FOTO DE LA PORTIÑA Y PUENTE MORIS DE RUIZ DE LUNA

FOTO DE LA PORTIÑA Y EL PUENTE MORIS DE RUIZ DE LUNA

Foto del Arroyo de la Portiña y el puente Moris de Ruiz de luna
Foto del Arroyo de la Portiña y el puente Moris de Ruiz de luna

Esta es una de las fotos que el gran ceramista Ruiz de Luna realizó de Talavera. Su afición por la imagen venía de antiguo y llegó en su juventud a tener relación con los Hermanos Lumiére para quedarse en España con la concesión de la película cinematográfica.

En esta fotografía de principios de siglo vemos la zona del Puente Moris sobre el arroyo de la Portiña antes de ser cubierto frente a lo que los talaveranos conocen como “cuesta de la Felipota” y  la entrada de la calle Charcón.

El puente Moris en una vista parcial de la foto de Ruiz de Luna
El puente Moris en una vista parcial de la foto de Ruiz de Luna

De izquierda a derecha vemos en primer lugar y al fondo el Puente Moris, llamado así porque dice la leyenda que en él se produjo el asesinato de un francés (tal vez de nombre Maurice). Es un puente formado por un arco de ladrillo y refuerzos prolongados en las orillas del arroyo para evitar la erosión de las aguas en las crecidas. Se ven también dos mujeres una de ellas con el cubo para lavar y la otra en primer plano con el guardapiés de la época y el pañuelo o toquilla al hombro con el pañuelo cubriéndole la cabeza. Parecida indumentaria llevan otras mujeres.

Lavanderas en la Portiña
Lavanderas en La Portiña

 

 

 

 

 

 

Sobre las laderas con hierba se tiende a secar y solear la ropa. Las lavanderas van y vienen y se ven algunos niños jugando en las laderas y montones de cantos rodados acumulados en las orillas.Es de reseñar la arquitectura tradicional de aparejo de ladrillo y tapial y unas puertas carreteras típicas.

Vista parcial de la foto del puente Moris de Ruiz de Luna

Se ven algunas construcciones tradicionales en ladrillo con una de ellas dotada de un pequeño torreón, frecuente en otras constrcciones talaveranas ya desaparecidas. Alfondo la torre, los tejados y la espadaña del convento de las carmelitas.

LAS ATALAYAS MUSULMANAS

LAS ATALAYAS MUSULMANAS, TORRES DE SEÑALES

Atalaya musulmana de Segurilla
Atalaya musulmana de Segurilla

 A la atalaya de Segurilla  ascenderemos mejor desde el pueblo. Podemos observar esta construcción fortificada y de vigía de origen musulmán, levantada en el siglo X, probablemente por Abderramán III, aunque es posible que fuera reutilizada por los cristianos.

Estas atalayas eran torres que también servían para comunicarse entre ellas y dar la señal de alarma ante la llegada del enemigo mediante el humo que hacían con fogatas, y de hecho, en las crónicas árabes aparecen como “torres de señales”, y es curioso constatar cómo esos lugares estratégicos para las comunicaciones siguen siéndolo hoy día, pues cerca se pueden ver varias torretas y repetidores de telecomunicaciones.

Estaban defendidas por una pequeña guarnición y vemos cómo a ellas se accedía por una puerta elevada sobre el suelo, a la que se ascendía mediante una escalera de madera o de cuerda que podía retirarse ante la llegada de fuerzas del adversario. Desde esta torre podemos observar cómo nos podemos comunicar visualmente con la torre del Cerro San Vicente, la atalayuela de Mejorada y la atalaya de El Casar. Seguir leyendo LAS ATALAYAS MUSULMANAS

LA LEYENDA DEL PUENTE DEL ARZOBISPO

LA LEYENDA DEL PUENTE DEL ARZOBISPO 

Grabado del siglo XIX que representa el puente idealizado del Arzobispo Tenorio todavía con sus torres
Grabado del siglo XIX que representa el puente idealizado del Arzobispo Tenorio todavía con sus torres

A pesar de todas las circunstancias de índole económica que llevaron a la construcción de esta magnífica obra del siglo XIV, el pueblo tejió sobre la magnífica edificación una bonita leyenda:

En cierta ocasión bajaban las aguas bravas. Tanto que se habían llevado con la crecida algunos ojos del puente de Talavera y los tablones del puente Pinos. El arzobispo tenía que cruzar sin falta el río para acudir a las granjerías que su madre le dejó en herencia por estas tierras. Esperó varios días pero las aguas seguían bajando altas. Al cruzar, un remolino hizo casi zozobrar la barca y, al sujetarse el prelado en la pértiga del  barquero para no caer al río, su anillo se hundió en las aguas. Era una joya magnífica con un rubí del tamaño de un huevo de gorrión que le habían regalado los judíos de Toledo. Tan disgustado quedó su eminencia por la pérdida, que ofreció una bolsa de monedas al mozo que consiguiera sacarlo del fondo del Tajo. Muchos lo intentaron en los días siguientes pero no consiguieron encontrarlo aunque ya sabéis que el agua de este río si no hay riada es como un cristal.

Fotografía del puente construido por el Arzobispo Tenorio que muestra los dos pilares que sostenían las torres hoy desaparecidas
Fotografía del puente construido por el Arzobispo Tenorio que muestra los dos pilares que sostenían las torres hoy desaparecidas

Cuando volvió el Arzobispo al cabo de unos meses y preguntó por su anillo. Unos pastores le dijeron que había sido imposible encontrarlo por más que hasta los zagales se sumergían en las pozas gritando  ¡A por el anillo del obispo!

Pues escuchad pastores -dijo el arzobispo Tenorio- Sed testigos de mi promesa: Si el anillo volviera a mí, he de construir un puente por el que ganados, peregrinos y viajeros crucen el río sin los trabajos con que ahora lo hacen.

El puente del Arzobispo en azulejería de Puente del Arzobispo

Pasaron dos años y cuando el Arzobispo se disponía cierto día de primavera a comer en sus casas de Alcolea, ordenó le sirvieran uno de los grandes barbos del Tajo que tanto le gustaban y que se pescaban en el canal del molino de las monjas de Azután. Al abrir el pez las cocineras comenzaron a gritar y a reír pues entre las tripas brillaba el rubí. Conmovido por el hallazgo y considerándolo milagro de la Virgen de Guadalupe, esa misma noche ordenó que se comenzaran los trabajos para hacer un puente en el paraje donde había perdido su anillo”.

Los ingresos obtenidos del pontazgo por el paso de millones de ovejas merinas por la cañada leonesa es otra razón, aunque menos poética.

Nidos de Vencejos en el Puente del Arzobispo

 

LOS MERENDEROS DEL RÍO, PATRIMONIO PERDIDO

LOS MERENDEROS DEL RÍO, PATRIMONIO CULTURAL PERDIDO

L

Tres kioscos playeros en la playa de los arenales del Tajo
Tres kioscos playeros en la playa de los arenales del Tajo

a Plataforma del Tajo premió hace dos años al Kiosco Puente Romano por haberse mantenido a través de los años como único exponente de lo que fueron estos establecimientos, verdaderos chiringuitos playeros que servían para el esparcimiento de los talaveranos y como alivio de las duras canículas de esta tierra.

Había kioscos en la Presilla, en el Paredón, en Los Arenales, donde llegaron a instalarse hasta tres, el del Puente Romano y el de Miralrío, situado en la huerta que se situaba donde hoy está el colegio madre de La Esperanza. También se disfrutaba del Alberche en el embalse de Cazalegas y

Imagen del Kiosco del Paredón poco después de ser clausurado
Imagen del Kiosco del Paredón poco después de ser clausurado

La ensalada, el pollo, el conejo, los filetes empanados, y el vino con gaseosa eran los más habituales componentes de las comidas y meriendas a la orilla del río donde se disfrutaba del baño y a veces por la noche la guitarra y la jarana alegraban los veranos fluviales de los talaveranos. Los limpios arenales eran lugar de encuntro de jóvenes y parejas de enamorados que sesteaban a la sombra de los álamos blancos. Bancos y mesas de madera . cámaras refrigeradas con barras de hielo y servicios bastante precarios eran suficientes para el solaz y esparcimiento de nuestros paisanos.

Familia talaverana bañándose en el río Tajo junto a uno de los kioscos de Los Arenales
Familia talaverana bañándose en el río Tajo junto a uno de los kioscos de Los Arenales y al fondo el casco histórico de Talavera

Tan atractivas eran nuestras playas que durante los años 50 y 60 se acercaba cientos de personas desde Madrid en el llamado “tren botijo” llamado así porque después de pasar un día playero los madrileños regresaban a la capital con el típico botijo de cerámica de recuerdo.

Bañistas junto a un kiosco de Los Arenales
Bañistas junto a un kiosco de Los Arenales

EL ROBAGATOS DE IGLESIA

EL ROBAGATOS DE IGLESIA

Otra causa criminal verdadera de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera

1736

Capitel del humilladero de Guadalupe
Capitel del humilladero de Guadalupe

Desde que murió su mujer, todo fue de mal en peor para José Rojo. Siempre había sido cabestrero, pero su mal de ijada le impidió seguir ejerciendo su duro oficio; no sólo por su nueva enfermedad, sino también porque los millares de cuerdas de cáñamo tejidas con sus dedos habían acabado por deformarle las manos.

Puso una taberna y acabó por beber él más que los clientes. Ahora sobrevivía vendiendo prendas en un cuarto alquilado de la calle de los Desamparados de Madrid. El hastío y tal vez una leve esperanza de aliviar sus males le habían empujado a cerrar su miserable establecimiento y encaminarse en peregrinación a Guadalupe. Llegaría justo a la feria del ocho de Septiembre y podría, de paso, comprar algunos calderos para su negocio.

Plaza de Guadalupe frente al monasterio en una foto antigua. En ella se produce la detención del ladrón de gatos

Plaza de Guadalupe frente al monasterio en una foto antigua. En ella se produce la detención del ladrón de gatosSalió a pie desde la Villa y Corte pero, al llegar a Calera, no pudo resistir más sus achaques y dolores. Concertó el viaje con unos arrieros que se dirigían a Alía: si le llevaban a lomos de un caballejo albardón que querían vender en la feria, les daría los cuatro reales de plata que tenía.

Hizo el camino desde Alía a pie y, al subir el collado del Madroño, contempló por primera vez la impresionante mole de pizarra del monasterio. Pero José, ante la sorprendente visión de las torres del convento, pensó que este viaje no era más que otra de esas iniciativas absurdas y abocadas irremediablemente al fracaso que había tomado en su vida.

Mientras pasaba entre los tenderetes abarrotados de curiosos y maleantes pensaba en el sustancioso negocio de aquellos comerciantes y en cómo él, tras partirse los dedos durante años, no tenía ni para pagar un techo donde resguardarse de la amenazante tormenta que envolvía con densas nubes negras el pico de Las Villuercas. Decidió dormir en una cuadra de las afueras, entre las caballerías. Se despertó al día siguiente sofocado por el olor a estiércol y el sudor de las bestias, comió con desgana un mendrugo seco y se encaminó a la iglesia.

Entrada sur de la iglesia del monasterio de Guadalupe

No cabía un alfiler. Las gentes rústicas de La Jara se mezclaban con embajadores y peregrinos nobles ataviados con lujosas vestimentas. Oyó la primera misa absorto en sus pensamientos y, más por cansancio que por piedad, se arrodilló. Su aparente devoción llamó por un momento la atención de uno de los dos labradores de Novés  que atendían con fervor a la celebración. Al moverse uno de los hombres José pudo observar desde su posición el cordel de un bolsillo de piel de gato montés que su acomodado vecino de banco tenía en la faltriquera. Ya lo había hecho en otras ocasiones entre el gentío de la Plaza Mayor de Madrid, pero la tosquedad de sus manos embrutecidas consiguió que la víctima se percatara de que estaba siendo desplumado. Su grito quedó abortado por el respeto que instintivamente le impuso el lugar sagrado pero, aún así, todos los peregrinos cercanos pudieron oír claramente al de Novés cuando exclamó:

  • ¡El pícaro me ha quitado el dinero!

Se abalanzaron sobre él y su primer reflejo fue guardar la bolsa entre las piernas pero en el forcejeo cayó al suelo y José decidió que ese era el mejor momento para huir. Empujando a la muchedumbre se apartó al rincón opuesto del templo. Estuvo oculto entre los romeros hasta que, al finalizar la misa y despejarse la nave, observó cómo su víctima le señalaba desde la puerta mientras hablaba con uno de los cuadrilleros de la Santa Hermandad de Talavera.

Interior de ka igkesia de Gyadalupe, donde trascurren los hechos

Al fin y al cabo estaba en sagrado y ya había sido delatado. Decidió que sin dinero no podría huir. Había que encontrar otra víctima y distraerle el gato. Otra vez la misma maniobra y otra vez es descubierto. No sabía si se trataba de su nerviosismo, de su impericia o si, tal vez, la Virgen de Guadalupe le castigaba por robar en su presencia. De nuevo la huida entre el gentío y la espera de una hora hasta que cesara el barullo y se acabara la misa.

Con recelo se asoma a la puerta del monasterio. Dos hombres parecen tratar animadamente de la venta de unas baratijas y los lugareños intentan vender en sus improvisados puestos las mercancías más variadas. No parece que la Santa Hermandad le esté aguardando pero, cuando se ha distanciado siete varas de los muros de la iglesia, uno de los campesinos que vendía castañas se abalanza sobre él mientras los dos hombres que parecían estar de tratos también le agarran diciéndole:

-Date preso en nombre de la Santa Hermandad.

Es llevado a la cárcel pública de la villa de Talavera donde será interrogado en presencia del escribano por el Cuadrillero Mayor. En rueda de reconocimiento es identificado por sus fallidas víctimas y conducido a la cárcel de la Puerta de Zamora en la villa del Tajo.

Se le condena a servir al rey con las armas durante seis años. En cadena de presos, junto a un malencarado personaje que había asaltado al obispo de Ávila en Ramacastañas, es conducido a la Caja de Toledo.

(Causa Criminal de la Santa Hermandad de Talavera sig. 28/16, Archivo Municipal)

LOS CLAUDIO COELLO DE LA CALZADA

LOS CLAUDIO COELLO DE LA CALZADA

Detalle de una de las pinturas laterales del retablo de La Calzada, obra de Claudio Coello
Detalle de una de las pinturas laterales del retablo de La Calzada, obra de Claudio Coello

Las pinturas del hermoso retablo mayor de la iglesia parroquial de La Calzada de Oropesa y del que hablaremos otro día son en principio encargadas al pintor madrileño José Jiménez Donoso, pintor  que colaboró con Claudio Coello, pero que no llega a realizar este trabajo por resultar demasiado caro para las arcas de la parroquia, por lo que se encargan las pinturas a Simón Vicente, pintor toledano que ajusta los lienzos en un precio menor.

A este artista se atribuían las pinturas del retablo hasta que el restaurador Luciano Gutiérrez descubrió durante  la limpieza de los lienzos la autoría de Claudio Coello, como se contaba en el diario “El País” el 19 de marzo de 1986:

Retablo central de Claudio Coello en la iglesia de La Calzada
Retablo central de José Jiménez Donoso en la iglesia de La Calzada

Un fugaz escalofrío recorrió, a comienzos de este año, el cuerpo del restaurador toledano Luciano Gutiérrez. Desde un andamio de 16 metros de altura y con evidente peligro para su integridad física descubrió una inscripción latina que rezaba: “Claudius Acoello pigtor rexis faciebat 1691”. Era sin duda la prueba que determinaba que los tres óleos de la parte superior del retablo de la iglesia de la Asunción de Calzada de Oropesa (Toledo) pertenecen al pintor barroco Claudio Coello, discípulo de Ricci, y no a otro artista toledano, como se creía hasta entonces.

“Nunca dudé”, cuenta Luciano Gutiérrez -quien ayudara hace unas semanas a John Brealey en la limpieza de El Expolio de El Greco en la catedral de Toledo-, “que la obra pertenecía a un gran pintor”, porque “vi desde el principio que era maravillosa”. Tras casi 300 años ocultos bajo el polvo, el restaurador y escultor Luciano Gutiérrez descubrió a comienzos de este año que los tres cuadros que forman el tríptico del retablo del altar mayor de la iglesia de Calzada de Oropesa pertenecen a Claudio Coello. En la parte superior de este retablo, de finales del siglo XVII, donde la pintura se amplía hasta entrar en uno de los ábsides del templo, se pueden apreciar tres óleos. El central, La coronación de la Virgen, tiene una dimensiones de 4,5 por 3,20 metros, y los otros dos, de 4,67 por 1,86, recogen La gloria de los ángeles, que festejan esta coronación.

Gerardo Ortega, cura párroco de Calzada de Oropesa, ha explicado a este periódico que la razón por la que el pintor pudo realizar esta obra dos años antes de su muerte estaría en que en 1685 el conde de Oropesa, Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, fue nombrado valido de Carlos II. Dos años antes, en 1683, Claudio Coello comenzó a trabajar para la Corte del Rey en Madrid . Ésta es la interpretación que los expertos dan para explicar la vinculación del artista con el pequeño pueblo, en el límite con la provincia de Cáceres y con apenas 1.000 habitantes

Detalle de otra de las pinturas laterales del retablo mayor obra de Claudio Coello
Detalle de otra de las pinturas laterales del retablo mayor obra de Claudio Coello

Archivo parroquial

En principio se consideraba que los tres lienzos pertenecían a un pintor toledano, Simón Vicente, al encontrarse en el archivo parroquial con fecha de 1687 una carta del obispado de Ávila -diócesis a la que pertenecía entonces la localidad- por la que se le recomendaba al párroco el encargo de unas pinturas para el retablo de la iglesia del pueblo. En la carta se nombra como posibles autores de las pinturas a José Donoso y a Simón Vicente, éste último “maestro de pintura de Toledo que lo hará por menos cantidad”, señala Gerardo Ortega citando los documentos.

Lo cierto es que el encargo no le resultó barato a sus patrocinadores, porque ya en el siglo XVII el tallado y el dorado del retablo en oro de 23 kilates costó 17.000 ducados-oro.

Pero en el retablo de la iglesia parroquial, de estilo herreriano, desafecta al culto desde el final de la contienda civil hasta la década de los cincuenta, alberga en su parte central una pintura del artista nacido en Calzada de Oropesa Nicolás Soria, el mismo que tallara la cruz de los Caídos.

Los estudiosos no descartan que esta pintura central, La Asunción, que sustituye otra anterior que ocupaba el mismo lugar, fuera pintada también por Coello, al ser precisamente la Asunción la que da nombre a la parroquia. Este primer lienzo de cinco por tres metros fue destruido durante la guerra civil. Para ocupar su espacio, Nicolás Soria pintó otro de las mismas dimensiones.

Después de dos meses de trabajo, tres manos de limpieza y otras tres para revitalizar la pintura ha necesitado Gutiérrez para que las tonalidades primitivas de los lienzos afloraran. Precisamente y después de todo este trabajo el restaurador halló la inscripción latina prueba de la autenticidad de los cuadros.

Además, se ha tenido que tensar y retelar la parte derecha del tríptico, desprendido del bastidor en su parte derecha. Los gastos de restauración del retablo, el arreglo de los ventanales de la iglesia y el acondicionamiento de un crucifijo tallado en madera del siglo XVII han sido costeados entre el arzobispado de Toledo, la propia parroquia de Calzada y las donaciones de los fieles del pueblo”.

LA NATURALEZA Y LA HISTORIA ( y 4)

LA NATURALEZA Y LA HISTORIA  (4)

HASTA HOY

El último de los cuatro artículos que recibieron el Premio Cabañeros de Periodismo medioambiental 

Desde la Edad Media se fueron ganando terrenos de cultivo rozando jarales
Desde la Edad Media se fueron ganando terrenos de cultivo rozando jarales

Consolidado el dominio cristiano de las Tierras de Talavera, tras la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212, los reyes adehesan el territorio entre el Tajo y el Guadiana en grandes parcelas que conceden a sus servidores, a la Iglesia o a los concejos como el de Talavera. La condición de propiedad privada, o de propiedad comunal variará sustancialmente las posibilidades de conservación del ecosistema en una zona determinada.

Los alijares eran los territorios “de tierra áspera, inculta y pedregosa vestida de monte bajo y arbustos” que pertenecían al concejo talaverano y que los vecinos presionaban para “rozar y demontar sin pena alguna e sin tributo, pero respetando encinas, robles y alcornoques”. Se adehesaban en definitiva estos terrenos pero, como vemos, en todas las épocas había una cierta conciencia conservacionista del arbolado que luego pudo ser más o menos respetada por los particulares. Al final, la necesidad humana fue la que más condicionó la conservación del entorno y vemos cómo los ejidos, baldíos y todas las zonas próximas a los núcleos de población han resultado más deforestados, especialmente si eran de propiedad comunal. Con las especies cinegéticas sucede algo similar, baste constatar su exterminio casi total en las actuales zonas de “caza libre”.

Se fueron adehesando las mejores tierras de cultivo en llanos y rañasSe fueron adehesando las mejores tierras de cultivo en llanos y rañas

Las épocas de penuria hacen avanzar el territorio cultivado hasta suelos poco rentables que se deforestan y entran en el maligno ciclo de la erosión. No hace falta ir al Sahel para ver ejemplos. En la última posguerra grandes extensiones de monte bajo, jarales en su mayoría, fueron cultivados en la comarca de La Jara, en zonas de gran pendiente llamadas barreras se hacía pasar un borriquillo con unas gradas primitivas, un palo con unos clavos, que arañara el suelo apenas existente para conseguir unas pocas espigas de centeno con las que elaborar el pan “negro”. Hoy las retamas delatan ese desesperado intento, previo a las emigraciones masivas de los años sesenta, de intentar extraer un poco de fruto a la tierra. Todavía viven talaveranos que han pasado un par de días en el calabozo por haber ido a cortar un haz de retamas en el Cerro Negro para intentar comer en la posguerra vendiéndolo para los hornos alfareros.

Hasta mediados de este siglo mantuvo el hombre ese delicado equilibrio para conseguir esa especie de “ecología intuitivamente racional” que ha conseguido que durante siglos el medio natural de nuestra sociedad fundamentalmente agraria apenas sufriera cambios significativos. Porque es bien cierto que desde la Edad Media apenas se modificó el medio ambiente, al menos en la zona que nos ocupa,.

La vida rural estaba integrada en el medio de una manera “natural”. Desde la vivienda a la artesanía todo se elaboraba con materiales del entorno, pero sin herir de gravedad a la naturaleza. La arquitectura popular tiene por eso un encanto especial porque no desentona del medio, y así, el barro de los adobes o del enlucido de las paredes, las pizarras en La Jara o el granito en la Sierra de San Vicente y El Berrocal se adaptan al paisaje, casi se camuflan en el entorno.

Valle del río Guadyerbas con Gredos al fondo

La extracción de materiales era limitada y no perjudicaba al ecosistema como esos enormes boquetes en la vega talaverana que dejan las graveras y que, aunque abastecen a las empresas constructoras de materiales, comienzan a ser un problema medioambiental.

Esa vida rural tampoco dejaba residuos, todo se reciclaba con la ayuda del cerdo familiar; y hasta las heces humanas y animales se convertían en nitrógeno vivificador. Es cierto que las vigas y puntales de las casas serranas eran de enebro, o de fresno y álamo en La Jara; que los herreros de los pueblos utilizaban la madera de brezo por el gran poder calórico de su carbón; o que los rabeles para animar las fiestas, o las tarras y especieros, pobre ajuar de nuestros campesinos, se hacían con raíz de fresno; la enea, el junco merino, el mimbre o el sauce trabajados hábilmente proporcionaban cestas o canastas desde el neolítico sin que jamás faltaran estas plantas en regatos y arroyos.

Decenas de miles de moreras y morales como estos fueron cultivados en las Tierras de Talavera para alimentar el gusano de las Reales Fábricas de Seda
Decenas de miles de moreras y morales como estos fueron cultivados en las Tierras de Talavera para alimentar el gusano de las Reales Fábricas de Seda

Con las aguas sucedió algo similar, las presas molineras construidas desde la ocupación árabe no modificaban radicalmente el entorno ni los cauces, y son numerosas las referencias históricas a la abundancia de anguilas hasta en los arroyos más insignificantes, arroyos que movían piedras de molino de dos toneladas y que hoy no mueven ni un chinarro (hay quien todavía asegura que el clima no ha cambiado). Con las grandes presas dejaron de subir las anguilas y se repoblaron sus aguas con especies que van desplazando a las autóctonas. Otras repoblaciones fueron más beneficiosas, sin embargo, y no causaron daño ecológico como la de los canales del Alberche con el Gambusia, pececillo tropical que ayudó a erradicar las larvas del mosquito anófeles, y el paludismo endémico en esta tierra.

Durante cientos de años en muy poco se modificó el medio natural casi autárquico de nuestros campos. Solamente se vulneraba esa ley cuando factores de demanda externa se introducían en los ciclos de producción. El carboneo de dehesas por la proximidad de Madrid provocó una mayor deforestación durante el siglo pasado. En Navalucillos sucedió lo mismo pero esta vez era la necesidad de las ferrerías de El Mazo, diseñadas por Michelin hermano del inventor del neumático, las que precisaban energía para sus hornos. Grandes masas de robles se perdieron a finales del siglo XIX y principios del XX por la fabricación de traviesas de ferrocarril

La Cabaña Real de Carreteros, de organización similar a la Mesta, tenía en Talavera uno de sus puntos estratégicos y por aquí pasaban miles de pinos de especies autóctonas también cortados en Gredos para distribuirse por toda España, servían para la construcción de viviendas urbanas más pretenciosas utilizados como vigas maestras y alfangías. Otras especies, sin embargo, fueron introducidas a lo largo de la historia y se adaptaron a nuestro paisaje. Es el caso de los castaños, o el de las más de cien mil moreras que se plantaron en la comarca de Talavera en el siglo XVIII para suministrar capullo a su Real Fábrica de Sedas.

Pero desde los años sesenta, con el desarrollo y el alejamiento de las formas de vida tradicionales comienza el deterioro del medio perdiéndose el sentido natural de las cosas,  se acaba con el concepto de aprovechamiento ajustado y racional de los recursos que otro talaverano, allá por el siglo XVI, fue pionero en estudiar, Gabriel Alonso de Herrera con su Libro de Agricultura.

DE LAS POSADAS DE COLMENAS A LAS DEHESAS

LA NATURALEZA Y LA HISTORIA 3

Tercer artículo de cuatro que obtuvieron el Premio Cabañeros de periodismo medioambiental de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

DE LAS POSADAS DE COLMENAS A LAS DEHESAS

Monumento al primer repoblador medieval de Alcaudete de La Jara
Monumento al primer repoblador medieval de Alcaudete de La Jara

Tras la reconquista de Talavera en el siglo XI, vuelven los cristianos y comienzan los titubeantes intentos de repoblación del inhóspito y desierto territorio de La Jara durante varias centurias. Primero se aprovechan unas cuantas colmenas y después se van rozando los encinares y jarales para conseguir tierras “de pan llevar”.

Estos pioneros se enfrentan a tierras casi vírgenes habitadas todavía por osos, como en Robledo del Mazo donde, en el siglo XVI, justifican sus habitantes el nombre del pueblo porque sus abuelos al llegar a ese hermoso valle tienen que luchar con la glotonería de los plantígrados que destrozan sus posadas de colmenas, consiguen ingeniárselas mediante un mazo movido por una rueda hidráulica que machaca incesantemente espantando a los osos.

Los cultivos se fueron asentando tras rozar el monte bajo y los bosques de La jara

Los cultivos se fueron asentando tras rozar el monte bajo y los bosques de La jaraLos venados, los corzos y los jabalíes campan a sus anchas por una comarca salvaje donde se esconden golfines y bandidos aumentando la inseguridad de sus pobres habitantes. Se funda por ello una de las primeras  policías rurales de Europa, la Santa Hermandad Vieja de Toledo, Talavera y Villa Real, que vigilará los caminos y despoblados de los Montes de Toledo y entre cuyos símbolos figuran un jabalí y una colmena por su vinculación a meleros y ballesteros, primeros hombres que se aventuran en esas tierras.

En algunos aspectos, al igual que las actuales patrullas de medio ambiente de la Guardia Civil, tenía esta Hermandad Vieja competencias que pudiéramos considerar como “ecológicas”, ya que cuidaban sus cuadrilleros de impedir rozas, talas y carboneos ilegales que las férreas ordenanzas talaveranas intentaban impedir.

En épocas de hambruna era, a veces, la tala de un poco de leña, el único recurso de subsistencia y tanto era así que el concejo talaverano se vio obligado a dar un bando llamando a los vecinos a evitar las cortas abusivas de leña porque si no vendría la ruina para ellos e “incluso los ricos hombres” serían pasto del hambre y la miseria. Egoísta e interesado concepto éste de la conciencia ecológica pero que, aplicado hoy, puede hacernos ver también cómo el deterioro de algún paraje natural o de la capa de ozono son un problema de todos los estratos de la sociedad.

Ciervos en una dehesa de Oropesa

Pero en esas ordenanzas municipales había además, como hoy, normativas menos afortunadas que por ejemplo premiaban el exterminio de “alimañas” pagando por cada ejemplar de “oso, lobo, o raposa” que se demostrara fehacientemente haber dado muerte mediante la entrega de su cabeza y garras. La caza, como siempre, ejemplo de la esquizoide relación amor -desamor entre el hombre y la naturaleza.

Todavía en el medievo la caza era al menos una actividad más noble, el hombre se enfrentaba al animal con las flechas de su ballesta y su astucia, cualidad desarrollada en las Tierras de Talavera cuando se descubre aquí la caza de paloma con cimbel, como se refiere en actas municipales del siglo XV.

Un siglo antes esa actitud dual entre el cazador que depreda y al mismo tiempo admira el medio natural la encontramos en las sabrosas descripciones de parajes y cazaderos que nos hace el Libro de la Montería de Alfonso XI , rey que recorrió la Sierra de San Vicente por ser “buen monte de oso en invierno”. Pero antes que él, ya se habían fijado en el encanto de esta sierrecilla los mismísimos romanos, que la bautizaron con el nombre de su diosa de la naturaleza, Monte de Venus la llamaron.

Una fuente en El Piélago en la Sierra San Vicente
Una fuente en El Piélago en la Sierra San Vicente

Ya hemos hablado del talaverano Padre Juan de Mariana, preceptor de Felipe III que vino aquí a inspirarse para escribir el libro “Del Rey y la institución real” en el que por primera vez se justifica el tiranicidio.

Soplan templadísimos vientos libres de todo miasma, brotan de todas partes las más frescas aguas, corren acá y acullá fuentes cristalinas, cosas todas por las que no sin razón fue aquel lugar llamado Piélago. Alegre es allí el sol, alegre el cielo, alegre por demás la tierra cubierta de tomillo, borraja, acedera , peonía y mucho más de yezgos y de helechos…        

Todavía hoy la Sierra de San Vicente no desmerece de esa descripción de finales del siglo XVII.

Pero no es este el único documento histórico que describe o ensalza alguno de los parajes de nuestra comarca, las Relaciones de Felipe II cuentan con jugosas descripciones de la flora y la fauna que nos ayudan a comprender los cambios en el medio natural y, curiosamente, sorprende que la degradación, sobre todo del manto vegetal, no ha sido tan intensa como podríamos pensar. Vayamos por ejemplo al otro extremo de la comarca, a Mohedas de la Jara donde en 1572  “El monte es abundoso de leña de enzina, alcornoques y robles, quexigos e jaras, madroño e brezo. Descripción exacta de la actual vegetación de monte mediterráneo de la sierra de Altamira en Mohedas.

Dejamos pasar doscientos años y en 1784, el cura del pueblo responde a su obispo que en ese pueblo jareño ” se cría con abundanzia benado, zierbas, corzos, benaetes, jabalíes, muchos lobos, zorros, gatos monteses, guarduños, lobos zerbales, conejos, liebres, perdizes, abertruzes, quebrantahuesos, águilas, vilanos, víboras ponzoñosas muchas y otros animalejos que se ignoran sus nombres.

No sabemos si el párroco quiso sorprender al obispo con lo de las avestruces o si aplicaba ese nombre a alguna otra especie de ave.

NATURALEZA EN LA FRONTERA

NATURALEZA EN LA FRONTERA

2º ARTÍCULO DE 4 de la serie LA NATURALEZA Y LA HISTORIA : Premio Cabañeros de periodismo medioambiental

Murallas árabes lamidas por el río Tajo que tanto condicionó la historia de la comarca

La llegada de los pueblos bárbaros ocasiona una nueva dispersión de la población. Son numerosos en toda la provincia de Toledo los yacimientos rurales tardorromano-visigodos. Aparecen dispersos, siguiendo el curso de los arroyos que bajan de los Montes de Toledo y la Jara, numerosos asentamientos de modestas gentes que, según algunos autores, podrían haber tenido en la miel una importante fuente de recursos, pues no debemos olvidar que la capital del reino visigodo estaba en Toledo y que en aquella época el único edulcorante conocido era el producto de las colmenas. Es este aprovechamiento melero uno de los más respetuosos con el ecosistema y el que también arrastraría tras la reconquista cristiana, a los pioneros de la repoblación a las alquerías, embriones de los pueblos de nuestros montes.

Tinaja musulmana hallada en Talavera en el Arco de San Pedro en un dibujo del siglo VIII

Y llegaron los árabes, de nuevo la vuelta a la ciudad, la vida de los musulmanes giraba, al contrario que la de los cristianos del norte, alrededor de  pequeñas o grandes ciudades con un alfoz rural en su entorno que albergaba una escasa población dispersa. Talavera era una de esas ciudades y reunía además otra de las características preferidas por los seguidores de Mahoma, la presencia de un río. Era la suya una “civilización hidráulica” y son en estas tierras los primeros que construyen aceñas, molinos de agua que necesitan de una presa o azuda.

Muchas de las aceñas y molinos del Tajo ya molían en tiempos de los árabes

Azudas que eran también necesarias para llenar los arcaduces de las norias que a su vez colmarían las albercas. Todas estas palabras y muchas más son huellas imborrables de la Cultura del Agua que nos legaron. Esas huertas, que todavía permanecen en las vegas talaveranas con su cenador, su corredor emparrado, su noria, su alberca y sus palmeras, son hijas de  esa cultura respetuosa con el agua que nos legaron los antiguos habitantes de la ciudad que ellos llamaron Talvira. Parece que no hubiera pasado el tiempo cuando Ibn Luyun en el siglo XIV recomienda …hágase una acequia que corra entre la umbría. Plántese junto a la alberca macizos siempre verdes que alegren la vistaen el centro habrá un pabellón en que sentarse con vistas a todos lados…y que haya parrales que cubran los paseos.

Cuando digo cultura respetuosa es porque, para ellos, el agua es un tesoro precioso, no valoran el exceso, el derroche, aprecian ese modesto chorrito que resuena en el jardín como canta Ben-Raisa : Qué bello surtidor que apedrea el cielo como estrellas fugaces que saltan como ágiles acróbatas.

La suya es una naturaleza interior, una naturaleza doméstica, el jardín, una naturaleza que hace necesario sacar del diccionario nuevamente esas palabras de inequívocas raíces árabes o mozárabes: alhelí, aladierno, alcornoque, almendro, albahaca, arrayán…

Las fortalezas como esta de Castros, jalonaban el Tajo

En esa cultura del agua, los baños eran el lugar de encuentro y comunicación, todavía hoy podemos en la impresionante Ciudad de Vascos, visitar en el arroyuelo de Los Baños las ruinas de una de esas instalaciones en un paraje encantador de acebuches, almendros y chaparros.

Pero toda la comarca de la Jara fue durante mucho tiempo, tierra de nadie, un lugar desierto, salvaje e inhóspito donde quienes se aventuraban a asentarse deberían no sólo convivir con osos y lobos, sino también  arriesgarse a perecer ellos y sus cultivos víctimas de las razzias y quemas de ambos bandos. En la cultura árabe el medio ambiente tradicional es el desierto y se asocia con el demonio y el miedo pero el jardín es la forma simbólica islámica del paraíso coránico en la tierra.

Pero esa naturaleza solitaria, ese locus desertus que decían los cristianos del otro lado de la frontera, siempre indujo a la mística y así, algunos eremitas-soldados árabes se retiraron a esos lugares apartados e inseguros, a las rápitas, como la que dio nombre a Marrupe, pueblecito de la sierra de San Vicente, cuyo nombre según los eruditos quiere decir Mazar-al – Rubait,  molino de la pequeña rápita o convento.

Por contraposición los lugares frescos, arbolados, con su arroyete, eran ese locus amoenus donde Berceo situaba las apariciones de la Virgen y los pastorcillos tenían sus visiones místicas.

La cultura árabe y la cristiana se identificaban a ambos lados del Tajo como dos sistemas ecológicos distintos, uno predominantemente cerealícola hacia el norte y otro típicamente mediterráneo hacia el sur con viñedos ,olivares y “oasis” de regadío con un papel menor de los cereales ; y ahí justo en esa frontera militar y ecológica defendida por las fortalezas de Vascos, Castros, Canturias ,Espejel y Alija se encontraba “La ciudad de Talavera, el punto más lejano de las marcas de los musulmanes, y una de las puertas de entrada a la tierra de los politeístas; es ciudad antigua, sobre el río Tajo”. Como decía en el siglo XI el geógrafo andalusí Al-Bakri.

Agua y jardín, pero también razzias, incendios y frontera de destrucción fueron algunas de las huellas que los árabes unas veces y los cristianos otras dejaron en los montes y los campos de Talavera.

LA NATURALEZA Y LA HISTORIA (1)

LA NATURALEZA Y LA HISTORIA (1)

Primero de los cuatro artículos que por los que el autor de este blog recibió el Premio Cabañeros de Periodismo de la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha 

Dolmen de Azután
Dolmen de Azután

En el calderoniano “gran teatro del mundo” hay un teatrito pequeño y provinciano que se llama Talavera. Ese escenario natural era descrito por uno de sus hijos, padre de la ciencia histórica en España, como: “un valle de cuatro mil pasos de anchura que cortan ríos de amenísimas riberas, entre ellos el Tajo, célebre por sus brillantes arenas de oro, por su extenso cauce y por los muchísimos arroyos que le dan tributo”.

El Padre Juan de Mariana, autor del texto, nos da la primera constante, la referencia permanente en la naturaleza de Talavera y sus Antiguas Tierras, el río Tajo. A sus orillas dejó el hombre las primeras huellas de su existencia, cantos trabajados en las terrazas que un río cuaternario y descomunal fue labrando en el curso de milenios y deshielos fantásticos.

Bifaces del paleolítico inferior hallados en las terrazas del Tajo

También allí quedó la primera huella agresiva del hombre hacia el medio natural, osamentas de grandes mamíferos despedazados por toscas herramientas fabricadas por toscos homínidos. Pero estos seres tan frágiles y poco numerosos, apenas un habitante por kilómetro cuadrado en las zonas más pobladas, eran sólo partículas insignificantes en aquella naturaleza virgen y exultante.

Con el neolítico viene la agricultura y el pastoreo, pero a estas tierras interiores llega ya muy tarde, muy crecido, en forma de calcolítico, las excelentes tierras de las vegas talaveranas comenzaron en esta época a sufrir las primeras talas, las primeras rozas que despejaban el sin duda impenetrable bosque de ribera que abrazaba al Tajo en todo su recorrido, en esas vegas construyeron esos grupos ya jerarquizados sus dólmenes, como el de Azután en el Tajo o el de Navalcán en el Guadyerbas, son hitos que parecen decir : Este pedazo de naturaleza dominada es nuestra, de nuestro grupo. Aunque son símbolo de una nueva sociedad jerarquizada que obtiene de su trabajo excedentes de alimentos que debe defender.

Estas gentes ya conocen el fuego y también su poder destructivo que les ayudará con las quemas y rozas para conseguir nuevas tierras y pastos, pero también para manipular los metales y así, aparecen infinidad de pequeños yacimientos sobre los cerros elevados del curso de los ríos que se adentran en los montes de La Jara y que intentan aprovechar las afloraciones superficiales de cobre, las primeras heridas que el ser humano araña en la corteza de estas tierras.

Ciervo con su cornamenta de los grabados rupestres de El Martinete
Ciervo con su cornamenta de los grabados rupestres de El Martinete

Pero este hombre de hace cuatro o cinco milenios, aunque iba aprendiendo a dominar los recursos naturales, seguía cazando, pescando y recolectando, conocía los lugares donde la abundancia de caza era mayor y aunque entonces salvajes y casi inaccesibles llegaba a ellos por el cauce de los ríos, primeras autopistas humanas, y allí, en los santuarios de la caza, dibujó y grabó ciervos y arqueros como los del Martinete, en la cabecera del río Jébalo, en un lugar que todavía hoy sobrecoge en su agreste soledad sólo turbada por la berrea de los venados, descendientes afortunados de aquellos que cazaban los jareños de la Edad del Bronce.

Verraco de Torralba de Oropesa
Verraco de Torralba de Oropesa

Fuera de las vegas del Tajo, los suelos de La Jara al sur, y la Sierra de San Vicente y el Berrocal al norte, nunca fueron fértiles, sus bosques fueron adehesados o talados y convertidos en prados y cercados de una antiquísima tradición ganadera unida a esa red de cañadas y cordeles que algunos remontan a tiempos prerromanos, así lo atestiguan los muchos verracos, toros y cerdos de piedra esculpidos por el pueblo vettón hace más de dos mil años.

Pero yo voy más lejos, curiosamente los monumentos megalíticos de la comarca jalonan la Cañada Leonesa, y esta disposición nos orientaría hacia la posible existencia de estas vías de comunicación desde hace quizá cincuenta siglos. El hombre ya sale de su limitado entorno y percibe pastos cálidos al sur y pastos frescos al norte, y emprende el camino, tal vez siguiendo antiguas sendas por donde discurrían los animales salvajes desde tiempos prehistóricos. Y por ello nuestra red transhumante es patrimonio histórico y natural de todos, patrimonio vivo milenario.

Plano de monumentos megalíticos de la comarca talaverana
Plano de monumentos megalíticos (dólmenes y menhires) de la comarca talaverana y su relación con las dos cañadas leonesas

Cuando llegan los romanos, desde la fragosidad de la sierra de San Vicente son atacados por aquellos pueblos lusitanos y vettones coaligados bajo el mando de Viriato que hostigan a los legionarios forrajeros,  buscadores de pastos. Mas al imperio, una vez dominadas las belicosas tribus locales pastoriles, le interesan más las ricas tierras de la vega del Tajo y allí asientan sus villae continuándose la antropización de este valle que comienza así a perder sus alamedas, fresnedas y taraieras, y de esta última palabra, que hace referencia a los bosques de atarfas o tarais, hay quien hace derivar el primitivo nombre de Talavera.