo XVI, el número de los pequeños molinos de arroyo dispersos por las sierras toledanas es considerable e incluso, en corrientes como las de Fresnedoso, Sangrera, Andilucha o Guadarrama, el número de estos ingenios es mayor que el que aparece en catastros y relaciones de finales del siglo XVIII. Los datos son, sin embargo, algo parciales ya que gran parte de las poblaciones  de la sierra de San Vicente y de la Campana de Oropesa no aparecen en las Relaciones del siglo XVI publicadas pues pertenecían a la ciudad de Ávila en aquel entonces.

Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI
Los molinillos bastardos como estos de Santa Ana de Pusa se van dispersando por todo el territorio desde el siglo XVI

En el siglo XVI la molinería continuaba siendo una rentable inversión para la nobleza y por ejemplo, la dozaba parte de los molinos de Daicán en Toledo es comprada por catorce mil maravedís, años más tarde es arrendada esta misma parte por tiempo de «tres vidas», la del comprador y la de sus dos hijos, por ochocientos dieciséis maravedís en «cada un año», con las siguientes condiciones que reproducimos por su interés:

1)A- La paga debería efectuarse por los tercios de cada año, la primera paga a finales del mes de Abril, la segunda a finales de Agosto y la tercera en Navidad.

2)– En el precio fijado no se podría realizar descuento alguno, teniendo además el arrendatario la obligación de tener siempre en buen estado la rueda del molino y todo lo demás que fuera menester.

3)– Ni el arrendatario ni sus hijos podrían vender ni traspasar ni empeñar dicha rueda, ni a caballero, ni a clérigo ni tampoco a ningún convento, iglesia o monasterio.

4)En el caso de que aquellos se viesen obligados a vender o a traspasar el molino en el tiempo de las tres vidas, lo harían saber al arrendador por si éste lo quisiera tomar, y por la cantidad que por ello les fuera a dar otra cualquier persona; y en el caso de que el arrendador no lo quisiere y lo traspasasen a otro, deberían entregar a aquel la décima parte del precio que le diera por ello, en reconocimiento del dominio que sobre ello tenía, y si pasasen dos años consecutivos sin pagar el tributo correspondiente, el arrendatario  caería en la pena de comiso y por tanto lo perdería.

     Este molino rentó en un año treinta y cuatro mil maravedís, siendo como hemos visto el alquiler de ochocientos dieciséis. Es evidente  que ya en esa época eran mucho más valoradas las rentas del trabajo del molinero que el inmueble del molino en sí.

En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales
En Toledo quedan restos de viejos molinos medievales

El señor de Layos, dueño de la anterior parada, arrendaba otros molinos de arroyo por veinte maravedís y cuatro gallinas o por treinta maravedís y seis gallinas. Alguno incluso se arrendaba en especies, como en el caso de un molinillo en los montes de Toledo que se alquila por cuatro gallinas, cuatro capones, dos cabritos y dos fanegas de harina. Otros molinillos cercanos pagaron ya en el siglo XVII hasta un máximo de seiscientos maravedís . Estos datos nos dan una idea de la gran diferencia existente entre la rentabilidad de los grandes molinos del Tajo y la de los molinillos de arroyo[2].

Las rentas anuales que percibía el propietario del molino nos aclaran también la diferencia que existía entre los beneficios de una gran parada en el Tajo con 400 a 1300 fanegas de trigo, comparados con los de pequeños molinos de arroyo que percibían en general menos de cincuenta fanegas y que en algunos molinillos como los de Espinoso llegan a tener una rentabilidad de tan sólo dos fanegas en el siglo XVI[3]

La decadencia económica del siglo XVII[4] parece afectar también a la industria molturadora ya que muchas paradas del Tajo que aparecen en las Relaciones de Felipe II como «corrientes y molientes»- forma tradicional para decir que un molino está en funcionamiento- figuran en el proyecto de navegación del Tajo de Carducci de 1641 como perdidos, parados o arruinados. Es el caso de uno de los molinos del Conde de Oropesa en Valdeverdeja, los de Corralejo en Malpica, los de Bergonza y los de las Monjas de Torrijos en el Carpio de Tajo. Encontramos además la referencia a muchas presas arruinadas que no sabemos si servían a molinos o a otros ingenios como cañales, lavaderos o azudas.

En el trayecto entre Toledo y el límite de provincia actual siguen moliendo las paradas de Azumel, Estiviel, Calaña, Torralba, Puebla de Montalbán, Gramosilla, Cebolla, Talavera, Silos y Ciscarros. Desde este último hasta la actual provincia de Cáceres nos encontramos arruinados a los de Calatravilla y a una de las paradas del conde de Oropesa, se ha perdido un molino de un tal Ramos que tal vez se corresponda con el de Los Rebollos, pero continúan moliendo todavía los de Puente del Arzobispo, los molinos de Meneses en Valdeverdeja y los de Espejel junto al castillo musulmán del mismo nombre. En este tramo no podemos establecer comparaciones con el siglo XVI por no haber datos en las Relaciones de Felipe II que podamos cotejar con los proyectos de navegación (fig. 34).

La propiedad de estas grandes paradas molineras persiste en su mayoría en manos de señores laicos o religiosos aunque, al igual que los modestos molinos de arroyo en los siglos anteriores, comienza a diversificarse por la venta de la totalidad o de una parte de esos molinos a particulares. También se da el caso de arriendos que con los años se convierten en ventas y que ponen en manos de otros estratos sociales esa propiedad.

Muchos molinos de ribera son alquilados y así por ejemplo el Conde Mora alquila ocho de estos molinillos del arroyo de San Martín del Castañar a particulares[5]. En La Estrella de la Jara ya en el siglo XVI los molinillos de ribera se encuentran en manos de vecinos particulares según nos describen sus Relaciones Topográficas.

Parece que en el siglo XVIII no mejora la situación de los grandes molinos del Tajo como lo demuestra el proyecto de navegación de Simón Pontero realizado en 1755  donde, entre Toledo y Talavera, se dibujan hasta siete paradas perdidas o arruinadas.[6]

Mediante el Catastro de Ensenada de finales del siglo XVIII puede comprobarse que tanto los molinos de arroyo como las paradas del Tajo, coinciden de manera sorprendente en su localización, descripción y dimensiones con los ingenios de los que en la actualidad se conservan restos de sus edificios. Por ello se confirma que los lugares más propicios para su construcción han sido reutilizados una y otra vez durante siglos[7].

[1] AGUIRRE, D. : Opus cit.

[2] LOPEZ PITA, P.: Layos, origen y desarrollo del señorío de los Condes de Mora. Caja de Ahorros de Toledo, Toledo, 1988, pp. 242 y 243.

[3] F. ARROYO ILERA, Los Molinos del Tajo en el siglo XVI según las Relaciones Topográficas de Felipe II. pp. 266.

[4] MARTÍNEZ GIL, F.: Toledo y la crisis de Castilla 1677-1686., Ayuntamiento de Toledo, Talavera-Toledo 1987, pp. 63-80.

[5]LÓPEZ PITA P. : Layos, origen y desarrollo de un señorío nobiliario. Toledo, 1988, Caja de Ahorros de Toledo, pp. 243.

[6]COROGRAFÍA DEL TAJO: Opus cit. planos del proyecto de Simón Pontero

 [7]ENSENADA : Catastro. Muchos de los datos referentes a este catastro se han obtenido de la obra de  Fernando Jiménez de Gregorio, Los Pueblos de Toledo hasta finalizar el siglo XVIII. Para más información pueden consultarse los originales de las denominadas Declaraciones Individuales de dicho catastro en el Archivo Histórico Provincial de Toledo.

Molino en Alcaudete, sobre el río Jébalo

LOS MOLINOS DE AGUA EN LA EDAD MEDIA

LOS MOLINOS DE AGUA EN LA EDAD MEDIA

Una nueva entrada  de mi libro agotado «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo». Describiremos su historia desde la reconquista cristiana hasta el siglo XV

Molinos de Puente del Arzobispo , fundados por el mismo arzobispo Tenorio en el siglo XIV para financiar los hospitales de la villa
Molinos de Puente del Arzobispo , fundados por el mismo arzobispo Tenorio en el siglo XIV para financiar los hospitales de la villa

Podemos pensar que estas primeras instalaciones molineras en territorio recién conquistado serían de propiedad real y que más tarde los monarcas las ceden total o parcialmente a órdenes y jerarquías religiosas o a los señoríos laicos que les habían sido fieles como frecuente reconocimiento a sus servicios de armas. Ejemplo del primer caso es la donación de Alfonso VII de los molinos de Alportel en Toledo al Obispo de Osma, estos mismos molinos en 1143 son propiedad de la catedral[1]. Otro ejemplo también ilustrativo, podemos encontrarlo en el libro de M Jesús Suárez Álvarez » La Villa de Talavera en La Edad Media», cuando recoge la donación de unos molinos por Alfonso VIII en esta ciudad, hacia el año 1207, al monasterio de Santa María de las Huelgas en Burgos[2]. Este mismo monasterio es dueño de los molinos de Ciscarros próximos a la dehesa de su propiedad en El Bercial, donde su cabaña de cuarenta mil ovejas aprovechaba los  pastos invernales.

Los frailes de Calatrava y las monjas de San Clemente de Toledo poseían tres aceñas «so el Alcaçar de Talavera, cerca del muro». Este poderoso convento también era dueño de unas aceñas en Azután, villa de su dominio.

Con los señoríos laicos vemos aparecer molinos que sirven a sus dueños no sólo como fuente de ingresos sino que además, mediante un control monopolístico de la molienda en sus territorios, conseguían una inmejorable fuente de información y control sobre la producción cerealística de sus vasallos y la carga tributaria a aplicar a los labradores de sus tierras. Vemos las primeras referencias a este tipo de dominio en los siglos XIII y XIV con los molinos de los señores de Malpica (fig. 30)[3], Oropesa o Mejorada.

A partir del siglo XIII comienzan en Europa a construirse nuevos  molinos y a dispersarse por todos los ríos y arroyos. Las noticias que nos llegan de ellos son relativas sobre todo a documentos de donaciones reales y a las acotaciones de señoríos, donde en muchos casos aparecen como verdaderos mojones de deslinde. Estos nuevos ejemplares comienzan a situarse no sólo en corrientes principales sino también en arroyos secundarios, como es el caso de los molinos de Riolobos que aparecen en la delimitación del señorío de Mejorada que hace Sancho IV al segregarlo de Talavera en 1288.[4]

Los molinos de Riofrío en Sevilleja ya aparecen en documentación del siglo XV
Los molinos de Riofrío en Sevilleja ya aparecen en documentación del siglo XV

Los medievalistas han hallado referencias a estos pequeños molinos de ribera que ya tienen una menor dependencia señorial y que por ello se conocen como «molinos bastardos».[5] Los señores, en parte obligados por las necesidades que los nuevos núcleos de repoblación tienen de una molienda más cercana a sus lugares, van concediendo permiso para la construcción y beneficio de molinos a algunos de sus vasallos y comienza así el retroceso del monopolio de la molinería. Estas prerrogativas eran de todas formas un signo de señorío, y por ejemplo la villa de Talavera entabla un pleito con el vecino señor feudal de Belvis de Monroy porque éste ha concedido permiso a uno de sus vasallos para la construcción de un molino en el río Ibor[6], entonces comprendido en las Tierras de Talavera

Durante el siglo XIV, las pocas referencias a la propiedad de los molinos siguen señalando como dueños a la Iglesia o a la nobleza, disminuyendo por ventas, permutas o cesiones los privilegios reales sobre la molienda. De esta forma doña Inés de Ayala y su esposo don Diego López de Toledo, alcalde mayor de esta ciudad, son propietarios de los molinos de Malpica y de los de Adabaquín en Toledo. En 1383 D. Diego cede su parte al cabildo catedralicio que se convierte así en su único propietario[7].

Un caso de cesión real es el de doña María de Portugal, que al renunciar a sus privilegios sobre la dehesa talaverana de Cabañuelas, incluye «las ruedas, pesquerías y canales» (fig. 31)[8].

Planta de los molinos de cabañuelas. Autor Rafael Gómez
Planta de los molinos de cabañuelas. Autor Rafael Gómez

Hacia mediados del siglo XV, señores e instituciones religiosas mantienen mayoritariamente la propiedad de los molinos, la Catedral de Toledo es dueña de los de Saelices y doña Guiomar de Meneses deja al Hospital de la Misericordia los molinos de la Solanilla en Toledo[9]. Los concejos van accediendo también a la explotación molinera y por ejemplo el concejo talaverano cuenta entre sus propios con una aceña[10].

Pero continúa, aunque lentamente, diversificándose la propiedad de estos artificios, primero por ser objeto de ventas, donaciones y arrendamientos, y en segundo lugar porque, dada la expansión de la agricultura que acompaña a  la repoblación y nuevos rozamientos de los territorios de Toledo y Talavera, con la correspondiente formación de las alquerías y primeros núcleos estables en los Montes de Toledo y La Jara , se va creando la necesidad, condicionada por las largas distancias y el mal estado de las comunicaciones, de construir molinos pequeños en corrientes secundarias, menos rentables pero más accesibles para los nuevos pobladores.

Comienza a haber referencias al trabajo de los molineros en las relaciones de oficios de villas y lugares. La legislación de la época incide sobre los fraudes que los molineros puedan cometer en el desempeño de su labor. Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, aprueba ordenanzas al respecto para sus vasallos de Talavera en el año 1489[11].

Siguen aumentando las referencias a molinos en manos privadas y así en 1454, dos regidores talaveranos solicitan el primer ojo del puente para la construcción de unas aceñas. También van aumentando los artificios que caen en manos de entidades eclesiásticas menores como capellanías, cabildo colegial y hospitales. Estas instituciones comienzan a su vez a negociar con los molinos o con una parte de los mismos – tenemos noticias sobre la venta de hasta un dozabo o doceaba parte de un molino – pasando a manos de la nobleza menor o de algún hacendado. En otras ocasiones, el dominio eclesiástico, más flexible en sus privilegios señoriales, concede cierta independencia administrativa a sus tierras y los molinos pasan a ser de propiedad concejil como en el caso ya referido de Talavera[12]. En el siglo XVI, once molinos de la Puebla de Almoradiel, por ejemplo, pagan un cuarto de sus beneficios al comendador de la villa y otros tres a la encomienda de Mirabel[13].

Los molinillos bastardos se extienden por el territorio. Molino en el río estenilla, en la localidad jareña de Anchuras
Los molinillos bastardos se extienden por el territorio. Molino en el río estenilla, en la localidad jareña de Anchuras

Los pequeños molinos periféricos de menor entidad, los antiguos molinos bastardos, tienen en ocasiones propietarios situados en los estratos superiores de la sociedad del siglo XVI. En Alcaudete de la Jara, un molino del Gévalo es de las monjas de San Benito de Talavera y otro pertenece al convento de La Madre de Dios; dos molinos más son propiedad de una familia de la nobleza talaverana, los Meneses, y el quinto es de los Duque de Estrada. En el arroyo de Villamocén, el regidor de Toledo Ruy Gómez es propietario también de dos molinillos.[14]

[1] PORRES MARTIN -CLETO, J. Opus cit. Las Calles...p. 200.

[2] SUAREZ ALVAREZ, M1. J. : Opus Cit. p. 335.

[3] A PALOMEQUE  TORRES, APueblas y Gobierno del Señorío de Valdepusa durante los siglos XV, XVI y XVII@, Cuadernos de Historia de España, (Buenos Aires, 1948), pp 73-103;  y A El Señorío de Valdepusa y la Concesión de un Privilegio de Villazgo al lugar de Navalmoral de Pusa en 1635@  A.H.D.E. XVII, 1946.

[4] A. FRANCO SILVA, ALa Fundación de pueblas en tierras situadas al noroeste de la provincia de Toledo@ , Historia, Instituciones y Documentos, Sevilla, Universidad, 1990, pp. 31-53.

[5] ESCALERA, J. y VILLEGAS, A. : Opus cit. p.36.

[6]SUAREZ ALVAREZ M. J. Opus cit. p. 89.

[7] PORRES MARTÍN -CLETO, J.: Opus cit. p. 1040.

[8] SUAREZ ALVAREZ, M. J.: Opus cit. p. 401.

[9] PORRES MARTÍN-CLETO, J.: Opus cit. p. 326

[10] SUAREZ ALVAREZ, M. J.: Opus cit. p. 203.

[11] Ibidem. p. 184.

[12] Ibidem.  p. 184.

[13]AGUIRRE, D.: El gran priorato de San Juan de Jerusalén, Toledo, Diputación Provincial, 1973.

[14] VIÑAS, C. Y PAZ, R.: Relaciones histórico-geográfico- estadísticas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II , Madrid, Instituto Balmes de Sociología, Instituto J. S. Elcano, C.S.I.C., 1951. En las notas que aluden  a estas Relaciones nos referiremos a la encuesta del pueblo en cuestión y las cuestiones 20, 21 y 22 que se refieren a los ríos y molinos de cada término municipal.

TAJO ABAJO, UN RELATO

TAJO ABAJO

Relato sobre uno de los planes de navegación del Tajo y los incidentes que tuvieron que pasar los ingenieros en su periplo para anotar los obstáculos a superar

Talavera en un esquema-de un proyecto de navegacion
Talavera en un esquema de el proyecto de navegación en cuyo estudio se basa el relato

Desde la barcaza se escuchaban los aleteos de los pájaros que salían espantados a su paso. Los meandros iban y venían por entre las buenas tierras de Malpica y Cebolla.

Desde que pasaron junto al castillo del señor de Valdepusa no habían tenido problemas con los rápidos, solamente necesitaron extremar la precaución al llegar a algunas presas arruinadas como la de los antiguos molinos de Mirillos o las azudas que dirigían el agua a los cañales de las pesqueras. El navío avanzaba silencioso espantando con su presencia a las nutrias, las ratas de agua y las gallinetas que chapoteaban asustadas ante la presencia del extraño monstruo de madera que había sido bautizado con el nombre de “Antonelli”, en memoria del ingeniero rumano que hizo el primer proyecto de navegación para el rey Felipe II. Las gentes detenían a sus bueyes sorprendidos por la curiosa aparición en medio del campo castellano de un barco descendiendo por el río.

Sobre la embarcación se afanaban varios hombres. El que parecía el jefe era Marco Artú, arquitecto a quien el brigadier Cabanes  había encargado el reconocimiento del Tajo. Otros dos hombres parecían tomar apuntes sobre la anchura del río o las presas que tenían que salvar y comprobaban con una plomada la profundidad de las aguas en las zonas arenosas. Uno de ellos dibujaba sobre una mesa clavada al tablado un plano en el que se referían todos los incidentes. Los pastores, los chiquillos y las mozas que lavaban en el río saludaban a los aventureros y acompañaban al “Antonelli” durante leguas. Sebastián y Agapito Alonso, Diego Cobo y Diego Antón eran los cuatro expertos marineros de agua dulce nacidos en la villa de Serradilla que manejaban con destreza la barcaza con los remos y las pértigas.

Pasada la desembocadura del Alberche se hizo difícil la navegación pues el rio se ensanchaba con islas abundantes y peligrosos bajíos de arena que podían hacer encallar al barco de exploración, cuanto más al que el brigadier Cabanes tenía proyectado utilizar para navegar, un navío movido por vapor del que había pedido informes y presupuestos a la casa Walis Mason de Birmingan. Habían llegado a la presa que dirigía el agua a los molinos del puente de Talavera, según dijo un hombre que además les regaló un manojo de paloduz de gran calidad que se daba abundantemente en uno de los islotes.

Ya podían ver las torres de las iglesias y conventos de la villa. A la derecha, una playa donde algunas carretas estaban siendo cargadas de arena para la construcción y a la izquierda una de las islas de mayor tamaño que habían visto en su recorrido, la Isla Grande.

Postal de los años 70 que muestra los primeros ojos del puente Viejo donde chocaron los navegantes
Postal de los años 70 que muestra los primeros ojos del puente Viejo donde chocaron los navegantes

Habían salido de Malpica a las seis y media de la mañana y eran las ya once cuando la expedición llegaba a Talavera. Junto al puente Viejo esperaba una muchedumbre presidida por el corregidor de la villa. Era el veinte de abril y en recorrer el río desde el Puente Verde de Aranjuez hasta aquí habían tardado trece días. Las lluvias de primavera habían ocasionado una considerable crecida que hizo muy difíciles las maniobras de los pilotos serradillanos para pasar bajo los arcos del puente. Debido a su estrechura, a la corriente y al nivel elevado de las aguas, el “Antonelli” impactó con una de las esquinas del camarote contra los muros del viejo puente ante la concurrencia de numerosos talaveranos. Después del susto, los curiosos acompañaron a la embarcación basta los molinos de Abajo donde presenciaron el descenso del navío por el muro de la presa. Los tripulantes fueron agasajados por la ciudad y prometieron que a la Vuelta pasearían a los vecinos en el navío.

Presa de los molinos de Abajo que hubieron de bajar con su barcaza los ingenieros del plan de navegación
Presa de los molinos de Abajo que hubieron de bajar con su barcaza los ingenieros del plan de navegación

A la mañana siguiente, prosiguieron su viaje para llegar hasta Puente del Arzobispo pero la jornada estuvo llena de incidentes ya que, desde Talavera hasta allí, se vieron obligados a salvar las presas de los molinos de Silos, Ciscarros y Azután, además de los rápidos que, en el tramo cercano a Aldeanueva de Barbarroya, producía la corriente al saltar sobre los riscos graníticos. Las barreras del Tajo se podían disfrutar en todo su esplendor primaveral, los acebuches, los almendros, los chaparros y las alamedas de los arroyuelos presentaban ese verdor vivaz que no volverían a mostrar en todo el año.

Los marinos de agua dulce comentaban con el ingeniero lo dificultoso que sería realizar el canal que, desde los molinos de Silos, debería llevar a los navíos hasta el arenoso arroyo de Alcañizo y más tarde hasta el Tiétar. Era difícil imaginarse a las barcazas navegando por las llanuras del Campo Arañuelo pero sería la solución si se querían salvar los muchos rápidos y presas de molino que obstaculizaban la corriente desde Silos hasta bien entrada Extremadura.

Se detuvieron en los magníficos molinos de Puente del Arzobispo y conversaron con todos aquellos campesinos que desde Oropesa, Lagartera, Valdeverdeja o El Torrico bajaban al río a moler con sus vistosas vestiduras. Pasaron al día siguiente junto a los pilares del puente de Castros mientras la fortaleza árabe les contemplaba desde lo alto. Fue un día duro pues  hubieron de bajar su barco por las muchas presas de molino que cortaban el río en el re-corrido entre las aceñas del Conde y el Puente del Conde dinamitado en la guerra con los franceses. Desde sus arcos arruinados se divisaba la otra Talavera, la Vieja. Sobre su caserío se elevaban los arcos y columnas de un templo romano que llamó la atención de los viajeros. Al pasar delante de la desembocadura del rio lbor, el Tajo salía de las antiguas tierras de Talavera.

El Tajo a su paso por Talavera la Vieja antes de ser inundada. Al fondo se ven los arcos del templo de Diana, hoy junto al puente de la carretera de Guadalupe
El Tajo a su paso por Talavera la Vieja antes de ser inundada. Al fondo se ven los arcos del templo de Diana, hoy junto al puente de la carretera de Guadalupe

PIEDRA, MADERA Y BARRO

PIEDRA, MADERA Y BARRO

Un relato sobre arquitectura popular en La Jara

Casa de majada en El Portezuelo, junto al río Jébalo
Casa de majada en El Portezuelo, junto al río Jébalo

Mariano miraba a su mujer que se despertaba remolona sobre el lecho de retamas y paja del chozo. El ruido que hacía el pastor al soplar sobre el fuego había despertado a Crisanta. Se volvió perezosa y su mirada se cruzó con la del hombre que era su marido desde hacía dos años y que compartía felizmente su pobreza con ella.

Pero ese día amanecía radiante y podía verse el cielo castellano, el cielo invernal más azul, por la abertura que dejaba la manta que su marido había colocado en la puerta para impedir el paso de la humedad de la mañana. La leche recién ordeñada hervía ya en el cazo que Mariano compro el día que fueron con su tío el arriero a Talavera.

Casi ningún pastor podía permitirse el pequeño capricho de ir de viaje de novios, pero él siempre había sido el favorito de su tío e incluso les invitó a comer y dormir en una fonda llena de tratantes y algún viajante de mercería. Por la noche les llevó al «liceo», una iglesia abandonada por los frailes y dedicada ahora a salón de baile donde esa noche tocaba una orquesta de Madrid. Bebieron gaseosa y vino y fue tal vez la noche más feliz de sus vidas.

Después, la soledad de la sierra, el ruido de los búhos,  los aullidos de los lobos y los jabalíes hozando en el prado habían sido los sonidos, tan terroríficos al principio, que impedían a Crisanta conciliar el sueño. Aunque poco a poco había ido acostumbrándose, como al intenso olor de cabra que despedían las ropas de su marido, ese olor que se le hacía casi agradable cuando en mitad de la noche despertaba asustada y se acurrucaba con su hombre.

Pozo y casa en la dehesa de Montarcos, en belvís de La Jara
Pozo y casa en la dehesa de Montarcos, en Belvís de La Jara

Por entre las juntas de las pizarras que formaban la bóveda del techo salía el humo del hogar, pero la leña húmeda consiguió hacer toser a la mujer. Mariano al levantarse apenas emitía algún gruñido antes de irse a ordeñar, pero más solícito que de costumbre, arropó a la mujer y dijo:

­-Quédate otro rato, anda.

-Tenía que quedarme preñada todos los días, para que así miraras por mí -respondió sonriendo la mujer- ¡Anda bolo! Que yo iré limpiando, vete al ganao.

Mientras el pastor estaba de careo veía de lejos a su mujer afanarse cogiendo leña y acercándose a la fuente a por agua. Andaba ya torpe con la tripa, estaba de seis meses y pronto tendría que irse con su madre al pueblo. No debía parir en aquel chozo y su hijo no se criaría ahumado en aquel cuchitril. Si las cabras parían bien sacaría un poco de dinerillo y acometería su proyecto, haría una casa para su familia.

Mientras pensaba en esto, Mariano tomó una plancha de corcho y con navaja tan gastada como afilada comenzó a darle forma redondeada a uno de los bordes, después la uniría a otras piezas con virus de jara y formaría una cuna para su hijo. Ya había matado otros ratos de pastoreo tallando un sonajero de una rama de espino y después haría un castillejo de corcho para meter al chaval mientras la madre se afanaba en la majada.

Su hermano le trajo al monte la noticia, la partera había dicho que era un muchacho muy hermoso. El pastor bajó al pueblo con las monedas que le habían dejado los cabritos. Antes de que volvieran al monte su mujer y el niño tenía que cubrir aguas.

Fue al herrero y encargó ochenta clavos para unir las alfangías a la viga maestra. En el comercio le vendieron cuatro costales de cal de Montesclaros. Aunque la casa iba a levantarla de piedra y barro necesitaría algo de argamasa para la chimenea y el caballete del tejado. Bajó después al tejar de tío Jacinto que había sido amigo de su padre, Mariano le echaría una mano y así las tejas le saldrían apañás de precio. Ya podía empezar pues el resto de lo que necesitaba para su casa lo tenía en el monte: piedra, barro y madera.

En una solana frente al arroyo decidió hacer los cimientos, cortó las jaras e igualó el terreno tirando con una cuerda el trazado de los muros. Tomó su azada y fue excavando los cimientos. En algunos lugares la pizarra se encontraba somera y tuvo que romperla con una cuña y la almadana, mientras que en otras partes de la cimentación el desnivel hizo necesario que fuera con el borrico a por grandes cantos rodados del arroyo para rellenar la zanja.

Con paciencia fue levantando las paredes, primero una fila de lanchas de pizarra y luego, para sentar la hilera siguiente, una capa de barro que había traído de los trampales, donde tantas veces se atascaba la borrica al pasar con el arado. Mariano iba dando la vuelta a las lajas hasta encontrarlas la cara adecuada en lo que parecía un juego de rompecabezas con un ritmo tan lento que, al principio, le hacía pensar a Mariano que su hijo ya habría entrado en quintas cuando él acabara la casa.

Pero cuando terminó la jornada y observó su obra mientras devoraba una gruesa loncha de tocino con largos y pausados tragos de vino, pudo calcular que en unas semanas habría levantado los muros y, aunque le dolían los riñones, sonreía mientras ordeñaba a las cabras pensando en la cara que pondría Crisanta cuando viera su nuevo hogar.

Con la ayuda de su hermano bajó hasta el arroyo a por el tronco de fresno que había escogido con tanto cuidado para descortezarlo y así evitar que se pudriera o se lo comieran las termitas. Invitó a los pastores vecinos que le ayudaron a subir la viga maestra y luego se bebieron el aguardiente que guardaba para una ocasión así. Sobre la viga clavó las alfangías y sobre ellas las jaras y la torta de barro que iban a sostener a las tejas.

Piedra, madera y barro, un hogar que nacía de la tierra, que era parte de esa tierra en la que luego él y su mujer y su hijo y los hijos de sus hijos se iban a deshacer en polvo con el que otros que vendrían después  amasarían el barro de sus casas.

Arquitectura popular en Aldeanovita

PELEQUE EL ROBACENCERROS

PELEQUE EL ROBACENCERROS

Uno de los causos recogidos en el libro de La Enramá (Miguel Méndez-Cabeza, Rafael Gómez y Angel Monterrubio) «Causas Criminales de la Santa Hermandad de Talavera». Un tocador de cencerros que los robaba, con otras raterías en La Iglesuela

La Iglesuela, pueblo en el que se desarrollan los hechos de esta causa criminal
La Iglesuela, pueblo en el que se desarrollan los hechos de esta causa criminal

Las gentes de La Iglesuela ya no querían sufrir más los pequeños robos de Ignacio García Peleque, por ello habían hecho llegar sus quejas a la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera que en fecha dos de septiembre de mil setecientos cuarenta y cinco, emite un auto de oficio para que se investigue lo sucedido y se  tome declaración a los testigos que puedan aportar algún dato sobre cómo  Ignacio García Peleque, mozo soltero, hijo de Juan García Peleque y de Melchora Thenorio vecino de esta dicha villa, a muchos años tiene a costumbre hacer diferentes ratterías así en el campo como en las casas, quittando zenzerros a los ganados vacunos, cabríos, lanares … de forma que para vender y cambiar los zenzerros que urtta, con el motibo de ser su padre herrero y zenzerrero los quema, cortta y machaca para que muden de son[i] y no sean así conocidos de sus dueños”.

El Cuadrillero Mayor es comisionado a esta bonita villa serrana para recoger los testimonios y pruebas que conduzcan a esclarecer los hechos.

Comienza por interrogar a un vaquero llamado Jacinto Gómez que pensó en  nuestro ladronzuelo cuando le faltó una “ zenzerra que valía ocho reales a lo menos, y por ser ya muy público en esta villa que Ignacio… tenía esas avilidades de aver urtado otras zenzerras y campanillos, y otras cosillas”.

Otro testigo se llama Roque Herrador. En cierta ocasión le faltó el cencerro a un buey que tenía en su pajar y haciendo indagaciones supo que un pastor merinero[ii] había visto cómo Ignacio trocaba una  cencerra  por un cuchillo con otro pastor. Sabido esto, Roque se dirigió a él amenazándole con una escopeta y con llevar el caso a la justicia. El pícaro,  excusándose con que el diablo le había tentado devolvió la cencerra.

Otro testigo le acusa de haberle robado de la choza tres azuelas[iii] y un destral que el ratero tenía escondidos en la pared de una herrén[iv] de su padre en el paraje de Majaelbuey. A una mujer le hurtó un par de velortas [v]de un arado y a un vecino de Almendral le había quitado otra azuela.

A otra víctima de las raterías de Ignacio  le han desaparecido varios cencerros de sus cabras y aventura la posibilidad de que, al ser el padre del sospechoso herrero y cencerrero, golpea, quema y corta los cencerros robados por su hijo para que así muden de son y poder venderlos. Otros testimonios hablan de una “maleta con una porción de cencerros” que oculta nuestro protagonista cuando está varios días con un amo de El Real de San Vicente al que deja por haberle dado viruelas y porque el hombre duda de su honradez al descubrir la maleta de los cencerros, una escopeta y un cuchillo de zinto que llevaba.

Algunas víctimas cuentan cómo recuperan sus cencerros amenazándole, otros quejándose a su padre o al reconocer en su rebaño el collar de un cencerro robado.

Preso de la Santa Hermandad llegando a la cárcel de la Puerta de Zamora conducido por los cuadrilleros. Dibujo de Virtudes
Preso de la Santa Hermandad llegando a la cárcel de la Puerta de Zamora conducido por los cuadrilleros. Dibujo de Virtudes Portugués

Comprobados los hechos mediante tan numerosos testimonios se ordena que se prenda y ponga en prisión al ladronzuelo para después trasladarle a la cárcel de la Santa Hermandad de Talavera. Tres vecinos, Manuel Cañas, Isidro Herrador y Mateo Sánchez salen en su búsqueda al lugar llamado la Mata del Águila, “sierra áspera y muy intratable por la mucha aspereza de riscos y rebollos”. Pero Ignacio huye con la escopeta. Se le impone al reo en rebeldía una sanción de veinte ducados y no volvemos a saber másprovocan de él hasta que nuevas fechorías  que se instruyan nuevas diligencias desde Talavera. Esta vez  se pretende  comprobar la inocencia del padre y se recogen varios testimonios de gentes de La Iglesuela que le exculpan,  ya que es público y notorio que por quejas que de su hijo le han dado , le a quitado de la guardería de las cabras trayéndole a casa a el exercicio de la lavor y la siega por corregirlo mejor, theniéndole a la vista y que, aunque en algunas ocasiones aya el otro Juan García cortado o golpeado algunos cencerros , abrá sido y es a persuasión de algunos vecinos y no con el fin de venderlos y que si a trocado o vendido algún zenzerro, a savido comprarlos por cargas de los manchegos”. Se da por inocente al padre de Ignacio que sufría las continuas ventas de cabritos del rebaño familiar, que su hijo hacía para satisfacer sus gastos superfluos, aún así se le hace pagar al paciente padre cincuenta reales de vellón por las costas judiciales.

También la madre de Peleque se ve envuelta en una causa cuando, tras escuchar que se ha encontrado el cadáver de un hombre con la vestidura de la tierra en un paraje cercano a Pelahustán llamado Navalmontero, comienza a decir por el pueblo que el muerto es su hijo y que con toda seguridad el justicia Manuel Sánchez Navas y los soldados que han querido prenderle le han dado un arcabuzazo. Manuel denuncia la calumnia  que la mujer a propagado, a sabiendas de que su hijo había estado sirviendo con las armas en el regimiento Victoria de Madrid y que más tarde había tenido noticias de él  vivo y que estaba trabajando en el pueblo de Cenicientos. Más tarde se sabe que el asesinado es un fabriquero [vi]de San Román

Después de otros delitos menores, el mozo es prendido, antes “ha voceado que ya está desesperado de dejar la tierra pero que primero se ha de vengar en matar a uno de la justicia”. La  detención se produce cuando se hallaba cuidando cabras en el lugar de Labradopanadero y se le intervienen “una navaja atada al cinto, un rosario y otros trastecillos de poco valor”, se le ponen grillos y se le lleva a la cárcel de su pueblo pero al ser encerrado toma una piedra de libra y media y amenazante dice que como alguno se apegase a meterle dentro se la avía de tirar a los cascos Es trasladado a  la cárcel de la  Puerta de Zamora de Talavera el 2 de enero de 1746.

La minuciosidad de la Santa Hermandad hace que el reo sea reconocido,  hallándole el cirujano “ manco del brazo yzquierdo por causa de algún golpe o herida grave que en él a padecido y que está imposibilitado de todo travajo con el expresado brazo” . Esta circunstancia le salvará más tarde de penas más duras como la de trabajos forzados o galeras, ya que en el interrogatorio que sigue, el acusado da excusas poco creíbles como la de que sus víctimas le debían dinero, que los frutos del robo eran suyos o de su padre, o que los objetos robados eran hallazgos fortuitos.

Aparecen otros pequeños delitos de Peleque por los que también es juzgado. Hacía unos meses que “había tenido una desazón” con un vecino del pueblo y le había agredido con un puntapié en la cara E[vii]s hecho preso en la cárcel de La Iglesuela pero rompe la “puerta talanquera” y huye con la escopeta de su padre.

Puerta con cierre de talanquera, frecuentes en la Sierra de San Vicente
Puerta con cierre de talanquera, frecuentes en la Sierra de San Vicente

También le saldría caro otro acto delictivo cercano al gamberrismo, pero muy serio para la época,  ya que, cuando se ensayaba el auto que se iba a representar en el pueblo por año nuevo, con otros dos mozos del pueblo acudió al hospital del lugar, haciéndose pasar por la justicia y en el momento en que  los indigentes allí refugiados, con todo su miedo y su respeto se quitaron las monteras, haciendo mofa de ellos, les pidieron las cartas de casamiento que acreditaban que las parejas de indigentes estaban casadas. Cuando en esta ocasión va a ser detenido también huye, sus dos compañeros sin embargo son sacados de la cárcel por la intercesión de dos franciscanos descalzos que andaban predicando en la Iglesuela.

Finalizadas las diligencias judiciales, Peleque es condenado a tres años de destierro de Talavera y La Iglesuela y demás pueblos de su circunferencia a distancia de tres leguas. Ignacio tiene todo el olor de la carne de presidio

[i] Según el tono de los cencerros de un rebaño se conoce a su dueño y va más acompasadas el ganado. El “tocador” o golpeador de cencerros es un artesano que consigue  afinar a un mismo son todas los cencerros del mismo rebaño.

[ii] Pastor trashumante.

[iii] Instrumento corto que sirve para labrar y desbastar la madera.

[iv] Cercadillo sembrado de todo género de grano y que se corta todavía verde para forraje.

[v]  Cada una de las abrazaderas que sujetan el timón a la cama del arado

[vi] Maestro artesano.

[vii] Puerta asegurada con travesaño

EL MOLINO DE MUROS ADENTRO

EL MOLINO DE MUROS ADENTRO

Nuevo capítulo de mi libro agotado»Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo» en el que comenzamos a conocer la maquinaria de los molinos

Interior de un molino en Almendral de la cañada sobre la garganta Torinas
Interior de un molino en Almendral de la cañada sobre la garganta Torinas

Hasta ahora hemos ido conociendo la tipología molinera en función de las presas, los canales y los receptores hidráulicos pero, ya en el interior del molino, los elementos básicos son comunes a todas las formas descritas, con la excepción ya comentada de los engranajes necesarios para transformar en horizontal el movimiento vertical en el caso de las aceñas y en el de las ruedas gravitatorias. Vamos a referirnos a los molinos de agua tradicionales, ya que si nos introducimos en el mundo de las fábricas de harina, la complejidad tecnológica de las maquinarias nos haría entrar en el campo de la arqueología industrial más que en el de la etnografía (Foto 11). Seguir leyendo EL MOLINO DE MUROS ADENTRO

GANADERÍA Y GASTRONOMÍA EN LA JARA

PEQUEÑA HISTORIA DE LA JARA COMO COMARCA GASTRONÓMICAMENTE GANADERA

Piara de cerdos por las dehesas de la comarca
Piara de cerdos por las dehesas de la comarca

Texto que escribí para el libro agotado «La Cocina de las Mujeres de la Jara» . Este libro parte de una idea, la de la difusión de la cocina de la comarca de La Jara por Coral Martín que en recuerdo y homenaje de las recetas que le enseñó Flores, su madre, ha tenido la idea de recoger recetas de las mujeres jareñas para mediante este libro dar a conocer la cultura gastronómica de esta tierra tan desconocida en ese como en otros muchos aspectos.

Nuestra comarca se encuentra entre dos zonas muy claras desde el punto de vista no sólo gastronómico sino también etnográfico, pues también en temas como el de la indumentaria tradicional o el del lenguaje nos hallamos en la línea fronteriza entre las culturas occidentales de repoblación leonesa, que comprende el reino de León y Extremadura, y la zona de la meseta inferior, incluida La Mancha.

Pero primero vamos a hacer un breve recorrido por la base de toda cocina, los productos empleados en ella, que además nos darán una idea de la geografía humana y la historia de la comarca que estamos estudiando.

La Jara es tierra ganadera, como demuestran desde antiguo los restos de animales domesticados en los yacimientos arqueológicos que ya desde la Edad del Cobre nos indican por sus hallazgos la presencia de huesos de diferentes animales. Aquellos primeros agricultores y ganaderos que dejaron como señal de su paso por aquí sus dólmenes, que nos hablan de unas sociedades ya jerarquizadas que practicaban la agricultura y la ganadería produciendo unos excedentes que serían empleados de diferentes maneras, en diferentes guisos que no tenemos porqué pensar fueran sencillos y poco elaborados.

Verraco vettón de Villar del Pedroso
Verraco vettón de Villar del Pedroso

En la Edad del Hierro, poco antes de que llegaran los romanos, el pueblo vettón recorría con sus ganados aquellas primitivas cañadas que luego comenzaría a regular el poderoso y Honrado Concejo de La Mesta cuyos jueces entregadores recorrían también las cañadas y cordeles jareños por donde circulaban las ovejas merinas y juzgaban severamente las incursiones de nuestros agricultores en las milenarias vías pecuarias.

Esos primeros “trashumantes” que fueron los vettones, hace dos mil años ya, dejaron sus verracos, esculturas pétreas de cerdos o de toros con los que pretendían proteger a sus hatos y para ello los colocaban muchas veces como puertas de los corrales de sus castros, a modo  de grandes amuletos que ahuyentaran todo mal de su principal sustento. Nuestra gran comarca, desde el Tajo hasta el Guadiana, desde el Pusa hasta el Ibor siguió siendo tierra ganadera también con los romanos, que calzaron los viejos caminos prehistóricos y construyeron puentes, fuente de riqueza por el trasiego de ganados que durante la Edad Media atravesaban nuestras grandes dehesas. Un territorio que no olvidemos pertenecía a la Lusitania, región en la que los romanos nos colocaron y que más tarde serían las extremaduras, de donde proceden muchas huellas que yantar gastronómicas de esa nuestra vecindad bellotera.

También en las villas romanas encontradas se han hallado huellas de

Calco de un grabado de la Edad del Bronce de El Martinete en el río Jébalo. Representa la cabeza de un ciervo
Calco de un grabado de la Edad del Bronce de El Martinete en el río Jébalo. Representa la cabeza de un cérvido

la actividad ganadera que luego continuarían los pueblos visigodos que se extienden por los muchos asentamientos rurales que se extienden por el territorio. La Jara estuvo poblada en época musulmana por aguerridas tribus bereberes que integraban también las fuerzas que desde las torres, castillos y fortalezas de Talavera, Alcaudete, la Ciudad de Vascos, Azután, Castros, Espejel o Alija protegían la línea defensiva del Tajo de las incursiones de los cristianos. Estos pueblos del norte de África eran además gentes dedicadas especialmente a la ganadería que aprovecharon también sin duda los buenos pero efímeros pastos de La Jara para criar el cordero que entonces y hoy día es la carne más consumida por los moros, como conocemos realmente a esos pueblos del Magreb que tenían una cultura también gastronómica muy diferente a la de los árabes propiamente dichos. Los ajuares de cocina más completos los encontramos en la ciudad hispano musulmana de Vascos, en cuyas viviendas excavadas se han hallado ollas, cazuelas, tapaderas, anafes, platos para hacer pan etc…aunque también se han encontrado en las viviendas más pudientes restos de los recipientes de cerámica utilizados en la mesa, como ataifores y jofainas para los sólidos y jarros, jarras y redomas para los líquidos. Tinajas y orzas servían tanto para contener el agua como para guardar los alimentos sólidos, al igual que los silos excavados en el suelo granítico de algunas viviendas. Muchos son también los molinos de mano que se han sacado en las excavaciones, destinados a moler el grano para hacer el pan en cada casa y a veces los cereales y leguminosas que se echaban al ganado. Cencerros, herraduras o tijeras de esquilar nos orientan sobre la actividad eminentemente ganadera de la ciudad jareña musulmana, lo que sin duda se traducía en una dieta en la que la leche, el queso y el ganado ovino y caprino habrían sido fundamentales.

Cuerno y cuzarro de corcho pastoriles para la elaboración del gazpacho
Cuerno y cuzarro de corcho pastoriles para la elaboración del gazpacho

También para los judíos que sabemos había en nuestra tierra el cordero es no sólo alimento para el cuerpo sino también para el alma, su cordero pascual, que a su vez es también símbolo de Cristo, el cordero místico. Y no sólo une el cordero como alimento a las tres culturas, sino que también une a las dos mesetas, pues es manjar común a ambas castillas.

La Jara se convierte en los tiempos de la Reconquista en una tierra de nadie, tierra insegura que solamente se atreven a poblar gentes que puedan huir rápidamente en un momento dado, llevándose con ellos su medio de vida, como son sobre todo los colmeneros y más tarde los ganaderos. La Cañada Leonesa Oriental atraviesa nuestro territorio por lo que, como hemos dicho, seguiremos viendo durante esos siglos circular millones de cabezas de ganado que aprovecharán los pastos jareños camino de Extremadura en invierno o de Castilla y sus sierras en verano.

El mercado de ganados de Talavera, capital histórica de La Jara, ya es una realidad desde el siglo XIII pero probablemente el rey Sancho IV lo único que hace es certificar la existencia de un trasiego y comercio ganadero mucho más antiguo.

Ganado representado en el panel de azulejos de San Antonio Abad en Piedraescrita en cerámica talaverana del siglo XVI

EL FRAILE QUE ARRODILLÓ A LA REINA

El FRAILE QUE ARRODILLÓ A LA REINA

Monumento a Fray Hernando de Talavera
Monumento a Fray Hernando de Talavera

Un fraile jerónimo de cuerpo delgado y rostro alargado permanecía sentado en la gran sala abovedada que daba entrada a las dependencias del Santo Oficio. La expresión de su nariz aguileña y sus ojos, tan vivos a pesar de su edad, causaban al joven clérigo que le acompañaba una sensación de serenidad que ninguna otra persona había conseguido transmitirle. Dos criados que cruzaron las frías dependencias, al pasar junto a él, murmuraron  sorprendidos que el modesto fraile que ahora esperaba sentado para ser interrogado por  el Inquisidor de Córdoba, Diego Rodríguez Lucero, era nada menos que el arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera.

Siempre había sido un hombre modesto y con humildad aceptaba la que él consideraba una dura prueba impuesta por Dios. Lucero, al que el pueblo conocía como Ael hombre de las hogueras@ se había cebado con él y con su familia. Había conseguido que unas mujeres recompensadas con unas monedas acusaran al arzobispo y a su familia de prácticas de brujería en las que sus sobrinas se entregaban embriagadas a bacanales y ritos satánicos, montando a la grupa de machos cabríos y recorriendo España para buscar prosélitos para el judaísmo.

Fray Hernando de Talavera yMaldonado, el Doctor Talavera entre otros en la exposición de Colón de su proyecto de navegación a Indias

Miraba el fraile a la pared de piedra de enfrente como si fuera a obtener de ella alguna respuesta. Se acordó de su madre, la hermosa judía que el señor de Oropesa don Fernando Álvarez de Toledo quiso tener por amante y, aunque pasó algún tiempo de su niñez en Oropesa, sus primeros recuerdos venían de Talavera de los alrededores de la calle del Contador, del patio de la casa donde sus tíos Pedro Suárez y Diego López de Ayala habían instalado a su madre para alejarla de la condesa.

Empezó a notar frío, el mismo frío húmedo de iglesia que desde los cinco años se había acostumbrado a sentir cuando cantaba en la Colegial de Talavera, mientras aprendía a leer y escribir entre el ir y venir de los canónigos. Desde entonces no había dejado de oler a cera e incienso en toda su vida. Recordaba sus visitas al monasterio de Santa Catalina donde su pariente Fray Alonso de Oropesa, más tarde General de la Orden de los jerónimos, había sido elegido en plena juventud prior del poderoso convento talaverano. Allí  pensó por primera vez en hacerse monje. En realidad, pensó, hubiera deseado permanecer toda su vida en el monasterio del Prado donde fue prior, entre sus libros y sus frailes.

Placa en la casa natal de fray Hernando de Talavera
Placa en la casa natal de fray Hernando de Talavera

En ese momento, dos dominicos cruzaron la sala mirándole de reojo sin ni siquiera saludarle, él volvió a sus pensamientos y recordó el día en que con toda su ilusión ofreció a su padre la traducción de un libro de Petrarca en la magnífica caligrafía que había aprendido en Barcelona. Asaltaban su mente imágenes de los días felices de bachiller en Salamanca, aunque la penuria económica del hijo bastardo de un noble le obligaba a tomar pupilos en su casa a los que además daba clase para poder sobrevivir. Cuando podía, se escapaba al monasterio jerónimo de San Leonardo en Alba de Tormes donde acabó ingresando como novicio. El nunca dejó de ser un fraile e incluso siendo arzobispo de Granada organizó su casa como si de un convento se tratara, imbuido de la modestia que él quiso volver a introducir en la vida religiosa de los monasterios con el impulso que sus amigos llamaban A la reforma talaverana , la que él mismo aplicó siendo prior del monasterio del Prado en Valladolid.

No tenía miedo a la muerte, pero en ese momento se acordó de las humillaciones que el Santo Tribunal había hecho pasar a su familia y un escalofrío de indignación le recorrió la espalda. Al fin y al cabo era un pobre hombre hijo de judía y ya no vivía su gran valedora, su señora la Reina Católica. Jamás se hubieran atrevido a tocarle un pelo si ella viviera. No pudo evitar recordar de nuevo la primera confesión con la reina Isabel. Siempre había dudado si en aquella ocasión había actuado tal vez con cierta soberbia cuando la reina le indicó que se arrodillara junto a ella para confesarla y él respondió: ANo señora, yo he de estar sentado y vuestra alteza de rodillas porque este es el tribunal de Dios, y aquí hago sus veces@. Pero desde entonces la reina hizo de su persona el  consejero más fiel. Hasta cuando con su amigo y paisano Maldonado, el doctor Talavera, analizaron el proyecto de Colón para viajar a las indias aconsejando a la reina que apoyara la empresa.

Casa donde es tradición que nació Fray Hernando de Talavera
Casa donde es tradición que nació Fray Hernando de Talavera

Por la insistencia de Isabel aceptó Hernando abandonar su vida monacal y hacerse obispo de Ávila. Pero no gustaba de ser un prelado al viejo estilo, un obispo cuyo fin es mandar y enseñorearse de los menores, ser temido, reverenciado, servido, regalado. No tratar sino de sus contentos y descansos, comidas espléndidas, camas blandas, número de pajes y criados, caballos, mulas aparadores y vajillas ricas, teniendo delante de sus ojos una infinidad de pobres feligreses muertos de hambre, desnudos, enfermos y lastimados. Hernando de Talavera no sería uno de ellos, pero eso le costaría las primeras enemistades de los poderosos los primeros roces con los que siempre querían que todo siguiera igual, los que decían que el fraile se dedicara a decir misa, que no se distrajera con tantos y difíciles negocios de Estado.

Pero la reina siguió confiando en su humilde persona y le hizo arzobispo del último pedazo de España que había estado en manos de los hijos de Alá, el reino de Granada. También allí quiso acercar su iglesia a los más desfavorecidos, a los vencidos, a los moriscos y a los conversos, pero intentó aproximarse a ellos sin la espada, en su misma lengua, respetando sus costumbres y hasta permitiendo su música y sus canciones en las iglesias. Pero los grandes, como siempre, como había sucedido durante siglos, no cesaban en su gula de sangre y riqueza, y ahora le tocaba a este pequeño fraile ser molido en las inmensas piedras del poder.

CUATRO MAQUIS EN LA HUERTA DE MATAPULGAS: RELATO

CUATRO MAQUIS  EN LA HUERTA DE  MATAPULGAS

(Septiembre de 1946)

"Carlos " y "Lyón" los dos guerrilleros protagonistas del relato.
«Carlos » y «Lyón» los dos guerrilleros protagonistas del relato.

Nunca había creído en eso de que poco antes de morir te pasa por la cabeza la película de tu vida. Siempre pensó que eran cosas de curas para llamar al arrepentimiento a los más descreídos. Pero lo cierto es que, caído entre los surcos del maizal, mientras notaba que la sangre empapaba su chaqueta, le venían a la memoria fragmentos desordenados de su vida.

No sabía porqué, pero se acordaba de escenas que creía olvidadas en las que aparecía de niño corriendo por los prados de Asturias. No podía olvidar sus penalidades en el campo de concentración, su condena a muerte y el día que escapó del campo de concentración de los vencedores. Recordaba como si fuera ayer el momento en que el partido le encomendó la tarea de aglutinar a los elementos dispersos que luchaban en las sierras de la zona centro y Extremadura para formar la primera agrupación de guerrilleros antifranquistas. No había sido fácil, entre los hombres huidos de la represión en la Guerra Civil y los que, más tarde, habían decidido tomar las armas contra el régimen había militantes anarquistas y socialistas que desconfiaban de los manejos del partido. Otros, sin embargo, no querían perder su protagonismo personal y seguían una estrategia individual que rayaba a veces en el bandolerismo de supervivencia.

Mientras notaba un agudo dolor en el costado recordaba el aspecto serio, de hombre duro y curtido que tenía Quincoces, el guerrillero de Aldeanovita que tanto luchó por las sierras de La Jara. Qué diferente de Reguilón, el maestro nacional que se echó al monte y regó de propaganda todo el valle del Tiétar. Era un luchador del fusil y de la pedagogía que incluso consiguió organizar un pequeño taller de impresión en la casa del tío Quintín, guarda de La Calera, junto a Montesclaros. Le vino a la mente la figura alargada de Chaquetalarga, el guerrillero al que más querían y apoyaban las mujeres. O el Francés, que tanto dio que hablar por las sierras extremeñas hasta que cayó en una emboscada allá, cerca de Monfragüe. Hombres recelosos porque habían sido perseguidos como alimañas y a los que él mismo había conseguido hilvanar en una incipiente y frágil organización guerrillera que esperaba la victoria de los aliados para  ayudar desde el monte en la caída del  franquismo que creían inminente.

Talavera había sido la ciudad elegida como centro de operaciones. Cuantas veces había tenido que viajar con el Maquinista, ferroviario que conducía el expreso Madrid-Cáceres y que transportaba en el ténder de su locomotora hombres y armamento. También se acordó de Colorín el kioskero de Navalmoral de la Mata que les servía eficazmente de estafeta.

En el entorno de estos establos en el camino de Los Caños, se produjeron parte de los hechos narrados

Cuántas reuniones clandestinas en la taberna de la tía Patro, en esta ciudad de Talavera que al final iba a ser su tumba sin que nadie, ni siquiera el partido, se lo agradeciera. Qué paradoja, qué absurdo, el día que Lyon, ese médico o practicante , nadie lo sabía, metido a maquis, traía las órdenes de destituirle, ambos morirían junto a la huerta donde el tío Matapulgas tantas veces le había acogido cuando viajaba de un lado a otro del Tajo para enlazar las partidas de guerrilleros de una y otra sierra. No comprendía cómo pero había caído en desgracia ante el Comité Central. Tal vez la ruptura total de Reguilón con el partido y la caída del Francés tuvieran que ver con ello; la mala suerte hizo que en la garganta de Alardos muriera Tito, su sustituto en una refriega con la guardia civil. El hecho cierto es que Lyón, Julián, el comunista cubano que había venido a España a luchar contra Franco, y José, el hermano del Maquinista, habían sido encontrados por la brigada de información de Madrid.

La vista se le nublaba, quería huir pero no podía, le habían dado y también a Lyón, que durante unos segundos había gemido cerca de él. Entre las mazorcas de maíz que, en el septiembre caluroso de la ciudad del Tajo, esperaban a ser recolectadas vio aparecer un tricornio de los guardias civiles de Talavera que ayudaban a la policía política de Madrid en la cacería. Antes de morir escuchó el tableteo de una ametralladora y se preguntó si habrían cogido también a Julián y a José, mientras veía junto a su cabeza uno de esos zapatos viejos pero bien lustrados con betún que llevaba la polícia y que tantas veces había mirado mientras le golpeaban en los interrogatorios.

Jesús Bayón González alias Carlos, que fuera jefe de la agrupación de guerrillas Extremadura-Centro y Manuel Tabernero Antonio, alias Lyón y Robert, jefe de la 12  División Gredos murieron cerca de la estación de ferrocarril de Talavera de la Reina, en la llamada huerta de Machuca o del tío Matapulgas. Unas semanas antes habían sido atracados y muertos los pagadores de la empresa Huarte que en Madrid construía el estadio de Chamartín.

Jose Antonio Llerandi, alias Julián. La carta hallada a su madre llevó al final de Carlos y Lyón
Jose Antonio Llerandi, alias Julián. La carta hallada a su madre llevó al final de Carlos y Lyón

Las indagaciones realizadas llevaron al registro del domicilio en Ávila de la madre de Jose Antonio Llerandi alias Julián, donde se encontró una carta en la que indicaba la dirección a la que debía serle enviado el correo en la huerta de Talavera. La policía interroga a la hija del tío Matapulgas que descubre el escondite de los guerrilleros en la troje de otra huerta cercana. La Brigada de Información Central  pide ayuda a la guardia civil de Talavera y los rodean, Carlos y Lyón mueren  entre los maizales y Julián vuelve a la huerta de Matapulgas donde es arrestado y tras consejo de guerra es más tarde fusilado. José consigue llegar hasta un apeadero cercano al río Alberche y toma el tren hasta Madrid consiguiendo escapar.

Otros dijeron que solo escucharon los tiros, dos, el que dirigieron los dos maquis a sus cabezas antes de que les apresaran y les obligaran a delatar a sus compañeros.

Se produce con este hecho una caída en cadena de otros miembros del P.C.E. y de diferentes organizaciones vinculadas al partido comunista en Madrid, entre ellas la de los estudiantes universitarios y el impresor de La Estrella Roja. Para algunos, estos hechos fueron importantes en el cambio de estrategia que supondría el principio del fin de la resistencia armada organizada frente al franquismo en España, aunque incluso hasta finales de la década de los cincuenta quedarían partidas residuales como la de Veneno que continuarían actuando en el monte.

PIONEROS DE LA JARA

PIONEROS DE LA JARA

Cumbres de La Jara Alta y su monte cerrado
Cumbres de La Jara Alta y su monte cerrado

Rodrigo estaba ya cansado de los abusos del señor. Él amaba la aldea donde nació pero el día que, no pudiendo pagar al conde, recibió en la cara un golpe con la fusta de uno de sus soldados, decidió que para morir de miseria no hacía falta engordar a nadie y que él y su familia podían iniciar una vida tan miserable pero menos humillante en otro lugar. Cogió los cuatro trastos, los envolvió en una manta y andando con sus cuatro hijos y su mujer se encaminó hasta Talavera. Había oído decir que en la tierra de esta villa no ponían muchas trabas para asentarse en sus montes de La Jara y cruzó el Tajo buscando un poco de libertad.

Contaban con dos costales de centeno y unos cuantos panes para comenzar una nueva vida dominando un pedazo de las duras tierras jareñas. Su primo Leonardo había llegado a la zona dos años atrás y tal vez les echara una mano hasta que se pudieran mantener por sí mismos. Llegaron en marzo y Rodrigo no perdió el tiempo, trabajando con su hijo mayor de sol a sol con el gruñido del hambre en el estómago, fue limpiando de piedras y zarzas un cachillo tierra que se encontraba junto al arroyo. Había que hacer rápidamente un huerto que ese verano les diera algo de comer. Con las pizarras del arroyo fabricó una pequeña presa que las lluvias de primavera destruyeron en dos ocasiones, pero él no se amilanó. Con el barro y los juncos de las orillas volvió a restaurarla y a excavar un canal de veinte varas que llevaba el agua hasta su embrión de civilización. Tuvo que cerrar con ramas el huerto porque por las noches los jabalíes destrozaban los cultivos pero, a pesar del granizo que cayó en mayo, consiguió algo que llevar a la boca de los suyos.

La montonera en la Edad media
La montonera en la Edad media

Cuando no estaba en el huerto se le veía en la raña rozando el suelo de las tierras labrantías, sudaba arrancando jaras y cortando chaparros con su astraleja. Tenía que conseguir limpiar de monte la tierra suficiente para sembrar pan. Su centeno esperaba la sementera, y ojalá el año fuera bueno. Rodrigo no quería ni pensar en lo que sucedería si se arruinaba esa primera cosecha, la idea de su familia mendigando le revolvía las tripas.

De vez en cuando, su primo Leonardo se acercaba por allí con las cabras y siempre tenía un poco de leche o de queso que dar a sus hijos. Un día le comentó que la soledad de la majada no era buena y que tal vez algún día se bajara de la sierra para vivir junto a Rodrigo y su familia sin miedo a los osos, a los lobos y a los golfines.

El pan negro de su primer centeno les supo a gloria bendita, quizá ya no tuvieran que comer gachas de bellotas para matar el hambre. Su hijo Martín tenía una habilidad especial para cazar conejos con los lazos y las losas. Desde pequeño había mostrado curiosidad por ver cómo su padre colocaba las lanchas de piedra con un cebo y el palito que las sostenía en el justo equilibrio hasta que los pequeños animales la hacían caer atrapándolos. Otras veces se iba al río y colocaba en las chorreras sus cañales que se llenaban, sobre todo en primavera, de barbos, bogas y cachuelos. Con todo esto y algún corzo que de vez en cuando cazaba con su ballesta Rodrigo conseguían algo de chicha en el puchero.

La Jara desde las minas de oro de Sierra Jaeña

Un buen día llegaron dos nuevas familias. Rodrigo miró las manos de los hombres y supo que eran gente de bien, gente que como él querían arrancar un poco de vida a esas tierras rojas. Su hermano Leonardo ya se había acercado a vivir con ellos y había levantado la choza junto a la suya en un par de días. La alquería iba creciendo y las mujeres tenían con quien hablar. Entre todos limpiaron una vieja fuente que habían abandonado los pastores y ya no tuvieron que ir más hasta el arroyo a por agua con la borrica. A veces Leonardo sacaba su rabel, el que había hecho con una raíz de fresno, una piel de cabra, y unas crines de caballo y tocaba alguno de esos romances que había aprendido de los serranos que pasaban por el cordel con sus ganados hacia Extremadura. En una ocasión cambiaron una piel de oso por un pellejo de vino y hasta bailaron siendo felices por unas horas.

Monummento a los repoblacores medievales en Alcaudete
Monummento a los repoblacores medievales en Alcaudete

Los días pasaban despacio, las mujeres habían cultivado algo de lino en las navas frescas de la sierra y lo tejían para vestir a los suyos. Un día Herminia le dijo a Rodrigo que ya estaba bien de dormir en la choza, que a ver cuando empezaba a hacerla la casita que había prometido años atrás. Rodrigo fue construyendo de barro y pizarra la ilusión de su mujer y todos los hombres de la alquería fueron un día al río para cortar el álamo más recto que hubiera para viga maestra de la humilde mansión. Primero la techarían con retamas y jaras pero, en cuanto la cosa estuviera un poco mejor, irían al tejar más cercano y Herminia podría tener un techo de verdad. Los cerdos y las gallinas andaban ya con su bullicio rodeando la alquería.

Un día pasaron por allí gentes del concejo de Talavera que les reprendieron por haber cortado unas encinas. Al poco tiempo recibieron órdenes de la villa para que los once vecinos de la aldea hicieran población y que la población se haga junto al arroyo de los Espinos, y que en medio de la población hagan una iglesia y dejen sitio para cementerio y junto a ella lugar para la plaza que sea buena y ancha, y que las casas que se hicieran en el dicho lugar salgan las bocas de ellas a la dicha iglesia y plaza. Y que las casas que cada vecino haga sean de ocho tapias en largo y en ancho, con su corral, quince tapias, y que las tales casas vayan por orden una junta a otra y dejen de anchura a las calles que pueda pasar una carreta y más.

Todo lo cumplieron Rodrigo y sus vecinos, pronto llegó el cura beneficiado del pueblo más cercano por orden de la parroquia madre del lugar en Talavera. Un buen día se reunieron los vecinos y se dieron cuenta de que no tenían patrón en el pueblo. Metieron cuatro o cinco nombres de santos en un sombrero y el que extrajo la mano de Rodrigo sería desde entonces festejado por los vecinos.

Había nacido un pueblo.