ATADO Y BIEN ATADO, O EL SUCEDÁNEO DEMOCRÁTICO

ATADO Y BIEN ATADO

Foto en la que aparece Franco ovacionado por los asistentes a la inauguración de los Canales del Alberche

Pocas veces acertó aquel general de El Ferrol que murió en 1975, pero una de ellas es cuando aseguró que tras su muerte todo quedaría atado y bien atado. En efecto, la democracia surgida de aquella Santa Transición, que yo creo que es una de esas santas apócrifas de dudosa existencia y santidad, resultó ser al final un sucedáneo de democracia que me recuerda a aquel otro sucedáneo, el café Columba que se hacía con bellotas de Parrillas después de la Guerra Civil.

Y es que realmente es un sucedáneo un sistema democrático en el que los jueces hacen carrera según su adscripción política, vulnerando así uno de los principios fundamentales del sistema inventado por Montesquieu, la división de poderes que dio por aniquilada el inefable Alfonso Guerra. Un sucedáneo en el que los fiscales molestos son sustituidos por otros de la cuerda.

Un sucedáneo en el que los periodistas tienen en muchas ocasiones miedo de ponerse de parte de la verdad por si su medio no capta la correspondiente publicidad institucional que les da de comer.

Un sucedáneo en el que la Universidad se jerarquiza y organiza según criterios políticos y no de excelencia científica y académica.

Un sucedáneo en el que siempre está por llegar una reforma democrática que lleve a las listas abiertas.

Un sucedáneo en el que jamás veremos que los partidos  promuevan una verdadera ley anticorrupción que intente poner los mecanismos y filtros necesarios para evitar el gran mamoneo que nos asfixia.

Un sucedáneo en el que siempre se nombra pero nunca se hace una ley de financiación de los partidos.

Un sucedáneo donde los partidos, en los que si alguien se mueve no sale en la foto, dan las patentes de democracia con sus férreos aparatos que se han convertido en centrales de autocolocación.

Pero con ser todo esto el material bellotero con el que se hace nuestra cafeína democrática, es mucho peor lo que dejó atado y bien atado aquel general dentro de la misma sociedad. Intelectuales maniqueos adeptos a una u otra secta, que aunque vean con sus propios ojos a un político de su bando estrangular a su propia madre, no dirán una palabra pues “es de los suyos”.

Una sociedad en la que los partidos intentan o manipular, mediante subvención o infiltración, o directamente aplastar a los movimientos ciudadanos, viendo a cualquiera que con independencia intente luchar por una causa fuera de sus esquemas sectarios como una especie de extraterrestre al que hay que aniquilar.

Una sociedad que anda siempre removiendo los huesos de los abuelos o que intenta imponer su ideología particular, ya sea mediante asignaturas adoctrinadoras o mediante curas que reciben un sueldo por predicar en las escuelas o ser capellanes en los hospitales o en los cuarteles persistiendo el ncional catolicismo tan querido por el general aludido.

Una sociedad en la que el mantenerse callado es el mejor seguro para progresar y si alguien levanta la cabeza se dice que “algo sacará”.

En los años sesenta los chavales comprábamos un chocolate en los kioscos que se llamaba Vitacal. Era un sucedáneo terroso que a saber de qué estaba hecho. Cuando queríamos despreciar la opinión del contrario decíamos “chaval toma Vitacal que tu culo huele mal”. Pues eso mismo, a esta democracia le huele el culo a franquismo sociológico y hay que quitarle las cascarrias, o tal vez vuelva otro como el de El Ferrol.

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