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HISTORIA DE LA ERMITA Y FIESTA DE SANTA APOLONIA

HISTORIA DE LA ROMERÍA Y ERMITA DE SANTA APOLONIA

Texto de un folleto editado por el ayuntamiento y cuyo texto escribimos el Colectivo “La Enramá”

Los romeros bailan ante la ermita de Santa Apolonia Los romeros bailan ante la ermita de Santa Apolonia

Historia de una Tradición

La tradicional romería que Talavera de la Reina dedicaba a Santa Apolonia, cada nueve de febrero, se vino celebrando hasta finales de los años sesenta. Seguramente antes de que se abandonara el solar del pueblo que dio origen a la tradición; Peña del Cuervo. Era éste una de tantas aldeas que formaban el alfoz de Talavera y que se localizaba en la comarca del Berrocal. La ermita que hoy se conserva no es otra cosa que su pequeña iglesia parroquial, construida entre finales del XVI y principios del XVII. Su primera advocación fue la de San Silvestre. La aldea ya estaba prácticamente despoblada hacia finales de esta última centuria.

Pero vayamos por partes. En este solar se conoce la ocupación del hombre desde tiempos los romanos y la primera referencia histórica que tenemos se remonta nada menos que al año de 1288. Por esta época Sancho IV hizo donación de Mejorada y Segurilla a Juan García de Toledo, por los servicios prestados a la corona. En el amojonamiento entre aquéllos y Talavera podemos leer: “…e por el dicho camino viejo adelante a la asomante de Valdelenguas que va término de Talavera, e por hacer del Berrocal adelante como va a dar a la piedra de Santa Coloma, e por el dicho altor adelante como va a dar en la Torre del Almendral…” La localización no ofrece duda ya que el término de Mejorada discurre por el valle de Valdelenguas y la Torre del Almendral no es otra que la atalaya de El Casar de Talavera.

Los romeros toman posiciones en el cordel para disfrutar del día de Santa Apolonia Los romeros toman posiciones en el cordel para disfrutar del día de Santa Apolonia

A finales del siglo XV Fernando de Rojas escribe La Celestina. Para los que han querido ver en Talavera de la Reina la ciudad en la que se desarrolla la tragicomedia de Calixto y Melibea, una de las pruebas en las que apoyan su teoría es una referencia de esta obra universal. En efecto, pues en el cuarto acto, quinta escena, la vieja alcahueta ruega a Melibea que escriba una oración que conoce para curar el dolor de muelas. De esta manera intenta conseguir un escrito de su propia mano para realizar sus hechicerías de “philocaptio” con las que atraer sobre Calixto el amor de Melibea: “una oración, señora, que le dixeron que sabías de Sancta Polonia”. Curiosamente hasta nuestros días ha llegado una oración tradicional con la que se invoca a esta santa para aliviar el dolor de muelas:

Vuestros prodigios la fama/ de sanar muelas y dientes/ ha esparcido entre las gentes,/ y todo el orbe lo aclama:/ Pues, porque cobre mayor/ crédito con la verdad,/ por vuestro dolor templad/ de mis muelas el dolor.

El edificio actual, decíamos, fue la iglesia del lugar de la Peña del Cuervo. Así, en 1575, el concejo de la aldea  pide al ayuntamiento de Talavera licencia para construir un templo pues “…a causa que el lugar no tiene iglesia, lo más del año las mujeres no oyen misa, y los hombres en tiempo de invierno también se quedan sin misa por no poder venir a la villa a la oír. Y suplicaron a los dichos señores les den licencia para que, en el ejido del dicho lugar, hagan una ermita a donde los días de domingos e fiestas se diga misa”. Sin embargo, tenemos noticias de la existencia en estos parajes de una ermita conocida entonces como Santa Coloma, cuando se nombra en las cuentas de su mayordomía entre 1546 y 1650.

La ermita y finca de Santa Apolonia en una foto de Ruiz de Luna

En el deslinde mencionado con el señorío de Mejorada se alude a la ermita de Santa Coloma. Ermita que debió existir y coexistir con la de Santa Apolonia. El propio alcalde de Peña del Cuervo aclara el asunto al informarnos que los vecinos del dicho lugar aprovechan un alijar “que está cerca de la ermita de Santa Coloma, linde de tierras de vecinos de Mejorada”. Como quiera que el edificio actual de Santa Apolonia está ubicado en el mismo lugar de la petición formulada en 1575 y el límite del término discurre a poco más de un kilómetro de la misma, nos encontraríamos ante dos ermitas distintas aunque próximas. La de Santa Coloma debía ser de reducidas dimensiones. En 1867 Luis Jiménez de la Llave dice que la iglesia fue construida en aquel año por el alcalde de Peña del Cuervo, un tal Pedro Clemente. En las relaciones de Felipe II, escritas hacia finales del XVI, solo se nombra la ermita de Santa Coloma. Con esta misma denominación se recoge en las historias manuscritas sobre la ciudad en el siglo XVI y XVII.

Los músicos animan la romería de Santa Apolonia Los músicos animan la romería de Santa Apolonia

El cura de San Miguel, a cuya parroquia pertenecía la ermita en el XVIII, nos habla de la dualidad de nombres y da un dato esencial. Según el párroco “se descubre que por los años de 1540 se intitulaba Santa Coloma y siguió así más de un siglo hasta que principió a intitularse Santa Polonia, y así permanece”. El cura  añade que el paraje “es sitio delicioso y de recreación para este pueblo”. De este modo y tras la repoblación de este territorio talaverano existieron dos santas y dos ermitas en el mismo emplazamiento; Peña del Cuervo.

Jiménez de la Llave reseña que en 1809 fue casi totalmente destruida como consecuencia de haberse desarrollado en sus proximidades la famosa Batalla de Talavera, que tuvo lugar las jornadas del 28 y 29 de julio de ese año. También añade que a partir de ese momento “quedó reducida la función a colocar algunos puestos de cascajos en donde indica el camino, y se llegaba de paseo. Y solo la clase humilde, perpetua y celosa guardadora de las tradiciones, solía subir con sus meriendas hasta el pie de las ennegrecidas ruinas”. Hasta que en 1861 se restaura el templo y su culto gracias a la iniciativa de varios talaveranos, encabezado por don Juan Bautista Granés, alcalde de la villa.

Prosigue el autor describiendo con gracejo costumbrista la romería: “un extraordinario y alegre movimiento anunció desde primeras horas de la mañana que la población se preparaba a disfrutar de tan hermoso día en aquel pintoresco y agradable sitio, y muy pronto vehículos de todas épocas y clases, desde el blasonado coche de la elegante dama hasta el rústico carro del sencillo labriego, el fogoso bridón del propietario, la mula cosquillosa del tahonero, y el asno pacientísimo del aguador, comenzaron a ir subiendo gentes, que reunidas con las que a pie llegaban fueron tomando posesión de aquellos plácidos y odoríferos recuestos salpicados por el cristalino Bárrago, quien como si estuviera avergonzado de sus recientes demasías, ocultaba con mil revueltos giros sus murmurantes ondas que convertían en blanca espuma continuas y vistosísimas cascadas… Crecía en tanto cada vez más la concurrencia y puede decirse que por la tarde ya no quedaba sin salir por lo menos al camino, nada más que los absolutamente imposibilitados y la fuerza pública para la seguridad de la villa indispensable. La festiva algazara de extensos y tangentes coros en que se comía, jugaba o bailaba al son de alegres guitarras o bien repiqueteadas castañetas; la voz de los vendedores, el ruido de los carruajes y el estridor de los indispensables voladores, daban una animación indescriptible al cuadro, que semejaba a un confuso laberinto mucho más agradable que el de Dédalo… Al declinar el día se sacó en procesión la imagen de la Santa, y enseguida se emprendió el regreso con indecible animación, más con el orden y buena armonía que reina siempre en las funciones en que domina el verdadero público talaverano, cuya autoridad local había tomado, además, para que aquellos no se turbasen las medidas convenientes.

En 1967 y 1968, tienen lugar los últimos intentos para que la fiesta no se pierda definitivamente. Toma la iniciativa  el Club Taurino Talaverano que organizó, además de misa de campaña y la tradicional romería, la instalación de puestos de churros, bebidas y otros artículos. Pianillos verbeneros y por la tarde una novillada o festival taurino, especie de fiesta campera, para lo cual se instalaría una plaza portátil. En el siguiente año de 1968 el festejo se intentó llevar a otro escenario, habilitando la casilla de camineros que existía en la llamada cuesta del Cascajal, en la carretera de Talavera a La Iglesuela. La casa haría la veces de ermita engalanándola convenientemente con ramajes, colgaduras, flores y banderas.

Tras este impás de más de 33 años un grupo de entusiastas talaveranos y especialmente los colectivos Club de Excursionista Talaverano y La Enramá, han venido convocando y celebrando esta romería, ya casi olvidada por muchos de nuestros paisanos,  desde 1995. Desde el pasado año de 2002, ya plenamente consolidada, está tutelada por el Ayuntamiento de Talavera de la Reina.

Santa  Apolonia es una de esas ermitas que  tiene un camino propio desde Talavera, privilegio que tienen pocos santuarios. En este rincón resguardado y encantador, sobre una pequeña loma a caballo entre los vallezuelos de los arroyos de Bárrago y del Risco del Gato, se reunían familias y amigos. Allí compartían como buenos romeros las tortillas de escabeche, la matanza y el vino. Acudían organilleros, barcas -movidas a sangre naturalmente- y puestos ambulantes donde se vendían tostones, chucherías, frutos secos, naranjas de sangre de toro, vino y limonada. Había danzas y bailes y, por supuesto, misa solemne para acompañar a la santa, patrona de los dentistas, y pedirle salud para las muelas.

Pero Santa Apolonia también congregaba a los pueblos limítrofes. Venían gentes del Casar y de Gamonal por el camino de los Contrabandistas, que llegaba casi hasta la ermita atravesando Valdelacruz. De Mejorada bajaban paisanos por el camino de Santa Apolonia o tomando el atajo por la senda de Santa Apolonia, senda que da origen a un dicho popular en este municipio cuando dicen; “te pierdes más que la senda de Santa Apolonia.

Con los pastos de estos berrocales se alimentó ”Bailaor”, el toro que mató a Joselito. También este sitio sirvió como lazareto en época de epidemias. Como les ocurrió  a unos chocolateros andaluces que fueron puestos en cuarentena a principios del XIX ,junto con sus mercancías. A los comerciantes se les permitió marchar a los pocos días, pero la mercancía quedó bajo custodia.

El Berrocal

El entorno de Santa Apolonia nos muestra el paisaje típico de El Berrocal,
un paisaje que como su nombre indica es típicamente granítico. Un terreno pobre para el cultivo que ha sido tradicionalmente utilizado para la ganadería, con la histórica dedicación

de sus prados y encinares a la montanera del ganado porcino, esta actividad pastoril ha dejado su huella en las parideras que encontramos en la zona, una de ellas al este de la ermita. Son construcciones de mampostería generalmente dispuestas en semicírculo con los cubículos destinados a dar cobijo a las cerdas y los cochinillos, cada uno con su
pequeña puerta. Los vallados de mampostería separan las parcelas de pasto y no es extraño encontrar por estos cerros algún pintoresco chozo de pastor de planta redonda cubierto con falsa cúpula. Todavía podemos hallar algunas de las fuentecillas que antes cuidaban los pastores manteniendo las corrientes para que abrevaran sus ganados en las pilas graníticas o en pesebres de piedra de forma semiesférica. La labranza de Santa Apolonia conserva su
tentadero además de algunas construcciones tradicionales. Muy cerca, siguiendo las riberas del Bárrago hallamos las ruinas de tres pequeños molinos de agua que apenas molturaban unas semanas cuando el año era lluvioso; nada comparado con la potencia de los molinos y aceñas del Tajo en Talavera, pero que nos hacen imaginar el trasiego de las mulas cargadas con su grano a moler y el ruido de las piedras movidas por el rodezno.

La Santa

Apolonia vivió en el siglo III en Alejandría. En el año 249, siendo una anciana diaconisa, sufrió martirio en las persecuciones que desencadenó contra los cristianos el emperador Filippo el Árabe. Masas enardecidas saquearon los barrios cristianos de la ciudad ejecutando a sus moradores. Tras ser golpeada con mazas y piedras, abrieron la boca de Apolonia con  un trozo de hierro y con unas tenazas le fueron arrancando los dientes uno a uno destrozándole las mandíbulas. Quisieron obligarla a pronunciar frases blasfemas bajo la amenaza de quemarla viva. Se liberó de sus verdugos y ella misma se arrojó a las llamas. Se la representa como una bella joven, su figura se confunde con otra Apolonia martirizada en Roma durante las persecuciones de Juliano el Apóstata, vestido rojo y manto verde o pardo, con la palma, símbolo del martirio, las tenazas, dientes en una bandeja o una pira ardiendo. En España introdujeron su culto los agustinos. Patrona de los dentistas. Invocada contra el dolor de muelas y dientes.

Santa Coloma (Colomba o Columba) es una noble y virtuosa cordobesa martirizada en el año 853 en las persecuciones que tienen lugar en Al-andalus con la llegada al trono de Mohamed I. Trató de convencer a los magnates del Consejo que entendían las causas de los cristianos para que aliviaran su presión. La condenan a morir decapitada en la plaza delante del alcázar y su cuerpo arrojado al río Guadalquivir, del que salió, según cuenta la leyenda al sexto día, recogido por unos monjes y enterrado en la iglesia de Santa Eulalia. Más tarde su cuerpo fue trasladado al monasterio benedictino de Nájera donde se veneran sus reliquias. Los mozárabes extendieron su culto en la Edad Media por toda España. Se representa con la palma del martirio y las azucenas símbolo de la virginidad.

Existe otra Santa Coloma francesa martirizada hacia el año 273 en Sens y muy venerada en París. También fue decapitada tras ser arrojada a la hoguera y que la respetaran las llamas milagrosamente.

COLECTIVO LA ENRAMÁ

SAN SEBASTIÁN Y LOS MORRACHES

FIESTA Y RITO; SAN SEBASTIÁN Y LOS MORRACHES DE MALPICA

Dos morraches vestidos con su peculiar indumentaria armados de sus "porras" y con los cencerros colgados a la espalda Dos morraches vestidos con su peculiar indumentaria armados de sus “porras” y con los cencerros colgados a la espalda

En Malpica de Tajo, capital  del señorío de Valdepusa podemos disfrutar de una de las fiestas más pintorescas de la comarca el día de de San Sebastián. Se trata de una fiesta de gran interés en la que salen los “morraches” vestidos con trajes multicolores, llevando una porra de palo, caretas  y cencerros, y aunque no hay “vaca” en la comitiva, como en otras fiestas similares como las carantoñas de otras muchas localidades, sí sale un toro de fuego. Río Pusa arriba, en Los Navalucillos, “los marraches” salían en grupos cada uno con su vaquilla e intentaban tiznar a las mozas.

Son todos ellos rituales de fertilidad que hunden sus raíces antes del cristianismo. Tanto esta fiesta como la de los Perros de Santa Ana, son fiestas que podemos clasificar entre todas aquellas celebraciones invernales en las que aparece la vaca o vaquilla “la vitula” romana. Sería uno de los ritos que Caro Baroja relaciona con las fiestas de las Kalendae romanas que en Enero se dedicaban al dios Jano. Pero puede que hundan sus raíces en ritos de fertilidad todavía más antiguos asociados con las culturas de pueblos pastoriles prerromanos.

En este sentido también apuntan a ritos de fertilidad los frutos, los panes, los regalos y el follaje que adornan al santo

Imagen de San Sebastián preparada para la procesión con un árbol repleto de follaje, naranjas, regalos y panes Imagen de San Sebastián preparada para la procesión con un árbol repleto de follaje, naranjas, regalos y panes

La zona central de la meseta peninsular y Extremadura es la más rica en este tipo de fiestas. El padre Flórez señalaba cómo en los primeros siglos del cristianismo se castigaba con tres años de penitencia a los que a primeros de año se vistieran de ternera o de becerro. También Caro Baroja aporta un texto sumamente significativo de San Isidoro de Sevilla: “Instituyó la Iglesia el ayuno de las calendas de Enero a causa de un error propio de la gentilidad. Fue Jano cierto príncipe de los paganos, por el que se ha dado el nombre al mes de enero y al que los hombres inexpertos, honrándole como a un dios, otorgaron honores religiosos y le consagraron un día con fiestas suntuosas y regocijos. Así los míseros hombres y lo que es peor, los mismos fieles, durante ese día, adquiriendo monstruosas apariencias, se disfrazan a manera de fieras, otros toman aspecto mujeril, afeminando el suyo propio…hacen gritería y danzan…y la turba de depauperado espíritu se excita con el vino.

Morraches levantando sus porras a la salida del santo de la ermita Morraches levantando sus porras a la salida del santo de la ermita

San Sebastián era centurión de la guardia pretoriana del emperador Diocleciano y consolaba y alentaba a los cristianos que conducía al martirio. Delatado, fue mandado ejecutar asaeteado por lo que en su iconografía aparece como un joven con varias flechas clavadas y atado a un árbol o columna. Se recuperó de sus heridas mortales y fue ejecutado de nuevo a golpes tras sufrir numerosas formas de tortura.

San Sebastián es invocado contra la peste y las epidemias en general, a ello tal vez deba su difusión.

Medallón del paso que lleva la imagen de San Sebastián con un morrache dibujado

EL TAMBORINO DE MONDAS (y 3)

EL TAMBORINO DE MONDAS (y 3)
DESDE LA TORRE

3ª PARTE

Novela corta en la que se desarrolla durante la celebración de la milenaria fiesta de Las Mondas en el siglo XVI. Fue el cuadernillo de Mondas editado en 2000    

Ofrenda de cera en el cortejo de Mondas
Ofrenda de cera en el cortejo de Mondas
Los toros que habían muerto en las plazas de las parroquias quedaron colgando y oreándose al fresco de la noche de Abril. Mientras tanto, el sacristán de cada iglesia daba las órdenes necesarias para que se comenzaran a preparar y adornar las carretas. Servirían para llevar a las reses muertas acompañando a la ofrenda de las mondas hasta la ermita del Prado en el desfile de la tarde del sábado.
Diego y su amigo han decidido pasear por todos los barrios. Saben que siempre cae algún dulce de los que tienen preparados los mayordomos de las iglesias, pues con ellos acompañan al vino y al baile que ameniza la tarea de preparar la que las parroquias quieren que sea la más hermosa y enramada de las ofrendas de la villa.

– Vamos hacia los arrabales- dice el tamborino-, todas las gentes que han venido a la fiesta andan llenas de alegría, que no cabe un alma por las calles.

– Iremos primero hacia San Miguel. Llevan muy adelantada su carreta y, cuando la terminen de engalanar, seguro que su sacristán es el primero de todos en tocar las campanas.

Al llegar a la plaza, observan con envidia que dos mozos están encaramados en la torre con una tablilla de lanzar cohetes cada uno. La carreta no puede estar más hermosa, toda adornada de flores, hasta las ruedas, con los radios de rosas rojas y blancas. Uno de los bueyes se está comiendo las trenzas de espadaña que coronan la cabeza de su compañero. Dos mozas se acercan a los animales con sendas coronas de flores que, al ser encajadas entre sus cuernos, dan por finalizada la obra de ornamentación. En ese mismo momento comienzan los de la torre a tirar cohetes y los monaguillos se cuelgan de las cuerdas repicando las campanas con la alegría y el orgullo de saber que su parroquia ha sido la primera en acabar la monda.

Diego y Agustín se acercan a una mujer gorda y colorada. Con zalamerías consiguen que les dé unas floretas que rebosan miel engulléndolas en un santiamén y corren en medio del bullicio  para atravesar el arroyo de La Portiña y dirigirse hacia San Andrés. Casi no se puede deambular por las callejuelas. De las tabernas y figones sale olor a tocino, a morcilla asada y a vino derramado. Los dos adolescentes se fijan en unas mujeres que asoman a la calle con las caras pintadas y llenas de polvos de arroz apurando una jarra entre risotadas.

– ¡ Venid aquí zagales, que os vamos a enseñar nuestra monda! ¿Tenéis dinero rapaces?

Una de ellas coge a Diego de la manga y lo atrae hacia sí. El muchacho nota una extraña sensación cuando le invade el empalagoso olor de la mujer que no para de reírse enseñando sus dientes negros y el pecho que sale blanco y rozagante entre su corpiño desatado.

-Vámonos- dice turbado el tamborino – que ya toca las campanas el sacristán de San Clemente. Acerquémonos para ver su carreta pues es mucha la gente que allí se dirige y puede que la música que ahora se escucha sea la de los comediantes. He oído que harán función esta noche.

Al pasar corriendo por la ventana de uno de los mesones, Diego ve a través de los cristales, acompañado de otros cazadores y colmeneros, a su tío Boni que bromea con una mujer  sentada sobre sus rodillas mientras la besa en el cuello. Ya sabe que su tío no se olvida nunca de visitarla cuando baja del monte y que la mejor carne de venado la guarda para regalársela a ella.

Sobre un tablado actuaban unos cómicos en la calle de la Lechuga con el concurso de todos los pícaros de la villa. La muchedumbre reía y alborotaba cuando, en el escenario, un hombre vestido con un camisón ridículo sacaba del interior de un baúl al amante de su mujer echándole encima las brasas del calentador de la cama.

Al cabo de un rato sonaban las campanas de Santa Leocadia y las de Santiago. Todas las parroquias habían terminado ya de adornar sus mondas y pronto amanecería. Cuando los dos muchachos se retiraron a dormir un rato, los caballeros se preparaban para ir a encerrar los toros de Jarama y las mujeres se levantaban y preparaban el desayuno para poder ir pronto a coger sitio en las ventanas desde donde contemplar el encierro más lucido de las fiestas.

Desde el más diestro de los caballeros hasta el más humilde arriero acudirán con sus monturas. Los toros de Jarama, aunque no son más bravos que los de la tierra, sí que son más a propósito para las suertes de varas que con tanta destreza saben ejecutar los talaveranos, y es conocido que en esta villa se hicieron por primera vez las lanzadas de espera, que fue novedad en todo el reino ver como los nobles aguardaban al toro, quietos sobre su montura, desviándose a un lado de su recorrido impetuoso mientras le mataban de una sola lanzada.

Diego y Agustín se levantaron temprano haciendo oídos sordos de las protestas de sus madres que les invitaban a permanecer algo más en la cama, pero ellos no habrían de perderse la entrada de los caballeros de librea en la plaza de Nuestra Señora. Salieron con el sol a buscar al primo de Agustín, el joven de Cebolla que quería ver los toros desde la torre de la Iglesia Mayor. Los tres subieron por la escalera saltando sobre los montones de palomina. Desde arriba se podía ver el Tajo y en sus orillas humeaban las fogatas de los ganaderos y curiosos visitantes que habían montado sus ranchos para dormir junto al río, pues en estos días no había en Talavera venta, doblado ni cuadra donde pudiera meterse un alfiler. Por la calle de los Siete Linajes comenzaban a llegar los carruajes de los nobles que tenían su lugar reservado en los balcones del palacio arzobispal, en los de los Meneses y Carvajales o en los del ayuntamiento. Acomodados en el tablado que se había montado junto la puerta de la Colegial, Diego señaló, situada delante de sus casas, a la familia del bachiller Fernando de Rojas, el caballero que fue alcalde de Talavera y que escribió la famosa tragicomedia de Calixto y Melibea. En el corral que siempre se armaba entre la torre y el ayuntamiento los muchachos observaban desde arriba con curiosidad cómo se revolvían los nueve toros que habían sido encerrados esa madrugada y de los cuales dos iban a correrse en la plaza inmediatamente.

En medio de la plaza, un apuesto caballero...
En medio de la plaza, un apuesto caballero…

Cuando los tres miraban y comentaban desde su posición privilegiada los escotes de las damas más exuberantes, aparecieron en la torre dos clérigos. Se trataba de un canónigo de la catedral de Toledo que también había subido a contemplar el espectáculo acompañado de fray Andrés, un agustino talaverano,.

– En verdad que es grande la afición de esta villa para correr y pelear con los toros, que no he visto mayor entusiasmo y destreza en los toreadores de toda España- dijo el canónigo.

– Las gentes que pueblan toda esta  tierra, han sido desde siempre muy aficionados, que habrá visto vuesa merced los toros de piedra repartidos por sus villas y despoblados y es grande la antigüedad de esas esculturas, que las pusieron los gentiles antes de que llegaran a Hispania los romanos. Talavera fue la Caesaróbriga de los antiguos que como habéis visto dejaron aquí señales de sus templos y murallas. Cómo no habían de dejar también los hijos de Roma su afición por los táuricos juegos de circo.

– Además, el mucho oficio y el ganarse la vida con el ganado de gran número de sus vecinos debe, por fuerza, haberlos inclinado aún más a estos juegos y lances. Pero, fray Andrés, también hay en esta tierra alguno de sus hijos que no es amigo de las crueldades y riesgos para la vida humana de estas fiestas, pues yo he escuchado en Toledo al padre Mariana, hombre sabio y versado en la historia y las leyes, atacar por poco cristianas a las fiestas de toros y recordar las bulas de Pío V y Gregorio XIII en las que se excomulgaba al cristiano que las practicara, y más a los clérigos, que en esta villa no hacen otra cosa que fomentarlas y participar de ellas con tanto o más entusiasmo que sus feligreses.

– Cierto es, pero está la costumbre tan arraigada en los corazones de los talaveranos y es tan santo su final que no creo yo, que los conozco bien pues llevo en este monasterio muchos años ya, que ni en un siglo ni en veinte dejen de correrse aquí los toros.

– Por cómo resplandece esta plaza y por el gozo que se puede ver en los que en ella se aprestan a disfrutar del espectáculo, tengo que aceptar que es cierto lo que decís fray Andrés. Pero atendamos a la fiesta, que ya se abren los toriles.

En medio de la plaza un apuesto caballero hace figuras y cabriolas con su caballo ante la admiración del público que, impaciente, exige ya a gritos que comience el espectáculo. El toro provoca en su salida el asombro de la gente por su fiereza y por su buena estampa. El toreador lo cita y se arranca persiguiéndole por el ruedo con los cuernos rozando las ancas de su caballo que resbala un quiebro y es alcanzado en el vientre por el toro, lo derriba y se ensaña con él quedando sus intestinos esparcidos sobre la arena mientras los lacayos intentan distraer al toro.

Diego y sus amigos contemplan asombrados el incidente desde la torre.

– Buenas hazañas promete la mañana – dice Agustín -, que el noble caballero es de la familia de los Duque de Estrada y no dejará esta afrenta sin respuesta, el lance de empeño está asegurado.

En efecto, todo caballero que es derribado de su montura debe, toreando a pie, dar cumplida respuesta a su enemigo para no quedar en mala situación ante la plaza y sobre todo ante las damas que lo observan y a las que seguramente ha brindado su actuación en el ruedo. Sólo con su espada y la ayuda de su capa deberá enfrentarse al fiero animal que todavía se encuentra fresco, descansado y sin haber sangrado.

LIBREAS, ATAMBALES Y ESTANDARTES

Toda la plaza se conmovió, sabían que la deshonra de un caballero descabalgado de su montura por un toro no podía quedar así, con mayor motivo si el caballo había muerto de una cornada.

-A lo que parece, el toreador es don Diego Duque de Estrada que es conocido en toda España por sus lances de espada a pie- dijo fray Andrés al canónigo toledano.

– Por fortuna, pues no es fácil matar el toro a pie con sólo la ayuda de los lacayos y la capa. A buen seguro que los Duque no dejarán que en las Mondas, las más grandes fiestas de su patria, quede su nombre mancillado. Y lo digo sabiendo de qué hablo pues en cierta ocasión vi a uno de los caballeros de su familia apearse del caballo y matar un toro de una cuchillada simplemente porque le había arrancado con los cuernos una de sus espuelas.

Los lacayos llevaron a capotazos al animal bajo el balcón del ayuntamiento, como les había ordenado su señor que se fue acercando lentamente al toro, distraído en ese momento con las burlas de unos mozos que le citaban desde el tablado mientras le echaban vino con un gran pellejo. Don Diego le llamó y su rápida acometida casi le atropella, pero con un movimiento de gran ligereza y precisión, el toreador giró clavando su espada en el cuello de la bestia que cayó muerto entre el clamor de los espectadores, sobre todo los panaderos que habían costeado el toro que tan gallardamente había sucumbido a la destreza del noble talaverano. A continuación se corrió el toro de los carpinteros y de los albañiles y con él se hicieron toda clase de lances y adornos con las garruchas.

Cuando murieron estos dos toros, encerrados de madrugada con los otros siete, comenzaron a escucharse  desde la plaza lejanos atabales y chirimías que llamaban a los caballeros para concentrarse en casa del regidor torero. Todos se habían vestido con sus magníficas libreas de azul y blanco cruzadas por bandoleras de plata y oro, con turbante de terciopelo azul, manga, lanza y banderola en los hierros.

– Fue hace más de sesenta años cuando se decidió llevar esta librea porque no fuera cada caballero según su gusto y capricho, que los ricos lucían sus sedas y brocados y los pobres no tenían que poner. Además, fue ésta una prudente determinación pues son esos los colores de la Virgen Santísima a quien se hacen estas fiestas en sus santos desposorios – explicó el fraile al canónigo cuando éste le mostró su curiosidad por el uniforme de los caballeros que se disponían a correr en la plaza -. Aunque otros sabios han visto en estos vestidos la tradición de los moros cuando fueron señores de Talavera, pues ha de conocer vuesa merced que, hasta que Alfonso el Sexto los arrojó de sus murallas, los hijos de Mahoma permitieron a sus vecinos cristianos mantener el culto y devoción a Nuestra Señora en su ermita, porque así lo pusieron como condición cuando rindieron la villa a los soldados de Tariq.

Mientras tanto, los hermanos de la cofradía de la Virgen del Prado, los justicias y alguaciles se disponen para acudir con los caballeros de la villa hasta la ermita donde el capellán les dirá una misa. A continuación vuelven hacia la plaza del Pan. Destaca a la cabeza del cortejo el Hermano Mayor con el gran estandarte de damasco blanco con estrellas de seda azul y la imagen bordada de la Concepción. Al pasar por delante del convento de la Trinidad se detienen ante los monjes que esperan en la calle y uno de ellos, vestido con capa pluvial, les echa agua bendita diciendo unas oraciones. Entra después la comitiva a la villa por la Puerta de Toledo y los franciscanos rinden el mismo homenaje.

Durante el tiempo de espera hasta la entrada de los caballeros en la plaza, el tamborino y sus amigos recorren el doblado de la iglesia mayor donde se almacenan en desorden cuadros húmedos, fragmentos de retablos desmontados y santos apolillados. Todo lo curiosean mientras roban los huevos de los nidos de las palomas.

El redoble de los atabales les avisa que va a comenzar el espectácular desfile de los caballeros y hermanos por la plaza. El Hermano Mayor va abriendo el paso. Los alguaciles todavía están despejando la arena y una carreta bellamente enramada con dos grandes cubas de madera va regando el coso que se ha preparado con más de cien cargas de arenas traídas de Los Arenales. Es grande la animación y mucho lo que hay que ver, tanto en la hermosura de los rostros como en la gracia y bizarría de los aderezos de las personas.

El ruido acompasado de los tambores y atabales, redoblando acompañados de las chirimías, anuncian la llegada de los caballeros de librea que, siempre emparejados, dan dos vueltas al coso. A continuación, dejan sus lanzas y vuelven recorrer otras dos veces el perímetro de la larga plaza de la Iglesia Mayor. Al acabar de sonar la música se dividen los jinetes en dos bandos, salen en tropel por las calles laterales y vuelven en algarada para enfrentarse entre sí jugando a cañas entre las apuestas de las gentes de la villa y las de todas sus aldeas que se ponen de parte de uno u otro bando. Terminado el juego hacen todos los caballeros un caracol demostrando la destreza de los que aquí nacieron, tan naturalmente inclinados a las fiestas de toros y a las monturas.

Acabada la ceremonia ecuestre, algunos caballeros visten de rejón para continuar toreando a los siete toros que aún se guardan en los corrales de la plaza. Por la mañana se han corrido el toro del Ayuntamiento y el de la Mesa Capitular, esta tarde saldrán a la plaza en primer lugar el del Mayordomo de propios y el del Abastecimiento de Carnes pero, a continuación, se lidiarán el de molineros, el de las fraguas, el de panaderos, carpinteros y albañiles, el de los mercaderes y el de los pescadores.

El último ha sido encohetado este año para susto de damas y divertimento de todos y se le permite salir hacia el convento de Santa Catalina echando chispas de sus cuernos y resbalando sobre el barro de las calles. Aunque se lo ha prohibido su madre, el tamborino y sus amigos corren gritando detrás del animal que se revuelve junto a una talanquera. Solamente con el amago consigue que los tres chavales se suban como gatos hasta un balcón que sirve como secadero de pimientos, quedando los tres escondidos detrás de las rojas guirnaldas entre las burlas de los espectadores.

Agustín decide parar en San Pedro cuando oye la música y el bullicio que sale de su interior, entran y el espectáculo no puede ser más alegre, todos bailan, mozos y ancianos, mendigos y caballeros, damas y lavanderas todos unidos con las gentes de las aldeas, pues cada lugar de su tierra tiene una parroquia en Talavera. Diego distingue a Mariana entre la muchedumbre, está apoyada con una amiga sobre la pila bautismal cuchicheando tímidamente sobre los trajes y la destreza en el baile de unos y otros. El primo cebollano de Agustín pregunta por las dos muchachas que hoy lucen su esplendor recatado de adolescentes con el guardapiés nuevo y el corpiño labrado.

– Ni las mires, que una es novia de Diego y la salvó de un toro escapado, o es que no has oído contar su hazaña –dice Agustín socarrón.

El tamborino miró a su amigo con la cara colorada y una mueca de rencor amable mientras se acercan hacia las dos muchachas.

– Baila con mi amiga- le pide bruscamente Mariana a Diego -. Me dice que eres muy gentil.

– Yo sólo bailaré si eres tú la que bailas conmigo- contesta el tamborino.

– ¡Pues a bailar!  – grita Agustín mientras los empuja al corro de gentes que gira y gira con las manos levantadas, danzando alrededor de la monda.

– No seremos menos nosotros – responde el cebollano cogiendo a Agustín y a la otra muchacha del brazo y lanzándose también a dar vueltas con gestos exagerados.

Tambores, flautas y panderos marcan el paso caótico de los parroquianos de San Pedro que saltan, se agachan y se levantan girando alrededor de la monda mientras redoblan las campanas y de todas las gargantas salen canciones de loor a la Virgen del Prado, al santo de la parroquia y a Talavera.

Después de bailar la monda deberá salir la procesión que con la misma alegría llevará la ofrenda hasta la ermita. Por tradición es siempre San Pedro la primera iglesia en enviar su comitiva. El sacristán y el mayordomo intentan poner orden desgañitándose para ordenar los coros de mujeres armadas de grandes panderos que acompañarán con sus cantos el desfile.

Durante el baile Diego ha disfrutado del calor dulce de la mano de Mariana. Comienza a sentir otra vez esa extraña sensación de bienestar que experimenta cuando está a su lado.

– Vámonos  todos al desfile- dice el cebollano- por nada del mundo me perdería las carretas enramadas de los toros. Prometisteis mostrarme todos los prodigios de estas fiestas, que ya voy conociendo la causa de ser tan famosas.

TODOS A LA ERMITA

– Diego no puede ir a ver el desfile- dice Agustín-. Va de tamborino con los de su parroquia, allí le escucharemos redoblar.

– Es verdad, ya me tengo que ir pues empieza a desfilar la comitiva de San Pedro, luego va la de Santa Leocadia y después saldrá mi parroquia, la de Santiago. Mi madre debe ya estar impaciente esperándome con los vestidos que me ha preparado para el desfile.

Agustín y su primo cebollano se separaron de su amigo y se dirigieron corriendo hacia el Prado. Toda la calle de Zapaterías hervía desbordada por el gentío y los tenderetes que vendían dulces, frutas escarchadas, máscaras y berenjenas de Almagro. Encontraron a Mariana comprando paloduz con una amiga y las invitaron a ir con ellos a la ermita para ver la ofrenda de Mondas. La muchacha no pudo disimular su contento cuando le recordaron que desfilaría Diego tocando el tamborino.

– Subiremos a este álamo- dijo el cebollano mientras, acostumbrado a encaramarse a las higueras de su pueblo para coger sus frutos tan apreciados, escalaba el tronco con seguridad.

Desde arriba dio la mano a las dos mozas que se subieron sobre la espalda de Agustín para poder alcanzarla. A lo lejos se escuchaba el ruido de la música que anunciaban la llegada a El Prado de la primera comitiva, la de San Pedro.

...un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos...
…un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos…

En primer lugar iba el pendón de la iglesia y detrás doce parejas de feligreses bailando una danza de espadas acompañados de flautas y tambores. A continuación, cubiertos de sus mejores vestiduras, iban el cura, el beneficiado y los capellanes. La monda desfilaba en medio de un centenar de mujeres cantando y bailando con panderos y dirigidas por la santera de la iglesia. Detrás, niños engalanados montados en pollinos con un pequeño pendón cada uno y seguidos de otros borricos cargados con serones llenos de panecillos. Toda la gente de San Pedro entró en la ermita a ofrecer la monda que fue recibida por el capellán entre los rezos y los cantos de todos los presentes. Después fue colgada sobre la reja del altar mayor con cuerdas que descendían desde el techo.

Apenas habían salido del templo las gentes de San Pedro cuando ya llegaba a la ermita la monda de la parroquia de Santa Leocadia. No era menos lucido el cortejo, pero llevaba además tres carretas enramadas con los toros que se habían toreado la tarde anterior en su plaza. Los animales estaban desollados, limpios, abiertos en canal y cubiertos con el pellejo. En una de las carretas iba subido un hombre con una azada muy serio y altivo simbolizando que el toro al que acompañaba era el de los cavadores; sobre otro de los carros, un mozo con un leño indicaba que el animal desollado a sus pies había sido el Toro del Leño y, por último, el toro de los tenderos iba acompañado por un hombre con una balanza.

Los cuatro muchachos esperaban la llegada de la comitiva de la parroquia de Santiago para poder así ver a Diego con sus galas de tamborino. El recorrido se había iniciado, como era norma, cuando repicaron las campanas de Santa Leocadia indicando que su monda llegaba en ese momento a la plaza. El tamborino iba al frente, junto al pendón, y en la carreta se había subido su tío Boni con una ballesta y su virote para señalar que ése era el toro de los cazadores. En el otro carro, un hombre vestido de hortelano daba grandes voces diciendo a paisanos y forasteros cual era su oficio. La madre de Diego y otras mujeres del barrio habían labrado unos trajes llenos de colorido para los danzantes de las espadas que en esta comitiva llegaban a quince parejas.

Atravesaban El Prado cuando Diego escuchó los gritos agudos y alegres de Mariana y de su amigo Agustín que movían las manos sujetando las raíces de paloduz para llamar su atención. El tamborino sonrió satisfecho de la presencia en momento tan importante de su joven enamorada y redobló su tambor de tal modo que el mayordomo tuvo que llamarle al orden.

Debajo del álamo se habían detenido a contemplar la alegre procesión dos regidores de la ciudad de Toledo invitados por el concejo talaverano.

– Sí que son vistosas estas fiestas de Mondas y es grande el regocijo de las muchas gentes que a ellas acuden – comentó uno de ellos -, pero la ceremonia del Corpus de Toledo no tiene la tosquedad de estos ritos de gentes rústicas que se ganan el pan con las manos.

Cuando se disponía su compañero a responderle, una cigüeña que volvía a la espadaña de la ermita voló sobre sus cabezas y dejó caer sobre los dos regidores toledanos todo el líquido pestilente que contenía su cloaca bañándolos por completo de sus heces.

– Ranas podridas deben haber comido esta mañana las picudas, que han vaciado el vientre en los nobles caballeros- dijo socarrón un colmenero de La Estrella cuando los curiosos que contemplaban la procesión, y que a duras penas soportaban ya los comentarios despectivos de los regidores, rompieron en carcajadas mientras, corridos y humillados, los dos olorosos espectadores marcharon avergonzados mientras sus criados apartaban a la gente.

Los muchachos perdieron de vista a Diego cuando entró en la ermita pero permanecieron en el árbol para ver pasar todas las mondas de las demás parroquias. La siguiente comitiva fue la de San Miguel con el toro de los pescadores, enramado y adornado su carro con redes, aparejos y encañados. Por último la de El Salvador también con sus toros y los hombres que sobre los carros figuraban al gremio que los había pagado, los escribanos, los mesoneros, los tejedores y los quinteros.

Acabados las ofrendas, volvieron las parroquias hacia la villa en desfile tras de haber presentado sus mondas que quedaron suspendidas luciendo los dibujos multicolores de sus celdillas de cera. El interior del templo resplandecía a la luz de los cientos de velas y cirios que siempre iluminaban a la reina de las ermitas en estos días.

Las mujeres bailaban con más desenfado que a la venida y los párrocos apenas podían contener la alegría desbordante que era acompañada por el paloteado de las danzas de espadas y la música. Diego participaba de esa explosión de alegría colectiva y casi se olvidó de Mariana, hasta que despertó al sentir el dolor producido en las muñecas por el repique entusiasta de su tambor.

Alguno de los borriquillos que montaban los niños corrieron desbocados con el susto consiguiente de sus padres, mientras que otros pollinos se negaban a dar un paso más por mucho que insistiera el cortejo. La gente comenzó a tirarles del rabo para conseguir moverlos y empezaron a correr los pellejos de vino antes incluso de que el cortejo llegara con su pendón de vuelta a la iglesia.

Diego volvió hasta Santiago acompañado por sus amigos que fueron bailando a su lado. En el camino pasaron por la calle de Mesones donde fueron viendo todas las bodegas y tabernas repletas de gentes que cantaban con las jarras de vino en la mano. Al acabar la ceremonia y deshacerse la comitiva, Diego se abrazó a sus amigos y les propuso volver otra vez a la ermita.

-Vamos a ver como despiezan los toros. Uno de los matachines es mi tío Boni, luego nos dejará llevar a los conventos los pedazos de carne que les tocan. Siempre tienen algún dulce de albricias para los portadores del presente de Mondas.

Cuando llegan, un capellán está bendiciendo la carne y Boni, lleno de sangre hasta las cejas, bebe agua y se lava las manos en un cubo. Un escribano y un caballero a cuyo cargo está la carne vigilan que el despiece y el reparto sean los adecuados. El suelo ha sido barrido antes y la carne está dispuesta sobre retama verde para que todo se haga con limpieza. Primero se aparta la mayor parte para los pobres que acudan a la ermita que también les abastecerá ese día de pan y vino. Otra porción abundante irá a los hospitales y se repartirá el resto entre los monasterios, el cabildo, el clero y el concejo. Si todavía sobra se dará a los vecinos que lo pidan distribuyéndose en borricos por las calles.

– Corred a llevar estos dos serones al convento de San Agustín, ya he dicho yo a fray Basilio de Alcaudete que se porte bien con vosotros- ordena Boni a los chicos.

Diego coge un asa con cada mano y sus compañeros las otras dos y pasando junto al alcázar llegan al monasterio donde obtienen una perrunilla por traer la carne bendecida que se ha toreado en honor de la Virgen. Los tres devoran su premio en un momento y en el camino se cruzan con parejas de hombres con pollinos que reparten porciones a los vecinos por las calles sin que ningún pobre de la villa quede sin su ración. Muchos incluso piensan que la carne de los toros curará sus calenturas, que son muchos los que en la villa las padecen por estar el río muy detenido con las presas de los molinos.

SE ACABÓ LA FIESTA

Habían transcurrido dos semanas de fiesta y el cansancio hacía ya mella hasta en la exultante juventud de Diego. Hoy es Domingo de Mondas, la última jornada, ya pasaron los toros y será un día religioso de procesiones y resaca festiva. Un día en el que el tamborino va a desfilar redoblando su tambor delante de la comitiva de la tradicional procesión del pendón de Santiago y no va a poder por ello disfrutar toda la jornada junto a Mariana. Pero esta mañana irán juntos a ver la monda de la Colegial. Por primera vez van a estar solos, sin la compañía de Agustín y su primo el cebollano.

Mariana vive junto al río y hacia allí se dirige Diego con la emoción del adolescente que se adentra en la misteriosa selva del conocimiento del otro sexo. Al pasar junto al cementerio de San Clemente se detiene junto a un boquete de la muralla desde el que se pueden ver dos barcazas con armas y pertrechos que descienden río abajo hacia Portugal  custodiadas por una guarnición de soldados. En otras ocasiones se ha acercado al Tajo con otros chicos del barrio para observar las complicadas maniobras de los marineros de agua dulce cuando intentan descender la presa de los molinos de Abajo.

Mariana le espera sentada en un tajo de corcho a la puerta de su casa mientras se entretiene hilando lino. Cuando ve al muchacho deja en un cesto la rueca y corre a su encuentro. Juntos se dirigen hacia la plaza del Pan donde empiezan a llegar los caballeros vestidos con sus libreas y las damas con sus más elegantes vestiduras. Desde hace ya algunos años la monda de la Iglesia Mayor no se lleva el sábado a la ermita, sino que es el domingo por la mañana cuando se baila y es ofrecida por la nobleza con el concurso de toda la villa que no quiere perderse la ceremonia más lujosa de todas las fiestas.

La monda se encuentra en el interior del templo, es de madera con forma de custodia ochavada y en su interior se ven las dos imágenes pequeñas de los Desposados a quien se dedican estas fiestas.

– Mira que lindo va San José vestido con la librea de los caballeros talaveranos- dice el tamborino a su compañera.

– Es cierto, pero también lucen bien galanes todos los señores caballeros con sus libreas blancas y azules. Hasta el menos diestro bailará hoy la monda de Nuestra Señora pero la verdad es que cuando danzan a su alrededor, por más empeño que ponen algunos de ellos, no dejan de parecer gallinas alborotadas por el zorro, aunque lo hagan con mucha gravedad- respondió Mariana.

Azulejería de J Arroyo 1970 que representa a los niños acompañando el carrito de Mondas

El espectáculo no deja de ser curioso pues se baila sin música, ni siquiera de tamborinos. Los más ricos hombres de la villa dan vueltas sin concierto alrededor de la monda, lanzando vivas a los Desposados y a la Virgen del Prado. Las gentes humildes de Talavera sienten verdadera curiosidad por contemplar los movimientos a veces un poco ridículos de los más poderosos. Apenas pueden contener la risa al ver a don Agustín Suárez de Carvajal mover sus muchas arrobas de peso embutidas en su lujosa librea, o a don Beltrán de Meneses bailando con su hermosa mujer que no hace sino mirar descaradamente a don Gonzalo de Loaysa, con el que toda la villa sabe que se reúne para yacer en una huerta cercana al Prado del Arca. Todos comentan el embarazo de doña Blanca de Ayala que se ha casado demasiado rápidamente con don Miguel de Bazán. El pueblo disfruta con las debilidades de aquellos que durante el resto del año les harán sudar sobre los surcos.

Aunque el baile de la monda se ha hecho sin música, las chirimías, las trompetas, los atabales y los musicantores se van situando junto al Hospital de la Misericordia para comenzar la procesión con toda la pompa que requiere el alarde de los poderosos. Los caballeros van con sus velas de dos en dos y, detrás, es llevada la monda por cuatro clerizones sobre andas doradas con el deán de la Colegial acompañado de todos los curas y beneficiados. Después desfilan el corregidor y casi todos los vecinos de la villa. Al llegar el cortejo al convento de San Francisco les esperan los frailes con la cruz y un altar bien aderezado de flores y tapices. Es tanta la concurrencia que cuando la multitud está todavía en la plaza del Comercio, la cabecera de la procesión sale ya por la Puerta de Toledo.

La ermita está a rebosar y mucha gente debe permanecer fuera del templo durante la ceremonia. Los caballeros ofrecen sus velas al capellán y comienza el sermón para el que se ha traído a un clérigo muy afamado predicador de la Universidad de Alcalá. Habla de las grandezas de la villa y de la nobleza de sus caballeros, de la antigüedad y de la fama de la fiesta y de la devoción de los talaveranos por la Virgen del Prado.

Todos se llenan de júbilo cuando, al acabar la misa, varios hombres comienzan a salir de la sacristía con unos costales bordados con el símbolo de María en el que se han guardado cientos de panecillos. Todo el mundo espera recibir el suyo, marcado con un sello en el que aparece la Virgen con el Niño, esperando sus beneficios protectores igual que los gentiles los esperaban de las cenizas de los toros sacrificados a los dioses paganos. Hasta veinte fanegas de panecillos se lanzan al pueblo desde una ventana de la iglesia.

Todos vuelven en procesión a la Iglesia Mayor para después ir a comer a sus casas, donde desde el más pobre al más rico ha preparado lo mejor que tiene para alegrar el estómago en día tan señalado. Diego y Mariana se retrasan en llegar porque el tamborino quiere quedarse en la capilla bautismal. Allí se reunirán todos los jóvenes nobles para repartirse en las cuadrillas que por la tarde pelearán en los juegos de cañas. Cómo le gustaría a ser uno de ellos.

– Si yo pudiera jugar a cañas llevaría en mi adarga grabada tu inicial y tú me darías un pañuelo que anudaría en mi manga sarracena para que todos vieran que eres mi dama- dijo tímido el tamborino.

– Yo labraría el mejor de los bordados en ese pañuelo, que ni las labranderas de Lagartera lo harían mejor- contestó ruborizada Mariana.

– Tú me verías desde el tablado salir con mi cuadrilla seguido de los lacayos llevando los cestos de las cañas. Tocarían los atabales y yo rompería en astillas cien cañas contra mi enemigo haciendo que después se inclinara mi caballo delante de ti.

– Anda calla y vamos a comer, que si llego tarde no permitirá mi madre que vaya a verte a la procesión del pendón de Santiago.

Después de vísperas el redoble enloquecido de las campanas de Santiago llama a los caballeros para que acudan de librea y a caballo a recibir el pendón de la iglesia del patrón de España. Allí esperan los parroquianos con el cura que se lo entrega a los jinetes para que lo lleven en procesión a la ermita. Diego con su tamborino abre la comitiva que va recorriendo la villa. Va por la calle de Mesones hasta la plaza, baja la Corredera y pasa delante del Salvador de los Caballeros saliendo por la puerta de la Miel. Recorre el camino junto a La Portiña donde las gentes humildes de los arrabales salen de sus casas para ver el cortejo. Entre ellos está Mariana que sonríe orgullosa al ver pasar a Diego. Entran por la puerta de Mérida y por San Pedro van a la puerta de Toledo y de allí a la ermita, y cuando van pasando por las torres y las puertas de la muralla, por los palacios y por las iglesias, Diego comprende porqué el predicador hablaba de las grandezas de Talavera de la Reina, de su antigüedad, de su nobleza y de su abundancia en todo género de frutos, de su virtud, de sus letras y de sus armas. Diego se siente un talaverano al que invade la ansiedad por degustar todo lo hermoso que le pueda ofrecer la vida a sus quince años.

Miguel Méndez-Cabeza Fuentes

Año 2000

FIESTA DE SAN ANTÓN. NAVALMORALEJO

SAN ANTONIO ABAD

Panel de azulejos representando a San Antonio Abad procedente de su antiguo hospital, hoy en la ermita de El Prado. Siglo XVI Panel de azulejos representando a San Antonio Abad procedente de su antiguo hospital, hoy en la ermita de El Prado. Siglo XVI

Nació san Antón en el Alto Egipto en el siglo III, retirándose al desierto y siendo el primer anacoreta y fundador de la vida eremítica en el desierto de Tebas, lugar poblado de viejas tumbas y cuevas donde se comenzaron a retirar devotos deseosos de soledad espiritual. cuenta su leyenda que el demonio le sometió a numerosas tentaciones que supo soslayar y que se representan en variadas escenas de su vida que comentaremos en otra ocasión.

Fueron tantos los discípulos que acudieron a compartir con él su vida de retiro que construyó en aquel desierto numerosos monasterios e incluso emperadores o padres de la Iglesia como San Atanasio fueron a pedirle consejo. Fue tanta su fama que al morir con ciento cinco años le pusieron el apodo de “El Grande”.

En los monasterios de los monjes antonianos y en sus hospitales, además de otras enfermedades se trataba principalmente el ignis sacer o fuego sagrado, llamado así por producir un enrojecimiento de la piel producida por la intoxicación denominada ergotismo. Estaba originado por el envenenamiento con el pan contaminado por el cornezuelo del centeno, muy habitual en la antigüedad y en la Edad Media, un hongo que también producía alucinaciones por ser uno de sus componentes el ácido lisérgico, el moderno LSD o “acido”de la psicodelia de los años 60. Algunos autores han aventurado la posibilidad de que alucinaciones colectivas y episodios de supuesta brujería de la Edad media tuvieran que ver con intoxicaciones masivas con este hongo.

Detalle del panel anterior donde aparecen los animales, de los que el santo es protector Detalle del panel anterior donde aparecen los animales, de los que el santo es protector

También ha estado vinculada a San Antón la curación de los animales y todavía el día de su fiesta el 17 de Enero se hacen bendiciones y desfiles con animales que en Talavera por su proximidad al antiguo hospital del santo se han venido celebrando principalmente en la parroquia de San Andrés. Los monjes tenían el privilegio de criar cerdos en los robledales y encinares. Durante todo el año campaba libremente en muchos pueblos el “guarro de San Antón”, que era alimentado por todo el vecindario y que se sacrificaba el día de la fiesta, por eso aparece en muchas de las representaciones del santo. Durante el siglo XVII los cerdos de sus Hospitales gozaban de derechos especiales de pasto y ya se les reconocía por la campanilla. Para algunos es en realidad la representación del diablo que tentó a san Antonio en tantas ocasiones, y para otros aparece como símbolo de la grasa que se utilizaba para fabricar los remedios que servían para tratar el ignis sacer. Otra versión dice que el demonio se le apareció en forma de jabalí y Antonio le venció y domesticó. Uno de los atributos del santo es la campanilla que lleva el lechón y que para algunos servía para ahuyentar a los malos espíritus por alusión a las tentaciones de san Antonio.

Procesión de San Antón en Navalmoralejo Procesión de San Antón en Navalmoralejo

Aparece siempre el santo como un anciano vestido con el hábito de San Antonio de sayal oscuro con capuchón. Sostiene frecuentemente un bastón terminado en forma de T. También aparece en muchas ocasiones la letra egipcia tau como símbolo del santo y de su orden. Es frecuente que se dibuje en las escenas una ermita que simboliza la vocación eremítica del santo tebano, como sucede en su representación en los azulejos de la Basílica de El Prado.

Los romanos celebraban también en Enero unas fiestas llamadas consualias en las que se pretendía librar del mal a los animales. Se coronaba a los asnos delante del altar de Júpiter y no debemos olvidar que en algunas localidades de España entre las que destaca Madrid se coronaba un rey de porqueros y un rey de los puercos.

Los animales que aparecen con más frecuencia en sus rituales y simbología son los cerdos y los equinos y hoy día todavía muchos de sus festejos cuentan con la presencia de caballos y de hogueras que a veces se saltan con ellos.

Tirándose por la "peña fariza" en Navalmoralejo el día de San Antón Tirándose por la “peña fariza” en Navalmoralejo el día de San Antón

La victoria sobre demonios y espíritus malignos es otro de los elementos característicos de este santo como justifica su hagiografía y en un santo agrario tan antiguo como éste no es raro que se invoque su protección tanto para pedir buenas cosechas y cría de ganados y para los humanos. En este sentido contamos en la comarca con un curioso ritual en el pueblecito jareño de Navalmoralejo. Sus gentes celebran la misa, bendicen a los animales y hacen procesión con el santo. Comparten después una comida y los vecinos se dirigen a un paraje cercano al pueblo donde se la gente se desliza por una piedra granítica a modo de tobogán para que el año siguiente les sea favorable en todos los sentidos. Cuando visité el pueblo me decían para poner en valor la costumbre que antiguamente se tiraba por la “Peña Fariza” hasta el médico y la guardia civil. En el lenguaje de la comarca “fariza” es tanto como “resbalosa” y farizarse o esfararse es resbalarse. El santo era también protector de varias enfermedades como la peste y la rabia.

Otros elementos comunes a esta fiesta son las hogueras que algunos interpretan como culto al sol y no hay que olvidarse que el santo y sus monjes llevaban la letra o cruz de tau símbolo de la divinidad solar egipcia y de la orden.  Aquí también hay que reseñar que San Antón protegía del rayo.

Otro día hablaremos de la abundante iconografía del santo en cerámica de Talavera procedente en su mayoría del desaparecido hospital que tuvo la orden en el barrio de San Andrés como hemos comentado ya.

EL TAMBORINO DE MONDAS (2)

Desfile de Mondas Desfile de Mondas

EL TAMBORINO DE MONDAS

2ª PARTE

Novela corta en la que se desarrolla durante la celebración de la milenaria fiesta de Las Mondas en el siglo XVI. Fue el cuadernillo de Mondas editado en 2000    

¡YA LLEGAN LOS TOROS!

Sobre el empedrado de la calle de San Sebastián corretean dos chiquillos con sus caballos de caña jugando a toreros. Utilizan otra caña por garrocha mientras uno de ellos, armado con dos enormes cuernos de vaca, hace de novillo. Durante estos días todos los niños de Talavera no se entretienen con otra cosa

El tamborino y su amigo toman sus tirachinas y corren siguiendo el arroyo de La Portiña hasta llegar a la Puerta de Mérida. Se dirigen hacia la Iglesia Mayor y, al desembocar en la plaza, Diego observa sorprendido cómo su amigo Agustín salta hacia uno de los portalones tocándolo con la palma de la mano mientras se santigua.

– ¿Qué haces?- dice el tamborino.

– ¿Has visto esos hombres clavando los tablones de la talanquera que habrá de evitar la huida de los toros que se corran mañana en la plaza?.

– Sí, y también he visto que tropezaste con uno de ellos.

– Pues es el verdugo, que tiene por obligación cerrar esa calle para la fiesta de toros y haberle rozado no es motivo de buenos augurios, por eso he tocado madera.

Van saltando vallados y talanqueras en todas las calles por donde habrán de correrse los toros, desde la plaza del Pan hasta la ermita. Por todas las plazuelas de las parroquias se amontonan los tablones y los troncos que formarán los cosos donde se lidiarán veintidós toros en los días siguientes.

Los muchachos siguen la orilla del río y se detienen a observar con curiosidad cómo los pescadores descargan una barca repleta de barbos y anguilas mientras sus mujeres remiendan y cuelgan las redes en Los Arenales. Diego se acerca a una muchacha de trenzas y ojos verdes que está hablando con una de las hijas de los pescadores. Es la muchacha que le había sonreído el día del desfile de los gallegos y la saluda:

-¡Hola Mariana!¿ Dónde vas?.

– A llevar el almuerzo a mi padre que está echando unos jornales en la dehesa de Palomarejos.

– Vente con nosotros y veremos llegar a los vaqueros con los toros de Las Mondas, que muchos vienen de Guadarrama por la cañada.

– Pero a mí me dan miedo.

– ¡Bah!. No temas, vienes con nosotros- dice Diego muy gallito mientras la muchacha se sonroja.

– ¡Vale! Pero los veremos desde lejos.

Los tres muchachos están cogiendo nidos y lanzando piedras a las carpas que asoman la boca debajo de los álamos de las orillas del Tajo. Más tarde, comienzan a esconderse entre las atarfas que forman un laberinto de túneles y pasadizos entre su ramaje tupido. Diego se ve de pronto solo con la muchacha, sintiendo cerca su aliento y queda embobado mirando a la arena cuando nota que Mariana le ha dado un beso en la mejilla. Después,  echa a correr turbado hacia los fresnos donde espera su amigo.

Ya se pueden escuchar los gritos de los vaqueros desde El Alamón, dicen que es el álamo más grande de todo el reino y bajo sus ramas se puede ver hoy descansando a un grupo de toros rodeados por los ganaderos a caballo con sus garrochas. Otra vacada se acerca desde el puente de Alberche y, como uno de los sementales es muy arisco, para evitar enfrentamientos que puedan causar heridas al ganado, el mayoral del primer grupo da la orden de continuar la marcha. Desde las alamedas cercanas los tres muchachos van corriendo detrás de los animales. Después de dejar el gazpacho y un poco de pan con tasajo a su padre, la mocita sigue con sus amigos hasta Talavera.

Es la muchacha que le había sonreído... Es la muchacha que le había sonreído…

Cuando llegan a los prados y arboledas que rodean a la ermita les sorprende el espectáculo. Más de cien toros bravos pastan y beben a las orillas del arroyo de Papacochinos. Mariana deja escapar un grito apagado de temor echándose hacia atrás, pero el tamborino, tomándola del brazo, la lleva junto a la plaza de la ermita. Detrás de unas gavillas de paja hay un boquete por donde se puede subir al sobrado del hospital.

– Desde aquí lo veremos mejor- dice subiéndola hacia el caballete del tejado donde se acomodan.

Un vaquero, queriendo demostrar su destreza, pica a uno de los toros de otro mayoral que, a su vez, hace lo mismo con el del vecino. El revuelo que se arma es grande cuando los toros comienzan a correr de un lado para otro y se acercan peligrosamente. Los curiosos emprenden una huida desordenada causando el regocijo de los presentes. Un tratante de ganados que ha venido  acompañando al canónigo torero comenta:

– Miren vuesas mercedes si es santa esta fiesta que he conocido yo otro jueves de Mondas en que un pobre que aquí se hallaba pidiendo limosna muy cargado de muletas y de vendas en las piernas, viendo venir un toro, corrió más que un gamo hasta ponerse en salvo, en que se conocerá cuan santos son los toros que se corren en esta fiesta, pues hasta hacen milagros.

Desde La Jara van llegando también otros toros que cruzan el río. En lo alto de las murallas las gentes gritan y llaman al ganado que remolonea para cruzar el puente. A veces los animales se vuelven y entran en el río pasando los vaqueros no pocos trabajos para sacarlos. Uno de ellos cae al agua al dar su yegua un traspié y sale con su sombrero adornado de ovas y espadañas entre las burlas del público.

Diego señala a Mariana hacia la ermita de San Joaquín por donde ya aparece la comitiva del Regidor Torero con la llave de los toriles colgada del cuello. Se acerca para unirse al Canónigo Torero y escoger juntos las reses. Los vaqueros, al enterarse de su venida, comienzan a picar a los animales que se revuelven inquietos. Al llegar el cortejo los mayorales saludan a las autoridades inclinando la cabeza, bajando las garrochas y haciendo que sus monturas doblen las rodillas.

La comitiva va desfilando delante de los toros comentando y señalando:

– Ese cárdeno. No, parece que cojea. Mire vuesa merced aquel abrochado de cuerna que parece bueno.

-Muy acoceador se le ve, dejémosle. Mejor aquel ojinegro.

Pasan lentamente delante del ganado mientras ordenan al escribano que vaya tomando nota de las cabezas que van eligiendo. Entre sus legajos lleva anotadas las cantidades con las que han colaborado las aldeas para comprar el ganado. Mientras se desarrolla la elección, el público hace en voz alta sus comentarios, aprobando o condenando la elección.

Diego explica a su compañera cogiendo tímidamente su mano que al día siguiente, bien de mañana, la compra se hará definitiva y sólo entonces, cuando se hayan comprado los toros que se torearán en la Iglesia Mayor, podrán las parroquias escoger los suyos.

– Mira lo que tengo- dice la muchacha mientras saca un pañuelo con unas rosquillas- Comeremos algo y podremos quedarnos aquí para ver esta tarde el desfile y las carreras de los caballeros, no hallaremos mejor lugar.

En efecto, los dos pisos de la plaza de la ermita comienzan a llenarse de gentes elegantes, casi todos son damas y ricoshombres que han vestido sus mejores libreas para acudir a ver cómo se corren los dos primeros toros de Mondas, los del jueves por la tarde, que engolosinarán a una población que no hablará de otra cosa durante días.

Diego mira los tobillos de Mariana que asoman bajo el guardapiés y siente algo parecido al calor que le sube a la cabeza cuando su tío Boni le hace beber entre bromas algún sorbo del aguardiente que él mismo destila. La moza mira como distraída a las palomas de la ermita mientras esperan que empiece la función.

Comienza a sonar en la lejanía una música de atabales, trompetas y chirimías. Un cortejo de gente a caballo con el Alguacil Mayor y sus ministros al frente llegan con el Corregidor y entran en la plaza con mucha pompa y andar ceremonioso. El público prorrumpe en una gran ovación. La comitiva vuelve a salir de la plaza y los caballeros regresan a la carrera dando dos vueltas al ruedo. Vuelven a salir y entran nuevamente al galope de dos en dos dando otras dos vueltas entre el delirio de la multitud. Acaba de comenzar la Fiesta de Toros

DE PLAZA EN PLAZA, DE CALLE EN CALLE

Diego tenía la retina llena de imágenes: Mariana corriendo después de darle un beso bajo los tarayes, los toros peleándose entre los álamos, Mariana y él de la mano subidos en el tejado del Hospital de la ermita, las garrochas y las yeguas de los mayorales; todo se mezclaba en su cerebro que se despertaba en un viernes de Mondas. Por eso, su primer impulso fue buscar esa mañana a su amigo Agustín para volver junto a la ermita, donde los toros elegidos el jueves esperaban la ceremonia de la compra y apartado. Además así, a lo mejor, podía hacerse el encontradizo con Mariana.

Cuando pasaban los dos  por el convento de San Francisco vieron salir de su iglesia a un grupo de campesinos que en medio llevaban una monda. Al frente iban dos jinetes montados sobre magníficos caballos negros y seis mozas cantando, bailando y dando vivas a la Virgen del Prado. Al pasar junto a la comitiva, Agustín se acercó a uno de los muchachos que iban tocando las chirimías y le dijo:

– ¿Primo Joaquín que haces en mi pueblo con esos vestidos de damisela?

– ¡Agustín! ¡Qué alegría! Voy a quedarme dos días en Las Mondas y deberás cumplir lo que me prometiste en la ermita de San Illán, cuando llevasteis a ese pariente vuestro creyendo que le había mordido un zorro rabioso, pues me aseguraste, y no habrás de olvidarlo, que en las próximas Mondas vería los toros contigo desde el balcón de tu casa.

– Antes me cortaré una oreja que no cumplirlo primo. Pero dime donde vas tan galán.

– Sabes que los vecinos de Cebolla somos vasallos de los Condes de Oropesa que heredaron su señorío de los Ayala. Los antepasados de tan nobles señores están sepultados en su capilla de la Iglesia Mayor donde llevamos esta monda como es costumbre antigua, allí la custodiaremos hasta que esta tarde la vayamos a ofrecer a vuestra hermosa ermita de El Prado. Antes nos habrá dado un convite nuestro señor en sus casas de Talavera, que es cosa de ver como nos agasaja y el baile y el regocijo que en su palacio formamos los de Cebolla.

– Pues cumpliré lo prometido y mañana verás los toros desde el balcón de mi casa. Mis padres son los campaneros de la Iglesia Mayor y ni los duques ni los marqueses tendrán mejor asiento.

Los muchachos se despidieron y siguieron su camino hacia El Prado, donde los toros esperaban el encierro. La mitad de los animales que debían ser toreados junto a la iglesia de Santa María recorrerían las calles que ya estaban bien cerradas con talanqueras y empalizadas. Una multitud se dirigía hacia el arranque de la carrera donde más de doscientos jinetes aguardaban vestidos de colores vistosos y con los caballos enjaezados. Desde los más gentileshombres con sus corceles hasta los más sencillos ganaderos que habían traído sus caballos y yeguas de faena para participar en la fiesta, todos se lucían ufanos y alegres por las calles. Causando la risa de la concurrencia apareció dando trompicones, montado en una burranca flaca y llena de esparabanes, un borrachín que hacía burla de los elegantes caballeros. Las dehesas y alijares de Talavera se quedaban estos días desiertos de vaqueros, pastores, rabadanes y mayorales que limpiaban  sus caballerías y las adornaban con  ramos dibujados con las tijeras de los mejores esquiladores, haciendo con sus crines y sus colas trenzas y moños llenos de lazos y de cintas de colores.

El escribano que hacía de maestro de ceremonias dio la salida cuando se lo indicaron el Canónigo Torero y el Regidor y, saltando chispas del empedrado de las calles, fueron los jinetes recorriendo toda la carrera con los balcones abarrotados de gente, sobre todo mujeres que ese día habían sacado las mejores telas, terciopelos y damascos para aderezar las ventanas. Los palacios y las casonas lucían banderas y gallardetes con las armas de sus dueños y las casas más humildes habían sido blanqueadas.

El tamborino y sus amigos miraban a través de los palos el paso de los toros cerca del palacio de los Duque de Estrada, observando la maraña que formaban las patas de los  caballos, las de los toros y las garrochas que avanzaban en acelerada confusión. Pero  uno de los jinetes se volvió para saludar a sus hermanas en una ventana y el caballo giró provocando que su vara larga se atravesara entre los dos muros de la callejuela. Solamente faltaba un toro por pasar pero, saltando sobre el montón de caballos caídos, pasó por encima  de la talanquera saliendo libre hacia la plaza del Teatro donde bailaban y bebían algunos despistados. Diego miró hacia atrás y vio horrorizado cómo Mariana venía con una cesta de ropa desde el convento de San Benito, el toro cogió a un mozo ya cargado de vino y lo volteó en el aire rasgando sus calzas y dejándole inconsciente en el suelo. Mientras tanto, Diego había llegado junto a Mariana que permanecía inmóvil, aterrada frente al toro delante del tenderete de un buhonero. El muchacho se colocó de un brinco a su lado y, tomando el cesto de ropa, lo lanzó contra la cabeza del astado que enredó sus cuernos con la sotana del capellán del convento mientras Diego y Mariana se refugiaban debajo de un carro. La sotana se movía con las embestidas del toro como si fuera un pelele causando las risas de la gente. Tres hombres sacaron una gruesa soga de los corrales del palacio arzobispal y con ella enmaromaron al animal conduciéndolo hasta la empalizada que se montaba todos los años para encerrar a los toros junto a la torre de la Iglesia Mayor.

Los dos jóvenes salieron de debajo del carro con un susto de muerte. Todos los presentes felicitaban a Diego por su valentía y él recibía ruborizado los manotazos de los avinados espectadores. Mariana miraba espantada hacia donde el hombre corneado comenzaba a recuperarse, aunque parecía tener un brazo quebrado. Cuando quedaron solos se acercó a su enamorado compañero y con la mirada llorosa le dio las gracias para después  desaparecer corriendo entre el gentío. Agustín felicitó a su heroico amigo y juntos se fueron a comer.

La calle de Zapaterías comenzaba a llenarse de caballeros vestidos de gala para las carreras que en su travesía se hacen los viernes de Mondas antes del encierro de los toros de las parroquias. Las damas también vestían de diferentes colores y paseaban coquetas recibiendo los requiebros de los talaveranos y de los muchos forasteros que habían llegado a la fiesta de este año.

En una esquina, un ciego declamaba unos versos animado por el sonido de los relinchos y el de los cascos de los cientos de jinetes que se exhibían entre la plaza del Comercio y el convento de San Francisco.

Más de mil puestos jinetes

diestramente enjaezados

muy grande unión de centauros

Las Mondas van celebrando

que son de la Europa el pasmo

que a Castilla han asombrado

Toros, danzas, devoción

¡Gloria a la Virgen del Prado!

Después de zamparse una bien guisada perdiz de las que había traído su tío Boni, el tamborino y su amigo se dirigen hacía la Puerta de Toledo. Junto a ella se ha montado el corral donde se encierran los toros que habrán de torearse en las parroquias. Algunos de los curiosos reconocen al joven héroe de la mañana y lo señalan con el dedo.

– ¿Has visto? – dice Agustín- todos te miran.

– ¡Anda bolo! Vamos a San Clemente que allí se torea el primero, tomemos un buen lugar para verlo –responde Diego avergonzado por los halagos.

El camino se hizo difícil por las carreras de los encierros y las empalizadas que dificultan el paso, ya que desde este corral se empiezan a correr por las calles los cuatro toros de la parroquia de San Salvador, los tres de Santa Leocadia, los dos de Santiago, el de San Miguel y el de San Clemente. Junto a los toriles, dos caballeros toman un refresco traído por sus criados y comentan:

– Habrá visto su merced que todo es alboroto y confusión pues llevan a los toros por muchas calles y, aunque se pone cuidado en cerrar con talanqueras y barreras las bocacalles, se escapan algunos animales y, seguidos de los jinetes, se extienden por toda la villa y no hay lugar seguro ni de toros ni de caballos. Todo el mundo anda con recelo y cuidado pero no basta, porque los más compuestos y aún las damas de más alcurnia se hallan obligadas de perder su gravedad.

El que habla es el marqués de Velada, noble muy aficionado de los toros que ha invitado al caballerizo del rey para venir a Talavera y conocer fiestas tan famosas.

Los dos muchachos han llegado a la plaza de San Clemente que está adornada a la entrada con dos grandes gavillas de varas de fresno de las utilizadas por los vareadores en su oficio. Son ellos los que pagan el toro de esta iglesia junto con los vendimiadores, que a su vez han amontonado muchas cargas de sarmientos para hacer una gran hoguera después de que muera el toro. Echan una mano en los preparativos los recogedores de espárragos y criadillas, y los que venden yerba verde, que por ser este toro también suyo es siempre el mejor alimentado y el más lustroso de Las Mondas.

Uno de los jinetes montados a la brida... Uno de los jinetes montados a la brida…

TALAVERA ES UN COSO

El toro de San Clemente se desangraba rodeado de los mozos del barrio que le daban puntapiés. Un hombre tuerto vestido de harapos, uno de los pobres que piden limosna a la puerta de esta parroquia, le ha partido la cerviz casi hasta descabezarle tras haberle distraído moviendo sus andrajos. Al caer el animal por los suelos, todos los menesterosos de la villa irrumpen en un grito de júbilo. Este toro lo han pagado también ellos pues ni siquiera las clases más miserables quieren dejar de participar en la fiesta de toros que se hace en honor de la Virgen del Prado, colaborando cada uno según sus escasos bienes en la compra del animal y, aunque su contribución sea humilde, son más de cuatrocientos los indigentes que sienten como algo suyo el toro de los vareadores de San Clemente.

– Vamos corriendo a la plaza de San Miguel y así llegaremos a tiempo de ver salir el toro de los podadores, que también le corren a pie- dice apresurado Agustín a su amigo Diego.

Los muchachos corren atropellando a las gentes que en riada humana se dirigen hacia las parroquias de los arrabales nuevos. Todos van bebiendo y comentando a gritos los peligros de la lidia y los revolcones que han sufrido los más atrevidos.

Cuando llegan, los dos muchachos consiguen subirse a un carro y ven sorprendidos cómo uno de los criados del corregidor que había luchado en Flandes ha soltado a tres alanos que se trajo de allí. Los perros de presa se lanzan sobre el toro que de una sola cornada destroza el vientre de uno de ellos, otro ha hecho presa en una oreja y se balancea sin soltarse con los movimientos violentos de la cabeza del astado mientras el tercer perro intenta morderle en el morro. Muchos de los espectadores protestan porque prefieren ver la destreza de alguno de los toreros ventureros o de los mozos del lugar que esperan con las capas colgadas del brazo para lucirse delante de sus novias.

Antes de que los alanos y los matatoros de ventura acaben con el pobre animal, Diego y Agustín se marchan a toda prisa hacia la plaza de Santiago donde se correrán a caballo otros dos toros. Tres caballeros con librea juegan con sus lanzas y sus quiebros con el animal que ha sido criado en el Soto del Piul, una ganadería de Talavera conocida en toda España porque sus reses bravas acometen a los caballos con tanta o más fuerza que los toros criados en el Jarama. Uno de los jinetes montados a la brida, recto sobre su montura, en pie sobre los estribos, indica a uno de sus pajes que le ponga en suerte al toro en el otro extremo de la plaza para esperarle en su acometida y ejecutar mejor la lanzada a caballo. Los toreros de a pie ayudan y le llevan con sus capas hacia el lado del coso donde los vecinos se aprietan casi en tumulto citando y provocando al animal. Con un gesto de su lanza el caballero llama al toro mientras brillan las sedas de su librea al sol rojo del atardecer que entra por la calle de San Sebastián. Cuando los cuernos casi parece que van a clavarse en el cuello del caballo, un tirón brusco de las bridas hace que la montura gire hacia un lado mientras la lanza se clava entre las costillas del toro. Una multitud se abalanza aplaudiendo y gritando mientras cae el animal salpicándolo todo de arena y coágulos de sangre en un mugido sordo de agonía.

Poco después se abre el corralillo y aparece un semental magnífico. Todo el mundo sabe que un cazador se ha ofrecido para esperar al toro e intentar matarlo con una lanzada de a pie. La posibilidad de ver sangre humana y el espectáculo que promete el lance consiguen que la gente permanezca en silencio y que, por una vez, se desaloje la arena de la muchedumbre que no se resigna a quedarse sentada en los carros o sobre el graderío. El caos y el tumulto dentro de todas las plazas son absolutos.

Diego no sale de su asombro cuando observa que el cazador que va a ejecutar suerte tan arriesgada es nada menos que su tío Boni, sus compañeros cazadores le han animado para que haga una demostración de su valor con el toro que han pagado todos ellos. Pero Diego se siente seguro del éxito del hermano de su madre que caza las palomas con cimbel, que pone sus lazos y losas sin que haya conejo, liebre o perdiz que se resista o que dispara su ballesta con precisión contra las grullas, pero que también caza venados de cuernas gigantescas y tiene el cuerpo marcado por los colmillos de los jabalíes y las zarpas de los osos de La Jara. Sabe que un toro, por muy bravo que sea, no hará daño a su tío Boni que en ese momento espera con una rodilla en tierra la acometida.  El animal sale bufando y sin detenerse a mirar al torero arremete contra una talanquera de la que saltan astillas. El hombre le llama otra vez mientras gira de un salto colocándose enfrente de su cara, justo en el momento en que el toro arranca hacia él. Espera sujetando con fuerza su lanza mientras cruza una mirada fiera y sostenida con la bestia que no se da cuenta de que el hierro penetra desde su pecho hasta los cuartos traseros. El hombre se echa a un lado mientras el toro cae fulminado a sus pies entre el griterío y los aplausos de toda la plaza que comienza a lanzar objetos y prendas de sus vestidos mientras suenan los atabales. El cazador se acerca a las gradas y llama a su sobrino que coge el tambor de uno de sus compañeros tamborinos de Santiago y desfila con el héroe por toda la plaza redoblando con una sonrisa de oreja a oreja. Su amigo Agustín va detrás recogiendo los pañuelos y las flores que lanzan las damas.

En la tarde del viernes de Mondas la villa entera es un coso taurino pues en todas las plazas de las parroquias se corren toros. Un aficionado que se dé prisa puede asistir a la lidia de once toros. Diego tiene que apresurarse para llegar a la plaza de Santa Leocadia y poder así disfrutar del primero de sus tres astados, el toro que va a ser embolado y que derribará y volteará por los aires a todo aquel que se le acerque entre las risas del público. En un descuido, fray Anastasio de Garvín, el jerónimo gordo, mujeriego y jugador que regenta el lagar del convento, ha sido empitonado quedando colgado por el cíngulo de los cuernos y gritando como un energúmeno mientras un espectador comenta:

– Miren vuesas mercedes que fray Anastasio va a morir por do más pecado había, que los cuernos con que ha coronado a Rufino el zapatero van a acabar con su vida, si es que el toro no se desnuca por colgar tanto peso de su cabeza.

El fraile cae al suelo acompañado de una risotada general cuando es pateado por el toro mientras maldice a diestro y siniestro. Una de las reses de Santa Leocadia es pagada por los fruteros que, bien provistos de las frutas podridas que han ido guardando estos días en sus tenderetes de la corredera, comienzan una guerra de tomates, gamboas y naranjas que tienen al frailón como principal objetivo de sus lanzamientos haciéndole huir mientras de su boca salen sapos y culebras. Después de la frutal batalla se corren a caballo el toro de los cavadores y el de los leñadores quedando muy satisfechos los espectadores por la faena de dos torerillos ventureros aragoneses. La muchedumbre se dirige después en avalancha por la plaza del Comercio hacia la plaza de El Salvador donde se habrán de torear otros cuatro animales.

Los tejedores han adornado la plaza con los productos de sus telares, desde los modestos lienzos labrados hasta los más lujosos damascos y tafetanes. Todos los artesanos han colaborado para que los balcones y los carros que forman la plaza luzcan con sus más hermosos tejidos. La plaza es de las mejor formadas porque otro de los toros lo pagan los quinteros y los carreteros que han traído sus mejores carros. Los pellejeros han colocado en el centro dos pellejos llenos de agua colgados de un palo que serán destrozados a cornadas por los toros después de acometerlos haciéndoles girar. En una de las esquinas se han reunido muy serios y ceremoniosos los justicias y escribanos con sus criados esperando que salga el toro que han costeado. Al otro lado, se oye el bullicio de los mesoneros que se pasan de uno a otro las longanizas y el vino, convidando, aunque sólo sea por esta vez, a los espectadores cercanos y, como es hora ya de merendar, toda la plaza comienza a sacar sus cestas y a compartir sus viandas, su apetito y su alegría.

Sale el primer toro y comienza a girar por el ruedo mientras algunos intentan llegar a él con sus lanzadas desde los burladeros, hasta que, al llegar junto al palco donde se sitúa la familia de los Meneses, una joven dama toma su lanza corta adornada de cintas y filigranas y, con una destreza que levanta la exclamación del público, atraviesa el cuello del toro que apenas puede dar unos pasos cuando cae al suelo entre espasmos y vomitando sangre.

Como el toro es el de los quinteros se saca de la plaza con un tiro de seis de sus mejores mulas llenas de cascabeles y campanillas que, antes de hacer el arrastre, dan varias vueltas al ruedo haciendo a las órdenes de su amo figuras y maniobras con una sincronización perfecta.

Los toros quedaron colgando y oreándose... Los toros quedaron colgando y oreándose…

El toro de los mesoneros apenas puede moverse en el ruedo por el concurso de gentes que, entusiasmadas por el vino y por toda una larga tarde de toros, se sienten animados a ponerse delante de los cuernos. Un berrendo sale y sin encomendarse a nadie arremete contra el bulto matando a un barbero que no puede refugiarse debajo de un carro por el gentío que intenta ocultarse allí. Sus amigos, la madre del infortunado y el resto de los barberos, que también colaboran en la compra del toro de mesoneros, se retiran con el cuerpo casi tímidamente. Saben que la fiesta debe continuar, que aunque otros años han perecido algunas personas por las astas afiladas, la Fiesta de Toros más famosa de Castilla no puede interrumpirse.

Pero también los toros mueren, los once de las parroquias, más otro que ha pagado don Fernando Loaysa y que él mismo ha matado, se llevarán juntos cerca de la ermita para ser allí colgados y desollados.

Diego y Agustín no pueden más, el cansancio y el sueño casi les impiden dar un paso, pero aún así van corriendo a su parroquia para preparar la monda que se ofrecerá al día siguiente a la Virgen del Prado.

EL TAMBORINO DE MONDAS, UN CUENTO PARA ENTENDER UNA FIESTA BIMILENARIA (1)

EL TAMBORINO DE MONDAS

Novela corta que se desarrolla durante la celebración de la milenaria fiesta de Las Mondas en el siglo XVI. Fue el cuadernillo de Mondas editado en 2000    

PRIMERA PARTE DE TRES

 

Carro de Mondas tde Gamonal tirado por carneros en el cortejo Carro de Mondas de Gamonal tirado por carneros en el cortejo de Mondas

ABRIL 1578

La misa del Domingo de Pascua transcurría lentamente. Uno de los niños del coro tarareaba los latines automáticamente. Las muchas misas cantadas habían grabado el ritual completo en su inquieto cerebro. Pero hoy su imaginación bullía todavía más. Iba a salir tocando el tamborino con la comitiva que, como para comenzar todas las fiestas de Mondas, se dirigiría al monte para recoger la leña de Nuestra Señora Santa María del Prado.

Cuando ya se acercaba el final de la misa se produjo un hecho que no por esperado dejaba todos los años de sobrecoger a los parroquianos. El canónigo don Gonçalo Gutierres de Olmedo se levantó solemnemente y se dirigió con paso lento y hierático hacia el regidor Diego de Meneses que le aguardaba con gesto también severo junto a su banco. Un lego se adelantó al canónigo y dirigiéndose al caballero dijo:

-Señor, el canónigo me manda a preguntar si seríais servido de pedir con él a los vecinos de esta villa las bestias y carretas en que ha de traerse la leña de Nuestra Señora.

El regidor con un leve movimiento de cabeza que dejó iniciada una reverencia respondió:

-Me honraré de hacerlo.

En ese momento un murmullo de júbilo recorrió la Iglesia Colegial. La fiesta más grande de esta tierra, celebración famosa en toda Castilla, acababa de empezar. Los dos hombres acompañados de un escribano se dirigieron a los primeros bancos donde nobles y fijosdalgos ofrecían en voz alta dos, tres, hasta cinco carretas. Una dama viuda joven y hermosa ofreció seis carros. Mercaderes y artesanos competían con los nobles. El escribano iba anotando con parsimonia todos los nombres y el número de ruedas. El monaguillo cantor aprovechó para escabullirse hacia los bancos traseros donde se sentaba su tía, la costurera que le había hecho con unas telas usadas el pendón que llevó montado en su borriquillo durante las mondas del año anterior. Sus padres no estaban allí pues, como hortelanos que eran, habían oído misa con los demás de su oficio en Santiago El Nuevo y debían estar allí presentes cuando el cura y otro regidor pidieran también los carros a sus parroquianos.

La gente salió contenta, comenzaban las Fiestas de Toros y toda Talavera era un hervidero de paisanos de toda su tierra y aún de Ávila, Toledo y la Extremadura que se mezclaban con las gentes de La Jara, los veratos, los serranos, los vecinos de El Berrocal o los vasallos del señor de Oropesa que acudían con sus trajes tan vistosos. También venían peregrinos, ganaderos trashumantes, viajeros de paso y algunos nobles curiosos que se llegaban en sus lujosos carros de viaje desde toda España para solazarse con los lances de toros que se podían disfrutar en las muchas corridas que se celebrarían en la villa.

El muchacho se dirigió con su tía hacia su barrio. Al pasar por la puerta de San Pedro se entretuvieron mirando las piruetas de unos cómicos que se habían acercado a Talavera al calor de la fiesta. Un mesonero sacó una jarra de vino y se la ofreció recibiéndola los titiriteros con muecas y cabriolas que hicieron reír a la concurrencia.

A la mañana siguiente la plazuela de Santiago estaba ya repleta de carretas pues  le correspondía este año ser la iglesia diputada para traer la leña de la Virgen. El mayordomo daba las órdenes necesarias para que las apreturas de los bueyes no causaran un accidente. Se le veía nervioso y excitado. Había tenido que preparar el pan, el vino y los carneros necesarios para la comida de los leñadores que saldrían a la dehesa y los alijares de la villa para cortar la leña.

Desde la puerta de Zamora se acercaba un clérigo a caballo con dos ayudantes y una mula cargada con un arca de madera. El mayordomo suspiró aliviado pues al fin venía el capellán de la ermita. Era hombre meticuloso y estaba seguro de que no habría olvidado nada de lo necesario para decir en el campo la misa de los leñadores. Él por su parte ya tenía previsto el lugar donde se instalaría la mesa con manteles alemaniscos que haría las veces de altar.

La mañana era hermosa y todos trajinaban con buen humor. De pronto, los comentarios se dirigieron hacia tres jóvenes personajes que aparecieron por la calle del Hospital. Se trataba de los tamborinos graciosamente vestidos y un poco corridos por los comentarios de la concurrencia. Diego y otro compañero irían con los leñadores al monte, mientras que el tercer muchacho precedería a la solemne comitiva de jinetes con los pendones de las parroquias que saldrían a recibir a su vuelta a las carretas cargadas de leña para después acompañarlas en procesión hasta la ermita de Nuestra Señora del Prado.

LEÑA FLORIDA

La comitiva partió desde la plazuela de Santiago con el mayordomo y el capellán de la ermita a la cabeza. El cura había entonado una breve oración para encomendar la expedición a la Virgen del Prado. Inmediatamente se habían comenzado a oír los gritos de los carreteros a sus bueyes y el rechinar de las maderas de los carros y de sus ruedas sobre el empedrado de la calle. Desde las ventanas de los mesones y las ventas que abundaban cerca de la Puerta de Zamora, se asomaban los huéspedes curiosos sorprendidos desde la madrugada por el bullicio. La larga fila de carretas que llegaba hasta la Corredera y comenzó a salir por la cañada donde ya humeaban los alfares que cocían los azulejos destinados a los reales sitios de su majestad Felipe II. A la puerta de algunos de los hornos esperaban gentes humildes, hombres, mujeres y niños, algunos descalzos, que querían vender a los alfareros los haces de jara y retama que habían recogido en el monte. Por su pobreza ellos no estaban obligados a aportar su trabajo para comprar el Toro del Leño, el que daban en la fiesta de la Mondas todos los oficios relacionados con la corta de madera pero, de todas formas, muchos de ellos subirían a echar una mano en la tala de la leña florida que se llevaría en ofrenda al hospital de la ermita.

Las canciones y los pellejos de vino corrían de carreta en carreta y Diego tocaba su tamborino al principio de la fila. Sonreía satisfecho cuando se cruzaba con alguno de los muchachos de su barrio que, al verle, se ponían a su lado imitando sus gestos y redobles. Al pasar por La Portiña, las lavanderas se levantaban agitando la ropa. Los leñadores bromeaban con las mujeres diciéndolas chistes procaces que eran respondidos por ellas con ingenio.

El cura llevó a un aparte al mayordomo y le indicó la conveniencia de llamar la atención a un carretero que llevaba con él a dos mujeres de mala vida para que, al menos, las advirtiera de que no escandalizaran con sus voces y sus gestos obscenos.  Una mujer salió a la puerta de su casa y dio a los leñadores un dulce y una copa de aguardiente  mientras les exigía:

– Miren vuesas mercedes cómo yo soy gentil, séanlo ustedes y traigan bien colmadas las carretas con la leña de Nuestra Señora.

La comitiva tomó por el camino de la Peña del Cuervo y llegó al monte después de cruzar el Bárrago y las ruinas del convento de San Antolín, el primer lugar- como dijo el cura con voz engolada- donde se establecieron las monjas de San Clemente antes de que la villa fuera reconquistada al infiel por don Alfonso el sexto. La expedición situó el rancho en un prado, bajo dos grandes alcornoques, y las carretas se dispersaron por el Berrocal buscando la leña. Comenzaron a sacarse las sierras, los destrales y las destralejas y rápidamente se acometió la tarea. Los más jóvenes y las mujeres ataban los haces de ramón y los hombres se aplicaban en cortar las ramas del grosor que permitían las férreas normas del concejo, que también les había permitido talar algunas encinas, álamos y enebros secos y puntisecos.

El día transcurrió alegremente, el invierno había sido lluvioso y los arroyos bajaban desde el Berrocal formando pequeñas cascadas, ribeteados en su recorrido de borujos y ranúnculos que hacían más amenas las orillas. Las canciones de los leñadores eran respondidas por los pastores tocando sus rabeles acompañados por el sonido lejano de los gruñidos de los cerdos que hozaban entre por las muchas parideras del monte y con el ruido de las esquilas de las ovejas. Al fondo humeaban las chozas de la Peña del Cuervo y la cigüeña de la espadaña de Santa Apolonia observaba con curiosidad el concurso poco habitual de tantas gentes en aquel paraje.

Los rancheros fueron a una de las carretas y tomaron los calderos para guisar los carneros que había provisto el mayordomo de Santiago el Nuevo.

– ¿Serán carneros bien capados los que nos traen este año? – dijo un carbonero borrachín-. Que en Las Mondas pasadas, más parecían cabrones viejos que carneros talaveranos.

Todos rieron al carbonero mientras recogían sus herramientas y ayudaban a cargar los últimos haces en los carros. Ya estaba la carne casi cocida y el aroma de las hierbas que matarían su rudo sabor invadía el rancho. Los hombres pidieron que corriera de una vez el vino y se sacaron los pellejos y los canastos del pan que comenzaron a repartir los jefes de cuadrilla. Casi toda la noche duraron  los bailes y las danzas y, cuando se acostó el cura, muchas fueron las parejas que se perdieron por entre los berrocales.

Diego y su amigo, el otro tamborino, se acercaron a uno de los molinos de Bárrago y se asomaron al cárcavo para ver como giraba el rodezno con el chorro que salía del saetín. Siempre le parecieron a Diego cosas de encantamiento las máquinas de los molinos. Por eso, cuando los dos muchachos empezaron a escuchar unos gritos apagados que venían del interior, echaron a correr como alma que lleva el diablo cayéndose al arroyo. Los dos llegaron empapados y tuvieron que explicar su aventura a la concurrencia mientras tiritaban desnudos junto al fuego. Al decir la causa de su espanto, todos rompieron a reír a carcajadas mientras un zapatero de la calle del Contador decía:

-¡ Vive Dios que es brava la molinera! Cuando se junta con Martín el arriero llega el ruido de sus amores hasta el puerto del Pico.

Diego entendió en ese momento el origen de los gritos de la molinera y quedó corrido en el centro del círculo, mientras los leñadores tiraban palos y mendrugos de pan al muchacho que sonreía con una mueca enrojecido de vergüenza. La fiesta siguió hasta la madrugada y, apenas habían dormido una hora, cuando les despertó a todos la campanilla del sacristán de Santiago anunciando el comienzo inmediato de la misa que se celebraba siempre en el campo el día en que se iba a buscar la leña florida.

Escultura romana de la Diosa Ceres en Cáceres

LA MAÑANA DE LAS CAMPANAS

Justo al acabar la misa de los leñadores, el mayordomo de la parroquia de Santiago mandó llamar Claudio, uno de sus feligreses famoso por ser el cojo más veloz de Talavera, y le dice:

-Apúrate hijo, corre a la iglesia mayor y avisa al deán que en dos horas y media estaremos en la villa con la leña de Nuestra Señora. Pero no pares en la venta que te he de moler las costillas.

El hombre inició su carrera con el bamboleo que le provocaba una herida recibida luchando en el sitio de la ciudad de Hárlem, cuando servía en Flandes con el capitán Verdugo. Ni cuando desfilaba con los tercios victoria tras victoria se había sentido Claudio tan orgulloso como esa mañana, corriendo entre los olivares y las viñas para avisar al deán, aunque le fuera quemando la metralla que tenía todavía incrustada en la pantorrilla.

Diego está un poco triste porque sus vestidos han quedado sucios y arrugados por el chapuzón de la noche anterior. Pero, cuando se coloca en cabeza de la comitiva con su tamborino y piensa en la entrada triunfal que hará en Talavera, olvida su aspecto y las burlas. Las carretas están cargadas de leña y han sido adornadas con flores, cantuesos y lías de juncos. La comitiva comienza su ordenada marcha con cada cual ocupando su lugar y con Diego y su compañero redoblando al frente.

Cuando pasan el Bárrago, escuchan a lo lejos el repicar de la campana mayor de la Iglesia Mayor que, sonando a la salida de misa mayor, llama a todas las parroquias para que acudan a recibir la leña. Los sacristanes y maestros han pedido a las madres que vistan como mejor puedan a los niños para que marchen con sus pendoncillos y su algarabía delante de los bien labrados pendones de todas las parroquias que se reunirán en la plaza mayor.

La muchedumbre llena la plaza, los niños observan con admiración a los caballeros con sus monturas enjaezadas y sus espadas y tahalíes repujados. Destacan por su bizarría los que han servido con las armas al rey vestidos con sus atuendos militares de gala. El corregidor y el deán presiden el cortejo en el que desfilan los canónigos, con sus mulas espléndidas de pelo brillante y sus largas capas junto a los gentilhombres que caracolean en sus caballos. Los curas y beneficiados, los regidores y todos los caballeros de la villa van en la cabeza de la comitiva que inicia la marcha para recoger el pendón de la iglesia de Santiago. En el camino, las gentes se asoman a los balcones dando vivas a Talavera y a la Virgen del Prado.

El desfile sale como es costumbre por la puerta de la Miel, donde algunos aldeanos despistados esperan, sin saber que en estas fechas se celebra la fiesta de Mondas, para que les pesen los costales que traen al repeso de la harina y, sorprendidos, miran a tantos caballeros y prelados precedidos por la música de los atabales, trompetas y chirimías. Las carretas ya han llegado a la plazuela de San Andrés.

Una de las lavanderas que esperan a la orilla de la Portiña es la madre de Diego y grita:

– Allí viene la leña, y ¿saben vuesas mercedes quien es el tamborino del pelo bermejo?. Pues es mi Diego, el más guapo mozo de esta tierra.

El muchacho al oír a su madre se ruboriza sin escuchar las voces del párroco que le ordenan que se detenga hasta que un tirón de mangas del otro tamborino interrumpe su repique.

El mayordomo de Santiago se adelanta a la comitiva y, dirigiéndose al corregidor y al deán, dice solemnemente:

– Señores, aquí está la leña de Nuestra Señora la Virgen del Prado, con el trabajo de los fieles y la ayuda de Dios este año será abundante, no pasarán frío los pobres y peregrinos que se acogen bajo su manto.

– Bien servido estará su hospital y ella os lo agradecerá con su favor. Pasemos pues a su santa ermita- responde el deán.

Los aplausos y los gritos de júbilo hacen sonreír a Diego que se siente con su tamborino foco de todas las miradas a los pies del caballo del Corregidor. De nuevo se emprende la marcha que se adentra en la villa por la puerta de Mérida, pasando después delante del convento de San Benito. En su interior, las monjas trabajan el huerto y detienen su labor, alegres al escuchar la muchedumbre que acompaña a la leña florida. Por la calle de los Siete Linajes llega la comitiva a la Iglesia Mayor y en ese momento comienzan todas las campanas de su torre a repicar. Las cigüeñas vuelan asustadas hacia el Tajo y una nube de palomas oscurece el cielo cuando sobrevuela la plaza. En ese momento, todas las campanas de las iglesias y los conventos talaveranos comienzan también a repicar atronando el cielo castellano. Todo el pueblo se dirige ahora hacia la puerta de las Cebollas, donde los hortelanos colocan sus tenderetes apoyados en la muralla. Repican las campanas de la iglesia de El Salvador de los Caballeros y las del convento de monjas que ha fundado Alonso de Orozco. Los carros siguen por la Corredera y los mercaderes detienen su negocio para unirse a la general algazara. Algunos de ellos han cerrado sus tiendas pues no son pocos los pícaros que acuden a la villa para aprovechar el barullo de las Mondas.

– Bien hacéis en cerrar – dice un afilador a un calderero- que el año pasado, un cacharrero de Puente vio hacerse añicos sus platos y sus ollas cuando el vendedor de cordobanes perseguía a un ladrón.

Al pasar por el convento de San Francisco, todos los frailes han salido y ofrecen vino a la concurrencia haciendo colación. Pasa después la leña por la puerta de Toledo y, justo en ese momento, los carreteros aguijonean a sus bueyes en una pesada carrera que hace las delicias de los forasteros. Uno de los carros más grandes, el de la familia Ayala, ha hundido una rueda en los albañales que bajan del monasterio de la Trinidad. Los vecinos se acercan y casi en volandas sacan entre todos la carreta del lodazal. Los más rápidos llegan a la ermita entre los aplausos de la gente y el sonido de las campanas que en ese momento comienzan también a repicar con las demás de la villa en un estruendo que resuena en toda la vega, desde el Berrocal al Cerro Negro, desde el Alberche hasta el Casar del Ciego.

El Hermano Mayor de la Reina de las Ermitas, como gusta llamarla su majestad el rey Felipe II, espera con los pobres del hospital alineados junto a la puerta. Los peregrinos a Guadalupe que vienen desde toda España, y aún de otros reinos, quedan sorprendidos por fiesta tan lucida.

– Y habréis de saber- dice uno de ellos- que, además, en esta villa, a todos los que nos dirigimos a Guadalupe se nos reconforta con dátiles o duraznos, como dejó mandado una devota señora a la cofradía de esta antiquísima ermita.

La leña es bendecida y se deposita en los corrales del hospital. Todos los jinetes vuelven de dos en dos haciendo figuras y carreras, galanteando a las damas que regresan a la villa coqueteando bajo los álamos de El Prado en esta mañana de abril, en esta mañana de Mondas.

Gentes de toda la comarca venían a las Mondas, como este parrillano[

UNA TIERRA EN FIESTAS

Diego abrió los ojos, le había despertado el griterío de un grupo de mozas aldeanas que cantaban canciones picantes junto a su ventana. Colgado de la puerta de su cuarto percibió adormilado el bulto de su tamborino y recordó los momentos y emociones del día anterior. Todo el barrio le había felicitado por su galanura y por lo bien que había repicado su tambor el día de la leña florida. Más de doscientos carros se habían cargado en la villa y hoy, martes de Pascua, llegarían muchos más desde todas las aldeas de Talavera. Mientras devoraba el plato colmado de gachas que su madre le había puesto sobre la mesa, escuchaba a su hermana contando lo magnífica que había resultado la petición de dineros para la leña que, con toda pompa, habían hecho los caballeros con sus bandejas de plata y sus vestiduras de gala recorriendo todas las calles. Muchos habían sido los maravedíes que se habían colectado en todas las colaciones de la villa.

Hoy, tercer día de Pascua, es otra jornada de ilusión para el tamborino. Ha venido a buscarle su tío Bonifacio, el cazador, y juntos van a acudir a esperar el cortejo de todas las aldeas de Talavera que vienen a traer sus cirios y mondas a la ermita junto con la leña florida que han cargado en sus montes y alijares.

– Diego, iremos primero al puente para ver llegar a las gentes de La Jara- dice Boni mientras revuelve con la mano el pelo rojo y rizado de su sobrino.

– Vale, pero me habrás de comprar una de esas manzanas que los veratos venden en la corredera- contesta el muchacho mientras se deshace de la caricia de su tío; él ya es un mozo de quince años y las carantoñas son para los niños.

Las calles comienzan a poblarse de curiosos y, al pasar por una casa que preside un hermoso blasón, Boni comenta a su sobrino:

– Debes saber sobrino que son muchos los paisanos que pelean en las Indias por engrandecer estos reinos. Esta casa pertenece a la familia del capitán don Juan Salcedo, que sirvió con las armas junto a don Hernán Cortés en la conquista de la Nueva España. Aunque son muchos más los paisanos que detrás del océano han alcanzado la gloria, como Diego Pacheco, que fundó la ciudad de Nuestra Señora de Talavera y fue gobernador de Tucumán; Francisco de Aguirre, a quien el rey, que Dios guarde, nombró gobernador de Chile y que además pobló Santiago del Estero; o Juan Bazán que pobló la ciudad de Talavera de Madrid, y Pablo Meneses, corregidor de La Plata, y tantos otros que no han vuelto porque allí se asentaron o porque han muerto por las flechas, los mosquitos o las serpientes.

Bonifacio había estado en Potosí cuando el puenteño Diego de Villaroel encontró las minas de Plata y solía contar a Diego una infinidad de historias ocurridas en su aventura  que el muchacho escuchaba boquiabierto.

– Además – terminó diciendo el cazador- fray Hernando de Talavera, confesor de la reina católica, y el doctor Maldonado, también paisano nuestro, dieron buenos consejos a su majestad para que don Cristóbal Colón emprendiera su primer viaje.

El viejo puente, lleno de remiendos hechos de tablones y viejas vigas de madera, había sido reparado tras las últimas inundaciones. Pero aquel día aparecía hermoso y lleno de colorido, animado por el trasiego de vecinos de las aldeas de La Jara que llegaban cantando, aunque algunos llevaran dos y tres días andando por los caminos. Delante de cada una de las expediciones venía el cura del pueblo con sobrepelliz, cruz, manga y pendón acompañado del sacristán. A continuación, los oficiales del concejo de cada lugar con el alcalde a la cabeza llevando vara alta, que es gentil privilegio que les concede la villa. Los acompañan muchos vecinos de los pueblos que en estos días de Mondas quedan muchas veces casi desiertos. Tocando adufes y tamboriles traen su cirio bien adornado y un rótulo donde va escrito el nombre de la aldea.

Cuando pasaban los vecinos de Torrecilla, Boni llamó a grandes voces a uno de ellos:

– ¡Grandísimo pícaro! ¿Cuantos jabalíes habéis atravesado este año con vuestra ballesta?

El hombre se volvió y al ver al tío de Diego sonrió y gritó:

– Menos serán que los ciervos muertos por vos, el mayor furtivo desde el Tiétar al Guadiana ¡Grandísimo bribón!.

-Hoy  vendrás a comer a mi casa esos barbos escabechados que tanto te gustan pero habrás de llevar ese áspero vino tuyo de La Jara que me alegra el seso y el estómago- dijo Bonifacio mientras daba un aparatoso abrazo al torrecillano.

La comitiva siguió hasta la ermita entonando letanías y al entrar todos cantaron la Salve, mientras el alcalde y el cura ofrecían a la Virgen del Prado el cirio que fue recibido por el capellán. Otros pueblos vienen detrás y, para dejarlos el sitio, sale la comitiva por la puerta norte de la ermita donde ya se concentra una multitud abigarrada y multicolor. Aquí les reciben las chirimías y clarines de Talavera que hacen la salva mientras los rústicos alcaldes son saludados por los nobles y regidores de la villa. Después todos los gentilhombres acuden hasta el cercano humilladero para recibir a otros pueblos llegados desde El Horcajo y El Berrocal.

-Mira Diego- dice el cazador señalando a un grupo de vecinos- esos son de Mejorada, y a su lado los de Segurilla, se distinguen porque, con los de Cazalegas, traen monda en vez de cirio. Y ¡Pardiez! Que están bien airosas y adornadas las mondas este año con sus cintas y sus celdillas de cera de colores.

El recibimiento de las aldeas dura hasta mediodía y por todo el Prado se reparten las gentes del alfoz que bailan y comen sentadas en la hierba gastando bromas y lanzándose puyas de pueblo a pueblo. Se pasan los pellejos de vino y unos y otros se invitan a probar las comidas sencillas que han traído desde sus lugares, compartiéndolo todo delante del templo que ha sido símbolo de la unión de esta tierra desde el tiempo de los gentiles. En medio de un gran corro, don Esteban de Loaysa, aunque es cabeza de una de las casas más nobles de la villa, salta y baila con las labradoras dando vivas a la Virgen del Prado y recitando poesías y jaculatorias.

Diego va de corro en corro. Su tío ha cazado en todos las tierras de Talavera y es bien conocido en sus montes y lugares. Ya un poco cargados de vino deciden ir a comer:

– Vamos torrecillano, que nos esperan los barbos y un corcillo que encontré en una trampa para zorras. Seguro que daremos buena cuenta de él.

– Sea, pero esta tarde me llevarás a la iglesia de San Andrés y a la ermita de San Juan que he oído forman baile en sus templos al son del arpa y la vigüela antes de llevar las ofrendas a la ermita.

– Yo te llevaré, y podrás admirar sus hermosos carros que llevan un cirio de dieciséis arrobas vestido de reales de a ocho. Que es cosa de maravilla ver sus bueyes con las testas y las astas adornadas con ricas cintas y el carro lleno de cascabeles y campanillas de plata. Delante van muchos corderos y detrás las cargas de leña bien enramadas de ramos floridos y olorosos. A buen seguro que gozarás de ello.

Primero fue fiesta de gentiles Primero fue fiesta de gentiles. Dibujo de Jesús Morales

PRIMERO FUERON LOS GENTILES

Diego el Tamborino tenía la edad en que todo es posible, la edad en que la vida y el mundo son de colores. Estas fiestas de Mondas, aunque había participado en ellas desde que aprendió a andar de la mano de su madre, estaban abriendo para él un mundo que hasta entonces no había descubierto, el de las complicadas costumbres de los mayores que, al final, resultaba que se divertían igual que niños pero con mucha más vanidad en cada uno de sus gestos y de sus rituales.

Hoy es jueves y deberá pasar una semana hasta que siga la fiesta. Diego aguarda impaciente el jueves siguiente para acudir a las alamedas que se extienden desde la ermita hasta el río y presenciar cómo los torileros de las iglesias apartan y compran los toros que habrán de correrse en los días grandes de Las Mondas. Pero hoy le espera su tío Boni para ir a visitar a su amigo fray Pedro en el monasterio jerónimo de Santa Catalina. El cazador ha llegado a casa de Diego como siempre, alborotando todo el patio del antiguo palacio que ocupan ahora una docena de familias humildes repartidas por todo el edificio. Entra lanzando motes a las mujeres que cosen entre las columnas y chapoteando con sus botas de cuero sobre el albañal del lavadero. El tamborino está cortando un poco de leña para su madre y salta asustado cuando su tío le pone en las narices una gran zarpa de oso que ha sacado del zurrón.

– Mira el regalo que te traigo pequeño cobarde. ¿Y tú quieres venir a matar lobos conmigo a los Xebalillos?. Quedarás servido si te dejo cazar los langostos de los barbechos. ¡Venga! Que iremos a ver a mi amigo fray Pedro.

Cuando llegan al monasterio, una hilera de rústicos personajes, entre los que por sus atuendos se puede distinguir a las gentes venidas de la sierra o de La Vera, esperan junto a una de las puertas de Santa Catalina. En el interior se despachan todos los ungüentos y los bebedizos de su farmacia famosos en todo el reino. Cuando entran, un fraile se encuentra sentado delante de un gran armario repleto de albarelos decorados con el escudo del monasterio mientras atiende a un hombre con la cara llena de vejigas. Al ver a Boni deja la balanza con la que está pesando unos polvos amarillentos y le dice:

– Si buscáis a fray Pedro debéis ir al molino del puente, que anda componiendo una de las ruedas de las aceñas y va a adornar con los molineros la carreta que llevará el toro pagado por los de su oficio en la ofrenda a la ermita.

Cuando llegan, fray Pedro da un abrazo al cazador y cuenta al muchacho con grandes aspavientos cómo su tío había ahuyentado a tres bandidos que le quisieron asaltar en los Guadarranques cuando iba a dirigir la fábrica de la presa que llevaría el agua al martinete de los frailes de Guadalupe. Se dobla riendo con la sotana arremangada cuando relata los aullidos de uno de los asaltantes que huía con una de las saetas de la ballesta de Boni clavada en las posaderas.

– Buen momento has elegido para venir, perillán, que son las fiestas de los Desposorios de Nuestra Señora. Pero a buen seguro que no vendrás tú por devoción, sino para disfrutar de todos los gentiles placeres y pecados.

– El monte es solitario y también necesitamos las humanales personas ver gente y beber vino. Además, bien me enseñó este frailón que Las Mondas fueron fiesta de gentiles antes que cristianas, así que, con cumplir con nuestros gentiles vicios, no hacemos sino recordar a aquellos que tuvieron hace siglos la gentil invención de tan buena función.

– Calla salvaje, que en algo tienes razón, aunque salga de boca tan sucia. Has de saber muchacho que antes de levantarse en el Prado la ermita a Nuestra Señora, tenían allí un templo los gentiles donde adoraban a la diosa Ceres que para ellos era, en su vana creencia, la que fertilizaba los campos. La ofrecían cestas adornadas con flores y espigas que contenían panecillos, como los que se reparten ahora el día de las fiestas de los Desposorios de la Virgen con San Joseph a las que, según algunos sabios, se dio esta vocación porque los antiguos celebraban en estos días las nupcias de Ceres y Plutón, dándose entonces a nefandas deshonestidades que solamente merecen el silencio y nada tienen que ver con la piadosa devoción de estas tierras por su Virgen. A esa diosa pagana, que los gentiles creyeron había enseñado a los hombres la agricultura, celebraban los romanos las fiestas de la cerealia, que también fueron fiestas eleusinas de misterios prohibidos para los no iniciados. Llevaban además en aquellos festejos antiguos una becerra con el coro de iniciados alrededor de las mieses con grandes danzas y regocijos. Las vírgenes iban ataviadas de limpias vestiduras blancas y coronadas de pámpanos y hojas de encina, como todavía adornan hoy su pelo las mujeres cuando vienen de coger la leña florida o cuando acompañan a la ofrenda de los toros a Nuestra Señora. Y otra similar costumbre en la fiesta de Mondas en nuestro tiempo es la de hacer los caballeros carreras con sus mejores monturas, como ya lo hacían los antiguos durante los juegos de circo con que acompañaban a las fiestas de Ceres Eleusina.

Diego miraba al fraile embobado, sin comprender casi nada, y cuando acabó su discurso le preguntó:

– Pero fray Pedro, vuesa merced todavía no me ha contado qué es una monda y porqué se llaman así estas fiestas de los Desposorios de la Virgen.

El monje, después de dar órdenes a unos hombres para que arrojaran sacos de arena a uno de los canales del molino para así dejarlo seco y poder reparar la rueda, respondió:

– Los antiguos ofrecían a la diosa Ceres sus vanos presentes de panales de cera pero, como habrás visto, hoy se ofrece a la Virgen del Prado un a modo de columna redonda y hueca de madera, tres cuartas de larga y dos de ancha, con sus remates dorados y pintados. Por fuera van adornados estos cilindros, como dicen los matemáticos, de unas celdillas hechas de cera de colores y dispuestas como los vasillos de un panal formando figuras de santos y otros religiosos motivos.

-Cierto es, que yo he visto cómo las fabrica Bartolomé, el herrero que vive frente a mi casa y que es tan diestro con los pinceles. Tiene escudillas con cera caliente de colores y con  un palito va colocando sobre la monda las celdillas, y a fe que quedan bien dispuestas, que estas mondas que hace mi vecino para la parroquia de San Miguel son las más bellas de todas las iglesias – dice el muchacho en el momento en que por el puente aparece un carro tirado por bueyes.

Todos los presentes van acercándose precedidos por maese Gregorio, el maestro de molineros que gobierna las aceñas del monasterio y que espeta con sorna al carretero:

– Menos mal que esta vez no habéis traído el carro lleno de estiércol, que el año pasado nos costó dejarnos las uñas en limpiarle para que quedara digno para llevar la ofrenda con el toro de molineros a Nuestra Señora. Este año hemos de enjalbejarle con la cal más fina que he podido comprar a los caleros de Montesclaros y, a fe mía, que habrá de quedar más blanco que la harina que molemos.

Los peones molineros, llenos de harina hasta las cejas, se llevan el carro y comienzan a frotarle con trapos y cepillos mientras uno de ellos anima el trabajo:

– ¡Vamos! Que este año serán más de ochenta los molinos de la tierra de   Talavera que pechen para comprar el toro y debe ser nuestro carro el que mejor represente a todos los oficios que acudan a la ermita.

– Sí – responde a voces Bonifacio- que el año anterior fuimos los cazadores los que llevamos el carro mejor engalanado. Ya lo visteis, aforrado con las pieles de conejos, gamos, venados y jabalíes, y colgando de sus palos las gavillas de palomas, perdices, tordos, zorzales y grullas. Además, el más apuesto de entre todos los que figuraban hacer oficios sobre las carretas enramadas no negaréis que era nuestro cazador, con su vestido de cuero y su ballesta. Aunque  he de reconocer que vuestro atrevimiento de llevar sobre el carro las piedras con el molinero picándolas también fue de mérito y muy aplaudido por la concurrencia, a pesar de que os hicieron falta seis bueyes para tirar de tanto peso.

Diego se entretiene curiosear en el interior del molino. Molestando por entre las piedras que giran a una velocidad endiablada a los molineros que se afanan llenando las tolvas con el trigo y recogiendo la harina en los costales, hasta que su tío se asoma a la puerta gritando entre el estruendo de las muelas:

– Apúrate muchacho, que tenemos que comer. Obedece o el domingo no irás a ver la soldadesca de los gallegos.

La jornada termina dando buena cuenta de una liebre que ha traído Boni y que él mismo ha preparado en su sangre, como lo hacen en los montes de La Jara.

El Domingo in Albis, Diego y sus amigos del barrio han ido a ver la procesión de los gallegos. Esperan en la Puerta de Toledo y notan que se aproximan cuando comienzan a escucharse las gaitas y los tamborinos que acompañan a su soldadesca vestida con grandes y lucidas galas en sus trajes militares. Llevan sobre uno de los carros un cirio de dieciséis arrobas de cera y en otros dos generosas ofrendas de todo lo más necesario para la ermita. Detrás desfilan más de veinte carretas colmadas de leña para el hospital.

Al pasar la comitiva Diego sonríe a una muchacha que ha visto cantar en su parroquia y que va con los otros gallegos bailando sus alegres pero extrañas danzas.

Uno de los caballeros que presencian el desfile comenta a las damas que le acompañan:

– Los gallegos son muchos en Talavera y, aunque ganan el pan en su mayor parte con el sudor de su frente, segando y con otros trabajos y fatigas, podéis contemplar cómo en este día son los más ricos de la villa por sus vestidos y por las ofrendas que llevan a la ermita.

La sonrisa de la muchacha ha conseguido que Diego se proponga venir sin falta a la otra ofrenda que harán los gallegos esa tarde, cuando desfilan con una vela en la mano cada uno, con nuevos presentes y no menos vistosamente engalanados.

CONTINUARÁ MAÑANA

Los perros de Santa Ana

LOS PERROS DE SANTA ANA DE PUSA

Mozos vestidos de “perros” de Santana de Pusa

La fiesta de San Sebastián, de este pequeño pueblo de Valdepusa, es uno de los ritos más arcaicos que se conservan entre las celebraciones festivas de nuestra comarca.

En la madrugada del día veinte de Enero los muchachos que componían la quinta de ese año se vestían de “perros”. En las épocas de mayor población del lugar llegaban a ser más de cuarenta mozos los que se disfrazaban con pieles de animales, generalmente de cabra o ternero. Los jóvenes tiznaban además sus rostros de negro, para conseguir así un aspecto más sobrecogedor. A la espalda llevaban y aún llevan colgado un gran cencerro. Seguir leyendo Los perros de Santa Ana

ANIMEROS Y ANIMERAS , ARTESANÍA Y GASTRONOMÍA DE VALDEVERDEJA

ANIMEROS Y ANIMERAS , ARTESANÍA Y GASTRONOMÍA

Decoración de las alabardas de los animeros

Si algún rito festivo es especialmente frecuente en los pueblos de la comarca de Talavera ese es el de las soldadescas, lleven o no ese nombre. Se trata de celebraciones de origen pagano muy vinculadas a las fiestas invernales y que en muchos casos fueron asumidas por cofradías de ánimas.

Bailando la Bandera en el carnaval de Ánimas

En Valdeverdeja podemos ver a los jóvenes de ambos sexos vestidos con los trajes tradicionales, en la mujer en sus dos versiones de novia y de labradora. Cuando el Domingo de Carnaval o Domingo del Gallo acaba la misa, Seguir leyendo ANIMEROS Y ANIMERAS , ARTESANÍA Y GASTRONOMÍA DE VALDEVERDEJA

PEPINO Y CERVERA, DOS FIESTAS Y DOS ENCINAS

DOS FIESTAS POR SAN BLAS:

San Blas en Pepino

En los dos pueblos que visitamos hoy se celebra San Blas el 3 de Febrero.

En Cervera se sale de ronda por el pueblo cantando y se lanza pelusa de las espadañas en las calles, un ritual muy antiguo de los llamados de “agravio” que se dan especialmente en las fiestas de invierno.

Lanzando la pelusa en Cervera de los Montes

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LOS EMPALAOS DE VALVERDE DE LA VERA

LOS EMPALAOS DE VALVERDE DE LA VERA

Fotografía del Museo del Empalao

 El rito más conocido entre los de este pueblo, y todos los de la Vera en general, es el que se celebra en Semana Santa desde tiempo inmemorial conocido como de “Los Empalaos”. Se desarrolla el Jueves Santo por la noche y las primeras referencias a la “Cofradía de disciplinantes y Germandad de la Pasión de Jesucristo” datan del siglo XVI, cuando se escriben las primeras ordenanzas y reglamentos y se conceden indulgencias plenarias, aunque parece que el ritual y la hermandad existían desde fechas anteriores. Cuando Carlos V llegó a Yuste, le informaron sus ayudantes sobre los disciplinantes en términos que daban a entender que era costumbre un tanto bárbara y brutal, pues hasta finales del siglo XVII se azotaban violentamente los disciplinantes. Seguir leyendo LOS EMPALAOS DE VALVERDE DE LA VERA