NINFAS Y FUENTES SANTAS EN LA COMARCA

LAS NINFAS

Finalizamos hoy los dos capítulos de “Ríos de Historia” dedicados a las deidades del agua, los ríos y las fuentes en la antigüedad: Ninfas, baños y fuentes santas

5.-Ara dedicada a las ninfas hallada en el siglo XVII por el padre Ajofrín en Saucedo con su descripción
5.-Ara dedicada a las ninfas hallada en el siglo XVII por el padre Ajofrín en Saucedo con su descripción

También fueron veneradas en nuestra tierra otras deidades relacionadas con las aguas como son las ninfas, asumiendo probablemente por sincretismo otro culto prerromano anterior que tenían los vettones y lusitanos, pues se distribuyen por su territorio numerosas dedicatorias, especialmente en Baños de Montemayor, donde se han hallado más de una treintena de inscripciones.

En Talavera no está relacionada su referencia con aguas mineromedicinales como el caso citado sino que solamente sabemos que el padre Ajofrín halló en el siglo XVII en el camino de La Alcoba, pero más bien en las inmediaciones de la villa de Saucedo un ara dedicada a las ninfas de la que solo existe un dibujo que reproducimos.

La dedicatoria es de una liberta llamada Alia, una esclava a la que se ha concedido la libertad, cuyo amo era un tal Nereo, nombre griego, y dice NYNFYS /ALIA / NEREI / L.VOTUM / L.A.S.M. que quiere decir “Alia, liberta de Nereo, le cumplió un voto con libre ánimo a las ninfas”.

6.-Mosaico de la villa de Saucedo que representa dos delfines con las colas entreladas en un tridente
6.-Mosaico de la villa de Saucedo que representa dos delfines con las colas entreladas en un tridente

Hay que recordar que Saucedo y La Alcoba se encuentran en parajes cercanos y a veces hubo confusión entre los restos que se hallaban en un lugar y en otro. Sí sabemos que en las cercanías había dos fuentes salutíferas, la del Piojo y la de La Tejada, y que también cerca de Alberche existe otro yacimiento cerca de una Fuente Vieja.

Aunque dedicaremos otro artículo a las muchas “fuentes santas” que se reparten por la comarca sí tenemos que decir que los romanos también tenían cultos a las “fons”, algunas de ellas con nombres que mantienen su antiguo nombre, como es la fuente Caldelas en Segurilla y que se refieren en general a fuentes medicinales que en ocasiones afloran a alta temperatura. Algunas de esas fuentes santas fueron luego cristianizadas, como es el caso de las de las ermitas de Parrillas o la Iglesuela con la advocación de Nuestra Señora de la Fuente Santa.

Otras veces estas fuentes se encuentran en cuevas que también se dedicaban a veces a las ninfas venerándolas en este “antrum” o cueva. Un ejemplo de estas fuentes santificadas lo tenemos en la cueva de la Fuente Santa en Puerto de San Vicente que para el que esto escribe se trataría de una antigua explotación minera, lo que nos hablaría de la gran antigüedad de esta mina.

Cueva de la Fuentesanta en Puerto de San Vicente
Cueva de la Fuentesanta en Puerto de San Vicente

En ocasiones las ninfas se han representado como sirenas y así es como aparecen desde hace años en los cuernos artesanales de nuestros pastores utilizados para beber en las fuentes o para llevar el “avío” del gazpacho que mezclarán con el agua.

En la misma villa de Saucedo, lugar con sauces y por tanto con humedad surgente, aparecen otros símbolos relacionados con el agua en sus mosaicos como sucede con el que representa a los tridentes de Neptuno entrelazados con dos imágenes de peces. Ya también con el agua están relacionados los restos de un completo balneario romano y ya cristianizado el lugar la existencia de una magnífica pila bautismal donde el agua sigue siendo elemento simbólico fundamental de una nueva sociedad, de una nueva religión, de una nueva cultura.

Fuente santa de Parrillas

Otra de las fuentes con un aspecto mágico en la comarca es la fuente de Mencachón, cerca de El Membrillo, a la que alude Julio Caro Baroja porque en los cronicones talaveranos aparece como una fuente a la que se encomendaban los vecinos para protegerse de las tormentas.

Fuente Santa de La Iglesuela

TRES MUCHACHOS EN UNA CUEVA

TRES MUCHACHOS EN UNA CUEVA

Septiembre del 306

Cueva de los Santos Mártires en el Cerro de San Vicente o Monte de Venus
Cueva de los Santos Mártires en el Cerro de San Vicente o Monte de Venus

Entre la grieta que dejan dos grandes moles de granito se asoman los ojos asustados de un joven mientras el viento agita su túnica. Desde la cumbre del Monte de Venus mira como el Tajo se acuesta en el valle. Al fondo, angustiado, vislumbra los tejados de los templos de la ciudad de Ébora. Vincencio ha recogido unas bellotas que lleva envueltas en un pedazo de lienzo. Vuelve sobre sus pasos hasta le entrada casi oculta de una cueva por la que desciende hasta su interior. Con las espaldas apoyadas sobre la piedra dos muchachas esperan aterradas, pero sonríen aliviadas al verle mientras le interrogan con su mirada.

– No se ven soldados. El día ha salido despejado y debemos continuar – dice entre imperativo y cariñoso su hermano.

Los Santos Mártires Vicente Sabina y Cristeta representados en azulejería de Ruiz de Luna en la iglesia de Castillo de Bayuela
Los Santos Mártires Vicente Sabina y Cristeta representados en azulejería de Ruiz de Luna en la iglesia de Castillo de Bayuela

Aunque las hace estremecer el aire que azota la cumbre esa mañana, al salir de su refugio, la luz y el tibio sol de otoño las reconfortan. Con un poco agua de un fontarrón cercano lavan las heridas de sus pies defendidos de una caminata de nueve horas bajo la lluvia tan sólo por unas pobres sandalias. Antes de descender hacia el Piélago, el muchacho mira desconfiado hacia atrás y recuerda las historias que le contaba su abuelo. Aquí mismo se había fortificado el famoso guerrero Viriato y tuvo en jaque a los romanos desde estas alturas. Pero el lusitano al menos tenía armas. Vincencio, sin embargo, sólo tiene la certeza que empapaba todas sus vísceras de que la religión del judío crucificado, la que dice que los pobres heredarán la tierra, era la religión verdadera. Tan seguro estaba que hacía dos días, delante de Dacio, el gobernador que había encerrado a la piadosa Leocadia en las mazmorras de Toledo, había renegado de los viejos dioses asegurando que cuando los romanos los adoraban era como si veneraran a un montón de piedras y palos. Vincencio no lo creía, pero oyó decir a los soldados que le custodiaban que, en la piedra sobre la que descansaba cuando compareció ante el gobernador, quedaron marcados, como si la roca fuera de cera, sus pies y el báculo que le sostenía.

Capilla del eremitoriode la cueva de los Santos Mártires
Capilla del eremitoriode la cueva de los Santos Mártires

Esos mismos soldados le liberaron esa noche y con sus hermanas Sabina y Cristeta había huido entre encinas y enebros hasta el Monte de Venus. No podía permitir que el empecinamiento que Dacio achacaba sólo al fanatismo de los cristianos afectara a sus hermanas. Pero ellas, tanto y con tanta vehemencia habían escuchado hablar a su hermano sobre la nueva religión, que ya le acompañaban en lo que para unos era delirio y para otros eran convicciones profundas. Estaban ya dispuestas a morir con él sin renunciar al nuevo Dios que los emperadores perseguían con tanta saña.

Caminando entre los robles habían llegado al otro extremo de aquellos montes y podían ver frente a ellos la alta sierra de Gredos que deberían cruzar si querían ponerse a salvo. Unos pastores que los encontraron comiendo moras junto al río Tiétar les dieron refugio esa noche. No subieron por el puerto del Pico pues, junto a la calzada, siempre había soldados que controlaban el paso del ganado y de las mercancías. La senda por la que les condujo uno de los cabreros era empinada pero más segura. Después de alimentarse de carne seca durante cuatro días llegaron, tras atravesar los piornales y las praderas de las cumbres, hasta la ciudad de Ávila. Uno de los pastores, interrogado por los soldados, delató a los hermanos y cuando llegaron a la ciudad de los fríos inviernos estaban esperando para apresarles.

Otra vez los ofrecimientos de renuncia, otra vez mantenerse en esa curiosa fe que a Daciano, en realidad, le parecía tan falsa como la suya propia, una forma más de someter a los que debían someterse. Los desnudaron y los sacaron fuera de la ciudad y después les azotaron hasta la extenuación. En el tormento que llaman hecúleo descoyuntaron sus miembros sobre una cruz en aspa. Como no acababan con sus vidas apretaron las cabezas de los tres hermanos en una prensa formada por dos tablones poniéndoles, en fin, grandes losas de piedra y golpeando sobre ellas con grandes mazos hasta que sus sesos quedaron desparramados.

Después de muertos los arrojaron  a una cueva que llaman de la Soterraña. Y dicen las gentes de Ávila que, como no permitieran los soldados que nadie enterrase los cuerpos, una gran serpiente salió de las profundidades levantada la cerviz y dando temerosos silbidos. Cuentan que un judío miraba sus cuerpos con poca reverencia y la culebra se enroscó en su cuerpo casi asfixiándole hasta que prometió, convirtiéndose al cristianismo, levantar un templo que custodiara los cuerpos de los tres muchachos de Ébora.

LOS SANTOS MÁRTIRES HUYEN DE TALAVERA. DETALLE DEL CENOTAFIO DE LOS SANTOS MÁRTIRES EN LA BASÍLICA DE SAN VICENTE DE ÁVILA