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LOS CANALES DE LOS MOLINOS DE AGUA

LOS CANALES DE LOS MOLINOS DE AGUA

Nuevo capítulo de mi libro ya «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo» que iremos publicando en sucesivas entregas.

EL CANAL (fig. 10)

Esquema de los elementos de un canal molinero
Esquema de los elementos de un canal molinero

Las presas desaguan en su canal a través de una compuerta lateral, situada generalmente sobre la ladera del cauce del río (fig. 5). Los canales pueden estar excavados en el talud natural de la ribera o hacerse de fábrica más o menos elaborada en mampostería, ladrillo e incluso sillería. Otras veces el molinero se ha visto obligado a tallar canales en la roca, casi siempre en pequeños tramos.

Lo más frecuente era que se combinaran diversos aparejos de construcción adaptándose a la modestia del molino o a las dificultades del terreno y así, por ejemplo, en terrenos impermeables como los arcillosos suelos de La Jara se hallan canales simplemente excavados en la tierra, algo que sería absolutamente ineficaz en las arenosas tierras del valle del río Guadyerbas o del Alberche pues se perdería la mayor parte del caudal.

En un molino de Malamoneda, sobre el río Cedena, en una zona de grandes bloques graníticos, o en algunos molinos del Pusa, sobre terrenos de cuarcita o pizarra, se ha llegado incluso a perforar  la roca con un túnel de 2,5 metros de largo por 1 de ancho para conseguir así la continuidad del canal sin perder altura. A veces se ha llegado a tallar el canal en la roca viva durante algunos metros. En La Jara se llegan a extraer enormes lajas de pizarra para conseguir esa continuidad.canalmol2
Es frecuente que el canal salve regatos y arroyos afluentes del río mediante pequeños acueductos y puentecillos de obra, troncos vaciados e incluso bidones cortados. Estos afluentes perpendiculares al canal deben ser evitados porque más que aportar caudal, pueden encenagar e incluso destruir con su arrastre de materiales la obra de canalización.

Cuando el terreno es muy permeable o el canal se ha construido con deficientes materiales, se suele revocar el suelo o el interior del canal en su totalidad para evitar fugas de agua. En La Jara se utilizan con frecuencia las lanchas de pizarra para enlosar los canales y proteger las paredes de la erosión de la corriente en los tramos curvos de su recorrido. En los Montes de Toledo o en la Sierra de San Vicente se emplea el granito en forma de empedrado o de lanchas que por su gran tamaño dan aspecto casi megalítico a algunos de estos canales. Este es el caso de un molino en el arroyo Navajata, en término de los Navalmorales (Foto 2).

Por razones topográficas, algunos canales no se han construido sobre el talud del cauce pero han conseguido mantener el desnivel necesario mediante elevación, bien sobre una obra maciza de mampostería, como el molino de Villapalos 2, o bien sobre acueductos de uno o varios arcos de piedra o ladrillo. Sobre Riofrío, en La Nava de Ricomalillo, se conservan algunos ejemplos de estos pequeños acueductos.

escorrentíasifónLa estructura del canal suele reforzarse mediante cajeros arriostrados con losas de piedra, tirantes metálicos e incluso con troncos de madera que unen entre sí las dos paredes laterales del canal.

En las zonas de la Campana de Oropesa y Velada se encuentran varios ejemplares que carecen de canal por lo que les denominaremos como molinos de Apresa de acceso directo@ (fig. 9B). Se caracterizan porque el edificio se levantaba adosado al mismo muro de la presa y en medio del cauce, a modo de contrafuerte de la misma presa (fig. 11). El saetillo recibía el agua directamente de la presa a través de un orificio situado en la parte media inferior de la misma. Estos molinos se localizan en arroyos de escaso caudal, donde la ausencia de avenidas importantes permite la conservación de las presas que, por otra parte, tienen bastante cubicaje para compensar la escasez de agua. Son ejemplos de molinos de presa de acceso directo los de arroyo de la Pradera 3 y arroyo de Malezo 1 en Valdeverdeja, el molino de Tarrara en el Torrico y el de arroyo del Molinillo en Velada. Este tipo de molino ya es descrito en el siglo XVIII por Villareal y Berriz y curiosamente coincide con esta cronología la fecha de construcción inscrita en los muros de dos de estos ejemplos (Foto 3).

presadirectaOtro tipo de molino que también carece de canal propiamente dicho es el de las aceñas y grandes molinos de regolfo del Tajo. Puede crearse cierta confusión con lo que en estos artificios se conoce como A la canal A en femenino y que consiste en la estructura de obra en forma de túnel cuadrado que, formando parte del edificio molinero, discurre bajo el suelo del mismo conduciendo el agua hasta el cárcavo donde se aloja el rodete del regolfo como más tarde describiremos. En los tratados clásicos como el de Turriano, a estas canales se las denomina Abombas@[1].

La sección adecuada para los canales viene dada por el caudal que deberán acoger y por la velocidad del mismo. Ésta no deberá ser demasiado lenta porque ocasionaría la obstrucción por sedimentación, ni excesivamente rápida porque provocaría la erosión y rotura de los canales que ya sabemos suelen ser de precaria construcción. En general interesan valores mínimos de velocidad puesto que así se ocasionará menos pérdida de pendiente al precisar el canal de una menor inclinación[2].

Canal molinero en su desembocadura en el cubo
Canal molinero en su desembocadura en el cubo

Las aguas arenosas deberán llevar algo más de velocidad para evitar su depósito y consiguiente obstrucción. En concreto la velocidad media necesaria para el funcionamiento adecuado de los artificios molineros se ha calculado entre 0,25 y 0,50 metros por segundo y las pendientes habrán de ser del 0,0004 al 0,0005.

El perfil de la sección del canal habrá también que ser tenido en cuenta y, si es rectangular, deberá medir al menos el doble de anchura que de altura. En las secciones trapezoidales los taludes tendrán una inclinación correspondiente al doble de la base respecto a la altura si están excavados y hasta  0,5-0,20 por 1 si se trata de obras de albañilería.

La longitud de los canales depende fundamentalmente de la pendiente del terreno y de la altura de caída del agua que se quiera conseguir en el molino, aunque para el diseño del canal siempre se tendrá en cuenta que el remanso de la presa no debe anegar los molinos  que se encuentran río arriba, como antes se dijo.

Se da el caso en algunas corrientes fluviales, como el arroyo de Los Molinos o de Saucedoso en Castillo de Bayuela y Riofrío en La Jara, de que en ellos es aprovechada casi toda la pendiente porque cada canal parte del socaz del molino anterior, captando las aguas inmediatamente después de haber movido el rodezno, muchas veces directamente sin ser necesaria ni siquiera la presa pues el canal parte del mismo cárcavo del molino anterior.

Canal molinero labrado en la pizarra
Canal molinero labrado en la pizarra

Es fácil encontrar canales con una longitud de pocos metros y otros que llegan a medir más de un kilómetro. Son ejemplos del primer caso algunos molinos situados en tramos de cascadas con pérdida brusca de nivel, como el arroyo de Malezo o Piejachica 2 que capta con un pequeño canal el agua del anterior molino situado sólo unos metros por encima de él, pero con un considerable desnivel ya que se halla junto a un despeñadero ( ver su planta ).

Los molinos de La Mancha por el contrario, dada la escasa pendiente del terreno, suelen tener largos canales si se trata de molinos de rodezno. Los molinos de regolfo precisan más bien de un mayor caudal pues se adaptan a una escasa pendiente y aprovechan la energía centrífuga del agua más que la gravitatoria, como más tarde veremos.

Canales muy cortos, e incluso inexistentes, se pueden también encontrar en casos como el de los molinos de Garganta Tejeda en el Real de San Vicente, donde el agua tras salir del cárcavo de un molino se encuentra con la balsa del siguiente. Estos ingenios se disponen en un corto trayecto de corrientes con bastante pendiente en cuyas riberas se excavan las balsas de almacenamiento del agua.

Los canales suelen estar dotados de aliviaderos (fig. 9) que sirven para regular el caudal, impedir el rebosamiento del cubo o dar agua a los huertos y prados del molinero. Estas explotaciones complementarias se sitúan en los aterrazamientos ribereños paralelos al canal, entre él y el río, en la zona que se conoce como la Aisla@ del molino. Otra utilidad de los aliviaderos es la de desviar el caudal necesario para que abreven los muchos animales que rondan el molino ( mulas de acarreo, cerdos, gallinas, etc.) y que forman una parte importante del aprovechamiento global del molino.

El canal cuenta para su servicio con escaleras o simples lajas embutidas en el muro que facilitan el acceso para solucionar obstrucciones, para accionar las compuertas o  para facilitar las reparaciones necesarias de grietas y fugas de agua.

La inaccesibilidad del terreno ribereño obligaba al molinero en ocasiones a ingeniárselas con pequeñas obras hidráulicas. Así ocurre en el quinto molino del arroyo del Pilón en término de El Torrico donde, para facilitar el paso subterráneo del agua y permitir el acceso de las caballerías, se construyó un rústico sifón (fig. 12) similar al utilizado en los canales actuales de regadío para salvar los caminos.

Hay canales que se ensanchan antes de la entrada al cubo del molino permitiendo así el represamiento del agua. Estas pequeñas represas, que no debemos confundir con las construidas para desviar el caudal del río, son denominadas en nuestro ámbito Abalsas@y se asocian a muchos molinos de escaso caudal, sobre todo en Los Montes de Toledo.

En el arroyo de la Pradera y en el arroyo del Pilón, ambos en las cercanías del molinero pueblo de Valdeverdeja, encontramos dos artificios de los denominados como Ade escorrentía@ (fig. 13). En  ellos el canal solamente cuenta con uno de los muros que va circundando la ladera y va recogiendo el agua de regatos, vaguadas y fuentes, intentando así aprovechar todos los recursos hídricos que puedan caer sobre las lomas que recorre. No son éstos dos molinos de escorrentía puros, ya que se ayudan de una presa en los arroyuelos mencionados para conseguir algo más de caudal. Tienen por tanto un sistema mixto de captación, de presa y de escorrentía.

Un caso similar se da en los molinos de la cabecera del río Guadyerbas en Navamorcuende, donde además de una importante fuente que ha sido canalizada hasta ellos, se toma agua de la escorrentía a través de canales que cortan la ladera y que desembocan en una balsa de almacenamiento desde donde parte el canal que alimenta a los molinos.

En la desembocadura del arroyo Cubilar sobre el río Uso se sitúa el molino del Álamo (fig. 14) dotado de un doble sistema de canal que recoge el caudal de las dos respectivas presas situadas en cada una de las corrientes confluentes. Este sería un molino de Adoble canal@.

Ya hemos llegado al final del canal donde una rejilla impide la caída de cuerpos extraños al receptor, evitando así la obstrucción del saetín

[1] LOS VEINTIÚN LIBROS…:Opus cit, p. 327

[2] De IGUAL, J.: Opus cit. pp. 44-49.

DOS SALUDADORES, CURANDEROS DELINCUENTES

DOS SALUDADORES

Otra de las causas criminales de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera, primera policía rural, que se custodian en el Archivo Municipal 

Fuente de Guadalupe en una foto de principios del siglo XX
Fuente de Guadalupe en una foto de principios del siglo XX

Solamente le quedaba la sucia chupa negra que le abrigaba algo en las noches húmedas de la cárcel de la Santa Hermandad de Talavera. Maldita sea la hora en que había conocido a ese buhonero de Arroyopuerco. Habían llegado juntos a Guadalupe y plantaron el rancho junto a la puerta del Campo y Carros del convento. Siempre que acudía a la feria le gustaba acampar allí, a la sombra de la alameda. Había venido con su mujer desde La Corchuela para ver si sacaban algún dinero con las artes de saludador que tantas veces había visto practicar a su padre; pero él no era el séptimo de siete hermanos, ni había nacido en jueves santo, sólo había visto muchas veces cómo su padre recitaba extrañas oraciones mientras escupía a los perros rabiosos, o cómo soplaba con fuerza haciendo gestos extraños a los cerdos aojados que perdían el apetito porque algún vecino había mirado con envidia a su dueño.

Él no tenía esa extraña presencia, esa nariz torcida y esas cejas pobladas de su padre que tanto respeto y credulidad infundían a los ignorantes campesinos a los que les pasaba por la cara su gran medalla, una extraña medalla de bronce que halló en una ocasión, cuando la reja de su arado levantó la lancha de piedra que tapaba una tumba en medio de un barbecho.

Se había dirigido con su mujer y su borrica a la feria de Guadalupe para intentar ganar unas monedas por los pueblos del río Ibor quitando el mal de ojo a las vacas flacas y tristes y comerciando con algunas baratijas. Junto a su rancho acampó otra pareja y observó cómo el hombre escupía sobre un buey que era todo llagas y pellejo. Tenía su mismo oficio, el oficio que Felipe quería aprender y que tantas veces su padre había intentado que abandonara diciéndole:

– Tú no vales para esto, no tienes la gracia y además tienes cara de simple.

– Y puede que su padre tuviera razón, su compañero de celda había conseguido meterlo en un buen lío robando ese par de zapatos charros que con tanta avidez habían mirado sus mujeres. Ya le había advertido María que ese hombre era peligroso, que no se casaba con nadie, pero habían bebido juntos unas jarras de vino con el dinero que les dieron por sanar a un burro mohíno al que había mirado un bizco, y acabaron haciendo un disparate.

 Iglesia del pueblo de los saludadores, La Corchuela de Oropesa
Iglesia del pueblo de los saludadores, La Corchuela de Oropesa

Tan fiel amigo había sido su compañero saludador que cuando fue descubierto al hurtar los zapatos y oyó los gritos de ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! que daban los zapateros, metió apresuradamente el fruto del robo en los bolsillos de Felipe. Cuando aquel viandante le agarró por el brazo y le detuvo no pensó que la cosa tuviera gran trascendencia, pero cuando le llevaron a la posada y vio sobre la entrada el pendón de la Santa Hermandad de Talavera supo que su vida acababa de arruinarse.

El que más tarde detuvieran también los cuadrilleros al tal Miguel, que huyó después de meterle los zapatos en los bolsillos, y que ahora compartieran la misma celda no le servía de gran consuelo. A ambos les habían embargado las caballerías, su querida borrica y el caballo tordo de su mezquino compañero, al que también habían quitado un caldero nuevo de cobre, de esos tan hermosos que hacen en Guadalupe y que, interrogado, no había sabido decir de donde lo había sacado.

Llevaban ya más de quince días en la cárcel y todavía no habían dictado sentencia, pero habían oído al pregonero anunciar por las calles de la villa la subasta de los animales y de sus pobres enseres. Solamente pedía la Hermandad trescientos cincuenta reales por las dos bestias, ya que el caballo había dicho el perito que estaba estropeado de los pechos y con un alifafe en cada pie. ¡Santísimo Cristo de La Corchuela!, con los trabajos que había pasado para comprar su borriquilla.

Como fueron reconocidos por los testigos en la posada de Guadalupe, el letrado les había recomendado aceptar los hechos y declararse culpables para evitar males mayores. Felipe mordía nervioso la manga de su chupa negra pensando en la pena que podían imponerles. El presidio, aunque solamente fuera un año, suponía el hambre para su familia y tal vez la muerte para él.

El día uno de octubre recibieron la notificación de la pena. El Cuadrillero Mayor entró en su celda y leyó muy serio unos papeles que decían que el Alcalde de la Santa Hermandad les condenaba a seis años de destierro de Talavera y de  la villa de la Puebla de Nuestra Señora de Guadalupe, a diez leguas en contorno de una y otra y que no le quebranten en modo alguno con apercibimiento y so pena de que el que lo hiciere cumplirá el tiempo que le falte en uno de los presidios de Su Majestad que Dios Guarde. Además la sentencia conllevaba el perdimiento de los bienes embargados y se les advertía de que en ningún caso usaran de la que dicen gracia o llamado oficio de saludador, con apercibimiento de que siempre que se les encuentre usándole o descubriendo la insignia de que normalmente se valen para denotar serlo se procediera contra ellos al más riguroso castigo, sin usar de la benignidad que al presente se practicaba.

Ya lo había dicho su padre, él no era el séptimo de siete hermanos, no había nacido en Jueves Santo, no tenía una cruz en el paladar y ni siquiera había llorado en el vientre de su madre, él no podía ser saludador y además tenía cara de simple.

Causas Criminales de la Santa Hermandad de Talavera. Archivo Municipal, sig. 28/10.

UN DÍA CORRIENTE Y MOLIENTE

UN DÍA CORRIENTE Y MOLIENTE

Molino de Riofrío en Sevilleja de la jara
Molino de Riofrío en Sevilleja de la jara

Salvador había nacido en el molino. Su madre casi le parió cuando se agachaba para abrir uno de los aliviaderos del canal. Su padre tuvo que correr con la mula hasta llegar al pueblo para traerse a Juana, la comadrona, hasta la ribera. Lo primero que escuchó al nacer fueron los tres ruidos molineros: el agua al salir del saetín para mover el rodezno, las piedras en su roce benéfico pero atronador y la tarabilla golpeando sobre las muelas.

Aquel día era importante para Salvador. Había construido un cubo nuevo junto al antiguo para poder así mover una piedra más que hoy tendría que traer desde la cantera. Habían pasado muchos días desde que localizó la buena veta de granito para labrar las dos muelas necesarias. Con paciencia y unas buenas cuñas que le había preparado especialmente su amigo Remigio, el herrero, había conseguido separar el bloque adecuado que con paciencia había ido retocando a ratos perdidos. Ayer acabó de hacer el ojo de la piedra y hoy tenía que trasportarla. Se había levantado temprano y había dicho a su mujer que preparara un buen almuerzo para sus dos cuñados y el molinero de abajo que vendrían a echarle una mano. El esfuerzo necesario para mover esas moles debía serles reconocido a sus ayudantes y también había preparado algunos buenos chorizos para regalárselos. Al fin y al cabo a él le sobraban. En el molino nunca se pasaba hambre y sus cerdos y gallinas siempre estaban bien hermosos comiendo la harina y el salvado que recogía de barrer  la sala.

Molino en el río Guadyerbas cerca de Navalcán
Molino en el río Guadyerbas cerca de Navalcán

Habían preparado una rampa. Acularían el carro y, metiendo un palo por el ojal de las piedras, después de levantarlas con una palanca, las harían rodar hasta el interior de la carreta tirada por bueyes. Después las llevarían por el pedregoso carril hasta el molino. Todo salió bien y el vino corrió en abundancia. Por fortuna no había sucedido como cuando el molinero de arriba perdió un brazo al caerle una piedra.

Solamente quedaba repicar la superficie de las dos muelas, la solera y la volaera, con el dibujo que su padre le enseñó, con sus rayones y sus abanicos. Se puso las gafas de red de alambre para no herirse los ojos. Lentamente, con sumo cuidado, empezó con la piqueta a trazar los dibujos que tronzarían el grano y llevarían la harina hacia el exterior de la piedra.

Su mujer le observaba. Siempre le había sorprendido lo serio y abstraído que su marido se ponía cuando realizaba esta labor. Sabía que durante ese tiempo no debía hablarle, pues entraba en una especie de trance. En el misterioso tintineo de la piqueta palpitaba la musica de su vida.

Molino de cubo en el arroyo Cubilar, en Campillo de la Jara

Con la cabria colocó la piedra  ajustando la lavija y, con gesto grave, le ordenó a su hijo que abriera la compuerta del canal que movería el nuevo rodezno. El cubo comenzó a llenarse y enseguida todo quedó dispuesto para abrir una nueva puerta al futuro de su familia. Tiró de la palanca de la paraera y el agua comenzó a golpear en los álabes de la rueda que, con un crujido, hizo girar al árbol. El ruido y el olor a piedra nueva un poco quemada le gustó. Abrió la espita de la tolva y el grano comenzó a caer. Ya salía la harina por la pitera.

Acercó un saco al harinal para llenarlo de aquel fecundo polvo blanco. Quería ofrecer la primicia a su padre en reconocimiento a su maestría de viejo molinero.

Todo iba bien. Ajustó la corriente con la llave de dar agua y la separación de las piedras con la barra de alivio. Todo funcionaba a la perfección. Se sentó en el poyete, junto a la saetera y, mirando hacia los fresnos del río, comenzó a liar un cigarro. Por entre las ramas podía ver a su mujer afanándose entre  las tomateras del huerto que se regaban con el mismo canal del molino. María levantó feliz la cabeza al oir la nueva piedra.

Miró sonriendo hacia la ventana donde estaba Salvador. Le lanzó un beso con la mano y volvió a sus surcos. Pensó que al año próximo podrían comprarse la casa en el pueblo y el pequeño podría ir a la escuela. Ella quería que fuese maestro; no deseaba que se oxidara su vida entre las humedades del río.

Por la tarde llegaron algunos clientes a moler y, como el caudal ya no era muy abundante, la espera se hacía necesaria. Uno de ellos sacó la guitarra y la bota empezó a correr. Entre canción y canción se contaba algún chisme del pueblo que la molinera degustaba con curiosidad. Salvador recordó aquella ocasión en que, en pleno enero, se atascó el saetín con un cabrito muerto que habían arrastrado las aguas y estuvo a punto de morir de una pulmonía que le trató don Segismundo. Recordaba con orgullo que su mujer se hizo cargo del molino durante dos meses sin que ningún cliente se quejara, salvo las protestas habituales por el desacuerdo con las maquilas que todos sabían eran algo más de los estipulado, pues no había molinero honrado. Dicho esto por el mismo Salvador causó la risa de los demás contertulios aunque fueran ellos los perjudicados. Pero también sabían que en los años de la sequía, había ayudado a algunos de los vecinos del pueblo más necesitados que habían acudido a él en demanda de un poco de pan.

Paco, el arriero que más trabajo traía a su molino,  pidió que les contara una vez más lo sucedido cuando aquel bandolero intentó robarle una noche de tormenta y despúes de volcarle encima la tolva del trigo le sacudió con la paleta poniendole en fuga tras quitarle la escopeta.

En ese momento llamaron a la puerta. Era la pareja de la Guardia Civil que venía haciendo su recorrido. Les invitaron a sentarse y aunque se sentaron un poco aparte con el gesto algo distante que les exigían las ordenanzas, también participaron en la conversación con monosílabos mientras trasegaban de la bota. Salvador estaba contento y echó unos pedazos de tocino a la lumbre. La juerga continuó, el molino palpitaba, el molino tenía vida.

Cárcavo de un molino de agua

DOS HISTORIAS PARALELAS

DOS HISTORIAS PARALELAS

El mudéjar de Guadalupe guarda grandes similitudes con la arquitectura de la Colegial de Talavera El mudéjar de Guadalupe guarda grandes similitudes con la arquitectura de la Colegial de Talavera

1154 (Río Guadalupejo)

Un hombre jadeante se inclina para beber en las orillas del río Guadalupejo. Sus cuatro compañeros aguardan inquietos, ocultos entre los alisos. Miran en todas las direcciones, como esperando una desgracia que puede sobrevenir en cualquier momento.

Uno de ellos observa cómo el borrico que les acompaña levanta dolido la pata por la caída que ha sufrido en plena huida. Los fugitivos presentan un aspecto poco adecuado para andar por estas sierras, con sus túnicas de seda llenas de arabescos y desgarradas por las zarzas. El que va armado toma el asno del ramal y se dirige hacia la espesura donde, después de descargar un fardo con sumo cuidado, se santigua y asesta una certera puñalada en el cuello al animal que cae desangrándose dando espasmódicas coces de agonía. Con el mismo cuchillo descoyunta una de las patas del pollino que se echa al hombro. Se acerca al resto del grupo y en voz baja le dice al más anciano:

-¡Vamos! Ese no volverá a delatarnos con sus rebuznos. Deprisa, que nos van pisando los talones.

El grupo asciende la empinada cuesta de la ribera entre los robles, han conseguido su objetivo. Los perseguidores han dejado en paz al grueso del grupo que se separó al cruzar el Guadiana dirigiéndose hacia La Xara. Pero, aunque los despistaron, ahora casi oyen la respiración de los soldados de la media luna.

-Debemos esconderla antes de que nos cojan – dice el anciano señalando el fardo.

Junto a una fuente se levantan algunas pizarras que intentan formar una balsa para que beba el ganado. Los hombres sacan sus cuchillos y excavan con ellos la tierra. Ponen una de esas lanchas en el fondo del agujero y otras en los lados formando una caja. Introducen el paquete en su interior. Mientras, el anciano escribe sobre un pergamino que deposita también en el nicho antes de taparlo con piedras y tierra. A continuación,  los cinco hombres desaparecen entre los castaños.

,,,y pidieron los mozárabes huidos de Sevilla ser acogidos en las tierras de Talavera ,,,y pidieron los mozárabes huidos de Sevilla ser acogidos en las tierras de Talavera

Año de 1155 (Talavera)

Junto a la torre de la Colegial esperan los vecinos la llegada del cabildo. Los regidores y hombres buenos van apareciendo por la plaza del Pan y se sientan en la escalinata que, desde tiempo inmemorial, ha servido para las reuniones públicas de la villa. Al final hacen acto de presencia los canónigos el arcediano y otros clérigos de la villa.

Bruscamente cesan el bullicio y los comentarios de la gente cuando ven aparecer, ataviados con vestidos a la morisca, a unas decenas de personas que a primera vista parecerían mendigos, sino fuera por que sus rostros y los nobles pero destrozados harapos que les adornan indican una crianza acomodada.

Imagen de la virgen de Guadalupe en cerámica

A la cabeza va un hombre de edad vestido con sus atributos de obispo que en voz alta se dirige al concejo diciendo:

– Cuando Ab al Mumerr y sus fieras almohades comenzaron a matar a los nuestros en Sevilla, cuando la desgracia llegó a nuestras casas y fueron quemadas nuestras iglesias. Dejamos nuestra tierra, en la que antes nos permitieron vivir los hijos de Mahoma y tuvimos que huir hacia el norte. Llegamos a vuestra villa donde fuimos acogidos y alimentados como hermanos. Hoy, mis amados hijos quieren apelar nuevamente a vuestra caridad para poder ganar el pan que hasta ahora vuestra beneficencia nos ha otorgado. Por esta razón, pedimos a la villa tenga a bien otorgarnos, dentro de los límites de su alfoz, la tierra donde poder construir nuestras casas, aprovechar nuestras granjerías y labrar nuestra propia tierra

Un rincón de Gargantilla, anejo Sevilleja de La Jara, que antes se llamó Cordobilla por ser repoblada por mozárabes huidos de Córdoba

-Los regidores han deliberado y, animados por vuestros hermanos mozárabes que habitan en esta villa, hemos decidido concederos para poblar las tierras que junto a la sierra del Puerto Viejo se hallan incultas y despobladas, para vosotros y vuestros hijos.

-Dios premiará en el cielo lo que hacéis con estos cristianos desdichados que, en recuerdo de la ciudad donde nacieron, llamarán Sevilleja a su nueva patria – respondió el obispo Clemente.

Imagen que muestra la aparición de la Virgen a Gil Cordero indicándole donde se halla la imagen de Guadalupe Imagen que muestra la aparición de la Virgen a Gil Cordero indicándole donde se halla la imagen de Guadalupe

 1274 (  Río Guadalupejo )

Dos hombres se afanan en cargar una mula con anchos caños de corcho recién pelado. Emprenden el camino dejando atrás los rojizos troncos desnudos de los alcornoques.

-Vamos Damián – dice uno de ellos- hay que cubrir la santa imagen antes de que empiecen las lluvias

-Pero decidme ¿Cómo fue hallada la Virgen?. Sabéis que soy nuevo en Alía y no conozco la historia.

-Pues resulta que se hallaba un pastor llamado Gil Cordero por estas sierras y perdió una de sus vacas. La encontró muerta cerca del río y, cuando iba a hacer la cruz sobre ella para desollarla, la vaca se levantó viva apareciéndose la Virgen María en ese momento. Le dijo que fuera a su tierra y avisara a los clérigos y a las gentes para que buscasen en el lugar donde estaba la vaca muerta, porque allí se hallaba una imagen suya. No creyeron al pastor pero, cuando un hijo de él sanó milagrosamente de una mala enfermedad, decidieron cavar y hallaron la imagen con una campanilla y un pergamino. Ya sabéis que con estos corchos haremos el tejado de la capilla que la guardará.

EL GUERRILLERO DE LA JARA

EL GUERRILLERO DE LA JARA

1946

Guerrilleros antifranquistas durante una acción Guerrilleros antifranquistas durante una acción

Los guardias civiles arrastran pesadamente sus capotes entre el monte bajo. Van despacio, los fríos bajan la savia de la jara y sus tallos se hacen quebradizos. Cualquier mal paso puede ser escuchado por los maquis y echar a perder toda la operación. Más de doscientos hombres entre guardias y falangistas se despliegan en silencio por las barreras del cerro de Ballesteros, cerca de Navalvillar de Ibor. Un grito del comandante hace que dé comienzo el ataque sorpresa contra la partida de “Quincoces”. El campamento debía ser sorprendido pero el grupo de “Jabato” da la voz de alarma y comienza el enfrentamiento con los guardias que les desbordan en número. Muere el mismo “Jabato”, el “Jopo” y “Sergio”. La desbandada es general y cinco guerrilleros más son detenidos.

Entre los brezos, el “Mejicano” se aplasta en el suelo junto a “Daniela” mujer del “Madroño” que ha sido hecho preso. Los dos observan aterrados cómo un guardia va recogiendo las municiones y la máquina de escribir que han dejado los guerrilleros en la huida se acerca a un canasto de esparto y se agacha al oír el llanto de un niño de pecho. Toma al niño y avisa al cabo que le ordena que se lo lleve. El “Mejicano” tiene que sujetar a la mujer que intenta saltar sobre el guardia para recuperar a su hijo, pero sabe que si lo hace es casi seguro que acabará acribillada a balazos y mordiéndose los puños  se traga las lágrimas contra el barro.

Los supervivientes corren como animales perseguidos por una reala y cruzan el Gualija resbalando con los cantos del río y calándose hasta los huesos un frío treinta de Diciembre. Las cuevas de la sierra o los doblaos de las labranzas y los molinos serán el escondite donde se oculten como alimañas maldurmiendo su pavor. Pronto será fácil encontrar una justificación ante ellos mismos que les lleve a abandonar la lucha armada y, resbalando por la cuesta del miedo, del acoso y de las palizas a sus familiares, es posible que pronto lleguen incluso a la delación. Otros, más fuertes o más convencidos, continuarán en la sierra. Entre ellos, el jefe de la catorce división, Jesús Gómez Recio, el tratante de “Aldeanovita” conocido como “Quincoces”, la leyenda guerillera de la Sierra de Altamira.

Jesús Gómez Recio, "Quincoces" el maqui de Aldeanovita en una fotografía durante el servicio militar Jesús Gómez Recio, «Quincoces» el maqui de Aldeanovita en una fotografía durante el servicio militar

Escondido entre las risqueras de la cumbre Jesús puede contemplar las llanuras pardas de su tierra, La Jara se extiende a sus pies y enfrente asoma la sierra de La Estrella como un volcán. Mientras esperan la hora de encontrarse con el “Manco”, su enlace de Valdelacasa, “Quincoces” piensa en lo precario de su situación. Desde lo de cerro Ballesteros todo ha ido de mal en peor. En Sevilleja han desertado “Cartón” y “Pepillo”, en los enfrentamientos de Los Alares y Piedraescrita han muerto “Salamanca”, “Acero” y “Compadre” y, después, todo ha sido un goteo de muertes y deserciones en cadena. Jesús es un hombre serio pero ya es también un hombre triste. Están lejos los tiempos en que tenían en jaque a los guardias e incluso se reunían en Talavera con los compañeros de Gredos y los de “Chaquetalarga” para coordinar ofensivas finales que nunca llegaron. Recuerda cuando tomaron el pueblo de Higuera de Albalat y, aunque temerosa, la población cantó con ellos la Internacional mientras él les arengaba desde el balcón del ayuntamiento. Todavía entonces pensaban que los ingleses y los franceses harían caer la dictadura de Franco. Jesús es guerrillero, ir rateando por las labranzas y majadas para comer o haciendo secuestros para sobrevivir no es la idea que “Quincoces” tiene de la lucha revolucionaria y, aunque ha habido algunos golpes afortunados como el de la central eléctrica de Belvis de Monroy, su lucha es ya sólo una pelea por la supervivencia. Lo mejor será huir a Portugal o a Francia, pero antes van a contactar con el “Manco” en la Gargantilla Ciega de Valdelacasa, es necesario conseguir munición y documentación.

A su lado fuma un cigarro “Lenín”, hermano del “Manco” mientras esperan a que anochezca. Jesús observa un grupo de buitres sobrevolando el valle del Gualija y recuerda sus días felices en Aldeanueva, con sus cinco hijos y una inquietud por mejorar la miserable vida de sus paisanos que le comía las tripas. Hasta llegó a ser alcalde por más que su mujer Isabel, conociendo su genio, quisiera alejarle de la política. Por eso consiguió que se trasladaran al Pantano de Cijara para comenzar una nueva vida que rompió el alzamiento fascista. El miedo a los culatazos nocturnos en la puerta y a las palizas hacen que Jesús se escape de la cárcel de su pueblo y nazca el mito de “Quincoces”.

Guerrilleros de la zona centro detenidos Guerrilleros de la zona centro detenidos

Abajo humean las casas de la labranza de Marcos y entre la penumbra se van perdiendo de vista los muros de un viejo castillo donde, como Jesús, unos hombres se defendían de otros hombres por estas sierras en las que, desde siempre, se echaron al monte gentes perseguidas.

Ha llegado la hora, los dos hombres van descendiendo hacia las casillas del valle donde, por las señales convenidas que ha dejado el “Manco”, saben que no hay peligro de emboscada. Pero no saben que el de Valdelacasa ha sido detenido hace unos días y con los expeditivos métodos de cuartelillo ha revelado el lugar donde ha de encontrarse con su hermano y su jefe. Él mismo sale a recibirlos por el camino y el grupo desciende sierra abajo. Los dos hermanos se adelantan charlando y “Quincoces” queda algo retrasado cuando se escucha el primer tiro que viene de entre las jaras. El fuego cruzado de los guardias civiles acaba con la vida de los tres hombres.

En Gargantilla Ciega todavía puede verse un montón de piedras, el majano que señala el lugar donde cayó Jesús Gómez Recio, el guerrillero de La Jara.

LA GUERRA DE LOS TRES PUENTES

LA GUERRA DE LOS TRES PUENTES

Puente del Arzobispo Puente del Arzobispo

Rodrigo acompañaba a sus carretas que traían desde la sierra largos troncos de madera. Servirían para montar las cimbras del puente que el arzobispo Tenorio había ordenado construir sobre el Tajo. El camino había sido largo desde El Arenal y la cañada que habían seguido se había convertido en un auténtico barrizal más difícil de transitar según se aproximaban  a Alcolea. Los bueyes ya no podían más pero esta vez no tendrían que vadear el río con la crecida ni pasar en las frágiles barcazas. Todavía recordaba a su amigo Sancho, ahogado en el río cuando se espantaron los caballos y volcaron la barca en la corriente fría de febrero hacía siete años. Ahora el puente que se construía serviría para evitar tantos trabajos e infortunios y además ayudaría a los miles de peregrinos que acudían a visitar el lugar donde se había aparecido la Virgen, en la dehesa de los Guadalupes.

El puente de Pinos, un poco más arriba de Azután era de madera y las ,últimas riadas lo habían destrozado. El puente de Talavera estaba muy alejado y obligaba a los viajeros a transitar por los inseguros montes de La Jara, arriesgándose siempre a ser asaltados por los golfines y gentes de mal vivir que frecuentaban los desiertos del otro lado del río.

Plano del proyecto de navegación del Tajo de Carducci del siglo XVII . Aguas arriba se situaba el Puente de Pinos, próximo al muro del embalse del mismo nombre Plano del proyecto de navegación del Tajo de Carducci del siglo XVII . Aguas arriba se situaba el Puente de Pinos, próximo al muro del embalse del mismo nombre

Picapedreros, albañiles y caballerías se afanaban mientras, desde la otra orilla, los criados de las monjas de San Clemente de Toledo que vivían junto a la torre de Azután miraban la obra con cara de pocos amigos provocando a los obreros con gestos y risotadas. El monasterio estaba presionando en la corte para evitar que don Pedro Tenorio levantara el magnífico puente que ya tenía labrados de buena sillería todos los ojos menos el central. El ganado y los peregrinos ya no cruzarían por el frágil puente de Pinos y el convento dejaría de percibir los jugosos beneficios que le reportaba.

Rodrigo ordenó descargar los troncos y llevar a los bueyes a beber. Entre los álamos de la orilla comenzaron a encenderse las hogueras junto a las tiendas de los obreros. Al cabo de un rato empezó a sonar la música y a correr el vino. Mañana era domingo y podrían descansar después de una semana de trabajo duro. Un calderero se acercó al grupo en el que cantaban Rodrigo y sus hombres.

-¿Pueden vuesas mercedes darme un trago? Al pasar he oído las voces y he creído que era fiesta en alguna aldea pero, por el barro de sus vestidos, más creo que andan de faena.

-Siéntese, y celebre con nosotros que en unas jornadas acabaremos el arco mayor del puente del Arzobispo.

-Pero ¿Qué puente es ese? Muchas veces he cruzado en barca el río por este lugar para vender mis calderos en las aldeas de La Jara y nunca escuché hablar de puente alguno.

Un hombre desdentado y con nariz de borrachín se levantó con el vaso de madera de sauce en la mano y dijo:

-Pues yo he de contaros su historia pero habréis de alañarme una tinajilla donde guardo el vino y que no ha mucho se rajó.

-¡Sea! Contestó el forastero.

-Pues dicen que en cierta ocasión bajaban las aguas bravas. Tanto que se habían llevado con la crecida algunos ojos del puente de Talavera y los tablones del puente Pinos. El arzobispo tenía que cruzar sin falta el río para acudir a las granjerías que su madre le dejó en herencia por estas tierras. Esperó varios días pero las aguas seguían bajando altas. Al cruzar, un remolino hizo casi zozobrar la barca y, al sujetarse el prelado en la pértiga del  barquero para no caer al río, su anillo se hundió en las aguas. Era una joya magnífica con un rubí del tamaño de un huevo de gorrión que le habían regalado los judíos de Toledo. Tan disgustado quedó su eminencia por la pérdida, que ofreció una bolsa de monedas al mozo que consiguiera sacarlo del fondo del Tajo. Muchos lo intentaron en los días siguientes pero no consiguieron encontrarlo aunque ya sabéis que el agua de este río si no hay riada es como un cristal.

Cuando volvió el Arzobispo al cabo de unos meses y preguntó por su anillo. Unos pastores le dijeron que había sido imposible encontrarlo por más que hasta los zagales se sumergían en las pozas gritando  ¡A por el anillo del obispo!

Pues escuchad pastores -dijo el arzobispo Tenorio- Sed testigos de mi promesa: Si el anillo volviera a mí, he de construir un puente por el que ganados, peregrinos y viajeros crucen el río sin los trabajos con que ahora lo hacen.

Pasaron dos años y cuando el Arzobispo se disponía cierto día de primavera a comer en sus casas de Alcolea, ordenó le sirvieran uno de los grandes barbos del Tajo que tanto le gustaban y que se pescaban en el canal del molino de las monjas de Azután. Al abrir el pez las cocineras comenzaron a gritar y a reír pues entre las tripas brillaba el rubí. Conmovido por el hallazgo y considerándolo milagro de la Virgen de Guadalupe, esa misma noche ordenó que se comenzaran los trabajos para hacer un puente en el paraje donde había perdido su anillo.

¡Vive Dios!, que es hermosa la historia -dijo el calderero- pero mis viajes por toda España me han enseñado que ni nobles ni prelados levantan una paja del suelo si con ello no han de sacar para llenar de rubíes mil de mis calderos.

Puente de Talavera en el dibujo de Van der Wingaerde del siglo XVI Puente de Talavera en el dibujo de Van der Wingaerde del siglo XVI

Rodrigo soltó una sonora carcajada diciendo:

-Razón tenéis amigo que muchos maravedíes cruzan por encima de los puentes y ya mi abuelo me contó que desde Talavera vinieron en sus tiempos gentes del concejo para tirar a las monjas el suyo y hasta hubo sangre, pues muchos dineros perdía la villa. Ahora toman las reverendas madres la misma medicina con el puente del Arzobispo.

EL CERDO DE PIEDRA, RELATO VETTÓN

EL CERDO DE PIEDRA

Detalle de la cabeza de un verraco de Torralba de Oropesa Detalle de la cabeza de un verraco de Torralba de Oropesa

Se deshace la escarcha sobre las piedras de la muralla cuando el sol se asoma tímido por entre las crestas de Gredos. Desde que aparecieron esos malditos romanos por el valle del Tajo, los ancianos del castro consideraron que debía doblarse la guardia.

El ganado había estado tranquilo durante la noche y, aunque Baraeco se había protegido del frío y la humedad con su capa de piel de ternero y el gran toro de piedra de la entrada del corral le había resguardado del frío de esa noche de finales de otoño, el joven vetón necesitaba calentarse, sacudirse las gotas heladas de su barba. Cuando llegó el relevo se saludaron con monosílabos y Baraeco se dirigió a casa de sus padres.

Cuando llegó, la puerta ya estaba abierta, sus hermanas habían ido a ordeñar y los pequeños estaban sentados en el banco, apoyados contra la pared esperando su desayuno. En el centro de la estancia, Trebaruna, su madre, se afanaba preparando unas gachas de bellotas junto al fuego.

-Ven hijo, caliéntate y descansa. El camino que emprenderás esta mañana es largo. Menos mal que irás con tu amigo Togo y dormiré tranquila durante vuestros tres días de camino hasta el castro del vado del Gran Río.

Sé que conocéis bien el camino por las muchas veces que habéis bajado por las cañadas con los ganados, pero las gentes de la tribu de Arecorata pueden asaltaros y los lobos y los osos bajan por las nevadas a buscar comida a zonas menos frías. Ya he preparado el macuto con las tortas y el queso. Incluso os he llenado un pellejo con la cerveza tan buena que hicimos con la cosecha del año pasado.

El castro de El Raso

El muchacho comió con avidez y, tomando su espada, su lanza de astil de fresno y el zurrón de piel donde guardaba las herramientas de su oficio, salió después de besar a su madre y prometerla que la traería una de esas cazuelas que tan bien fabricaban las tribus del valle del Gran Río.

Fue a buscar a su amigo Togo. El pueblo tenía a esas horas un aspecto triste y frío con el humo de los hogares saliendo entre los piornos de las techumbres. Daba la sensación de que todo el caserío iba a comenzar a arder y de que los cerdos avisaban con gritos agudos a sus dueños. Pasó junto al templo que había dado fama a su castro en todos los contornos. Ulaca era conocido en toda la Vettonia porque las ceremonias de sus sacerdotes se desarrollaban en aquellos altares labrados en la roca viva y por los baños de vapor con los que tantas veces Baraeco se había relajado después de sus ejercicios militares o de las cacerías a las que acudía con sus amigos.

Ofrenda en el altar de sacrificios del castro de Ulaca Ofrenda en el altar de sacrificios del castro de Ulaca

Los dos compañeros salieron entre las empalizadas que protegían la entrada del castro y se dirigieron a los puertos de Menga y del Pico. En tres días llegaron al castro del Vado del Gran Río sin desviarse de la cañada principal.

El paso del Tiétar fue dificultoso pues iba algo crecido. Afortunadamente, un gran aliso había sido derribado por el río en las últimas crecidas y el tramo más profundo pudieron cruzarlo sobre él. Dejaron los bosques de encinas y alcornoques y llegaron a las llanuras del Gran Río, esas buenas tierras para el cultivo que esos malditos romanos querían obligarles a desalojar.

Llegaron al castro del Vado del Gran Río y observaron las fuertes defensas que preparaban sus hermanos. Habían elevado la muralla de piedra y habían erizado de empalizadas y campos de piedras clavadas en el suelo que intentaban impedir el asalto de los extranjeros. Cuando los guardias vieron el sol de metal que pendía del cuello de Baraeco les permitieron pasar sin dificultad, sabían que se trataba de uno de los sacerdotes de la piedra. Los únicos facultados para labrar los cerdos y los toros de piedra que protegían sus ganados y marcaban las zonas de pastos.

El jefe de la tribu del Vado del Gran Río no se encontraba allí, había salido por la mañana hacia el castro vecino de Manzanas para cambiar cebada por cerdos y no regresaría hasta el atardecer. Mientras llegaba, los dos ulacos pasaron el rato bebiendo cerveza y observando las fatigas de los hermanos vettones de las sierras que pasaban el vado del Gran Río de islote en islote con grandes trabajos para sus ganados.

Cuando llegó el jefe del clan les agasajó invitándoles a su casa. Les contó cómo, en un ataque de los bandidos de los desiertos del sur del Gran Río, había muerto su sacerdote de la piedra. Las tribus vecinas habían intentado aprovecharse de los pastos de poniente y debían marcarlos con dos verracos sagrados que demostraran a quién pertenecían las hierbas y la bellota. No quería que las armas tuvieran que llegar a utilizarse contra tribus hermanas estando tan cerca los enemigos romanos.

Verraco en Castillo de Bayuela

Al día siguiente se pusieron manos a la obra. Acudieron a los berrocales cercanos con tres parejas de sus mejores bueyes. Baraeco buscó un buen bloque de piedra, ni tan duro que dificultase su trabajo hasta el punto de necesitar templar continuamente sus cortafríos y bujardas, ni tan blando que se deshiciera con las lluvias y los hielos. No en todas partes había buenos herreros como su amigo Arentio del castro de Cogotas, él sí sabía endurecer el hierro con el fuego del brezo. Después de elegir la piedra fue bendecida con las ceremonias y los rezos habituales y con gran esfuerzo se llevó arrastrándola mediante rulos de madera hasta el lugar donde el verraco debería ser erigido. Allí Baraeco tardó tres semanas en esculpirlo pero lo acabó como a él le gustaba rematar sus trabajos. Le insinuó el rabo retorcido, labró sobre el granito dos grandes colmillo que indicaran que se trataba de un buen macho y marcó los ojos, la boca, las pezuñas y hasta el bulto de una gran verga. Cuando llegara la siguiente luna, la tribu celebraría una gran fiesta porque los pastos que siempre habían sido suyos estarían protegidos y marcados por el hermoso cerdo de piedra de Baraeco.

UN RELATO SOBRE EL JÉBALO HACE 3500 AÑOS

TRIGO Y BRONCE

(Río Jébalo, 1523 a.C.)

Relato sobre la vida de los hombres de la Edad del Bronce en los poblados a orillas del río Jébalo

Grabado de la Edad del Bronce. Arte esquemático. Representa un arquero caído Grabado de la Edad del Bronce. Arte esquemático. Representa un arquero caído.

Sobre la cumbre del cerro humean las fogatas. Las techumbres de las chozas se dejan ver entre los grandes troncos afilados de la empalizada que se levantan amenazantes sobre la muralla de piedras y tierra.

Se escucha llorar a un niño y el sonido agudo de dos piedras que chocan entre sí. Es Atra, el mejor fabricante de lascas del poblado. Bajo la sombra de un acebuche, machaca sin cesar los cantos rodados que ha subido desde el río en su esportillo de esparto. Cuando acaba de golpear las esquirlas de piedra selecciona algunas de ellas, las que son más delgadas y tienen mejor corte, y va embutiéndolas en un palo curvo para formar una hoz que regalará a su amigo Soltru, el minero.

Atra se levanta, toma una torta del fuego, ante las protestas de las mujeres que se afanan a su alrededor, y se dirige río arriba. Allí, otros guerreros de su clan intentan sacar la piedra verde de la tierra. Cuando se encuentra próximo a la orilla escucha el canto monótono de dos hombres y, al acercarse, comprueba que son los dos sacerdotes de la tribu que pintan sobre la pared del risco sagrado. Atra se detiene y en cuclillas observa como uno de ellos, sin dejar de cantar, mezcla en unos cuencos una de tierra colorada con unas plantas que previamente ha machacado en su mortero. El otro dibuja con ese pigmento unos grandes ojos sobre la piedra junto a otros trazos que representan ciervos y hombrecillos. Sin hacer ruido se retira del lugar reculando, sin hacer ruido.

En el camino comprueba si en alguna de sus trampas ha capturado una presa y una sonrisa apenas perceptible entre la suciedad y la barba de su rostro indica que ha habido suerte. Se acerca a unas zarzas donde un conejo intenta zafarse del lazo que dos días antes había situado en un pequeño sendero marcado por el paso de los roedores. De un golpe certero acaba con los sufrimientos del animal guardándolo en la bolsa de piel de ciervo que lleva colgada del hombro.

Grabado de un ciervo en la estación rupestre de El Martinete

Según avanza va escuchando más claramente las risas de las mujeres que siegan las espigas de trigo de los campos de la tribu. Atra es recibido con bromas y enseguida le son requeridas las hoces de palo que necesitan para seguir con su tarea. Se siente satisfecho porque su trabajo es valorado, nadie sabe trabajar el sílex como él, nadie sabe encontrar las piedras que guardan en su interior los cuchillos más cortantes y, aunque los mineros con sus fraguas fabrican las hachas y las flechas de la piedra verde, sabe que su labor todavía es necesaria. Antes de seguir su camino se detiene con los dos guerreros que vigilan los campos día y noche para evitar las rapiñas de las tribus vecinas. Uno de ellos está inquieto, dice haber oído ruidos extraños durante la madrugada.

Mina de cobre, la "piedra verde" del relato de La Borracha
Mina de cobre, la «piedra verde» del relato de La Borracha

Atra continúa su camino y llega junto a la mina. Varios hombres se afanan sacando espuertas de tierra y piedra verdosa de una estrecha grieta abierta en un talud. Otros se dedican a traer leña y reavivar los hornos donde se obtiene el metal. Atra se acerca a su amigo Soltru que, en esos momentos, se dispone a verter el líquido incandescente sobre un molde de piedra donde ha vaciado un hueco con forma de punta de flecha. Luego enfría con agua el preciado objeto de bronce y se lo ofrece a su amigo. Éste le responde entregándole la hoz de palo que ha fabricado con especial cuidado esa mañana. Ambos se preguntan por sus familias mientras beben cerveza de un pellejo de cabra entre risotadas.

Pero bruscamente, al mirar río abajo, Soltru grita:

-¡Fuego en el poblado!

Los mineros toman sus armas y corriendo se dirigen hacia donde se eleva la columna de humo. La distancia es larga y cuando llegan la imagen es desoladora. Tres ancianos que habían intentado repeler la agresión yacen en el suelo con los cráneos destrozados por las hachas de sus enemigos. La empalizada todavía arde, mientras que un grupo de mujeres y niños aterrorizados y heridos salen del bosque donde corrieron a refugiarse al darse cuenta de lo que se les venía encima. Los silos excavados en el suelo están vacíos. Los asaltantes Han saqueado todo el grano y se han llevado las cabras. Los hombres se revuelcan en el polvo mientras aúllan gritos de guerra y de venganza.

Pozas de Malpasillo en el río Jébalo junto al paraje de Paniagua

Atra sabía que algo así podía suceder, el poblado vecino había perdido todos sus alimentos, la sequía del año anterior había esquilmado sus reservas y un rayo había incendiado la cosecha de esta primavera. El ataque sólo era cuestión de tiempo y Atra creía que el jefe debía haber tomado más precauciones. El cerro donde se sitúa el poblado está defendido por grandes paredes de piedra pero la noche anterior sus vecinos, que antes habían formado parte del mismo pueblo se ocultaron de noche en las junqueras del río a la espera de que los hombres salieran del recinto.

Ahora a la tribu de Atra sólo le quedaba vagar en busca de bayas y animalejos por los bosques, el hambre y la muerte  o, lo más probable, otra nueva guerra en el valle.

tres muchachos en una CUEVA

 

TRES MUCHACHOS EN UNA CUEVA

Relato sobre la huida de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, patrones de Talavera

Septiembre del año 306

Cueva de los Santos Mártires en la cumbre del cerro de San Vicente Cueva de los Santos Mártires en la cumbre del cerro de San Vicente[

 Entre la grieta que dejan dos grandes moles de granito se asoman los ojos asustados de un joven mientras el viento agita su túnica. Desde la cumbre del Monte de Venus mira como el Tajo se acuesta en el valle. Al fondo, angustiado, vislumbra los tejados de los templos de la ciudad de Ébora. Vincencio ha recogido unas bellotas que lleva envueltas en un pedazo de lienzo. Vuelve sobre sus pasos hasta le entrada casi oculta de una cueva por la que desciende hasta su interior. Con las espaldas apoyadas sobre la piedra dos muchachas esperan aterradas, pero sonríen aliviadas al verle mientras le interrogan con su mirada.

-No se ven soldados. El día ha salido despejado y debemos continuar -dice entre imperativo y cariñoso su hermano.Esta imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es P2233519-1024x630.jpg

Aunque las hace estremecer el aire que azota la cumbre esa mañana, al salir de su refugio, la luz y el tibio sol de otoño las reconfortan. Con un poco agua de un fontarrón cercano lavan las heridas de sus pies defendidos de una caminata de nueve horas bajo la lluvia tan sólo por unas pobres sandalias. Antes de descender hacia el Piélago, el muchacho mira desconfiado hacia atrás y recuerda las historias que le contaba su abuelo. Aquí mismo se había fortificado el famoso guerrero Viriato y tuvo en jaque a los romanos desde estas alturas. Pero el lusitano al menos tenía armas. Vincencio, sin embargo, sólo tiene la certeza que empapaba todas sus vísceras de que la religión del judío crucificado, la que dice que los pobres heredarán la tierra, era la religión verdadera. Tan seguro estaba que hacía dos días, delante de Dacio, el gobernador que había encerrado a la piadosa Leocadia en las mazmorras de Toledo, había renegado de los viejos dioses asegurando que cuando los romanos los adoraban era como si veneraran a un montón de piedras y palos. Vincencio no lo creía, pero oyó decir a los soldados que le custodiaban que, en la piedra sobre la que descansaba cuando compareció ante el gobernador, quedaron marcados, como si la roca fuera de cera, sus pies y el báculo que le sostenía.

Esos mismos soldados le liberaron esa noche y con sus hermanas Sabina y Cristeta había huido entre encinas y enebros hasta el Monte de Venus. No podía permitir que el empecinamiento que Dacio achacaba sólo al fanatismo de los cristianos afectara a sus hermanas. Pero ellas, tanto y con tanta vehemencia habían escuchado hablar a su hermano sobre la nueva religión, que ya le acompañaban en lo que para unos era delirio y para otros eran convicciones profundas. Estaban ya dispuestas a morir con él sin renunciar al nuevo Dios que los emperadores perseguían con tanta saña.

Los bosques de El Piélago desde la Cueva de los Santos Mártires. Al fondo, Gredos Los bosques de El Piélago desde la Cueva de los Santos Mártires. Al fondo, Gredos

Caminando entre los robles habían llegado al otro extremo de aquellos montes y podían ver frente a ellos la alta sierra de Gredos que deberían cruzar si querían ponerse a salvo. Unos pastores que los encontraron comiendo moras junto al río Tiétar les dieron refugio esa noche. No subieron por el puerto del Pico pues, junto a la calzada, siempre había soldados que controlaban el paso del ganado y de las mercancías. La senda por la que les condujo uno de los cabreros era empinada pero más segura. Después de alimentarse de carne seca durante cuatro días llegaron, tras atravesar los piornales y las praderas de las cumbres, hasta la ciudad de Ávila. Uno de los pastores, interrogado por los soldados, delató a los hermanos y cuando llegaron a la ciudad de los fríos inviernos estaban esperando para apresarles.

Otra vez los ofrecimientos de renuncia, otra vez mantenerse en esa curiosa fe que a Daciano, en realidad, le parecía tan falsa como la suya propia, una forma más de someter a los que debían someterse. Los desnudaron y los sacaron fuera de la ciudad y después les azotaron hasta la extenuación. En el tormento que llaman hecúleo descoyuntaron sus miembros sobre una cruz en aspa. Como no acababan con sus vidas apretaron las cabezas de los tres hermanos en una prensa formada por dos tablones poniéndoles, en fin, grandes losas de piedra y golpeando sobre ellas con grandes mazos hasta que sus sesos quedaron desparramados.

Después de muertos los arrojaron  a una cueva que llaman de la Soterraña. Y dicen las gentes de Ávila que, como no permitieran los soldados que nadie enterrase los cuerpos, una gran serpiente salió de las profundidades levantada la cerviz y dando temerosos silbidos. Cuentan que un judío miraba sus cuerpos con poca reverencia y la culebra se enroscó en su cuerpo casi asfixiándole hasta que prometió, convirtiéndose al cristianismo, levantar un templo que custodiara los cuerpos de los tres muchachos de Ébora.

Los Santos Mártires huyen de Talavera, decoración esculpida en el cenotafio de la basílica de San Vicente en Ávila

HISTORIA DE LOS MOLINOS DE AGUA (y II)

SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA DE LA MOLINERÍA DE MI LIBRO AGOTADO «Los Molinos de Agua de la Provincia de Toledo»

Autor:  Miguel Méndez-Cabeza

Ruinas del cárcavo de un molino en el Tiétar
Ruinas del cárcavo de un molino en el Tiétar

Mediante los molinos de sangre, dos hombres o un asno molturaban en la antigüedad unos cinco kilogramos en el mismo tiempo que un molino de agua de potencia media (5-10 Cv) conseguía moler 180 kilogramos de cereales. Este hecho y la gran difusión que durante el siglo XII alcanza este ingenio, han llevado a que en la historia de la tecnología algunos autores hallan considerado esta centuria como el verdadero inicio de la revolución industrial. Esta afirmación puede parecer exagerada, pero si tenemos en cuenta que en el siglo XIX toda una serie de industrias son movidas por turbina hidráulica -que no es sino una adaptación del modesto rodezno del molino harinero- y que esta turbina (fig. 3)  se adaptará posteriormente a la producción de energía eléctrica por la aplicación en 1855 de los principios de Faraday, podemos convenir al menos en otorgar al venerable molino de agua el título de abuelo del proceso industrial.

También a comienzos del segundo milenio son los árabes quienes consiguen aumentar la potencia de las ruedas verticales al hacer incidir sobre la parte superior de las mismas la corriente de un canal [1](fig. 24). Antes de esta innovación -mediante la cual la gravedad aumenta la fuerza que antes solamente proporcionaba la corriente o “fuerza viva” del agua- la parte inferior de las ruedas se introducía directamente en el curso del río. Otra aportación de los árabes es el arubah, precursor del molino de cubo (fig. 16) y que consiste en una construcción cúbica o cilíndrica donde se acumula el agua antes de mover el rodezno. Se conseguía así otro aumento de energía por aprovechamiento de la fuerza gravitatoria[2] en corrientes de caudal escaso.

Molino en ruinas en el arroyo Marrupejo, término de Cervera
Molino en ruinas en el arroyo Marrupejo, término de Cervera

Desde la Edad Media se comienzan a disponer las palas del rodezno en sentido helicoidal. Si además de esto, se introduce la rueda en una cuba cilíndrica en la que el agua discurre desde arriba hacia abajo y en sentido rotatorio, nos encontraremos entonces ante el precursor del molino de regolfo[3]  (fig. 18).

Este tipo de ingenio fue descrito en el siglo XVI por Francisco de Lobato, probable introductor del mismo en España. En un interesante manuscrito de este autor estudiado por Francisco García Tapia, se describe este artefacto y otras muchas innovaciones tecnológicas de la molinería[4]. El aragonés Lastanosa hizo en este mismo siglo una pormenorizada descripción  de diferentes tipos de molinos con la que se adelantó en mucho a los conocimientos de su tiempo[5]. Realizó además una intuitiva pero muy aguda aplicación de otros principios físicos de hidráulica.

El Libro Once de Los Veintiún Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo Turriano está también dedicado integramente a la tecnología molinera, lo que unido a la atención que, entre otros, prestan los dos anteriores autores a la molinería, nos sugiere la inquietud que estos ingenios despertaban en la época de Felipe II[6].

La Ilustración no podía dejar de interesarse por estos temas y ya en la Enciclopedia de Diderot se describe minuciosamente un molino y su funcionamiento[7].

Cárcavo de un molino de agua con su cárcavo

Al molino de regolfo, que dibuja Lobato en su manuscrito, solamente le faltaría cerrar herméticamente la cámara cilíndrica donde giran el agua y la rueda, para que nos encontráramos ante lo que más tarde se conocerá como turbina de reacción. En el siglo XVIII el francés Bellidor estudió estos molinos y sus escritos inspirarían a Fourneyron que en el año 1832 inventa e instala en París la primera turbina que llevará su nombre[8].

Las turbinas fueron la evolución natural de los molinos de regolfo como explica el texto
Las turbinas fueron la evolución natural de los molinos de regolfo como explica el texto

Las turbinas denominadas “de acción”, cuya mejor representación es la de Pelton (fig. 3), tienen su antecedente en lo que Lastanosa llamó “molinos de bomba”. En ellos una corriente vertical incide sobre la parte lateral de una rueda vertical. Este sistema ha tenido poca aplicación práctica en molinería. En el año 1849, Francis fabricó la primera turbina de admisión exterior. En ella el agua entraba radialmente y salía en dirección próxima al eje. Aún hoy se emplean y podemos reconocerlas en antiguas centrales eléctricas por su forma exterior similar a la espiral de una concha de caracol. Fourneyron añadió a la turbina un mecanismo fijo que distribuía el agua en filetes líquidos dirigidos de forma que movilizaran un rodete exterior en este caso. Se conseguía así una pérdida mínima de energía por la entrada de agua sin choque y la salida casi sin velocidad. Estas turbinas se denominan centrífugas, a diferencia de otras que cuentan con distribuidor exterior y rodete interior y se conocen como centrípetas. Pelton consigue, sin embargo, disminuir la pérdida de energía por el choque del agua cuando, al partir en dos las cucharas del rodete mediante una arista medial, divide el chorro en dos mitades suavizando el impacto[9].

Hemos hecho esta breve descripción de las principales turbinas porque, aunque estos artificios se salen del ámbito de la etnografía para entrar en el de la arqueología industrial, su nacimiento y evolución apoyan la idea del molino de agua como origen de la tecnología industrial.

Sala del molino de Los Rebollos en Valdeverdeja

Las correas de transmisión supusieron otro avance importante por cuanto se conseguía con ellas impulsar toda la maquinaria complementaria de la molinería (dechinadoras, limpiadoras, cernedores y humedecedores) al transmitir el movimiento rotatorio del eje del rodezno a otros ejes que las movilizaban. Los tornillos de Arquímedes y los rosarios de cangilones facilitaron por su parte el transporte en sentido vertical y horizontal del grano y de la harina. Todos los elementos anteriores fueron ingeniosamente combinados en diferentes planos de un edificio por Oliver Evans en 1783, año en el que diseñó y construyó la que podíamos considerar como primera fábrica de harina[10].

Sulzberger empleó por primera vez cilindros de hierro en lugar de las tradicionales piedras de molino y Weymann en el año 1874 utiliza cilindros de porcelana.[11].

A comienzos de este siglo, cuando se utilizan la electricidad o los motores diesel como fuerza motriz para estas fábricas de harina, comenzará un lento pero inexorable declive de los molinos de agua que solamente continuarán funcionando hasta nuestros días en contadas ocasiones y casi siempre para moler pienso.

En España, las fábricas de harina movidas por turbina hidráulica comienzan a distribuirse por todo el territorio nacional en las últimas décadas del pasado siglo. Es característica en ésta, como en otras instalaciones industriales, la influencia tecnológica francesa, aunque a principios del siglo XX se percibe la entrada de maquinaria y la utilización de tecnología austro-húngara.[12]

[1]  MOPU-CEHOPU : “La obra pública en España, patrimonio cultural” ,Catálogo exposición, Madrid, 1986.

[2]  MUMFORD, L. Opus cit.  p. 133.

[3] DAUMAS, M. Opus cit p. 67.

[4] NICOLÁS GARCÍA TAPIA, Los molinos en el manuscrito de Francisco Lobato (Siglo XVI), Los Molinos, Cultura y Tecnología, Sorzano( la Rioja) – Madrid, 1989, Centro de Investigación y Animación Etnográfica, pp.  151-173.

[5] GARCÍA, N. y CARRICAZO, C. : Opus cit. pp.67-81.

[6] LOS VEINTIÚN LIBROS DE LOS INGENIOS Y MÁQUINAS DE JUANELO TURRIANO, Fundación Juanelo Turriano, Edic. Doce Calles y Biblioteca Nacional, Madrid 1996. Vol II, pp. 323-388.

[7] STRANDH, S.: Historia de las máquinas. Madrid, Ed Raíces, 1984, pp. 115.

[8] GARCÍA, N y CARRICAZO, C.: Opus cit. pp. 93-96

[9] De IGUAL, J.: Máquinas e instalaciones hidráulicas. Ed. Soler, Barcelona, 1922, p. 122.

[10]  ESPASA- CALPE, Enciclopedia, Primera Edición, ver Molinería, pp. 1474-1571.

[11]  Ibidem

[12] ILLA, A.: El Libro del Molinero, Tratado práctico de la fabricación de harinas.Murcia, Tipográficas de Anselmo Arqués, 1883, pp I-IX de la introducción.