ROMANCE Y LEYENDA DEL CABALLERO CORNUDO

LEYENDA DEL CABALLERO CORNUDO

Estos ripios son el texto del Romance del Caballero Cornudo que sirvió como guión del primer romance de ciego editado por la Asociación de Vecinos de San Jerónimo. Se basa en una leyenda medieval que, aunque tiene varias versiones, parece que tuvo algo de verdad.

La alcazaba de Talavera en el siglo XVI. En ella se desarrollan parte de los hechos.
La alcazaba de Talavera en el siglo XVI. En ella se desarrollan parte de los hechos.

Hace ya casi mil años

esta historia comenzó.

En Ávila la bien cercada

un caballero vivió

que se llamaba Nalvillos

bravo guerrero se armó

luchaba contra los moros

multitud de ellos mató

Su mujer era muy bella,

verán lo que la ocurrió:

El día de San Lorenzo

cuando iba de procesión

el moro de Talavera

prisionera la cogió,

la trajo para esta villa

En su alcázar la encerró

Pasó gran dolor esos días

y Nalvillos decidió

ir a salvar a su hembra,

a sus caballeros llamó

con cincuenta de ellos vino,

en la atalaya paró,

ocultar a los caballos

y esconderse les mandó

Atalaya de Segurilla, donde quedaron enmascarados los hombres de Nalvillos
Atalaya de Segurilla, donde quedaron enmascarados los hombres de Nalvillos

Si oyerais mi bocina

acudid en mi favor

Se viste de campesino

y a Talavera marchó

cortando un poco de hierba

venderla bien simuló

pasando así la muralla

y al alcázar se llegó

Su mujer por la ventana

muy pronto le divisó

y le hizo subir luego

al palacio con temor

podría llegar pronto el moro

y causarle gran dolor

¡Ay¡ ya gritan en la guardia

que llega el gobernador

La mujer del gran Nalvillos

le manda muy azorada

que se esconda en un baúl.

Entra el moro y la casada

en el lecho con él yace,

él la goza  muy turbada

pues Nalvillos les escucha

mientras ella  es bien amada

por ese perro traidor

Después de la cabalgada

ella queda muy ardiente

muy vencida y entregada

y en voz baja va y le dice

Mohamed toma tu espada

pues yo te voy a entregar

al que antes de la alborada

seguro vas a matar,

Que se trata de Nalvillos

Tu enemigo más mortal

Si me cubres de riquezas

yo te lo he de entregar

que se esconde en ese cofre

pues me vino a rescatar

Si es cierto, responde el moro,

yo te habré de regalar

y la mitad del tesoro

El jeque llama a la guardia, preso Nalvillos ya está
El jeque llama a la guardia, preso Nalvillos ya está

de Talabira tendrás

El jeque llama a la guardia

Preso Nalvillos ya está

y al jeque que le pregunta

cómo cree que morirá

Nalvillos bien le responde

lo que ahora escucharás:

Si en su misma tesitura

él se hubiera de encontrar

que en la montaña más alta

y cercana a la ciudad

él le habría de matar

quemándole muy bien luego

en una hoguera infernal

Tienes razón dice el moro

y así lo haré sin tardar

vayamos a la atalaya

y acabemos esto ya

Tocando las chirimías

Suben los moros gozosos

Pero al llegar a la cumbre

Ya no están tan jubilosos

Nalvillos tocó la bocina

y los cristianos  furiosos

salieron de su escondite

Y a los moros temerosos

hicieron gran mortandad

yendo luego victoriosos

A conquistar Talabira

Mil tesoros muy hermosos

como botín se llevaron

y al árabe presuntuoso

junto a su amante traidora

el Nalvillos muy celoso

vivos los mandó quemar

Vosotros que esto escucháis,

aprended bien la lección:

Cuernos a nadie perdonan

Ni al noble ni al pobretón

y sólo entran por las puertas

de lado, de frente no

pues se lo impiden las astas,

este cuento se acabó.

Miguel Méndez-Cabeza Fuentes

RUTA DE LA GARGANTA BLANCA

RUTA DE LA GARGANTA BLANCATIÉTAR 21 DISFRUTANDO LA GARGANTA BLANCA

CANDELEDA

Hoy vamos a comenzar a conocer el pueblo que se sitúa bajo el macizo central en su vertiente sur, junto a las elevaciones más pronunciadas de la sierra, el circo de Gredos y el Almanzor, con sus casi 2600 metros de altura. Por otra parte, estamos en La Vera abulense que sorprendió a  Camilo José Cela, pues escribió de Candeleda que

Arquitectura popular de Candeleda.
Arquitectura popular de Candeleda.

“tiene de todo; es como el arca de Noé de los tres reinos de la naturaleza, a saber: el animal, el vegetal y el mineral. En Candeleda se cría el tabaco y el maíz, el pimiento para hacer pimentón y la judía carilla, sabrosa como pocas. El término de Candeleda mide alturas para todos los gustos y voluntades, desde los cuatrocientos metros hasta cerca de los dos mil seiscientos. En Candeleda a la vista de las nieves perpetuas, florecen el limonero, el naranjo y el almendro. Candeleda muestra fresnedas y robledales, higuerales y piornales, castañares, pinares y olivares. El término municipal de Candeleda, mal medido, da ochenta leguas cuadradas sin contar el proindiviso con Arenas de San Pedro. En Candeleda hay cancho y praderío, huerta y majada, pan, vino y aceite. En los riachuelos de Candeleda brota entre truchas el cimbreante junco y, entre ranas, la airosa espadaña. En el campo de Candeleda se enseña la glauca flor del piorno, la alba margarita de la manzanilla, la campánula rosa, morada y azul. En los balcones volados de Candeleda crecen el geranio y el clavel, la albahaca y el botón de la rosa francesilla, el fragante dondiego que unos nombran donpedro y otros dicen donjuan, el nardo y el jazmín.”

No puede ser más hermosa la descripción que nos hace el premio nobel en cuyo libro “Judíos, moros y cristianos” aparece y que ya hemos dicho es de obligada lectura para aquellos que quieran adentrarse a conocer estas sierras.

 

Garganta Blanca y al fondo el circo de Gredos
Garganta Blanca y al fondo el circo de Gredos

La garganta Blanca

  La manera más fácil de acceder a la Garganta Blanca es tomar en coche la pista que sale poco antes de tomar la carretera de la ermita de Chilla, recorriendo unos ocho kilómetros y disfrutando de unas vistas magníficas sobre la garganta de Santa María y la garganta Lóbrega, entre hermosos bosques de pinos y robles. Cruzamos entre otros el arroyo Castañarejo, que puede merecer un paseo por sus riberas, y nos detendremos al final del camino, ya en el refugio de la Albarea, junto al puente de la Garganta Blanca.

Desde allí podemos ascender por la orilla este, pasamos junto a los restos del llamado corral de las Monteses y seguimos, dejando a la derecha el abrupto arroyo de las Alamedas, hasta un pequeño cerrete con grandes bloques de granito en su cima, al que  llega la senda, y desde donde se contemplan magníficas vistas de la garganta Blanca y de la espalda del circo de Gredos. Enseguida encontramos los grandes bloques graníticos que distinguen las cabeceras de todas estas corrientes de la vertiente sur de Gredos.  Continuamos por la mal marcada senda que discurre entre los bolos berroqueños, quedando a la derecha el arroyo de las Cañas y poco después el arroyo de la Ribera que nace junto al risco del Fraile, que vemos elevarse solitario en la cumbre.

El camino se va haciendo cada vez más penoso y la corriente a veces desaparece bajo las grandes piedras. Llegamos finalmente a la zona de los Covachones, desde donde se levanta el gran macizo pétreo del circo. Arriba vemos a los Tres Hermanitos y su portilla, desde donde bajan en chorreras que cortan la piedra dos arroyos que dan origen a la Garganta Blanca. Antes hemos dejado a la derecha otro arroyo que nos permitiría subir hasta la portilla del Morezón con relativa facilidad. La zona de los Covachones es llamada así por las cuevas y grandes fracturas y grietas que han dejado con el tiempo el agua y la erosión. Los que estén preparados para el montañismo pueden incluso subir hasta la cresta del circo y ver abajo la laguna de Gredos.

Haremos después la segunda parte de la excursión. Apenas una hora de camino hay desde este mismo refugio de la Albarea hasta la conjunción de la garganta Blanca con la de Santa María, junto al puente del Camino al Puerto de Candeleda y el refugio del Rey.

Pozas esmeraldas de la Garganta Blanca en su tramo final
Pozas esmeraldas de la Garganta Blanca en su tramo final

Este tramos es un agradable paseo entre bosques serranos con la garganta despeñándose en pozas y chorreras muy bellas, siguiendo una senda bastante bien marcada que baja por la orilla oeste. La vuelta la podemos hacer subiendo por el camino del Puerto desde el puente del mismo nombre hasta el carril que viene desde el refugio de la Albarea, volviendo así al punto de partida.

Recorrido aproximado: Subida de la garganta, ida y vuelta 6 kilómetros, dos horas

Descenso hasta desembocadura, ida y vuelta 5 kilómetros, 1 hora y media

 

LAS HUERTAS DE TALAVERA EN LA HISTORIA (y 2)

LAS HUERTAS DE TALAVERA EN LA HISTORIA (y 2)

Tractorista representado en un panel de azulejos de El Carmen
Tractorista representado en un panel de azulejos de El Carmen

Pero también en este siglo de esplendor para nuestra ciudad debemos hablar del primer tratado español de agricultura  escrito por nuestro paisano Gabriel Alonso de Herrera , uno de los pioneros europeos de las ciencias agropecuarias. En su “Obra de Agricultura” dedica, el que fue clérigo de la iglesia de San Miguel, varios capítulos a las huertas y árboles frutales en una deliciosa lectura que se basa en sus experiencias en los campos talaveranos y que por tanto dará al lector cumplida idea de cómo era el trabajo de la tierra en nuestro entorno durante aquellos años de florecimiento para Talavera.

En el siglo XVIII, el Catastro de Ensenada nos ofrece datos sobre la tradicional bondad de la “ huerta de riegos y cercados para verde que son de buena calidad y mediana”. Comienza en este siglo a aumentar  en el paisaje de huertas y cercados , un cultivo que , aunque antiguo en la zona, se dispersa en abundancia por toda la comarca. Se trata de la morera que por decenas de miles se plantan  aprovechando sobre todo las lindes de las propiedades, abasteciendo así a los criadores de gusano que lo suministraban a la Real Fábrica de Sedas.

Tratado de Agricultura de gabriel Alonso de Herrera en su versión italiana
Tratado de Agricultura de gabriel Alonso de Herrera en su versión italiana

Ya en el siglo XIX Ildefonso Fernández dice que son famosas” las hortalizas, los espárragos, lentejas, judías, patatas, plantas medicinales de varias clases, y entre las frutas los albaricoques, las peras, los higos, las uvas, los membrillos, melones, sandías, ciruelas…” productos que como se puede observar coinciden con los de épocas anteriores.

Tanto en Talavera como en sus alrededores, la nobleza contaba con huertas que podríamos considerar “de recreo”;  es el caso de la de los marqueses de Velada que, junto a su palacio, poseían una huerta y un jardín” con naranjas, y cidros, limones y zamboos y otros árboles y flores de mucha fruta con sus fuentes abundantes de agua que viene encañada por caños como a un tiro de ballesta del dicho jardín y delante de su palacio un estanque en el cual hay peces, tencas y carpas…”

Un viejo proyecto de hacer regables las vegas talaveranas se consolidó en la postguerra con la construcción del canal Bajo del Alberche que desde el embalse de Cazalegas llevaría el agua por una red de acequias. Se construyó con  el trabajo forzado de los presos republicanos que cumplían condena en la Penitenciería de Santa Apolonia.  Estos canales cambiarían la fisonomía de las antiguas huertas y traerían nuevos cultivos como el algodón y el tabaco, los secaderos de tabaco se repartirían por toda la vega formando parte del paisaje hasta hace  bien poco.

Todas las huertas de la vega talaverana se componían de elementos similares, daba acceso a la finca el paseo si estaba bordeado por setos, o bien el emparrado si el acceso era cubierto; al final se encontraban las dependencias en las que habitaban los hortelanos y, en el caso de las grandes huertas, había un edificio residencial para la familia de los propietarios.

La noria, movida por un burro o una mula, hacía surtir el chorro de agua, aunque más adelante se comenzaron a utilizar los motores, las “bombas” , tanta sensación debió causar a nuestros paisanos alguno de estos primeros artificios que todavía hoy se conoce con nombre propio La Huerta de la Bomba . De la noria caía el agua a uno o varios pilones en los que bebían los animales y desde allí se dirigía  a la alberca donde se almacenaba. Desde la alberca salía el agua por la reguera maestra a inundar las tablas de los diferentes cultivos por otras regueras secundarias.

Las tablas de mayor extensión eran ocupadas por  el maíz, destinado principalmente a la alimentación del ganado de la huerta, y las tablas de patatas que eran más tarde vendidas con los tomates, pepinos, pimientos , melones etc… que se llevaban al mercado talaverano; a los mayoristas de la ciudad y en ocasiones a los asentadores de Madrid.

Tabla de los años 50 que representa el aumento de producción hortícola con los regadíos del canal bajo del Alberche
Tabla de los años 50 que representa el aumento de producción hortícola con los regadíos del canal bajo del Alberche

Otros edificios albergaban las cuadras con algunas vacas, la mula y el macho. No faltaban las guarreras para los cerdos de la matanza familiar, y a veces otra dependencia hacía de pajar o granero, aunque se solía utilizar más para esta función la troje o doblao que, en ocasiones, tenía una trampilla de acceso directo a las cuadras.

A veces , además de la vivienda de los hortelanos, había otra más residencial para los dueños de la finca, también se construía  un cenador en el que se pasaban las veladas al fresco utilizando la alberca como piscina donde refrescarse. El cenador no era necesario si unos buenos nogales, las higueras o incluso algún pino piñonero daban suficiente sombra para conseguir ese rincón ameno de descanso que no faltaba en ninguna huerta.

Además de las vacas y las caballerías siempre pululaban por la huerta los perros, las gallinas, y los gallos que se guardaban para las Navidades y otras fiestas. Entre esas pequeñas celebraciones familiares de la huerta estaba la de la siembra de la patata, en ella los componentes de toda la familia y a veces los vecinos, ayudaban en la faena de cortar las patatas en fragmentos para la siembra. Casi todas las huertas tenían alguna parcela sembrada de trigo o de cebada para los animales y trillarlo en la parva suponía otro motivo de júbilo sobre todo para la chiquillería. También se reunía la familia para espanizar, que no es otra cosa que quitarle la cubierta a las panochas de maíz para después enristrarlas y colgarlas. La matanza era la fiesta doméstica invernal por antonomasia donde se realizaba esta labor con el ritual acostumbrado.

Acabamos, no sin cierta tristeza, al recordar aquellas huertas que los talaveranos utilizaban como merenderos como La Bombilla o Miralrío, de una frescura y una amenidad que nos recuerdan los versos de los musulmanes cantando a sus huertas, como éste que Ben Sara escribió en el siglo XII:

¡ Qué bella la alberca rebosante! Parece una pupila cuyas espesas pestañas son las flores.

Nuestra huertas son directas herederas de aquellas que los árabes disfrutaron en la hermosa Talabayra cantada por sus viajeros. Esa gran ciudad recibida de los godos que, al observar  la abundancia de sus aguas, bautizaron  con el nombre de AQUIS.

LAS HUERTAS DE TALAVERA EN LA HISTORIA (1)

LAS HUERTAS DE TALAVERA EN LA HISTORIA

Foto de una huerta talaverana de Ruiz de Luna
Foto de una huerta talaverana de Ruiz de Luna

Aunque los habitantes de Talavera y su entorno siempre explotaron las buenas tierras de la vega del Tajo mediante el cultivo de huertas, el paisaje actual, determinado por los regadíos del Canal Bajo del Alberche, puede hacernos concebir una imagen un tanto distorsionada del aspecto agrario de la ciudad en el transcurso de la historia. En realidad, lo que siempre predominó en los campos talaveranos fue el olivar, acompañado de viñedo y campos cerealistas de buena calidad.

Pero sin embargo, siempre hubo intentos para desarrollar el potencial de los buenos suelos de la vega talaverana y la abundancia de aguas que propios y extraños percibían como recursos desaprovechados. Entre los forasteros que anotan esta impresión a su paso por la ciudad está Antonio Ponz que dice: “ Más abajo del puente, como a dos o tres tiros de fusil, entra el Alberche en el Tajo. El territorio hasta Talavera es de más de una legua; y siendo vega muy llana, se podría regar parte de ella con las aguas del Alberche, que me parecen bien someras. Esto, me dijeron, se ha pensado varias veces pero no se ha hecho…Logra esta villa, que es de las principales del Arzobispado de Toledo, situación tan ventajosa como ninguna otra ciudad de cuantas yo he visto”. Y entre los paisanos que lamentan la falta de aprovechamiento de nuestro feraz territorio citaremos al Padre Juan de Mariana, que llega a reprender a sus convecinos por la indolencia y falta de iniciativa para enriquecer los cultivos de la hermosa tierra que les había sido dada.

Foto de huerta talaverana a principios del siglo XX
Foto de huerta talaverana a principios del siglo XX

De todas formas, las explotaciones de regadío, aunque no todo lo ambiciosas que debieran, han sido una constante en el curso de la historia de Talavera. Existen en toda la comarca numerosos asentamientos tardorromanos situados junto a corrientes poco abundantes pero de caudal constante que, por su localización y aprovechamiento hortícola posterior, nos sugieren la existencia de huertos mediante la fácil canalización de estos arroyuelos. Es el caso de yacimientos como los de Riolobos en Mejorada, arroyo del Valle en Los Navalmorales, cabecera del Cedena, Tamujoso y otros. También las ricas villae   romanas situadas en la misma vega del Tajo aprovecharon en mayor o menor medida las aguas del río para los cultivos y el recreo de sus dueños.

Dibujo alegórico de Ruiz de Luna sobre los regadíos y huertas del Alberche
Dibujo alegórico de Ruiz de Luna sobre los regadíos y huertas del Alberche

Los árabes nos traen su cultura hidráulica y Talavera es una ciudad típicamente musulmana, con un núcleo urbano muy poblado y un gran alfoz en su entorno en el que se aprovechan dispersas explotaciones agrícolas, muchas de ellas en huertas. Cualquier talaverano que halla viajado a Córdoba, capital del califato habrá sentido esa sensación de familiaridad con su paisaje urbano, una estructura general  muy parecida a la de Talavera. El mismo Ponz nos dice, también  en su “Viaje de España”, a su paso por nuestra ciudad: “ Está fundada en medio de la referida vega, baña el Tajo sus murallas por el lado del Mediodía, y en la situación es muy parecida a la ciudad de Córdoba.”, y es que, en efecto, con su río, islas, puente, muralla y templos forma Talavera un conjunto muy similar a la que fue su capital en época musulmana y a la que sirvió con las armas contra Toledo en numerosas ocasiones. Pero hay otro elemento hoy desaparecido que aumentaba todavía más esa semejanza, me refiero a la albolafia de Córdoba, una rueda de cangilones que como otra similar  en Talavera se sumergía en el río y subía el agua a la villa para abastecerla primero y para regar la huerta de los jerónimos más tarde. Esa rueda o noria se situaba en una torre de la muralla que se adentraba en el río frente al lagar y que puede observarse en una de las fotografías de época que nos dejó Ruiz de Luna. También existió una almunia, huerta en árabe, situada en la zona de la Puerta de Cuartos.

Tras la reconquista, los cristianos encuentran esas explotaciones árabes que siguen trabajando agricultores moriscos. La reina doña María de Portugal, que dio apellido a la ciudad, recibió como dote junto con la misma villa la llamada Huerta o Almunia  de la Reina, situada en las inmediaciones de lo que hoy se conoce como finca de Cabañuelas, cerca de Talaverilla .También se conservan allí los restos de unos molinos que fueron asimismo de propiedad real. Conocemos además  referencias medievales a la  Huerta del Rey y , concretamente en el año1192, a otras explotaciones en la colación de San Antolín, iglesia situada al oeste de Talavera y todavía no exactamente localizada,,y es curioso constatar que los dueños de estas huertas tienen apellidos mozárabes en su mayoría, Lope ben Farach, Vicente ben Yahya o Miguel ben Amor

En las actas medievales del ayuntamiento se nombran los lugares concretos donde deben situarse los puestos de frutas y hortalizas, generalmente en la zona de la muralla que daba a la Corredera y en la misma ubicación en que hasta hace poco se han mantenido los tenderetes  veraniegos de sandías y melones.

En esas mismas actas figuran también los numerosos conflictos entre los agricultores que desviaban los cauces de los arroyos de la comarca con los hortelanos de aguas abajo; otras veces el choque se producía entre ellos y los molineros o los cultivadores de lino que en sus aterrazamientos  precisaban de la inundación de los linares. Esas mismas referencias medievales nos hablan de la producción de higos, duraznos, peras, granadas y çirmenos que eran protegidos por bardales,es decir, por vallados vegetales.

Los viajeros del siglo XVI como Munzer o Jouvin cantan las excelencias de las hortalizas talaveranas y la frescura y feracidad de sus huertas. En las Relaciones de Felipe II se dice: “ junto a esta villa hay muchas y muy buenas huertas de hortalizas y frutales de duraznos y ciruelas y perales y granadí y higueras y otras frutas”. Como testimonio gráfico de este siglo contamos con el dibujo que de la ciudad hace Van der Wingaerde, en él se percibe el verdor de la huerta del convento de las benitas; otros huertos monacales fueron el de La Trinidad, el de los carmelitas que estuvo en la zona del antiguo cine Calderón, el de San Agustín, el huerto de los jerónimos y el de Santo Domingo que todavía hoy se conserva.

La torre de Nazarque entra en el río y en la que se situó la rueda de cangilones con la que se regaba la huerta de los jerónimos.

LOS PRIMEROS CRISTIANOS DEL VALLE DEL TAJO

LOS PRIMEROS CRISTIANOS DEL VALLE DEL TAJO

Nuevo capítulo de la serie «Ríos de Historia» que trata sobre los primeros yacimientos arqueológicos del valle del Tajo con muestras de la cristianización de romanos y visigodos

EXCAVACIÓN EN 1970 DEL MAUSOLEO DE LAS VEGAS DE SANTA MARÍA
EXCAVACIÓN EN 1970 DEL MAUSOLEO DE LAS VEGAS DE SANTA MARÍA

Mientras se producía esta ruralización de la población, en las grandes villas del Tajo ya decadentes los hispanorromanos se van conociendo la religión cristiana y haciéndose creyentes especialmente desde que el Emperador Constantino la declara religión oficial del Imperio.

Muestra de ello es que algunas de ellas adaptan sus edificios para hacer los templos de la nueva religión y se convierten en todo o en parte en basílicas cristianas. Es el caso de la villa de Saucedo en las cercanías de Talavera la Nueva que desde mediados el siglo I d.C. es una típica villa romana hasta que a finales del III sufre a importantes modificaciones en su estructura, ampliándose las instalaciones agrícolas y señoriales pues se construyen instalaciones termales y un gran salón decorado con mosaicos (En el Museo de Santa Cruz de Toledo  se conserva un mosaico que estuvo en el ábside de la basílica en el que se representa una mujer sosteniendo un cuerno de la abundancia y un globo o luna creciente) y planta absidiada  que ya a finales  del siglo V se convertirá en basílica cristiana. En sus excavaciones se ha encontrado una piscina bautismal con su escalera de subida y la de bajada y con las conducciones del agua y un sumidero consistente en una placa de mármol con decoración labrada de motivos vegetales. Los muros delimitan claramente la planta basilical y se levantan en parte sobre los anteriores mosaicos que decoraban la villa. Otros nuevos como el ya aludido en el que aparecen dos delfines con las colas entrelazadas con un tridente representarían un motivo simbólico de los utilizados por los primeros cristianos. También se halló un altar de piedra con un crismón como símbolo de Cristo grabado en él. En el siglo VIII hay un gran nivel de incendio que podría coincidir con la llegada de los visigodos lo que se atestigua por el hallazgo en ese nivel de cenizas de una moneda de Witiza.

Mausoleo de las Vegas de Pueblanueva en el lamentable estado en que se encontraba hasta su limpieza reciente
Mausoleo de las Vegas de Pueblanueva en el lamentable estado en que se encontraba hasta su limpieza reciente

La casa contaba con un sistema complejo de calefacción por agua y también una fuente en la entrada monumental recibía a los visitantes. Un patio central recogía las aguas de lluvia. Las instalaciones termales en esta villa donde el agua es nuevamente protagonista pues se han encontrado.

Otra de estas grandes villas del Tajo que se reconvierten en basílicas cristianas, y luego parece que en templo visigodo, es la villa de Las Tamujas cercana a la desembocadura del Cedena en el Tajo, que también contaba con ricos mosaicos en su zona residencial e instalaciones termales.

El mausoleo de Las Vegas del Pueblanueva, también situado cerca del Tajo y con dos villas romanas en su entorno, es un monumeto de grasn importancia arqueológica, aunque hoy permanece lleno de basura y en un estado lamentable. Se trataba de un edificio de forma octogonal con unos trece metros de diámetroconstruido  con muros de canto y argamasa de ochenta centímetros de grosor. En uno de sus lados se puede todavía ver una cripta monumental con unas escaleras de acceso en cuyo interior se encontró el sepulcro llamado de Los Apóstoles en mármol y que hoy se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional, además de otros dos sepulcros de piedra. Toda la estructura está realizada en magnífica sillería granítica.

Lápida de Litorio en la ermita del prado, uno de los más importantes elementos arqueológicosde los primeros cristianos en españa en España
Lápida de Litorio en la ermita del prado, uno de los más importantes elementos arqueológicosde los primeros cristianos en españa en España

Un elemento de gran importancia como huella de aquella temprana cristianización de nuestra comarca es el hallazgo de la placa de Litorio en la zona de la Trinidad. Hoy se encuentra encastrada a la izquierda del muro de la entrada de la ermita. Ermita que debemos recordar dice la leyenda que su conversión a templo cristiano fue impulsada por el rey visigodo Liuva que hizo que este lugar junto a las alamedas fluviales y que estaba dedicado en tiempos de los romanos a Ceres, su diosa de la fertilidad,  se cristianizara bajo la advocación de la Virgen del Prado.

Varios elementos arquitectónicos de claro origen visigodo se han hallado repartidos por nuestra comarca. Cimacios, capiteles, pilares o restos de ventanas formaban parte de antiguos templos cristianos, y aunque fuera ya de nuestro ámbito territorial es un magnífico ejemplo de la arquitectura de esta época, la iglesia de Melque próxima a San Martín de Montalbán. Incluso hay numerosos autores que quieren ver en la finca de La Alcoba, donde también se hallan restos de una antigua villa romana, el lugar donde se localizaba un monasterio cuyo abad fue nombrado obispo por el rey Wamba, pues era muy devoto de un famoso predicador cuyos restos se guardaban allí, San Pimenio. Ese primer y único obispo «talaverano» se llamó Cuniuldo, cuya diócesis fue luego eliminada y él nombrado obispo de Itálica.

SARCÓFAGO DE PUEBLANUEVA HALLADO EN EL MAUSOLEO JUNTO AL TAJO Y HOY EN EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL
SARCÓFAGO DE PUEBLANUEVA HALLADO EN EL MAUSOLEO JUNTO AL TAJO Y HOY EN EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL

La diócesis en cuestión se llamó Aquis, cuyo significado es «aguas» otro elemento más que nos habla de la vinculación histórica de nuestra tierra con los ríos y las fuentes que vamos desgranando en estos artículos.

LA VÍA DEL HAMBRE, CUENTO, (Y 2)

LA VÍA DEL HAMBRE, CUENTO, (Y 2)

Al fondo, la desembocadura del Joyegoso, donde s produjo el asalto de los maquis de este relato
Al fondo, la desembocadura del Tamujoso, donde s produjo el asalto de los maquis de este relato

Después de compartir el vino, se fue rompiendo la frialdad de los primeros momentos y al cabo de un rato los chicos estaban tratando a los ancianos con el aire entre paternalista y estúpido con el que los urbanos tratan a los rústicos, especialmente cuando son ancianos.

– Eran los tiempos de la posguerra -comenzó a relatar el abuelo- Cuando acabó la escabechina  hubo gente de los que perdieron que tuvo que echarse al monte para salvar el pellejo y más tarde empezaron a luchar contra los de Franco en todos estos montes, hasta la sierra de Guadalupe.

– ¡Ah, los maquis! – dijo con aire un poco conspirador uno de los jóvenes con aspecto de profesor de instituto -.

– En efecto- continuó Ramiro- por aquí andaban las partidas de Quincoces, un tratante de ganado de Aldeanovita que antes de echarse al monte había sido alcalde y llamaban “Lamío”. Los guerrilleros llevaban ya dos años arrastrando el culo por esos jarales y los aliados no condenaban al régimen. Más que luchar sobrevivían tirando con lo que les ayudaban los molineros y la gente de las labranzas y con algún asalto de poca monta que daban de vez en cuando.

-¿Veis la desembocadura de aquel arroyo en el Tajo? Es el Tamujoso. Por allí pasaba el antiguo camino de Talavera y en aquellos dos cerros se plantaron los de la sierra con ametralladoras. Regresaban unos cuantos del pueblo de la feria de Mayo con las cuatro cosillas que habían comprado y con el dinero de la venta de algo de ganado cuando les dieron el alto.

Los maquis necesitaban dinero para la huida al extranjero que preparaban y les hicieron darles todo el dinero y los objetos de valor que eran pocos. Pero uno de los asaltados empezó a moverse indicando con gestos que no podía aguantar, que debía retirarse a, bueno, ya sabeis, a hacer aguas mayores.

Los del puenting se echaron a reír dando palmaditas a Ramiro que continuó.

– Igual que vosotros se reían los compañeros de desdichas de Hilario cuando creían que tenía que retirarse detrás de las retamas de puro miedo y, aunque les habían desplumado, fueron desahogándose con él todo el camino de vuelta hablando de la suciedad de sus calzoncillos y del mal olor que despedía. Pero, cuando ya se veía la torre de Aldeanueva, Hilario se volvió sonriendo a todos sus paisanos y dijo con una mirada irónica que sí, que olía mal, pero que lo que olía mal era su cartera, sobre la que había “hecho de cuerpo” y así no se la habían quitado los maquis. Aunque oliera mal, después de lavarla, el tendría su dinero, pero todos los que se burlaban, sin embargo, lo habían perdido todo. Hilario continuó su camino dejando a todos pasmados mientras él se tronchaba a carcajadas. Podéis imaginar chavales porqué desde entonces le llamaron  Hilario “Cagacarteras”.

-Siempre con tus tonterías- dijo don Romualdo mientras disimulaba la sonrisa y tiraba del brazo de su amigo- ¿Qué van a pensar estos estudiantes de los del pueblo?. Vámonos, que ya empieza a refrescar y trae pinta el oreo de caer esta noche una buena pelona.

Volvieron los dos hacia Aldeanueva mientras el jefe de estación iba comentando:

– Quien le iba a decir al pobre Amador que su viaducto iba a servir para que unos petimetres de Madrid vinieran a tirarse de cabeza con una goma.

Había noches en las que Ramiro se despertaba con la fatiga. Con sus pulmones silbando, como el tren que nunca pasó por su vida ni por su estación. Miraba al retrato de la mesilla donde aparecía muy serio con su uniforme de jefe de estación. Así permanecía a veces durante horas hasta que amanecía angustiado con el pensamiento de que alguna de estas noches no vería entrar de nuevo la luz entre las persianas, ni oiría las blasfemias de su vecino Desiderio intentando arrancar el tractor. Su vida se apagaba y era como un cuadro en el que el artista ha pintado el fondo, un paisaje primoroso, el cuerpo y el traje del retratado con todo lujo de detalles pero le falta la cara. Aunque sea el mejor cuadro del mundo, la vida de Ramiro es un retrato sin rostro.

Al día siguiente volvieron don Romualdo y él a pasear por la vía pero esta vez en la dirección opuesta, hacia Extremadura. Salieron del pueblo por los antiguos lavaderos y los dos sintieron la añoranza del bullicio de las mujeres lavando en las pilas de piedra. Parece que escuchaban correr el chorro del pilón y  creían ver la ropa blanca que se extendía sobre los juncales que rodeaban a ese mentidero del pueblo que actualmente había sido sustituido como tal por la consulta del médico, verdadero lugar de encuentro de los pequeños lugares donde las mujeres acuden con “los cartones” de los medicamentos envueltos con la cartilla en una bolsa de plástico. Allí intercambian sus dolencias y sus experiencias quirúrgicas. Hoy solamente estaba junto a las pilas un dominguero madrileño de los muchos que aprovechan los viajes al pueblo para despojar a sus padres del aceite y de los chorizos de la matanza y para lavar meticulosamente su automóvil.

Lavaderos de Aldeanueva de Barbarroya
Lavaderos de Aldeanueva de Barbarroya

Continuaron vía adelante hasta cruzar el camino que discurre junto al Canto del Perdón. Se sentaron al sol y miraron hacia la enorme roca de granito en la que aparecían unos misteriosos grabados en la superficie. A su alrededor las gentes que desde hace siglos transitan por el sendero han ido arrojando cantos hasta formar un  pequeño túmulo.

– ¿Cómo quiere usted Ramiro que los gobiernos traigan aquí trenes y progreso si la gente sigue todavía echando piedras en los caminos y pidiendo deseos que nunca se cumplirán?

– Pues para eso precisamente, para que estas gentes salgan de su encierro y de su ignorancia. Aparte, don Romualdo, de que ustedes los catedráticos cuando se ponen esas togas absurdas y esos sombreros de los que parecen que cuelgan fideos no son menos ridículos.

– No te ofendas. Es curioso que lo que nuestros paisanos veneran en esa piedra no es otra cosa que un grabado de la Edad del Bronce. Algo que hace cuatro mil años producía fervor a los cazadores y mineros que andaban por aquí.

– Puede que sea eso, pero a mí me han contado otra versión. Dicen que hace muchos años, en una venta del pueblo jugaban a los naipes un pastor y un arriero. El vino y las trampas provocaron una pelea entre los dos. El arriero sacó la navaja hiriendo a su compañero de juego y emprendiendo después la huida. La rabia y la herida hicieron correr como un corzo al ofendido que dio alcance a su agresor sacando su faca pero, cuando ya iba a matarle el arriero imploró perdón y el pastor agredido escuchó la voz de una mujer hermosa que le pedía que no lo hiciera. No se sabe si la mujer era la Virgen o un hada, lo cierto es que todo el mundo pide un deseo, lanza una piedra y reza una oración cuando pasa por aquí y yo, amigo mío, voy a ser ahora mismo un ingenuo y un rústico y voy a pedir un deseo que además no le voy a contar.

– Allá tú con tus supersticiones, pero vámonos que quiero echar un trago en la fuente de los Cuadrilleros.

Grabados del Canto del Perdón
Grabados del Canto del Perdón

Cuando llegaron a la vía, un todoterreno daba acelerones intentando salir de un trampal de barro hundiéndose cada vez más. Se acercaron y aconsejaron al conductor que cortara unas retamas y las metiera bajo las ruedas. Empujaron como pudieron y, aunque a don Romualdo se le puso su abrigo pasado de moda perdido de barro, el coche consiguió salir.

– ¿Que hacen ustedes por aquí? ¿Es que son del catastro?.

– Pues no, somos topógrafos de las obras de la Vía Verde.

Ramiro sintió algo muy extraño, recordaba a los ingenieros que antes de la guerra anduvieron con sus palos y sus teodolitos midiendo por todas partes para comenzar después  las obras de la vía, su vía.

– Mire usted, esta es la línea de Talavera a Villanueva de la Serena, aunque también se la conoce como la Vía del Hambre porque en los años de la posguerra dio muchos jornales en estos pueblos, que entre la política y las sequías aquí se comieron muchas bellotas por aquella época. Pero eso de la Vía Verde es nuevo.

– ¡No hombre! – dijo el ingeniero – Así es como van a llamar los políticos a la ruta que se va a preparar para atraer al turismo rural. Vamos a arreglar las estaciones, el piso y los derrumbes. Se va a señalizar el recorrido y se van a iluminar los túneles para que vengan los turistas a recorrerla andando, en bicicleta o a caballo.

– ¿Pero van a pasar viajeros por la vía?- preguntó Ramiro casi con ansiedad.

– Pues claro abuelo, la gente de Madrid pasamos las semanas como los toros metidos en los cajones y, cuando llegan los viernes por la tarde, nos abren el toril y salimos corriendo a las sierras y a las dehesas.

Los topógrafos se despidieron y los dos jubilados continuaron su camino de vuelta a casa. Ramiro iba silencioso, mirando al frente con la vista fija en las cumbres de Gredos que se levantaban como un farallón nevado al fondo del paisaje. De pronto salió de su mutismo.

-Se imagina usted, turistas sentados en la estación con sus mochilas y sus ropas de colores, las estudiantes tomando el sol junto a la cantina. Darían una vuelta por el pueblo y comprarían algún queso o algún sombrero de paja de centeno de los que hace tía Casi, y alternarían con los cuatro mozos que quedan, que además podían emplearse en las fondas o arreglando la vía. Y visitarían la ermita del Espino, y la iglesia. Alguna vez tiene que tocar algo bueno a estas tierras.

– ¡Bah!, ¿Quién va a venir aquí a hacer turismo?. A este rincón olvidado.

– Romualdo, deja ya la mala leche, que éste también es tu pueblo al fin y al cabo. Y todos los pueblos han tenido sus momentos buenos. Ahí enfrente, a la otra orilla del río Uso, sin ir más lejos, estuvo la Ciudad de Vascos que tiene sus baños, sus palacios, sus murallas y sus mezquitas. Una ciudad rica de los romanos y de los moros que trabajaban en ella los minerales de oro de las minas de sierra Jaeña. No siempre hemos sido pobres, o te crees que los americanos no llegarán a ser con los años tan pobres como son ahora los egipcios, y eso que también tuvieron una civilización que construyó las pirámides. A todos los pueblos les vienen sus rachas, como en el mus. A lo mejor estamos ahora de racha en La Jara, como cuando los Reyes Católicos, que nuestra miel valía un Potosí.

– Veremos si es verdad, pero no te enfades ¡Coño! Y, hablando de la Ciudad de Vascos, cuéntame lo del Marqués de Lozoya con Serapio el de tía Pastora que el otro día no acabaste.

– Pues verás, vino el marqués a buscar ruinas y tesoros a la Ciudad de Vascos y le servía de guía Serapio. Un día le llevaron los porqueros de la finca una escultura de bronce como de medio metro de altura. El marqués de Lozoya dijo que se trataba de una escultura romana del dios Priapo y Serapio, al ver la escultura y fijarse en lo bien armado que estaba el tal Priapo, dijo:

– Pues a mí señor marqués esta estatua me parece el niño que no se andaba con el bolo colgando.

– Pero qué bestias sois – respondió don Romualdo disimulando mal la risa-.

lcazaba de la Ciudad de Vascos y desembocadura del río Huso en el Tajo
lcazaba de la Ciudad de Vascos y desembocadura del río Huso en el Tajo

– Venga, vamos a tomar unos chatos al bar de la carretera. Te convido, que hoy estoy de buen humor- invitó Ramiro.

Habían pasados dos años, Ramiro tenía otras cuantas carranclas, como llamaban en el pueblo a los achaques. Esa mañana se levantó y subió al doblado. A duras penas pudo bajar un baúl que no había abierto desde hacía cuarenta años, justo desde el día en que le comunicaron por telegrama que las obras iban a ser abandonadas antes de colocar los raíles. No se terminaría nunca pero que él podía seguir con su puesto de jefe de la estación y cuidar de las instalaciones. Él siempre había querido ser el jefe de la estación de su pueblo y allí se quedó.

Sacó del baúl un traje de jefe de estación y, después de afeitarse escrupulosamente, se puso la chaqueta, los pantalones ya no le valían. Tomó la bandera y la gorra y salió a la calle cruzándose con el cura que se quedó boquiabierto dejando caer la ceniza de su cigarro mal liado sobre la sotana.

En la vía estaban el alcalde y los concejales con el alguacil que había estrenado uniforme y zapatos para la ocasión. Los periodistas y los cámaras esperaban curioseando la vieja estación recién restaurada mientras algunos curiosos esperaban a la sombra de un enorme cartelón que anunciaba que los dineros gastados venían de Europa. El teniente de zona de la Guardia Civil esperaba la llegada de las autoridades con esa cara de aburrimiento que solamente saben poner los guardias civiles en las inauguraciones. Aparecieron varios automóviles, algunos con los cristales ahumados.

La mayonesa de los canapés empezaba ya a ponerse amarilla cuando el Consejero y el Director General fueron recibidos por el director de RENFE y otros personajes más o menos relacionados con las obras. Después de inspeccionar las reformas de la estación se dirigieron hacia el túnel para observar su iluminación por luz solar y cortar la cinta.  Ninguno de ellos reparó en un hombre menudo, oculto entre unas jaras y vestido de jefe de estación que, a su paso, bajó ceremonial una bandera mientras se le humedecían los ojos y decía ¡Aldeanueva de Barbarroya, diez minutos!.

LA VÍA DEL HAMBRE, CUENTO (1)

LA VÍA DEL HAMBRE, CUENTO (1)

La llamada hoy Vía Verde de la jara es denominada por los lugareños la Vía del Hambre. En este cuento de obras que no se acabaron se relata el porqué. 

Estación de la Vía del Hambre en Aldeanueva de Barbarroya
Estación de la Vía del Hambre en Aldeanueva de Barbarroya

Había llegado esa hora de los inviernos de Castilla en la que es difícil permanecer sentado sin que se enfríen las orejas. Cuando el sol rojo, que cae después de uno de esos días despejados de un azul diáfano, quiere calentarnos más, pero no puede y se hunde en la tierra húmeda de la que empieza a levantarse una neblina rastrera. Ramiro “el jefe” se ha quedado pensativo sobre el andén mohoso que nunca pisó ningún pasajero. Mirando hacia el suelo mientras se cala la gorra, murmura:

– Mira tú que si al final sirvió para algo todo aquel sudor.

Hoy no ha venido don Romualdo a dar el paseo después de la partida. Sin compañía, no ha querido hacer su diario recorrido por la vía. La verdad es que cada vez se va notando más viejo y parece que tiene un perro mordiéndole la rodilla, como siempre le dice al médico, quien, a su vez, siempre le responde:

– Pero qué quiere Ramiro, con sus casi ochenta años y lo trabajado que está usted, ojalá estuviera yo así.

Todo el mundo sabe en el pueblo que don Antonio, el médico, siempre ha sufrido antes que sus pacientes cualquier enfermedad, incluso las que son un poco ridículas o infamantes.

– ¿Es que crees que sólo tú tienes almorranas?. Mira, tres semanas llevo yo con las posaderas sobre el flotador de mi nieto para aguantar el dolor.

Tampoco las patologías venéreas escapan a su terapéutica comparativa y si algún mozo viejo va a la consulta con purgaciones de puticlub, relata el galeno con todo lujo de detalles cuando cogió un mal chancro haciendo la mili en Melilla, y cómo su padre tuvo que mover durante la posguerra sus influencias en las embajadas para conseguir la penicilina salvadora.

Ramiro salió de la estación mirando de reojo las paredes decoradas con dibujos soeces y las grietas que dejaron los chatarreros cuando robaron las tuberías. Ha pasado mucho tiempo desde que “el jefe” dejó de llamar la atención del alcalde para que, al menos, tapiaran las puertas y ventanas y, de vez en cuando, el ayuntamiento diera una peonada para correr el tejado. Ya no quedaban tejas, y el fuego que encendieron para calentarse unos aceituneros portugueses acabó hace algunos años con la techumbre. Hasta llegó, con la ayuda de don Romualdo, que había sido profesor en la universidad, a escribir una carta a un periódico de Talavera para que las autoridades tomaran cartas en el asunto, pero nadie le escuchó.

El camino iba subiendo junto a una hilera de álamos corroídos por la grafiosis y Ramiro pensó mirándolos:

– Estos árboles están como yo y como la vía, aunque, si es verdad lo que me han dicho esos dos ciclistas de Madrid, puede que la estación de Aldeanueva de Barbarroya se salve.

Él siempre soñó con decir en voz alta ese nombre, tan sonoro y difícil de pronunciar, del pueblo donde estaba destinado como jefe de estación a los forasteros que asomaran por las ventanillas, pero nunca llegó a levantar la bandera ni a oler la carbonilla, la línea nunca se terminó.

Viaducto a puente de Amador, llamado así por el contratista que lo levantó
Viaducto a puente de Amador, llamado así por el contratista que lo levantó

De camino a casa se detiene con Teresa, una de esas personas chatas y bajitas que todavía se pueden ver por las tierras pobres de España marcadas por la necesidad de la posguerra y por la precariedad de su alimentación.

-Ya ve usted señor Ramiro, entonces, cuando llorábamos y no había qué llevarnos a la boca nos hacían con un trapito atado un chupete de miel y adormidera y así engañábamos el hambre; y no como ahora, que los críos están “tiestos de yogules y potitos desos”.

La mujer continúa lavando los moldes de esparto de los quesos y le ofrece al jefe de estación.

– Tome usted un cachejo que mis cabras son las más limpias del pueblo.

El hombre coge un pedazo de queso con un vaso de vino tan oscuro y espeso como las arcillas de La Jara donde nacen las viñas y continúa cansino hacia su casa. Hoy, después de mirar en la televisión un concurso estúpido o alguna de esas películas americanas que no entiende, se irá a acostar y volverá a contemplar absorto, como en una oración, el retrato de su mujer que tiene junto ese cuadro de los caballos y los ciervos bebiendo a la luz de la luna que hay en tantas casas de los pueblos españoles. Parece que ha sustituido a aquel hule con el mapa de España que cubrió durante décadas la mesa camilla. En él los niños españoles aprendían geografía cuando un macarrón se caía sobre la ciudad de Valencia o el cerco caliente de una cacerola requemaba la provincia de Madrid.

Al día siguiente, después de perder en la partida un café y dos copas de Veterano, Ramiro salió con don Romualdo a dar su paseo.

– Venga Ramiro, que ya sabes que en febrero busca la sombra el perro, y hoy parece que ha calentado un poco más el sol. Vamos a acercarnos por la vía hasta la fábrica de la luz.

Pasaron primero junto a los muelles de la estación y Ramiro imaginó a las vacas y las cabras subiendo en los vagones para ir a la feria de ganado de Talavera. Siguieron por delante de los almacenes también arruinados, mientras las uralitas sueltas golpeaban contra la estructura oxidada del tejado. Frente a ellos, a falta de raíles y guardagujas, los chavales habían preparado un campo de fútbol en la explanada y se llamaban unos a otros con nombres brasileños.

– Está usted oyendo Ramiro, nosotros aprendíamos que Hernán Cortés y Pizarro debían ser nuestros héroes, y ahora resulta que los indios de las favelas son los ídolos de la juventud. Un detalle de justicia histórica para aquellas tribus que siempre salían perdiendo en sus luchas contra los dioses de la barba y el caballo- explicó don Romualdo en el tono un poco pedante que siempre utilizaba con sus paisanos cuando hablaba de estas cosas que ninguno de ellos comprendía.

Siempre que tomaba esta actitud, su compañero pensaba lo alto que había llegado “Aldito” el hijo de Marciano “Gorreta”, que con este nombre conocían en el pueblo a todos los de su familia pero, cualquiera se lo llamaba. Un enfado jupiterino le acometía si alguien le recordaba en su cara el mote familiar e improperios como palurdo, asno, o acémila eran lo mínimo que salía de su boca, mientras una lluvia de perdigones escapaba entre su descolocada dentadura postiza.

Las flores de los almendros estaban perdiendo los pétalos y formaban una alfombra bajo sus troncos. Ya estaba avanzado el invierno y habían dejado de adornar con su belleza breve la naturaleza sobria de las lindes que separan los barbechos.

Anduvieron unos minutos en silencio y se detuvieron a contemplar desde el terraplén las riberas del Tajo. Al otro lado del río emergía sobre las aguas un tejado con un poste corroído del que colgaba un cable oxidado. Era la antigua central eléctrica que en tiempos había dado luz al pueblo.

Vista del Tajo desde la vía del Hambre, al fondo el puente Amador
Vista del Tajo desde la vía del Hambre, al fondo el puente Amador

– Nada, cuatro bombillas repartidas por las calles que, si corría poco agua, daban menos luz que las velas.- dijo D. Romualdo, siempre tan negativo- Esa central es como la vía, y como el pueblo, un quiero y no puedo.

– Pues no señor, no estoy de acuerdo – dijo el jefe de estación- Por el oeste de España siempre se ha puesto el sol, jamás se ha levantado, y ya va siendo hora. Nunca se nos ha regalado nada y para una vez que se quería dar con el tren algo de vida a estas tierras se chafó la cosa.

– Ya sé Ramiro, me lo ha contado usted muchas veces. Que la vía la proyectaron en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, que la quiso impulsar la República y que luego quisieron unir Madrid con los regadíos del plan Badajoz. Lástima, que los camiones empezaran a abundar, que las carreteras mejoraran y que los ministros de Franco creyeran que ya no era rentable acabarla. El caso es que hoy no tenemos tren ni central, que lo único que nos queda es la cara de Agapito.

Agapito había sido el encargado de la central. Su amigo Onésimo tenía veleidades artísticas y le había hecho una máscara para esculpirle más tarde con un mármol que nunca llegaría a comprar. La central cerró y Agapito se marchó, pero Onésimo se hizo una casa en la plaza con la indemnización que cobró cuando le despidieron y, no se sabe el porqué, colocó en la fachada la máscara de Agapito. Aquel extraño elemento decorativo atraía los comentarios de los visitantes ilustrados del pueblo, que especulaban sobre el origen fenicio o romano de la cara de barro de Agapito, el de la fábrica de la luz.

Los dos hombres seguían mirando hacia el río cuando algunas grullas retrasadas cruzaban el cielo hacia el sur.

-¿Te acuerdas del cajón?- Dijo Ramiro mirando con sorna a Romualdo.

– Cómo no me voy a acordar- respondió secamente el profesor-.

Ramiro sentía un placer algo malintencionado en recordar a su amigo el día en que, por ser el hijo de los caciques, tuvo que cruzar el río en el cajón que con un cable vadeaba el Tajo acompañado de un cura y un falangista de un pueblo cercano. Muertos de miedo y ateridos de frío llegaron al otro extremo donde se percibía en la oscuridad el bulto de otras gentes. Era el maestro de Calera, un herido en la guerra y un alcalde de los rojos que iban a cruzar a la otra parte. Romualdo recordaba que los huidos de ambos bandos se habían dado las buenas noches con mucha educación y luego él había echado a correr tropezando con las encinas y las cornicabras hacia zona nacional.

Secundino, el alcalde del pueblo, de acuerdo con los molineros, utilizaba el cajón para cruzar a cada uno al lado de sus preferencias políticas, sin ningún escrúpulo ideológico y sacando de paso un dinerito con labor tan humanitaria.

– Pero no te olvides que, aunque cerró la fabrica de la luz, después hicieron la presa de Azután que inundó el molino y la central- dijo Ramiro rompiendo una lanza por el progreso.

-Sí- respondió don Romualdo- pero se llevan la energía a mover la industria de otras tierras y aquí siguen arañando con las uñas las aceitunas del suelo para poder vivir.

Los dos hombres siguieron su camino sobre la vía que se iba encajando entre elevados taludes de granito negro y compacto. Recordaron el esfuerzo inmenso, las miles de carretas de piedra que se sacaron de allí haciendo estallar los barrenos que se llevaron por delante la vida de varios obreros.

-Te acuerdas de aquel picapedrero de Lagartera, tuvieron que bajar hasta el río para recoger una de las piernas cuando estalló una caja de dinamita.

Ramiro recordaba las viejas camionetas de explosivos custodiadas por dos guardias civiles muy serios aferrados al mosquetón. Y es que los maquis andaban cerca, la partida de Quincoces podía aparecer en cualquier momento. Había traído en jaque a los guardias y a los soldados hasta que le traicionaron en Valdelacasa. Dicen que un majano de piedras amontonadas en el lugar donde murió es el monumento que fueron formando sus paisanos en recuerdo de su lucha sin futuro.

Una bandada de torcaces levantó el vuelo en la otra orilla del río sobre los acebuches.

– Sabrá usted –dijo don Romualdo- que los fenicios injertaron los acebuches silvestres de la península ibérica y así nacieron sus magníficos olivares. Todavía se aprovechaban hasta hace poco sus pequeñas aceitunillas en algunos lugares de España para hacer un aceite áspero y negro.

– Hoy sólo sirven para llenar el buche de las palomas que vienen a cazar los italianos, que creo que en su tierra ya no quedan ni golondrinas por el vicio que tienen para tirar de gatillo.

Abajo, el sol oblicuo del atardecer iba dando un aspecto sombrío a las aguas del río.De vez en cuando sus aguas se veían sacudidas por las carpas que saltaban pesadamente o por el despegue lento de alguna garza. En esta ocasión los dos paseantes llegarían hasta el Puente de Amador. Así llamaban en el pueblo al gran viaducto que unía las dos orillas del Tajo. Amador había sido el capataz de la inútil obra que por lo menos dejaría su nombre en la particular y extensa historia del absurdo de las obras públicas españolas, con las presas que nunca se llenaron de agua y las minas que nunca dieron oro.

Sobre el puente, un grupo numeroso de jóvenes manipulaba cuerdas y correas. Los ancianos se acercaron y oyeron que uno de ellos decía:

– ¡Vamos!. El último lanzamiento de hoy. ¿Quieres tirarte tú Esther?.

– Vale, pero seguro que voy a gritar.

– No importa es bueno soltar la tensión en las primeras caídas.

En un momento, la chica de aspecto frágil se colocó un arnés y se enganchó a una gran maroma, se colocó sobre la barandilla y se lanzó al vacío. Romualdo y Ramiro, estupefactos, no salían de su asombro, pero se asomaron y respiraron algo más tranquilos cuando comprobaron que la cuerda era flexible y la chica subía y bajaba como una pelota.

-¿Han visto abuelos? ¡Vaya alucine! – dijo el que parecía el jefe- ¡Joé! tú, han “flipao” los viejos. Esto no lo hacían en sus tiempos ¿Eh?

– En nuestros tiempos sólo vivir era ya un riesgo, chaval, y no hacer estas tonterías- dijo Ramiro, más tranquilo al ver que la muchacha estaba a salvo.

– Venga abuelo, tome un trago del vino de pitarra que hemos comprado en el pueblo y no se enfade- respondió el estudiante con esa emoción infantil que produce a la gente de la ciudad consumir cualquier producto del campo.

Después de compartir el vino, se fue rompiendo la frialdad de los primeros momentos y al cabo de un rato los chicos estaban tratando a los ancianos con el aire entre paternalista y estúpido con el que los urbanos tratan a los rústicos, especialmente cuando son ancianos.